cosas!_»--exclamó, sin embargo, la voz popular.
Y, en efecto, pronto se supo que el llamado _Niño de la Bola_ habia
llegado aquella misma noche, todo cubierto de sangre, á casa de D.
Trinidad Muley, y que el barbero de éste le estaba curando tres
grandes heridas que tenía en los hombros y en la espalda.
Á duras penas hízose confesar al jóven que él habia matado al oso,
y referir la espantosa lucha á brazo partido que vióse obligado
á mantener para ello (todo, por su manía de entónces, de no usar
armas de fuego, que calificaba de _alevosas_); pero, en cambio, fué
enteramente imposible hacerle recibir el mencionado premio.
--Se lo regalo (dijo Manuel) á Nuestra Señora de la Soledad,
á quien encomendé mi vida y mi alma en el momento de mayor
peligro.--¡Cómpresele un manto nuevo, y hágasele una funcion de
primera clase!
Fácil es graduar el entusiasmo que estos hechos producirian en el
público. La Ciudad entera visitó al herido durante las cinco semanas
que tardó en curarse, no sin que se trajese á colacion en cada
visita la gloriosa muerte de D. Rodrigo Venegas, cuyas heroicidades
tenian tan digno continuador en su bizarro hijo.--Y, cuando éste
salió á la calle, y se encaminó á la iglesia de San Antonio, á dar
gracias á la Vírgen de la Soledad, no fueron saludos, sino aplausos y
aclamaciones, los que recibió de todo el vecindario.
¿Y _Caifás_? ¿Y su hija? ¿Qué dirian á todo esto? ¿Á cómo estaban de
odio y temores el uno, y de amor y esperanzas la otra, en vista del
fabuloso crecimiento de aquella figura que les importaba más que á
nadie?--Nada se sabía en el asunto; pues ni el padre ni la hija eran
aficionados á revelar sus emociones, ni la señá María Josefa habia
vuelto á parecer por casa de D. Trinidad.--Diremos, pues, únicamente
(y esto debe bastarnos por ahora) _cuál era la línea de conducta de
Manuel para con ellos_ (tercera parte del programa que por tan alto
modo estaba cumpliendo nuestro enamorado).
En el trascurso de los tres años que duró este período de su vida,
Manuel vió todos los domingos á Soledad durante una hora, bastándole
para ello plantarse enfrente de su casa al amanecer y esperar allí á
que saliese á misa con su madre. Era ésta muy religiosa, é incapaz
por ende de tolerar que su hija dejase de cumplir _el precepto_, por
manera que no hubo más arbitrio que arrostrar todas las consecuencias
de aquel nuevo asedio del jóven, fuese cualquiera (que debió de
ser muy grande) la oposicion que el sitiado D. Elías hiciese en
un principio á tan peligrosa _salida de la plaza_.--No hay tirano
doméstico con fuerza bastante para impedir que su mujer y su hija
cumplan los deberes religiosos que les impone su conciencia; y,
además, el prestamista, aunque _no practicara_ (por horror á poner
los piés en la calle), era católico, apostólico, romano,--ó queria
parecerlo.
Afortunadamente, en el programa de Manuel no entraba entónces
hostilizar de manera alguna á don Elías, ni dar ningun paso directo
con relacion á Soledad. Limitábase, pues, á esperarla, á verla
pasar, á seguirla de léjos, á situarse en la Iglesia de modo que
pudiera estar mirándola á su sabor, á aguardarla despues en la
puerta, y á darle nueva escolta hasta que la dejaba encerrada en
el palacio.--Ni más ni ménos hacía; pero esto, combinado con la
imponente conducta que seguia respecto del público, bastaba á su
atrevido propósito,--que era _hacer el vacío_ alrededor de la hija
del usurero, acotarla para sí, declararla suya, estorbar que nadie
la pretendiese, poner entre ella y el mundo el temido poder de su
corazon y de su brazo.
La madre y la hija pasaban junto á él graves y tristes; sin
mirarlo nunca (pues tal debia de ser su consigna), pero viéndolo
siempre...--Las mujeres no dejan de ver jamás lo que les
importa...--Ni Manuel se condolia de que no lo mirasen ni saludaran:
decíale su alma leal que aquella tristeza era una especie de saludo:
figurábase las terribles órdenes que habrian recibido del usurero,
con quien llevaba cuenta aparte, y las compadecia profundamente,
léjos de tenerles rencor...--¡Estaba tan seguro del afecto y
simpatía de ellas!--Añádase á esto (aunque sea revelar una cosa muy
delicada) que Manuel creia haber sorprendido algunas veces á Soledad
mirándole de reojo...
La interesante jóven habia ido creciendo en gracias y hermosura,
y, al terminar aquellos tres años, era una mujer tan exquisita y
bella, de aire tan misterioso y poético, de talle tan fino, esbelto
y seductor, con unos ojos negros tan melancólicos y tan sombreados
por largas y sedosas pestañas, con una palidez tan interesante,
con unas manos tan blancas y tan lindas, con tal señorío en toda
su persona y tal seriedad en su lujoso vestir, que la imaginacion
popular comenzó á inventarle dictados y calificativos laudatorios, y,
despues de haberle llamado la _Niña de plata_, la _Perla judía_, la
_Perla robada_, el _Terron de azúcar_, y otras cosas por el estilo,
le puso el nombre de la _Dolorosa_, que era el que mejor le cuadraba
y con el que se quedó definitivamente, segun hemos visto en otro
lugar.--Parecia, en efecto, una Imágen de la Vírgen de los Dolores;
sólo que su tristeza no rayaba en afliccion, y tenía más de altiva
que de dulce... Pero los trajes negros, las tocas blancas y los
adornos de oro y pedrería de que siempre iba recargada contribuian,
en cambio, á justificar aquel peregrino sobrenombre.
Digamos además que la popularidad de Manuel se reflejaba en la que
era señora de su corazon, y que todos la veian con tanto respeto y
benevolencia, como odio y mala voluntad profesaban á su padre.--Ni
¿qué sabemos? ¡Es tan especiosa á veces la conciencia del vulgo
para transigir con sus flaquezas é idolatrías! Los millones acaban
por fascinarlo y obtener su pleito homenaje, cuando ya no se ve
posibilidad de destruirlos, ó sea de privar de ellos al que los
posee. De aquí el que prescriba la accion pública (ó sea la accion
del escándalo) contra las riquezas ilegítimas largo tiempo gozadas,
como prescriben al cabo de ciertos años algunas acciones legales,
por muy fundadas que sean.--«_Poseer_ (dice un axioma jurídico) es
una de tantas formas de _adquirir_»... Y hay que tener presente que
D. Elías llevaba ya nueve años de quieta y pacífica posesion del
caudal de los Venegas, y doble y triple tiempo de ser dueño de otros
millones...--Debia, pues, de estar próximo el dia del indulto (ya que
no de la amnistía) de la opinion general, y, entretanto, no pesaba
su anatema sobre la inocente niña, en quien ya se reconocia, por lo
visto, la indemnidad de los _segundos poseedores_; como tampoco habia
pesado nunca sobre la señá María Josefa, en la cual se apresuró la
plebe á reconocer otro título á su consideracion, á fin de tener
abierta alguna entrada moral en casa del millonario: el título de
«excelente y compasiva mujer, muy apesarada de las crueldades de
su marido»;--cosa que, por otra parte, era cierta.--En resúmen: ya
fuese por estas razones, ya por deferencia al benemérito Manuel
ya por su propia gentileza y hermosura, ó por todos estos motivos
juntos, Soledad gozaba del aprecio, de la aficion, de la simpatía del
vecindario, si exceptuamos algunas hembras de su clase y edad, que le
envidiaban particularísimamente el romántico amor del gallardo hijo
de D. Rodrigo Venegas, sobre todo cuando éste comenzó á tener dinero,
vistió con lujo y compró caballo.
Nuestro jóven no cesaba de mirar á la gentil doncella, con una
ingenuidad y una valentía más propias del estado salvaje que del
civilizado, desde que la veia salir del antiguo caseron hasta que la
dejaba en él, y muy especialmente durante la misa, cual si creyera
que su devocion á la llamada _Dolorosa_ le eximia de atender al
incruento Sacrificio.--Soledad, en cambio, no quitaba los ojos del
Altar, arrodillada contínuamente desde el principio hasta el fin de
la santa ceremonia, rezando sin interrupcion, á juzgar por el leve
movimiento de sus labios de serafin y á las muchas cuentas que pasaba
del rosario...--Pero ¿quién sabe dónde estaria su alma?--Al enamorado
mozo le decia el corazon que aquel ángel estaba pidiendo al cielo
el triunfo de su mutuo cariño...; mas nosotros no tenemos datos
suficientes para negar ni afirmar semejante cosa, ni tan siquiera
para responder de que la jóven rezase verdaderamente...--¿Acaso no
hay personas dotadas del don especial de no ver lo que miran y de ver
lo que no están mirando? Pues ¿quién nos dice que Soledad no era una
de ellas, y que, miéntras clavaba aparentemente los ojos en el Altar,
no contemplaba la gallarda figura de Manuel Venegas?
Repetimos que todo lo creemos posible... Ello es que el interesado
(hombre de instintos muy seguros) salia siempre de la Iglesia, loco
de amor y felicidad, acariciando risueñas esperanzas...
Conque vayamos derechos al asunto, ó sea á decir cómo se preparó y
realizó el mencionado lance que puso término á este período de la
vida de nuestro héroe.
X.
EL EMPLAZAMIENTO.
Cuando el reflexivo y cauteloso D. Elías llegó á penetrarse de
que Soledad, la única persona á quien habia amado y favorecido
desinteresadamente, podia servirle de escudo y defensa contra la ira
de Manuel y contra la indignacion ó la mofa del pueblo («_que tal
es siempre_--observaron á este propósito los moralistas--_el fruto
de las buenas acciones_»); cuando se convenció, digo, de cuánto
la queria y veneraba el jóven Venegas y de cuánto la admiraba y
respetaba el público (sentimientos cuyos beneficios materiales no
podrian ménos de alcanzar al que, en medio de todo, era padre de
tan gentil y meritoria criatura), hizo rápidamente una completa
revolucion en su vida y costumbres.
Comenzó el viejo por aventurarse á ir á misa, cosa que deseaba hacía
mucho tiempo, para librarse de la fea nota de _judío_, _rabote_,
_hereje_ y otras lindezas que le aplicaba el vulgo; propasóse luégo
á salir al campo, segun lo requeria su salud, á juicio del médico
de la casa, y acabó, finalmente, por asistir á los paseos públicos
y á las fiestas populares, como cualquier hijo de vecino..., ó
poco ménos.--Todo ello (bueno es hacerlo constar), aprovechando la
temporada que Manuel estuvo herido por consecuencia de su lucha con
el oso...
Tambien debemos advertir que en aquellas salidas lo acompañaba
constantemente Soledad, y nunca la señá María Josefa, á quien
el millonario seguia mostrando tanta esquivez y desprecio como
adoracion fanática á la hija de que le era deudor.--«_Hay hombres
que son así, y que con dificultad la hacen limpia, áun tratándose
de sus más sagrados afectos_»...--solia exclamar con este motivo
la licurga hermana del ama de gobierno de D. Trinidad Muley.--Á
misa iban á la Catedral, como templo más respetable ó respetado que
los otros...--Para ir á paseo, habia habilitado el prestamista un
viejísimo coche ó carroza de los Venegas, que encontró en la leñera
del antiguo palacio...--Y, cuando habia procesion ó castillo de fuego
que ver, nunca faltaba un balcon de tal ó cual deudor moroso, cuyo
domicilio tuviese puerta falsa á alguna solitaria calleja, por donde
entrar con el debido recato.
Era, pues, siempre dramática, por lo inesperada y repentina, la
aparicion de D. Elías y de Soledad en la ventana ó balcon que caia á
la plaza ó calle donde se preparaba la fiesta y hervia el concurso...
--«_¡La Dolorosa! ¡La Dolorosa!..._ (oíase decir por todos lados.)
¡Qué hermosa está! ¡Qué bien vestida viene! ¡Qué perlas trae! ¡Lleva
un caudal encima!»...--Y sólo al cabo de algun tiempo fijábase la
atencion en D. Elías Perez (ya no era moda decirle _Caifás_), á
quien unos hallaban mucho más viejo que ántes, otros perfectamente
conservado, algunos mejor vestido y ménos antipático que en 1823,
y todos merecedor de perdon y olvido despues de tantos años de
encierro.--«Si delinquió (parecia decir la actitud del Coro), ¡bien
ha expiado su crímen! ¡Dispensémosle al ménos la acogida indulgente
que no niega nadie á los penados que han cumplido su condena!--En
medio de todo, D. Rodrigo Venegas era un despilfarrado, que de una ú
otra suerte habria muerto en el hospital, y, en cuanto al _Niño de la
Bola_, ¡ya veis que tampoco ha nacido para Ministro de Hacienda! ¡No
bien ha reunido un poco dinero, ha comprado caballo!...--Los ricos
nacen, y los pobres se hacen.»
La primera vez que nuestro héroe vió clara y distintamente al padre
de su amada fué aquel dia que salió á dar gracias á la Vírgen de la
Soledad despues de su convalecencia.--Huyendo de las demostraciones
de entusiasmo que lo abrumaban en la calle y de las visitas que
seguian inundando su casa, se encaminó á pié á un cortijo próximo,
que habia sido de su padre, donde existia una fuente muy provechosa
para los que necesitaban recobrar fuerzas..., y allí encontró,
enteramente solo, de pié junto al manantial, y sumido en profunda
meditacion, á un anciano de elevada estatura, cuyo grave y austero
rostro y fria y penetrante mirada recordó haber visto hacía años, al
traves de un vidrio, en un balcon de su antigua vivienda...
--¡El padre de Soledad!--pensó el jóven, retrocediendo un paso.
Don Elías alzó los ojos al propio tiempo; vió y reconoció á Manuel, y
se puso más amarillo que la cera; pero no hizo movimiento alguno que
demostrase la índole de aquella emocion.
Manuel volvió á andar el paso que habia desandado, y comenzó á medir
al viejo de abajo á arriba y de un lado á otro, con aquella franca y
valerosa mirada que le era habitual, sólo comparable á la del toro
que descubre en la dehesa á un importuno, y no sabe si arremeterle ó
perdonarlo...
El altivo viejo siguió inmóvil, mirando aparentemente hácia otra
parte, pero sin perder de vista al bravo mancebo, cuyos ojos
comenzaban á despedir cierta rojiza lumbre...
En tal situacion, de todo punto insostenible, oyóse en el vecino
olivar una dulcísima voz de mujer, que gritaba alegremente:
--¡Papá! ¿Dónde te has metido?
--¡Ella!--pensó Manuel, temblando como un azogado y retrocediendo de
nuevo, no ya un paso sólo, sino otros muchos, bien que con perezosa
lentitud...
El anciano no respondió á su hija ni se movió de su puesto...--Pero,
cuando vió desaparecer (siempre andando hácia atras) al famoso _Niño
de la Bola_, sonrió de una manera indefinible, y se dirigió al sitio
donde habia sonado la voz mágica, y esta vez providencial, de la que
era reina y señora de aquellas dos almas enemigas.
Manuel se apostó en el camino para ver pasar á la jóven á su regreso,
y quién sabe si para seguirla, como de costumbre, pesárale ó no le
pesara al despótico anciano; pero el pobre no contaba con la remozada
carroza de sus abuelos, que cruzó á escape entre nubes de polvo, no
dejándole columbrar ni la más leve sombra del dulce objeto de sus
ánsias...
Á nadie cupo despues duda de que una escena tan insignificante al
parecer, y tan significativa en el fondo, contribuyó en gran parte
á que D. Elías y el jóven Venegas cometiesen al cabo de algunas
semanas las graves imprudencias que abrieron entre ellos un nuevo
abismo...--Y fué que desde aquel encuentro, en que no hubo colision
ni agravio alguno, ambos dejaron de considerarse tan extraños y
terribles el uno para el otro como en realidad seguian siéndolo;
ambos se acostumbraron á verse sin gran sobresalto en la calle ó en
la Catedral; y ambos llegaron por consecuencia á chocar de frente el
dia ménos pensado, en las peores circunstancias que pudo excogitar el
infierno para hacerlos de todo punto incompatibles...
El caso fué el siguiente.
En Abril de aquel mismo año; cuando Manuel tenía 19, Soledad 17 y
medio, D. Elías 68, la señá María Josefa 56, D. Trinidad 40, su ama
de llaves 59, y 63 la hermana del ama, obtuvo la _Dolorosa_ de su
reanimado padre que la llevara, como pretendia hacía tiempo, á las
funciones que por entónces celebra anualmente en la parroquia de
Santa María de la Cabeza la Hermandad del Niño de la Bola.
Consistian (y siguen consistiendo) estas funciones en una Misa con
Señor Manifiesto, Sermon y Comunion general, el domingo por la
mañana; solemnísima Procesion por todo el barrio, aquella misma
tarde, y Baile de Rifa á la tarde siguiente;--y en todas ellas solia
representar, hacía tres años, mucho papel el hijo de D. Rodrigo
Venegas, como individuo de la Cofradía, y amigo particular y dos
veces tocayo del Niño Jesus.--Extrañóse, pues, generalmente aquel
año que Manuel, aunque se hallaba en la Ciudad, y nunca desperdiciaba
medio de ver á la _Dolorosa_, no asistiese ni á la Misa ni á la
Procesion, donde hubiera admirado, como todo el mundo, la hermosura,
lujo y donaire de la hija del prestamista, la cual estrenó aquel dia
dos trajes, hechos en la Capital por la modista de las condesas y
marquesas, á cual más rico, elegante y vistoso.
Llegó así la tarde de la Rifa, ó del Baile de Rifa, que, entónces
como ahora, se celebraba en las afueras del pueblo, en una especie
de arrabal de cuevas abiertas á pico sobre un anfiteatro de cerros
de compacta arcilla, donde vive la gente más pobre de la poblacion.
Allí las madres de las criadas que sirven en el casco de la Ciudad,
colocan delante de su respectivo tugurio todas las sillas que poseen,
á fin de que las ocupen los amos de sus hijas, convidados préviamente
á aquella fiesta, donde las señoras estiman mucho un buen puesto en
que reunir tertulia al aire libre, lucir sus atavíos, ver la Rifa y
el Baile, y hasta arrostrar las más encopetadas el deseado compromiso
de bailar un poco, cual si fuesen humildes mozuelas de la clase baja.
Porque es de advertir (y nos urge decirlo, y no añadiremos ni
quitaremos nada á la estricta verdad de lo que todavía sucede en
aquella y otras comarcas de la Península española) que, en tales
bailes, celebrados enfrente de un altar portátil donde se ve la
Efigie del festejado Santo, Vírgen ó Señor, tiene el público facultad
amplísima de pedir y rifar por medio de puja ó subasta, así el que
Fulana baile ó no baile con Mengano, como el que éste no abrace, ó
abrace de nuevo, á aquella con quien acaba de bailar...,--dado que lo
que allí se baila y se ha bailado siempre es el fandango puro y neto,
cuya danza termina de obligacion, como ya sabreis, con un inexcusable
abrazo de cada pareja...--Los que no quieren que se realice lo que
otro desea y paga, tienen que dar á la Cofradía, ó sea al necesitado
Santo, mayor cantidad de dinero; y de esta suerte, que bien merece
tal nombre, se reunen crecidos fondos para el culto de la venerada
Imágen...--¡Veinticinco ducados le costó una vez á cierto Corregidor
el que su esposa no bailase con el pregonero!
La mencionada tarde habian comenzado ya la Rifa y la danza, con
tanta más animacion y júbilo, cuanto que la _Dolorosa_ asistia por
primera vez á la fiesta y ocupaba asiento preferente delante de la
Cueva en que el Mayordomo de la Hermandad y el Cura de la Parroquia
(D. Trinidad Muley) habian plantado los Reales de la presidencia, ó
sea el altar del Niño de la Bola.--Tambien contribuiria acaso al
general contento la circunstancia de no haberse presentado tampoco
en esta funcion el temido personaje humano del mismo sobrenombre, á
cuya ausencia iban acostumbrándose ya todos, no sin cierta recóndita
satisfaccion de algunos, pues así les era más fácil mirar á sus
anchas y hasta dirigir alguna flor á la hermosa hija del millonario,
ó conversar con éste acerca de cosas íntimas y desgraciadamente
reales de este pícaro mundo, en el que la falta de dinero obliga
muchas veces á los hombres á esconderse de sí mismos, aunque sólo
sea durante pocas horas, para tener luégo que andar toda la vida
cuestionando con su propia conciencia, como con una implacable
esposa á quien se ha hecho alguna mala pasada...--Ello es que D.
Elías Perez encontrábase allí, tan regocijado como todo el mundo,
muy atendido y bien tratado por los circunstantes, cruzando algunas
palabras con ellos, y hasta riéndose contra su costumbre,--cual si
al pobre viejo le alegrase el alma aquel tardío rayo de popularidad
refleja que doraba el ocaso de su vida en el invierno precursor de la
muerte.--¡Cuánto, cuánto le debia á la hija de su corazon! Y ¡con qué
embeleso se volvia hácia ella y la contemplaba, diciéndole al oido
á cada instante:--«¿Qué miras? ¿Te gusta aquel aderezo? ¿Te agrada
aquel vestido? ¿Quieres que te compre otro igual?...»
Pronto se nubló en la frente del anciano aquella luz de gloria, para
no volver á brillar nunca...
--¡Manuel Venegas viene!...--¡Ya está ahí _El Niño de la
Bola_!...--oyóse murmurar entre la muchedumbre.
Y un lúgubre presentimiento enlutó algunas almas, miéntras que otras
experimentaron no sé qué gratuita y poco envidiable complacencia.
Manuel llegaba efectivamente por la parte de la Ciudad, sin que fuera
posible confundir con otra su gallarda y apuesta figura, y no tardó
en penetrar en lo más apiñado del concurso, con aire ni soberbio
ni humilde, aparentando no advertir la sensacion que producia y
respondiendo con leves movimientos de cabeza ó brevísimas frases á
las muchas personas que lo saludaban. Así avanzó hasta la mesa que
servia de altar al Niño de la Bola, á quien besó los piés: dirigióse
luégo á D. Trinidad, y le besó la mano, y en seguida clavó los ojos
en el semblante de Soledad, con la inocente y clara osadía que
acostumbraba, como quien mira lo que es suyo; como si la jóven fuese
su esposa, su hermana ó su hija.
D. Elías se habia puesto verde; pero no pestañeó siquiera, y
siguió hablando con un labrador que hacía minutos le dirigia la
palabra sombrero en mano; el cual (dicho sea con perdon) se cubrió
apresuradamente al ver llegar á Manuel Venegas.
Soledad, en quien todos tenian clavada la vista, permaneció mucho más
impasible que el viejo, pues ni áun el color llegó á alterársele; y,
á fin de no cruzar su mirada con la del imprudente mancebo ni con las
del inconsiderado gentío, fijó los ojos en la Imágen del Niño Jesus,
no simulando ciertamente una devocion extemporánea, sino estar como
distraida...
Á cualquier hombre de mundo y conocedor del corazon humano le
habrian causado miedo el abismo de negaciones y la feroz voluntad
que no podia ménos de haber en el fondo de aquella indiferencia ó
de aquel disimulo que no dejaba asomar ningun indicio de emocion á
los celestiales ojos de la niña, cuando la tragedia tendia su cetro
de serpientes sobre ella y sobre su padre...--Pero Manuel la amaba
así; la amaba como quiera que fuese; tenía la intuicion, la fe, la
evidencia de que aquel alma insondable era suya; y, en cuanto al
Coro, más artista siempre que verdaderamente sensible, se contentaba
con admirar la encantadora actitud, propia de un ángel, de la
imperturbable _Dolorosa_, sin descender á otra clase de estudios.
En tal situacion, y cuando el público comenzaba ya á mostrar
impaciencia porque no surgia ningun conflicto de que asustarse,
Manuel se volvió tranquilamente hácia la comision que presidia la
Rifa, y, con voz clara y entera, que alteró todos los corazones,
dijo, señalando á Soledad:
--¡Cien reales, por bailar con aquella señora!
La llamada _señora_ fingió no haberlo oido; pero D. Elías se puso en
pié, rojo de furia, y contestó inmediatamente:
--¡Mil reales por que no baile con él!
Un recio murmullo, semejante á un trueno de tormenta próxima, cundió
por todo el anfiteatro, y las gentes que estaban más léjos se
acercaron á presenciar aquella aterradora subasta.
Soledad dejó de mirar al Niño Jesus, y, bajando los ojos al suelo,
tiró á su padre de la levita, como para que se sentase y no siguiera
el altercado.
Manuel habia ya respondido:
--¡Cien duros por bailar con ella!
Y se deslió la faja, de cuya punta sacó un puñado de monedas de oro.
El público lanzó un rugido de aprobacion.
El avaro vaciló un momento...--Notáronlo todos, y comenzaron á
mirarse y á sonreir maliciosamente.
--¡Ciento diez por que no baile!--exclamó al fin el pobre D. Elías.
--¡Aprieta, Manuel! ¡que yo te ayudo!--exclamaron algunos mozos de
medio pelo.
--¡Aprieta, hijo, y cuenta con mi paga de este mes! (añadió un
capitan retirado, cubierto de canas.) ¡Yo me batí en Talavera al lado
de tu padre!
Manuel sonrió tranquilamente, y repuso, sacando otro puñado de oro:
--¡Quinientos duros por que baile conmigo!
--¡Bien! ¡Bien!--gritó casi todo el concurso.
¡Y hasta se oyeron palmadas, y vivas al _Niño de la Bola_!...