Semejantes prerogativas hacian enloquecer á Pepito de amor y

veneracion hácia tan agasajada hermosura.--Además: ¡aquella mujer

olia de un modo!... ¡tenía una ropa tan bien hecha! ¡lucía tan

completamente el talle, yendo en cuerpo gentil, sin miedo á que se

dibujasen sus formas, cuando entónces, en aquella Ciudad, todas

las mujeres se ponian unos coletillos debajo del vestido y unas

pañoletas encima de él, prendidas con centenares de alfileres, y

luégo otro pañuelo ó manteleta más grande, que hacian perder hasta

la menor idea de los naturales encantos!...--¡Ni era esto todo!...

¡Sabía Pepito..., sabian otras muchas personas..., decíase de público

en el pueblo... que la forastera se bañaba diariamente!--¡Bañarse!

¡cosa de ninfas! ¡cuando ménos, cosa de sultanas, cosa de

huríes!--¡En nada, en nada era como las demas mujeres! Ella no

ocultaba, ni tenía para qué ocultar, sus menudos piés, siempre

divinamente calzados: ella estaba á todas horas limpia como un oro:

sus uñas parecian hojillas de rosa: al andar, crujia deliciosamente

su ropa blanca, y crujia tambien la seda de su vestido. Tampoco

temia enseñar los brazos hasta el hombro: ¡habia en ella algo de

la noble franqueza de las estatuas! ¡Sin duda alguna, tenía mucho

de divinidad! ¡en las estampas de la _Ilíada_ y de la _Odisea_

habia visto el jóven figuras semejantes!...--¡Aquella sí que era la

realizacion de su deseo, la encarnacion de sus fantasías; la mujer de

sus sueños y de sus insomnios!

La madrileña sabía de sobra todo lo que le pasaba á Pepito. Habíase

hecho cargo de su edad y de sus circunstancias, y comprendia que

el amor genérico y la devocion poética fomentaban á la par aquel

incendio simultáneo de un cuerpo y de un alma. Gozaba, pues,

muchísimo en el espectáculo de tan atroz combustion, y por nada

del mundo la habria aminorado. Léjos de ello, echaba leña al fuego

siempre que podia, y hasta creemos que hubiera sido capaz de

mostrarse al jóven enteramente desnuda (fingiendo descuido), á fin

de acabar de volverle loco..., por lo mismo que estaba decidida á no

otorgarle el más insignificante favor... ¡ni tan siquiera que besara

la corona bordada en su pañuelo!

Y era natural. En aquel pueblo, donde todo se veia y sabía, y en

aquella austerísima casa, donde pasaba por una Santa Ursula, tenía

la madrileña que olvidarse de sí propia, ó mejor dicho, tenía que

acordarse de cómo estaba obligada á parecer.--Además: hay mujeres

que sólo entre sus pares enarbolan bandera corsaria, y la prima del

Marqués, la amiga del Duque, la festejada por los vates de moda, la

recomendada por los Ministros, pertenecia á este género.--Si Pepito

hubiese tenido un laurel, visado en Madrid, de poeta, de orador,

de capitan ó de estadista cuando la cortesana lo encontró en aquel

pueblo, de fijo lo habria considerado su igual, enlazando gustosa

en una cifra de amor más ó ménos platónico su antigua corona de

patricia á la del preconizado y consagrado genio...; y hasta puede

asegurarse que si, rodando los años, llegó á encontrarlo en el

capitolio madrileño, lleno de gloria y fama, por _él_, más que por

_ella_, quedaria el que no se entrase en largas rectificaciones de

conducta.--Pero, pues que entónces Pepito era un lugareño anónimo (y

no tampoco ningun Adónis, ningun Hércules, ni ningun Tenorio plebeyo,

capaz de seducirla y hacerle olvidar las otras consideraciones más

arriba apuntadas), nada tenía de particular que la huéspeda de D.

Trajano se vengase de su forzosa inaccion complaciéndose en el

martirio del deseo ajeno, al modo de los reclusos que divierten sus

ocios favoreciendo ó contrariando alternativamente las aficiones de

tal ó cual especie de animalillos...

Negaba, por lo tanto, al atrevido mozo, segun ya hemos expuesto,

cosas que para ella eran verdaderas nimiedades... Habíale negado,

vg., (aunque se los pidió en unas sentidísimas estrofas) tres

cabellos de sus largos tirabuzones, ¡de aquellos tirabuzones que tal

vez habria saqueado muchas veces la sin ventura, para que amantes

olvidadizos se hicieran cadenas de reloj, que ya no existirian!...

En cambio, ella introdujo en la tertulia del señor de Mirabel la

costumbre de dar la mano á los caballeros, y, cuando se la daba á

Pepito, recreábase en ver la cara de gozo, de triunfo y de veneracion

que ponia el infeliz...--¡Aquella mano, que tantos esfuerzos

inútiles habria hecho quizás para retener á ingratos y pérfidos

Eneas, pareciale á él una azucena virginal, un don del cielo, el

principio de una escala mística que conducia á la gloria!...

Dichosamente, no habia en el pueblo quien pudiera desengañar al

jóven.--Tal vez el Obispo, desde su palacio, adivinaba la verdad, por

haber frecuentado mucho tiempo la alta sociedad madrileña... Tal vez

lo sabía todo el Juez de primera instancia, que habia andado por las

esferas ministeriales pretendiendo aquel y otros destinos... Pero

ambos eran hombres de órden y muy cautos, incapaces de escandalizar

al público con imprudentes revelaciones... y nada dispuestos á

malquistarse con la recomendada de los Ministros.

En lo demas, no habia cuidado; pues las señoras y señoritas del

pueblo, aunque temian acercarse á la atildada y sabionda forastera,

no la detestaban ni envidiaban desde sus hogares, _visto_ que sus

maridos, novios y todo género de presentes y futuros experimentaban

igual temor y nunca se atreverian á decirle «los ojos tienes negros»,

y _considerando_ (¡cínica y terrible _consideracion_ de las más

celosas!) que aquella exquisita mujer no se prendaria en ningun caso

de sus ramplones caballeros.--Limitábanse, pues, á no visitarla, ya

por la dicha cortedad, ya por aquel necio orgullo que suelen producir

los agrios de la modestia; pero, así y todo, imitaban hasta donde

podian sus trajes y modo de componerse, siendo ya muchas las damas y

damiselas del país que habian encargado á la Capital, ó héchose en

casa, sombreros (_gorros_ se llamaban entónces) _como los de la prima

del Marqués_, ó sea una especie de galeras (poco menores que las de

la Mancha) que á la sazon estaban muy de moda.

Conque basta ya de entreacto, y oigamos á Don Trajano Perícles de

Mirabel y Salmeron, que va á referirnos todo lo acontecido en el

asunto de Manuel Venegas despues que éste se ausentó de la Ciudad.

Dijo así el ilustre personaje:

V.

DE CÓMO SE CASÓ ANTONIO ARREGUI.

--Meses, años, lustros (ó, por lo ménos, un lustro y parte de otro)

pasaron sin que volviese á haber noticias del mal llamado _Niño de

la Bola_...--Digo más: hasta hace dos horas y media, no ha sabido

nadie en la Ciudad si era muerto ó vivo, si habia logrado enriquecer

ó estaba en la miseria, ni qué zona, clima ó region del globo

presenciaba su gigantesca lucha con el Hado...

--Pero ¿por qué no escribia?--interrogó la madrileña, cuyo interes

hácia aquel drama de carne y hueso, tan apropiado á los gustos

literarios de entónces, se comprenderá fácilmente.

D. Trajano respondió en el acto:

--¡Tampoco escribió Diego Marsilla á Isabel de Segura en la comedia

que está hoy tan de moda y que tanto entusiasma á usted!--Además (y

dejándonos de comparaciones), el hijo de mi infortunado amigo no

era hombre de hacer las cosas á medias, y, por lo tanto, explícase

muy bien que le repugnara dar cuenta y razon de su paradero y del

estado de sus fondos... Semejante oficiosidad hubiera equivalido á

hallarse presente y ausente á un propio tiempo; de donde se habria

debilitado el prestigio que siempre acompaña y da mayor estatura á

todo lo arcano y misterioso;--doctrina artístico-literaria que se me

ocurre en el calor de la improvisacion, y respecto de la cual, oh

bella Marquesita, nosotros los clásicos convenimos con ustedes los

románticos...

--Adelante,--repuso la veterana deidad, mirando con tentadora

indulgencia al retoñado viejo.

--Ni ¿á qué escribir tampoco? (prosiguió el señor de Mirabel.)--Sus

tremebundas amenazas no podian ménos de estar vivas en la

memoria de estos naturales, y repetirlas era como presuponer el

propio interesado que álguien pudiese echarlas en olvido.--En

cuanto á escribir á la misma Soledad, hubiera sido perder el

tiempo lastimosamente, dado que el astuto y vigilante D. Elías

habria interceptado todas las cartas... Mas, áun prescindiendo

de tal consideracion, ¿qué podia Manuel decir á la jóven?--¿Que

no le olvidara? ¿que lo quisiese? ¿que lo aguardase hasta su

regreso?--¡Harto sabe usted, mi querida doña Luisita, que esas cosas

no se piden; y hasta me aventuro á añadir que el suplicarlas es

_contra-producentem_!...--_Ergo_ no debe acusarse al hijo de mi amigo

(como se le ha acusado aquí esta noche) por no haber escrito á nadie

durante su prolongada ausencia...--¡Yo, en su caso, hubiera hecho lo

mismo!

--¡Tú, Mirabel! (exclamó la jubilada esposa del anciano

jurisconsulto.) ¡Repara en lo que dices! ¿Te vas á comparar ahora con

ese muchacho?

--¡Déjame, Tecla! Tú no entiendes de estos achaques, considerados

bajo su aspecto artístico...--replicó D. Trajano con tal autoridad,

que su pobre mujer se arrepintió de haber abierto la boca.

Los tertulianos indígenas cerraron por su parte los ojos, como

dando á entender que ellos no se atreverian en ningun caso á hacer

observaciones á aquella especie de Salomon con tupé y patillas, y

mucho ménos delante de la sobrehumana forastera.

En cuanto á Pepito, habia salido á buscar noticias, por indicacion de

toda la tertulia, poco ántes de que D. Trajano comenzase su relacion.

--¡Pues sí! (continuó victoriosamente el neopagano.) Manuel procedió

como era debido dejando rodar el mundo y pasar el tiempo, á fin de

que cada cual obrara _secundum se_, _naturaliter_ y sin presion

exterior ó extrínseca.--¡Lo contrario hubiera sido mantener un estado

de cosas violento y falso, de muy mal agüero como prolegómeno de

posibles nupcias!--Conque dejemos esto, y pongamos sobre el tapete á

Soledad; pues veo, mi querida Luisa, que está usted deseando saber

cómo la adorada por el _Niño de la Bola_ pudo casarse con otro

hombre, ó cómo hubo hombre que se atreviese á casarse con ella...

--¡_C’est ça_!--respondió vivamente la cortesana.

--Dice que «_así es_»... (advirtió el afrancesado, dirigiéndose á su

habitual tertulia.)--Pues señor... (añadió luégo:) Soledad estuvo muy

mala cerca de un año, despues de la partida del osado Venegas, y,

durante aquel tiempo, su padre no pensó más que en cuidarla, hasta

que, dichosamente, en fuerza de mimos y desvelos, y de traer médicos

de todas partes, consiguió hacerle recobrar la salud.--Dedicóse

entónces D. Elías por sí, ó por medio de terceras personas, á

buscarle marido, procurando que ni ella ni su madre lo notaran; pero,

dicho sea en honra y gloria del amador ausente, nadie se prestó á

disputarle el corazon, ó la mano, de su elegida, y eso que el antiguo

usurero (me valdré de sus expresiones) _daba á la muchacha enterrada

en onzas_, y se la ofreció áun á sujetos de medianísima clase y sin

ningunos bienes de fortuna; y eso tambien que la tal muchacha seguia

siendo un primor de belleza, de quien todos estaban suficientemente

enamorados.--Realizábase, en suma, aquel diabólico plan del hijo de

mi amigo «de hacerse amo de los valientes de la poblacion, como medio

infalible de llegar á serlo de Soledad»; pues excusado es decir que

no todos los que se negaban á casarse con la millonaria lo hacian

tanto por devocion amistosa á Manuel, como por miedo á las amenazas

y juramentos que profirió al marcharse...--En cuanto á lo demas, si

algunos interpelaban á D. Elías Perez sobre los sentimientos de su

hija (para el caso de que se decidieran á pretenderla), todos oian

una misma contestacion:

--«_Ese es cuidado mio_» (les respondia el viejo con la mayor

calma).--Cuente usted con su conformidad.

«¡Asómbrese usted, Luisita!...--(Y no salga esto de aquí, señores,

pues voy á revelar un hecho que conocen muy pocos, y que á mí me

contó el mismo riojano, un dia que vino á consultarme acerca de otros

asuntos,--y yo no quiero enemistades con entes como el que tengo que

nombrar ahora...)--¡Asómbrese usted, digo! Una sola persona; el jóven

más feo y más cobarde de la Ciudad; una especie de _Cuasimodo_ sin

belleza de alma que contrastase con la deformidad de su cuerpo...

(¡Observará usted que tambien yo conozco á Víctor Hugo!...); un bicho

malo y descreido, á quien todos trataban y tratan á puntapiés, por

más que no pueda negársele algun ingenio y mucha (aunque detestable)

ilustracion; un tal _Vitriolo_, en fin, mancebo de la botica que

habrá visto usted en la Plaza, fué quien se atrevió, no ya á secundar

indicaciones del usurero (que nunca se las hizo, tal vez por no

considerarlo criatura humana), sino á tomar la iniciativa y dirigir

una carta á Soledad y otra á su padre presentando su candidatura

á la mano de la gentil doncella.--Alegaba el mísero, con la mayor

formalidad del mundo, la belleza de su alma, la elevacion de su

talento, su cultura (¡que el muy necio calificaba de superior á la

de todo el vecindario!), su carencia de vicios, su laboriosidad, su

despreocupacion en materias religiosas y políticas, y, sobre todo,

la circunstancia de _no temer_ ni poco ni mucho al valenton llamado

el _Niño de la Bola_.

»Dicho se está que el padre y la hija despreciaron aquellas cartas,

tomándolas como una broma de mal género; pero el jóven, viendo que no

obtenia respuesta, se propasó á hablar personalmente del asunto con

D. Elías; y éste, que en ocasiones sacaba á relucir un genio de todos

los diablos, le contestó llenándolo de improperios y de sangrientas

burlas, y diciéndole para terminar:

--«¡Líbrete Dios, sierpe venenosa, de volver á mandar cartas á mi

hija; pues si ella se contentó dias pasados con obligar á un perro

á comerse tu ridícula declaracion de amor, yo te obligaré á tí á

tragarte los demas papeles que tengas la avilantez de dirigirle!»

_Vitriolo_ se puso más verde de lo que era, y respondió con una risa

que espantó á _Caifás_:

--«¡Pobre perro! ¡Procuren ustedes que no rabie!--Mi carta de amor,

guardada en tal estuche, no podrá ménos de convertirse en verdadero

ácido sulfúrico.»

«Y, dicho esto, se volvió á su casa, donde estuvo enfermo dos ó tres

meses.

»He contado á usted esta anécdota, para que forme juicio del extremo

á que llegaron las cosas por la obstinacion del prestamista en casar

á Soledad con cualquiera que no fuese Manuel Venegas, y tambien para

que se haga usted cargo de lo humillada y afligida que estaria por

dentro la _Dolorosa_ en la difícil situacion que le habia creado la

desventura...--Por lo demas, nuestra heroína seguia en apariencia lo

mismo que siempre; serena, impasible, callada en todo lo relativo

á Manuel, afectuosísima y zalamera con el embobado don Elías,

acompañándolo á la iglesia y á paseo, gastándole cada año un dineral

en vestidos y joyas, y contestando con frias sonrisas de lástima

á los jóvenes que osaban dirigirle alguna galantería...--¡Dios me

perdone si me equivoco; pero, en mi concepto, aquella muchacha tan

hermosa y tan rica, estaba como indignada al ver que ningun hombre se

atrevia á arrostrar la muerte por ella!

»De este modo pasaron seis años.--D. Elías Perez, agobiado por la

edad y los sinsabores, se acercaba al sepulcro, y su desesperacion

no tenía límites al pensar que dejaba célibe á Soledad y que el

odiado Venegas podria regresar el dia ménos pensado y darle la mano

de esposo. Ocurriósele entónces la idea de marcharse con su familia

á otro país, donde no gravitaran sobre los ánimos las inolvidables

amenazas del _Niño de la Bola_ y le fuese posible hallar marido

para la heredera de sus millones...--¡Pero ya era tarde! Un tenaz

reuma no le consentia moverse... Estaba postrado en el lecho para no

levantarse más.

»Como ni D. Elías ni la _Dolorosa_ tuvieron nunca amigos ni

confidentes, diferenciándose en esto de los héroes del teatro, sábese

muy poco de las conversaciones que mediarian en aquel tiempo entre

el padre y la hija, y sobre los verdaderos sentimientos de ésta.

Sólo la madre (á quien la jóven trataba con el mismo despego y poca

confianza que el riojano, cual si tampoco le perdonase el haber

servido honradamente en calidad de criada al que seguia sirviendo

humildísimamente en calidad de consorte); sólo la señá María Josefa,

digo, habia logrado cogerles algunas expresiones; y, con referencia á

ella, se asegura que D. Elías exclamó varias veces durante su larga

enfermedad:

--«¡Hija mia! ¡cásate ántes de que yo me muera!»

»Y que la jóven le contestaba siempre:

--«¿Con quién? ¿con _Vitriolo_?--¡Ese es el único que me solicita!»

»Á lo cual solia poner la madre esta coleta, cuando hablaba del

asunto con sus paniaguadas, ántes de que apareciese en escena Antonio

Arregui:

--«¡Ya se ve! La muy picarilla conoce que está defendida por la

sombra del que se marchó, á quien todos temen ver llegar de un

momento á otro; y, por eso, y porque le gusta su papel de niña

mimada, no le lleva la contraria á su padre.--¿Para qué, si nadie ha

de pretenderla?--Mi hija quiere con toda su alma á Manuel; pero tiene

mucho talento y mucha serenidad; pone todo su orgullo en no descubrir

sus aficiones de ningun género, y no gusta de comprometerse á nada ni

con nadie.--¡Yo no he conocido persona de más espera!»

»Muy digno de estudio me parece este comentario materno, clave y

norma del carácter y de la conducta posterior y futura de Soledad;

y usted, Marquesita, que tan aficionada es al análisis de los

sentimientos, no podrá ménos de reconocer detras de esas palabras

un corazon mucho más femenino que los que se empeñan en colocar los

románticos dentro del corsé de las mujeres...

--¡Mirabel! ¡por Dios! ¡Que hay señoras!--no pudo ménos de exclamar

la esposa del clásico.

--¡Tecla! ¡por la Vírgen! (replicó el preopinante:) Yo hablo de

literatura..., y la marquesa me comprende...--¿No es verdad, Luisita?

--Ya discutiremos... (respondió la doctora, haciendo un malicioso

mohin á la mujer del abogado, para que no la odiase.) Ahora estoy

deshecha por ver á usted llegar á lo que los historiadores llaman

_nuestros dias_...

--Pues continúo...--Y tú, mujer, no te escandalices de cosas

abstractas...--¡Yo no estoy discurriendo aquí como hombre, sino como

artista!--Conque voy á terminar en breves momentos.

«La vez primera que administraron el Viático á D. Elías Perez, es

decir, tres meses ántes de su defuncion (tambien ha contado esto la

señá María Josefa), se abrazó el viejo á Soledad convulsivamente y le

dijo con infinita angustia:

--»¡Júrame que nunca te casarás con Manuel Venegas!

--»Yo no haré más que lo que usted me ordene,--respondió Soledad.

--»Pero yo me puedo morir... yo me estoy muriendo... ¡Júrame que,

cuando cierre los ojos!...

--»Entónces haré lo que me ordene mi madre...--interrumpió la jóven.

--»¡Tu madre es una imbécil! (gritó el usurero) ¡tu madre es cómplice

de aquel bandido!--¡Júrame, por lo tanto, que, aunque ella te lo

ordene, no te casarás con el que hoy me mata!...

--»Padre, yo no juro... ¡Eso es pecado...! (replicó Soledad

gravemente.)--Pero, en lo demas, yo obedeceré siempre á mi padre y

á mi madre, como lo manda Dios en la misma Ley que prohibe jurar su

santo nombre en vano...

--»¡En vano! ¡en vano! (repitió el moribundo.)--¡Ah, gran

hipócrita!--Tú piensas reirte de mí despues que me entierren... ¡Tú

eres una ingrata, que te complaces en amargar la agonía del padre que

tanto te ha idolatrado, que tanto dinero ha consumido en darte gusto,

y que ya no puede servirte de nada!...

--»Yo soy una hija obediente á mis padres y á Dios...--¡á Dios sobre

todas las cosas!... (exclamó la jóven seráficamente.)--Por eso no

juro ni juraré, aunque usted me insulte de esta manera...

--»¡Pues, entónces, no puedo morirme todavía! (repuso el anciano

con asombrosa naturalidad.) Quita de en medio todos esos jarabes, y

dáme de comer.--¡Mañana estaré bueno! ¡Tu rebelion me ha resucitado!

Siento en mi máquina una energía nueva con que ni tú ni yo contábamos

hace poco...--¡Me has dado, cuando ménos, un año y un dia de vida,

que es el tiempo que necesito para utilizar tu obediencia!

--»Usted mandará...

--»¡Ya lo creo que mandaré!--Mañana mismo entrarás de novicia

en un convento, y, si durante el noviciado no puedo casarte, de

mañana en un año serás monja profesa, y yo bajaré tranquilo al

sepulcro, despues de legar todos mis bienes á los hospitales de la

Rioja...--¿Qué tienes ahora que decir?

--»Que mañana me trasladaré al convento,--respondió Soledad, besando

á su padre.»

»No se puso bueno el riojano al otro dia, ni halló fuerzas para dejar

el lecho ninguna de las veces que lo intentó, ni habia de levantarse

más, segun que ya he dicho; pero la verdad es que se mejoró bastante

despues de aquella conversacion; tanto, que los mismos médicos que lo

habian mandado administrar, lo declararon fuera de inminente peligro

y hasta muy capaz de vivir todavía mucho tiempo, si no se presentaba

una nueva crísis.--En cuanto á Soledad, no hay que decir que al dia

siguiente entró en el convento.--¡El padre y la hija estaban cortados

por una misma tijera!

»Formando cábalas andaban las gentes sobre las reservas mentales

de la _Dolorosa_, á quien acá mismo juzgábamos esperanzada en que

su padre moriria ántes de un año, y resuelta de todos modos á no

profesar en tiempo alguno; pues hacerse monja era cerrar á Manuel

Venegas todos los caminos, hasta el del adulterio...

--¡Mirabel!... ¡yo no te he oido nunca hablar así! (interrumpió doña

Tecla:)--¡Esto pasa ya de castaño oscuro!...

--Porque nunca he tenido que hablarte de psicología ni de

fisiología... (respondió el académico.)--Pero la marquesa me

comprende...

--Vamos... vamos... ¡amigo mio! (expuso la forastera). Doña Tecla

tiene razon... ¡Déjese usted de esos estudios, y sáqueme de penas de

una vez!...

--¡Es usted muy amable, Luisita, en no reclamar contra unas

interrupciones que lamento profundísimamente..., bien que, en medio

de todo (yo soy justo), hagan honor á la castidad de mi digna

esposa!... (replicó D. Trajano, dando el último golpe á su pobre

mujer con este fulminante cumplido, que arrancó una indefinible

sonrisa á la no tan lisonjeada madrileña.)--Decia, pues (continuó

el impertérrito oráculo), que tal rumbo llevaban las cosas, cuando,

á los pocos dias de entrar Soledad en el convento (¡véase lo que es

el destino de los mortales!), llegó á esta Ciudad otro riojano, con

carta de recomendacion para D. Elías, á fin de que éste le ayudase

con sus consejos y buenas relaciones á establecer, al pié de la

vecina Sierra, una fábrica de paños, movida por agua...

»D. Antonio Arregui se llamaba el recien llegado, y era un hombre

como de treinta años de edad; de buena presencia; muy circunspecto y

formal en su trato; poco amigo de conversaciones inútiles; bastante

rico, aunque muchísimo ménos que el prestamista; de inmejorables

sentimientos, bien que no brillante en sus manifestaciones, y

dedicado por completo al trabajo y á los negocios.--Añádase que era

soltero.

El Niño de la Bola: Novela · 第 8 / 18 段