volví a Madrid.
Pocos días después salía un tren especial conduciendo a Alicante hasta
dos docenas de personas, entre las cuales se contaban periodistas,
diputados y amigos íntimos de Pérez de Vargas. La pequeña Natalia, que
había de ser la reina de la fiesta, iba con la Condesa del Malojal en un
coche separado. Moro y yo, dejando el departamento de los hombres,
pasamos largos ratos en su compañía.
Natalia se iba pareciendo cada día más a su madre. Grande, robusta, con
tendencias a la obesidad, a los nueve años de edad parecía que tenía ya
doce. Sus cabellos ondulados, su tez morena sonrosada, la franqueza y
lealtad que se pintaba en sus grandes ojos negros, la resolución de sus
ademanes y la graciosa impetuosidad de su genio, todo evocaba la figura
inolvidable de aquella desgraciada amiga que tanto habíamos amado.
Mientras jugábamos con ella en el coche llegó un instante en que hizo un
gesto tan idéntico a los de su madre, que no pude menos de exclamar:
--¡Qué asombro! ¡Pero esto es Natalia que vuelve!
Moro se estremeció, sus mejillas se colorearon, sus labios temblaron y
al fin dijo sordamente:
--¡Sí; mi desgracia se ha reducido a la mitad, pero era tan grande, que
basta la mitad para ennegrecer mi vida!
La señora de Pérez de Vargas apretó a la niña contra su pecho y la besó
repetidas veces.
Llegamos a Alicante. Allí nos aguardaban los coches que nos trasladaron
a V... y al Sanatorio. Una gran muchedumbre nos esperaba y a su frente
las autoridades de Alicante y el arzobispo de Valencia que había querido
bendecir aquella obra benéfica.
En un grupo estaban Bruno Mezquita, su esposa, su primo Manuel,
Rosarito, Albornoz, Jáuregui y su mujer.
Sixto y yo nos dirigimos a ellos con presteza y hubo abrazos y apretones
de manos y se cambiaron con emoción palabras muy afectuosas.
Rosarito, al revés de su hermana, me produjo gratísima impresión. Había
embellecido de un modo notable. Aquella niña alta, delgada y pálida se
había transformado en una opulenta matrona de rosadas y tersas mejillas
y porte majestuoso. Vestía con suprema elegancia, tanto que podía
competir con la Condesa del Malojal. Pero sus ojos eran tímidos,
humildes como antes, su voz suave, insinuante. Cuando me dió la mano,
sus mejillas se tiñeron levemente de carmín. Ambos recordamos aquella
penosa escena que pasó en mi gabinete cuando Pasarón cortó bruscamente
sus relaciones con ella.
Albornoz era un caso de asombro. Allí no había habido transformación de
ninguna clase. Tan menudo y exiguo como a los diez y ocho años, sin
sombra de barba y la misma expresión infantil en su rostro fresco y
sonrosado como una manzana.
--¡Esto es una maravilla! ¡No ha pasado un día por este hombre!--decía
yo a Sixto y a los Mezquita mientras Albornoz y su esposa saludaban a
los Condes del Malojal.
--¿Verdad que apetece pedirle las notas mensuales de clase?--exclamó
Sixto Moro--. Yo creo que si le encuentra su viejo profesor de
matemáticas a deshora de la noche en la calle, le tira de las orejas.
Soltamos una carcajada.
--Hombre, voy a decírselo, porque se reirá--manifestó Bruno Mezquita.
--¡No, por Dios!--repuso Moro--. No le hará ninguna gracia; estoy seguro
de que le subirá el pavo a la cara, rechinará los dientes y buscará un
chiste sin encontrarlo, como en los buenos tiempos de Doña Encarnación.
Pero no le fué posible a él mismo resistir a la tentación de embromarle.
Al visitar el Sanatorio, cuando bajábamos la escalera de caracol de la
torre, Moro se volvió hacia Rosarito y Albornoz que venían detrás y dijo
en voz alta:
--Rosario, haga usted el favor de dar la mano a Pepito; no vaya a
caerse.
Todos reímos menos Albornoz que se puso colorado y sólo pudo replicar
confusamente:
--Yo no he cambiado; pero tú tampoco.
Se visitaron las dependencias y admiramos todos, no sólo la comodidad,
sino también el lujo con que Pérez de Vargas había querido dotarlo.
A las once de la mañana se efectuó la inauguración. En un vasto salón,
que era el refectorio del establecimiento, se acomodaron más de mil
personas. Bajo el dosel presidencial se sentaron el Arzobispo, el
Gobernador y algunos próceres, y entre ellos la niña Natalia, que
figuraba como fundadora de aquel instituto caritativo. El Arzobispo
pronunció una breve y sentida alocución y bendijo la obra de los Condes
del Malojal. El Gobernador dijo también algunas palabras. Por fin, se
levantó a hablar Sixto Moro, en medio de una expectación ansiosa, pues
éste era el señuelo que allí había atraído tanta gente.
No defraudó nuestras esperanzas. Por espacio de una hora nos tuvo
pendientes de su palabra mágica, provocando a cada instante tempestades
de aplausos. Habló de los niños. El tema era tan seductor y adecuado
para lucir las galas de su fantasía y los tesoros de su sensibilidad,
que no es milagro que lograse arrebatar a su auditorio.
Pero el que más se distinguía por su ardoroso entusiasmo era Manolo
Mezquita. Como era amigo y compañero de Moro, creía tener parte en su
triunfo.
--¡Ole, ole, viva tu madre! ¡A ver si hay en toda la esfera armilar un
tío que le sople en los ojos a este gachó!
Y paseaba sus ojos furibundos por los circunstantes buscando al atrevido
que quisiera desmentirle para caer sobre él y estrangularle.
No faltó mucho para que estrangulase al propio Moro cuando terminó su
discurso. Lo tomó entre sus brazos robustos y quiso sacarlo así del
salón y pasearlo en triunfo como si fuese un torero; pero vimos el
rostro de Moro tan contraído y angustiado que nos apresuramos a
arrancárselo de las manos.
Después se celebró un banquete al aire libre en los jardines del
establecimiento. Natalita presidía la fiesta y era objeto de las miradas
y caricias de todo el mundo. Yo me senté entre mi amigo Jáuregui, que
vestía el uniforme de maestrante de Granada con la cruz roja de
Calatrava sobre el pecho, y Bruno Mezquita. La bella Condesa del Malojal
había colocado a su lado a la esposa de Jáuregui, y con esa propensión
celeste que tienen las almas nobles para levantar a los humildes la
colmaba de atenciones. Celedonia las recibía confusa y con los ojos
húmedos de agradecimiento. No los tenía tampoco muy secos su marido,
quien me dijo al oído que si creyese en los espíritus como antes,
pensaría que la señora de Pérez de Vargas era una nueva encarnación de
Isabel la Católica.
La buena de Celedonia no había embellecido, como debe suponerse, después
de haber echado al mundo doce hijos; pero era una mujer humilde y una
esposa tierna y abnegada. Esto bastaba para que yo no la encontrase fea.
Al día siguiente partieron en tren especial los invitados de Madrid.
Quedamos un día más con los Condes, sus viejos amigos. Aquella noche
quiso Martín que cenásemos con ellos Sixto Moro y su hija, Albornoz y
Rosario, Jáuregui y su esposa, Bruno Mezquita y la suya, Manolo Mezquita
y yo.
Fué una comida de gran intimidad y tan grata, que seguramente ninguno de
nosotros la olvidará. Franqueza, cordialidad, alegría reinaron en toda
ella. Al destaparse el champaña Pérez de Vargas suplicó a Moro que
iniciase los brindis. El glorioso orador se levantó con la copa en la
mano y nos dirigió en tono familiar unas cuantas palabras, que por
habernos llegado profundamente al corazón quedaron grabadas en mi
memoria.
«¡Alegrémonos, amigos míos muy queridos! Alegrémonos de haber llegado a
esta isla de reposo para gozar unos momentos de paz y de ventura.
Marineros somos que hemos corrido más de una borrasca en los mares de la
vida. No la maldigamos. En el seno de las dificultades y los disgustos
han nacido siempre los grandes pensamientos y las nobles acciones.
Nuestra amistad se ha anudado en la mañana de la existencia cuando el
sol brillaba sobre nuestra frente, cuando el ruiseñor de la dicha
gorjeaba en nuestro corazón. Sólo en la primera juventud nos entregamos
sin reserva a los goces de la amistad. Hoy anclamos en este puerto donde
la suerte nos brinda un refugio para restañar con una sana alegría las
heridas y resquemores que el rodar de la vida nos inflige. Aprovechemos
estos momentos de respiro para cobrar ánimos y lanzarnos con más brío a
la lucha.
»Hay en este mundo algunos pájaros privilegiados, como mi ilustre amigo
Pérez de Vargas, que hallan el campo repleto de mieses. No tienen más
que introducirse en él para gozar sus delicias. Los hay que, como yo, lo
han hallado cubierto de nieve, pobres pajaritos que se ven obligados a
rebuscar aquí y allí algunos granos. Pero a todos nos ha dado Dios alas
y podemos volar por el mismo firmamento azul. Hemos trabajado, hemos
vivido, hemos cumplido con nuestro deber. ¿Qué más podemos pedir?
»Es cierto que existen hombres en los cuales todas las prosperidades de
la tierra y todos los dones del cielo sólo sirven para saciar sus ruines
pasiones. Como los escarabajos, trabajan sin cesar para fabricar bolitas
de porquería. Pero los hay que utilizan las alegrías, la riqueza, los
triunfos para acrisolar su alma y ponerla como luciente espada al
servicio de sus semejantes. Son abejas espirituales, como nuestro amable
anfitrión, que no se cansan de fabricar miel.
»Nos quejamos de la brevedad de la vida. En nuestras manos está el
hacerla infinita si sabemos llenarla de generosas acciones y sinceros
afectos. La vida no es más que el cañamazo en el que cada cual borda
grosera o primorosamente el dibujo que lleva en sus entrañas. Nos
mostramos desengañados de ella porque le pedimos lo que no debe darnos.
Le pedimos placeres, honores, riquezas. Todas estas cosas son venenos
deliciosos, pero venenos al fin que sólo dejan intactas a las almas
privilegiadas. Lo único que hace a la vida digna de ser vivida, lo único
que la justifica son los afectos tiernos que nacen dentro de ella. El
hombre que llega a la muerte sin sentirlos ni inspirarlos, ¡ay!, ese sí
que puede llamarse estafado.
«Gracias al cielo henos aquí todos reunidos, todos alegres, gozando la
dulzura de este rayo de sol. Mañana nos dispersaremos. Tal vez sobre
nuestras cabezas se amontonen de nuevo las nubes temerosas; las olas se
alzarán amenazadoras; nuestro débil esquife gemirá a su embate; quizá se
hunda. ¿Y qué? En aquel instante acordémonos de los seres amados,
tengamos fe y pensemos que los lazos de amistad que la muerte corta
volverán a ser anudados en otra región más alta. ¡Desgraciado quien de
las experiencias de este mundo visible no saca la fe de un mundo
invisible! ¡Ay del hombre que en sus alegrías y sus dolores no tiene el
oído bastante fino para escuchar los murmullos de lo desconocido!
»¡Brindo, amigos míos, por nuestra juventud pasada, por nuestra amistad
inquebrantable, por nuestro trabajo, por nuestros recuerdos, por
nuestros sueños! Brindo por vuestros hijos y por vuestras nobles
esposas...»
Se detuvo un instante y añadió con voz alterada:
«Brindo también porque Dios me permita al cabo reunirme con la mía.»
Bebió. Una lágrima bajó rodando por sus mejillas y cayó en la copa del
champaña. El símbolo del dolor se mezcló al de la alegría. Lo mismo que
en la vida.
FIN
INDICE
Páginas.
_Advertencia del editor_ 5
PRIMERA PARTE
I.--Mi viaje y mi instalación en la corte de España 7
II.--Breve noticia de mis compañeros de hospedaje 18
III.--La casa de mi mentor 25
IV.--Corro peligro de caer en ridículo y aun presumo que he caído 43
V.--Mi amigo Pérez de Vargas, geólogo 53
VI.--La glándula del ateísmo 64
VII.--Mi amigo Jáuregui, espiritista 76
VIII.--Los ángeles de la buhardilla 86
IX.--Los amores de mi amigo Pasarón, bibliófilo 98
X.--En qué paró el idilio clásico de mi amigo Pasarón 106
XI.--Cómo los espíritus jugaron una mala partida a mi amigo Jáuregui 119
XII.--Prosigue el idilio romántico de mi amigo Sixto Moro 131
XIII.--Fin desastroso del idilio romántico de mi amigo Sixto Moro 144
SEGUNDA PARTE
I.--El mundo de los sueños 161
II.--Los períodos interglaciales del capitán Pérez de Vargas 176
III.--Más travesuras de mi amigo Pérez de Vargas 183
IV.--Un hombre demasiado feliz 195
V.--Cómo se regeneró mi amigo Pérez de Vargas 202
VI.--Ultimas opiniones de un sabio 223
VII.--Un amigo que se va y un enemigo que aparece 230
VIII.--Tristes noticias 236
IX.--La delincuente honrada 247
X.--En que se declara el juicio de los hombres 262
XI.--El coro de las Euménides 281
XII.--Isla de reposo 302