intensa contemplación. ¿Qué pasó por su mente en aquellos instantes?
Muchos y graves pensamientos sin duda. Lo cierto es que tomando al cabo
una resolución avanzó hasta la puerta, que se hallaba entornada, la
abrió y penetró en la iglesia. Con inefable sentimiento de alegría
advirtió que aquella temerosa mano que en las dos ocasiones anteriores
le había expulsado del templo no vino ahora a apoyarse sobre su pecho.
Avanzó con decisión. La iglesita, completamente solitaria, inspiraba
dulce y melancólico recogimiento; el silencio era absoluto; la luz,
cernida por los cristales polvorientos de altos ventanos, esfumaba todos
los objetos; allá en el fondo una lámpara de metal colgada con cadena
del techo ardía delante del altar mayor esparciendo tenue claridad en
torno.
Natalia tardó algún tiempo en ver claro. Al fin, a su derecha percibió
un altarcito, se acercó y vió sobre él la imagen de San José. Era su
santo más venerado, el santo que en más de un instante aciago la había
salvado de la desesperación. Se dejó caer de rodillas ante aquella
bendita imagen y plegando las manos le dirigió una ferviente oración.
Mas ¡oh prodigio! al alzar sus ojos a la imagen vió con horror que los
de ésta se cerraban. Se puso en pie vivamente, la miró con ansiosa
atención: los ojos de la imagen continuaron cerrados. Un escalofrío
corrió por su cuerpo; toda su sangre fluyó al corazón. Miró en torno
suyo con espanto y percibiendo a su izquierda un gran crucifijo
ensangrentado se fué a postrar delante de él. Cristo crucificado cerró
también los ojos.
Una angustia indescriptible se apoderó de ella; pensó que en aquel
momento iba a expirar. Se puso en pie de nuevo; se ahogaba; quiso salir
del templo. Sus ojos aterrados tropezaron al fin con la imagen de la
Virgen sobre otro altar humilde. La Madre de Dios extendía sus brazos
representando la ternura y el perdón. Corrió hacia ella y postrándose
profirió acongojada: «¡Madre mía, sálvame!»
La Virgen sagrada cerró los ojos. Natalia dejó escapar un grito de
espanto; se lanzó a la puerta como una loca. Luego se dió a correr por
los campos en furiosa carrera. Cuando llegó a casa cayó rendida sobre su
lecho y fué acometida de una violenta fiebre. Las fatales Euménides que
habían perdido su pista, volvieron a encontrarla aquella noche. Con los
ojos inyectados de sangre, la cabeza erizada de serpientes y las manos
armadas de látigos hicieron irrupción en la región montañosa y de nuevo
volvieron a torturar a su desgraciada víctima.
--Señorita, he enviado a un chico a llamar al médico. Pero es necesario
avisar también al señorito--le dijo su doncella a la mañana siguiente.
--No te apures, Elvira. Estoy mejor. El señorito debe de llegar dentro
de pocos días y sería proporcionarle un disgusto inútilmente.
El médico de R... no dió importancia a aquella fiebre producida según él
por la fatiga; recetó un calmante y la ordenó permanecer en la cama.
En efecto, la fiebre desapareció; pero Natalia quedó en un estado de
languidez alarmante. Se levantó de la cama a los dos días, deshecha como
si hubiera permanecido quince; perdió el apetito; no quiso salir de
casa; pasaba las horas reclinada en una butaca, con los ojos muy
abiertos en un estado de estupor del cual apenas lograban arrancarla
momentáneamente las gracias infantiles de su hija.
Una tarde se hallaba de este modo reclinada e inmóvil emboscada en sus
meditaciones ansiosas. Acababa de mirarse al espejo y se decía con
mortal tristeza: «¡Dios mío, qué cambiada estoy! ¡Pobre Sixto, qué
disgusto va a recibir cuando llegue!» Sentía más el dolor de aquel sér
tan querido que el suyo propio.
De pronto llegaron a sus oídos los sonidos de un violín. Su cuerpo se
estremeció como si una intensa corriente eléctrica le hubiese
atravesado; quedó rígida como un cadáver; se alzó después, y lívida,
desencajada, marchó tambaleándose hasta el balcón y lo abrió. Un ciego
tocaba el violín allá abajo en la carretera rodeado de chiquillos. Una
voz cantó:
Mal haya la ribera del Yumurí.
Natalia cayó al suelo privada de conocimiento. Su doncella, que se
hallaba en la habitación contigua, sintió el golpe, entró
apresuradamente en la estancia, la alzó del suelo, llamó en su auxilio a
la casera y entre las dos lograron que recobrase el sentido. Lo primero
que hizo fué lanzarse de nuevo al balcón. En la carretera ya no había
nadie. Elvira pensó que aquel movimiento extraño obedecía aún al
extravío; hizo lo posible por calmarla; trató de desnudarla para que se
metiese en la cama, pero Natalia rehusó obstinadamente.
--Gracias a Dios que mañana llega el señorito, si no ahora mismo iba a
R... a ponerle un telegrama.
Al fin no tuvo más remedio que acostarse: una fiebre altísima se declaró
de nuevo. La doncella ordenó al colono que montase a caballo
inmediatamente y fuese a buscar al médico.
--El médico, no; un sacerdote--profirió ansiosamente Natalia al escuchar
la orden.
--¡Señorita!
--¡Un sacerdote!--repitió con energía la enferma.
--Pues que vengan los dos.
En efecto, poco más de una hora después llegaron en el carricoche del
médico, éste y el párroco de R...
El médico no pudo nada. El sacerdote lo pudo todo. Después de una larga
y fervorosa confesión, Natalia quedó tranquila, aunque en un estado de
postración de mal agüero.
Moro debía llegar por la mañana. Fueron a esperarle a la estación el
colono del marqués y un labrador vecino, los cuales le enteraron del
estado de la señorita, aunque procurando atenuarlo ¡Qué golpe para el
desgraciado! Montó tembloroso en el coche que le esperaba y en pocos
minutos llegaron a la aldea. Entró pálido como un muerto en la
habitación. Natalia le sonrió dulcemente.
--No te asustes. Esto no será nada.
Sin embargo, cuando quedaron solos le dijo besándole las manos:
--¡Me muero, Sixto; no hay remedio para mí!
Y le narró los fatales incidentes que habían provocado aquella terrible
crisis. Moro quedó anonadado. Hizo telegrafiar a Santander para que de
allí viniesen los dos mejores médicos. Llegaron éstos por la tarde, pero
no lograron que la enferma reaccionase favorablemente. Se fué
extinguiendo sin sacudidas, dulcemente, como una luz que se apaga.
Al amanecer llamó con voz débil a Sixto, que toda la noche la había
velado.
--¡Adiós, Sixto mío!--le dijo tomándole una mano--. Después de muerta no
me dejes aquí... Llévame a Madrid, donde puedas ir a visitarme y dejarme
algunas flores de vez en cuando... Te entrego a mi hija... vela por
ella. Si la das otra madre, cuida de que sea buena para ella. Que Dios
te haga feliz como tú me has hecho... ¡Nadie, nadie te querrá como te ha
querido Natalia!
Pocos minutos después expiraba aquella criatura tan noble y hermosa como
desgraciada. Moro se abrazó estrechamente a sus restos inanimados y así
estuvo largo tiempo hasta que él mismo cayó medio muerto al suelo.
--Se puede morir de remordimiento en este mundo--me decía algún tiempo
después en Madrid--; pero no se muere de pena. Natalia ha sido un
ejemplo de lo primero y yo de lo segundo.
XII
ISLA DE REPOSO
Seis años más.
Las horas fugaces batiendo sus alas sobre la frente de mis amigos Sixto
Moro y Pérez de Vargas habían dejado ya caer algunos leves copos de
nieve. Yo mismo encontraba cada pocos días una nueva hebra de plata en
mi cabellera lacia.
¡Dejadme de periodismo! Hacía ya tiempo que había escapado de esta sima
donde se hunden y desaparecen los talentos más claros y las más nobles
intenciones. Y sin embargo, no me pesa de haberle consagrado una parte
considerable de mi vida. Los grandes escritores pueden ufanarse de
atravesar montados en el corcel de su gloria las fronteras de la
inmortalidad; pero el oscuro soldado debe morir satisfecho sobre el
campo de batalla porque ha luchado para ennoblecer el alma de su patria.
¡Tejed coronas para esos pobres héroes anónimos de la literatura y
reservad una hojita de laurel para mí, que he escrito muchos artículos
combatiendo al ministerio!
Vivía la mayor parte del tiempo en mi pueblo, pero pasaba largas
temporadas en Madrid. Durante ellas frecuentaba el trato de Moro y Pérez
de Vargas, que no cesaban de darme pruebas de cariñosa amistad. La que a
ellos les ligaba entre sí se había ido estrechando más y más en los
últimos años, no sólo por la simpatía personal y la afinidad de ideas,
sino por otra causa aún más eficaz. La hermosa señora de Pérez de Vargas
se había encariñado tanto con la chiquita Natalia, que ésta vivía más
tiempo en el palacio de aquél que en su propia casa. Me sentía
hondamente impresionado al ver con qué ternura atenta trataban a la
pobre huerfanita. No había en Madrid golosinas bastante delicadas para
regalarla, ni juguetes costosos para divertirla. Si su desgraciada madre
podía contemplarla desde el cielo, bien satisfecha estaría de aquellos
nuevos amigos.
Estos amigos, espléndidos y caritativos, después de haber erigido
escuelas y remediado muchas necesidades, acababan de alzar en una de las
playas de Levante un Sanatorio de niños, tan completo y suntuoso, que
ningún otro existía en España que pudiera comparársele. La señora, para
dar aún más firme testimonio del afecto que profesaba a la hija de Moro,
quiso que llevase el nombre de Natalia. Faltaba muy poco para quedar
terminado. Comenzaba a hablarse de la inauguración y se hacían
preparativos. Los fundadores querían que fuese solemne y tenían
intención de llevar a varios significados amigos de Madrid.
En esta ocasión recibí una carta que me causó sorpresa y placer al mismo
tiempo. Era de Bruno Mezquita, aquel estudiante andaluz magnetizador que
había vivido conmigo en la famosa casa de huéspedes de la calle de
Carretas. Ninguna noticia directa había tenido de él hasta entonces.
Sólo sabía por vagas referencias que era médico en uno de los pueblos de
la provincia de Sevilla. El objeto de esta carta era solicitar mi
influencia con el Conde del Malojal para que éste le nombrase director
facultativo del Sanatorio que estaba construyendo en la provincia de
Alicante. Deseaba salir del pueblo, donde hacía años ejercía su
profesión, no solamente porque sus ganancias eran cortas, sino
principalmente por ciertos desabrimientos que había tenido con algunos
próceres de la comarca.
Como debe inferirse, le recomendé con mucha eficacia. Pude obtener que
Pérez de Vargas se informase de su competencia por medio de sus
compañeros de profesión. Estos informes resultaron muy satisfactorios y,
por consiguiente pude darme el gusto de ofrecer a mi antiguo compañero
la ambicionada plaza.
Una cosa me había llamado la atención en su carta, y es que al final me
decía: «Mi mujer te envía muy afectuosos recuerdos.» Yo no conocía a su
mujer. No pude menos de sonreír. ¡La exageración andaluza!
Transcurrieron algunos meses, y quedó fijado el día de la inauguración.
Algunos antes fuí con el secretario de Pérez de Vargas al Sanatorio para
arreglar ciertos extremos, avistarme con Mezquita y disponer los
preparativos necesarios para recibir a las personas de calidad que
habían de ir desde Madrid. Llegamos a Alicante y allí tuve el más famoso
encuentro que cualquiera puede imaginarse.
Me hallaba solo en la habitación del hotel donde alojábamos cuando
acerté a escuchar viva disputa en la contigua.
--Le digo a usted que es verdaderamente escandaloso hacerme pagar tres
pesetas cincuenta céntimos por siete tazas de café cuando en todos los
establecimientos de Alicante cuestan un real la taza y en Madrid mismo
cuarenta céntimos.
Lo que respondía a esta alocución la persona a quien se dirigía no pude
oírlo porque hablaba quedo; pero la voz irritada replicó:
--¡Sí, sí, ya conozco esos reglamentos! El primer artículo del
reglamento de estas casas es dejar pelados a los viajeros... Y vamos a
ver, ¿por qué no me descuenta en la nota el almuerzo de anteayer que no
he hecho en el hotel?
Murmullo indescifrable por parte del otro interlocutor.
--Ya sé que se trata de una pensión, pero podía usted guardarme algunas
consideraciones, y, puesto que me cobra usted el almuerzo, rebajarme la
botella de agua de Mondariz que he pedido ayer.
Otro murmullo indescifrable.
--Sí, puede usted. Diga usted que no quiere. Vamos, amigo Don Paco, ya
sabe usted que soy un buen cliente y que todos los años me tiene usted
en su casa unas cuantas veces... Quedamos, pues, en que queda rebajada
la botella, ¿verdad?
Aquella voz era para mí conocida, pero no podía recordar a quién
pertenecía. Excitado por la curiosidad, salí al pasillo y me coloqué a
la puerta de mi cuarto esperando que saliesen los interlocutores que
había escuchado.
Salió primero el dueño de la fonda y algunos minutos después un
caballero gordo que vestía chaqueta de paño grueso, botas de montar y
sombrero ancho de fieltro, con un látigo en la mano, en cuyo rostro
quise reconocer los rasgos fisonómicos de aquel amigo de mi juventud
llamado Carlos de Jáuregui. Sin embargo, era tan grande la diferencia
entre el joven pálido y flaco que yo había conocido y el hombrachón
robusto y atezado que ahora veía, que no pude menos de rechazar la
identidad. ¿Sería un hermano? Pero yo tenía entendido que era hijo
único. Cuando ya se había alejado un poco se me ocurrió gritar:
--¡Carlos!
Se volvió rápidamente y entonces dije:
--¡Jáuregui!
--Servidor de usted--respondió avanzando hacia mí.
Me miró con los ojos muy abiertos y exclamó abriendo los brazos:
--¡Jiménez!
Nos abrazamos con efusión.
--No sé cómo diablos he podido reconocerte--le dije--. Eres otro hombre
completamente distinto.
--¿Verdad? He cambiado muchísimo lo mismo física que moralmente desde
que nos hemos separado.
--No lo dudo--repliqué recordando la sórdida discusión que acababa de
oír--. Pero ¿vives en Alicante?
--No; vivo y he vivido siempre desde que salí de Madrid en mi finca de
la Enjarada, a cinco leguas de aquí. Suelo venir a caballo porque tengo
varios y me gusta la equitación. Me encuentras aquí por casualidad.
Vengo a solventar ciertos asuntos y me voy esta misma tarde.
Como era natural, necesitábamos hablar mucho y para hacerlo a nuestro
sabor me invitó a tomar una copita de cualquier cosa en el primer café
que hallamos.
--Te estoy viendo y apenas puedo creer a mis ojos. No te pregunto, pues,
cómo te va, porque tu rostro y la curva feliz de tu vientre lo declaran
a gritos. ¿Tienes hijos?
--Nada más que doce--contestó riendo.
--¿Y Celedonia?
--Tan buena, gracias.
Quedó un instante suspenso y dijo al cabo sonriendo avergonzado:
--Bien os habréis reído de mi matrimonio, ¿no es cierto?
--¡Qué idea!
--Sin embargo, nunca me he arrepentido de haberlo hecho. Mi mujer tiene
un corazón de niña; es inocente, tierna, hacendosa, dispuesta siempre a
sacrificarse por los demás; me quiere con toda su alma y me ha dado doce
hijos hermosos y robustos... ¿Qué más puedo pedir?... Además, cuando me
casé con ella estaba a punto de quedar arruinado y mi salud era tan
miserable que hubiera muerto pronto tísico. Hoy me encuentro sano y
vigoroso, he logrado salvar toda mi fortuna y aun he podido acrecentarla
un poquito.
--De modo que hay que convenir en que Sócrates tenía razón al
aconsejarte ese matrimonio.
Jáuregui soltó una carcajada.
--¡Oh Sócrates! No hablemos por Dios de esas ridiculeces. Hace ya mucho
tiempo que estoy desengañado del espiritismo.
--¡Anda! Pues ya sois tres.
--¿Cómo tres?
--Sí; ya sois tres los amigos que se han desengañado. Pasarón ha muerto
desengañado de la erudición. Pérez de Vargas vive, pero desengañado del
socialismo, y ahora eres tú el que me dice que estás desengañado de los
espíritus.
--He llegado a persuadirme de que todo lo que se refiere al espiritismo
es pura prestidigitación. ¿Te acuerdas de aquellas célebres experiencias
de materialización que te conté haber presenciado en París? Era una
famosa _medium_ americana llamada Miss Betteman que materializaba el
espíritu de un doctor con una gran barba acompañado de su hija vestida
de blanco. Pues bien, unos cuantos espectadores lograron al fin
desenmascararla. A una señal convenida un espectador se apodera de Miss
Betteman, otros dos sujetan las apariciones, otro, en fin, ilumina
repentinamente la escena. Entonces se vió a la _medium_ que trataba de
zafarse de los brazos del espectador dando gritos agudos. Era ella misma
que con gabán negro, una gran peluca y una barba postiza figuraba la
aparición del doctor. La jovencita que acompañaba a éste no era más que
un maniquí de donde colgaba un velo y que Miss Betteman sujetaba con la
mano izquierda mientras con la derecha tiraba de una cuerda que
correspondía a un aparato luminoso que permitía obtener las luces de
colores diferentes que acompañaban a las apariciones. Después se han
descubierto otros muchos fraudes como éste.
--Todo eso está bien--le repliqué--. ¿Pero y aquellas sesiones
prolongadas que tú tenías con Sócrates y Pedro el Grande de Rusia?
Jáuregui volvió a reír con mejor gana aún.
--La cuestión de las mesas giratorias está resuelta, querido. Son los
movimientos involuntarios e inconscientes del mismo experimentador lo
que las hace girar. No hay en ello misterio alguno.
--Entonces, puesto que los espíritus no existen, bebamos a su salud--le
dije chocando mi copa con la de él.
--¡Muera Sócrates! ¡Muera Pedro el Grande!--contestó riendo y vaciando
la suya.
Todavía charlamos un rato. Al cabo decidimos salir porque a mi amigo le
apuraba el tiempo para evacuar sus negocios y llamó al mozo.
--¿Cuánto es esto?
--Una peseta cincuenta.
--¿Tres reales cada copa de jerez? ¡Pero es horriblemente caro!
--Es jerez superior el que aquí servimos--replicó el mozo.
--Es un jerez vulgarísimo. Yo lo compro mucho mejor y no me sale a
treinta céntimos la copa.
Yo me lancé a la puerta y Jáuregui me siguió refunfuñando y murmurando
denuestos contra la avaricia de los cafeteros.
En la calle me suplicó, para estar más tiempo en mi compañía, que le
acompañase a una zapatería donde tenía que comprar calzado para sus
niños. Entramos, le presentaron un par de botinas y preguntó el precio.
--Doce pesetas.
Jáuregui dió un salto atrás y quiso chocar con la puerta de cristales.
--¡Pero ese es un precio absurdo tratándose de calzado para niño!
--Será absurdo, pero yo no puedo darlas por menos.
--Le doy a usted ocho pesetas por ellas.
--Si se las diese en ese precio perdería dinero.
--Es que si usted me las deja le tomaría unos cuantos pares.
--Cuantos más me tomase usted más perdería--replicó tranquilamente el
zapatero.
Al fin salió de la tienda sin comprar nada y fuertemente irritado contra
la avaricia de los zapateros.
Como no me divertían estas excursiones por los comercios y ya tenía bien
comprobada aquella singular transformación de un carácter me despedí de
él pretextando urgentes ocupaciones y le invité para la inauguración del
Sanatorio que debía efectuarse en la próxima semana.
--No faltaré, Jiménez, por verte a ti otra vez y por tener el gusto de
escuchar a Moro, a quien admiro de lejos. Leo sus discursos en las
Cortes y me entusiasman.
--No dejes de traer también a tu mujer. Estáis invitados los dos. Pérez
de Vargas me ha dado facultades para todo.
Le vi ponerse rojo. Quedó un instante suspenso y apretándome la mano con
fuerza me dijo:
--Gracias, Jiménez. Eres el hombre bueno de siempre.
Esta emoción me probó que Jáuregui amaba a su esposa, lo cual me le hizo
aún más estimable.
Pero al despedirse quise observar una nube de inquietud en sus ojos. No
se necesitaba ser un psicólogo profundo, después de lo que acababa de
observar, para penetrar lo que pasaba por su mente, y le dije:
--En el Sanatorio hay habitaciones preparadas para los invitados. Todos
los gastos corren de cuenta de Pérez de Vargas.
Se disipó la nube. En sus ojos brilló de nuevo la alegría del cielo
azul. Nos despedimos con toda cordialidad. Al estrechar su mano ruda y
vigorosa con la mía no me cansaba de admirar el cambio radical que la
vida campestre había operado en aquel hombre.
Por la tarde me trasladé en coche con el secretario de Martín a V...,
donde nos esperaba Bruno Mezquita. No me costó trabajo reconocerle, a
pesar de los veinte o más años transcurridos. Nos abrazamos
estrechamente y me dió las gracias de nuevo con tan fervorosas palabras,
que logró conmoverme.
--Mi mujer tiene unos deseos enormes de verte. Te recuerda tan bien, que
muchas veces me cita ocurrencias tuyas que yo había olvidado.
--Pero ¿quién es tu mujer?--le pregunté yo entonces con asombro.
--¿Quién ha de ser?... ¡Lola!
--¿Qué Lola?
--Lolita, nuestra vecina de la calle de Carretas a quien tú has conocido
como yo.
--Perdona, hijo, pero no sabía una palabra...
--¿De modo que no has recibido la carta en que te daba parte de mi
matrimonio?
--Nada he recibido.
--¡Ya me lo parecía!--exclamó dándose una palmada en la frente--. ¡Cómo
un caballero tan perfecto como tú había de dejar mi carta sin
contestación! No conocía tus señas y te la dirigí al periódico del cual
sabía que eras redactor.
--¡Oh los periódicos! Allí se pierden la mitad de las cartas.
Montamos en uno de los coches del sanatorio y durante el trayecto me
informó minuciosamente de una porción de extremos interesantes. Lolita y
Rosarito, nuestras vecinas, después de haber perdido a su madre en
Madrid se habían trasladado a Sevilla al amparo de una tía que allí
tenían. Su hermano se había ido a Cuba y allí estaba aún. Como Bruno se
hallaba de médico en uno de los pueblos cercanos a Sevilla y venía con
frecuencia a esta población tropezó un día en la calle con las dos
hermanitas, se reconocieron, las fué a visitar, se anudaron nuevamente
las antiguas relaciones y pocos meses después se casaba con Lolita. Su
hermana Rosarito se había ido a vivir con ellos y allí se estuvo dos
años hasta que se casó.
--¿Se casó Rosarito?--pregunté con mayor interés, por la simpatía que me
inspiraba y el recuerdo de sus desgraciados amores con Pasarón.
--¿Tampoco sabes con quién?--me preguntó mirándome con asombro.
--Ya te he dicho que no he vuelto a tener noticia de esas chicas.
--Pues se casó con Pepito Albornoz.
--¿Nuestro compañero?
--El mismo. Verás: yo conservé siempre relación con Pepito y de vez en
cuando nos escribíamos. Ha hecho una carrera brillante. Dejó pronto el
servicio del Estado y se puso al frente de una Compañía constructora que
le da un sueldo de cinco mil duros y una participación en las ganancias.
Vino a Sevilla en cierta ocasión, le invité a pasar un día con nosotros
en el pueblo. En vez de un día se quedó tres: le gustó mi cuñada Rosario
(que entre paréntesis y como ya verás todavía es una real hembra),
volvió después, se pusieron en relaciones y se casaron a escape. No
tienen hijos y serían al cabo millonarios si no gastasen tanto. Pero
viven a lo príncipe y se divierten como dos angelitos; viajecitos a
Madrid y París, cuatro o cinco criados, buena mesa, etcétera, etcétera.
En este momento se encuentran en Cartagena donde Pepito está
construyendo un dique, pero me han prometido venir para el día de la
inauguración y Rosario se quedará algunos días con nosotros.
Todas aquellas noticias me alegraron porque guardaba recuerdo muy grato
de nuestras vecinitas de la buhardilla.
Cuando llegamos y penetramos en el lindo pabellón que Pérez de Vargas
había hecho construír para el director y éste gritó desde el jardín:
«¡Lolita, aquí tienes a Jiménez!, experimenté una terrible decepción.
¡Qué enorme diferencia! Aquella hermosa Lolita, fresca y pizpireta, era
ya casi una vieja y apenas se veía rastro de su antigua belleza. Me
acogió con ruidosa alegría. Su carácter vivaracho y juguetón era lo
único que se había salvado de la ruina de sus atractivos.
Pasé dos días muy gratos con ellos. Marido y mujer me agasajaron a
porfía. Tenían un niño y dos niñas encantadores. Parecían felices y
experimenté la dulce satisfacción de haber contribuído un poco a su
felicidad.
--¿Y que ha sido de tu primo Manuel?--le pregunté mientras cenábamos.
--Manolo vive en Sevilla.
--¿Ejerce la medicina?
--Jamás la ha ejercido. Desde que terminó la carrera comenzó a ayudar a
su padre, que ya estaba enfermo, en el negocio del aceite y en este
negocio continuó después de la muerte de aquél. Le va muy bien: tiene
un bonito capital. ¿Quieres que le invite para la fiesta de la
inauguración?
--¡Ya lo creo!... Pero ¿vendrá?
--No lo dudes. Nada hay que se lo impida. Es un solterón recalcitrante.
Además, me consta que tiene grandes deseos de ver a Sixto Moro. ¡No
sabes el tono que se da pregonando que es su amigo y compañero de
juventud!