despiadado, cruel: parecía que advirtiendo las simpatías que Natalia
había despertado ponía empeño en contrariarlas y desvanecerlas. Pintó a
la acusada como una joven frívola, caprichosa, que habiendo sido
demasiado mimada por su padre como hija única y dotada por la Naturaleza
de un carácter altanero había contraído hábitos insufribles de
dominación. Forzosamente tenía que chocar con su marido, hombre de
temperamento rudo y violento. Cierto que éste se había excedido en los
medios de corrección; pero debía tenerse presente que era un militar y
que en éstos ciertos actos de violencia no son tan vituperables como en
los civiles por lo mismo que la férrea disciplina del ejército y los
excesos de la guerra los prepara para ellos. Por otra parte, su mujer,
por todas las leyes divinas y humanas, estaba obligada a respetarle y
obedecerle. ¿Lo había hecho siempre? No; por el contrario, se complacía
en contrariar sus gustos y aficiones. El delito que había cometido era
odioso, repugnante y sobre todo injustificado. Si se sentía maltratada
¿por qué no daba parte a la autoridad? ¿Por qué no huía de su marido? Se
dice que estaba retenida a su lado por el amor de su hijo. ¿Y después de
muerto éste? Por el contrario, en vez de abandonar el domicilio conyugal
se pone a meditar friamente su venganza.
«¡Vedla ahí!--exclamaba--. Ved ahí a esa perversa mujer marchando
solapadamente a comprar el frasco de vitriolo, guardándolo un día entero
en su seno, esperando como el tigre pacientemente a que la víctima se
mueva para caer sobre ella, ejecutando, al fin, ese acto inconcebible de
crueldad y de barbarie que priva de la luz del sol y deja para siempre
desfigurado al hombre a quien había jurado fidelidad y amor ante el
altar.»
Natalia, al escuchar estas palabras, se puso horriblemente pálida y
comenzó a sollozar. Una voz gritó en el público:
--¡Eso es indigno!
Yo conocía bien aquella voz. Se alzó un fuerte rumor. El presidente,
airado, convulso, tartamudeando por la cólera, gritó:
--¡Inmediatamente! Inmediatamente los guardias detendrán al sujeto que
ha dado esa voz y lo pondrán a disposición de mi autoridad.
Los guardias y los ujieres se lanzaron con solicitud a buscarlo, pero no
lograron dar con él, mejor dicho, nadie quiso denunciarlo. Sin embargo,
el mismo Pérez de Vargas, que no era otro el delincuente, se entregó
voluntariamente y fué trasladado al interior. Allí hizo valer su calidad
de diputado y fué puesto inmediatamente en libertad. Pocos días después
se envió al Congreso por el irritado presidente un suplicatorio para
procesarle, que fué denegado.
La interrupción había producido fuerte conmoción en el público y
desconcertado un poco al fiscal, quien terminó su discurso al cabo
pidiendo que se declarase culpable a la procesada y se le impusiera la
pena por el código señalada.
El presidente concedió la palabra al abogado defensor. Moro comenzó a
hablar en medio de una gran expectación.
»Si alzo mi voz en este momento no es para añadir algo nuevo al proceso
ni para esclarecerlo, sino para dar cumplimiento a uno de los trámites
que la ley determina en estos casos. Después de lo que acaba de oír, por
boca de los testigos, el Jurado quedará convencido de que el delito se
halla perfectamente probado, un delito que se ha perpetrado por espacio
de diez años y que ha terminado por el castigo del culpable sin
intervención de las leyes, por la misma mano de Dios, de la cual sólo ha
sido instrumento la desgraciada mujer que por caso extraño hoy se sienta
en el banquillo de los acusados.
»En un día nefasto ese hombre, que la ira de Dios ha cegado, condujo al
altar a una niña de diez y seis años. ¿Qué es lo que ese hombre aportaba
a esa niña en cambio de su amor, de su inocencia, de su belleza, de la
alta posición que ocupaba en el mundo? Un corazón gastado, una vejez
prematura labrada por los vicios y por toda fortuna un honroso uniforme
que ya deshonraba. Arrebatada por las dulces ilusiones de un corazón que
se abre al primer llamamiento del amor como una rosa de abril al primer
rayo del sol de la mañana, esa niña inocente abandona gozosa los tibios
regalos de una casa espléndida, los placeres que la sociedad brinda a
los que se hallan en su cima, las lisonjas y el aplauso de los salones,
las caricias de un padre noble y apasionado para seguir al través de los
mares la fortuna precaria y compartir las estrecheces de un modesto
oficial del ejército. Todo para ella era nada; los peligros, los azares
de la vida militar, las molestias de los viajes, la sordidez del
hospedaje, la escasez de recursos; todo era alfombra de flores porque en
su tierno corazón reía y cantaba el primer amor con delirio de alegría.
La fuerza del amor es superior a los embates de la mar y a la amargura
de sus olas, convierte en fragantes azucenas los abrojos de la tierra.
¡Ay! no tardó mucho tiempo en despertar de su mágico sueño de oro. Hay
un cuento titulado _El Lobo y Caperucita_ que muy pocos habrán dejado de
leer en su infancia. Una niña tropieza en el bosque con un lobo el cual
la engaña con palabras melosas, la lleva a su madriguera con promesa de
regalarle juguetes y golosinas y concluye por devorarla. Pues bien, esta
Caperucita también había encontrado su lobo. En los primeros tiempos los
ojos de la fiera eran dulces, atractivos: Caperucita se dejaba guiar por
ellos llena de fe y entusiasmo. Poco a poco comienzan a tornarse
burlones y sarcásticos, y, por fin, se hacen feroces. Pero aun no había
llegado la hora de saciarse en su sangre. Aquella fiera era como todas,
cobarde: temía la venganza de un padre irritado y poderoso. Si el bravo
general Don Luis de los Reyes contase entre los vivos es bien seguro
que ese hombre no se sentaría hoy delante de nosotros.
»En los primeros tiempos se limitó a degradar a su inocente esposa
introduciéndola en una sociedad de hombres viciosos y mujeres frágiles,
haciéndola presenciar los desórdenes de una vida crapulosa y a compartir
los apuros y miserias que el vicio arrastra consigo. Exige de ella que
escriba a su padre pidiéndole dinero y porque el General lo niega como
era justo sabiendo a lo que se destinaba, la injuria, la hiere en sus
más caros sentimientos de familia, de tal modo que, indignada y aterrada
a la vez, corre a refugiarse en casa de una amiga, esposa de un
pundonoroso jefe del ejército. Otra vez la fiera vuelve a poner los ojos
dulces, se muestra arrepentida y logra que la perdonen. No le convenía
que aquellas injurias fuesen a oídos del general Reyes ni menos que se
enterase el Capitán general de la isla de Cuba a cuyas órdenes se
hallaba. Pero llega por fin, en medio de estas tristezas y penalidades,
la noticia del fallecimiento del general Reyes. Su desgraciada hija,
privada de tal protección, queda a merced del abominable monstruo que la
fatalidad le había dado por compañero. La última paletada de tierra
echada sobre los restos inanimados del héroe fué la señal del comienzo
de su martirio.»
Y Moro, con calma aterradora, comenzó a referir uno por uno los
tratamientos crueles que Céspedes infligió a su esposa en Filipinas, en
Barcelona y en Sevilla sin omitir un detalle por repugnante que fuese.
Su voz acusadora resonaba con eco profundo en la sala y la frialdad
implacable de su gesto comunicaba frío y terror a cuantos le escuchaban.
Los hombres arrugaban la frente y apretaban los dientes; las señoras se
llevaban el pañuelo a los ojos para secarse las lágrimas.
Cuando terminó el relato hizo una pausa, permaneciendo algunos instantes
con la cabeza baja mirando a la mesa. De pronto la levanta, sacude su
melena como un león que advierte el peligro y se dispone a defender a
sus cachorros. Entonces dió comienzo la oración más fogosa y elocuente
que se ha escuchado en el foro español. ¡No la olvidaremos, no, los que
hemos tenido la fortuna de oirla; no olvidaremos aquellas palabras
vibrantes que sin rozarse jamás caían como gotas de fuego sobre nuestras
cabezas! Su lógica era abrumadora, sus imágenes deslumbrantes. ¿Cómo es
posible que con tal pasión y vehemencia en el alma las palabras fluyan
de los labios artísticas, formando períodos de una belleza acabada? Es
un misterio de la oratoria; es un privilegio del cielo.
Cerca de una hora nos tuvo pendientes de sus labios, maravillados y
seducidos por aquel terso y luciente manantial de generosa elocuencia.
La misma Natalia, olvidando su situación, le miraba estupefacta con los
ojos muy abiertos, arrebatada a los intereses de su vida por el mágico
poder del arte.
«¿Por qué esa mujer odiosamente maltratada no se substraía a sus
tormentos? ¿por qué no huía de una vez del domicilio conyugal?, nos
preguntaba el representante del ministerio fiscal. ¡Que respondan por mí
las madres que en este momento me hacen el honor de escucharme! Ese
monstruo había prometido a su infeliz esposa proseguir en su hijo los
martirios que a ella le infligía si algún día le abandonaba. Y ésta no
era una vana amenaza ¡no! Ella sabía bien de lo que era capaz porque ya
se había asomado al abismo de su corazón y conocía sus negruras.»
Después, aludiendo al acto criminal que le había expulsado del ejército,
decía:
«Si todo el peso de la ley cayera en aquella ocasión sobre ese hombre
hubiera quedado en el presidio con una cadena al pie y su víctima no
gemiría todavía largos años bajo el tormento de sus crueles
tratamientos. Mas por un sarcasmo de la suerte el recuerdo venerado del
general Reyes le arrancó del calabozo donde debería purgar su delito. El
padre desde la tumba protegía al verdugo de su hija.»
Y cuando llegó a la escena final que dió origen al acto de Natalia tuvo
frases aceradas que impresionaron hondamente al auditorio.
«En este momento aparece el rufián, el hombre de los diamantes en los
dedos, que después de una noche de crápula viene todavía babeando de
lujuria a comprar de ocasión la honra de una desgraciada mujer. Y el
vendedor está allí, solícito, risueño, obsequioso, tratando de sacar el
mejor partido de su mercancía. El ceñudo mercader de Damasco cuando
lleva la esclava al mercado se desarruga, se muestra blando con ella
para hacerla subir de valor. El comprador la examina atentamente
mientras se come, se bebe y se fuma y al final desliza en los dedos del
hediondo traficante algunos billetes que son el precio del honor de
aquella mujer que un día, revestida del blanco velo de las vírgenes,
ceñidas sus cándidas sienes con la corona de azahar, le hizo entrega de
su cuerpo inmaculado y de su inocente corazón ante el altar.»
Por fin terminó su discurso con estas palabras que quedaron grabadas a
buril en mi cerebro:
«Algunos de vosotros, señores jurados, tendrán o habrán tenido la dicha
de ser padres. Vuestro corazón habrá saltado de gozo cuando al trasponer
la puerta de casa escucháis la voz adorada de una niña que con gritos de
alegría corre a recibiros; la levantáis en vuestros brazos, cubrís de
apasionados besos su rostro amasado con rosas y leche, la sentáis sobre
vuestras rodillas, acariciáis sus cabellos murmurando en su oído
palabras de amor mientras ella os tiene pendientes y embelesados con su
charla infantil y os hace olvidar por algunos instantes vuestras penas y
cuidados. Allí está vuestro tesoro. Ninguna vigilancia os parece
suficiente, ningún trabajo duro, ningún sacrificio bastante grande para
asegurar a aquel ángel un porvenir dichoso... Pues bien, señores
jurados, pensad por un momento que ese ángel caerá tal vez mañana en las
garras de un sér diabólico que va a satisfacer sobre ella sus feroces
instintos de crueldad, pensad que aquel afectuoso corazón, en vez de
saltar de alegría como ahora al escuchar el ruido de la puerta se
estremecerá de terror, pensad que aquellas cándidas mejillas donde
tantos besos habéis depositado serán cobardemente abofeteadas, que
aquellas tiernas manos que se introducían en vuestra barba acariciándola
se verán cubiertas de sangrientos cardenales, que aquellos celestiales
ojos en que os miráis retratados nunca dejarán de estar enrojecidos por
el llanto, que de aquellos labios donde fluían frescas carcajadas que os
inundaban de placer ya no saldrán más que gemidos. Y cuando esa criatura
llegando al término de sus sufrimientos ya no pueda más, cuando un día
impulsada por el instinto de conservación, que no abandona jamás a los
seres vivos, pues hasta las aves más tímidas del cielo se defienden con
su inofensivo pico, cuando un día sedienta de justicia arme su brazo con
el arma de los débiles para inutilizar a su verdugo, entonces como un
vulgar criminal se verá arrastrada a la cárcel y el representante de la
justicia pública pedirá para ella la pena infamante del presidio... Pues
bien, señores jurados, esa inocente criatura que os recibía con gritos
de alegría, que saltaba sobre vuestras rodillas y acariciaba con sus
dedos de rosa vuestras mejillas y gorjeaba en vuestros oídos palabras
de amor, esa hermosa niña que en un día de ofuscación entregasteis a un
miserable indigno de poseerla, esa joven escarnecida, martirizada,
ultrajada de cuantos modos es posible, ya ha sido arrastrada a la
cárcel, ya está en vuestro poder... Ahí la tenéis (_apuntando a
Natalia_). ¡Condenadla!»
Un escalofrío corrió por toda la sala cuando sonaron estas vehementes
palabras. El público guardó un silencio profundo y los ojos de todos se
clavaron con ansiedad en los jurados. Estos, inmóviles y pálidos, tenían
los suyos en el suelo. A mi lado oí murmurar a mis compañeros: «¡Está
salvada, está salvada!» El corazón me dijo también: «¡Está salvada!»
--¿Tiene alguna otra cosa que alegar la acusada?--preguntó el
Presidente.
--Nada, señor Presidente--respondió Natalia.
--Yo soy el que tengo algo que decir todavía--profirió una voz áspera,
estridente, la voz de Céspedes.
Todas las miradas se volvieron con sorpresa hacia él.
--¿Qué es lo que usted tiene que decir?
--Tengo que decir que ese señor que de tal manera me acaba de insultar
ha sido novio de mi mujer y ahora es su amante.
Se produjo un fuerte rumor en la sala, casi un tumulto. Moro y Natalia
empalidecieron. Yo sentí que toda mi sangre fluía al corazón. «¡Está
perdida!», me dije pasando en un instante de la alegría a la
desesperación.
El Presidente hizo sonar la campanilla.
--¿Puede usted probar la acusación que acaba de formular?
--No puedo probarla, pero es cierta.
El Presidente se encogió levemente de hombros.
--Señor Presidente, deseo decir solamente unas palabras--manifestó Moro
irguiéndose fieramente.
--El señor Abogado defensor no necesita responder a una acusación que no
trae aparejada prueba alguna. No obstante, puede hablar, aunque
brevemente.
--Como hijo que soy de un humilde obrero que a costa de enormes
sacrificios ha logrado procurarme un título académico, me he visto
necesitado en mi primera juventud a dar lecciones particulares. El
general Reyes me llamó para dárselas de francés a su hija. Que he
cumplido fielmente mi cometido lo prueba el que jamás me faltó su
estimación hasta su muerte. Si hubiera osado poner los ojos en su hija,
no sólo no la hubiera obtenido, sino que me hubiera arrojado de su casa.
Después de celebrado el matrimonio de la procesada no he vuelto a verla,
como me es fácil probar, ni siquiera a tener noticia de ella hasta
después de realizado el acto que la ha conducido a la prisión... Por lo
demás--añadió con gesto arrogante--si hubiera tenido el honor de hacerla
mi esposa no sería ciertamente para infligirla un bárbaro martirio de
diez años y concluir ultrajándola villanamente.
«--¡Muy bien! ¡muy bien!»--dijeron algunas voces.
El Presidente agitó la campanilla. Después de las formalidades
reglamentarias el Jurado se retiró a deliberar.
No es fácil representarse en qué estado de inquietud y congoja permanecí
cuando los jurados hubieron traspuesto la puerta. Mis esperanzas
batallaban con mis temores un combate sin tregua. El discurso
maravilloso de Sixto, la actitud abiertamente favorable del público me
hacía esperar un veredicto absolutorio; pero la corta inteligencia de
muchos hombres, el espíritu rutinario, tan poderoso en la sociedad, la
falta de valor que nos acomete a todos cuando debemos romper con el
derecho constituído y tradicional me hacían temer un fallo
condenatorio. Sobre todo, la flecha envenenada que aquel malvado había
disparado a la conclusión ¿qué efecto produciría en el ánimo de los
jurados?
Transcurrieron diez minutos; transcurrieron quince. Mi angustia había
llegado al extremo límite: mis manos y mis pies se movían sin cesar
convulsivamente; los compañeros me hablaban y no les oía; en fin, me
sentía inundado de sudor y estaba a punto de ponerme enfermo.
En cambio, Moro, con el codo apoyado sobre la mesa y la mejilla sobre la
mano, con los cabellos sobre la frente y los estáticos ojos clavados en
el vacío parecía la estatua del reposo. ¡Quién hubiera podido sospechar
que en tal momento se estaba decidiendo, no sóla la dicha, sino la vida
misma de aquel hombre! Natalia, igualmente inmóvil, con la vista fija en
el suelo, no acusaba agitación alguna. Eran dos almas del mismo temple.
Transcurrieron veinte minutos; transcurrió media hora. Por fin, la
puerta se abrió y apareció el tribunal y tomó asiento. ¡Momento supremo!
El Secretario se puso en pie y leyó el veredicto:
«¿Natalia de los Reyes Giráldez es responsable de haber arrojado un
frasco conteniendo ácido sulfúrico al rostro de su marido Rodrigo
Céspedes y Sotolongo ocasionándole graves heridas y la pérdida absoluta
y definitiva de la vista?
Hizo una pausa, durante la cual se hubiera podido escuchar el vuelo de
una mosca en la sala, y dijo con voz recia:
--¡No!
Un aplauso estruendoso, atronador, inmenso, que hizo vibrar los
cristales de los balcones y retemblar las paredes acogió este
monosílabo. Yo, por un movimiento automático, salté de mi silla y me
lancé a abrazar a Moro; pero éste había saltado también de la suya para
socorrer a Natalia que había caído desmayada. Fué tan grande la
confusión que se produjo que apenas se oyeron las restantes preguntas
del veredicto. Un médico que se hallaba en el público acudió a Natalia
que fué transportada fuera de la sala. Yo también salí y estuve presente
hasta que recobró el conocimiento. Cuando abrió sus ojos extraviados, al
tropezar con los míos sonrió dulcemente y me tendió la mano murmurando:
«Gracias, Angel». Después paseó la vista por la estancia con inquietud
buscando otra persona. Yo le dije al oído: «No puede venir ahora. Espera
unos instantes.»
El fiscal, abrumado por la unanimidad de la opinión, se abstuvo de pedir
la revisión del juicio por nuevo Jurado. La sentencia del Tribunal de
derecho absolviendo libremente a la procesada quedó firme. Moro
consiguió que se diesen inmediatamente las órdenes para ponerla en
libertad. Al cabo entró en la estancia donde nos hallábamos. Natalia
extendió sus dos manos y sus pálidas mejillas se tiñeron levemente de
carmín.
--Gracias, Moro.
--He cumplido con mi deber--respondió éste con noble sencillez.
Esperamos todavía largo rato allí dando tiempo a que el público evacuase
el edificio y se llenasen las últimas formalidades necesarias. Yo bajé
un momento a la calle para explorar los alrededores y ver si el coche de
Moro estaba en su sitio. Cuando pude cerciorarme de que la salida de
Natalia no llamaría la atención, subí de nuevo y se lo comuniqué a Moro.
Bajamos, al fin, la escalera. Natalia, entre los dos, apoyada en el
brazo de ambos. Sixto hizo montar a Natalia; después, juntándose a ella,
gritó al cochero:
--¡A casa!
Los caballos, cual si participasen del gozo y el triunfo de su amo,
partieron arrancando chispas de los adoquines. Yo me arrimé a la pared
del edificio sofocado por la alegría.
XI
EL CORO DE LAS EUMÉNIDES
No podían ser más felices. Su vida, en los primeros meses, fué un
verdadero éxtasis, la apoteosis del amor triunfante. Sixto experimentó
una transformación que el más indiferente no dejaría de observar: su
marcha era más resuelta, su voz más clara, sus ojos, hasta entonces
melancólicos, brillaban siempre risueños. Y como suele acaecer, a esta
exaltación feliz de su naturaleza correspondió inmediatamente el
resultado exterior de su actitud. El éxito resonante del proceso de
Natalia contribuyó no poco a acrecentar su popularidad y la importancia
de su bufete. Los negocios fluyeron abundantes y lucrativos; ganaba
cuanto dinero quería, y este dinero le parecía aún poco para
proporcionar a Natalia una vida opulenta. Vivían con un lujo que me iba
pareciendo escandaloso.
Pero la transformación de Natalia fué mucho más visible. Volvieron las
rosadas tintas a sus mejillas, volvieron aquellas antiguas redondeces de
niña obesa a sus hombros y a sus caderas, volvió aquella dulce expresión
infantil a sus ojos, aquella graciosa impetuosidad a sus gestos. La flor
de su hermosura se abrió por completo, llegó al apogeo de su atractivo.
Yo les acompañaba algunas veces a almorzar. Sixto me enviaba también con
frecuencia un billetito diciéndome el teatro a que pensaban asistir y me
reunía con ellos en un palco y pasábamos los tres la noche
deliciosamente entretenidos. Otras veces, las menos, porque Sixto
trabajaba como un negro, me llevaban de paseo en su coche por los
alrededores de Madrid. Natalia huía de la gente; vivía en alejamiento
absoluto de la sociedad sin una sola amiga. Esto me causaba pena; me
dolía verla separada del mundo como si fuese una réproba, la sentía
humillada y pensaba de buena fe que no había motivo para ello. Por eso
un día en que Sixto nos dejó solos en el comedor para ir a su despacho,
donde le reclamaba un cliente, me atreví a decirle:
--¿Por qué vives tan retirada, Natalia? ¿Por qué no anudas alguno de tus
antiguos conocimientos? Debes de tener amigas de colegio. En tu casa
entraba en otro tiempo mucha y buena gente. Yo creo que lo que te ha
ocurrido y te ocurre no puede deshonrarte a los ojos de ninguna persona
que tenga corazón.
Una arruga surcó su frentecita tersa. Quedó unos instantes silenciosa
mirando al vacío y me dijo con acento grave:
--Hay desgracias, Angel, que son irremediables: es en vano luchar contra
ellas.
--Yo pienso que la tuya no lo es.
--Pues no piensas bien. El mundo actualmente me mira con malos ojos. Si
pretendiese de nuevo entrar en sociedad, segura estoy de que sería
rechazada y humillada. Es posible que no haya motivo para ello como tú
imaginas; puede ser que muchas de las mujeres que me rechazasen hayan
tenido en su vida faltas menos disculpables que la mía; pero el mundo es
así y nosotros no podemos cambiarlo.
--Pienso, Natalia, que son aprensiones tuyas. El público se puso
resueltamente de tu lado desde un principio, te ha compadecido, te ha
disculpado, te ha estimado. No es posible que ahora te rechace. Aún
suenan en mis oídos aquellos aplausos clamorosos, aquellos gritos de
entusiasmo con que se acogió tu absolución.
--Sí; los hombres cuando se reúnen son buenos--replicó con sonrisa
triste--. ¿No ves lo que ocurre en el teatro? O porque les complazca
aparecer justos y nobles ante los demás o porque en realidad se les
hiera en la cuerda sensible, que todos o casi todos tenemos, es lo
cierto que en las grandes reuniones basta que alguno pronuncie palabras
de justicia y de bondad para que los demás aplaudan. Por un momento
todos se creen seres nobles, excelentes; en realidad puede que lo sean.
Pero se separan, se marcha cada uno a su casa y aquella cuerda delicada
deja de vibrar y vuelven a sonar otras muy distintas, la de la vanidad,
la de la envidia, la de la crueldad.
--Quizá tengas razón: no está mal observado lo que me acabas de decir.
Sin embargo, en este caso hay circunstancias que desvirtúan tu
observación, mejor dicho, que se oponen a ella. Sixto es un hombre tan
respetado y admirado en Madrid a la hora presente, que su nombre basta
para protegerte y te serviría de escudo contra cualquier humillación.