dejaron de tañer las campanas y de sonar las remotas músicas del
entierro; cuando hasta las tinieblas le advertian que ya estaba solo
sobre la tierra; cuando comenzaba á figurarse que él tambien habia
muerto y sido sepultado, oyó una voz ronca y áspera, la voz de un
sacerdote grueso y feo, que le decia lúgubremente:
--Muchacho, ¿dónde estás?--¿Por qué no has encendido luz?--Vénte
conmigo... ¡Yo te recojo, y sea lo que Dios quiera!--Vámonos á mi
casa...
Manuel lo siguió como un autómata, ó más bien como el pobre can que
se ha quedado sin dueño.
IV.
UN CURA DE MISA Y OLLA.
Apresurémonos á decir algo (muy poco) respecto de este Sacerdote,
ántes de engolfarnos completamente en la historia del que habia
llegado á ser su pupilo.
D. Trinidad Muley era uno de aquellos curas á la antigua española, á
quienes aman y respetan todos sus feligreses y cuantos los conocen,
sin distincion de partidos políticos ni áun de creencias religiosas:
curas que, sin ser liberales, ni dejar de serlo, ó, mejor dicho, por
no tener opinion alguna sobre las cosas _del César_, pero sí una
altísima idea de las cosas _de Dios_, no perdieron nunca ese amor y
ese respeto, ni en la explosion nacional de 1808, ni en la reaccion
absolutista de 1814, ni en el furor revolucionario de 1820, como
tampoco los perdieron despues, cuando vino Angulema, ni por resultas
del Motin de la Granja, ni en ninguna de las vicisitudes posteriores,
tan fecundas en desavenencias entre la Iglesia y el Estado: curas
indígenas, por decirlo así, que aman á su patria como cualquier hijo
de vecino, sin tener nada de cosmopolitas, de europeos, ni áun de
ultramontanos..., por lo que rara vez legan su nombre á la Historia;
curas, en fin, de la clase de católicos rancios, sin ribetes de
política ni de filosofía, que no suelen poseer ni exigir de nadie
sutilísimos conceptos teológicos con que explicar la mente del Autor
del mundo, ni inflexibles fórmulas de escuela sobre la sociedad y
su gobierno, sino la práctica real y efectiva de todas las virtudes
cristianas.
El ejemplar que tenemos á la vista era al propio tiempo tan natural y
sencillo de suyo, tan humano y tan valiente, de espíritu tan abierto
y corazon tan bondadoso, tan _padre de almas_ por esencia, presencia
y potencia, que lo mismo que servia para Cura párroco de Santa
María de la Cabeza, y, como tal, derramaba muchos bienes morales y
materiales en cuanto alcanzaban sus recursos, hubiera servido para
sacerdote hebreo, mahometano, protestante ó chino, con gran respeto
y edificacion de tales gentes.--Digamos, pues, como resúmen de sus
cualidades positivas y negativas, que era un verdadero hombre de
bien, lleno de caridad ingénita, iluminada por la palabra de Cristo;
profundamente esperanzado en otra mejor vida, como todo el que tiene
un alma grande, incapaz de satisfacerse con las vanas alegrías de la
tierra; pobrísimo de humanidades, pero no de ciencia del mundo ni de
conocimiento del corazon humano; muy escaso de imaginacion, pero no
de sana lógica ni de sentido comun; que tal vez no sabía predicar
un buen sermon sobre el Dogma (ni creia necesario meterse allí en
tales honduras), pero que embelesaba y mejoraba al auditorio desde
el púlpito con su paternal actitud, con sus tiernas exhortaciones
al bien y con su propio ejemplo...--No era, no, de la casta de San
Agustin, de Santo Tomás ó de San Ignacio de Loyola; pero sí de la de
San Cayetano, de la de San Diego de Alcalá y de la de San Juan de
Dios, aunque ménos docto y más vulgar que ellos y que la generalidad
de los curas, tenientes y beneficiados de aquella Diócesis...
Ni dependia de la voluntad del pobre Párroco el saber más textos de
la Biblia y de los Santos Padres, ó el no tergiversarlos cuando se
metia á predicar por lo fino, sino de su pícara memoria, tan rebelde
á la cultura del estudio, que nadie comprendia cómo el buen Muley
(apellido moro que allí subsiste) habia podido aprender el bastante
latin para entrar en sínodo y ordenarse, y todo el mundo admiraba
retrospectivamente al pacientísimo y ya difunto dómine que (con mazo
y escoplo sin duda) pudo labrar lo suficiente en aquella enteriza
cabeza para hacerle albergar el _musa, æ_.--Es todo lo malo que se
podia decir de D. Trinidad... En cambio, no habia en el pueblo, ni en
cien leguas á la redonda, quien le ganase á ceder su comida y su cama
al desamparado mendigo; á cuidar personalmente á los apestados; á
pasarse horas y horas dando alegre conversacion, llena de saludables
consejos, á los presos de la Cárcel; á gastar los dias de nieve todo
el dinero que tenía en comprar alpargatas á los niños descalzos; á
sacar de bracero á tomar el sol á míseros viejos que se baldaban
en sus lóbregos tugurios; á reconciliar, en fuerza de lágrimas ó
de puñetazos, y hacer abrazarse cordialmente, á los matrimonios
malavenidos, á los adversarios que ya habian sacado las navajas, á
las clases pobres con las ricas, cuando encarecia el pan y se armaba
motin, á cada uno con su cruz, á los tristes con su tristeza, á los
enfermos con su dolor, al penado con el castigo, al moribundo con la
muerte...--Era, pues, una veneracion que rayaba en culto lo que se
sentia hácia él en la Ciudad, no obstante el genio llano, francote
y hasta bromista que ostentaba con grandes y chicos cuando no habia
motivo para estar serio, y todos respetaban su ignorancia, como una
especie de inocencia, al modo que amamos y admiramos las montañas
incultas y próvidas, por lo mismo que en ellas todo es natural,
espontáneo, hijo legítimo de Dios, y no de las especulaciones y
fatigas humanas.
Así se justifica que el Obispo lo hubiese nombrado Cura propio de
Santa María de la Cabeza, de cuya Parroquia tomaba nombre el barrio
más guerrero de la Ciudad, donde vivia casi toda la gente labradora:
así se comprende la profunda estimacion que siempre se tuvieron,
aunque se trataron muy poco, el difunto D. Rodrigo y el bueno de D.
Trinidad; así se explica el paso que éste habia dado, recogiendo
y adoptando al hijo del caballero sin consultar ni entenderse con
nadie; y por eso tambien nosotros tendremos necesidad más adelante
de volver á hablar de tan digna persona, con cuyo motivo podremos
decir algo de su casa, de su oratoria, de sus costumbres y hasta de
su bendita ama de gobierno.
No lo hacemos á la presente, porque reclama nuestra atencion el hijo
de Venegas, ó sea el que ya muy pronto va á comenzar á llamarse «_El
Niño de la Bola._»
V.
EL ACREEDOR DEL USURERO.
El pobre niño habia quedado como si fuese de hielo, por resultas de
aquellos repentinos y bárbaros golpes de la suerte, contrayendo una
palidez mortal que le duró ya toda la vida.--Nadie habia hecho caso
del infeliz en el primer momento de angustia, ni reparado en que
no gemia, hablaba ni lloraba; y, cuando al cabo acudieron á él, lo
hallaron contraido y yerto como una petrificacion del dolor, aunque
andaba, oia, veia, y daba contínuos besos á su llagado y moribundo
padre.--¡No habia, pues, derramado ni una sola lágrima durante la
agonía de aquel sér tan querido, ni al besar su frio rostro, despues
que hubo muerto, ni al ver cómo se lo llevaban para siempre, ni al
abandonar la casa en que habia nacido, ni al hallarse albergado por
caridad en la ajena!--Algunas personas elogiaron su valor: otras
criticaron su insensibilidad: las madres de familia lo compadecieron
profundamente, adivinando por instinto la cruel tragedia que habia
quedado encerrada en el corazon del huérfano, por falta de un sér
tierno y piadoso que llorase á su lado.
Tampoco habia vuelto Manuel á hablar palabra desde que vió llegar
en la agonía á su buen padre; ni respondió luégo á las cariñosas
preguntas que le hizo D. Trinidad cuando se lo llevó á su casa; ni se
le oyó más el metal de la voz en el trascurso de los tres primeros
años que vivió en su santa compañía; y ya pensaban todos que se
habia quedado mudo para siempre, cuando un dia que se hallaba como
de costumbre en la iglesia de que era cura su protector, observó el
sacristan que, encarándose con una linda efigie del Niño de la Bola
que allí se veneraba, le decia melancólicamente:
--Niño Jesus: ¿por qué no hablas tú tampoco?
Manuel se habia salvado... El náufrago acababa de sacar la cabeza de
entre las olas de su amargura... ¡Ya no corria peligro su vida!--Á lo
ménos así lo creyó todo el personal de la Parroquia.
Desde aquel dia el huérfano habló ya algunas palabras, muy pocas en
verdad, con el Cura y con el ama de gobierno, para significarles
gratitud, amor y obediencia, pero ninguna referente á sus
inolvidables infortunios; todo lo cual consideraron de buen agüero D.
Trinidad Muley, los sacristanes y los monaguillos.
En cuanto al estado de su razon, nadie habia tenido recelo alguno
durante aquellos tres años de voluntaria ó involuntaria mudez...--El
ama era la única que solia decir desde el principio, y siguió
diciendo siempre, que á Manuel le habia quedado una vena de loco
(nada más que una vena) por resultas de no haber llorado cuando
perdió á su padre...--Nosotros ignoramos lo cierto; pues entre los
papeles que nos sirven de guia no figura ningun dictámen facultativo
sobre el particular, y eso de decidir en nuestro pobre mundo quién se
halla en su juicio ó quién está loco, es materia más peliaguda de lo
que parece...--Juzgue cada lector lo que se le antoje, en vista de
los sucesos que vayamos contando.
Con relacion á las personas extrañas (de quienes, siempre que
tropezaban con él, recibia expresivos testimonios de compasion y
de cariño), continuó encerrado el huérfano en su glacial reserva,
para lo cual adoptó la siguiente evasiva, estereotipada en sus
desdeñosos labios:--«_¡Déjeme usted ahora!_»;--dicho lo cual (en són
de amarguísima súplica), seguia su camino, no sin haber excitado
supersticiosos sentimientos en las mismas gentes que así esquivaba.
Ménos aún desechó en aquella saludable crísis la honda tristeza y
precoz austeridad de su carácter, ni la pertinaz insistencia con que
se aferraba á determinadas costumbres.--Estas se habian reducido
hasta entónces á acompañar al Cura á la Iglesia; á coger en el campo
flores ó hierbas de olor para adornar al Niño de la Bola (delante
del cual se pasaba luégo las horas muertas, sumido en una especie de
éxtasis), y en subir á buscar aquellas mismas hierbas y flores á lo
alto de la próxima Sierra, cuando no las hallaba en la campiña por
ser el rigor del invierno ó del estío.
Semejante devocion, muy en consonancia con los principios
religiosos que le inculcara el difunto caballero, habia ido mucho
más allá de lo natural y de lo humano, áun tratándose de personas
extraordinariamente místicas. No era tan sólo culto, reverencia,
piedad, adoracion fanática... Era un amor de hermano y de súbdito,
semejante al que habia profesado á su padre: era una confusa mezcla
de confianza, tutela é idolatría, muy análoga á lo que las madres
de los hombres de genio sienten por sus gloriosos hijos: era la
respetuosa proteccion, llena de ternura, que dispensa el fuerte
guerrero al príncipe de menor edad: era identificacion; era orgullo;
era ufanía como de un bien propio: diríase que aquella imágen le
representaba su trágico destino, su noble orígen, su temprana
orfandad, su pobreza, sus cuitas, la injusticia de los hombres, la
soledad en que habia quedado sobre la tierra, y acaso tambien algun
presentimiento de futuros martirios...
Nada de esto discerniria entónces el desventurado; pero tal debia de
ser el tumulto de ideas informes que palpitaba en el fondo de aquella
devocion pueril, constante, absoluta, exclusiva.--Para él no habia ni
Dios, ni Vírgen, ni Santos, ni Ángeles: no habia más que el Niño de
la Bola, sin relacion á ningun alto misterio, sino por sí mismo, en
su forma presente, con su figura artística, con su vestido de tisú
de oro, con su corona de pedrería falsa, con su rubia cabeza, con su
hechicero semblante y con aquel globo pintado de azul que mostraba en
la mano, sobre el cual se erguia una crucecita de plata sobredorada
en señal de que el mundo estaba redimido.
Y hé aquí la razon y fundamento de que, primero los acólitos de Santa
María de la Cabeza, y despues todos los muchachos de la Ciudad, y,
finalmente, las personas más graves y formales designaran á Manuel
con aquel singularísimo apodo de _El Niño de la Bola_,--no sabemos
si en són de aplauso á tan vehemente idolatría y por fiarlo al
patrocinio del propio Niño Jesus, ó como antífrasis sarcástica...
(dado que tal advocacion sirve allí á veces como término comparativo
de la ventura de los muy afortunados), ó como profecía de lo animoso
y formidable que habia de ser con el tiempo el hijo de Venegas,
supuesto que la mayor hipérbole que suele emplearse tambien en
aquella comarca para encomiar el valor y poderío de alguno, se reduce
á decir que «_no le teme ni al Niño de la Bola..._»
Como quier que ello fuera, así denominaban generalmente al gallardo
huérfano cuando recobró el uso de la palabra á la edad de trece
años, en cuya fecha (y es lo que ántes íbamos á referir) contrajo un
nuevo hábito, tan inalterable y acompasado como todos los suyos, que
le apartó un poco de su mística devocion é hizo prever al público
sensato graves y funestas consecuencias.
Tal fué la costumbre que tomó de ir á sentarse, todas las tardes á
la misma hora, en un poyo que habia á la puerta de no sé qué casa,
frente por frente del antiguo palacio de los Venegas, donde seguia
habitando el usurero D. Elías.--Allí se estaba solo y quieto, desde
las dos, que acababa de comer, hasta que se hacía de noche, con los
ojos clavados en los grandes balcones del edificio ó en el escudo de
armas que campeaba sobre la puerta, sin que fuesen parte á distraer
su atencion los curiosos que pasaban por aquel solitario barrio,
con el mero objeto de verle hacer tan significativa centinela, ni
osaran parecer por allí los chicos de su edad, ya castigados por
sus puños de hierro, ni hubiesen bastado los ruegos y hasta órdenes
del prudentísimo D. Trinidad Muley á hacerle desistir de aquella
peligrosa manía.
Los balcones del famoso caseron estaban constantemente cerrados
con maderas y todo, ménos uno, que tenía sobre los cristales
cortinillas blancas.--¡Era el de la habitacion que fué despacho de su
padre!--Pero las cortinillas no se meneaban nunca, ni se veia nada al
traves de ellas...
Tampoco entraba ni salia alma viviente á aquellas horas por el enorme
porton, cerrado tambien, como si allí no viviera nadie, ó como si
detras de él no hubiese un portal con otra puerta, y en esta puerta
su correspondiente aldaba.
Al fin, una tarde vió Manuel salir del palacio, y regresar á él al
poco tiempo, á un viejecillo pobremente equipado, que recordó haber
visto algunas veces en el despacho de su padre contando grandes
montones de dinero...--Sin duda era el criado y cobrador de D. Elías.
El vejete debió de conocer tambien al niño, ó tener noticias de su
persona, pues dió un largo rodeo á la ida y otro á la vuelta para
no pasar cerca de él; lo miró de reojo con cierta especie de pavor,
y volvió muchas veces la cabeza como para cerciorarse de que no le
seguia,--ni más ni ménos que hacen los supersticiosos con las que se
les figuran almas del otro mundo.
Á la tarde siguiente, observó el huérfano que detras de las
mencionadas cortinillas se movia una sombra...; y luégo vió
descorrerse un poco la muselina de una de ellas, y pegarse al cristal
la severa cara de otro viejo, á quien no conocia, y que fijaba en él
dos ojos como dos puñales...
--¡Ese es mi verdugo!--dijo Manuel, dando un salto de fiera, y
avanzando hácia aquella parte del edificio.
Pero la cortinilla se corrió de nuevo, y desapareció la vision.
El niño volvió á su asiento, cesando su furia tan bruscamente como
habia estallado.--Todo en él tenía este carácter de prontitud y
fuerza, propio de los leones: lo mismo la cólera que el reposo; así
el dolor como el consuelo; así la arremetida como el perdon,--segun
que veremos más adelante.
Mucho debió de perturbar el régimen doméstico, y acaso tambien la
conciencia del riojano, la especie de sitio que le habia puesto
aquel diminuto acreedor, que parecia ir en demanda de su hacienda,
del hogar en que habia nacido, de la vida de su padre y del escudo
de armas de sus mayores, y mucho debió de asustar á las mujeres de
la casa el verle allí sentado horas y horas, como un pleito mudo,
como una acusacion viva, ó como una protesta perenne, anuncio de
inevitables venganzas... Ello es que, á las dos ó tres tardes de
haberse cruzado la primera mirada de odio eterno entre el usurero y
su víctima, salió del vetusto caseron una mujer como de cincuenta
años de edad, hermosa todavía, aunque muy estropeada y enjuta; de
aspecto poco señoril, pero digno, y vestida más bien como una rica
labriega que como una dama.--Era la señá María Josefa; la antigua
criada y actual esposa del prestamista.
Manuel lo adivinó, aunque tampoco la habia visto nunca, y, no sabemos
si por delicadeza de instinto, ó porque en los últimos tres años
hubiera oido hablar de las buenas cualidades de aquella pobre mujer
á tanto y tanto oficioso comentador de las desventuras que sobre él
pesaban, no sintió aversion ni disgusto al verla...--Pero, cuando
observó que la esposa de D. Elías, despues de asegurarse de que no
habia testigos en la calle ni en ninguna ventana, se le acercaba
resueltamente y se sentaba á su lado, experimentó una angustia
indecible y se levantó para marcharse.
La mujer lo detuvo y le dijo:
--No te vayas, Manuel... Yo no te quiero mal... Yo vengo de
buenas...--Dime, hijo mio: ¿qué buscas aquí? ¿Necesitas algo?--¿Por
qué vistes esa ropa, impropia de tu clase? ¿Quieres que yo te dé
dinero?
El niño vestía de chaqueta, porque cuando se le quedaron chicos los
trajes que sacó de su casa, y D. Trinidad quiso hacerle otros del
mismo estilo, se opuso á ello con gran energía, diciéndole:--«_No,
señor Cura: yo no puedo costear ropa de caballero... Vístame usted de
pobre..._»--Abstúvose, sin embargo, de dar aquella explicacion, ni
ninguna otra, á la señá María Josefa; y, en lugar de responderle, ó
de volver á sentarse, púsose á escribir en el suelo con la punta del
pié y á mirar atentamente aquello que escribia.
La mujer continuó, despues de una pausa:
--No es esto decir que la chaqueta te siente mal...--Tú estás bien
de todas maneras..., pues eres un muchacho muy guapo, con dos ojos
como dos soles, y además el señor Cura (Dios se lo pague) te tiene
muy aseado y decente...--Pero yo quisiera hacer algo más por tí,
comprarte muchas cosas, costearte una carrera en la Capital...--En
fin, aunque yo he hablado ya con D. Trinidad, y él cree que estos
negocios debemos arreglarlos primero tú y yo, díselo de mi parte,
para que te convenzas de que no te engaño; y, si te decides á ser
mi amigo, verás cómo todos lo pasamos mejor...--¿No me respondes,
Manuel?--¿En qué piensas?
El niño no contestó tampoco á este discurso, y siguió escribiendo
con el pié en el suelo, donde ya podia leerse el nombre de su padre:
«RODRIGO.»
--¿Qué escribes ahí? (preguntó, despues de otra pausa, la esposa de
D. Elías.) Yo no sé leer; pero me he enterado con mucho gusto de que
al fin recobraste el habla...--Respóndeme, pues.--¡Cuando tú vienes
aquí todas las tardes, algo quieres!...--Dímelo con franqueza...--Ó,
si no, toma, y es mejor...--Tú gastarás esto en lo que necesites...
Y le alargó un bolson de torzal encarnado, entre cuyas estiradas
mallas relucia mucho oro.--Lo ménos contendria seis mil reales.
Manuel borró con el pié el nombre del difunto caballero, y se puso
á escribir otro, que resultó ser el de la madre á quien no habia
conocido: «MANUELA».--En cuanto al bolson, ni siquiera se dignó
mirarlo; pero, para dar á entender que nada tomaria, se metió las
manos en los bolsillos del pantalon.
--¡Eres muy rencoroso, ó tienes mucho orgullo, Manuel! (dijo
entónces con amargura la señá María Josefa.)--Por lo visto, crees
que todos los de mi casa somos tus enemigos, y lo que es en eso te
equivocas...--Figúrate que tengo una hija, á quien adoro, como tu
pobre padre te adoraba á tí; la cual, esta mañana le decia á mi
marido despues del almuerzo:--«Mira, papá: es menester que perdones á
ese niño tan hermoso que se sienta todas las tardes ahí enfrente, y
que le digas _que sí_ á lo que venga á pedirte...--¡Á mí me da mucha
lástima de él!--¡Dicen que ántes era más rico que nosotros y que la
cama en que yo duermo ha sido suya!...»--¡Conque ya ves, hombre; ya
ves! ¡Hasta mi Soledad se interesa por tí!
Manuel habia levantado la cabeza y dejado de escribir en el suelo.
--Dígame usted, señora... (pronunció entónces reposadamente:)
¿Cuántos años tiene esa niña?
--Va á cumplir doce...--respondió la madre con incomparable dulzura.
Manuel volvió á su distraccion, y escribió en la tierra: «SOLEDAD.»
--Conque ya te habrás convencido de que puedes tomar esta
friolera...--añadió la buena mujer, alargándole el dinero.
Manuel retrocedió un paso, y dijo con frialdad:
--Señora... ¡bastante hemos hablado!
Y, girando sobre los talones, se alejó lentamente, hasta que
desapareció detras de una esquina.
La esposa del usurero dejó caer sobre la falda la mano en que tenía
aquel oro inútil, y se quedó muy pensativa y triste. Luégo se
levantó, dando un gran suspiro, y penetró en la que no sabemos si se
atreveria á llamar _su casa_.
En cuanto al niño, no habian transcurrido cinco minutos cuando ya
estaba otra vez sentado en el poyo de la acera de enfrente.
VI.
SOLEDAD.
Á los dos dias de la anterior escena, Manuel cambió las horas de
su cotidiana visita á la Plazuela de los Venegas, y, en vez de por
la tarde, la hizo por la mañana, constituyéndose allí á las nueve,
que terminó el servicio ordinario de la Parroquia, con indudable
propósito de estarse hasta la una, que era la hora de comer en casa
de D. Trinidad.
¿Por qué este cambio?--¿Presumió el niño que á tales horas habria
más entrantes y salientes en casa de _Caifás_, y por lo tanto mayor
campo para sus observaciones? ¿ó tuvo noticia terminante y cierta de
que así le sería fácil conocer á aquella niña de que le habia hablado
la mujer del usurero, á aquella defensora de doce años que tanto le
compadecia, á aquella Soledad inolvidable que le habia calificado de
_hermoso_?
Lo ignoramos completamente.--Pero el caso fué que la mañana en que
hizo tal novedad, vió Manuel entrar y salir varias veces al criado
y cobrador del prestamista, ora solo, ora acompañado de escribanos
y de otras personas más ó ménos notables de la Ciudad, y que, cerca
de las doce, volvió á salir del caseron el mismo sirviente, el cual,
despues de muchos rodeos y vacilaciones, penetró en un Colegio de
Niñas, situado al extremo opuesto de aquella prolongada plaza, como á
cien pasos de la puerta del palacio y del paraje fronterizo en que el
sitiador tenía plantados sus reales...
Un vuelco le dió el corazon al avisado huérfano, cuyo instinto de
cazador y antigua costumbre de regirse en la Sierra por indicios y
conjeturas le advirtieron que iba á presentarse ante sus ojos la hija
de _Caifás_...
Así fué, en efecto: pocos instantes despues salió del Colegio el
asustadizo cobrador, llevando de la mano á una elegantísima niña,
cuyo gallardo andar y vivos y graciosos movimientos, acompañados de
alegres risas y del timbre argentino de una voz de ángel, dejaron
desde luégo absorto al hijo de Venegas.
--¿Por qué, Dios mio? (pareció preguntarse:) ¿por qué no está triste
esa niña cuando yo lo estoy?
La niña calló repentinamente, sin duda por haberle advertido el
criado que estaba allí Manuel, ó por haberle ella visto en aquel
instante. Reinó, pues, en la Plaza un profundo silencio, que el
huérfano comparó con el de la muerte, y Soledad siguió avanzando, sin
reir, sin hablar, y con un aire de gravedad y compostura que infundió
mayor pesadumbre al que lo motivaba, cual si, olvidado de su propia
fiereza, viese en él una segunda injusticia...
Observó entónces el adusto niño (y esto le alegró el corazon) que la
hija de _Caifás_ lo miraba furtivamente, y que se habia entablado
cierta sorda lucha entre el viejo, que le tiraba de la mano, tratando
de acercarla lo más posible á la acera del palacio, y ella, que
pugnaba por aproximarse gradualmente á la otra banda, á fin de pasar
muy cerca del misterioso personaje.