Soledad, que habia conseguido sentar á su padre á fuerza de tirones

(tanto más eficaces cuanto más altas eran las pujas de Manuel), se

puso en pié al oir la última proposicion, y comenzó á anudarse á la

espalda las puntas de la cruzada mantilla, como determinándose á

bailar.

El riojano quiso contenerla...; pero mil voces se alzaron á un tiempo

mismo, diciéndole en variedad de tonos:

--¡Eso se impide con dinero!

--¡La Cofradía no puede perjudicarse!

--¡El Niño Jesus no debe perder los diez mil reales que se le han

ofrecido!

--¡Ó usted puja, ó la _Dolorosa_ baila con Manuel Venegas!

--¡Saque usted sus millones, D. Elías! ¿Para cuándo los guarda usted?

--¡Aquí de los rumbosos, Sr. Caifás!

El usurero tenía sudores de muerte; pero, al cabo de una espantosa

batalla, pudo más el odio que la avaricia, y, levantándose indignado,

exclamó con rabioso acento:

--¡Basta ya de bromas! ¡Acabemos de una vez!--¡Dos mil duros por que

no baile mi hija!--Soledad, vámonos á casa...--Señor Mayordomo, puede

usted venir á cobrar inmediatamente.

Aquella violentísima puja era la puñalada del cobarde, ¡segura,

mortal, sin salvacion posible!--¡Manuel no tenía tanto dinero

ahorrado!

Conociólo el huérfano, y se quedó como estúpido...

--¡Déjalo, hombre!... ¡déjalo...! ¡que en el infierno las pagará

todas juntas!--Manuel, no insistas; que el viejo quiere pillarte

en una proposicion que no puedas pagar...--Vénte, Manuel; que la

muchacha queria bailar contigo, y lo demas no debe importarte

tanto...,--comenzaron á decir al corrido mancebo los mismos que se

habian declarado sus fiadores...

Sólo el capitan retirado exclamó, todavía temblando de cólera:

--¡Dispon de mi paga de dos meses!--¡Comeré demonios vivos!...

Manuel no oia ninguna de estas cosas, y la gente comenzó á creerle

anonadado, vencido, digno de lástima...

Pero D. Trinidad Muley, que conocia mejor que nadie á su pupilo, y

que lo veia inmóvil, mudo, con los labios blancos, siguiendo todos

los movimientos de D. Elías, como si acechase la oportunidad de

saltar sobre él y despedazarlo, corrió al lado del jóven, y le dijo

con grande imperio:

--Manuel... ¡véte á casa!--¡Yo te lo mando!

El hijo del héroe bramó de angustia, como brama la fiera al sentir el

hierro candente del domador, y dijo con bárbara humildad:

--¿Sin matar á ese hombre?

--Manuel, ¡véte!--replicó el cura de Santa María.

--¡Me ha vencido con el dinero que robó á mi padre! (añadió Manuel,

enfureciéndose de nuevo, segun que hablaba.) ¡Me ha negado, á mí, al

descendiente de los Venegas, al hijo del que murió por restituirle

sus mal ganados millones, el que baile con su inocente hija, el que

le dé un abrazo de paz entre nuestras dos razas!--¡Ah, ladron!...

¡asesino!... ¡verdugo!... ¡Me la pagarás con tu sangre!

--¡Oye! ¡Oye! (decia entre tanto el usurero á su hija, que estaba

abrazada á él, colgada de su cuello, y como sirviéndole de escudo.)

¡Oye cómo me insulta y me amenaza el que ronda tu dote! ¡Oye cómo te

conquista ese tramposo, en lugar de pagarme el millon que me debe!

Manuel, á quien difícilmente sujetaba D. Trinidad Muley (habiendo

tenido para ello que llamar en su auxilio al Niño Jesus, cuya efigie

le mostraba con fervorosos ademanes y discursos), percibió las

últimas palabras de D. Elías, y, léjos de enfurecerse más, serenóse

de pronto, con aquella rapidez de transicion que le caracterizó

siempre, y quedó inmóvil, suspenso, frio, como una estatua de mármol.

--¿Yo?... ¿Yo?... ¡Yo le debo á usted un millon!--acertó á decir

finalmente con el acento de la más noble ingenuidad.

--¿Acaso lo ignoras? (repuso D. Elías valientemente, como quien

llega á su terreno.) ¿No me debia tres tu padre? ¿No le cobré dos?

¡Pues resta uno!... Y tú, buen mozo; tú, que eres su hijo y no has

renunciado á su herencia, ¡me lo debes, como yo le debo el alma á

Dios!--De modo, señores... (continuó, dirigiéndose á la Hermandad:)

que toda la Rifa anterior es nula, y debe invalidarse por completo

dado que el dinero que ofrecia ese jóven era mio, como lo será todo

el que adquiera en este mundo hasta que me pague el millon que me

debe...

--¡Qué hombre! ¡Qué infamias dice!--¡Y lo peor es que tiene

razon!--¿No hay quien lo mate?--comenzó á murmurar la gente más

temible.

--¡Nadie le toque! (gritó Manuel severamente.) Las cosas acaban

de cambiar de aspecto, y ahora me corresponde á mí defender su

vida...--Yo ignoraba que era su deudor; pero, averiguado que lo soy,

pues el semblante de ustedes me lo está diciendo con harta claridad,

no quiero que nadie imagine que deseo la muerte de este monstruo

á fin de no pagarle...--¡Le pagaré!...--¡Ninguno se asombre de lo

que digo!...--¡Le pagaré!...--Tengo absoluta seguridad de que no me

engaño... ¡Yo sé de lo que soy capaz!--Vive, pues, tranquilo, zorro

viejo y astuto, que si D. Rodrigo Venegas murió entre las llamas

para que no se dijese que habia tratado de estafarte, su hijo hará

algo más terrible y doloroso, que es no volver á ver á tu hechicera

hija hasta haber ganado el millon que reclamas.--Me voy del pueblo,

señores... (añadió con voz solemne, dirigiéndose al público.) Me voy

de España... ¡Pero volveré! ¡Volveré con oro bastante para pagar

mi deuda y ahogar despues en onzas á mi deudor! ¡Volveré, sí, y

vendré á este mismo sitio tal dia como hoy... (¡lo juro por el alma

de mi padre!), á pujar la gloria de estrechar en mis brazos á ese

ángel que el vil judío ha robado al cielo, á esa desgraciada que

se llama su hija!--¡Ay del que la mire entretanto! ¡Ay del que la

pretenda!--¡Soledad es mia, y yo vendré á recobrarla y á matar al

temerario que haya intentado siquiera atravesarse entre los dos!--En

cuanto á tí, alma de mi alma, ¡sé que sabrás esperarme!...--¡Adios,

Soledad de mi vida!--¡Adios, señor Cura!--¡Adios, Niño mio!...--¡No

os olvideis de Manuel Venegas!...

Así dijo, y, arrancándose de los brazos de don Trinidad Muley, y

tirando con la mano un beso á Soledad y otro al Niño de la Bola, echó

á correr hácia el interior de la poblacion, y desapareció de la vista

de todos.

Soledad seguia impasible exteriormente desde que la vida de su padre

dejó de estar en riesgo; pero, cuando quiso andar, le faltaron

fuerzas para moverse, y hubo que llevarla en una silla á la carroza

que fué de los Venegas.

LIBRO III.

LA VUELTA DEL AUSENTE.

I.

LA CAIDA DE LA TARDE.

Pues que ya sabemos tanto como el que más acerca del gallardo jinete

que cruzaba por lo alto de la Sierra cuando levantamos el telon para

dar principio al presente drama, tiempo es de que corramos en su

seguimiento hasta alcanzarlo, á fin de entrar con él, despues de ocho

años de misteriosa ausencia, en la morisca Ciudad que fué su cuna.

Restábale apénas una hora de sol á aquel esplendoroso dia, en el

momento que nuestro héroe logró salir del laberinto de cumbres y

barrancos que forma allí la gran cordillera, y descubrió á lo léjos

el ámplio horizonte de su país nativo, su llana campiña, sus verdes

viñedos y oscuros olivares y las conocidas siluetas de los remotos

cerrajones que delimitan la comarca.--La Ciudad querida, la señora de

todo aquel territorio, quedaba aún oculta detras de los arcillosos

cerros que al oeste le sirven de dosel, bajo el cual duerme hace

siglos su muerte histórica; pero ya era fácil distinguir (sobre todo,

teniendo anterior idea de su situacion) la enhiesta aguja de la Torre

de la Catedral y el Torreon del Vijía de la Alcazaba árabe, derruido

pocos años despues...

_El Niño de la Bola_ detuvo su caballo para contemplar aquel nunca

olvidado panorama... La más viva emocion se leia en su semblante,

ménos duro y altivo que cuando la melancolía de la ausencia y las

lecciones del mundo no habian trabajado aún su brioso corazon...

Quitóse reverentemente el sombrero, por vía de salutacion á sus lares

patrios, y lanzó un hondo suspiro, como quien llega al término de

largos afanes.

--Señorito... ¿Está usted malo?--le preguntó el arriero al verle de

aquel modo.

Manuel no respondió: púsose el sombrero apresuradamente, y metió

espuelas al caballo, como para librarse de tan importuno testigo.

Media hora despues, cuando ya caia el sol al occidente, el

malagueño volvió á alcanzar al desdeñoso personaje, el cual se

habia parado de nuevo, en lo alto de la larguísima y enrevesada

cuesta por donde se baja desde la última meseta de la montaña á la

extendida vega de la Ciudad, y contemplaba desde allí las Cuevas, el

Barrio de Santa María, las Huertas y hasta la antigua casa de sus

mayores, que se distinguia entre todas por un erguido cipres que la

coronaba...--Aquel edificio atraia muy particularmente su ansiosa

atencion...--¡Ignoraba el desventurado que allí no vivia ya nadie!

¡Ignoraba todo lo que habia ocurrido durante su ausencia!...

Pero no adelantemos noticias que harto pronto llegarán á vuestro

conocimiento...

Manuel siguió andando, muy despacio esta vez, tan luégo como se le

incorporó el arriero con las cargas; y, ya fuese arrepentido de no

haber contestado á la última afectuosa pregunta del pobre hombre, ya

por distraerse de sus propios pensamientos, entabló conversacion con

él, diciéndole:

--¿Ha estado usted en alguna ocasion mucho tiempo seguido léjos de

Málaga?

El espolique se inflamó de júbilo al verse interrogado, y, en un

abrir y cerrar de ojos, habia respondido todo lo siguiente:

--¿Que si he estado?--¡Ya me figuraba yo que ahí era donde á

usted le dolia!--¡Usted debe de venir del fin del mundo, y por eso

le ha hecho tanta operacion el descubrir su tierra!--Yo estuve

primero dos años en el Moro... (no crea usted que en Presidio,

sino por mi gusto), y luégo he servido al Rey, digo á Cristina,

hasta que me dieron la absoluta, despues que tomamos el Puente de

Luchana, donde fuí herido...--¿Dice usted que si sé lo que son

fatigas?--¡Pregúnteselo usted á la pobrecita de mi madre, en quien

pensaba á todas horas aquella pícara Noche-buena, llamada tambien _la

Noche-triste_, en que Espartero ganó á Bilbao!...--¡Figúrese usted

que yo la pasé desangrándome, sobre la nieve, en el mayor desamparo y

_soledad_!...--Pero, ¿que dice este loro?

--«_Soledad_»...--habia repetido el loro con todas sus letras.

Manuel sonrió por primera vez en todo aquel viaje, y preguntó al

arriero, en vez de responderle:

--¿No ha estado usted nunca en la Ciudad á que nos dirigimos?

--No, señor; no he estado; pero sé que es muy buena, aunque muy

peleadora...--¡Ya se ve! Usted habrá nacido en ella, y luégo se iria

á las Indias á buscar fortuna...--¡La de todos!--Si alguna vez vuelve

usted á embarcarse para allá, pregunte en Málaga por Frasquito

Cataduras (que es como el mundo me conoce), y lléveme consigo, aunque

sea de criado; pues lo que es con la arriería no llegaré nunca á

salir de capa de raja...

Manuel no escuchaba ya al malagueño, sino que habia vuelto á hacer

alto, más conmovido que la vez anterior...--Oíase á lo léjos el

alegre repique de unas campanas cuyo són habia reconocido sin duda el

jóven... Ello es que su rostro expresaba un regocijo, una ternura,

una afliccion de gozo (si vale hablar así), que á cualquier otro

hombre le hubiera hecho derramar lágrimas...

--¡Vamos, señorito! ¡repórtese usted! (exclamó el arriero.)--Si teme

usted algo, aquí estoy yo, y ahí llevamos cuatro escopetas...

--¡Desgraciado de tí (interrumpió Manuel), si le cuentas á álguien

que me has visto de este modo!--En cambio, si callas, yo te

pagaré bien tu silencio...--Soy enemigo de que se conozcan mis

debilidades...--Conque vamos andando.

La verdad era que el vehemente jóven no podia ya con el peso de su

alma, visto lo cual y que no habia modo de correr y adelantarse en

aquella dificultosísima cuesta, resolvió seguir hablando con el

arriero, á fin de no volver á oirse á sí propio en presencia de tan

indiscreto observador.

--Esas campanas que repican (díjole, pues, con afectada naturalidad)

son las de Santa María de la Cabeza, y anuncian que mañana, primer

Domingo de Abril, habrá, como todos los años en tal dia, una gran

funcion en aquella parroquia...--¡Qué alborozo respirará ahora mismo

todo el barrio!--Alguna persona conozco yo que dirigia en su niñez

esos jubilosos repiques...--¡Cómo pasa el tiempo, sin que las cosas

dejen de ser las mismas!--¡Verás qué hermosa Procesion sale de

allí mañana á la tarde! ¡la Procesion del Niño de la Bola!--Y, si

te detienes en la Ciudad pasado mañana, podrás ir á la Rifa, á las

Cuevas, donde siempre ocurren buenos lances...--Allí se puja todo: el

baile, los abrazos, la felicidad..., la vida del alma..., el destino

de las criaturas...--Pero ya se ha puesto el sol..., y la cuesta es

ménos pendiente...--Vamos aprisa, á fin de pasar el vado del rio

ántes de que oscurezca; pues sentiria que se mojasen esas cargas...

Y como, en efecto, la bajada fuese ya más fácil, Manuel metió

espuelas al caballo, y pronto se encontró solo, en la llanura, ó sea

en unas dilatadas alamedas que allí pregonan la proximidad del citado

rio...--La Ciudad distaba todavía bastante; pero aquello era ya en

cierto modo estar bajo sus muros...

Habia comenzado á oscurecer, y el dulce misterio de tal hora, la

amenidad del sitio, la húmeda frescura del aire, en cuya primaveral

fragancia reconoceria el aroma de los árboles, plantas y hierbecillas

entre que se habia criado; el armonioso rumor, igual siempre, y

para él tan familiar, que alzan allí, en aquella estacion del año,

al caer las sombras de la noche, los más humildes cantores del

Creador del mundo, ora desde las empantanadas aguas, ora desde los

adolescentes trigos, todo sumergió á Manuel en una profunda paz

moral, muy diferente de la ventura, pero mejor consejera del alma

que el esperanzado deseo...--Estúvose, pues, parado algunos minutos

en aquella tranquila márgen del Rubicon de su pobre historia,

como dando reposo al fatigado espíritu ántes de las supremas

emociones que le aguardaban, ó acaso preguntándose friamente si, en

lugar de encaminarse hácia la dicha, se dirigiria hácia un total

infortunio...--¿Viviria Soledad? ¿Le habria sido fiel, ella que

nada le habia prometido nunca?--¿Habria habido algun hombre capaz

de tomarla por esposa?--¿Viviria el terrible anciano? ¿Seguiria

negándose á toda transaccion?--¿Se atreveria Soledad en este caso á

unirse con el hijo de D. Rodrigo Venegas, despues de la espantosa

escena de la Rifa? ¿Le amaba á tal extremo? ¿Le habia amado alguna

vez?--¿Qué aguardaba al proscrito, á la vuelta de su largo destierro?

¿Horribles dolores? ¿Crueles desengaños? ¿Renovadas luchas? ¿Escenas

de sangre? ¿Su propia muerte, por término de tantas angustias y

fatigas?

La llegada del arriero con las cargadas bestias sacó al jóven de

aquel estado de culminante inquietud, no ménos amargo, aunque de

distinta índole, que el de Diego Marsilla cuando lo detuvieron los

facinerosos casi á la vista de Teruel...

Pasaron el rio nuestros caminantes, y entraron en los largos

callejones, guarnecidos de olorosos panjiles y de zarzas, espinos y

otras especies de setos, que conducen, á traves de muchos pagos de

viña, á las puertas de la Ciudad...; y, ya estarian como á quinientos

pasos de ella, cuando, al cruzar por delante de cierta solitaria

Ermita, precedida de un porche, que allí se alza desde tiempo

inmemorial, oyóse una voz de mujer que decia:

--Manuel: ¿eres tú?--Hazme el favor de oir una palabra...

II.

LA REALIDAD.

Manuel refrenó el potro, y, á la luz de la lámpara que alumbraba

aquel humilde Santuario, vió, de pié, á la entrada del dicho porche,

separado del interior de la Ermita por unos barrotes de madera, la

imponente figura de una mujer alta y vestida de negro, que añadió, al

verlo detenerse:

--¿Conque eres tú?--¡Gracias á la Vírgen Santísima! ¡Temí que

hubieses echado por otro camino!

--Sí, señora... Yo soy... (respondió Manuel, lleno de asombro.)--¿Y

usted? ¿quién es?--Yo quiero reconocer esa voz...

--Soy la madre de Soledad...--repuso la mujer con dulzura.

Oir el jóven esta frase y estar en el suelo fué una misma cosa.

--¡La señá María Josefa! (exclamó vivamente conmovido.) Espere usted

un momento, señora.--Oye tú, arriero: sigue adelante, y espérame á la

entrada de la Ciudad...--¡Cuidado con hablar ni una palabra!

El malagueño siguió andando, muerto de curiosidad por saber algo de

lo mismo que se le prohibia decir, y Manuel ató su cabalgadura á uno

de los viejísimos álamos blancos que entónces rodeaban la Ermita, en

cuya especie de atrio penetró al fin aceleradamente, diciendo con

afectuosa voz:

--¿Usted aquí? ¿Usted esperándome? ¿Qué significa esto? ¿Qué ocurre?

¿Cómo ha sabido usted que yo llegaba?

--Por D. Trinidad Muley... (contestó la que ya debemos llamar

_vieja_, cogiendo las manos de Manuel y llevándoselas á la cara para

que tocase su llanto.)--Pero no acuses al señor Cura por haberme

revelado tu secreto... ¡Era preciso que yo lo supiera!--Además, él no

guarda misterios conmigo... ¡Sabe lo que te quiero!... ¡lo que te he

querido desde que murió tu padre!--Ven; siéntate aquí... ¡Tenemos que

hablar mucho, y estoy cayéndome!...

Así diciendo, la buena mujer acercó el jóven á uno de los asientos de

cal y ladrillo que decoran todavía aquel porche y que sirven de lugar

de descanso á los paseantes y á los devotos.

Manuel estaba estupefacto, ó, por mejor decir, perdido en un mar de

diferentes y encontradas conjeturas...--Sentóse, pues, sin atreverse

á preguntar más, de miedo á desvanecer los últimos sueños de su

esperanza... Pero, viendo que su interlocutora no acertaba tampoco á

explicarse, dijo al fin con trabajosa resignacion:

--Algo muy bueno ó muy malo ocurre, cuando usted ha salido á

recibirme de esta manera...--No quiero ponerme en lo peor, y comienzo

por admitir lo que sería la felicidad para todos...--¿Ha venido usted

á aconsejarme que no éntre en la Ciudad en són de guerra, visto que

su esposo de usted transige, ó podria transigir conmigo, si yo me

acomodase á guardar tales ó cuales miramientos?--¡Respóndame con

entera franqueza!--¡Ah! ¡Se calla usted!...--¡Luego no es eso lo que

ha venido á pedirme!

--No, Manuel... No es eso... (repuso la atribulada madre.)--Lo que

yo he venido á pedirte (y perdona que te hable _de tú_; pero así

te hablé cuando eras muchacho, y ¡bien sabe Dios que siempre te he

querido como á un hijo!...); lo que yo vengo á suplicarte es que te

vuelvas... ¡que no entres en la Ciudad!--¡Te lo ruego, por lo que más

ames en el mundo!

Manuel respondió sarcásticamente:

--_¡Por lo que más ame en el mundo!..._--¡Qué contradiccion y qué

escarnio! ¿Cuántos amores cree usted que tengo yo?--_¡Que me vuelva!

¡Que no éntre en la Ciudad!..._--¡Eso es muy fácil decirlo; pero

pídale usted á un rio que vuelva á la montaña, y verá qué caso le

hace!...--En fin: ¿á qué cansarnos? Ya estoy al cabo de lo que usted

tenía que decirme: que D. Elías sigue negándose á todo: que estamos

como al principio: que tendré que luchar...--¡Pues lucharé cuanto sea

necesario!...

--Tampoco es eso, Manuel...--Mi marido no se opone ya á nada...

--¡Ah! ¡D. Elías transige!... (exclamó el jóven, lleno de sorpresa

y de alegría.) Pues, entónces, ¿qué nos detiene? ¿qué puede

importarnos el resto del mundo?--Yo vengo dispuesto á todo... Yo le

daré satisfaccion cumplida al pobre anciano... ¡Conozco que aquel

dia estuve demasiado cruel!--Además, le traigo su millon...--Aquí

lo tengo, en letras sobre Málaga...--¡Mi padre, al verme pagar esta

deuda, bendecirá mi union con Soledad!...--¡Ah, señora!... Acabo de

nombrar al alma de mi vida... ¡Hábleme usted de ella! ¡Hace ocho

años que no tengo noticias suyas!...--Dígame usted que me quiere

todavía...; que ella es la que ha vencido á su padre...--¡Se calla

usted tambien!--Señora: tenga usted mejores entrañas... ¡Sáqueme

de esta horrible angustia!--¿Qué sucede? ¿Qué ha pasado durante mi

ausencia?

--Tranquilízate, hijo mio... ¡Me asusta verte así! (respondió la

pobre mujer, llorando de nuevo.)--Yo te lo diré todo, si me juras

volverte..., si me juras no entrar en la Ciudad...--¡Oh, no pongas

esa cara!... ¡No te irrites!...--¡Dios mio! ¿Para qué querrá este

hombre saber desventuras? ¿Para qué querrá ser tan desgraciado como

yo?

--¡Hable usted, señora, por los clavos de Cristo, y, sobre todo, no

me diga más que me vuelva!--¡Eso es un sacrilegio, cuando vengo de

pasar ocho años de expatriacion y de lucha, y acabo de andar miles

de leguas, pensando siempre en llegar adonde ya he llegado!--¡Hable

pronto, ó monto á caballo, y voy á su casa de usted á averiguar por

mí mismo el horror que trata de ocultarme!...--Pero me equivoco... me

atormento demasiado... ¡No es posible que Soledad haya muerto!...--Lo

que sin duda ocurre es que su marido de usted pretende algo muy

difícil... algo absurdo...--¿Digo bien? ¿No es eso?--Pues no se apure

usted... Todo se arreglará con calma y moderacion...

La señá María Josefa vaciló todavía unos instantes, hasta que al fin

murmuró sordamente:

--Vuelvo á decirte que mi marido no pretende nada.--¡Mi marido ha

muerto!

--¡Loado sea Dios! (exclamó el _Niño de la Bola_ con la feroz

solemnidad de una implacable justicia.)--¡Si hay otro mundo despues

de este, ya habrá sido vengado mi padre!--Perdono al autor de todas

mis desgracias...

--Tambien te perdono yo á tí (repuso la triste viuda) esa crueldad

con que recibes la noticia de una de mis penas, y te suplico que no

sigamos adelante...--¡Véte, Manuel! ¡Véte por donde has venido, y no

quieras saber más desdichas!

El jóven se levantó horrorizado al oir estas últimas palabras.

--¡Dios de Israel! (gritó con un acento de dolor más que humano:) ¡Mi

desventura es cierta! La tierra se abre bajo mis plantas... El cielo

se hunde sobre mi frente... El mundo ha llegado á su fin...--¡Soledad

ha muerto!

--¿Qué dices, desventurado? (replicó la madre, llena de pavor.)

¡Morir mi hija!...--¡Oh!... no lo creas... ¡Tu pobre corazon te

engaña una vez más!--¡Entónces hubiera muerto yo tambien! ¡Entónces

no estaria aquí!...--Vamos... ¡ven!... siéntate... ¡cálmate!--¡Me

estás asesinando con tantas locuras como te ocurren!

Manuel exhaló un hondo suspiro, como despertando de un espantoso

sueño, y, dejándose caer en los brazos de la anciana, tartamudeó con

infinita dulzura:

--¡Soledad vive!...--¡Oh! ¡cuánto he padecido en breves

momentos!--Dios se lo perdone á usted...

Y quedó como aletargado de felicidad.

--¡Esto es querer!--murmuró sentidamente la angustiada viuda.

--¡Soledad vive, y D. Elías ha muerto! (añadió el jóven al cabo

de unos segundos.)--¡D. Elías, mi implacable enemigo, el enemigo

de ella, el enemigo de usted misma!...--¡Cuán felices podemos ser

ahora!--¿Cree usted, mi buena madre, que yo ignoraba el cariño y

la proteccion que me dispensó usted siempre?--¡Pues lo sabía! ¡D.

Trinidad Muley me enteraba de todo!...--¡El buen D. Trinidad, mi

amigo, mi tutor, mi segundo padre!...

--Hoy le he hablado... (se apresuró á exponer la señá María Josefa.)

Y él, lo mismo que yo, opina que debes...

El Niño de la Bola: Novela · 第 6 / 18 段