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NOTA DE TRANSCRIPCIÓN
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versalitas se han convertido a MAYÚSCULAS.
* Los errores de imprenta han sido corregidos sin avisar.
* Se ha respetado la ortografía del original, que difiere ligeramente
de la actual, especialmente en el uso de tildes, normalizándola a la
grafía de mayor frecuencia.
* No obstante, se han añadido tildes a las mayúsculas que las
necesitan.
* Se ha reparado el emparejamiento de los puntos de exclamación y de
interrogación.
EL NIÑO DE LA BOLA.
Esta obra es propiedad del autor, quien se reserva todos sus
derechos, incluso el de publicarla traducida á otro idioma en los
Estados que tienen tratados literarios con España.
Quedan hechos los depósitos que marca la Ley.
EL NIÑO
DE LA BOLA
NOVELA
POR
D. PEDRO A. DE ALARCON
SEGUNDA EDICION.
MADRID
IMPRENTA CENTRAL Á CARGO DE VÍCTOR SAIZ
CALLE DE LA COLEGIATA, NÚM. 6
—
1880
LIBRO PRIMERO.
EN LO ALTO DE LA SIERRA.
I.
SINFONÍA.
Entre la vetusta Ciudad, cabeza de Obispado, en que ocurrieron
los famosos lances de «_El Sombrero de tres picos_,» y la insigne
Capital de aquella estacionaria Provincia, donde hay todavía muchos
moros vestidos de cristianos, álzase, como muralla divisoria de sus
respectivos horizontes, un formidable contrafuerte de la Sierra más
erguida y elegante de toda España.
Cerca de diez leguas de espesor (las mismas que la Capital y la
Ciudad distan entre sí) tiene por la base aquel enorme estribo de
la gran cordillera, miéntras que su altura, graduada por término
medio, será de seis ó siete mil piés sobre el nivel del mar.--Subir á
tal elevacion por retorcidas cuestas, y descender de allí luégo por
otras cuestas no ménos retorcidas, es la tarea comun de cuantos van ó
vienen de una á otra comarca; cosa que sólo podia hacerse, á la fecha
en que principia nuestra relacion, por un mal camino de herradura,
convertido poco despues en un mucho peor camino carretero.
Ahora bien, amigos lectores: el primer cuadro del drama romántico de
chaqueta y rigurosamente histórico (aunque no político) que voy á
contaros (tal y como aconteció, y yo lo presencié, entre la extincion
de los Frailes y la creacion de la Guardia Civil, entre el suicidio
de Larra y la muerte de Espronceda, entre el Abrazo de Vergara y el
Pronunciamiento del General Espartero; en 1840, para decirlo de una
vez) tuvo por escenario la cumbre de esa montaña, el promedio de
ese camino, el tránsito del uno al otro horizonte; punto crítico
y neutro, que dista cinco leguas de la Ciudad y otras cinco de la
Capital, y en que, por ende, suelen encontrarse al mediodía y decirse
«_¡á la paz de Dios, caballeros!_» los viandantes que salieron al
amanecer de cada una de ambas poblaciones.
Es aquel un paraje rudo, áspero y pedregoso, sin historia, nombre
ni dueño, guardado por esquivos gigantes de pizarra, donde la
Naturaleza, vírgen y tosca como salió de las manos del Criador, vive
pobremente, pero sin muchos cuidados, entregada á la dulce rutina
de sus invariables quehaceres.--Tan árida y escabrosa es aquella
region, que nadie ha entrado nunca en codicia de disputar á los
animales silvestres el pacífico, inmemorial disfrute de las escasas
hierbas y atroces matorrales que festonean sus riscos; por lo que,
ni siquiera hoy, despues de la desamortizacion y venta de todo lo
criado, figura tal arrabal del Planeta en el catastro de la riqueza
pública.--Sin embargo, no vivian completamente á sus anchas, en la
época de que va hecha mencion, los inciviles y sueltos moradores
de aquella majestuosa soledad; pues, amén de las importunidades
ordinarias que á ciertas horas les ha acarreado siempre la vecindad
del sendero humano, solia acontecer por entónces con demasiada
frecuencia, que ladrones en cuadrilla, ó no en cuadrilla, armados de
terribles trabucos, acechaban allí á los viajeros inofensivos, y áun
á la misma Justicia del Estado, como en lugar muy á propósito, por lo
estratégico, para librar batalla á las leyes sociales.
El dia de que tratamos (sábado, 5 de Abril), sería ya la una de la
tarde, y áun no se habia divisado alma viviente en aquel pavoroso
recinto, cerrado á la vista por las ondulaciones de las montañas
subalternas. Hallábanse, pues, solos y gustosísimos los pájaros, las
bestiecillas montaraces y los reptiles é insectos que lo habitan;
todos ellos doblemente regocijados y juguetones á la sazon, con
motivo de haberse dignado subir á aquellas alturas, á pasar unos dias
en su compaña, la hermosa y galante Primavera...
Allí estaba, sí, la pródiga deidad, y bien se conocia donde quier
el mágico influjo de sus gracias y donosura. En todas partes
habia flores: en las solanas, en las umbrías, entre las peñas, en
los mismos líquenes de las rocas, hasta en el tortuoso sendero
frecuentado por el hombre, y en las cruces y lápidas conmemorativas
de bárbaros asesinatos...--Respirábase un aire cargado de aromas
deleitosos. Los pajarillos se decian sus amores con breves y agudos
píos, que turbaban, ó hacian más notable y solemne, el hondo silencio
del resto de la Creacion... Tambien se percibian de vez en cuando
leves murmullos de arroyuelos que pugnaban por abrirse paso entre
importunas guijas; pero muy luégo cesaba el rumor, por haber hallado
el agua más cómoda ruta... Pintadas mariposas revolaban de acá para
allá, no ménos lindas que las flores en que libaban, y más libres que
ellas; miéntras que tímidas alimañas y recelosas aves codiciadas por
los cazadores retozaban descuidadamente, áun en el odiado camino de
herradura... ¡Todo, todo era paz, y amor y delectacion en la tierra y
en el ambiente!... El mismo cielo sonreia, como un padre satisfecho
de la ventura de sus hijos...--Dijérase que el mundo acababa de ser
criado... La infatigable Naturaleza parecia una doncella de quince
abriles.
De pronto, todos los animales se avisparon y echaron á correr ó
á volar, apartándose del camino, y una nube de polvo empañó la
transparencia de la atmósfera hácia la parte de la Capital...
Era que venía el Hombre.
Y, pues que el Hombre, el rey de la Creacion, solia pasar por allí
dando el mal ejemplo de temer á sus prójimos, nada tuvo de particular
ni de ofensivo que los humildes irracionales se apresurasen, como
todos los dias, á evitar su real presencia.
II.
NUESTRO HÉROE.
Aquella nube de polvo traia en su seno á un arrogante jinete, seguido
de un arriero á pié y de tres soberbias mulas cargadas de equipaje.
El caballero, á juzgar por su figura y vestimenta y por el abigarrado
aspecto de las tales cargas, parecia juntamente un feriante, un
contrabandista y un indiano. Tambien hubiera sido fácil suponerlo un
capitan de bandidos de primera clase, que regresara á su guarida con
el rico botín de alguna afortunada empresa.
Érase un jóven como de veintisiete años; fino y elegante, aunque
vestía de chaqueta (traje usado entónces en Andalucía por personas
muy principales), y tan airoso, nervudo y bien formado, que habria
podido servir de modelo para la famosa estatua del _Gladiador
combatiente_. La mencionada chaqueta, así como el chaleco y el
pantalon (ó más bien calzon de montar) que llevaba, eran de punto
azul muy ceñido al cuerpo, y concluia por abajo su equipo en unos
botines ó polainas de gamuza gris, con sendas espuelas de plata
labrada, dignas éstas de un Capitan General. Gruesos botones de
muletilla, tambien de plata, orlaban hasta cerca del codo las
boca-mangas de la chaqueta y servian de botonadura al chaleco.
Un pañuelo negro de crespon, anudado á la marinera, le servia de
corbata, y negro era asimismo el rico ceñidor de seda china que
ajustaba á modo de faja su esbelta cintura. En los puños y cuello
de la camisa lucía costosos brillantes; pero ninguno de tanto
valor como el que radiaba en el dedo meñique de su mano izquierda.
Finalmente, el sombrero (que en aquel momento se acababa de quitar)
era de finísima paja de color de café, ancho de alas y muy alto y
puntiagudo, como los usan muchas gentes de América y de las Dos
Sicilias,--á cuya forma se da en Granada el pintoresco nombre de
«_sombrero de catite_.»
Tan singular personaje (á quien sentaba perfectamente aquel raro
atavío semi-andaluz, semi-exótico) llamaba la atencion, más que por
todo lo dicho, por la varonil hermosura de su cara. Que ésta habria
sido de extraordinaria blancura, indicábalo aún aquella parte de su
despejada y altiva frente que el sombrero solia proteger; pero, en
lo demas, habíala quemado el sol por tal extremo, que su palidez
marmórea habia adquirido un tinte como de oro mate, cuyo tono
igual y sosegado no carecia de hechizo. Eran negros y muy rasgados
y grandes sus africanos ojos, medio dormidos á la sombra de largas
pestañas; mas, cuando súbitamente los abria del todo, excitado por
cualquier idea ó caso repentino, salia de ellos tanta luz, tanto
fuego, tanta energía vital, que su mirada no podia soportarse. Esta
mirada reunia á un mismo tiempo la temible majestad de la del leon,
la fijeza de la del águila y la inocencia de la del niño; sólo
que era más triste que la del último, y más tierna en ocasiones
que la de los citados reyes de las selvas y de los aires.--Su
abundante cabello, negro tambien y muy cortado por detras, orlaba
ámpliamente la parte superior de la cabeza, semejando una rizada
pluma tendida del lado izquierdo al derecho; lo cual daba mayor
realce á aquella fogosa fisonomía. Completaban su peregrina belleza
un perfil intachable, sirio más bien que griego, una boca escultural,
clásica, napoleónica, tan audaz como reflexiva, y, sobre todo, una
barba negra, undosa, de sobrios aunque largos rizos, trasunto fiel
de las nobles y celebradas barbas árabes y hebreas. En resúmen,
y para pintar con un solo rasgo tan interesante figura, diremos
que, por su estilo oriental, por su selvática melancolía, por su
atlética complexion, por la viril hermosura del semblante y por la
grandeza de alma que resplandecia en sus ardientes ojos, cualquier
aficionado á estudios artísticos hubiera comparado á nuestro héroe
(prescindiendo de su grotesco traje y de los accesorios profanos
que lo rodeaban) al terrible San Juan Bautista cuando regresó del
Desierto á la edad de 29 años.
Montaba el jóven que tan minuciosamente hemos descrito un soberbio
potro cordobes, negro como la endrina, enjaezado con silla á la
española, sobre cuyo arzon iba sujeto un angosto maletin de baqueta
y sobre cuya grupa ostentaba vivos y múltiples colores una manta
mejicana de gran mérito, ó, mejor dicho, lo que allí se denomina un
_zarape_.--Armas... no llevaba en su persona ni en su cabalgadura;
pero, hablando en verdad, de uno de los tres bagajes mencionados
pendian juntas cuatro excelentes escopetas (dos de ellas con todos
los honores de espingardas) que podian sacar de apuros á cualquier
valiente...
Digamos algo del arriero.--Su pantalon largo, de tela veraniega; la
chaquetilla de lienzo blanco que llevaba al hombro, á lo húsar; su
faja encarnada, casi siempre desceñida y arrastrando; su sombrero
calañés tirado atras, y su fisonomía movible y falsa como la de
un comediante, denotaban al individuo de baja estofa del litoral
malagueño; nacido en la playa, al aire libre; criado sin casa ni
hogar; educado por los truhanes más listos del viejo y corrompido
Mediterráneo, y capaz de todo lo malo y de todo lo bueno que pueda
hacer un hombre, salvo decir la verdad dos veces seguidas ó rehusar
una copa de aguardiente.
Por último: las cargas de las tres mulas se componian de cofres,
maletas, arcas antiguas, cajones esterados, cestas y cuévanos de
diversos tamaños y hechuras, y otra infinidad de lios de raras
materias y formas. Recios manojos de larguísimos bambúes y de enormes
y vistosas plumas empenachaban además gallardamente cada uno de estos
bagajes; y, en fin, sobre el altísimo túmulo y copete del mayor de
ellos, veíase una gran jaula de hoja de lata, dentro de la cual
se consumia de nostalgia el más corpulento y verde loro que haya
atravesado nunca el Océano Atlántico.--Indudablemente, el apuesto
jóven, ó la persona á quien hubiese robado (suponiendo que nos las
hayamos con un bandido), acababa de llegar de América...
Nada podemos asegurar todavía sobre estas cosas. El mismo arriero
las ignoraba á la sazon, segun que dijo despues, jurándolo por un
puñado de cruces. Lo único que en tal punto y hora sabía era que,
el mártes de aquella semana, lo habia buscado un fondista de Málaga
para que condujese aquel voluminoso equipaje á la Ciudad de que va
hecha referencia: que el presunto indiano, feriante, contrabandista ó
salteador de caminos, llevaba ya entónces seis ú ocho dias de llamar
la atencion de los malagueños por su bizarro porte y raro y lujoso
traje: que el magnífico potro en que ahora viajaba era muy conocido
y envidiado en aquella poblacion, como de la propiedad del Marqués
de ***, al cual podia muy bien habérselo comprado el forastero: que
éste habia vivido allí en la mejor fonda, dándose muy buen trato;
pero sin que nadie hubiese ido á visitarle: que en el libro del
Establecimiento estaba inscrita su entrada bajo el nombre de _Manuel
Venegas_, y que «_D. Manuel_» le decian efectivamente el amo y los
mozos, por más que luégo se guiñaran, como dudando de que tal persona
pudiese llamarse de un modo tan cristiano; y, en fin, que durante
las tres jornadas y media que llevaban de camino, nadie habia dado
muestras de conocer al misterioso jóven, el cual era por otra parte
de tan pocas palabras y tan fresco y valiente para no contestar á
ciertas preguntas, que el arriero no habia podido sacar de él más luz
que muchos y buenos cigarros á todas horas, mucho arroz con pollos
en las posadas, y muchos vasos de vino ó de aguardiente en cuantas
ventas ó ventorrillos les salian al encuentro, cosas tanto más de
agradecer, cuanto que el generoso donador no fumaba, ni bebia, ni
apénas probaba bocado...
Réstanos hacer una advertencia; y es que, como el cruce de los
viajeros procedentes de la Capital y de la Ciudad no solia
verificarse (segun ya hemos dicho) hasta que unos y otros llegaban
á aquellas alturas de la Sierra, nuestro jóven y su especie de
espolique no habian tropezado todavía con nadie el referido sábado;
bien que ya comenzasen á oir á lo léjos el monótono cencerreo de una
recua, y algun que otro rasgo oratorio de arriero, de esos que hacen
á las bestias encoger el rabo y salir al trote...
III.
HABLA EL CORO.
No tardó en aparecer al opuesto confín del reducido paisaje la tribu
de jumentos anunciada por tan claros rumores, sobre la cual iban
procesionalmente todos los pasajeros que aquel dia habian tenido
precision de encaminarse de la Ciudad á la Capital; dado que entónces
era sábia costumbre no hacer este viaje sino formando grandes
caravanas, en evitacion de tropiezos con la partida de ladrones del
Tuerto B, del Chato X, del Manco H, ó de cualquier otro _lisiado por
la mano de Dios_,--que siempre fueron los cabecillas más célebres y
temidos.--Y, áun así, el encuentro solia tener lugar, con derrota
segura de los confederados viajeros.
Marchaba esta vez al frente de la comitiva una pareja de aceiteros
del Reino de Jaen, escoltada por muchos burros de vacío, sobre cuyas
albardas yacían exánimes los desocupados pellejos. Venían luégo otros
cuatro asnos de la misma recua, convertidos en cabalgaduras de dos
mujeres de fisonomía, edad y clase medianas y de dos hombres por el
mismo estilo, uno de ellos con gorra de cuartel, en que brillaba
la modesta insignia del Subteniente de ejército, y el otro con
medias negras de lana y todo el corte de sacristan ó de meritorio
del oficio.--Seguian unos cuantos mozalvetes (estudiantes, sin
duda, que regresaban á la Universidad despues de las vacaciones de
Semana-Santa), los cuales andaban á pié por su gusto y para enredar
más, pues allí tenian de sobra caballerías en que subirse; y cerraba
la procesion el jefe de los aceiteros, cuya ámplia faja debia de
contener el producto contante y sonante de la venta del aceite, dado
que montaba una mulilla muy vivaracha, como para volver grupas y
ponerse en salvo al primer barrunto de amigos de lo ajeno.--Las dos
señoras (que bien merecian este dictado por su gravedad olímpica)
iban en sendas jamugas, con sus correspondientes almohadas de
cama y la indispensable colcha de percal (para mayor decoro): el
subteniente, que era grueso, habia tenido que sentarse á mujeriegas
en el ancho y tosco aparejo de esparto, por miedo de abrirse hasta la
cintura yendo á horcajadas; y el sacristan, en virtud de igual temor,
aunque era de ménos carnes, habia optado por montar un borrico en
pelo, del cual ya se habia caido dos ó tres veces.
Debemos apresurarnos á advertir que ninguno de estos vulgarísimos
personajes tiene nada que ver con el presente drama, por más que
figuren en él un momento, como parte de la masa de gente anónima que
los trágicos griegos llamaron _Coro_ y que todavía manotea y canta en
nuestras óperas y zarzuelas.--Fíjese, pues, el lector en lo que esos
coristas hablen, sin parar mientes en sus insignificantes personas, y
se ahorrará muchos quebraderos de cabeza.
--¡Ya están ahí!--exclamó el sacristan, tirándose al suelo,
voluntariamente esta vez, al distinguir la nube de polvo en que venía
envuelto nuestro protagonista.
--¿Quién dice usted que viene, hombre de Dios?--preguntó el militar.
--¡Los ladrones!--¿No los está usted viendo? ¿No sabe usted que este
es el sitio clásico de los robos?
--¡Ladrones, doña Paz! ¡Oh ventura!... ¿No se lo dije á usted?--gritó
alegremente uno de los estudiantes, acercándose á la ménos fea de las
dos mujeres y poniéndose á bailar delante de su burro.
--¡Ladrones!--¡Jesus me valga!--¡Ave María Purísima!--¡San Antonio
bendito!--¡Qué va á ser de mí!--Pues, y ¿de mí?--Capitan... ¡no nos
abandone usted!...--chillaron alternativamente las dos hembras.
--¡No lloreis, oh viudas! ¡oh divinidades de barbecho! ¡oh Didos
abandonadas por dos crueles difuntos en lo más florido y hasta
granado de vuestra mayor edad! (añadió otro estudiante.)--¡Vosotras,
que tanto jugais en esta batalla, pedid á Dios lo que mejor os
convenga!--¡En cuanto á mí, soy tan desdichado, que ningun bien ni
mal pueden hacerme los ladrones!
--¡Mano á las escopetas!--decia entretanto el subteniente con voz de
mando, dirigiéndose á los aceiteros, que eran los únicos que llevaban
tales armas.
--¡Oh... no! ¡Más vale rendirse!... (gimió el sacristan.) La
resistencia equivale á una muerte segura...--¿No es verdad, señoras?
--Deténgase usted, comandante... (gritaron las dos viudas:)
¡Deténgase usted, y sea lo que Dios quiera!
--Señoras... ¡No hay cuidado!... (pronunció uno de los aceiteros
con cierta sorna.) Cuando salgan los ladrones, yo daré la voz de
rompan-filas.
--Pues ¿qué gente es aquella?--preguntó el ascendido subteniente.
--Allí no viene más... (replicó el trajinante) que un caballero,
mejor montado que nosotros, en compañía de un mozo á pié...--¡Me
parece que la partida no es para asustarse tanto!
--Pues ¿saben ustedes lo que digo? (exclamó otro escolar, mirando
de soslayo al guerrero de profesion.) ¡Que aquel caballero andante
es más valiente que todos nosotros juntos, supuesto que viaja ménos
acompañado!
--¡Oiga usted, jóven! (respondió el subteniente, que era catalan.) Si
yo no vengo solo, no es porque necesite el auxilio de botarates como
usted...
--¡Jesus, qué hombres! (clamó doña Paz, atravesando su burro entre
ambos contendientes.) ¡Siempre va una con ellos con el alma en un
hilo!
--¡No tiemble usted, doña Pacecita! (dijo el estudiante insultado,
abrazándose á las robustas piernas de la jamona.) Que yo, por evitar
á usted un disgusto, soy capaz de los mayores sacrificios de amor
propio...--Y ¡qué gorda está usted, y qué rica!...
--¡Insolente! (gritó la viuda, arreando su bestia, para librarse
del escolar.) ¡Si viviera mi Luis, no me veria en estos
lances!...--Espérese usted, doña Antonia...--¡Ay qué niños! ¡qué
niños!...
Á todo esto, el hombre á caballo se venía encima, y pronto se halló á
distancia de ser examinado minuciosamente por la gente de la recua;
con lo cual dió punto la centésima cuestion que llevaban armada aquel
dia los imberbes, empecatados estudiantes.
--¡Buen mozo es el viajero!--dijo doña Paz á doña Antonia.
--¡Demasiado!--murmuró ésta, que se habia puesto muy amarilla, y se
restregaba los ojos como no dando crédito á lo que veia...
--¡Hermoso caballo!--exclamaba por su parte el militar.
--Lo que trae ese hombre (observó un estudiante) es una vestimenta y
un sombrero de todos los demonios. ¡Parece un húngaro de los que van
á la Ciudad á remendar calderas!
--¡Silencio, imprudente! (repuso el militar:) ¿No ve usted que lo va
á oir?
En efecto: el gallardo jóven pasaba ya por en medio de la comitiva,
á la cual saludó gravemente, llevándose la mano al sombrero y sin
articular palabra.
--¡Buenas tardes!...--¡Á la paz de Dios!...--¡Vayan ustedes con
Dios!...--contestaron expresivamente los de la Ciudad, como muy
agradecidos á que aquel encuentro no les hubiese costado caro.
--¡Salud, Caballeros! ¡Vayan ustedes con la Vírgen!--respondió el
arriero de Málaga, quien, por lo visto, habia pasado tambien algun
miedo.
Entretanto, nuestro buen sacristan habia parado su burro, y estaba
con la boca abierta viendo alejarse al hombre misterioso...
Por último, se santiguó, metió los talones á su cabalgadura y se
incorporó á la caravana, lleno de espanto.
--Doña Paz... doña Paz... (dijo entónces;) ¿No ha conocido usted á
ese?
--Yo no... Pero doña Antonia debe de haberlo conocido, y de resultas
se ha puesto medio mala...--¿Quién es?
--¡Es el _Niño de la Bola_!
--¡Jesus! (exclamó doña Paz:) ¿Qué está usted diciendo?
--Lo que usted oye...
--Sí... sí... tiene usted razon...--Pero ¡qué cambiado está!
--Y ¿quién es el _Niño de la Bola_? (preguntó el subteniente:) ¿Algun
bandido?
--No, señor... Es algo peor que eso... ¡Es el demonio en persona,
aunque se haya criado en la Iglesia!...
--Explíquese, buen amigo...
--Midan ustedes sus palabras... (interrumpió doña Paz:) Doña Antonia
nos está oyendo, y don Bernardino sabe que es tia segunda de la
que...--En fin ¡el señor me entiende!...--Á mí no me gusta meterme en
asuntos ajenos...
--_El Niño de la Bola_ (prosiguió diciendo el sacristan) es el hombre
más valiente y más atroz que Dios ha criado...--¡Una fiera, señor!
¡Una fiera, en toda la extension de la palabra!
--Pero _¡voto va deu!_ (insistió el militar:) ¿Qué ferocidades ha
hecho ese hombre? Y, sobre todo, ¿cómo se le permite que ande suelto
por el mundo?
--Le diré á usted...--Todos creíamos que habia muerto...--Hace
ocho años que se marchó á las Indias, y yo no sé de dónde sale
ahora...--¡Buen jaleo se va á mover en la Ciudad en cuanto
llegue!...--¡Muchísimo me alegro de no encontrarme allí estos dias!
--Pero ¡señor Cura! ó ¡señor... vamos... lo que usted se
denomine!... (replicó el subteniente:) ¡acabe de reventar! ¿En qué
se le ha conocido hasta ahora á ese hombre que sea una fiera? ¿Ha
matado? ¿Ha robado? ¿Ha pegado fuego á alguna ciudad?
--No, señor... No ha hecho nada de eso; pero es porque no ha
querido...--¡Tiene las fuerzas de un Samson! ¡Bástele á usted saber
que él fué quien mató al oso que tantos estragos hacía en toda esta
Sierra en tiempos del Rey Absoluto!...
--Pues si mató al oso, dió muestras de ser un hombre de bien...
(repuso el catalan.) ¿Por qué compararlo entónces con el diablo?
--No niego yo que sea hombre de bien...--¡Lo que yo niego es que
sea hombre!... ¿Digo bien, doña Paz?--¡Y cuenta que yo lo conozco
como nadie, y hasta le he tenido cierto cariño; pues fuí sacristan
de la Parroquia que le sirvió de madre en su niñez...--Pero conozco
que es un leon, un tigre... una bestia feroz...--Y, si no, que
se lo pregunten á la _Dolorosa_, ó, mejor dicho, á la familia de
ésta!--¡Pobre Soledad! ¡Buenos ratos le aguardan ahora! ¡La mujer más
bonita del mundo!...
--D. Bernardino, ¡cállese usted por los clavos de Cristo!
(interrumpió de nuevo la viuda:) ¡Doña Antonia es tia de Soledad,
y nos está oyendo, más muerta que viva!...--Venga usted á
ayudarme á distraerla y consolarla, y despues, cuando pasemos
del _Ventorrillo_, donde ya se acaba todo miedo de ladrones, nos
adelantaremos un poco y charlaremos cuanto ustedes gusten.--¡Oh,
ya verá usted, señor teniente!... ¡D. Bernardino tiene razon! ¡En
la Ciudad van á suceder cosas tremendas con motivo de la vuelta de
este monstruo!...--¡Siento no estar allí para presenciarlas!--Porque
figúrese usted que el _Niño de la Bola_..., ó sea Manuel Venegas,
que tal es su verdadero nombre (pues su padre fué un caballero muy
principal, aunque muy raro, descendiente, segun dicen, de príncipes
moros, cuya pícara sangre se le conoce bien á este chico en medio de
sus buenos sentimientos), se empeñó en casarse..., quiero decir, se
enamoró perdidamente...
--Señora, ¡cállese usted por María Santísima! (interrumpió á su vez
D. Bernardino:) Doña Antonia no hace más que mirarnos, y la pobre
está que da lástima verla...
--Dice usted bien...--Voy á acompañarla... ¡Luégo se lo contaré yo
á usted todo, mi subteniente!...--Entretanto, Sr. D. Bernardino,
véngase á mi lado, no sea que vaya usted á aprovechar la ocasion para
destriparme el cuento...--¡Espérese usted, Antoñita!--¡Arre, Piñon!
No creemos que el lector tenga empeño alguno en oir de labios de
doña Paz la historia de los primeros veinte años del _Niño de la
Bola_, relatada en el embrollado estilo de que la impetuosa viuda
acaba de darnos elocuente muestra... Preferimos, pues, narrarla por
nosotros mismos, con referencia á todos los datos que poseia el
público, despues de lo cual correremos en seguimiento de nuestro
héroe, á fin de acompañarlo en el remate de su jornada y llegar con
él á la famosa ciudad que fué su cuna, donde iba á desenlazarse el
perpétuo drama de su vida...
Conque digamos _adios_ al subteniente, al sacristan, á las viudas, á
los estudiantes y á los aceiteros, de ninguno de los cuales hemos de
volver á tener noticias... hasta que nos los encontremos el Dia del
Juicio en el famoso Valle de Josaphat.
LIBRO II.
ANTECEDENTES.
I.
LA MOSCA Y LA ARAÑA.
El memorable año de 1808 vivia en la Ciudad cierto cumplido
caballero, huérfano, célibe, y de unos cinco lustros de edad, llamado
D. Rodrigo Venegas, que se jactaba de proceder de aquel Reduan del
mismo apellido, príncipe moro con vetas de cristiano, cuyo nacimiento
se debió, segun ya sabreis, al dramático enlace de un vástago de
la casa señorial de Luque con la hermosísima Princesa Cetimerien,
descendiente del Profeta Mahoma...
Como quiera que fuese, nuestro D. Rodrigo habia heredado de sus
padres mucha hacienda y un viejísimo y destartalado caseron, con
honores de palacio, en cuya fachada se veian los ambiguos escudos de
armas de tan esclarecida familia, pregonando antiguas hazañas que ya
no iban teniendo imitadores en tierra española...; y, por resultas de
todo ello, el buen hijodalgo, hombre de entero corazon y encumbradas
ideas, se consumia en aquel decaido y sedentario pueblo, no sabiendo
qué hacerse de sus rentas ni de su sangre, ansiosas de correr en
empeños nobles y generosos.
Imaginaos, pues, el efecto que le produciria la súbita explosion de
la Guerra de la Independencia. Español al fin, aunque en realidad
descendiese de españoles no bautizados, empuñó seguidamente las
armas contra el frances; empero, como no era hombre de contentarse
con hacer lo que cualquiera otro, llegó en su patriotismo hasta
equipar, armar y mantener á sus expensas, durante cuatro años, una
Partida de voluntarios de caballería, al frente de los cuales se
cubrió de gloria en muchas y muy célebres batallas. Consecuencia de
tan relevante conducta fué que, cuando, despues de la victoria de
los Arapiles y entrada de nuestros Ejércitos en Madrid, D. Rodrigo
regresó á la Ciudad, á curarse su quinta herida, y sin haber querido
admitir recompensa alguna del Gobierno de la Nacion, encontróse
vacíos sus graneros, muertos sus ganados, sus tierras sin arar desde
1809, y talados ó arrancados de cuajo sus olivares y viñas por los
vengativos soldados de Sebastiani.--Ni paraban aquí los menoscabos
de su hacienda: hallóse tambien entrampado en la respetable suma de
cuatro mil duros con el más rico y feroz usurero de la Ciudad (á
quien habia tenido que ir pidiendo dinero desde Bailén, desde Ocaña y
desde Talavera, para sostener la benemérita Partida), y en nada ménos
que otros diez mil duros que importaban los réditos, y los réditos
de los réditos, de aquella cantidad, segun la socorrida cuenta del
_interes compuesto_...
Todo lo llevó con paciencia, y hasta con alegría y orgullo, el
magnánimo D. Rodrigo, como habia llevado los dos balazos y las tres
cuchilladas que recibiera en defensa del suelo patrio; pero no se
conformaron del propio modo algunas personas de su posicion, amigas
suyas y conocidas del prestamista, las cuales, por oficiosidad
espontánea, pidieron á éste que rebajase algo de tan crecidos réditos
«en atencion al noble destino que el bizarro Venegas habia dado al
capital.»
Era el prestamista uno de aquellos hombres sin entrañas que yo
no sé para qué quieren vivir ni ser ricos: no hubo, pues, manera
humana de hacerle bajar un maravedí de tan exorbitante usura, ni de
que comprendiese cuán merecedor era D. Rodrigo de especialísimas
consideraciones.--El interpelado (que se llamaba D. Elías, y á quien
el vulgo llamaba _Caifás_) contestó que él no entendia de patria,
sino de números, y que no reclamaba ni un ochavo más de lo que le
debia el gastoso caballero, segun documentos que conservaba como
oro en paño; sin que valiera decir que, al firmarlos, no habia
graduado su deudor á cuánto ascenderian, caso de morosidad, los
intereses de los réditos caidos; pues todo aquello era el a b c de
los negocios comerciales...--Resultado: que D. Rodrigo Venegas tuvo
que renovar por diez años los pagarés de dichos cuatro mil duros,
con aquella acumulacion de diez mil (total, catorce), y con la de
otros seis mil que nadie más que D. Elías se atrevió á prestarle
para repoblar olivares y viñas (total, veinte), y con la de otros
cinco mil, por réditos de los veinte _en el primer año_ (total,
veinticinco)...--¡Veinticinco mil duros justos y cabales, cuando, en
efectividad, sólo habia percibido diez mil!
Mucho se afanó el hijodalgo, desde 1813 hasta 1823, por ver si podia
ir amortizando esta deuda ó pagar cuando ménos sus réditos anuales,
en evitacion de nuevos estragos del _interes compuesto_; y, la
verdad sea dicha, algunos años logró ahorrar de sus rentas diez ó
doce mil reales, que entregó religiosamente al usurero (aunque éste
nada le reclamaba nunca); pero al año siguiente no le pagaban á él
sus labradores ó le pagaban una miseria, por causa de esterilidad,
pedrisco, langosta ó cualquiera otra plaga, muchas veces fingida, y,
en lugar de dar dinero á su acreedor, tenía D. Rodrigo que pedirle
nuevas cantidades «para ir saliendo hasta la nueva cosecha»; todo
ello bajo condiciones adecuadas á la gravedad y urgencia de cada
apuro; esto es, más onerosas y aflictivas cuanto más apremiante y
angustioso era el caso...
Lo único que ni por soñacion intentó Venegas en todo aquel tiempo
fué trabajar, comerciar, crear industrias, montar fábricas,
ingeniárselas, en fin, de cualquier modo para ganar dinero por sí
mismo...; y ¡ay de él, ay de su nombre, ay de su honra, si tal camino
hubiese tomado!--Dígolo, porque semejantes _oficios ó trapicheos_
(textual) eran entónces, y han seguido siendo hasta hace pocos años,
tareas impropias de caballeros andaluces,--nacidos, á lo que se veia,
para recordar paseándose las glorias y trabajos de sus mayores, para
gastar alegremente y muy de prisa todo lo que éstos agenciaron, y
morirse luégo de hambre en el último rincon de la ya subastada casa
solariega, sin más testigos de su agonía que tal ó cual antiquísimo,
desvencijado mueble, de esos que hoy buscan á peso de oro los
magnates de nuevo cuño, y que en aquella época desdeñaban hasta los
defraudados usureros.
Tan cierto es lo que acabamos de apuntar (bien que sin entera
aplicacion á nuestro D. Rodrigo, de quien ya sabemos que algo noble
y grande habia hecho en este mundo), que todavía ayer de mañana,
como suele decirse, eran forasteros, procedentes de Santander, de
Galicia, de Cataluña ó de la Rioja, todos los dignos comerciantes é
industriales de las poblaciones de Andalucía, inclusas las Capitales
y las aldeas.--El mismo viejo usurero á quien llamaban _Caifás_ en
la Ciudad referida (como dando á entender que quien entraba media
vez en su casa, podia estar seguro de ser crucificado), era natural
de la Rioja, y habia ido allí á vender, _por cuenta ajena_, paños de
Ezcaray y de Pradoluengo, componiéndoselas con tal arte, que á los
dos años abria, _por cuenta propia_, un gran almacen de toda clase
de géneros; á los cuatro, se le adjudicaban fincas de caballeros
malos-pagadores; á los seis, edificaba una hermosa casa, aislada como
un castillo, y traspasaba el almacen á otro riojano, para dedicarse
él por completo á la usura, y á los veinte era dueño de la mitad de
las tierras ganadas á los moros por los llamados «primeros pobladores
de la Ciudad» y repartidas á éstos por los Reyes Católicos.
Volviendo á D. Rodrigo (lo cual no es apartarnos mucho de D. Elías,
en cuyas garras lo hemos dejado), diremos que, durante los diez
años transcurridos desde que volvió de la guerra hasta aquel en
que vencian sus ruinosas obligaciones usurarias, habíase casado,
por caridad más que por amor, con una huérfana de familia muy
distinguida, pero muy pobre; habia tenido en ella un hijo; habia
enviudado poco despues, cuando ya era amor la compasion que le movió
á casarse; y, en uno y en otro estado, por consejo de su prudente
esposa, habia ido desprendiéndose de su antiguo lujo, ora vendiendo
caballos, alhajas, ricos muebles, preciadas ropas y mucha plata
labrada, ora despidiendo servidores y reduciendo sus gastos á la
mayor estrechez compatible con el decoro de su clase,--entre la cual,
como en todo el pueblo (dicho sea sin ofender á nadie), era más
querido y respetado segun que se iba quedando más pobre...
En equivalencia, la aversion general que siempre habia inspirado D.
Elías (como todos los que trafican y medran con el dolor ajeno),
convertida en odio y escándalo cuando reclamó á D. Rodrigo los diez
mil duros de gabela, rayaba en 1823 en horror y persecucion, por el
presentimiento que se tenía de que aquella deuda inextinguible,
especie de cáncer que fomentaba cruelmente el prestamista, estaba á
punto de tragarse, si ya no se habia tragado, todo el pingüe caudal
de los Venegas.--Vivia, pues, encerrado en su casa el rico avariento,
sin atreverse á salir ni áun á misa, por miedo á los desaires de toda
clase de personas, y especialmente á los insultos de la gente soez y
de los chicos, que le decian _Caifás_ en su propia cara; y pasábase
allí meses y meses, detestando y gruñendo á la buena mujer, antigua
criada suya, con quien estaba casado, y acariciando y cubriendo de
perlas y de brillantes á una preciosa hija (ya de ocho años) que
habia tenido á la vejez, y á la cual adoraba con sus cinco sentidos y
tres potencias, ó sea con lo que en otros hombres se llama _alma_.
Así las cosas, y cuando de la última liquidacion resultaba que D.
Rodrigo era en deber á D. Elías (no exageramos: podeis echar la
cuenta) ciento cuarenta y siete mil doscientos nueve duros (tres
millones de reales mal contados); cuando el infeliz caballero no
hacía más que calcular que todos sus cortijos, viñas y olivares, y el
mismo antiguo caseron, vendidos en pública subasta, y bien pagados,
no producirian ni con mucho aquella cantidad; cuando, sufrido y
animoso como siempre, y atento al porvenir de su hijo, pensaba (¡á la
edad de cuarenta y un años!) en pedir una charretera de alférez, por
cuenta de sus servicios en la Guerra de la Independencia, y lanzarse
á pelear contra aquellos otros franceses que á la sazon profanaban el
suelo de la Patria, aconteció que un dia amaneció ardiendo por los
cuatro costados la solitaria casa del usurero.
Trabajo le costó á éste escapar de las llamas, llevando en brazos á
su medio asfixiada hija y seguido de su horrorizada mujer, sin que le
hubiera sido posible poner ántes en salvo ni muebles, ni ropas, ni
alhajas, ni el dinero contante, ni tan siquiera los preciosos papeles
que representaban sus grandes créditos contra D. Rodrigo y otras
varias personas...--Y lo peor del lance era que aquel incendio no
podia considerarse casual, ni lo pareció á nadie; que, sin embargo,
el pueblo entero lo veia con mucho gusto ó con glacial indiferencia;
que los gremios de albañiles y carpinteros (allí no ha habido nunca
bomberos ni bombas) hacian muy poco por tratar de apagarlo, á pesar
de las excitaciones de la Autoridad, y que el iracundo D. Elías,
refugiado en casa del Alcalde, proclamaba á gritos que todo aquello
era «_obra de sus poderosos deudores, para que se quemaran los
recibos y vales de lo que le debian..._»
Tan graves sucesos y acusadoras especies despertaron aquella
mañana de su tranquilo sueño al noble y valeroso Venegas, el cual,
no diremos que sin encomendarse á Dios ni al diablo; pero sí que
dejándose llevar más de sus generosos arranques que de miedo á la vil
calumnia, corrió á la casa incendiada; arengó á algunos albañiles;
metióse entre el humo y el fuego; trepó al piso principal por una
escalera de mano; llegó al despacho de D. Elías, que era una de las
habitaciones más amenazadas; penetró en ella, contra el consejo de
los mismos operarios que le habian ayudado á derribar la puerta;
cogió una papelera antigua, donde muchas veces habia visto al usurero
meter vales y recibos, y la arrojó por la ventana á la calle...--Poco
despues, salia tambien Venegas de aquel volcan, entre los aplausos
de la multitud, llenas de horribles quemaduras la cara y las manos
y despidiendo humo sus destrozadas ropas...--No se dejó, empero,
curar, sino que inmediatamente registró la papelera, que se habia
hecho pedazos al caer; apoderóse de todos los documentos suyos que
contenia, y encaminóse con ellos á casa del Alcalde, adonde llegó
casi ya sin aliento...
--Tome usted, Sr. D. Elías... (dijo á su abominable acreedor,--que
se habia espantado al verle llegar de aquel modo, creyendo que
iba á matarlo:)--Tome usted... Aquí están todos mis vales y
recibos...--Puede usted disponer de mi caudal...
Y, pronunciadas estas palabras, cayó redondo en tierra, con la
terrible convulsion llamada _tétanos_.
Pocas horas despues era cadáver.
II.
FINIQUITO.
No necesitamos describir, por ser cosa que se adivinará fácilmente,
el profundísimo dolor, mezclado de admiracion y entusiasmo, que
produjo en toda la Ciudad y pueblos limítrofes la muerte del buen
caballero, ni tampoco el magnífico entierro que _le costearon_ sus
iguales, dado que en él hubiese algo que _costear_, que no lo hubo,
á Dios gracias, pues hasta la música de la Capilla de la Catedral
asistió de balde, y el cerero no quiso cobrar la merma, y todas las
Parroquias concurrieron _grátis_ y espontáneamente á compartir con
la del difunto el señalado honor de dar tierra y descanso á aquellos
gloriosísimos restos...--Diremos tan sólo, para que se vea hasta
dónde llegó el delirio público, que la tarde de la fúnebre ceremonia
(á la cual no asistió el usurero) no le cabia á nadie duda de que
el mismo _Caifás_, en premio de la sublime accion de D. Rodrigo,
se contentaria con reintegrarse de los diez ó doce mil duros que
efectivamente le habia prestado y con una ganancia regular y módica,
dejando el resto de los bienes para el pobre huérfano, de edad de
diez años, que se quedaba solo en el mundo, sin más amparo que la
misericordia de los buenos...
Pronto salieron de su error aquellos ilusos. Don Elías no aguardó
siquiera á que acabase de humear el incendio de su casa (donde, dicho
sea entre nosotros, habia perdido únicamente el valor del edificio y
seis ú ocho mil duros en ropas y muebles, en las alhajas de su hija
y en un poco dinero contante y sonante), sino que, el mismo dia del
entierro del caballero, presentó al juzgado los vales y recibos de
éste, reclamando la _totalidad del adeudo_, ó sea tres millones de
reales en números redondos.
Gran repugnancia costó al Juez declarar legítima aquella peticion;
pero el usurero tenía tan bien atados los cabos, y el noble deudor
se habia dejado ligar tan estrechamente, que fué indispensable sacar
á pública subasta todos los bienes del caballero...--Ni faltaron
entónces, de parte de otros hijosdalgo y personas acomodadas,
buenos propósitos, y juntas, y discursos, y hasta votaciones, en
que se reconoció por unanimidad la conveniencia de presentarse á
la licitacion, y pujar las fincas hasta las nubes, cargando en
mancomun con el perjuicio que resultare; todo ello á fin de reunir
decorosamente un pedazo de pan al hijo de Venegas...--Mas ya se sabe
lo que suele ocurrir en estas cosas. Hablóse tanto, que del hablar
resultaron querellas personales entre los presuntos bienhechores,
sobre quién estaba dispuesto á hacer más sacrificios, y sobre los
móviles secretos de cada uno, y sobre lo que sucedió cierta vez en
un caso análogo, y sobre las ideas y actos políticos de D. Rodrigo
en aquella tormentosa época; y, con esto, hubo tales disgustos, que
se retrajeron de asistir á las juntas muchas personas que tambien
debian grandes cantidades á _Caifás_, y pasaron dias, y llegó el
marcado por los edictos, y, como aquellos señores no habian llegado á
un acuerdo, la subasta resultó desierta.--Rematáronse, pues, á favor
del prestamista, por ministerio de la Ley y con gran sentimiento del
público, las viñas, los olivares, los cortijos, la casa, los muebles,
las ropas y hasta la espada del benemérito patricio, en la cantidad
de cien mil y pico de duros...
--¡Pierdo un millon! (dijo el terrible anciano, al firmar la
diligencia de remate.) Pero ¡qué remedio!... Los bienes del maniroto
y despilfarrado Venegas no valen ni un ochavo más...
--¡No pierde usted nada, sino que gana cerca de dos millones!...
(le respondió severamente una persona de la curia.) ¡Verdad es que,
en cambio, y segun espera todo el mundo, regalará usted una buena
cantidad al inocente huérfano; se hará cargo de su educacion; cuidará
de su porvenir!...
--¿Yo?--¿Cuidar?--¿Qué está usted diciendo?--¡Harto hago en cuidar á
mi hija!--Por lo que toca á regalos de _buenas cantidades_, ¡ya los
harán _el dia del juicio_ los admiradores del difunto héroe!--¡Es muy
fácil recetar por cuenta ajena!
--Pero considere usted que ese muchacho se queda pidiendo limosna...
--Á su edad la pedia yo tambien...--replicó el usurero, volviendo la
espalda.
La indignacion general contra D. Elías llegó al último límite
segun que fueron sabiéndose todos estos pormenores, y gracias á
que el astuto riojano, cuya casa habia quedado reducida á cenizas,
continuaba viviendo en la del Alcalde; que, de no ser así, lo
hubiera pasado muy mal. Sin embargo, como en el mundo no hay nada
más valiente que un usurero apoyado en la Ley (de donde todos los
judíos son tan amantes y conocedores de ella), y como, por otro lado,
nuestro buen _Caifás_ no era cobarde de nacimiento, sino prudente
conservador de sus millones y del infinito placer de aumentarlos,
resolvió mudarse inmediatamente al caseron solariego de los Venegas,
que ya le pertenecia; y, para ello, dispuso hacer en él una poca
obra, reducida á fortificarlo bien y á proveerlo de muchos cerrojos,
llaves y trancas.
Algo se habló tambien con este motivo sobre juntas y conciertos de
los operarios para no trabajar en los reparos de aquella venerable
mansion; pero D. Elías, que lo supo, anunció que pagaria los jornales
con algun aumento, en atencion á la carestía del pan; por cuyo
sencillo medio halló de sobra quien le sirviera, y pudo trasladarse
muy pronto á su nueva casa, con su mujer y con su hija, aprovechando
al efecto cierta noche que llovia á cántaros y en que no andaba por
la ciudad persona humana...
Una vez dentro del antiguo palacio, y atrancado que hubo las puertas,
respiró con satisfaccion, como quien no pensaba volver á salir á la
calle en otros cuatro ó cinco años, y dijo á su mujer:
--Mañana mismo escribiré á mi banquero de la Capital para que le
envie á _la niña_ cinco mil duros de ropas, alhajas y juguetes.--Tú y
yo nos arreglaremos de cualquier modo.
Y dió una docena de besos á su hija, y se acostó en la cama que
habia sido de D. Rodrigo y cuyos aplastados colchones conservaban
todavía la huella del peso de su cadáver.
La mujer del avaro no quiso ocupar en aquel lecho dos veces fúnebre
el sitio de la que fué años ántes felicísima esposa del pundonoroso
caballero, y, pretextando tener que trabajar mucho, se pasó la noche
dando cabezadas en una silla.
En fin..., _Soledad_, la niña mimada, la hija querida de _Caifás_,
durmió en la cama que habia pertenecido al desahuciado hijo de
Venegas.
¿Qué habia sido entretanto del pobre huérfano, del desheredado de
diez años, del niño en cuyo lujoso catre soñaba con los prometidos
juguetes la millonaria de ocho abriles?
Aquí es donde verdaderamente principia nuestra historia.
III.
DE CÓMO UN NIÑO DEJÓ DE SERLO.
_Manuel_, que así se llamaba el huérfano, era, la funesta mañana
en que su padre lo dejó dormido para ir á lanzarse al fuego que
devoraba la casa de D. Elías, un gentilísimo muchacho, blanco y
sonrosado como el más vistoso amanecer, y alegre y retozon como una
fierecilla descuidada.--Criábalo D. Rodrigo con el mayor esmero, no
cifrado todavía en enseñarle nada literario, ni tan siquiera á leer
y á escribir, de lo cual decia que siempre habria tiempo, sino en
fortalecer y avalorar su ya robusta naturaleza física, sujetándolo
á rudos ejercicios de agilidad y fuerza, aleccionándolo en la
equitacion y en la natacion, obligándolo á andar largas jornadas en
interminables cacerías y explicándole de paso los misterios de la
Sierra, la botánica de los montesinos, la medicina de los cortijeros,
la astronomía de los pastores, las costumbres de todos los animales,
la manera de luchar con ellos y matarlos, ó de cogerlos vivos y
reducirlos á su obediencia, y otros muchos secretos de la vida
agreste y montaraz; de donde resultaba que siempre estaban juntos
padre é hijo, y que se querian y trataban, más que como lo que eran,
como dos hermanos, como dos camaradas, como dos compadres.
Nada sabía el halagado pequeñuelo de la total ruina de su casa ni
de las consiguientes zozobras de D. Rodrigo (quien, como se ve,
lo criaba para pobre, presintiendo que llegaria á serlo); y, por
lo tanto, su niñez se deslizaba tranquila, dichosa, placentera,
hasta donde es posible en quien no ha conocido madre, cuando
vinieron en monton y de golpe sobre su frente todos los infortunios
humanos...--En un mismo dia... ¡en el espacio de pocas horas!..., vió
que traian de la calle, abrasado y sin conocimiento, al ídolo, al
señor, al compañero y único amigo de su vida; presenció su espantosa
muerte, sin recibir ni una mirada de sus inmóviles ojos ni un consejo
ni un ósculo de sus convulsos labios; se enteró de que existia
_Caifás_ y de la terrible tragedia del incendio, así como de su
espantoso orígen; supo que era tan pobre como los mendigos descalzos
que piden limosna de puerta en puerta; comprendió que tenía que
despedirse para siempre de aquellas paredes y de cuanto encerraban,
inclusos los objetos que más le hubieran recordado al autor de sus
dias; contempló, cual si soñase, á todos los vecinos de la Ciudad,
constituidos en su casa, alrededor del cadáver de don Rodrigo,
guardándolo como si fuera suyo, hasta que finalmente lo alzaron en
hombros y se lo llevaron..., no sin darle ántes á él muchos besos y
decirle muchas cosas, que no le supieron á nada..., y quedóse allí
abandonado, silencioso, estúpido, sentado en un rincon de la cámara
mortuoria, en la actitud de quien no espera ni tiene para qué esperar
á nadie...