Llegada, en fin, la noche..., la primera noche de orfandad; cuando

dejaron de tañer las campanas y de sonar las remotas músicas del

entierro; cuando hasta las tinieblas le advertian que ya estaba solo

sobre la tierra; cuando comenzaba á figurarse que él tambien habia

muerto y sido sepultado, oyó una voz ronca y áspera, la voz de un

sacerdote grueso y feo, que le decia lúgubremente:

--Muchacho, ¿dónde estás?--¿Por qué no has encendido luz?--Vénte

conmigo... ¡Yo te recojo, y sea lo que Dios quiera!--Vámonos á mi

casa...

Manuel lo siguió como un autómata, ó más bien como el pobre can que

se ha quedado sin dueño.

IV.

UN CURA DE MISA Y OLLA.

Apresurémonos á decir algo (muy poco) respecto de este Sacerdote,

ántes de engolfarnos completamente en la historia del que habia

llegado á ser su pupilo.

D. Trinidad Muley era uno de aquellos curas á la antigua española, á

quienes aman y respetan todos sus feligreses y cuantos los conocen,

sin distincion de partidos políticos ni áun de creencias religiosas:

curas que, sin ser liberales, ni dejar de serlo, ó, mejor dicho, por

no tener opinion alguna sobre las cosas _del César_, pero sí una

altísima idea de las cosas _de Dios_, no perdieron nunca ese amor y

ese respeto, ni en la explosion nacional de 1808, ni en la reaccion

absolutista de 1814, ni en el furor revolucionario de 1820, como

tampoco los perdieron despues, cuando vino Angulema, ni por resultas

del Motin de la Granja, ni en ninguna de las vicisitudes posteriores,

tan fecundas en desavenencias entre la Iglesia y el Estado: curas

indígenas, por decirlo así, que aman á su patria como cualquier hijo

de vecino, sin tener nada de cosmopolitas, de europeos, ni áun de

ultramontanos..., por lo que rara vez legan su nombre á la Historia;

curas, en fin, de la clase de católicos rancios, sin ribetes de

política ni de filosofía, que no suelen poseer ni exigir de nadie

sutilísimos conceptos teológicos con que explicar la mente del Autor

del mundo, ni inflexibles fórmulas de escuela sobre la sociedad y

su gobierno, sino la práctica real y efectiva de todas las virtudes

cristianas.

El ejemplar que tenemos á la vista era al propio tiempo tan natural y

sencillo de suyo, tan humano y tan valiente, de espíritu tan abierto

y corazon tan bondadoso, tan _padre de almas_ por esencia, presencia

y potencia, que lo mismo que servia para Cura párroco de Santa

María de la Cabeza, y, como tal, derramaba muchos bienes morales y

materiales en cuanto alcanzaban sus recursos, hubiera servido para

sacerdote hebreo, mahometano, protestante ó chino, con gran respeto

y edificacion de tales gentes.--Digamos, pues, como resúmen de sus

cualidades positivas y negativas, que era un verdadero hombre de

bien, lleno de caridad ingénita, iluminada por la palabra de Cristo;

profundamente esperanzado en otra mejor vida, como todo el que tiene

un alma grande, incapaz de satisfacerse con las vanas alegrías de la

tierra; pobrísimo de humanidades, pero no de ciencia del mundo ni de

conocimiento del corazon humano; muy escaso de imaginacion, pero no

de sana lógica ni de sentido comun; que tal vez no sabía predicar

un buen sermon sobre el Dogma (ni creia necesario meterse allí en

tales honduras), pero que embelesaba y mejoraba al auditorio desde

el púlpito con su paternal actitud, con sus tiernas exhortaciones

al bien y con su propio ejemplo...--No era, no, de la casta de San

Agustin, de Santo Tomás ó de San Ignacio de Loyola; pero sí de la de

San Cayetano, de la de San Diego de Alcalá y de la de San Juan de

Dios, aunque ménos docto y más vulgar que ellos y que la generalidad

de los curas, tenientes y beneficiados de aquella Diócesis...

Ni dependia de la voluntad del pobre Párroco el saber más textos de

la Biblia y de los Santos Padres, ó el no tergiversarlos cuando se

metia á predicar por lo fino, sino de su pícara memoria, tan rebelde

á la cultura del estudio, que nadie comprendia cómo el buen Muley

(apellido moro que allí subsiste) habia podido aprender el bastante

latin para entrar en sínodo y ordenarse, y todo el mundo admiraba

retrospectivamente al pacientísimo y ya difunto dómine que (con mazo

y escoplo sin duda) pudo labrar lo suficiente en aquella enteriza

cabeza para hacerle albergar el _musa, æ_.--Es todo lo malo que se

podia decir de D. Trinidad... En cambio, no habia en el pueblo, ni en

cien leguas á la redonda, quien le ganase á ceder su comida y su cama

al desamparado mendigo; á cuidar personalmente á los apestados; á

pasarse horas y horas dando alegre conversacion, llena de saludables

consejos, á los presos de la Cárcel; á gastar los dias de nieve todo

el dinero que tenía en comprar alpargatas á los niños descalzos; á

sacar de bracero á tomar el sol á míseros viejos que se baldaban

en sus lóbregos tugurios; á reconciliar, en fuerza de lágrimas ó

de puñetazos, y hacer abrazarse cordialmente, á los matrimonios

malavenidos, á los adversarios que ya habian sacado las navajas, á

las clases pobres con las ricas, cuando encarecia el pan y se armaba

motin, á cada uno con su cruz, á los tristes con su tristeza, á los

enfermos con su dolor, al penado con el castigo, al moribundo con la

muerte...--Era, pues, una veneracion que rayaba en culto lo que se

sentia hácia él en la Ciudad, no obstante el genio llano, francote

y hasta bromista que ostentaba con grandes y chicos cuando no habia

motivo para estar serio, y todos respetaban su ignorancia, como una

especie de inocencia, al modo que amamos y admiramos las montañas

incultas y próvidas, por lo mismo que en ellas todo es natural,

espontáneo, hijo legítimo de Dios, y no de las especulaciones y

fatigas humanas.

Así se justifica que el Obispo lo hubiese nombrado Cura propio de

Santa María de la Cabeza, de cuya Parroquia tomaba nombre el barrio

más guerrero de la Ciudad, donde vivia casi toda la gente labradora:

así se comprende la profunda estimacion que siempre se tuvieron,

aunque se trataron muy poco, el difunto D. Rodrigo y el bueno de D.

Trinidad; así se explica el paso que éste habia dado, recogiendo

y adoptando al hijo del caballero sin consultar ni entenderse con

nadie; y por eso tambien nosotros tendremos necesidad más adelante

de volver á hablar de tan digna persona, con cuyo motivo podremos

decir algo de su casa, de su oratoria, de sus costumbres y hasta de

su bendita ama de gobierno.

No lo hacemos á la presente, porque reclama nuestra atencion el hijo

de Venegas, ó sea el que ya muy pronto va á comenzar á llamarse «_El

Niño de la Bola._»

V.

EL ACREEDOR DEL USURERO.

El pobre niño habia quedado como si fuese de hielo, por resultas de

aquellos repentinos y bárbaros golpes de la suerte, contrayendo una

palidez mortal que le duró ya toda la vida.--Nadie habia hecho caso

del infeliz en el primer momento de angustia, ni reparado en que

no gemia, hablaba ni lloraba; y, cuando al cabo acudieron á él, lo

hallaron contraido y yerto como una petrificacion del dolor, aunque

andaba, oia, veia, y daba contínuos besos á su llagado y moribundo

padre.--¡No habia, pues, derramado ni una sola lágrima durante la

agonía de aquel sér tan querido, ni al besar su frio rostro, despues

que hubo muerto, ni al ver cómo se lo llevaban para siempre, ni al

abandonar la casa en que habia nacido, ni al hallarse albergado por

caridad en la ajena!--Algunas personas elogiaron su valor: otras

criticaron su insensibilidad: las madres de familia lo compadecieron

profundamente, adivinando por instinto la cruel tragedia que habia

quedado encerrada en el corazon del huérfano, por falta de un sér

tierno y piadoso que llorase á su lado.

Tampoco habia vuelto Manuel á hablar palabra desde que vió llegar

en la agonía á su buen padre; ni respondió luégo á las cariñosas

preguntas que le hizo D. Trinidad cuando se lo llevó á su casa; ni se

le oyó más el metal de la voz en el trascurso de los tres primeros

años que vivió en su santa compañía; y ya pensaban todos que se

habia quedado mudo para siempre, cuando un dia que se hallaba como

de costumbre en la iglesia de que era cura su protector, observó el

sacristan que, encarándose con una linda efigie del Niño de la Bola

que allí se veneraba, le decia melancólicamente:

--Niño Jesus: ¿por qué no hablas tú tampoco?

Manuel se habia salvado... El náufrago acababa de sacar la cabeza de

entre las olas de su amargura... ¡Ya no corria peligro su vida!--Á lo

ménos así lo creyó todo el personal de la Parroquia.

Desde aquel dia el huérfano habló ya algunas palabras, muy pocas en

verdad, con el Cura y con el ama de gobierno, para significarles

gratitud, amor y obediencia, pero ninguna referente á sus

inolvidables infortunios; todo lo cual consideraron de buen agüero D.

Trinidad Muley, los sacristanes y los monaguillos.

En cuanto al estado de su razon, nadie habia tenido recelo alguno

durante aquellos tres años de voluntaria ó involuntaria mudez...--El

ama era la única que solia decir desde el principio, y siguió

diciendo siempre, que á Manuel le habia quedado una vena de loco

(nada más que una vena) por resultas de no haber llorado cuando

perdió á su padre...--Nosotros ignoramos lo cierto; pues entre los

papeles que nos sirven de guia no figura ningun dictámen facultativo

sobre el particular, y eso de decidir en nuestro pobre mundo quién se

halla en su juicio ó quién está loco, es materia más peliaguda de lo

que parece...--Juzgue cada lector lo que se le antoje, en vista de

los sucesos que vayamos contando.

Con relacion á las personas extrañas (de quienes, siempre que

tropezaban con él, recibia expresivos testimonios de compasion y

de cariño), continuó encerrado el huérfano en su glacial reserva,

para lo cual adoptó la siguiente evasiva, estereotipada en sus

desdeñosos labios:--«_¡Déjeme usted ahora!_»;--dicho lo cual (en són

de amarguísima súplica), seguia su camino, no sin haber excitado

supersticiosos sentimientos en las mismas gentes que así esquivaba.

Ménos aún desechó en aquella saludable crísis la honda tristeza y

precoz austeridad de su carácter, ni la pertinaz insistencia con que

se aferraba á determinadas costumbres.--Estas se habian reducido

hasta entónces á acompañar al Cura á la Iglesia; á coger en el campo

flores ó hierbas de olor para adornar al Niño de la Bola (delante

del cual se pasaba luégo las horas muertas, sumido en una especie de

éxtasis), y en subir á buscar aquellas mismas hierbas y flores á lo

alto de la próxima Sierra, cuando no las hallaba en la campiña por

ser el rigor del invierno ó del estío.

Semejante devocion, muy en consonancia con los principios

religiosos que le inculcara el difunto caballero, habia ido mucho

más allá de lo natural y de lo humano, áun tratándose de personas

extraordinariamente místicas. No era tan sólo culto, reverencia,

piedad, adoracion fanática... Era un amor de hermano y de súbdito,

semejante al que habia profesado á su padre: era una confusa mezcla

de confianza, tutela é idolatría, muy análoga á lo que las madres

de los hombres de genio sienten por sus gloriosos hijos: era la

respetuosa proteccion, llena de ternura, que dispensa el fuerte

guerrero al príncipe de menor edad: era identificacion; era orgullo;

era ufanía como de un bien propio: diríase que aquella imágen le

representaba su trágico destino, su noble orígen, su temprana

orfandad, su pobreza, sus cuitas, la injusticia de los hombres, la

soledad en que habia quedado sobre la tierra, y acaso tambien algun

presentimiento de futuros martirios...

Nada de esto discerniria entónces el desventurado; pero tal debia de

ser el tumulto de ideas informes que palpitaba en el fondo de aquella

devocion pueril, constante, absoluta, exclusiva.--Para él no habia ni

Dios, ni Vírgen, ni Santos, ni Ángeles: no habia más que el Niño de

la Bola, sin relacion á ningun alto misterio, sino por sí mismo, en

su forma presente, con su figura artística, con su vestido de tisú

de oro, con su corona de pedrería falsa, con su rubia cabeza, con su

hechicero semblante y con aquel globo pintado de azul que mostraba en

la mano, sobre el cual se erguia una crucecita de plata sobredorada

en señal de que el mundo estaba redimido.

Y hé aquí la razon y fundamento de que, primero los acólitos de Santa

María de la Cabeza, y despues todos los muchachos de la Ciudad, y,

finalmente, las personas más graves y formales designaran á Manuel

con aquel singularísimo apodo de _El Niño de la Bola_,--no sabemos

si en són de aplauso á tan vehemente idolatría y por fiarlo al

patrocinio del propio Niño Jesus, ó como antífrasis sarcástica...

(dado que tal advocacion sirve allí á veces como término comparativo

de la ventura de los muy afortunados), ó como profecía de lo animoso

y formidable que habia de ser con el tiempo el hijo de Venegas,

supuesto que la mayor hipérbole que suele emplearse tambien en

aquella comarca para encomiar el valor y poderío de alguno, se reduce

á decir que «_no le teme ni al Niño de la Bola..._»

Como quier que ello fuera, así denominaban generalmente al gallardo

huérfano cuando recobró el uso de la palabra á la edad de trece

años, en cuya fecha (y es lo que ántes íbamos á referir) contrajo un

nuevo hábito, tan inalterable y acompasado como todos los suyos, que

le apartó un poco de su mística devocion é hizo prever al público

sensato graves y funestas consecuencias.

Tal fué la costumbre que tomó de ir á sentarse, todas las tardes á

la misma hora, en un poyo que habia á la puerta de no sé qué casa,

frente por frente del antiguo palacio de los Venegas, donde seguia

habitando el usurero D. Elías.--Allí se estaba solo y quieto, desde

las dos, que acababa de comer, hasta que se hacía de noche, con los

ojos clavados en los grandes balcones del edificio ó en el escudo de

armas que campeaba sobre la puerta, sin que fuesen parte á distraer

su atencion los curiosos que pasaban por aquel solitario barrio,

con el mero objeto de verle hacer tan significativa centinela, ni

osaran parecer por allí los chicos de su edad, ya castigados por

sus puños de hierro, ni hubiesen bastado los ruegos y hasta órdenes

del prudentísimo D. Trinidad Muley á hacerle desistir de aquella

peligrosa manía.

Los balcones del famoso caseron estaban constantemente cerrados

con maderas y todo, ménos uno, que tenía sobre los cristales

cortinillas blancas.--¡Era el de la habitacion que fué despacho de su

padre!--Pero las cortinillas no se meneaban nunca, ni se veia nada al

traves de ellas...

Tampoco entraba ni salia alma viviente á aquellas horas por el enorme

porton, cerrado tambien, como si allí no viviera nadie, ó como si

detras de él no hubiese un portal con otra puerta, y en esta puerta

su correspondiente aldaba.

Al fin, una tarde vió Manuel salir del palacio, y regresar á él al

poco tiempo, á un viejecillo pobremente equipado, que recordó haber

visto algunas veces en el despacho de su padre contando grandes

montones de dinero...--Sin duda era el criado y cobrador de D. Elías.

El vejete debió de conocer tambien al niño, ó tener noticias de su

persona, pues dió un largo rodeo á la ida y otro á la vuelta para

no pasar cerca de él; lo miró de reojo con cierta especie de pavor,

y volvió muchas veces la cabeza como para cerciorarse de que no le

seguia,--ni más ni ménos que hacen los supersticiosos con las que se

les figuran almas del otro mundo.

Á la tarde siguiente, observó el huérfano que detras de las

mencionadas cortinillas se movia una sombra...; y luégo vió

descorrerse un poco la muselina de una de ellas, y pegarse al cristal

la severa cara de otro viejo, á quien no conocia, y que fijaba en él

dos ojos como dos puñales...

--¡Ese es mi verdugo!--dijo Manuel, dando un salto de fiera, y

avanzando hácia aquella parte del edificio.

Pero la cortinilla se corrió de nuevo, y desapareció la vision.

El niño volvió á su asiento, cesando su furia tan bruscamente como

habia estallado.--Todo en él tenía este carácter de prontitud y

fuerza, propio de los leones: lo mismo la cólera que el reposo; así

el dolor como el consuelo; así la arremetida como el perdon,--segun

que veremos más adelante.

Mucho debió de perturbar el régimen doméstico, y acaso tambien la

conciencia del riojano, la especie de sitio que le habia puesto

aquel diminuto acreedor, que parecia ir en demanda de su hacienda,

del hogar en que habia nacido, de la vida de su padre y del escudo

de armas de sus mayores, y mucho debió de asustar á las mujeres de

la casa el verle allí sentado horas y horas, como un pleito mudo,

como una acusacion viva, ó como una protesta perenne, anuncio de

inevitables venganzas... Ello es que, á las dos ó tres tardes de

haberse cruzado la primera mirada de odio eterno entre el usurero y

su víctima, salió del vetusto caseron una mujer como de cincuenta

años de edad, hermosa todavía, aunque muy estropeada y enjuta; de

aspecto poco señoril, pero digno, y vestida más bien como una rica

labriega que como una dama.--Era la señá María Josefa; la antigua

criada y actual esposa del prestamista.

Manuel lo adivinó, aunque tampoco la habia visto nunca, y, no sabemos

si por delicadeza de instinto, ó porque en los últimos tres años

hubiera oido hablar de las buenas cualidades de aquella pobre mujer

á tanto y tanto oficioso comentador de las desventuras que sobre él

pesaban, no sintió aversion ni disgusto al verla...--Pero, cuando

observó que la esposa de D. Elías, despues de asegurarse de que no

habia testigos en la calle ni en ninguna ventana, se le acercaba

resueltamente y se sentaba á su lado, experimentó una angustia

indecible y se levantó para marcharse.

La mujer lo detuvo y le dijo:

--No te vayas, Manuel... Yo no te quiero mal... Yo vengo de

buenas...--Dime, hijo mio: ¿qué buscas aquí? ¿Necesitas algo?--¿Por

qué vistes esa ropa, impropia de tu clase? ¿Quieres que yo te dé

dinero?

El niño vestía de chaqueta, porque cuando se le quedaron chicos los

trajes que sacó de su casa, y D. Trinidad quiso hacerle otros del

mismo estilo, se opuso á ello con gran energía, diciéndole:--«_No,

señor Cura: yo no puedo costear ropa de caballero... Vístame usted de

pobre..._»--Abstúvose, sin embargo, de dar aquella explicacion, ni

ninguna otra, á la señá María Josefa; y, en lugar de responderle, ó

de volver á sentarse, púsose á escribir en el suelo con la punta del

pié y á mirar atentamente aquello que escribia.

La mujer continuó, despues de una pausa:

--No es esto decir que la chaqueta te siente mal...--Tú estás bien

de todas maneras..., pues eres un muchacho muy guapo, con dos ojos

como dos soles, y además el señor Cura (Dios se lo pague) te tiene

muy aseado y decente...--Pero yo quisiera hacer algo más por tí,

comprarte muchas cosas, costearte una carrera en la Capital...--En

fin, aunque yo he hablado ya con D. Trinidad, y él cree que estos

negocios debemos arreglarlos primero tú y yo, díselo de mi parte,

para que te convenzas de que no te engaño; y, si te decides á ser

mi amigo, verás cómo todos lo pasamos mejor...--¿No me respondes,

Manuel?--¿En qué piensas?

El niño no contestó tampoco á este discurso, y siguió escribiendo

con el pié en el suelo, donde ya podia leerse el nombre de su padre:

«RODRIGO.»

--¿Qué escribes ahí? (preguntó, despues de otra pausa, la esposa de

D. Elías.) Yo no sé leer; pero me he enterado con mucho gusto de que

al fin recobraste el habla...--Respóndeme, pues.--¡Cuando tú vienes

aquí todas las tardes, algo quieres!...--Dímelo con franqueza...--Ó,

si no, toma, y es mejor...--Tú gastarás esto en lo que necesites...

Y le alargó un bolson de torzal encarnado, entre cuyas estiradas

mallas relucia mucho oro.--Lo ménos contendria seis mil reales.

Manuel borró con el pié el nombre del difunto caballero, y se puso

á escribir otro, que resultó ser el de la madre á quien no habia

conocido: «MANUELA».--En cuanto al bolson, ni siquiera se dignó

mirarlo; pero, para dar á entender que nada tomaria, se metió las

manos en los bolsillos del pantalon.

--¡Eres muy rencoroso, ó tienes mucho orgullo, Manuel! (dijo

entónces con amargura la señá María Josefa.)--Por lo visto, crees

que todos los de mi casa somos tus enemigos, y lo que es en eso te

equivocas...--Figúrate que tengo una hija, á quien adoro, como tu

pobre padre te adoraba á tí; la cual, esta mañana le decia á mi

marido despues del almuerzo:--«Mira, papá: es menester que perdones á

ese niño tan hermoso que se sienta todas las tardes ahí enfrente, y

que le digas _que sí_ á lo que venga á pedirte...--¡Á mí me da mucha

lástima de él!--¡Dicen que ántes era más rico que nosotros y que la

cama en que yo duermo ha sido suya!...»--¡Conque ya ves, hombre; ya

ves! ¡Hasta mi Soledad se interesa por tí!

Manuel habia levantado la cabeza y dejado de escribir en el suelo.

--Dígame usted, señora... (pronunció entónces reposadamente:)

¿Cuántos años tiene esa niña?

--Va á cumplir doce...--respondió la madre con incomparable dulzura.

Manuel volvió á su distraccion, y escribió en la tierra: «SOLEDAD.»

--Conque ya te habrás convencido de que puedes tomar esta

friolera...--añadió la buena mujer, alargándole el dinero.

Manuel retrocedió un paso, y dijo con frialdad:

--Señora... ¡bastante hemos hablado!

Y, girando sobre los talones, se alejó lentamente, hasta que

desapareció detras de una esquina.

La esposa del usurero dejó caer sobre la falda la mano en que tenía

aquel oro inútil, y se quedó muy pensativa y triste. Luégo se

levantó, dando un gran suspiro, y penetró en la que no sabemos si se

atreveria á llamar _su casa_.

En cuanto al niño, no habian transcurrido cinco minutos cuando ya

estaba otra vez sentado en el poyo de la acera de enfrente.

VI.

SOLEDAD.

Á los dos dias de la anterior escena, Manuel cambió las horas de

su cotidiana visita á la Plazuela de los Venegas, y, en vez de por

la tarde, la hizo por la mañana, constituyéndose allí á las nueve,

que terminó el servicio ordinario de la Parroquia, con indudable

propósito de estarse hasta la una, que era la hora de comer en casa

de D. Trinidad.

¿Por qué este cambio?--¿Presumió el niño que á tales horas habria

más entrantes y salientes en casa de _Caifás_, y por lo tanto mayor

campo para sus observaciones? ¿ó tuvo noticia terminante y cierta de

que así le sería fácil conocer á aquella niña de que le habia hablado

la mujer del usurero, á aquella defensora de doce años que tanto le

compadecia, á aquella Soledad inolvidable que le habia calificado de

_hermoso_?

Lo ignoramos completamente.--Pero el caso fué que la mañana en que

hizo tal novedad, vió Manuel entrar y salir varias veces al criado

y cobrador del prestamista, ora solo, ora acompañado de escribanos

y de otras personas más ó ménos notables de la Ciudad, y que, cerca

de las doce, volvió á salir del caseron el mismo sirviente, el cual,

despues de muchos rodeos y vacilaciones, penetró en un Colegio de

Niñas, situado al extremo opuesto de aquella prolongada plaza, como á

cien pasos de la puerta del palacio y del paraje fronterizo en que el

sitiador tenía plantados sus reales...

Un vuelco le dió el corazon al avisado huérfano, cuyo instinto de

cazador y antigua costumbre de regirse en la Sierra por indicios y

conjeturas le advirtieron que iba á presentarse ante sus ojos la hija

de _Caifás_...

Así fué, en efecto: pocos instantes despues salió del Colegio el

asustadizo cobrador, llevando de la mano á una elegantísima niña,

cuyo gallardo andar y vivos y graciosos movimientos, acompañados de

alegres risas y del timbre argentino de una voz de ángel, dejaron

desde luégo absorto al hijo de Venegas.

--¿Por qué, Dios mio? (pareció preguntarse:) ¿por qué no está triste

esa niña cuando yo lo estoy?

La niña calló repentinamente, sin duda por haberle advertido el

criado que estaba allí Manuel, ó por haberle ella visto en aquel

instante. Reinó, pues, en la Plaza un profundo silencio, que el

huérfano comparó con el de la muerte, y Soledad siguió avanzando, sin

reir, sin hablar, y con un aire de gravedad y compostura que infundió

mayor pesadumbre al que lo motivaba, cual si, olvidado de su propia

fiereza, viese en él una segunda injusticia...

Observó entónces el adusto niño (y esto le alegró el corazon) que la

hija de _Caifás_ lo miraba furtivamente, y que se habia entablado

cierta sorda lucha entre el viejo, que le tiraba de la mano, tratando

de acercarla lo más posible á la acera del palacio, y ella, que

pugnaba por aproximarse gradualmente á la otra banda, á fin de pasar

muy cerca del misterioso personaje.

El Niño de la Bola: Novela · 第 2 / 18 段