Este la miraba de hito en hito, sin pestañear, con la extrañeza y

valentía, pero tambien con la mansedumbre del leon que, harto del

sangriento, diario festin, viese pasar por delante de su cueva una

atribulada gacelilla...--Muchas más cosas habia en los ojos y en el

corazon de Manuel, aunque su conciencia no pudiese reflejarlas aún

por entero: habia admiracion, producida por la peregrina belleza de

aquella inocente: habia orgullo, al recordar que debia á tan gentil

y á la sazon reservada criatura espontáneas defensas, lisonjeros

elogios y la más dulce compasion: habia remordimiento y pena de que

por su causa hubiese dejado de reir y hablar: habia no sé qué especie

de ternura, nacida de este mismo generoso dolor: habia, en resúmen,

ánsia de parecerle ménos hostil, á la par que celos y envidia de

las personas que no estuviesen incapacitadas como él para gozar de

su alegría y de su confianza...--Es decir que, por un milagro de

precocidad de que se han dado célebres ejemplos (entre otros el de

lord Byron, llorando de amor, á la edad de diez años, por la hija de

un enemigo de su familia), reveláronse en los ojos y en el corazon

del huérfano, desde el punto y hora en que vió por primera vez á la

hija del verdugo de su casa, los poderosos gérmenes de aquel amor

fatal é inevitable, transformacion aciaga de paternos odios, que

tantas inmortales tragedias ha creado; del amor de Romeo á Julieta y

de Edgardo á Lucía; amor necesario y terrible, que arraiga tenazmente

en la roca de la imposibilidad, por lo mismo que está destinado á

combatir con los huracanes de un hado siempre adverso.

Repetimos que nuestro rapaz de trece años no se habia dado cuenta de

casi ninguna de estas emociones: no hacía más que mirar estúpidamente

á aquella encantadora niña, cuyos negros y expresivos ojos, rizados

cabellos castaños, preciosísima boca, rosada tez y garboso talle

prometian al mundo una mujer extraordinariamente bella...--Además, el

lujo, excesivo para su edad, con que iba vestida; los brillantes que

relucian en sus orejas y garganta; el exquisito primor del calzado, y

hasta la preciosa cesta bordada de colores en que llevaba la labor y

los libros, contribuian á deslumbrar á aquel impúber medio salvaje,

criado en la Sierra y en la Sacristía, semi-cazador y semi-acólito,

que casi nunca habia hablado con niños, y mucho ménos con niñas;

acostumbrado únicamente á la austera sociedad de su enérgico padre y

del incivil Párroco de Santa María de la Cabeza.

Pero cuando verdaderamente conoció Manuel algo de lo que sentia fué

cuando la Eva de doce años logró vencer en su contienda y pasó casi

rozando con él...--Dirigióle entónces la niña una mirada de femenina

curiosidad mezclada de indefinible dulzura, que lo dejó fascinado y

sin respiracion; hecho lo cual, giró resueltamente hácia su casa

con tan gracioso movimiento de precoz y certera coquetería, que

hubiera enloquecido á Manuel, si ya no estuviese loco de adoracion y

espanto...

--«_¡Fué para comérsela!_»--dijo doña Paz al Subteniente, al

referirle este endiablado episodio.

Ni pararon aquí las temeridades de Soledad en aquella primera

entrevista...--Dos veces lo ménos, al atravesar la plaza de una acera

á otra, volvió la cabeza para mirar nuevamente al huérfano, cuya

hermosura no debió de haberle parecido menor que contemplada desde

las rendijas de los balcones del palacio; y, por último, ántes de

desaparecer detras del porton (que hacía rato se habia abierto para

recibirla), le dirigió una postrera y más larga mirada, con todos los

honores de saludo...

Manuel quedó anonadado y como imbécil bajo el peso de sus extrañas

y confusas ideas, y no alzó los ojos del suelo hasta que el

reloj de la Catedral dió la una, recordándole que lo esperaba D.

Trinidad...--Levantóse entónces con tanta pena como la mujer del

usurero se alejara de aquel mismo sitio la tarde anterior, y tomó el

camino de la casa del Cura, tambaleándose cual si fuese ebrio ó medio

sonámbulo...

Samson habia conocido á Dalila.

VII.

VARIAS Y DIVERSAS OPINIONES DE D. TRINIDAD MULEY.

El descendiente de los Venegas tuvo, sin embargo, bastante fuerza

de voluntad para no volver en muchísimo tiempo por aquella plaza

ni por sus cercanías, bien que semejante resolucion no dimanase

exclusivamente de su conciencia.

D. Trinidad Muley fué quien, al ver que el jóven no quiso comer ni

cenar el dia mencionado, ni durmió aquella noche, y amaneció al dia

siguiente con calentura, le recibió declaracion indagatoria, y,

sabedor de todo lo ocurrido, díjole estas palabras:

--Caminas derechamente á tu perdicion. Ya te lo anuncié cuando me

opuse á que fueras á sentarte en aquel maldito poyo...; pero no

quisiste hacerme caso, y el resultado lo estás viendo.--¡Temprano

empiezan á gustarte las amigas de la serpiente!...--Sin embargo, yo

no te lo criticaria (pues no todos han de seguir mi ejemplo, en cuyo

caso se acabaria el mundo...); no te lo criticaria, digo, si no se

tratara de la hija del que tan cruel fué con tu padre...--Pero se

trata de ella, y comprendo que los escrúpulos de haberte complacido

en mirarla te hayan quitado el sueño y la salud, como á todos los que

están en pecado mortal.--Por consiguiente, ¡en nombre de D. Rodrigo

Venegas (Q. E. P. D.) y hasta en nombre de Dios te conjuro á que no

vuelvas á acercarte á aquel barrio, si no quieres perder mi cariño,

la estimacion de las gentes, y por de contado tu propia alma!

Algo muy semejante habia dicho ya su corazon á Manuel, y, vista la

resuelta actitud, acompañada de cariñoso llanto, de su amadísimo

protector, dió palabra formal y solemne de abstenerse de ir á la

Plaza de los Venegas, miéntras que D. Trinidad no dispusiera otra

cosa.

Pasaron, pues, nada ménos que tres años mortales, sin que Manuel

volviese á ver á Soledad...

Durante ellos, aquel singularísimo niño vivió primero encerrado casi

contínuamente en la Iglesia de Santa María, más entregado que nunca

á su antigua amistad con la Efigie del Niño de la Bola, á la cual

hacía muchos regalos, daba frecuentes besos y hasta solia hablar al

oido, como si le confiara sus penas.--¡Lo que no hacía ni áun en los

momentos de mayor efusion era llorar!...--El don del llanto habia

sido negado absolutamente á aquella desgraciada criatura.

Llegado de este modo á los catorce años, y cuando el vigilante D.

Trinidad, que nada le preguntaba, lo creia ya olvidado de su pasion

pueril, Manuel cambió súbitamente de vida y comenzó á emprender

largas excursiones á la Sierra. En ella se estaba algunas veces ocho

dias seguidos, siendo muy de notar que ni allí conocia á nadie, ni se

acercaba jamás á donde hubiese gente, y que, sin embargo, no llevaba

nunca provisiones ni armas...

--Muchacho (le dijo un dia el clérigo:) ¿cómo te las compones para

comer?

--Señor Cura... (contestó el niño:) ¡en la Sierra hay de todo!

--¡Sí! ya sé que hay frutas bordes, y legumbres salvajes, y mucha

caza mayor y menor... Pero, ¿cómo cazas sin escopeta?

--¡Con esto!... (respondió Manuel, mostrándole una honda de cáñamo,

que llevaba liada á la cintura.) ¡Y con ramas de árbol! ¡y á brazo

partido! ¡y á bocados, si es menester!

--¡El demonio eres, muchacho!--concluyó diciendo el Cura, á quien, en

medio de todo, le gustaba más la vida montaraz que la civilizada, y

que tampoco tenía nada de cobarde.

Siguió, pues, respetando aquella nueva manía de su pupilo, y hasta

justificando que el pobre huérfano buscase una madre en la soledad

y una aliada en la naturaleza, como habia buscado un hermano en el

Niño Jesus.

--¿Qué le hemos de hacer? (solia decir á su ama de llaves.) Si en

esa vida de perros no aprende cosas buenas, tampoco aprenderá cosas

malas; y, si nunca llega á saber latin, ¡le enseñaremos un oficio,

y en paz!--San José fué maestro carpintero... ¿Qué digo?... ¡Ni tan

siquiera consta que fuese maestro!

Las correrías de Manuel iban haciéndose interminables, y de ellas

regresaba cada vez más taciturno y melancólico, siendo cosa que ya

daba espanto verlo llegar, despues de meses enteros de ausencia,

curtido por el sol ó por la lluvia, deshechos piés y manos de trepar

por inaccesibles riscos, desgarradas á veces sus carnes por los

dientes y las uñas del lobo, del jabalí y de otros animales feroces,

y siempre vestido con pieles de sus adversarios,--única gala del

pequeño Nemrod despues de tan desiguales luchas.

Pero ¡ay! ¿qué valian todos estos destrozos en comparacion de los

que un tenaz sentimiento, impropio de su edad, hacía en el alma

enferma de aquel desgraciado? ¿Qué importaban tales fatigas á quien

precisamente buscaba en ellas un descanso, un remedio, un lenitivo á

más íntimas y mortales inquietudes?

Porque ya hay que decirlo: con quien verdaderamente luchaba el

huérfano en aquellos parajes selváticos, sin conseguir el deseado

triunfo, era con su involuntario é indestructible cariño á Soledad,

como tambien habia luchado con él inútilmente en la Iglesia de

Santa María, bajo la proteccion del Niño de la Bola.--Pasaba ya

el mozo de los quince años; era de sangre árabe; y en su fogosa y

pertinaz imaginacion resplandecia más fulgente y hechicera que nunca

la imágen de la niña vedada, del bien prohibido, de la felicidad

imposible, miéntras que su escrupulosa conciencia sentia cada vez

mayor repugnancia á aquel afecto criminal, infame, sacrílego (él

lo calificaba entónces así), que habia venido á frustrar tantos y

tantos planes de reparacion y de justicia, amasados lentamente por

el huérfano en tres años de meditacion y de mudez. Figurábase que su

padre maldeciria desde el cielo aquel amor inventado por el demonio

para dejar inultas la ruina y la muerte del mejor de los caballeros,

y hacía esfuerzos inauditos por arrancarse del alma el nombre de

Soledad, por no ver la cariñosa luz de sus ojos, por no oir el eco de

su dulce voz, por no envidiar el regalo de su sonrisa, por matar, en

fin, aquel insensato deseo de ser amigo suyo, de serlo siempre, de

serlo más que nadie, que precisamente habia nacido en su soberbio

corazon de la misma imposibilidad de lograrlo.

No sabemos en qué habria venido á parar Manuel, ni si efectivamente

hubiera acabado por cubrirse todo de vello y andar en cuatro piés

como las bestias feroces, segun vaticinaba el ama del Cura, á no

haber logrado ésta convencer á D. Trinidad de que el presunto

Nabucodonosor estaba más enamorado que nunca de la hija del usurero;

de que tal era la causa de la desastrada vida que hacía, y de que

aquel indomable y contrariado cariño daria muy pronto al traste con

el poco juicio que le quedaba al infeliz, en cuyo caso, ¡ya podian

echarse á temblar D. Elías, su esposa, su hija y todos los nacidos

que se le pusieran por delante!

Penetrado que estuvo D. Trinidad de estas razones, púsose á discurrir

la manera de conciliar con los eternos principios de la moral y

de la justicia el cariño de Manuel á Soledad, que tan execrable

le pareciera tres años ántes; y, despues de largas cavilaciones é

insomnios, y de muchas conferencias con su dicha ama, con una hermana

muy discreta que el ama tenía y con la propia mujer del usurero (la

cual solia avistarse con el bondadoso padre de almas, cuando Manuel

estaba en la Sierra), hizo al fin su composicion de lugar, en forma

de sermon de Domingo de Cuasimodo, cuyas ideas capitales fueron las

siguientes:

1.ª Que D. Elías Perez y Sanchez, álias _Caifás_, aunque avariento

y cruel por naturaleza, obró siempre dentro de la Ley escrita en

sus negocios con D. Rodrigo Venegas y Carrillo de Albornoz, sin

compelerlo ni excitarlo nunca á que le pidiese dinero prestado,

ni exigirle despues otros réditos ó ganancias que los estipulados

solemnemente por ambas partes.

2.ª Que el haber costeado, _exclusivamente á sus expensas_, una

partida armada contra los franceses, constituyó desde luégo la mejor

gloria de D. Rodrigo Venegas, tanto más de agradecer y de estimar,

cuanto mayores perjuicios le hubiera causado; de modo y forma que

si D. Elías Perez hubiese accedido á perdonarle alguna parte de su

adeudo, como solicitaron indiscretísimos mediadores, habria aminorado

con tal indulto la importancia del patriótico servicio del buen

caballero, rebajando en igual proporcion el lustre de su nombre en

las páginas inmortales de la Historia.

3.ª Que no fué el prestamista quien puso fuego á su propia casa,

sino precisamente sus apurados deudores, entre los cuales figuraba

en primera línea D. Rodrigo Venegas; y que si éste murió por salvar

sus vales y entregarlos á su acreedor, tambien se libró con ello de

la ignominiosa imputacion de incendiario y petardista que seguia

pesando sobre los demas, y alcanzó de camino una nueva gloria,

cuyo mérito consistia cabalmente en que aquella valerosa accion

pareció tan _desinteresada_ como espontánea; nobilísimo carácter

que hubiera perdido desde el momento en que, por premio de ella,

D. Elías Perez y Sanchez hubiera hecho alguna donacion ó rebaja

á D. Rodrigo Venegas ó al pobre huérfano; pues entónces el acto

heroico se habria convertido, á los ojos de los maldicientes, en una

audaz especulacion, en un servicio pagado, en un atrevido medio de

ahorrarse dinero ó de procurárselo á su hijo...;--cosas todas que

hubiera rechazado enérgicamente el hijodalgo desde este mundo ó desde

el otro.

4.ª y última. Que, por consecuencia de estas premisas, y bien

examinado todo lo definido en la materia por el Concilio de Trento,

podia decidirse, para evitar mayores males, y supuesta la conformidad

de los interesados, que no habia imposibilidad moral ni impedimento

canónico para que la hija de D. Elías Perez y Sanchez llegase á ser

amiga, y hasta mujer, si las cosas iban á mayores, del hijo de D.

Rodrigo Venegas y Carrillo de Albornoz, dijese lo que quisiera el

novelero y desalmado público, siempre ganoso de ajenos compromisos y

desastres en que desempeñar grátis el cómodo oficio de espectador ó

de plañidero.

Satisfecho D. Trinidad de su discurso, que puede decirse fué el que

más trabajo le costó hilvanar en toda su vida, llamó á Capítulo al

atribulado huérfano, precisamente el dia que cumplió éste diez y seis

años; y, prévia una larga oracion en que se encomendó á la Vírgen y

á San Antonio de Padua, le fué exponiendo todas aquellas razones, en

términos muy claros, aunque no muy precisos, acabando por abrazarle y

llorar, que era su argumento-aquíles en los grandes apuros.

Finalmente, despues del sermon que llamaremos _oficial_, el buen

padre Cura se levantó del sillon de baqueta que le habia servido de

cátedra, y, descendiendo al estilo llano y pedestre, por si el jóven

se habia quedado en ayunas, díjole á manera de corolario casero:

--Conque ya ves, alma de cántaro, que nada se opone á que te salgas

con la tuya y seas amigo de Soledad y de su familia, ni tampoco

á que, dentro de algunos años, cuando tengais edad de pensar en

tales barrabasadas, llegueis á ser marido y mujer, suponiendo

que esa muñeca siga queriéndote tanto como _te quiere ahora_...,

segun acaba de decirme su madre...--¿Por qué pones esos ojos tan

espantados? ¿Crees tú que yo me duermo en las pajas cuando se trata

de tus menores caprichos?--Pues ¡sí! La señá María Josefa, que es

una excelente mujer en medio de todo, sospecha que su hija te

quiere, y se alegraria en el alma de que las historias de D. Elías

con tu padre se transigieran, andando el tiempo, por medio de una

bendicion... que yo os echaria con mucho gusto.--Y es que la pobre,

como no ha inventado la pólvora, entra á veces en escrúpulos de si

el 25 por 100 sería demasiada gabela, y de si eso que llaman el

_interes compuesto_ puede admitirse entre personas cristianas...--En

fin, ¡majaderías! ¡cuestiones de ochavos, que nada tienen que ver

con Dios ni con la felicidad de nuestra alma en este mundo ni en el

otro, y que á tu buen padre no le importaron nunca un comino!--Por

consiguiente, ¡á ser bueno, á engordar, á vestirse como las personas

regulares, y á no hacer más tonterías!--Ahí te tiene preparada

Polonia una ropa nueva, no del todo mala, para que celebres hoy tu

décimosexto natalicio...--¡Ya eres un hombre!--En cuanto á D. Elías,

aunque andará muy reacio (pues es muy duro de mollera, y tu padre y

tú habeis sido causa eficiente de que lo miren con tan malos ojos en

el pueblo y de que el hombre tenga que vivir entre cuatro paredes

como un leproso; habiendo tú hecho muy mal--y ya te lo previne,

pues era una falta de respeto,--en ir á sentarte todas las tardes

enfrente de sus balcones,--cosa que, segun me ha dicho la señá María

Josefa, lo ponia fuera de sí, y con muchísima razon...); en cuanto

á D. Elías Perez, digo, ya lo amansaremos entre todos cuando tengas

veinte ó veinticinco años.--¡Todavía eres un niño!--Lo principal es

que le sigas gustando á esa mocosa; pues ella hará que su padre le

diga _amén_ á todo, segun costumbre...--¡Es mujer y basta!--¡Dios

nos libre!--Conque anda, y lávate, y ponte la ropa nueva, no dejando

de venir luégo á que yo te vea hecho un brazo de mar...--Polonia te

ayudará á peinarte esas greñas de oso.--¡Bendito sea Dios, y qué

trabajo cuesta criar un hombre!

Imaginémonos la emocion que causaria á Manuel este remate de

discurso.--¡Soledad le amaba! ¡La madre protegia aquel cariño y

soñaba con llegar algun dia á casarlos! ¡El señor Cura, el hombre

más honrado de la tierra, no hallaba nada censurable en aquel

casamiento! ¡Habia, en fin, un traje nuevo que ponerse y con que

poder ir enseguida á la Plaza de los Venegas á tratar de ver á

Soledad, despues de tan larga separacion!... ¡Á Soledad, que ya

tendria más de catorce años; que ya sería casi una mujer, y que habia

hallado _hermoso_ al niño, cuando de seguro no lo era tanto como el

adolescente!

Así debieron de discurrir el egoismo y la vanidad de Manuel, en

contestacion al corolario de D. Trinidad, y áun estamos por decir

que estas lisonjeras consideraciones, más que los razonamientos

morales del cuerpo del sermon, convencerian al hijo de D. Rodrigo

de que se habia estado mortificando sin causa alguna, de que podia

dar por terminadas todas sus penas, y de que ya no tenía que hacer

otra cosa que ponerse inmediatamente el traje nuevo y emprender una

campaña pacífica en demanda de la mano de la Soledad... para cinco

años despues, ¡ó para mucho ántes, si posible fuese!

Las once de la mañana iban á dar cuando el jóven salió del despacho

de su protector, y no eran todavía las once y media cuando ya estaba

hecho un ascua de oro, en la silenciosa plaza de su mismo apellido;

pero no sentado esta vez en el fatídico poyo que tantas amarguras le

recordaba, sino paseándose humildemente á la puerta del Colegio de

Niñas, en la esperanza de que Soledad siguiese yendo todavía á él, y

contando por milésimas los instantes que faltaban para las doce.

Segun acababa de advertir al imberbe amante su disculpable

presuncion, aquella hermosura que tan famoso lo hiciera de niño,

habíase aumentado extraordinariamente en la crísis de la pubertad.

No obstante los rigores de su áspera vida en la Sierra, ó más bien

merced á ellos, casi tenía ya la estatura y robustez de todo un

hombre y aquel sello de fuerza y majestad viril que once años despues

excitara tal admiracion en cuantos le vieron marchar á caballo

entre la Capital y la Ciudad...--Con todo, la natural lozanía de

los diez y seis abriles prestaba entónces al rostro del adolescente

su encantadora suavidad y virginal frescura, más realzadas que

oscurecidas todavía por las vagas penumbras del apénas incipiente

bozo.--En resúmen: era á la par niño y hombre, tan en sazon de que

una rapazuela de catorce años y medio (Soledad, vg.) no lo creyera

demasiado persona para ella, como de que cualquier moza, mujer y

hasta archi-mujer lo mirase ya con ojos pecadores.

Paseábase, digo, el gentil mancebo por la puerta del Colegio de

Niñas, muy pagado de su figura y tambien de su flamante ropa de paño

azul, de su sombrero recien sacado de la tienda, y del pañolillo

carmesí, de la India, que Polonia le habia puesto al cuello,

sujetándoselo con una sortija de similor y piedras de Francia que le

regaló el Cura el dia que cantó misa (pues hay que advertir que esta

ama, ántes de serlo de llaves, lo habia sido de leche del bueno de

D. Trinidad, á quien seguia diciendo á solas, «_mira, niño..._»),

cuando dieron las doce en el reloj de la Catedral y se abrieron

simultáneamente la puerta del establecimiento, para dar paso á

Soledad y á otras educandas, y la puerta del caseron de los Venegas,

para dar paso al viejecillo que ya conocemos.

Las otras niñas se alejaron de Soledad con aire misterioso, al ver

que se le acercaba aquel jóven, á quien de seguro reconocerian: el

criado, que lo reconoció tambien, se quedó inmóvil junto al porton

del palacio, temiendo seguramente alguna catástrofe, y Soledad (de

quien no hay que decir que ántes que nadie se habia hecho cargo de

todo) púsose más encendida que la grana, y trató de seguir su camino.

--Óyeme, niña... (le dijo entónces con inusitada blandura el

desabrido Manuel, atajándole el paso respetuosísimamente:) Tengo que

darte un recado para tu padre.

Soledad se paró, y fijó sus grandes y dulces ojos en los del

hijo de D. Rodrigo Venegas, sin la menor expresion de timidez ni

sobresalto.--Tambien habia crecido bastante la niña, cuyas nacientes

gracias juveniles recordaban á la Ofelia de Shakespeare. Aún iba

vestida de corto, en lo cual no hacía bien su madre, ni ménos

en seguir enviándola al Colegio, pues era exponerla á que algun

descarado le dirigiese la flor, allí usual, de que más parecia una

maestra que una discípula... Lo decimos, entre otras varias razones,

porque no podia darse nada tan atractivo y misterioso como el poético

semblante de aquella adolescente, cuya expresion de profunda y

reservada inteligencia despertaba ya viva curiosidad y loco deseo

de penetrar en el abismo de su alma...--En cuanto al súbito rubor

que le ocasionara tan impensado encuentro, habia desaparecido con

igual prontitud, no quedando otro indicio para leer en su corazon que

aquella infinita dulzura de la mirada...

Manuel quedó embelesado, y sin poder continuar su discurso, al

reparar en los nuevos hechizos que hermoseaban á la gentil criatura

con quien se habia desposado su espíritu desde la niñez, y bajó un

momento los ojos, como deslumbrado por tanta belleza...

Era enteramente el reverso del famosísimo primer saludo de Fausto á

Margarita: ella representaba la seduccion y él la inocencia.

--Soledad... (prosiguió diciendo el semi-salvaje, con voz tan mansa

y melodiosa que hubiera enternecido al más feroz tirano.) Dile á

tu padre, de parte de Manuel Venegas, que de tí depende el que él

y yo seamos amigos. Dile que te quiero más que á mi vida, y que

estoy pronto á perdonarlo, si consiente en casarnos cuando tengamos

la edad, por cuyo medio quedarán arregladas antiguas cuentas y

se evitarán muchos disgustos... Dile que yo estudiaré y trabajaré

entretanto, á fin de llegar á ser un hombre de provecho... Y, en fin,

dile que tu madre y D. Trinidad Muley entran gustosos en estas paces.

--«_¿Y yo?_»--pudo preguntar la niña.

Pero se guardó muy bien de preguntarlo.

Tampoco respondió cosa alguna. Sólo habia sido fácil notar que,

cuando oyó al huérfano declarar su cariño en términos tan vehementes

y decir lo de la conformidad de la madre y del Cura, bajó los

párpados y se mordió los labios, como para ocultar y reprimir sus

emociones.

Acabado que hubo Manuel su breve discurso, Soledad intentó de nuevo

seguir marchando; pero el jóven volvió á detenerla con la mayor

finura, y añadió lo siguiente:

--Mañana, á estas horas, te aguardaré aquí mismo para que me des la

contestacion de tu padre.

Dicho lo cual, la saludó muy políticamente, quitándose el sombrero y

dejándole franco el camino.

Fué entónces la misma Soledad quien se detuvo porque quiso, clavando

en Manuel una larga mirada de cariño y de enojo, parecida á una

reconvencion: movió luégo los labios con ternura, como para decirle

alguna cosa; pero se arrepintió en seguida, y bajó los temerarios

ojos, con no sé qué tardía modestia: sonrió, en fin, levemente,

como burlándose de su propia audacia ó de su propio miedo, y echó á

correr, que no andar, hácia el palacio.

Ya era tiempo: pues en aquel instante comenzó á tronar una voz

terrible al otro lado del porton; vióse salir muy asustada á la señá

María Josefa en busca de su hija, y notóse que el supersticioso

criado daba explicaciones y excusas á la persona invisible que rugia

dentro del portal.

El Niño de la Bola: Novela · 第 3 / 18 段