»¡D. Elías habia encontrado su hombre!--Comenzó, pues, por hospedarlo

en su casa: puso en juego á todos sus deudores para que le ayudasen y

protegiesen en cuanto se le fuera ofreciendo: le regaló, á título de

paisano suyo y antiguo amigo de sus parientes, el terreno necesario

para la Fábrica: obligóle á ir al Convento varias tardes á visitar

á su hermosa hija, dándole encargos y comisiones para ella; y,

cuando consideró que el buen industrial estaba ya en sazon de caer

espontáneamente en el lazo que iba á presentarle, refirióle un dia

con habilidad suma las que llamó «cuitas de su vejez y desventuras

de su casa, que le tenian postrado en aquel lecho y acabarian por

matarle muy pronto», ó sea la historia de la horrible presion que un

mala cabeza, llamado el _Niño de la Bola_ (lenguaje suyo), estaba

ejerciendo sobre él y sobre su pobre hija, porque eran débiles y no

contaban con un brazo que los defendiera en aquella egoista Ciudad,

donde no se perdonaba á nadie el delito de ser forastero...; presion

que habia llegado hasta el punto de impedir que la jóven se casase

con personas muy dignas, y de obligarla, por último, á pensar en

hacerse monja, sin vocacion alguna á la vida del claustro, pero como

único arbitrio para eludir su ridícula y peligrosa situacion; «todo

ello (concluyó diciendo D. Elías), en virtud del miedo cerval que

causan á un pueblo entero, á una Ciudad de doce mil habitantes, las

criminales amenazas de una especie de facineroso cuyo paradero se

ignora hace muchos años, y que probablemente habrá ya muerto en un

patíbulo...»

»Arregui, que era riojano y descendiente de navarros, y no daba por

ende cabida en su sereno corazon á los supersticiosos respetos y

temores á que tanto se presta la imaginacion andaluza (yo soy tambien

andaluz, mi querida Luisita; pero desciendo de portugueses), quedóse

maravillado con lo que acababa de oir; tomó informes de personas

sensatas, y se convenció de que todo era cierto; y, como, por otra

parte, se habia prendado de la belleza, afabilidad y discrecion de

la _Dolorosa_ desde que la visitó por primera vez (no comprendiendo

que tan encantadora criatura, llamada á heredar no pocos millones, se

enterrase en vida entre las cuatro paredes de un convento), llegóse

pocos dias despues al lecho del anciano, y le dijo con su gravedad

acostumbrada:

»Yo no soy valiente de oficio; pero no le temo á ningun hombre, sobre

todo cuando la razon está de mi parte y puedo contar con el amparo

de la Ley y de los tribunales de Justicia. Tampoco soy rico, si se

me compara con usted; pero tengo tan pocas necesidades que, con mi

caudal y con mi amor al trabajo, me sobra para no necesitar ajenos

millones.--¡Lo que yo necesito, como paisano de usted, profundamente

agradecido á sus bondades, y como muy enamorado que estoy de su

linda hija, es poner término al vergonzoso estado que pesa sobre

ustedes!--Tengo, pues, la honra de pedir á usted la mano de Soledad,

sin desprecio ni desafío, pero tambien sin temor alguno, á las

amenazas del famoso _Niño de la Bola_.

»D. Elías estrechó en sus brazos á Antonio Arregui; le besó las manos

y la cara; le apellidó _hijo de su alma y de su corazon_; lloró de

agradecimiento y de alegría, y, acto seguido, llamó á su martirizada

mujer (que lo habia oido todo detras de la puerta), y le mandó que

fuese inmediatamente en busca de su hija; pero que _ántes abrazase á

su yerno_.

»La señá María Josefa llevaba ya muchos dias de presentir aquel

golpe, y áun de desearlo; pues á la pobre madre le era más duro vivir

sin la única prenda de su corazon y pensar que al cabo del año de

noviciado la perderia definitivamente, que arrostrar los desastres

á que pudiera dar motivo aquel casamiento, el dia del retorno (para

muchas gentes improbable, y para ella infalible) del tremendo

Manuel Venegas.--¡Lo que la infortunada queria era ver á su hija á

todas horas; que no se la quitasen; que no siguiera sepultada en un

claustro!--Abrazó, por consiguiente, al fabricante con cierto júbilo,

procurando acallar los aciagos presentimientos que la conmovian con

siniestros vaticinios, y marchó desalada en busca de Soledad, á quien

no habia visto desde la tarde anterior.

»Carezco de datos para referir puntualmente las escenas que se

sucedieron en la alcoba de D. Elías cuando la jóven regresó del

Convento. La señá María Josefa ha sido muy diplomática en este punto,

y se ha limitado á decir que los ruegos, el llanto y las órdenes

de aquel extenuado padre que, casi desde el féretro, le recordaba

la prometida obediencia y le amenazaba con la maldicion de Dios y

la suya... (á este coloquio no asistió Antonio Arregui), así como

la grave y noble actitud que mostró luégo el digno industrial,

cuyo circunspecto semblante expresaba un amor que no retrocedia

ante la muerte, pero que sería humilde esclavo del menor de los

caprichos de su dulce dueño... (_¡Improbe amor! ¿quid non mortalia

pectora cogit?_), decidieron al fin á la _Dolorosa_ á sacrificar las

gratuitas esperanzas de Manuel Venegas,--«al cual (son expresiones

trasmitidas por la madre) nada tenía ofrecido, ni nunca habia

dirigido la palabra...»

»Pronunció, pues, la esfinge el anhelado _sí_..., y pronunciólo

(dicho sea en verdad) con gran admiracion y espanto de todo el

pueblo, y áun de nosotros mismos... Pronunciólo muy tranquila y

valerosamente, segun unos; á costa de una formidable convulsion,

segun otros...--¡Ello es que lo pronunció (mal que le pese á la

escuela romántica), y que _ipso facto_ ocupó Antonio Arregui el trono

de esta pendenciera Ciudad, vacío desde la marcha del _Niño de la

Bola_!

»Ni faltó quien dijera entónces--y yo lo creí--que la taimada y

misteriosa doncella estuvo conteniéndose hasta que su prometido

se marchó al otro dia á las obras de la fábrica, y que entónces

fué cuando estallaron sus nervios con tal ímpetu que se la dió

por muerta durante muchas horas..., sin embargo de lo cual, no

bien le advirtieron que habia regresado Antonio, recobró el

imperio sobre sí misma y se le mostró sosegada, apacible y hasta

sonriente...--Fenómenos son estos, mi querida Luisita, que muchas

veces han servido para explicar ulteriores conflictos en varios

matrimonios;--como, por ejemplo, la súbita felonía de mujeres que se

casaron gustosas en apariencia y que, no obstante, abrigaban en el

pecho la sierpe de otra pasion inextinguible, destinada á morder un

dia al confiado marido en mitad del corazon y de la honra...--Pero

yo cometeria una ligereza impropia de mi carácter, si aventurara en

este punto (y con relacion al caso presente) juicios ó prejuicios

tanto más temerarios cuanto que nada real y positivo se sabe ni se ha

sabido nunca acerca de los sentimientos de la _Dolorosa_, y prefiero

volver lisa y llanamente á mi pobre y concienzudo relato.

»Diré, pues, en las ménos palabras posibles, á fin de no fatigar al

concurso, que á las pocas semanas de concertarse aquel matrimonio,

comenzaron á publicarse las amonestaciones; que, durante su lectura,

todos tenian clavados los ojos en la puerta de la Iglesia, esperando

ver entrar al _Niño de la Bola_, en el ademan trágico y solemne del

novio de _Lucía_, á desmentir y ahogar al honrado sacerdote que

pregonaba tales nupcias; que, afortunadamente, no ocurrió semejante

escándalo, ni ninguna otra novedad, y que de este modo llegó, como

todo llega en el mundo, el dia prefijado para la boda.

»_Boda_ he dicho, y no la hubo...--Verificóse el casamiento de

noche, en la alcoba de D. Elías, cuya vida estaba otra vez en mucho

riesgo, pero que no consintió se aplazase el acto ni una sola

hora.--Nadie asistió á él, más que el cura de aquella feligresía

y los testigos...--Yo fuí uno de ellos...; y nunca lo fuera para

presenciar horrores como los que allí iban á suceder.--¡No bien

acabó la ceremonia nupcial, y miéntras la desposada socorria á su

madre, que habia perdido el conocimiento y caido en tierra, oyóse

un gran suspiro en el antiguo lecho del padre del _Niño de la

Bola_, desde el cual acababa de ejercer D. Elías Perez el oficio de

padrino de aquel enlace, y vimos que el viejo usurero estaba dando

las boqueadas!--Apénas hubo tiempo de que el Cura le leyese _la

recomendacion del alma_ en el propio libro que habia servido poco

ántes para leer á los novios la _Epístola de San Pablo_...--D. Elías

espiró inmediatamente...; y (¡oh miseria humana! ¡oh sarcasmo del

destino! ¡oh leccion de los Hados!) aquellas mismas velas, encendidas

para que sirviesen como de antorchas de Himeneo á la sacrificada

hija, fueron blandones fúnebres que alumbraron el lecho mortuorio del

padre tirano que ha dado márgen al conflicto en que hoy se encuentran

tantos y tan sensibles corazones...»

D. Trajano Perícles se enjugó el sudor, al terminar aquel sublime

esfuerzo de elocuencia, en que, sin pensarlo, rindió cierto culto al

romanticismo; y luégo añadió, por vía de clásico desahogo:

--«Á los nueve meses justos y cabales Soledad dió á luz un hermoso

niño.»

--¡Gracias á Dios! (no pudo ménos de exclamar la forastera.)--Pues,

señor, me declaro partidaria acérrima del _Niño de la Bola_.--La

razon está de su parte.--Soledad no tiene corazon, ni lo ha tenido

nunca...

--Creo que confunde usted las especies... (respondió D. Trajano.)

Lo que no tiene Soledad es un corazon de heroína de novela; y mucho

ménos un corazon de hombre.--Su corazon es pura y simplemente de

mujer...

--¡Está destornillado!--dijo doña Tecla, sonriendo en cierto modo á

sus tertulios, como pidiéndoles que perdonasen á su marido.

--Pues entónces digamos que tiene un corazon _de mujer que no sabe

amar_...--añadia entretanto la madrileña.

--Diga usted más bien (replicó D. Trajano) «un corazon _que ama hasta

cierto punto_»...--Yo no tengo duda de que Soledad ha querido siempre

á Manuel Venegas.--Creo más... (ahora que no nos oye mi mujer...)

Creo que lo quiere todavía...--Pero la hija del usurero no nació

para heroína; no nació para defenderse por sí propia: nació para

que otros la defendieran ó la conquistasen.--Ella contaba sin duda

con que el temido _Niño de la Bola_ venciese á todos los enemigos

de su amor, tanto á su padre como á los pretendientes que pudieran

sobrevenir... Parecíase á esas princesas de los cuentos orientales,

que se dejan ganar como un premio por el contrincante más listo en

descifrar charadas y enigmas, y se casan con él, aunque no sea muy de

su gusto.--Indudablemente, nuestra princesa, esto es, la _Dolorosa_,

hubiera preferido que Manuel saliese vencedor... Indudablemente lo

amaba... Pero el pobre se descuidó, el pobre tardó en regresar de

las Indias, el pobre no habia contado con que vinieran á esta Ciudad

forasteros como Antonio Arregui, poco sensibles á vagas amenazas...,

y la obediente jóven, con más ó ménos dolor y con peores ó mejores

reservas mentales, dejóse conquistar y llevar por D. Elías, por

el Fabricante, por la fatalidad, por el destino..., bien que á

condicion de hacer luégo de su capa un sayo...--¡Así procedieron en

todos tiempos las hembras creadas por Dios, ya que no las creadas ó

falsificadas por los poetas y los novelistas! ¡Así procedió nuestra

primera madre en el Paraíso terrenal, cuando, segun leemos en el

Génesis...!

Por fortuna, llamaron en esto á la puerta de la calle; que, si no,

¡sabe Dios el vapuleo que habria dado el jurisconsulto á las pobres

hijas y nietas de Eva, inclusas las más guapas que figuran en las

historias!

--¡Ahí está Pepito! (exclamó la prima del Marqués:) Él nos traerá

noticias frescas...

Lo primero resultó cierto; pero no así lo segundo. Pepito entró

efectivamente en el salon, empinado y tieso para ganar estatura, y

saludando á todos, aunque sin ver más que á la forastera, como la

mariposa no ve más que la llama; mas ¡ay!, en cuanto á lo demas,

todas las noticias que habia recogido en la calle eran negativas.

Sacábase de ellas en sustancia que Manuel Venegas no habia penetrado

aún en la Ciudad, ni sabía nadie por dónde andaba;--que D. Trinidad

Muley, cansado de recorrer el campo en su busca, y teniendo que

madrugar para la gran funcion del otro dia (Misa y sermon con Señor

Manifiesto, Comunion general, etc., etc.), se habia retirado á

dormir hacía pocos instantes;--que la casa de Antonio Arregui (sita

en distinto barrio que el ya vacío palacio de los Venegas) estaba

cerrada como un sepulcro; pero no así la dispuesta para alojar al

_Niño de la Bola_, por cuyos abiertos balcones se veian muchas luces,

como si allí hubiera un muerto de cuerpo presente;--y, en fin, que

hasta los Serenos, únicas personas que ya andaban por las calles,

temian que á la tarde siguiente ocurriese alguna desgracia durante

la Procesion del verdadero Niño de la Bola, á la cual no dejaria

de asistir ninguno de los tres personajes principales del drama:

Soledad, por el bien parecer, á fin de que no se dijera que le

habia impresionado el regreso de su antiguo amador; Manuel Venegas,

á convertir en hechos sus juramentos y amenazas de antaño, y Antonio

Arregui á evitar que le creyeran huido y le infamaran con la fea nota

de cobarde...--Es decir: los tres ¡por consideracion al público!

--¡Pues hay que ir á esa Procesion!--exclamó en el acto la forastera.

--Balcones tengo reservados al efecto, desde que no podian preverse

estas baraundas... (respondió D. Trajano.)--Iremos á casa de uno de

mis labradores...

--¡No faltaré!--dijeron los ojos de Pepito, quien no podia concebir

que Manuel Venegas fuese más interesante que un hijo de las Musas.

--¡Y tambien habrá que ir pasado mañana á la Rifa! (continuó

implacablemente la madrileña.) El _Niño de la Bola_ no podrá ménos de

presentarse en aquel sitio á cumplir su juramento de bailar con la

_Dolorosa_...--¡Deseando estoy conocerlos á los dos!

--Cuente usted con palco principal, ó sea con la cueva del Mayordomo

de la Cofradía,--repuso D. Trajano, saludando á la prima del Marqués.

Y, como en aquel momento diese las once el reloj de música que habia

en el recibimiento, la tertulia se levantó en masa, despidiéndose

todos hasta la tarde siguiente, en la Procesion; con lo que la

forastera se retiró á su cuarto, á soñar con no sé qué prestamistas

de Madrid; Pepito se fué á su desvan, á componer versos eróticos á la

forastera; los tertulios innominados y mudos se marcharon á descansar

del trabajo de haber nacido, y el elocuente señor de Mirabel cayó

bajo el brazo _secular_ de su esposa.

Descansemos nosotros tambien el resto de la noche, poniendo para ello

fin al Libro Tercero; pues la gravedad de los sucesos que ocurrieron

al otro dia y en el subsiguiente exige que, ántes de relatarlos,

demos tregua á la pluma, paz á la imaginacion, y algun reposo á la

natural zozobra del que leyere.

LIBRO IV.

LA BATALLA.

I.

EL CUARTEL GENERAL DE _VITRIOLO_.

Amaneció al fin aquel memorable domingo en que habia de tener

comienzo la ruda batalla de treinta y seis horas que riñeron

definitivamente el Bien y el Mal en torno de Manuel Venegas y dentro

de su atormentado corazon;--batalla empeñadísima y desastrosa, en que

tomaron parte más ó ménos activa, directa y justiciable todos los

habitantes de la Ciudad, ó sea todos los individuos del gran Jurado

que solemos llamar «_el público_.»

_Vitriolo_ habia citado la noche anterior á su gente «para el toque

de diana, en la puerta de la botica», y allí estaban, en efecto,

desde el amanecer, los que más atras denominamos «_mozalvetes muy mal

criados, bien que algo instruidos en materias asaz delicadas_»..., de

que era apóstol y cabeza el pasante de farmacéutico.

Tambien se encontraban en aquel centro ordinario de noticias (y

excelente acechadero en tal mañana para seguir las operaciones de

Manuel Venegas, cuyo domicilio distaba pocos pasos) otras muchas

personas de distinta edad, clase y condicion, todas ellas muy

afanadas en averiguar ó referir lo último que se sabía relativamente

á los pavorosos sucesos que se _veian llegar_..., que _eran

infalibles_..., que hasta _se aguardaban con impaciencia_..., y

contra los cuales no dejaria de tronar todo el mundo ni de proceder

activamente la Justicia, luégo que se hubiesen consumado. Las mismas

criadas que iban á la compra se acercaban á aquella gran tertulia

al aire libre y metian su baza en la conversacion, indicando lo que

debia hacer cada personaje, «_si tenía honor y vergüenza_»... Las más

sisadoras y alegres de cascos eran las más implacables y terribles,

y repetian punto por punto los juramentos y amenazas que el _Niño de

la Bola_ pronunció hacía ocho años, terminando toda su arenga con la

frase sacramental de: «_¡Ahora veremos si hay hombres!_»--El propio

Alcalde, persona muy digna, discurria allí con la mayor seriedad,

sobre si Manuel mataria á Antonio aquella tarde, ó lo dejaria

para el dia siguiente en la Rifa, inclinándose á que sucederia lo

primero.--Un Familiar del Obispo, todavía simple diácono, aunque ya

iba para viejo, pero que comenzaba á tener fama de gran teólogo,

habíase aproximado á la reunion, como por casualidad, y no perdia

palabra de lo que en ella se decia, sin que áun hubiese despegado los

labios por su parte...--En fin, hasta nuestro antiguo amigo, aquel

Capitan retirado que ofreció dos pagas á Manuel Venegas la tarde de

la célebre Rifa, hallábase entre los curiosos, á pesar de sus setenta

y ocho inviernos y gloriosísimos achaques...

El único que faltaba para completar la asamblea era su presidente

nato, el dueño de la casa, el insigne _Vitriolo_, encerrado hacía

media hora en la trasbotica con una especie de bruja, antigua

deudora arruinada por D. Elías Perez y actual paniaguada de casa de

Soledad; la misma, segun creemos, que la noche anterior fué allí por

medicinas para la señá María Josefa.--Los sectarios del farmacéutico,

presumiendo sin duda los importantísimos asuntos que podian tratarse

en aquella encerrona, guardábanse muy bien de interrumpirla, y, por

el contrario, explicaban á los demas concurrentes la ausencia de su

maestro, diciéndoles que se hallaba confeccionando un medicamento

de todos los demonios para un pueblecillo de las cercanías.--Habíase

visto, sin embargo, á _Vitriolo_ salir á la botica á tomar dinero del

cajon, y, por cierto, que miéntras esto hacía, todos creyeron notar

que estaba más feo, más pajizo y más excitado que de costumbre...

Entretanto, ya se habian dado, y repetido, y comentado hasta la

saciedad, muchas y muy interesantes noticias á la puerta del

Establecimiento.--Sabíase, por ejemplo, que Manuel Venegas entró al

fin en su casa la noche anterior, cerca ya de la madrugada, con el

caballo jadeando, destrozada la ropa y sin sombrero, cual si volviese

de un espantoso combate: que este combate debió de ser consigo mismo,

pues muchos regadores lo habian visto galopar sin rumbo cierto por

los sembrados de la vega y por remotos olivares y viñas, como si lo

persiguieran invisibles fantasmas: que habia hablado con algunos

guardas de campo, y dádoles mucho dinero cuando se le quejaban de los

destrozos que hacía, oyendo, en cambio, de boca de aquellas gentes,

toda la historia de lo ocurrido en la Ciudad durante su ausencia:

que, tan luégo como dejó el caballo, salió otra vez á la calle, á

pié, embozado en una larga manta, y se dirigió al barrio de San Gil,

donde el sereno lo vió pasearse delante de la cerrada vivienda de

Antonio Arregui, y áun llamar á la puerta... (¡qué horror!), sin

que de adentro respondiesen á sus repetidos aldabonazos... (¡qué

ignominia!), hasta que, ya clareando la aurora, tomó la vuelta de su

casa y penetró en ella; con lo que inmediatamente se cerraron sus

puertas y balcones, como cerrados seguian en aquel momento...

Lo del _horror_ y lo de la _ignominia_ fueron exclamaciones

involuntarias..., del Teólogo la primera, y del Capitan la segunda...

En apoyo del concepto de éste, bien que desvirtuando su oportunidad,

agregó entónces un padre de familias:

--¿De qué os asombrais, caballeros? ¡Antonio Arregui es un cobardon,

que no se ha atrevido á pasar la última noche en su casa, ni áun en

el pueblo!... ¡Antonio Arregui huyó vergonzosamente ayer tarde, al

tener noticias de que llegaba el _Niño de la Bola_!--Yo mismo lo ví

salir á caballo, rio arriba, á cosa de las cuatro y media, y por

cierto que iba muy furioso...

--¡Pues añada usted (expuso una criada) que esta es la hora en que

no ha regresado todavía!...--¡Yo vengo del Mercado, y no está en él,

como todas las mañanas, haciendo la compra para sus operarios de la

Sierra!...

--Señores, ¡seamos justos!... (exclamó un comerciante, de orígen

burgalés:) ¡Antonio Arregui es incapaz de huir!... Si se marchó ayer

tarde, fué porque recibió aviso de que... algun mal intencionado,

sin duda..., habia roto por varios sitios la acequia que mueve los

batanes de su fábrica... Pero á aquella hora nadie sabía en el pueblo

que ese _Niño de la Bola_ se hallase tan cerca, ni tan siquiera que

estuviese en el mundo.

--¡Lo sabía D. Trinidad Muley! ¡Lo sabía la señá María

Josefa!--prorumpieron varios vecinos.

--¡Pues no lo sabía él!... (replicó el comerciante.) Yo le ví al

marchar, y sólo pensaba en sus destruidas acequias...--En fin;

apuesto doble contra sencillo á que, tan luégo como se entere de

lo que ocurre, lo tenemos de vuelta en la poblacion, resuelto á no

dejarse avasallar por nadie...--¡Yo conozco á los riojanos!

La conversacion entraba en mal camino, y estimándolo así un viejo,

de oficio buñolero, que tenía su tienda en la misma plaza, tocó muy

oportunamente otro resorte, y contó que aquella mañana, ántes de la

salida del sol, habia estado D. Trinidad Muley llamando más de media

hora en casa de su antiguo pupilo, sin conseguir que le contestaran,

cual si Manuel, al recogerse pocos momentos ántes, hubiese dado

órden á Basilia (la hermana de Polonia) de no abrir ni responder á

persona alguna, aunque echasen la puerta abajo...

--¡Me alegro! (murmuró á este propósito un discípulo de _Vitriolo_,

dirigiéndose á media voz á sus camaradas:) ¡Así no habrá podido ese

fanático de misa y olla acobardar con sus letanías al hijo de D.

Rodrigo, como lo acobardó la famosa tarde de la Rifa! ¡Temiéndome

estoy que el Niño Jesus de Santa María de la Cabeza represente

demasiado papel en este caso de honra! ¡Los curas no perdonan medio

de acreditar á sus santos y de hacer negocio!

El buñolero habia seguido entre tanto refiriendo que D. Trinidad

Muley, cansado de llamar en balde, se retiró á su casa muy

entristecido, no sin lamentarse con todos los transeuntes de que

las grandes funciones que lo amarraban aquel dia á su iglesia le

impidiesen _prevenir_ cualquier mal paso de su querido Manuel, y

diciendo con sentidas voces que esperaba en Dios y en la Vírgen

que las buenas almas de la Ciudad suplirian su ausencia de algunas

horas...

--¡_Prevenir_! (se aventuró á exponer en voz alta otro discípulo de

_Vitriolo_:) ¡Eso es contrario á la libertad! ¡Reconozco el lenguaje

apostólico, incompatible con la Constitucion vigente, por más que la

prévia censura sea muy del agrado del actual Ministerio!

Todos los circunstantes soltaron la carcajada al oir aquella salida

de tono, ménos el Capitan, que refunfuñó despreciativamente una

frase ininteligible, y ménos el Familiar del Obispo, que juzgó ya

indispensable sembrar allí algunas ideas morales y pacíficas, y

lamentó lo mejor que pudo (era vizcaino, como Su Ilustrísima, y

hablaba mal el castellano) la gravedad del lance que se le presentaba

al Sr. D. Antonio Arregui, «cuando tan bien le iba en su matrimonio;

cuando tan contento se hallaba con su fábrica, adonde se le veia

ir frecuentemente, acompañado de su mujer, de su hijo y de su

suegra; cuando la llamada _Dolorosa_ daba muestras de quererle y

respetarle tanto, y cuando algun Regidor importante, agradecido á

las grandes ventajas que el rico industrial habia proporcionado al

pueblo, acababa de ofrecerle la vara de Alcalde para las próximas

elecciones...

En este momento apareció _Vitriolo_ en la puerta de su botica.--La

bruja se habia escabullido por la puerta del patio.

Todos los mozalvetes rodearon al _maestro_, no en ademan de

veneracion ó cariño, sino de una cínica confianza que rayaba en

burla, diciéndole sucesivamente:

--¡Buenos dias, Palo-dús!

--¡Buenos dias, Espátula!

--¡Buenos dias, Panacea!

--¡Buenos dias, Cerato Simple!

--¡Buenos dias, Papaveris-albis!

Tantos y otros muchos nombres tenía el ayudante de farmacéutico, bien

que el público en general hubiese optado por darle el de _Vitriolo_.

--¡Buenos dias, morralla!--contestó el enemigo de Dios, regalando una

repugnante risa de su fea y desaseada boca á los insolentes mozuelos.

Y ni saludó al resto del concurso, ni fué saludado por él.--No podia

darse mayor franqueza ni más desprecio recíproco por parte de todos.

El Niño de la Bola: Novela · 第 9 / 18 段