Al otro día fuí una hora antes. Me situé, como el anterior, en un lugar

donde pudiera acechar sin ser notado. Pocos minutos después de estar

allí vi salir de la casa una mujer enlutada. La reconocí en seguida,

aunque había cambiado bastante. Estaba mucho más delgada; pero su rostro

demacrado guardaba siempre aquel sello de inocencia infantil que tanto

seducía. Dirigió una mirada a un lado y a otro de la calle. Había en sus

ojos, hermosos como siempre, tanta humillación y tristeza que las

lágrimas saltaron a los míos.

La seguí procurando no ser notado. Vestía una pobre falda negra y una

mantillita deslustrada por el uso: llevaba en la mano un pequeño cesto.

Entró en el mercado de la plaza de la Cebada, situado no muy lejos de su

casa y realizó algunas compras para la alimentación, que me parecieron

bien reducidas. Después, salió de allí por otra puerta, y con paso

rápido se dirigió a la iglesia cercana y penetró en ella.

Sin vacilar, como quien está habituado a hacer todos los días lo mismo,

fué derecha al altar de la Virgen del Carmen y se dejó caer de rodillas.

Su oración duró larguísimo tiempo. Mientras tanto, yo, detrás de uno de

los pilares, con la vista clavada sobre ella, me entregaba a un sin fin

de pensamientos melancólicos y de proyectos locos.

Al fin se levantó y vi sus ojos enrojecidos por el llanto. Maniobrando

rápidamente salí antes que ella de la iglesia y la esperé. Cuando puso

el pie en la calle me planté delante y le dije:

--Buenos días, Natalia.

Me miró estupefacta sin conocerme; fué un instante.

--¡Angelito!

Y al alargarme su mano, bajó la cabeza y rompió a llorar. Los sollozos

la ahogaban. Entonces la arrastré hasta el portal más próximo para que

no llamase la atención de los transeuntes. Aguardé a que se calmase

apretándole la mano en silencio, pues comprendía que ninguna palabra

sería oportuna en aquella ocasión.

Al cabo alzó la frente, se secó los ojos y me preguntó:

--¿Me has encontrado por casualidad?

--No; te he venido a buscar.

--¿Cómo has sabido que estaba en Madrid?

--Por tu marido.

Le expliqué que éste no había querido darme sus señas y me había valido

de una estratagema para averiguarlas.

--¿Dónde le has visto?

--Ha venido a visitarme.

Una gran inquietud llameó en sus ojos.

--¿Para pedirte dinero?

--Una cosa insignificante.

Se puso roja.

--¿Y se lo has dado?

--¿Pues qué iba a hacer?

Bajó los ojos y dijo sordamente:

--No se lo des más.

--Pero si me dice que estáis pasando grandes apuros, que apenas tenéis

que comer, que no tiene dinero para comprarte unas botas...

--No importa, no se lo des más--replicó con resolución.

--Eso es fácil de decir; pero yo no puedo tolerar que pases hambre y que

vayas descalza mientras me queden unas pesetas en el bolsillo. Tú eres

para mí una hermana.

--Gracias, Angel--profirió conmovida apretándome la mano.

Guardó unos instantes silencio y después haciendo un esfuerzo sobre sí

misma y como si le costase enorme trabajo pronunciar las palabras,

comenzó a decir:

--No se lo des más porque... desgraciadamente tu dinero no serviría para

aliviar nuestras necesidades sino para alimentar sus vicios. Jugaría, se

emborracharía y en vez de darme unas botas me daría un mal rato.

--Pero, ¿es que te maltrata?--pregunté con voz alterada.

No me respondió. Al cabo exclamó con vehemencia:

--¡He sido muy desgraciada, mucho, muchísimo!... pero todas mis

desgracias no eran nada, no serían nada si Dios me hubiese dejado aquel

hijo de mis entrañas que acabo de perder.

Al pronunciar estas últimas palabras rompió de nuevo en sollozos.

Cuando se hubo calmado un poco comenzó a hablarme de su niño muerto: una

criatura de siete años, hermoso como un ángel, de una inteligencia tan

precoz que ya se daba cuenta de las penas de su madre y la consolaba

prodigándole palabras tan cariñosas y apasionadas que no podía

recordarlas ahora sin que se le partiese el corazón: «--Mira, mamita,

cuando yo sea grande trabajaré y ganaré mucho dinero y te compraré

bonitos trajes y viviremos en una casa mejor que ésta y tú no lavarás la

ropa porque tendremos criadas como antes. Yo no me casaré nunca más que

contigo.»

Me describió su enfermedad con todos los pormenores imaginables. Me

repitió sus últimas palabras:

«Mamá, estoy viendo el cielo. Hay una señora muy hermosa, muy hermosa

que se parece a ti. Muchos niños la rodean... ¡Mira, mira cómo me hacen

señas para que me vaya con ellos!... Dame la mano... Yo no quiero

separarme de ti, mamita. Ven conmigo, mamita,..»

La infeliz no dejaba de llorar mientras me narraba estas historias.

Algún transeunte al cruzar la miraba con sorpresa, pero viéndola

enlutada, comprendía que estaba hablando de algún ser desaparecido y

apartaba los ojos con respeto.

Sin embargo, yo tenía clavada en el alma una sospecha que me

atormentaba. Bruscamente le repetí:

--Pero dime, ¿tu marido te maltrata?

Sus ojos se secaron, adquiriendo una expresión dura.

--No hablemos de eso. Al morir mi niño concluyó todo... Y te juro que no

volverá a empezar.

No pude menos de recordar, observando su acento resuelto y la expresión

colérica de su mirada, a la Natalia de otros días, a aquella niña tan

viva, tan impetuosa, tan seductora.

No quise insistir; pero le dije:

--De todos modos deseo que sepas que no estás sola en el mundo y que

estoy dispuesto a hacer por ti todo cuanto puede hacer un hermano.

Me miró con tal expresión de gratitud y de afecto que largo tiempo

después, todavía al recordar aquella mirada, me sentía conmovido.

--¿Tu padre no tenía una hermana?

-Sí; la tía Leocadia. Se ha muerto un año después que él.

--¡Pobre Don Luis!--exclamé--. ¡Quién le había de decir!...

--Cuando se recibió la noticia en La Habana acababa yo de dar a luz a

Luisito. Me lo ocultaron mucho tiempo hasta que me puse buena... ¡Pobre

papá!... Su sino era malo como el mío.

Guardó silencio y yo también. Los dos pensábamos en lo mismo, pero el

nombre que palpitaba en nuestros labios no se llegó a pronunciar. Ni yo

tenía ganas de pronunciarlo ni ella seguramente de oírlo.

Nos apretamos de nuevo la mano para despedirnos Yo me decidí a

preguntarle:

--¿Necesitas dinero? Cuanto tengo es tuyo.

Hizo un gesto negativo.

--Aunque lo necesitase no podría aceptarlo porque _él_ lo advertiría

bien pronto.

--¡Es bien triste! Sin embargo, yo no me separo de ti sin que me

prometas que en un caso de apuro, lo mismo de dinero que de otra cosa,

acudirás a mí. Vivo en la calle del Arenal, en el hotel de... ¿Me lo

prometes?

--Te lo juro.

--¿Podré verte alguna vez?

--Sí; ven a esta misma hora a la iglesia... No muchas veces... Ya

comprenderás que pudieran observarnos y sospechar otra cosa.

La vi alejarse con su pobre cestita pendiente de la mano. Me sentí tan

melancólico, tan preocupado, que en todo el día no pude apartarla de mi

imaginación.

Me guardé bien de comunicar con Moro estas nuevas. No harían otra cosa

que inquietar su vida y entristecerla aún más que la mía. Continué

viendo a Natalia cada ocho o diez días al salir de la iglesia y hablando

con ella algunos minutos. No me fué posible obtener que aceptase el más

corto obsequio. En estas breves conferencias lloraba siempre. Sin

embargo, alguna vez la hice sonreír recordando algunos incidentes

cómicos del tiempo pasado.

--¿Te acuerdas de Sixto Moro, tu profesor?--le pregunté un día

repentinamente.

Observé una leve turbación en su fisonomía.

--¿Continuáis siendo tan amigos?--me replicó en un tono que se esforzaba

en aparecer indiferente.

--¡Ya lo creo! Nos vemos con mucha frecuencia. Pero el amigo Sixto ha

hecho gran carrera desde que le has perdido de vista. Es actualmente uno

de los primeros abogados de Madrid, gana mucho dinero, se le conoce, se

le respeta, es diputado y será pronto cuanto se le antoje.

--Todo se lo merece: es un hombre muy inteligente y muy simpático--me

dijo ya con perfecta tranquilidad.

Pero desvió inmediatamente la conversación hacia otro asunto, sin

mostrar curiosidad por conocer más detalles. Sin embargo, cuando nos

despedimos, al darme la mano me dijo con alguna vacilación.

--¿Sabes, Angelito?... No digas a Moro que estamos aquí.

--Pierde cuidado. Nada sabrá.

Debí haber añadido: «Por lo que a mí se refiere». Porque Sixto lo

averiguó casualmente por sí mismo. Un día que fuí a almorzar a su casa

le hallé pensativo y serio: antes de saludarme me dijo:

--¿Sabes a quién he visto ayer?

--Sí; a Rodrigo Céspedes.

--¿Sabías que estaba aquí?

--Lo he averiguado hace unos días.

--El traje que llevaba era deplorable. Parece hallarse en mala

situación. ¿No pertenece ya al ejército?

--Ha sido expulsado hace tiempo.

--¿Y su mujer?--preguntó con voz levemente alterada.

--Su mujer vive y está aquí.

--¿La has visto?

--No, no la he visto. Rodrigo, con quien hablé unos instantes en la

calle, ha evitado el darme las señas de su casa.

Me pareció que debía mentir en aquella ocasión. ¿Qué ventaja podía

resultar de que supiese que hablaba con Natalia? Al contrario, para ésta

y para él acaso hubiera peligro.

Guardó silencio obstinado largo rato, almorzó con poco apetito y le

observé distraído y meditabundo mientras permanecí en su casa.

Otro tanto me acaeció pocos días después al entrevistarme con Natalia a

la puerta de la iglesia. La hallé terriblemente seria: había en sus ojos

una gran inquietud: un pliegue profundo surcaba su frente.

Le pregunté si se sentía mal, si había tenido algún disgusto, Me

respondió secamente que se encontraba bien de salud y que nada le

ocurría. Hablamos pocos minutos y se apresuró a despedirse. Sin embargo,

al tiempo de separarnos volvió sobre sus pasos, me tomó la mano de nuevo

y apretándola con extraordinaria fuerza me dijo con un sollozo

reprimido:

--Pide a Dios por mí..., porque nunca lo he necesitado más que hoy.

Y se alejó rápidamente. Corrí detrás de ella.

--Dime, dime; ¿qué es lo que te pasa?

Pero ella, sin volverse, me hizo seña de que no la siguiese.

IX

LA DELINCUENTE HONRADA

Sobre las once de la mañana me desperté. Había llegado tarde del teatro:

todavía me quedé dormido algunos minutos. Al fin, dominando la pereza,

me planté de un salto fuera de la cama, hice las abluciones

acostumbradas; me vestí y me dirigí al comedor para almorzar.

El periódico estaba, como siempre, al lado de mi plato. He tenido toda

mi vida la antihigiénica costumbre de leer los periódicos a la hora de

las comidas. Lo recorrí lentamente mientras masticaba distraído lo que

me ponían delante, y ya iba a soltarlo cuando entre los _sucesos del

día_, colocados al final y que rara vez leo, tropezaron mis ojos con un

epígrafe en letra grande que decía: «Las vitrioleras».

«Ayer noche se desarrolló en la casa de la calle de Toledo, número...,

una escena que, por desgracia, se repiten con alguna frecuencia. Natalia

de los Reyes, de veintiséis años de edad, después de una acalorada

disputa con su marido Rodrigo Céspedes, de cuarenta y cinco, le arrojó

al rostro un frasco lleno de ácido sulfúrico, que le produjo graves

heridas. El herido fué llevado a la Casa de Socorro y desde allí al

hospital. La esposa criminal huyó del domicilio y hasta la hora presente

no pudo ser habida.»

Quedé sin gota de sangre en las venas. Dejé caer el periódico sobre la

mesa y mi consternación fué tal, que permanecí largo tiempo inmóvil sin

acertar a levantarme de la silla. Por fin tomé de nuevo el papel entre

las manos y volví a leer la noticia, imaginando vagamente que pudiera

haberme equivocado en los nombres. No, no; eran bien exactos: Natalia de

los Reyes, Rodrigo Céspedes. Seguí leyendo, sin saber lo que hacía, y al

final de la columna me encontré con otra noticia referente al mismo

asunto.

«Al cerrar nuestra edición tenemos noticia de que la autora del atentado

de la calle de Toledo, Natalia de los Reyes, se ha entregado

voluntariamente a la autoridad esta madrugada. Según hemos podido

averiguar los protagonistas de este drama son personas de buena sociedad

que por reveses de fortuna han llegado casi a la indigencia. Natalia de

los Reyes es hija del difunto general Don Luis de los Reyes, que hace

años representó un papel importante en la milicia y la política. Su

marido es un antiguo oficial del ejército, separado de él hace tiempo.

Tendremos a nuestros lectores al corriente de las fases de este suceso,

que por tratarse de personas conocidas llamará seguramente la atención

pública.»

Recordé la actitud extraña en que había hallado a Natalia y sus palabras

enigmáticas en el día anterior y comprendí que alguna nueva infamia de

Céspedes había venido a llenar la medida de su paciencia. Mi primer

pensamiento fué volar a la cárcel y hacer por mi desgraciada amiga

cuanto humanamente me fuese posible.

Cuando bajaba la escalera del hotel la subía Sixto Moro. Nuestras

miradas se cruzaron y nos entendimos. Nos estrechamos las manos en

silencio.

--¿Vas a la cárcel?--me preguntó.

--En este instante.

--Tengo el coche a la puerta. Vamos juntos.

Mientras rodábamos por las calles le expliqué lo que sabía y lo que

sospechaba de las relaciones de Natalia con su marido y le referí las

últimas conmovedoras palabras que habían salido de su boca cuando nos

despedimos el día antes.

En la cárcel nos dijeron que Natalia se hallaba incomunicada por orden

judicial.

--Vamos a ver al juez: es mi amigo--dijo Sixto.

Y de nuevo, más tristes e impacientes todavía, volvimos a rodar por las

calles.

El juez nos recibió atentamente, y nos manifestó que la incomunicación

sólo duraría hasta que tomase nueva declaración al herido. Sixto le dijo

que él se encargaba de la defensa de la procesada. Yo le hice saber que

era redactor de un periódico importante. En vista de ello nos dió un

permiso escrito para que pudiéramos verla particularmente una vez

levantada la incomunicación.

Cuando lo logramos era ya cerca de la noche. El jefe de la prisión se

mostró cortés en extremo con nosotros, nos hizo pasar a su despacho y él

mismo fué a informar a Natalia de mi visita. Le rogamos que nada dijera

de la presencia de Moro. Este se quedó en el despacho con él mientras

yo, guiado por un dependiente, llegué hasta la celda. Al abrirme la

puerta, Natalia salió a mi encuentro con las manos extendidas. Sentí mi

corazón tan oprimido al estrechárselas, que me saltaron las lágrimas a

los ojos.

--No llores, Angel. Por mala que sea mi situación en este momento, era

peor la que antes ocupaba.

Tenía los ojos secos, las mejillas encendidas y en su mirada había un

cierto extravío de locura.

Yo no podía hablar.

--No vayas a creer que estoy arrepentida--profirió sacudiéndome las

manos--. Nada de eso. ¡Estoy contenta, contentísima!

Y bruscamente, atropellándose para hablar, me dió cuenta de la forma en

que había llevado a cabo su acto. Le había arrojado el frasco entero de

vitriolo, ¡zas!, a la cara y se había hecho pedazos en ella.

--¡No estoy arrepentida, no! Cien veces volvería a hacer lo mismo con

ese miserable.

Comprendí que se hallaba presa de una gran excitación nerviosa y traté

de calmarla. Cuando le dije que Sixto Moro se había ofrecido a ser su

abogado defensor quedó repentinamente paralizada. Guardó silencio unos

instantes y dijo al cabo con voz demudada:

--Pero ¿es verdad lo que dices?

--Tan verdad, Natalia, que está ahí fuera esperando que yo le llame para

entrar.

--¡Oh, no, por Dios!--exclamó tapándose la cara con las manos--. ¡Qué

vergüenza!

--Sí, sí, Natalia, debe entrar. Lo está deseando ardientemente y va a

ser tu salvación.

Y sin más esperar me apresuré a salir de la estancia, fuí al despacho

del jefe y traje a Sixto conmigo. Antes de entrar éste se llevó la mano

al pecho y me dijo:

--Déjame un instante. Mi corazón parece que quiere salir de su sitio.

Cuando entramos Natalia estaba tan roja que daba miedo. Se adelantó

sonriente hacia Moro, que casi estaba tan rojo como ella. Pero al

estrecharle la mano le sucedió lo que a mí, no pudo reprimir las

lágrimas. Entonces Natalia, lanzando un grito sofocado, se dejó caer

sobre el pobre lecho que tenía cerca y estalló en sollozos. Fué una

crisis terrible de lágrimas. Sixto quería salir para llamar al médico;

pero yo le retuve.

--Déjala; este llanto le ha de venir muy bien.

En efecto, pocos minutos después se incorporó. Su fisonomía se había

serenado por completo: tenía otra vez aquella inocente expresión

infantil que la hacía tan adorable.

--Gracias, Moro--dijo alargándole la mano--. No merezco esas lágrimas ni

puedo pagárselas, pero Dios se las pagará... A mí ya me ha dado lo que

merecía.

--Nadie conoce sus designios, Natalia--repuso Moro gravemente--.

Confiemos en Él y apresurémonos a hacer lo que esté en nuestra mano para

salir de este mal paso.

Sus ojos inteligentes brillaron con firme resolución preparándose al

combate. Me invitó a sentarme en la única silla que allí había, salió un

momento a pedir otra y acomodándose con enérgica actitud frente a

Natalia, que se hallaba sentada sobre el borde del lecho, le dijo con

autoridad:

--Necesito saber todo lo que ha pasado: necesito saber también los

antecedentes del hecho.

--¿Es necesario que cuente mi historia?

--Sí; es necesario.

--¿Que lo cuente todo?

--Absolutamente todo.

--Pues bien, ustedes saben que después de mi boda estuvimos unos días en

Piedra, que volvimos y que poco después embarcamos en Cádiz para Cuba.

Por recomendación de papá, Rodrigo en vez de salir al campo de

operaciones, se quedó en La Habana a las órdenes del Capitán general.

Los primeros meses de mi matrimonio fueron los únicos felices. Mi marido

salía poco de casa y casi siempre conmigo: parecía haber abandonado sus

hábitos de juego: se mostraba deferente, afectuoso y alegre. Sin

embargo, en ciertos momentos aparecía taciturno y respondía a mis

preguntas en un tono sarcástico que no dejaba de herirme vivamente. Como

duraba poco tiempo, no eran más que leves nubecillas que no lograban

empañar mi dicha. Pero estos momentos de mal humor se fueron repitiendo

con alguna frecuencia y empezaron a darme que sentir y que pensar.

Sobre todo, vuelvo a decir, lo que más me hería y lo que más me ha

hecho sufrir toda la vida, aún más que otras cosas peores de que

hablaré, era su acento displicente, su actitud despreciativa. Pensando

en la manera de remediarlo imaginé ¡pobre de mí! que Rodrigo estaba

demasiado habituado a una vida divertida y frívola para soportar

fácilmente esta otra un poco monótona de familia. Y yo misma le insté

para que se fuese más tiempo con sus amigos y procurase distraerse. No

se lo hizo repetir. Comenzó de nuevo a hacer la vida de soltero y

calavera. Llegaba tarde a casa y alguna vez con señales de haber bebido

en demasía. Pero estaba alegre y me trataba con amabilidad: era

suficiente para que yo estuviese contenta. Más tarde quiso que yo

también participase de esta vida alegre y me llevó a varias casas donde

se bailaba, se cantaba y se jugaba. Pronto advertí que aquella sociedad

equívoca no estaba hecha para mí. Se hablaba con una libertad a la cual

no estaba acostumbrada; se usaban bromas subidas de color; las señoras

fumaban como los caballeros y jugaban a los naipes; los caballeros

juraban como carreteros cuando perdían y las damas, en vez de

indignarse, reían. A altas horas de la noche se salía algunas veces

formando pandilla, se recorría la ciudad y por fin se entraba en

cualquier café que estuviese abierto y allí continuaba la jarana hasta

que amaneciera...

Me hallaba tan avergonzada de esta sociedad poco honrosa y de esta vida

sin recato que a los pocos días le signifiqué a Rodrigo que estaba

resuelta a no entrar más en ella. Esto ocasionó el primer altercado

serio que habíamos tenido. Me trató con dureza y dejó escapar palabras

que me hirieron profundamente trayendo a cuento a mi padre y algunos

antecedentes de mi familia. Me mantuve firme y guardé de aquella disputa

un resentimiento que con el tiempo fué creciendo. Rodrigo, en vez de

apagarlo, le fué echando más leña con su actitud despegada y su conducta

libertina. Venía a casa cada noche más tarde; algunas veces no venía

hasta la madrugada. Yo me pasaba las horas llorando en una butaca.

Después vinieron los apuros de dinero. Rodrigo jugaba y cuando perdía

transcurrían algunos días sin entregarme ninguno para las necesidades de

la casa. Pasaba unos momentos crueles, unas vergüenzas increíbles cuando

me veía precisada a pedir prórroga para mis compras. ¡Ay!, después tuve

tiempo para acostumbrarme a estas penas, que no son las menos

insufribles para una persona decente. Un día Rodrigo se mostró conmigo

más afectuoso que de ordinario; al día siguiente igual, al otro lo

mismo. Yo acepté aquellas caricias como moneda de buena ley y me puse a

imaginar con alegría que había vuelto sobre sí, que estaba arrepentido

de su vida disoluta y que para nosotros comenzaba una nueva luna de

miel. Pronto vinieron al suelo mis ilusiones. Al cuarto día, con no

pocos preámbulos de caricias y palabras melosas, me hizo saber que se

hallaba en un compromiso de honor muy apremiante, que había jugado bajo

su palabra y que había perdido, que había prometido saldar su deuda en

el plazo de dos meses cuando le llegase el dinero que tenía en España y

que si no lo hacía quedaría deshonrado y no tenía otro recurso que darse

un tiro. «--¿Bien, y qué es lo que quieres de mí?»--le pregunté

sospechando inmediatamente de lo que se trataba y apreciando en su justo

valor ya las caricias de los días anteriores. Ante esta pregunta se hizo

el avergonzado, hasta quiso ruborizarse y me insinuó después de largas

vacilaciones que debía escribir a mi padre pidiéndole diez mil pesetas.

Me negué rotundamente a hacerlo. Insistió, rogó, se puso de rodillas

delante de mí y tanto hizo que al cabo logró ablandarme. Escribí a mi

padre con una repugnancia invencible. Yo conocía perfectamente su

situación, que su sueldo apenas bastaba a cubrir sus gastos personales y

que los de la casa pesaban todos sobre la fortuna de mi madrastra. En

efecto, a vuelta de correo me envió una carta severísima doliéndose de

que le pusiera en el trance de manifestarme su posición un poco

humillante, pues Guadalupe, por estipulaciones matrimoniales, guardaba

la libre administración de sus bienes. Le era imposible enviarme un

céntimo; apenas tenía para sus gastos de representación; pedir el dinero

a su mujer le parecía vergonzoso. Sin decirlo claramente dejaba

traslucir que sabía perfectamente a qué se destinaban las diez mil

pesetas que le pedía. Presenté la carta a Rodrigo; la leyó con gesto

avinagrado, pues veía que no venía letra alguna dentro de ella, y

dibujándose en sus labios una sonrisa amarga, me la entregó diciendo con

sarcasmo:--Muchas gracias al papá y a la hija.

Desde entonces cambió la decoración. Empezó a tratarme con el mayor

desprecio y a hacerme la vida muy dura.

--¿Llegó a maltratar a usted de obra?--preguntó Moro.

--Todavía no, pero me hablaba ya sin consideración alguna, paraba

poquísimo en casa, dejaba sobre su mesa para que yo las viese cartas de

mujeres. A tal extremo llegó en sus desprecios, que un día hice un

paquete de mi ropa y dejándole una carta sobre la mesa de noche salí de

la casa y me fuí a la de una amiga, señora de un coronel de artillería a

quien había conocido en Madrid. Entonces Rodrigo vino inmediatamente a

buscarme, se hizo el sorprendido ante mis amigos de mi decisión,

procuró quitar importancia a los agravios, me pidió perdón de ellos y,

en fin, se reconcilió conmigo. Todo aquello era pura hipocresía. Temía

que el coronel diese publicidad a su conducta, que llegase a oídos de mi

padre, el cual era hombre bien capaz de tomar venganza de ella y sobre

todo que se enterase el Capitán general, a quien le convenía tener

propicio. Volviendo, pues, sobre su acuerdo me trató desde entonces

relativamente bien. No logró, sin embargo, disimular lo bastante para

que yo no comprendiese que en el fondo de su corazón me guardaba rencor.

Años de juventud del doctor Angélico · 第 16 / 21 段