En esto llegó la fatal noticia de la muerte de papá. El Capitán general

y todo el elemento militar de la Habana me dieron en aquella ocasión

pruebas inolvidables de aprecio. Mi dolor fué tan vivo que quise

volverme loca. Yo quería a mi padre apasionadamente, pero desde que

advertí el despego de Rodrigo le quise mucho más. Ahora entendí bien que

me hallaba verdaderamente sola en el mundo: este pensamiento me dejó

abatida, aniquilada. Pronto vino a añadirse un nuevo dolor a este

abatimiento. El Capitán general estaba perfectamente enterado de la

conducta disoluta de Rodrigo, de sus escándalos y sus trampas. Hasta

entonces había cerrado los ojos por respeto a mi padre; pero tres meses

después de la muerte de éste le llamó a su despacho y le intimó la orden

de volver a la Península. Fué necesario obedecer. Vinimos destinados a

Barcelona. Como no había cumplido el plazo reglamentario en Ultramar

para consolidar su ascenso, Rodrigo volvió a ser capitán. Yo estaba ya

encinta de mi hijo Luisito. La vida volvió a ser muy dura para mí;

teníamos escasísimos recursos: Rodrigo estaba siempre de un humor

endiablado. Como ustedes presumirán, todas mis joyas habían desaparecido

ya desde hacía mucho tiempo. Sin embargo, conservaba colgado al cuello

siempre un retrato de mi madre orlado de perlas y brillantes que papá me

había regalado el día de mi primera comunión. Rodrigo me lo pidió,

primero con muy amables súplicas, después con amenazas. Me negué a

dárselo. Entonces se desató en injurias y por fin me dio un fuerte

empellón que me hizo caer sobre la chimenea hiriéndome en la cabeza...

--¿Ha habido testigos de ese acto?--preguntó Moro.

--En aquel momento no había allí nadie, pero la patrona de la casa de

huéspedes donde nos hallábamos estaba escuchando la disputa y acudió al

grito que yo di y me restañó la sangre recriminando duramente a mi

marido, porque yo estaba embarazada de siete meses.

Moro sacó la cartera y apuntó las señas de la casa y el nombre de la

huéspeda.

--Yo me hallaba tan preocupada con mi estado y era tan feliz con la

esperanza que ya casi había perdido, de tener un hijo, que no di gran

importancia a aquel acto. Nació mi niño y poco después Rodrigo fué

destinado a Filipinas y ascendió otra vez a comandante. Allí pasamos

algunos años. No me trataba bien, pero sólo en contadas ocasiones puso

la mano sobre mí. Por otra parte, las caricias de mi niño me compensaban

de todas mis desdichas. Pero llegó un momento en que se mezcló en cierto

asunto muy sucio de contrabando y sólo el recuerdo de mi padre, que el

Capitán general guardaba religiosamente, le salvó del presidio. Se

contentaron con expulsarle del ejército: quedamos a la gracia de Dios;

salimos de Filipinas; vinimos a Barcelona donde Rodrigo tenía amigos de

su misma calaña. Desde entonces mi vida fué un verdadero martirio.

Rodrigo, agriado por la miseria, viviendo entre gente crapulosa,

sirviendo de crupié en las casas de juego: pasé hambre algunas veces

porque mi hijo no la pasara; estuve encerrada en casa temporadas porque

no tenía zapatos que ponerme. Fuimos a Sevilla y mi vida aun fué peor...

No tengo fuerzas en este momento para contar los malos tratos que sufrí

de ese hombre. Fuí golpeada, humillada, privada de alimento y de ropa

con que abrigarme...

--¿Por qué no has huído de su lado?--exclamé yo--. Más valía para ti

morir en la calle.

--No huí porque me amenazó con que en ese caso se apoderaría de mi hijo,

a lo cual le daba derecho la ley, y le haría sufrir a él los martirios

que estaban destinados para mí.

Moro dejó escapar un rugido; saltó de la silla y se puso a dar vueltas

por la estancia como si estuviera loco, mesándose los cabellos,

rechinando los dientes.

Por fin se sentó otra vez y dijo con voz ronca:

--Siga usted.

Natalia le clavó una mirada de asombro y reconocimiento que él no pudo

sostener. Bajó la cabeza y observé que sus manos temblaban.

--No quiero entrar en los detalles de las maldades con que me ha

atormentado.

--¡Es necesario!--profirió Sixto.

--Dispénseme usted... No puedo en este momento... Me encuentro muy

excitada. Acaso más adelante... El amor de mi hijo me ha sostenido en

esas duras pruebas. Pero hará pronto tres meses que este ángel subió al

cielo comprendiendo que aquí no le aguardaban más que desdichas.

Al llegar a este punto rompió de nuevo en sollozos. Cuando se hubo

serenado prosiguió de esta manera:

--Con la muerte de mi hijo todo concluyó. Rodrigo sabía perfectamente

que éste era el único lazo que me ligaba los pies. No le convenía que yo

me marchase; le era necesaria. Así que desde entonces se abstuvo de

maltratarme; aun más, comenzó a mostrarse conmigo deferente, respetando

mi dolor: parecía interesarse por mi salud; me trajo algunos

medicamentos para la anemia que según él padezco. Por fin anteayer

domingo por la mañana me dijo con acento cariñoso: «--¿Quieres que

pasemos hoy el día en el campo? A ti te conviene respirar el aire puro,

distraerte un poco.»--Como ya todo me tenía sin cuidado en este mundo y

lo mismo me importaba quedarme en casa que salir, le dije que sí.

Tomamos el tranvía y nos fuimos a la Moncloa, nos paseamos, nos sentamos

después sobre el césped. Rodrigo se durmió: yo mientras tanto pensaba en

mi hijo y lloraba. Cuando despertó me propuso ir a almorzar a uno de los

restauranes de la Bombilla, pues había ganado el día anterior algún

dinero. Entramos, pues, en uno de ellos y Rodrigo me hizo elegir

amablemente en la carta lo que más me apetecía. Antes de concluir de

almorzar se presentó por allí un caballero que vino a saludar muy

afectuosamente a mi marido. Este me lo presentó como uno de sus mejores

amigos. Era un hombre joven todavía, grueso, no mal parecido, pero de

aspecto ordinario; vestía bien y lucía en el dedo meñique un enorme

brillante, uno de esos brillantes que llamamos «de jugador». No era otra

cosa, al parecer, aquel sujeto. Se sentó a nuestro lado, charló mucho,

se mostró galante conmigo, bebió dos copitas de cognac y regaló a mi

marido con algunos cigarros. Cuando nos levantamos de la mesa observé

que se dirigió al mozo y pagó todo el gasto que habíamos hecho. Esto me

sorprendió y me ofendió: se lo dije por lo bajo a mi marido; él se echó

a reír diciendo: «--¡Déjale, es rico!» Este sujeto nos acompañó después

en el paseo y por último nos dejó en el tranvía. Rodrigo continuó

mostrándose conmigo amable. Por la noche después de cenar, en vez de

salir, como siempre, se quedó en casa charlando. De pronto me dice

sonriendo: «--¿Te gusta Manolo López?» «--¿Quién es Manolo López?»--le

respondí, aunque sabía perfectamente a quién se refería. «--Anda, pues

el amigo con quien hemos paseado esta tarde.» «--¡Ah! sí, se me había

olvidado su nombre... Ni me gusta ni me disgusta.» «--Pues tú a él le

has chiflado.» «--¡Qué raro! ¿Cuándo te lo ha dicho?» «--Pues en un

momento en que tú estabas distraída.» Yo callé porque algo extraño y

terrible comenzaba a moverse en mi corazón. Guardamos silencio algunos

minutos y al cabo Rodrigo comenzó a decir como si hablase consigo mismo

y no para mí: «--Manolo López ha heredado hace algunos meses un millón

de pesetas de un tío prestamista. Manolo López es generoso: si quisiera

podía sacarnos de apuros. ¿Y por qué no había de querer? ¡Vaya si

quiere! Bastaría con que una personita que yo conozco hiciese una seña

para que todo su dinero se pusiese a nuestra disposición.» Una ola de

fuego subió a mi cara en aquel momento. Me levanté de la silla como si

me hubieran pinchado. «--¡Ni una palabra más, Rodrigo!» Pero él se

obstinó en hablar y entonces yo perdí la razón y le cubrí de denuestos.

El los sufrió mientras supuso que con la blandura podría conseguir algo;

pero una vez convencido de que todo era inútil se volvió a mostrar lo

que siempre ha sido, una hiena. Me insultó con las palabras más inmundas

y me golpeó bárbaramente. Entonces yo juré interiormente que no volvería

a poner la mano sobre mí. Por la mañana en cuanto salí a la calle compré

en la droguería un frasco lleno de vitriolo y lo guardé en mi seno.

Cuando tú me has encontrado ayer, Angel, lo llevaba ya. Rodrigo no me

dirigió la palabra en todo el día. Por la noche llegó temprano, contra

su costumbre; se conocía que le pedía el cuerpo reyerta; estaba

despechado, furioso: los planes que, sin duda, había trazado, se le

venían abajo. Comenzó por dirigirme indirectas y burlas y concluyó por

insultarme. Yo le respondí, porque estaba resuelta a no sufrirle más: él

me dió una bofetada que me batió contra la pared; entonces yo le grité:

«--¡No me tocarás más en tu vida, malvado!» Y sacando el frasco del

pecho se lo arrojé con todas mis fuerzas a la cara. Se hizo mil pedazos

en ella y Rodrigo cayó al suelo dando gritos horribles. Yo me di a la

fuga instintivamente, sin saber lo que hacía; abrí la puerta del cuarto

y me precipité por la escalera. Cuando estaba en el portal todavía

llegaban a mis oídos sus gritos. Salí y emprendí por las calles una

carrera loca: recorrí calles, muchas calles ¡muchas! y por fin salí al

campo; seguí una carretera: estaba muy oscura; al poco rato salió la

luna y pasé junto a unas casas; había algunos hombres delante de una de

ellas que me chichearon y viendo que yo no les respondía me insultaron.

Seguí la carretera que estaba llena de polvo; después atravesé un

puente: el río era poco caudaloso, más bien un arroyo; me detuve un

instante a mirarle y tuve intención de tirarme; pero comprendí que no

conseguiría privarme de la vida, sino herirme. Seguí mi marcha anhelante

por la carretera; volví a encontrar algunas casas; salí de nuevo al

campo; me sentí al fin tan abatida como si fuese a morir; me dejé caer

debajo de un árbol y me quedé dormida. Cuando desperté, la luna se había

ocultado de nuevo; estaba muy oscuro: no sabía dónde me hallaba. El

pensamiento de lo que había hecho me asaltó de pronto; volvieron a sonar

en mis oídos los gritos desgarradores de mi marido. Otra vez corrí

desalada y otra vez caí rendida al cabo de unos instantes. Me levanté en

cuanto me fué posible y seguí marchando aunque más lentamente. Al fin

tropecé con casas elevadas, vi una calle alumbrada con faroles y me

sentí más tranquila porque comprendí que había llegado a un pueblo.

Seguí aquella calle, luego otras y otras. Por fin, cuando ya rayaba el

día me encontré a la puerta de mi casa. Un guardia me apresó, me llevó

primero a la Inspección y después a esta cárcel.

Calló. Nos hallábamos tan conmovidos que no pudimos decir una palabra.

Después de un corto silencio, Moro levantó la cabeza y con resuelto

ademán profirió:

--Por hoy basta. Lo importante ahora es la salud de usted. De lo demás

que necesito saber tenemos tiempo a hablar más adelante.

Y se puso a hablar de la salud de Natalia como si estuviese en visita,

haciéndole minuciosas recomendaciones, proponiéndole remedios

preventivos. En cuanto se fuese hablaría con el médico de la cárcel y le

enviaría también el suyo. Estaba muy excitada: luego vendría la

depresión: era necesario prevenirse contra ella. Y después de haberla

animado con afectuosas palabras haciéndole comprender que había obrado

con perfecto derecho y en legítima defensa de su honor y de su vida dió

con extremada habilidad otro giro a la conversación; habló de los países

donde Natalia había vivido; le pidió noticias, hizo observaciones

jocosas; en suma, logró distraerla hasta el punto de que por un momento

la joven se olvidó de donde estaba y lo que había hecho.

Sin embargo, era necesario separarse. Moro se alzó de la silla

bromeando. La visita había sido demasiado larga. ¡Buena cansera le

habíamos dado! Y le tendió la mano sonriente como si se despidiese en

una visita ordinaria. Natalia se la apretó y se la retuvo unos momentos

sonriente también. Ambos se miraron a los ojos con una larga, intensa

mirada en que sus almas se besaron.

Pero Natalia volvió bruscamente la cabeza, se llevó las manos al rostro

y estalló nuevamente en sollozos. Moro volvió también la suya para

ocultar las lágrimas y se precipitó fuera de la estancia.

En el despacho del director convinimos los medios conducentes para hacer

más llevadera a nuestra amiga su posición. Aquél nos prometió

proporcionarle todas las comodidades compatibles con el Reglamento. Moro

dispuso que se le sirviesen las comidas de un restaurán próximo. Cuando

iba a decir que los gastos corrían por su cuenta, yo le toqué en el

brazo con disimulo. Comprendió bien lo que mi seña significaba. Natalia

no hubiera aceptado de su parte estos regalos. Bajó tristemente la

cabeza y me dejó la iniciativa y el privilegio de costearlo todo.

Nos retiramos tristes y silenciosos de aquel paraje. La alegría que en

los últimos momentos habíamos mostrado era una comedia destinada a

divertir de su aflictiva situación el espíritu de nuestra amiga. Cuando

nos despedimos a la puerta de su casa me estrechó la mano con fuerza y

me dijo:

--Hasta mañana. Tengo la seguridad de que Natalia será absuelta... Pero

si no fuese, procuraría hacer mejor la puntería que la vez pasada.

X

EN QUE SE DECLARA EL JUICIO DE LOS HOMBRES.

Aquellas palabras de mi amigo me inquietaron bastante. No soy un

optimista convencido; la vida nunca me demostró que debía serlo. Era

justo que Natalia fuese absuelta; ¿pero se impone la justicia en este

mundo?

De todos modos comenzamos con gran ardor la preparación de la defensa.

Rodrigo se hallaba en el hospital. Me informé de los médicos; las

heridas eran gravísimas: quedaría ciego y desfigurado. Tales noticias me

aterraron porque hacían peligrosa la situación de Natalia. En cambio a

Sixto le impresionaron agradablemente. Nadie quede sorprendido: así como

su amor por Natalia era mayor que el mío, el odio que profesaba al

malvado de su marido era cien veces más vivo.

Pocos días después hice un viaje a Barcelona con instrucciones de Moro

para obtener el testimonio de la patrona en cuya casa se hospedaron los

esposos en otro tiempo. Fuí dichoso en mis investigaciones; no sólo

adquirí este testimonio y la promesa de venir a Madrid cuando el juez la

llamase, sino también el de otras dos personas que habían presenciado

las violencias de Rodrigo. Sixto hizo otro viaje a Sevilla, también

afortunado.

Pero lo que había acaecido en Cuba y Filipinas era igualmente de gran

importancia. En este último punto algunas escenas habían sido

particularmente repugnantes. Los testigos eran criados. ¿Cómo averiguar

su paradero? ¿Cómo hacerles venir a España?

En esta ocasión la Providencia quiso ayudarnos por modo maravilloso. Un

día recibí una tarjeta de mi amigo Pérez de Vargas invitándome a

almorzar. Durante el almuerzo, que se efectuó en completa intimidad,

esto es, entre su esposa, él y yo, me manifestó que estaba

interesadísimo en el proceso de Natalia, no sólo porque yo lo estaba y

por la parte que tomaba en él un hombre a quien admiraba tanto como

Moro, sino por la simpatía y la compasión que le inspiraba la procesada,

a cuyo padre había conocido. Por lo mismo quería contribuír en la forma

que pudiese, con su influencia y con su dinero, al buen éxito del asunto

y se ponía desde luego a nuestra disposición. Entonces yo viéndole tan

propicio le hice saber nuestro embarazo. Testigos muy importantes y que

podían influír notablemente sobre el Jurado se hallaban en Filipinas.

Apenas hube pronunciado la última palabra exclamó:

--¡Cosa resuelta! Yo me encargo de buscar a esos testigos aunque se

escondan en el centro de la tierra.

Fuimos juntos a ver a Moro; celebramos algunas conferencias. Pocos días

después dos hombres hábiles y de toda confianza salían embarcados el uno

para Filipinas el otro para Cuba con amplios poderes y todo el dinero

necesario. Costase lo que costase era necesario traer a Madrid los

testigos que Moro les había designado.

La confianza de éste seguía siendo absoluta. Y sus ojos no sólo

expresaban la confianza, sino una secreta y concentrada fecilidad que yo

sabía bien de donde manaba. Esta misma expresión dulce y expansiva la

advertía en el rostro de Natalia cada vez que iba a visitarla una vez

por semana. Moro celebraba con ella frecuentes conferencias prevalido de

su cualidad de abogado defensor. Yo no podía dudar de lo que acaecía en

el alma de estos dos seres para mí tan caros y esto me causaba una

mezcla de alegría y de inquietud que no podría bien definir.

La preparación de la defensa no se limitaba solamente a la busca de

testigos. Empecé a trabajar también con todas mis fuerzas a fin de crear

en el público una atmósfera favorable a mi desgraciada amiga. En los

cafés, en los saloncillos de los teatros, en el Ateneo, a todas partes

donde iba me esforzaba en poner de nuestra parte a mis amigos y

conocidos. Fuí a visitar a todos los que lo habían sido del general

Reyes, les pinté la situación de su hija, los martirios que había

sufrido, y logré pronto que se convirtiesen en otros tantos ardientes

defensores de ella. Pero lo principal, como debe suponerse, era la

Prensa. Mis compañeros me dieron prueba en aquella ocasión de un afecto

que jamás agradeceré bastante. Hicieron una campaña discreta y

formidable. Dios se lo pague.

Dos meses después desembarcó en La Coruña el emisario que Pérez de

Vargas había enviado a Cuba, trayendo consigo una negra que había sido

doncella de Natalia. Cuarenta días más tarde hizo lo mismo en Cádiz el

que había enviado a Manila. Éste traía a dos indios, cochero y cocinero

que habían servido en casa de Céspedes. La instrucción del proceso se

desenvolvía, a no dudarlo, en sentido favorable.

Todo se hallaba preparado. Llegó por fin el gran día, el día del juicio

oral, que yo esperaba a la vez con ansiedad y temor. No podía desechar

éste de mi alma. Por más que me representaba las probabilidades de buen

éxito con que podíamos contar dada la naturaleza de los testimonios que

se ofrecían, el talento y la pericia de Moro, la simpatía que había

llegado a inspirar Natalia, no obstante, el hecho brutal estaba allí,

imborrable, incontrovertible: una mujer que hiere gravemente a su

marido, le desfigura, le deja ciego para siempre. No era fácil dejar

esto sin castigo.

Puede inferirse que la noche precedente dormí mal. Me levanté temprano,

di algunas vueltas por las calles, y, por fin, me personé en casa de

Moro. Estaba durmiendo aún. Volví a pasearme otro rato y cuando presumí

que ya estaría levantado llamé de nuevo a su puerta. El criado me dijo

que todavía se hallaba en la cama. Entonces, no pudiendo reprimir la

impaciencia, tomé sobre mí la responsabilidad de despertarle y me dirigí

a su dormitorio. En efecto, Sixto se hallaba sumido en profundo sueño.

Cuando abrí las maderas del balcón volvió la cabeza, abrió los ojos y me

miró un instante con vaga expresión sin darse cuenta de lo que mi visita

significaba. Por fin, comprendiendo, una sonrisa se dibujó en sus

labios.

--Perdona que te despierte, pero ya son las ocho... El juicio es a las

diez y...

--¿Y qué?--preguntó incorporándose y mirándome con la misma sonrisa.

Yo no sabía qué decir. Me puse a dar vueltas agitadamente por la

estancia.

--No puedo reprimir mi inquietud desde ayer, te lo confieso. Temo que

ocurra una cosa mala.

--¿Y por qué lo temes?--me preguntó con calma.

--No lo sé, pero lo temo... Francamente, no comprendo tu flema.

--Para vencer, querido Jiménez, es necesario creer en la victoria.

Y dando un salto fuera de la cama se dirigió a su bañera y se dispuso a

tomar una ducha.

Yo estaba admirado de aquella calma. Me trajo a la memoria la de

Napoleón cuando la noche víspera de la batalla de Austerlitz, después de

recorrer las posiciones de sus tropas, sacó el reloj y dijo:--«Voy a

dormir cuatro horas.» Y las durmió sin faltar un minuto. ¡Cuánto he

admirado siempre a estos hombres dueños de sí mismos! ¡Cuánto me he

despreciado a mí mismo y maldecido de mis nervios alborotadores!

--Bueno, ahora mientras me desayuno y preparo mis papeles, te vas a la

cárcel, le encargas bien a Natalia que se atenga estrictamente a las

instrucciones que le he dado y le infundes ánimo... si es que puedes.

--Procuraré tenerlo.

Volvió a mirarme sonriente y me apretó la mano.

--Hasta luego, poltrón.

Hallé a Natalia serena y confiada como él. Procuré, como había

prometido, hacerme el valiente y me desbordé en palabras de aliento que

sobre ser innecesarias debían de sonar a falso. Cuando llegó el momento

de separarnos para ir a la Audiencia, mi mano, al estrechar la suya,

temblaba. Natalia me miró con sorpresa.

--¿Tiemblas, Angel?... No temas, amigo mío. Venceremos probablemente,

pero si no vencemos marcharé al presidio tranquila porque hay todavía en

el mundo algunos corazones que se interesan por mí.

Me volví rápidamente para ocultar la emoción que me embargaba. Bajé a la

calle y esperé su salida. La vi montar en el coche de la cárcel. Yo

monté en el mío de punto y la hice seguir. Cuando llegamos al palacio de

la Audiencia, donde debía efectuarse el juicio quise hablar con ella,

pero me lo impidieron. La llevaron a la estancia reservada desde donde

pasaría a su tiempo a la sala. Yo me introduje en ésta, que se hallaba

ya llena. El proceso había despertado vivo interés. No sólo muchos

señores de la alta sociedad, sino también un gran número de damas habían

solicitado y obtenido entradas para presenciar el juicio y ocupaban los

mejores puestos. Yo lo tenía especial por mi condición de periodista.

Encontré ya sentados a algunos de mis compañeros. Éstos conocían el

interés que yo tenía por la procesada y se mostraban desde luego

partidarios resueltos de ella, expresando sus sentimientos en voz alta y

con poca discreción. Tuve que llamarles alguna vez al orden porque temía

que comprometiesen el éxito del negocio.

Se constituyó el Jurado después de las formalidades acostumbradas. Moro

ocupó su puesto y el fiscal el suyo. Todo el mundo sabía que éste pedía

para Natalia la pena de doce años de presidio. Era un funcionario de los

que juzgan que su deber es mostrarse en toda ocasión, con razón o sin

ella, implacables acusadores del procesado y hacen cuestión de amor

propio el que sea condenado. Yo le temía porque era hombre influyente y

hábil.

Se declaró abierto el juicio y apareció Natalia. Todas las miradas se

clavaron sobre ella con intensa curiosidad. Vestía el mismo traje negro

y la misma pobre mantilla con que la había visto la primera vez en la

calle. Su semblante estaba pálido, pero sus hermosos ojos brillaban

sobre él dulces y serenos sin arrogancia y sin confusión.

Hubo en el público un movimiento de simpatía. «--¡Qué hermosa es! ¡qué

hermosa es!», oí repetir en voz baja a los que estaban cerca.

Se sentó en el banquillo de los acusados y un guardia se colocó en pie

detrás de ella. Desgraciadamente, casi al mismo tiempo se presentó

Céspedes. Un ujier le conducía y fué a sentarle en el sitio que le

estaba designado. Tenía el rostro horriblemente desfigurado por las

quemaduras: los ojos habían casi desaparecido. Un rumor producido por el

horror y la compasión se esparció por toda la sala. Yo temblé y miré a

Natalia. Ésta bajó la vista y ni por casualidad volvió a mirar a su

marido mientras duró el juicio. Después volví los ojos a Moro: éste

tenía clavados los suyos en el verdugo de su adorada con expresión de

odio.

Fueron examinados los testigos de la acusación. No eran más que tres o

cuatro vecinos de la casa que habían escuchado los gritos de Céspedes y

habían presenciado la huída de Natalia.

Vinieron los de la defensa. Sus testimonios fueron terribles,

abrumadores: los malos tratamientos de Céspedes allí relatados

despertaron viva indignación en la asamblea. La sevicia quedaba

perfectamente probada; yo volví a recuperar la calma. Sin embargo, el

fiscal hizo lo posible por desvirtuarlos dirigiendo preguntas insidiosas

a los testigos, procurando ponerlos en contradicción, hasta mostrando

hacia algunos ostensible desdén a causa de su raza, pues los de

Filipinas eran indios y la doncella de Cuba, negra. Con Natalia también

se mostró desconsiderado y duro. Felizmente, ésta supo manifestarse tan

serena y animosa que no logró poco ni mucho turbarla: su modestia, el

acento sincero de sus palabras, su voz insinuante y dulce, causaron

grata impresión en el público. Por otra parte, Moro dirigió hábiles

preguntas a Céspedes. Éste respondió a ellas en forma tan altanera, con

aquel tono sarcástico en él congénito, que en un instante perdió la

simpatía que su lamentable estado inspiraba. Todo el mundo quedó

persuadido de que aquel hombre era bien capaz de cometer las maldades

que se le atribuían.

El juicio tomaba un giro evidentemente favorable para mi amiga. Sin

embargo, a medida que se desenvolvía aumentaba mi agitación. ¡Oh los

nervios! ¿Quién sabe lo que podía ocurrir? Cierto que Natalia había

sufrido crueles tratamientos, pero al mismo tiempo era evidente que

había cometido un delito y que a este delito no fué empujada por una

necesidad irremediable. Por otra parte, las inteligencias de los hombres

son tan diversas, pesan sobre ellas móviles tan varios... En fin, mi

imaginación daba tantas vueltas que concluí por sentirme mareado.

Años de juventud del doctor Angélico · 第 17 / 21 段