--¡Qué inocente eres, Angelito! Precisamente el nombre y el prestigio de

Sixto atraería sobre mi cabeza todas las humillaciones posibles. Parece

mentira que no sepas por experiencia que lo más difícil de hacerse

perdonar en el mundo es la superioridad de la inteligencia. ¿No has

visto las fieras? El domador se impone, se hace respetar; pero es a la

fuerza y por el temor. Las fieras rugen de cólera y al menor descuido se

arrojan sobre él y le clavan los dientes. Esto mismo pasa con el hombre

de genio en nuestra sociedad: se le respeta, se le adula, pero siempre

de mal grado y espiando con afán la ocasión de poder tirarle un zarpazo.

¡Cuántos le tirarían a mi querido Sixto, con qué placer aprovecharían

la ocasión de humillarle si se atreviese a presentarse en público

conmigo!... Es decir, él sí se atreve y me lo ha suplicado muchas veces,

pero yo me niego y me negaré siempre, porque antes de exponerle a la más

leve molestia me dejaría despedazar resueltamente.

No insistí mucho tiempo porque le daba la razón en el fondo de mi alma.

Así continuaron viviendo tranquilos, gozando de una íntima y envidiable

felicidad, que aún vino a acrecerse con el nacimiento de una niña. Sixto

estaba loco de alegría; Natalia dejaba traslucir en su rostro la dicha

más pura. Yo apenas era menos feliz que ellos. Aquella niña, que se

parecía asombrosamente a su madre y se llamó como ella, fué nuestro

dulce recreo: pasábamos los tres largos ratos espiando sus progresos con

embeleso; cuando empezó a dar los primeros pasos, yo fuí su maestro

paciente y asiduo; cuando empezó a balbucear las primeras palabras,

también me puse al frente del curso de filología. De tal suerte, que la

pequeña Natalia apenas hacía diferencia entre su mamá, su papá y yo: a

todos nos quería por igual.

Pero he aquí que cuando contaba ya poco más de un año y correteaba por

la casa sin necesidad de ayuda y pronunciaba con mediana corrección

hasta docena y media de palabras comencé a observar con inquietud un

cambio en el carácter de su madre. Se hizo más seria, la encontré más

triste. Ella, cuyas carcajadas fluían de su boca tan frescas y

espontáneas que provocaban en cuantos la escuchaban la gana de seguirle

el humor, rara vez nos las dejaba oír: le agradaba estar sola; aun de mí

parecía retraerse: a menudo observé en sus ojos señales de haber

llorado.

Sixto observaba como yo y con mayor pena, como era natural, tales

modificaciones, pero se abstenía de comunicarme sus inquietudes.

Aparentaba no darles importancia. Si con tal motivo había tenido con

ella alguna explicación yo no lo supe. Una vez me dijo, sin embargo, que

Natalia sufría del sistema nervioso, que acaso estuviese débil y que

desde luego no le convenía seguir lactando a la niña. En efecto, dejó de

hacerlo, lo cual no causó a ésta quebranto alguno porque ya tenía quince

meses. La madre tomó algunos tónicos; pero su tristeza y decaimiento, a

pesar de todo, fueron en aumento. Yo sospechaba algo de su causa, pero

no me atreví a insinuarlo a Sixto. Al fin, éste se espontaneó un día

conmigo.

--Pienso, Jiménez, que la enfermedad de Natalia es de naturaleza

psíquica y pienso también que no radica en las facultades superiores de

su espíritu, sino en el psiquismo inferior. Tú sabes que fué educada en

un convento por monjas. En esa edad recibió inspiraciones religiosas,

ideas de perfección, anhelos místicos que se fueron depositando en su

cerebro y quedaron almacenados en aquella región donde, según los

psicólogos, se localiza nuestra actividad inconsciente. Dormidos por

largo tiempo, cualquier incidente, que yo ignoro, ha venido a

despertarlos, se alzaron con nuevo vigor, hicieron irrupción en su

actividad consciente y la trastornaron por completo. Mi tarea (y espero

que tú me ayudarás en ella) es contrarrestar esos impulsos ciegos que

parten del lugar oscuro donde se alojan los escrúpulos. Natalia es una

mujer sensata y si se la hace ver la vanidad de ellos su razón volverá a

recobrar el imperio que ha perdido.

--Querido Sixto--le respondí con un poco de amargura--, esa explicación

que acabas de dar es, en efecto, la más flamante, la de última hora, la

que está a la moda entre los sabios en estos momentos. Pero mañana

vendrá otra, y después otra... Y a pesar de todo, tratándose de la vida

del alma, el misterio se alzará siempre delante de nosotros como un muro

infranqueable.

--Pero ésta es la explicación más natural.

--Para mí nada hay natural en este mundo; todo es sobrenatural, porque

todo es incomprensible. ¿Qué es esa actividad inconsciente? ¿Qué es la

actividad consciente? ¿Dónde está el lazo que las une? Nuestra alma, una

e indivisible, existe siempre. Lo que hay es que muchos la ignoran,

viven cerca de ella como al lado de un ser extraño sin conocerla. Pero

los vaivenes incesantes de la vida les sacuden un día con más rudeza; la

muerte de un ser querido, una enfermedad peligrosa, una separación, una

lectura, un espectáculo... Y de repente el alma despliega sus alas, las

bate sobre ellos y les grita: «¡Aquí estoy! ¡aquí estoy!...» Por el

contrario, otros viven cerca de ella en íntimo consorcio, son seres

buenos, amables, virtuosos... Pero en un instante aciago cometen una

acción reprobable, hieren, desgarran aquella misma alma con la cual

vivían dulcemente unidos y entonces ésta se retira, gimiendo, al fondo

más obscuro y misterioso de su sér.

--¿Qué quieres decir con eso?--profirió alzando vivamente la cabeza y

mirándome con ojos irritados.

Yo comprendí inmediatamente mi indiscreción. Me apresuré a

tranquilizarle. La dolencia de Natalia, aunque tuviese una procedencia

psíquica, no había duda que radicaba en un estado momentáneo de

debilidad.

¿No había duda? ¡Ay! para mí sí la había.

Moro bajó la cabeza nuevamente y permaneció un rato silencioso; después

profirió sordamente:

--De todos modos, mi corazón está triste, muy triste, y vivo agitado por

negros presentimientos.

Hice lo posible por disiparlos, aunque yo participara abundantemente de

ellos y no pudiese menos de pensar que la felicidad de aquellos dos

seres para mí tan queridos había concluído.

«La alegría que proviene de que imaginemos que el objeto aborrecido ha

sido destruído o alterado de algún modo, no viene jamás sin mezcla de

tristeza.»

Una vez más este sublime teorema de Spinosa quedó demostrado en el

corazón de un sér humano. Sixto me confió más adelante cómo se fué

desarrollando. Aquellas fatales Euménides que atormentaron a Orestes

después del asesinato de su madre vinieron también tumultuosas,

aullantes, con la pupila sangrienta, agitando en sus manos el látigo, a

torturar el alma de Natalia. Orestes, al sacrificar a Clitemnestra para

vengar el asesinato de su padre, había obedecido las órdenes del dios

Apolo, pero ella sólo había obedecido al odio y este dios infernal jamás

deja una rama de olivo en las almas por donde pasa.

Comenzó por una vaga tristeza que se iba mezclando a los placeres de su

vida, una secreta amargura que los envenenaba todos. Nada se

representaba en los primeros tiempos: sólo le acometía repentinamente en

los momentos álgidos de diversión y alegría. Por eso se retrajo

obstinadamente del teatro y de todo otro recreo, encerrándose

exclusivamente en la vida de familia, en el amor de Sixto y de su hija,

donde se veía segura y pensaba estarlo para siempre. Pero aquellas

implacables sacerdotisas del Destino, olfateando su presa no tardaron en

seguirla allí también. Su tristeza se fué acentuando; se hizo profunda,

mezclándose hasta en las caricias de su hija. Y una voz de lo profundo

comenzó a argumentar: «¿Por qué lo has hecho? ¿Tenías necesidad de ello?

¿No pudiste haber huído?»

Sus noches eran agitadas. En el lecho, en los momentos que preceden al

sueño se le aparecían repentinamente cabezas gesticulantes haciéndole

muecas espantosas, escuchaba voces estridentes. Se estremecía, dejaba

escapar un grito que asustaba a Sixto ya dormido y después permanecía

largas horas despierta sin poder conciliar el sueño. Con esto su salud

descaecía a ojos vistas; empezó a sufrir del estómago y las consultas y

remedios con que Sixto pretendió atajar la enfermedad sirvieron de muy

poco.

Una cosa la trastornaba profundamente: la presencia de un ciego. Cuando

la casualidad le deparaba alguno en sus paseos se la veía ponerse

pálida, la voz se le alteraba y no acertaba a coordinar sus palabras.

Moro procuraba llevarla por sitios donde no tropezase con ninguno.

Inútilmente: la fatalidad se los presentaba siempre delante. Entonces se

fué encerrando más y más en casa y Moro ya no insistió mucho en hacerla

salir.

Afligido hasta lo más hondo de su alma y no sabiendo ya qué remedio

poner a aquel estado de cosas que acibaraba su existencia y amenazaba

concluir con la de Natalia, ideó y llevó a cabo prontamente el alquilar

una casita en las afueras de Madrid, en pleno campo ya. El sitio era de

lo más ameno que podía verse en los alrededores de la capital, donde

ciertamente no abundan las bellas perspectivas. La casa, en forma de

_chalet_, tenía un jardín poblado de árboles, regado por un fresco

arroyo; había un rústico cenador guarnecido de jazmín y madreselva; en

fin, la casa misma era de reciente construcción y, aunque pequeñita,

ofrecía comodidad y aspecto risueño.

Natalia se trasladó allí con la niña y la servidumbre necesaria. Sixto

pasaba el día en su bufete, comía en un restaurán y venía a cenar y

dormir en el _chalet_. Nada logró, sin embargo, con aquel sacrificio.

Allí también, en aquel dulce, lejano retiro, vinieron pronto aullando

las crueles Euménides a perseguir a su víctima. Aquellas perras

vengadoras, como las llama el poeta, giraban en torno suyo repitiendo

sin cesar: «¿Por qué lo has hecho? ¿Tenías necesidad de ello? ¿No

pudiste haber huído?»

Recuerdo que un domingo después de almorzar con ellos salimos al jardín

para tomar café. Nos sentamos a una mesa rústica. La tarde de primavera

era tibia, el cielo estaba limpio de nubes: frente a nosotros, allá en

los confines del horizonte, se extendía la crestería del Guadarrama

envuelta en un vapor azulado. Reinaba la alegría en todo aquel campo que

el sol matizaba; una brisa suave acariciaba nuestras sienes; las notas

de un pianillo lejano llegaban a nuestros oídos, mezcladas con los

gritos de alegría de unos niños que jugaban en un jardín vecino. Yo me

sentía impresionado tan gratamente por aquella escena campestre, que

olvidaba completamente los motivos tristes por los cuales allí estábamos

reunidos, gozaba de su encanto y juzgaba felices a mis amigos. De

pronto, Natalia se inclinó a mi oído y me dijo en voz baja:

--Qué feo es todo esto, ¿verdad, Angel?

Yo levanté la cabeza estupefacto.

--¿Qué estás diciendo, Natalia? Este es uno de los sitios más alegres

que he visto en mi vida.

--Yo lo encuentro horrible--repuso ella con un suspiro, bajando la

cabeza.

Quedé consternado y no pude menos de dirigir una mirada de compasión a

Sixto, que se hallaba en aquel momento distraído arreglando las flores

de una maceta. ¡Pobre amigo mío!

Transcurridos algunos días después de esto, entró Sixto en su despacho

una tarde después de haber estado ausente algunas horas. El criado le

dijo que la señorita había estado allí hacía poco. Quedó sorprendido de

que no le esperase para irse juntos. Impulsado por un vago

presentimiento, se dirigió a su mesa de noche, abrió el cajón y quedó

yerto al observar que faltaba un pequeño revólver que allí estaba

siempre. Natalia no había venido desde su instalación en el _chalet_;

tampoco se lo había anunciado aquella mañana al despedirse. Tembloroso y

acongojado pidió de nuevo el coche, aunque todavía no era la hora en que

acostumbraba a trasladarse al _chalet_, y ordenó al cochero que partiese

a toda velocidad.

La noche estaba cerrando. Un poco antes de llegar a la casita, Sixto

hizo parar y despidió el coche. Se acercó jadeante a la puerta del

jardín y lo inspeccionó con ojos ansiosos. La calma volvió a su corazón

cuando vió blanquear entre los árboles la figura de Natalia. Estaba

sola, sentada en una butaca de mimbre y se hallaba inmóvil y

profundamente absorta en sus pensamientos. No sintió abrirse la puerta

enrejada de hierro y Moro pudo avanzar sin ser notado. Cuando al cabo

percibió sus pasos levantó vivamente la cabeza y en sus ojos se pintó un

espanto singular; pero inmediatamente hizo un esfuerzo para sonreír, se

alzó con presteza y le echó los brazos al cuello como tenía por

costumbre.

--Hoy has venido más temprano. ¿Y el coche?

--Como la tarde estaba apacible y me hallaba mareado quise venir a pie y

refrescar un poco la cabeza.

--Sí; trabajas demasiado y te hace falta un poco de reposo y del aire

puro que a mí me prodigas en demasía. ¿Por qué afanarse tanto, Sixto? Yo

sé que en medio de tus pesados trabajos no piensas más que en tu hija y

en mí, pero nosotras seríamos tan felices viviendo contigo más

humildemente, aunque fuese en una choza donde reinase la paz... ¡La paz,

sí!--añadió con un dejo de amargura que no pasó inadvertido para Moro.

Este guardó silencio unos instantes. Después, besándola en las sienes,

le dijo al oído muy quedo:

--Devuélveme el revólver que guardas en el bolsillo.

Natalia se estremeció y comenzó a temblar tan fuertemente, que se

escuchaba el castañeteo de sus dientes. Dejó caer la cabeza sobre el

pecho de su amante exclamando:

--¡Perdón! ¡Perdón!... ¡Tú no sabes lo desgraciada que soy!

--Sí lo sé, Natalia mía... ¡lo sé demasiado bien! En cambio, tú ignoras

que yo soy mucho más desgraciado que tú; ignoras que mi corazón no late

en este mundo por nadie ni por nada más que para ti y que la tristeza de

tu alma se propaga a la mía y aquí se ensancha y crece como una bola de

nieve que rueda al abismo. Es necesario terminar. Quiero romper esta

malla de acero que nos oprime; quiero salir de las tinieblas y volver a

la luz. Estás enferma; pero, aunque te obstines en creerlo, tu

enfermedad no radica solamente en el espíritu. Nuestras ideas tienen, en

efecto, un poder indiscutible sobre nuestro cuerpo, pero nuestro cuerpo

envenena también a menudo nuestras ideas. El tuyo se ha debilitado.

Cuando otra vez se fortalezca, cuando otra vez una sangre rica y

generosa corra por tus venas, entonces esos negros fantasmas que te

cercan se desvanecerán como la bruma de la noche a los primeros rayos

del sol y la alegría volverá a reinar en tu alma, esa alegría pura,

infantil, por donde me he asomado siempre a la transparencia de tu alma.

Terminemos de una vez. Huyamos, Natalia, huyamos de estos sitios, de

este horizonte donde se espesan las nubes y busquemos otro cielo

diáfano, una isla donde puedas olvidar la tormenta pasada. Yo renuncio a

mi porvenir, renuncio a mi ambición y a mi trabajo. Tengo el suficiente

dinero para vivir tres o cuatro años sin privarnos de ninguna de las

comodidades que ahora disfrutamos. Después, Dios me abrirá de nuevo

camino.

--No, Sixto mío, tú no puedes renunciar al porvenir de gloria que se

alza delante de tus ojos por una pobre mujer a quien imágenes y sueños

siniestros enloquecen. Eres grande ya como muy pocos, cabalgas sobre la

muchedumbre y nadie duda que serás su amo y la guiarás hacia el norte o

hacia el sur, donde te plazca; los próceres se inclinan ya a tu paso, el

pueblo te aclama como su redentor y una atmósfera de amor y de respeto

envuelve tu persona y la defiende contra las asechanzas de la envidia.

No. Sixto mío, yo quisiera ser alfombra para tus pies, no cadena. Sigue

tu camino glorioso y deja que esta pobre mujer se extinga tristemente

como ha vivido hasta que tú le tendiste una mano generosa.

--¿Es que no sabes, Natalia, que tu muerte sería la mía? ¿Aun no he

podido persuadirte de que mi destino se halla unido a tu felicidad y que

si ésta perece mis ilusiones y mi existencia misma se irían a pique?

Un rayo de alegría brilló en los ojos de Natalia.

--Pero tienes una hija para la cual debes vivir.

--Mi hija necesita aun más de ti que de mí... No hablemos de morir,

Natalia; la flor de la juventud todavía no se ha marchitado en tus

mejillas; yo siento en mi corazón hervir la savia de la vida; ninguna

herida mortal llevamos en el pecho. Las ideas son humo y se disipan con

un soplo. Si tú no puedes combatirlas y vencerlas, yo te las arrancaré a

viva fuerza. Mañana mismo huiremos de España y a las pocas horas nuevos

paisajes se desarrollarán delante de tus ojos y en tus oídos sonará otro

idioma diferente que te hará olvidar estos sitios para ti aborrecidos.

--¡Oh, no sabes el bien que me haces con tus palabras! Cuando te escucho

me siento revivir como un pobre pez sacado del agua y vuelto a ella a

los pocos minutos. Tú eres mi escudo, tú eres mi defensa, no sólo contra

el mundo, sino contra mí misma... Pero ese sacrificio que intentas hacer

por mí, lejos de dar la calma a mi corazón, traería sobre él nuevas

tristezas...

Moro insistió con todas sus fuerzas; ella resistió con igual

obstinación; hablaron, discutieron mucho aquella noche. Al fin vino una

transacción: convinieron en que no se expatriarían, sino que saldrían de

Madrid para las montañas del Norte, donde esperaban que con una vida

absolutamente campestre y una alimentación más sencilla se calmaría la

excitación nerviosa de Natalia. Moro iría con ella, la instalaría y no

la dejaría en tanto que no la viese aliviada.

Justamente hacía pocos días que Moro había ganado un pleito de enorme

importancia a cierto marqués que poseía un viejo palacio en plena

montaña próximo a la villa de R..., en la provincia de Santander. Moro

se lo pidió en alquiler: el marqués se lo cedió gratuitamente; aquella

misma tarde, hechos apresuradamente los preparativos de viaje, salieron

de Madrid llevando consigo a su niña, la cocinera y una doncella.

El palacio montañés era una antigua casa solariega de piedra amarillenta

y carcomida, situada en el paraje más bello y pintoresco que puede

imaginarse. Ocupaba la parte más elevada de una pequeña aldea de quince

o veinte vecinos, a tres kilómetros de la villa de R... en el corazón

mismo de la sierra que separa la provincia de Santander de las llanuras

de Castilla. La planta baja estaba habitada por un casero que llevaba en

arrendamiento las tierras y praderas que la circundaban; el piso alto,

reservado para el marqués cuando viniese, que no venía nunca; era un

viejo solterón enamorado de la vida placentera de Madrid; sólo en su

juventud iba alguna vez a cazar por aquellos sitios.

Como Sixto pudo cerciorarse inmediatamente, no ofrecía comodidad alguna:

los muebles eran viejos, los pisos estaban deteriorados, las paredes con

grietas, las puertas no encajaban, algunos cristales rotos y todos

polvorientos y sucios.

Sin embargo, por caso extraño, Natalia encontró todo aquello agradable

desde el primer día y comenzó alegremente a dar disposiciones para el

arreglo y a tomar ella misma en él parte activa. Y cuando a la mañana

siguiente de llegar se asomó al viejo corredor de madera y derramó su

vista por aquel grandioso panorama, una emoción profunda se pintó en su

rostro. Permaneció inmóvil en muda admiración largo rato dejando que la

hermosura de aquella naturaleza incomparable entrase como una ola en su

alma y la refrescase. No mucho tiempo después, percibiendo en el patio

un pozo, se fué a él y comenzó a sacar agua tirando de la cuerda con

tanto ahinco, que sus mejillas se tiñeron al instante de carmín. Cuando

levantó sus ojos a Sixto, expresaban tan pura, inocente felicidad, que

éste sintió dilatarse su corazón y no pudo menos de decirse: «Hemos

acertado; aquí se curará.»

Fueron a Santander; trajeron de allí ropa y algunos objetos

indispensables, no muchos, porque Natalia se obstinaba en vivir de la

manera más rústica posible; se pasearon algunos días por los contornos

admirando aquellos encantados lugares. Era un anfiteatro de montañas

cuyas crestas aún se hallaban nevadas; algunos pueblecillos aparecían

como colgados en los repliegues de ellas, medio ocultos entre el follaje

de robles y castaños; torrentes espumosos, praderas esmaltadas de

florecillas blancas y amarillas, ganados pastando sobre ellas,

cencerreo de esquilas, balidos de ovejas, mugidos de vacas; todo este

conjunto pastoril tenía hechizada a Natalia.

--Mira, puedes irte cuando quieras--dijo a Sixto a los tres o cuatro

días--. Estoy curada por completo.

--¿De modo que pasarás aquí el verano sin inconveniente?

--¡Y toda la vida!

Moro soltó una carcajada.

--Bien, pues, te vestirás de pastorcita, te compraré un rebaño de

ovejas, te regalaré un cayado adornado con lazos; yo me calzaré las

abarcas, compraré algunos bueyes, aprenderé a tocar la flauta y

representaremos aquí una vez más el idilio de Dafnis y Cloe.

--No, tú tienes que trabajar mucho en aquellas tierras tristes,

pobrecito, para que comamos nosotras. Me contento con que vengas a

vernos cada mes y nosotras te daremos de una vez todos los besos que

debiéramos darte en los treinta días que has estado ausente.

En efecto, Moro se fué a los ocho días después de haberlas dejado

instaladas lo más cómodamente posible; marchó loco de alegría

prometiendo escribir todos los días y haciendo prometer a Natalia lo

mismo.

Ésta revivía en aquella atmósfera saludable, se entregaba a todas las

ocupaciones de una perfecta aldeana. Trabó relación estrecha con los

caseros del marqués y éstos le proporcionaron los medios de hacer la

vida rústica que tanto apetecía. Lavaba la ropa en los arroyos y se

descalzaba para llevar a cabo esta tarea, aprendió a amasar la harina y

a cocer el pan, corría por los alrededores rebuscando leña para el

fuego, apacentaba el ganado con las hijas del colono, y hasta se empeñó

en que éstas le enseñasen a ordeñar las vacas. ¡Cuán dichosa fué en

aquellos días!

Delante de la casa y cercada por una vieja pared deteriorada había una

gran corraliza donde la pequeña Natalia, o Lalita como todos la

llamaban, correteaba con los niños del colono, que eran muchos. Natalia

se complacía en darles de merendar, en fabricar para ellos golosinas y

en hacerlas traer de R... Allí se reunían no sólo los chicos de la casa,

sino casi todos los de la aldea y Natalia jugaba con ellos como si

hubiera vuelto a los catorce años. Y en realidad su espíritu jamás había

pasado de esta edad, aunque las penas la hubiesen envejecido. Volvieron

a sonar aquellas frescas carcajadas, volvieron los mimos y los caprichos

infantiles, volvieron aquellas fugaces y graciosas cóleras que tanto

hacían reír a Sixto. Alguna vez le decía besándola paternalmente en la

frente: «Niña te he conocido, niña eres y niña morirás aunque llegues a

los noventa años.»

Un día, veinte después de la partida de Moro, a Natalia, que sólo

paseaba por los alrededores en compañía de su niña, se le ocurrió hacer

una excursión más larga: quería ir hasta una aldehuela que se veía allá

a lo lejos como un nido de palomas posado en la falda de la montaña. Le

dijeron que estaba más lejos de lo que parecía, que era necesario

caminar muchas vueltas y que se fatigaría seguramente. No quiso atender

a ningún reparo; se vistió una falda corta de alpinista, se puso unas

botas fuertes y altas, tomó un cayado y después de almorzar se lanzó

alegremente a su caprichosa excursión dejando bien recomendada a su

hija, no sólo a la doncella, sino a la mujer del casero.

Anduvo cerca de dos horas por trochas y senderos unas veces, otras por

angostas callejuelas guarnecidas de zarzamora gozando de la frescura de

la montaña y del aroma embriagador de las praderas. Marchaba enajenada,

dichosa, sin pensar en nada, dormida en ese estupor delicioso que nos

causa la hermosura de la Naturaleza. De pronto, al doblar un repliegue

del terreno, se encontró frente a una iglesia. Era pequeñita, rústica,

con exiguo campanario de espadaña y un pórtico sostenido por viejas

columnas de madera. Estaba aislada y sumergida en un bosquecillo de

añosos árboles ya vestidos de follaje con la llegada de la primavera.

Era, a no dudarlo, la iglesia de la aldea que iba a visitar. Aquella en

que Natalia habitaba no tenía iglesia: pertenecía como parroquia a la

villa de R... adonde los vecinos iban a misa los domingos.

Quedó repentinamente inmóvil; la miró largo rato pensativa. Desde su

proceso no había vuelto a poner los pies en un templo. Cada vez que

pasaba por delante de alguno en Madrid experimentaba un sentimiento de

confusión que le obligaba a volver los ojos a otro lado. Sin embargo, en

dos ocasiones intentó penetrar en una iglesia: las dos veces hubo de

retroceder desde la puerta, porque sintió la impresión de una mano

invisible que se apoyaba en su pecho y la empujaba hacia atrás. Desde

entonces no volvió a intentarlo. Tampoco oraba ya en su casa: sus

rodillas se negaban a doblarse como si fuesen de acero; sus labios no

podían articular una sola plegaria.

Años de juventud del doctor Angélico · 第 19 / 21 段