Manuel, en medio del inefable arrobamiento que le habia causado la

indefinible mirada de la jóven, sintió vibrar en su pecho la ira, y

estuvo para correr tambien hácia el palacio. Pero luégo se dominó

bruscamente, y, encogiéndose de hombros, tomó el camino opuesto con

majestuosa lentitud, sin volver la cabeza para ver lo que seguia

ocurriendo en la plaza,--de donde salió, á punto que cesaron las

voces y se oyó cerrar el porton.

--¡Mañana veremos!...--iba diciéndose el mozo con la tranquilidad de

la justicia y de la fuerza.

VIII.

PERIPECIA.

El dia siguiente, á las once de la mañana, estaba ya Manuel á la

puerta del Colegio, en busca de la contestacion que aguardaba de

parte de D. Elías, y, miéntras era llegada la hora de que la niña

saliese de aquel santuario (donde vulgarísimas muchachas y estólidas

maestras--así suelen discurrir los enamorados--tenian la gloria de

verla coser y de oirla decorar sus lecciones, como si ella fuese

tambien criatura mortal), el pobre mancebo se paseaba, lo más léjos

posible del mudo caseron, enmarañando y devanando por centésima vez

en su memoria todas las palabras que dijera la víspera á la señora de

sus pensamientos y todas las temeridades y locuras que desde entónces

se le habian ocurrido sobre la significacion del rubor, de la mirada,

del enojo, del desenojo, del miedo, de la sonrisa y de la fuga de la

intrépida y silenciosa adolescente.

De lo que no podia dudar, de lo que no dudaba, de lo que estaba

segurísimo era de que Soledad le amaba: no ya porque D. Trinidad

Muley se lo hubiese contado, con referencia á la mujer del usurero,

sino porque á él se lo habia dicho todo su sér, enajenado de un gozo

y una delicia que no podian engañar á su leal naturaleza, desde

que recibió aquella mirada (reveladora de dulces y ya presentidos

misterios) con que la niña, trocada en mujer, habia transfigurado al

niño en hombre.

En cuanto á lo que pudiese contestar D. Elías á su demanda, Manuel

estaba tambien completamente tranquilo.

--¿Qué mejor recurso le queda al acorralado _Caifás_ (decíase el

jóven, rebosando júbilo, soberbia y confianza) que transigir conmigo,

que escapar á mi furia, que liquidar amistosamente con el espectro de

mi padre, con el público y con Dios?--¡Nada! ¡Nada! ¡Soledad es mia!

¡Terminaron mis penas! ¡Desde mañana comenzaré á trabajar, y dentro

de cuatro ó cinco años seré bastante rico para casarme con mi adorada!

Á todo esto iban á dar las doce, y el cobrador del prestamista no

salia del palacio en busca de la educanda...--¿No habria ido ésta

aquel dia al colegio?--¡Los minutos se le hacian siglos al impetuoso

Venegas, y desde aquel instante comenzó á dudar de la solidez del

edificio de esperanzas que poco ántes le pareciera tan seguro!...

Dieron, por último, las tres Ave-Marías todos los campanarios de la

poblacion, y las niñas comenzaron á salir del Colegio, primero en

grupos, luégo desperdigadas...--¡Soledad era la única que no salia!

¡Y el criado no iba tampoco por ella!

Manuel no pudo contenerse más, y, acercándose á una colegialilla de

cinco ó seis años que se habia quedado rezagada y pasó cerca de él,

le preguntó con afectada indiferencia:

--Dime, niña: ¿y Soledad? ¿No ha venido hoy al colegio?

--No, señor... (respondió el gorgojo.) La han quitado... ¡por mala!

--¡Ah viejo infame!--gritó Manuel, volviéndose hácia el caseron con

el puño cerrado, como amenazando derribar aquellas paredes y sepultar

bajo sus escombros á D. Elías.

Y se encontró cara á cara con D. Trinidad Muley, que hacía ya un rato

estaba interpuesto estratégicamente entre su atolondrado pupilo y la

casa del usurero.

--¡Tienes razon! ¡Es un pícaro; y por eso he venido yo á

buscarte!--dijo el clérigo, cogiendo de un brazo á Manuel.

--¡Señor Cura! (exclamó éste con respeto, pero tambien con

desesperacion.) ¿Por qué no me dejó usted morirme el dia que

enterraron á mi padre?

--¡Muchacho! ¿qué dices? ¡Eso es una blasfemia! (contestó D.

Trinidad, estremeciéndose.)--Anda... Vámonos de aquí... Tenemos que

hablar.--El dia está bueno, y tomaremos el sol en el Camino de las

Huertas.--Allí no hay nadie á estas horas.

Manuel habia inclinado la cabeza sobre el pecho, y caido en una

profunda meditacion.

--Vamos... vamos... Sígueme... (continuó diciendo el Sacerdote.)

No te abatas de esa manera... Para todo hay remedio en este mundo,

máxime cuando se tienen sentimientos cristianos...--Yo te diré la

marcha que debes adoptar, en vista de la oposicion de ese zorro

viejo...--Conque anda; que aquí hace mucho frio.

El jóven siguió á su protector, sin levantar la cabeza, pensando más,

indudablemente, en sus propios recursos y en los atrevidos planes que

formó aquel dia, que en lo que el Cura tuviera que decirle.

Llegados al próximo Camino de las Huertas, D. Trinidad Muley (de

quien hemos olvidado decir que, á los treinta y siete años de edad,

era ya excesivamente grueso), paróse como una nave que da fondo;

quitóse el enorme sombrero de canal, limpióse el sudor con un gran

pañuelo de hierbas, tomó aliento dos ó tres veces, y habló así:

--Pues, señor: ¿para qué andar con circunloquios? ¡Es menester que

olvides á Soledad! Su padre te aborrece con sus cinco sentidos, y

no te la entregará nunca.--«_¡No me lo nombres!...--¡Prefiero verte

muerta!_» le dijo ayer, en contestacion á tu sensato mensaje: é

inmediatamente mandó al Colegio por la silla y demas efectos de la

muchacha, haciendo decir á la maestra que Soledad era ya demasiado

grande para ir á la _amiga_.--Todo esto me lo acaba de contar la señá

María Josefa con las lágrimas en los ojos...--Suyo era el recado que

recibí esta mañana de que aguardase á una persona que iria á hablarme

á las once y media en punto...--La pobre mujer no queria verte, y

sabía que á esa hora estarias en la puerta del Colegio...--Conque

¡lo dicho! ¡Es menester que me des palabra de honor, y hasta que me

jures, no volver á acordarte de Soledad!

Manuel seguia con la cabeza baja y aparentemente tranquilo, en cuya

actitud, y viendo que el Cura habia callado, le preguntó muy despacio:

--Dígame usted: ¿Y Soledad? ¿qué ha respondido á su padre?

--¡Nada!... ¿Qué habia de responderle?

--Pero... ¿ha dado muestras de sentimiento?... ¿ha llorado?...

--Soledad es como tú... ¡Soledad no llora!--Tambien se lo he

preguntado yo á su madre...--¿Crees que, porque estoy vestido de

Cura, no entiendo yo de estos negocios?

Manuel continuó preguntando:

--Y ¿qué dice la señá María Josefa? ¿Sigue creyendo que su hija me

quiere? ¿Espera que se someterá á la voluntad de su padre?

--¡Mira, niño!... (respondió el Cura muy amostazado.) ¡Aquí no hemos

venido á hablar de Soledad, sino de tí!--¡Á mí no me mareas tú!

--¿De modo que no quiere usted decirme la opinion de la

madre?--exclamó el jóven con sentido acento.

--¡No, señor!... ¡De ningun modo!

--Corriente. ¿Qué le hemos de hacer? Usted es mi segundo padre... y

no hay más que tener paciencia.--¡Yo veré cómo me las compongo!

--¡Malo, malo, Manuel! Tú no me quieres... ¡Ya empiezas á echar

bravatas!...--¡Esa pícara soberbia ha de ser tu perdicion en este

mundo!

--Se equivoca usted, señor Cura. Yo quiero á usted como un hijo;

¡pero quiero tambien á Soledad con toda mi alma!

--¡Pues es menester que no la quieras, aunque revientes! Es menester

que la olvides por completo...--Te lo mando... ¡Te lo suplico yo!

--¡Imposible, D. Trinidad, imposible! (contestó Manuel con un

reposo y una dulzura que dieron á sus palabras más energía que si

las hubiese dicho en el calor del entusiasmo.)--¡Aconsejarme que

me desprenda de Soledad es pedirme toda la sangre de mis venas, y,

suponiendo que la derramara, y que pudiese criar otra, tambien sería

suya, á media vez que pasara por mi corazon!--Padre, mi corazon es de

Soledad, como la piedra es del suelo, que, por muy alto ó muy léjos

que la tiren, siempre va á parar á él.--Yo he pasado tres crueles

años en la Sierra, lidiando por arrancarme este cariño, cuyas raíces

corren por todo mi cuerpo y toda mi alma...; yo lo he expuesto en

aquellas alturas al furor de los huracanes desencadenados, á ver si

lo desarraigaban de mi sér, y sólo he conseguido fortalecerlo más y

más por consecuencia de tan contínua lucha.--Dígame usted ahora qué

camino me queda.--¿Morirme? ¿Matarme?--¡Pues no quiero; porque eso es

alejarme de Soledad!

--Muchacho, ¡tú eres el demonio! (respondió el Cura.) ¡Tú hablas como

los libros prohibidos, sin que nadie te haya enseñado!--Y lo peor del

caso es que no sé qué contestarte...--Por consiguiente, dime tu plan;

pues de fijo tendrás alguno...

--¿Yo? (replicó Manuel con fanática tranquilidad:) Yo no sé lo que

pasará el dia de mañana, ni por dónde habrá que romper esta cadena

que llevo liada al cuerpo...--¡De lo que estoy seguro es de que

Soledad será mia!

--Pero... ¿si no te quisiera?...

--¿Se lo ha dicho á usted su madre?

--¡Dale, bola! Su madre no me ha dicho eso..., sino precisamente lo

contrario... La pobre mujer sigue creyendo que su hija se alegraria

muy mucho de que el viejo transigiese contigo...--¿Pero si (lo que es

un suponer...) te olvidase la muchacha...?

--¡No me olvidará, señor Cura!

--Bien...; pero si D. Elías se empeñase el dia ménos pensado en

casarla con otro...

--¡Tampoco puede suceder eso!

--¿Cómo que no?--Figúrate que la solicitara algun ricacho, algun

hombre de proporciones...

--No la solicitará nadie.--Todo eso es cuidado mio.

--¡Manuel!

--¡Señor Cura!

--¡Me das miedo!

--¡Y con razon! ¡Hay veces que yo tambien me asusto de mí mismo!

--¿Qué piensas hacer?

--¡Sábelo Dios!--Soledad me pertenece, y yo trato de

defenderla...--No le digo á usted más.

--Pero yo no puedo consentir... Yo no consentiré nunca que te dejes

llevar de esa soberbia satánica que vas descubriendo...--¡Tenlo

entendido desde hoy!--Yo soy cristiano; yo soy sacerdote...--Á mí me

gustan los valientes; pero no los iracundos...; y, por lo tanto...

--¡Comprendo! ¡comprendo!...--Me arrojará usted de su casa...--¡Es

natural, y yo tendré paciencia!

--¡Véte al demontre! ¿Quién te habla de semejante cosa?--Lo que digo

que no consentiré es que hagas nada contra la Ley de Dios..., ni

creo que tú seas capaz de infringirla...--Pero, si tal haces, cuando

tanto esmero he tenido en enseñártela, me moriré de pena de que no

seas mi verdadero hijo... (¡en cuyo caso te abriria en canal!), y de

vergüenza de haberte criado casi á mis pechos...

--Tranquilícese usted, mi buen padre... (respondió Manuel con aquella

gravedad que no debia á los años, sino á la tristeza de su vida.) Yo

no quiero más que justicia seca... ¡justicia para todos!--Defenderé

mi derecho, y lo haré respetar por todo el mundo: protegeré la

libertad de la pobre niña, é impediré que su padre la sacrifique,

como me ha sacrificado á mí; y por estos sencillos medios, no lo dude

usted..., Soledad será mi esposa.

--Tú te entenderás..., y yo no te perderé de vista.--La verdad es que

no hay que matar al sastre en una hora... ¡Os queda mucho tiempo!--Tú

mismo, aunque saliste bruscamente de la niñez, hace seis años,

cuando se murió tu padre, y te volviste un somormujo, todavía no

tienes edad de pensar en casorios.--Y, en cuanto á la mozuela... ¡ya

ves tú!... catorce años... nada... una hierbecilla... ¡un diablo que

os lleve á los dos!--¡Jesus! ¡tengo un hambre! ¡Debe de ser más de la

una!...--Todo esto sin contar, mi querido hijo, con que D. Elías pasa

de los sesenta años y se puede morir cuando Dios disponga.--¡Sesenta

y cinco tiene segun mi cuenta!...--¡Además, ha habido muchos padres

(yo recuerdo algunos) que primero han dicho que no y luégo que

sí!...--Dios es grande y misericordioso: aprieta, pero no ahoga; y,

en teniendo uno la conciencia tranquila...--¡Diantre! ¡La una en el

reloj de la Catedral!--Anda... anda... démonos prisa; que hoy la sopa

es de fideos, y ya estará Polonia echando venablos...--Chiquillo, ¿no

me oyes? ¿en qué piensas? ¿tendré yo tambien que pedirte el abrazo de

paz?--¡Pues te lo pido!--¿Estás ya contento?

Manuel abrazó, en cuanto era posible, la respetable mole de D.

Trinidad Muley, y no contestó palabra alguna; pero en su noble y

hermosa frente se leian temerarias resoluciones.

IX.

OPERACIONES ESTRATÉGICAS.

Desde aquel triste dia hasta la fecha del ruidoso lance que obligó á

Manuel á salir de la Ciudad (para no regresar á ella en el espacio

de ocho años, segun indicamos en el Libro Primero de la presente

historia), cumplió nuestro jóven con asombrosa firmeza de carácter

el vasto programa que habia concebido en el Camino de las Huertas y

cuyos pormenores no creyó oportuno explicar al buen Cura de Santa

María;--programa atrevidísimo y sumamente complicado (á lo que se vió

despues), que contenia tres líneas paralelas de conducta: una para

consigo mismo, otra para con el público, y otra para con D. Elías y

Soledad.

Respecto de sí mismo, habia resuelto trabajar, ganar dinero,

conquistar su independencia, no sólo para dejar de ser gravoso á

su protector, sino para ir reuniendo un pedazo de pan que ofrecer

algun dia á su adorada, seguro de que ella lo aceptaria gustosísima,

dejando inmediatamente á D. Elías y sus mal ganados millones por los

puros goces del amor y de la virtud, únicas bases firmes y duraderas

de la felicidad del alma...

La Sierra, aquel tesoro que entónces no era de nadie, y al cual por

ende tenian derecho todos, á título de aprovechamiento comun, fué

tambien en esta ocasion el ancho campo de la actividad y gigantesco

poderío del huérfano. Pero no ya para fantasear allí, corriendo

inútiles peligros, ó para gozar á sus anchas de la libre vida de

la naturaleza, sino para sacar abundantísimo fruto de las sábias

y providenciales lecciones que le diera su padre y del propio

conocimiento por él adquirido acerca de los misterios y riquezas

de la maravillosa Montaña que en otra obra nuestra nos atrevimos á

denominar «_la Madre de Andalucía_.»

Industrias allí olvidadas desde la expulsion de los Moriscos, ó

en desuso desde la muerte de D. Cárlos III, y no pocos provechos

y explotaciones que hasta época recientísima no han merecido la

atencion de las gentes, sirvieron de objeto á la pasmosa inventiva

y titánica laboriosidad de Manuel, el cual, sin ayuda ajena, por no

divulgar secretos que poseia él sólo, fué juntamente herbolario,

cazador con destino á la peletería, maderero de especies extrañas

y preciosas, colector de bichos raros, cantero de jaspes y de

serpentina, y lavador de oro.

Estas tres últimas faenas, especialmente, le produjeron pingües

utilidades.--Hállase el oro en abundancia entre las arenas de un rio

nacido en aquellas alturas, y si tal riqueza no ha bastado hasta

ahora á convertir la comarca en una especie de Perú, consiste en que

la operacion de extraer y _lavar_ dichas arenas es tan larga y penosa

que cualquier hombre, trabajando doce horas al dia, apénas reune el

oro bastante para costear el pan que se come... Y por lo que toca á

los jaspes y á la serpentina, aunque se presentan á flor de tierra

en los altos barrancos rodeados de eternas nieves, su arrastre es

tan difícil y peligroso, que sólo raras veces y para la decoracion

de suntuosas iglesias se habia acometido el arduo empeño de

utilizarlos...--Pero ¿qué eran tales inconvenientes, tratándose de un

hombre de los extraordinarios recursos de Manuel? ¿Quién vió reunidas

nunca tantas luces naturales, tanta fuerza física, tanta agilidad y

tan inquebrantable perseverancia? ¿Quién conocia como él la Sierra?

¿Quién estaba tan hecho á sus rigores, tan familiarizado con el

laberinto de sus senderos, tan práctico en el modo de trepar á sus

cumbres ó de bajar á sus hondos precipicios?--Desvió, pues, las aguas

de sus cauces, construyó presas y balsas, condensó por decantacion

las hojuelas y pajitas de oro, como hoy se hace en la California,

y, por estos medios, hubo semana que recogió más de treinta adarmes

del precioso metal...--Y, para conducir rodando, sin que se

quebrasen, hasta el pié de la Sierra los jaspes y la serpentina,

forró de grandes hierbas y de bien trabado ramaje sus pesadas moles,

y las deslizó, á riesgo de morir, por las chorreras de las nieves

derretidas (sin reparar en si eran más ó ménos practicables),

precipitándose él detras de cada uno de aquellos artificiales aludes,

cuando el ingente envoltorio caia dando tumbos de roca en roca, por

haberse convertido el lecho de torrente en escalones de catarata...

En fin; para el resto de sus mencionadas industrias; para coger

las hierbas medicinales más codiciadas ó los animalillos raros, de

especies hiperbóreas, cuya piel se paga á altísimos precios; para

enriquecerse con todo lo que produce aquella privilegiada region

(donde simultáneamente reinan las cuatro Estaciones, segun la altura

barométrica, y lo mismo se da el líquen blanco que el añil, el abeto

que la caña de azúcar, el ajenjo que el café, el castaño que el

chirimoyo), tuvo tambien que arrostrar fatigas increibles; tuvo que

pernoctar en los eternos hielos; tuvo que bajar á pavorosas lagunas,

jamás visitadas; tuvo que escalar inexplorados picos; tuvo que ser

un verdadero Hércules, ó, cuando ménos, un Titan semejante al

prodigioso Gilliat de Víctor Hugo.

Recogida la cosecha de cada cinco dias, Manuel se encaminaba los

viérnes á tal ó cual puertecillo de la vecina costa, y allí vendia

todo lo que le era dado transportar por sí mismo, ó contrataba la

conduccion de las maderas, de la serpentina y de los jaspes que habia

dejado reunidos en terreno relativamente bajo y accesible; con lo

que el sábado por la mañana estaba de regreso en su Ciudad natal,

llevando en el bolsillo un buen puñado de dinero, que dividia en tres

porciones iguales: una, que entregaba á Polonia para que atendiese á

vestirlo con gran lujo, aunque sin salir del estilo plebeyo; otra,

que entregaba á D. Trinidad, para que le mantuviese (pues ya llevaba

víveres á la Sierra) y para que aumentase el culto y esplendidez de

la imágen del Niño de la Bola; y la tercera, que el jóven conservaba,

para ir formando su tesoro particular,--lo cual quiere decir que

reunia dos tesoros á un mismo tiempo; pues el digno sacerdote le

iba guardando íntegras todas las cantidades que recibia de él, sin

perjuicio de aumentar á su propia costa el culto del Niño Jesus, _por

cuenta del alma_ de su pupilo, segun acostumbra á decir la gente

mística...

De vuelta en la Ciudad, donde permanecia hasta el lúnes por la

mañana, vestíase elegantísimamente y se dedicaba á ejecutar la parte

de sus proyectos relativa al público. Reducíase ésta á lo que, en sus

conversaciones con D. Trinidad Muley, llamaba él donosamente «_hacer

justicia_», y tenía por objeto irse captando poco á poco, no ya la

lástima y el cariño que siempre le tuvieron sus conciudadanos, sino

su estimacion, su respeto, su obediencia, su temor... (en el sentido

saludable de esta palabra), hasta llegar á ser, como fué muy pronto,

el amo, el rey, el dictador de la Ciudad.

La _justicia_ sirvió en efecto de único resorte al hijo de D. Rodrigo

Venegas para lograr tan alta magistratura de hecho; pero la justicia

apoyada en la fuerza, la justicia inevitable y sin apelacion,

la justicia acompañada de autoridad personal para ejercerla, y

consentida y aplaudida por la opinion pública...--Más claro, y

en más humilde estilo: Manuel dedicó durante tres años aquellos

dos dias de la semana á destronar matones, á reprimir déspotas, á

defender á los débiles contra los fuertes, cuando la razon estaba

de parte de aquéllos, á sostener el imperio de la Ley, en los casos

no justiciables por los encargados de aplicarla, y á corregir todo

abuso, toda iniquidad, toda tropelía que trajese indignados á los

hombres de bien.--Buscó en sus respectivos barrios, y en medio de su

corte de vencidos, á los valientes y perdona-vidas más famosos de

la Ciudad, y les echó en cara sus desmanes y desafueros, diciéndoles

que no estaba dispuesto á consentirlos...--Observóse que, al proceder

así, iba como siempre sin armas, y alguno quiso abusar de ello y

acometerle puñal en mano... Pero, ¿de qué sirve el puñal á quien

tiene encima al leon? Ni ¿qué importa al leon un poco de hierro en

la mano de un hombre?--Rápido como la luz, Manuel cayó sobre el

atrevido; tiróle en tierra al solo impulso de su violento salto;

cogióle el brazo asesino con la tenaza de sus dedos, y se lo rompió

como si fuera débil caña. Revolvióse luégo contra los demas...;

pero encontróse con que todos eran ya sus vasallos y le aplaudian,

miéntras que llenaban de injurias al maton caido, terror poco ántes

de aquellas pobres gentes.

Casi ninguna otra prueba material tuvo que hacer el osado mancebo

para que se le sometiesen todos los barateros de la poblacion.

Donde quiera que habia riña ó tumulto y él se presentaba, era juez

y árbitro del conflicto. Una mirada de sus ojos ó media palabra de

sus labios bastaba para que se marchasen tranquilos los cobardes y

llenos de miedo los valientes. Y como, además, en muchas ocasiones,

transigia pleitos ó remediaba daños á costa de su bolsillo; como casi

igualaba á D. Trinidad Muley en la abnegacion con que socorria al

necesitado y compartia sus riesgos y dolores; como ya habia salvado

la vida á más de una persona, luchando, ora con el incendio, ora con

la epidemia, ora con la inundacion, resultaba que su predominio,

léjos de humillar, era grato y parecia justo, á tal extremo que el

vasallaje se convirtió en adoracion y reverencia.

Diferentes causas de índole muy distinta contribuian tambien á

ello...--¿Cómo no? Su noble cuna, el recuerdo de su heroico padre,

sus desgracias, su excéntrica vida, su identificacion con el Niño de

la Bola, sus pocas palabras y precoz austeridad, su grave cortesía

con los buenos, su hermosura, su elegancia, la buena sombra que

le prestaba un padrino tan popular como D. Trinidad Muley, el no

conocérsele vicio alguno, la misma idea de que Soledad le amaba, y en

fin, hasta el presentimiento de que algun dia castigase á _Caifás_,

desagraviando á tantas y tantas víctimas de su insaciable sed de

oro..., eran parte á sublimarlo á los ojos del pueblo, á acrecentar

su autoridad ó su prestigio, y á convertirle en un héroe de los que

luégo salen en romances y relaciones.

Y, á la verdad, aquel adolescente medio salvaje tenía mucho de

legendario y superior, áun en el órden moral y metafísico. El alma

heroica que heredara de su padre, si bien abandonada á sí misma

por falta de educacion literaria, habia sido pulimentada por el

dolor, por la soledad, por el estudio reflexivo de la naturaleza y

por la ardiente devocion que fué resultado de la especie de éxtasis

en que pasó tres años consecutivos. ¡Siempre meditando y callando

en aquellos dos templos (la Iglesia y la Sierra); ya entregado á su

dolor de huérfano, ya á su odio al verdugo de su casa, ya al amor de

Soledad, ya á estos tres afectos en pugna, habia llegado á adquirir

un gran conocimiento de las fuerzas de su espíritu, por lo cual no

era extraño que, áun siendo tan jóven, se sobrepusiese al de los

demas!--Pasábale lo que á Jacob, despues de su lucha con el Ángel.

Finalmente: hasta en el órden material, cúpole á Manuel la gloria,

á la edad de diez y nueve años, de acometer y realizar una gigante

empresa que lo acreditó é idealizó más que todas las anteriores en

el supersticioso concepto del vulgo.--Aconteció (y con esta anécdota

daremos punto por ahora al interminable relato de las hazañas del

hijo de Don Rodrigo Venegas) que en el crudísimo invierno de 1831 á

1832 corrióse hasta los abrigados barrancos del Sur de aquella Sierra

un enorme oso, procedente de las montañas de Astúrias, acosado por

el hambre, ó sea huyendo de las copiosísimas nieves que cubrian por

entero las otras Sierras de la Península. Horribles estragos comenzó

á hacer el animal en los rebaños y áun en las personas, bajando á

la llanura á atacar á los caminantes cuando no hallaba presa en los

rediles, y pregonada fué su piel en una respetable suma por todos

los Ayuntamientos de la comarca; pero cuantas partidas salieron

á cazarlo, volvieron escarmentadas á sus hogares, ó muy ufanas y

satisfechas... de no haber sido cazadas por él.--Así las cosas, y

cuando nadie se atrevia á salir de poblado, no ya en busca del oso,

sino á los asuntos más precisos, amaneció un dia la fiera cosida á

puñaladas en medio de la Plaza de la Ciudad.

Indudablemente, á juzgar por las huellas de todo el camino, el

cadáver habia sido llevado á rastra desde la Sierra; pero no se sabía

quién era el autor de tal hazaña, ni nadie se presentó á reclamar el

anunciado premio...

El Niño de la Bola: Novela · 第 4 / 18 段