Pasarón estaba sentado en un sillón y departía con un conocido

catedrático y académico que se despidió cuando yo entré. En su rostro la

enfermedad traidora que le minaba aparecía ya de un modo bien

ostensible. Nos apretamos las manos y yo observé en la suya un calor de

mal agüero.

--Me han dicho que estabas un poco delicado de salud, que no sales de

casa desde hace ya algún tiempo y he querido hacerte compañía unos

instantes. ¿Qué es lo que tienes?

--Lo bastante, querido Jiménez, para dejar este mundo a toda prisa--me

respondió sonriendo tristemente.

--¡Qué idea! Veo que estás lleno de aprensión.

--No es aprensión; es una verdad evidente. Y lo peor del caso es que no

muero tranquila y valerosamente como un sabio sino como un pusilánime

ignorante. Sí; te confieso que me aterra, que me desespera dejar esta

vida a los treinta y dos años, cuando aun no he tenido tiempo a gustarla

ni a disgustarme de ella.

Hablaba con voz tan apagada y triste que me sentí conmovido. Hice un

esfuerzo sobre mí mismo y le respondí procurando dar a mis palabras una

entonación alegre.

--Deja esas imaginaciones lúgubres, hijas de una pasajera depresión

nerviosa. Tú no padeces más que un catarro que desaparecerá en cuanto

cambie este endiablado tiempo. Aun tienes que leer y escribir muchos

libros.

--¡Sí; libros, libros... siempre libros!--murmuró en un tono fatigado y

desdeñoso que me sorprendió.

--Supongo que en este confinamiento temporal que sufres serán tus

mejores amigos.

--¡Los aborrezco!

Yo me reí.

--Eso decía Herder en los últimos años de su vida, y un amigo que lo

supo replicaba: «--¡Y sin embargo, qué hermosos libros escribe!»--Lo

mismo digo yo ahora de ti.

Pasarón hizo una mueca de desdén.

--Hace cuatro meses que no abro uno solo por prescripción facultativa. Y

en estos cuatro meses he meditado más que en todos los años de mi vida.

Ocupado en fisgar lo que pasaba en el cerebro de los demás no he tenido

tiempo a pensar en el mío, como un hombre dedicado toda su vida a

recorrer palacios suntuosos sin descansar jamás en su propio y modesto

hogar. A los libros he sacrificado no sólo mi propio pensamiento, sino

lo que es peor, los alegres días de mi juventud y por fin mi vida entera

puesto que me muero. ¿Merecen este sacrificio? No; el hombre no es un

cerebro solamente. Tiene un cuerpo que le pide a gritos la felicidad,

ejercicio, aire puro, alimentos sabrosos, vinos que fortifican y

alegran, el aroma de las flores, la caricia de las aguas transparentes:

tiene un alma que se nutre de amor como el cuerpo de oxígeno, que desea

abrirse como una flor al rayo de una dulce pasión, que nos pide la

ternura de la familia, los encantos infantiles, el abandono de una

amistad generosa, que quiere, en suma, sentirse vivir. ¿Hay algo más

horrible que no sentir su alma?

--Sin embargo, Pasarón, los filósofos afirman que la inteligencia pura

es quien nos proporciona placeres sin mezcla de daño. Así que interviene

el sentimiento o la voluntad, con sus mezquinas aspiraciones, comienza

para nosotros la era de los enojos, nos sentimos arrastrados a la región

de la desgracia, de la agitación y el hastío.

--¡Falso! La inteligencia por sí sola no nos proporciona placer ni pena;

es un frío contemplador del universo. Para que exista uno u otro es

necesario que se mezcle de algún modo la emoción a ella. Kepler saltó de

gozo al descubrir la forma elíptica de la órbita de los planetas; pero

no fué el descubrimiento en sí mismo lo que le infundió alegría, sino el

orgullo de ser el primero entre los mortales que lo había averiguado.

Arráncale esa satisfacción de amor propio y hubiera contemplado la

órbita de Marte con la misma frialdad que tú contemplas la forma

elíptica de un macizo de flores en el Retiro... Repaso mi vida en estas

largas horas de ocio, y me persuado de que mis goces, descubriendo

noticias sepultadas en los archivos o adquiriendo libros raros, semejan

bastante a los de los coleccionadores de sellos o porcelanas.

--No, José Luis; el pesimismo que aporta siempre consigo la enfermedad

no te deja ver claro. Tú no eres un coleccionador de sellos; eres un

hombre glorioso que honra a nuestra nación.

--¡La gloria, la gloria!--repitió con dejo amargo--. _Flatus vocis!_ La

gloria es una palabrilla que deja escapar un hombre descuidadamente en

la conversación y que el interlocutor recoge con más ligereza aún; es un

adjetivo que la Prensa arroja a la publicidad entre otros millones de

adjetivos. ¿Hay algún hombre sensato que cifre en ello la alegría de su

vida? Pero aun suponiendo que fuese real y no vana esta alegría, para

sentirla es necesario vivir. Después que me hayan cerrado en el

sepulcro, todas las trompetas de la fama sonando a un tiempo, no

lograrán hacer vibrar una parte mínima de mi sér. Además, si existe la

gloria y si vale algo debe estar reservada a los que hayan pensado algo

por sí mismos, no a los que como yo han pasado el tiempo estudiando lo

que pensaron los demás. Concibo que un poeta o un filósofo sienta cierta

satisfacción durante su vida imaginando que sus ideas o sus imágenes

despierten en las futuras generaciones admiración y deleite, aunque el

tiempo que esto dure siempre será muy limitado; pero es altamente

ridículo que un crítico como yo sueñe con la gloria.

--Acaso tengas razón en lo que opinas de la gloria. Acaso no sea en el

fondo otra cosa que una de las infinitas manifestaciones de la infinita

vanidad humana. Pero hay algo, querido Pasarón, que está por encima de

la gloria y es la satisfacción que experimenta un hombre honrado

cumpliendo con su deber en este mundo.

--Esa misma satisfacción la puede sentir un carretero sin necesidad de

estropearse el estómago y los pulmones. Si yo he cumplido con mi deber

no hay más remedio que confesar que lo he hecho con poca prudencia. ¿Qué

opinarías de un piloto a quien se confía una máquina y que al poco

tiempo la devuelve estropeada, con los resortes gastados y algunas

piezas rotas? Dirías que era un mal mecánico, pues toda máquina debe

producir el máximum de su rendimiento y para ello es menester manejarla

con cuidado, hacerla trabajar con las debidas precauciones. Pues eso

mismo he sido yo. Un deplorable piloto. No he cuidado para nada de mi

pobre cuerpo; le he tenido años enteros en una quietud enervante,

respirando el polvo de los archivos en vez del aire puro de los campos,

no lo he refrescado cambiando de ambiente, no he dado reposo a mi

cerebro, no he alimentado mi corazón con sentimientos fortificantes, he

dejado transcurrir mi vida sin los placeres que la hacen amable, que nos

dan aliento para continuar la marcha y nos vuelven el equilibrio

perdido. ¡Qué gran estupidez! Si hubiese economizado mis fuerzas y

endulzado mi existencia es verosímil que llegase a viejo y entonces tal

vez pudiera ofrecer al mundo algo no enteramente desprovisto de mérito.

Quise disuadirle de aquellas aprensiones que le atormentaban, pero no me

fué posible. Parecía conocer con certeza la enfermedad que le minaba y

hallarse persuadido de su próxima muerte.

Hablamos todavía largo rato. A fin de distraerle llevé la conversación a

los asuntos que más pudieran alegrarle, a los incidentes cómicos y

divertidos de nuestra común estancia en la casa de la calle Carretas;

hablamos de los Mezquitas, de Albornoz, de Sixto Moro y discurrimos

acerca de su carácter y logré hacerle sonreír.

Al fin no tuve más remedio que despedirme. Cuando me alcé de la silla

volvió a pintarse en su rostro la tristeza. Me apretó la mano con toda

la fuerza que le consentía su gran debilidad y me dijo:

--Adiós, Jiménez. No seas un iluso como yo lo he sido. ¡Diviértete,

diviértete!

Un mes después los periódicos anunciaban con grandes letras capitales el

fallecimiento del insigne catedrático gloria y esperanza de las letras

patrias.

Fué un día de duelo para todos los españoles cultos. Yo sentí una mortal

tristeza. Era el primer amigo que veía morir. Aquella memorable

conversación que con él había tenido no se apartaba de mi mente.

Corrieron los años, y como él había previsto, su nombre se fué borrando

de la memoria de los hombres. Ahora sólo aparece de vez en cuando en los

libros de algún erudito.

Pero aquella tan prematura muerte dejó en mi cerebro huella indeleble.

Cuando arrastrado de mis aficiones científicas me excedo un poco en el

trabajo, permanezco demasiado tiempo delante de los libros y me siento

fatigado, se alza delante de mis ojos la imagen de Pasarón, doy un salto

en la silla y me levantó exclamando:

«¡No seas un iluso, Jiménez! ¡Diviértete, diviértete!»

Y salgo corriendo a tomar un billete para los toros.

VII

UN AMIGO QUE SE VA Y UN ENEMIGO QUE APARECE

Moro experimentó igualmente vivo dolor con la muerte de Pasarón. No le

frecuentaba mucho tampoco: ya he dicho que su aplicación obstinada y

exclusiva, su natural retraído y ¿por qué no decirlo? un poco frío le

alejaba del trato de sus amigos. Pero no podía menos de recordar con

placer, como yo, los días de la casa de huéspedes, nuestras disputas,

nuestras bromas y constante regocijo. Sólo en la edad juvenil se forman

sólidas amistades, porque quizá solamente entonces intervenga en ellas

el corazón.

Vino a buscarme en su coche y ambos acompañamos el cadáver de nuestro

amigo, unidos a un cortejo no muy numeroso, pero sí selecto. Formaban en

él profesores, literatos, artistas. Cuando llegamos al cementerio

experimenté la agradable sorpresa de encontrar entre los pocos que

asistieron al sepelio a mi buen amigo Pérez de Vargas. Me aproximé a

él, nos saludamos como siempre efusivamente y me dijo:

--No era amigo de Pasarón: sólo una vez le he hablado en mi vida; pero

he querido rendirle este testimonio de consideración, porque era un

hombre que honraba a su patria.

Terminada la triste ceremonia le presenté a mi amigo Moro. Se saludaron

con visible satisfacción como hombres que sin tratarse personalmente se

conocían hacía tiempo y se estimaban. Cuando regresamos, Pérez de Vargas

nos propuso que montásemos en su coche y le acompañásemos, a lo cual

tanto Sixto como yo accedimos gustosos. Traía un _landeau_ y sólo le

acompañaba su secretario; pudimos, pues, acomodarnos los cuatro y yo me

hallé sumamente complacido de poner en relación a aquellos dos hombres

que habían nacido para entenderse y amarse.

Sin embargo, comenzaron su amistad discutiendo. Como yo recordase la

conversación que con Pasarón había tenido algunos días antes de morir,

en la cual se lamentaba con amargura de haber agotado sus fuerzas y

arruinado su salud en el estudio sin gozar de los placeres juveniles, y

trajese a la memoria sus cortos amores con una de nuestras vecinitas, a

la cual sacrificó en aras de la ciencia, Moro exclamó con el tono

resuelto que le caracterizaba:

--Hacía bien en arrepentirse. Sacrificar el amor a la ciencia es lo

mismo que cambiar una barrica de jerez por otra de cerveza.

--¿Tan exagerada importancia da usted al amor sexual?--le preguntó Pérez

de Vargas.

--Ninguna otra cosa la tiene mayor. Creo que es el solo presente digno

que nos han hecho los dioses, lo único que reconcilia con la existencia.

Las relaciones entre hombre y mujer son el jugo sabroso que podemos

sacar de nuestro tránsito por la tierra, la ambrosía que le da valor y

le perfuma. Cuando el hombre pierde la facultad de interesarse por el

amor ha sufrido la máxima _capitis deminutio_; todo lo que le queda no

vale la pena de ser vivido, porque todo lo demás es incoloro, fastidioso

y triste a su lado. Como los héroes de la antigüedad, cuando descendían

a la mansión subterránea de los Campos Elíseos, arrastra desde entonces

una vida melancólica y suspira por la que gozaba a la luz del sol.

--Es materialista lo que usted dice, y sin embargo yo sé bien que es

usted espiritualista--replicó Pérez de Vargas con amable sonrisa--. El

amor, a mi juicio, no es más que un episodio en la vida del hombre, un

momento de fiebre, una breve locura durante la cual se desinteresa de

todo lo que le constituye como sér independiente para convertirse en un

instrumento de la especie.

--Usted me perdonará que rechace ese sofisma que tan válido corre ahora

entre los sabios. Si somos instrumentos de la especie cuando gozamos, lo

seremos igualmente cuando sufrimos. Nuestra pretendida independencia no

es más que una ilusión. Los hombres que como Pasarón se consagran con

alma y vida al estudio reciben el impulso de su propia naturaleza como

los que se consagran al amor; son seres tan necesitados como ellos. Pero

no se trata ahora de eso. Lo que yo he afirmado es que todas las demás

emociones placenteras del hombre palidecen al lado de las del amor,

mejor dicho, se borran, se desvanecen como las estrellas a la salida del

sol.

--¿Tiene usted en nada los goces del místico, del hombre contemplativo

que vive comunicándose con la Divinidad, que renuncia a los placeres de

la carne, que la mortifica, y en ello logra encontrar alegrías

exquisitas mil veces más nobles que las del amor humano? ¿No le inspiran

a usted aprecio las puras satisfacciones del sabio cuando después de

tenaces esfuerzos, que son para él un manantial de placeres, consigue

apoderarse de una verdad y transmitirla al mundo? ¡Qué sensación

deliciosa, inefable sería la de Kepler cuando después de haber hecho y

rehecho durante largos años infinitos cálculos logra un día descubrir la

forma elíptica de la órbita de los planetas! ¿Y la de Bernardo de

Palissy, cuando después de arrojar al horno sus muebles y hasta las

tablas del entarimado de su casa, al fin consigue fijar el esmalte de

sus porcelanas? ¿Y los goces intensos de Agustín Thierry, descifrando

infolios para extraer una frase, una palabra que le llevase al

conocimiento de los tiempos merovingios que pretendía escrutar? No le

quepa a usted duda, Moro; por encima de esos placeres efímeros del amor

sexual hay otros más altos y sabrosos a los cuales todo hombre debe

aspirar.

Moro se encogió de hombros y dirigió la vista a la ventanilla

contemplando el paisaje como si renunciase a discutir. Pero advirtiendo

inmediatamente lo que había de descortés en su actitud se volvió

sonriente y dijo:

--Ignoro lo que son y hasta dónde llegan las alegrías del hombre

contemplativo. En la _Imitación de Cristo_ he leído, en efecto, que si

los hombres de mundo las conociesen palidecerían de envidia. Es posible

que esto sea verdad. Yo no puedo resolverlo porque no soy místico y me

encuentro en la situación de un ciego juzgando de los colores. Pero en

lo que se refiere a las sensaciones del sabio puedo hablar con mayor

conocimiento de causa. Todas ellas valen bien poco si se las compara a

las que proporciona el amor; todas exigen penosos y continuados

esfuerzos. En el fondo no significan otra cosa que la satisfacción más

o menos intensa que el hombre experimenta cuando ha vencido una

dificultad. Usted mismo lo acaba de poner de manifiesto asimilando la de

Bernardo de Palissy, un artesano, a la de Kepler, un sabio... Por lo

demás, toda la alegría de éste descubriendo la órbita de los planetas es

corta si se compara a la de un joven enamorado descubriendo la silueta

de su novia al través de la reja en una noche de estío.

Comprendí que a mi amigo Pérez de Vargas no le causaban buena impresión

las paradojas de Moro y me apresuré a decir bromeando:

--No vayas a creer, Martín, que el amigo Moro, por lo que dice, es un

instintivo o un débil. En lo que se refiere al amor puedo asegurarte que

no ha sufrido lo que ahora llaman los sabios «la influencia de lo

inconsciente». Por el contrario, te lo presento como un tipo fuerte, en

que el amor es verdadero y completo, de corazón y cabeza, de cuerpo y de

alma.

--Pues yo confieso--dijo Pérez de Vargas--que soy eso que llaman un

_débil_. He sentido siempre gran debilidad por el bello sexo.

Con esto la conversación tomó un giro jocoso, y así departiendo llegamos

hasta las calles de Madrid. Allí Moro, que debía hacer una visita, se

trasladó a su coche y Pérez de Vargas me condujo hasta el café de

Fornos, donde me esperaba mi tertulia vespertina de amables compañeros

periodistas. Cuando quedamos solos, le di cuenta de la pasión de Moro

por la hija de Reyes y le conté todo aquello que podía contarse sin

lastimar su dignidad. Con estas noticias, Martín rectificó la opinión

que había formado de Moro después de sus últimas palabras y le estimó,

como era justo, más que antes.

Cuando salí de Fornos, anochecido ya, al atravesar por la Puerta del Sol

vi delante de mí, caminando en la misma dirección, un hombre cuya

figura me trajo a la memoria un personaje en el cual hacía tiempo que

había dejado de pensar. Me acerqué a él con cierta emoción y le examiné

ansiosamente. Vestía aquel hombre un chaquet raído y sobradamente

holgado que parecía haber sido hecho para otra persona; sus pantalones

estaban deshilachados y no muy limpios, los tacones del calzado gastados

y torcidos, el sombrero de fieltro grasiento. En suma, representaba la

imagen, bien frecuente en la corte, del caballero decaído y hambriento.

Sus cabellos, y esto era lo que me desconcertaba un poco, eran grises y

la parte de barba que lograba verle, también.

«Es él, es él», me dije, mientras mi corazón latía agitado. Para

cerciorarme avancé unos pasos para adelantarme a él y al pasar le miré

de través. Él también volvió un poco la cabeza y nuestras miradas se

cruzaron. En efecto, era él, era aquel antipático sujeto que se llamaba

Rodrigo Céspedes.

Cualquiera puede figurarse la impresión que tal encuentro me produjo. Mi

pensamiento voló inmediatamente a Natalia, aquella niña a la cual me

habían ligado lazos de afección tan estrechos, un cariño casi fraternal,

y me representé de improviso cosas terribles que me apretaron el

corazón. Comí sin apetito y antes de acostarme no cesé de pensar en

ella, imaginando unas veces que estaba muerta, otras que se hallaba

sumida en la miseria. De todos modos, vi la necesidad de tener noticias

y medité largamente los medios de adquirirlas.

VIII

TRISTES NOTICIAS

Al día siguiente me personé en el ministerio de la Guerra, donde tenía

un amigo teniente coronel de infantería. No conocía a Céspedes, ni había

oído nunca hablar de él, pero me dijo amablemente:

--Espéreme usted un instante, voy al despacho de Don Santiago Ruiz, que

es coronel de caballería, y seguramente podré obtener noticias de ese

sujeto.

En efecto, pocos minutos después se presentó de nuevo y sacudiendo la

cabeza me dijo:

--Malas referencias puedo dar a usted de ese individuo. Hace años que

fué expulsado del ejército en Filipinas, por un negocio sucio de

contrabando, y no ha ido a presidio porque el Capitán general había sido

amigo de su suegro. Don Santiago le conoce muy bien; fué su compañero de

promoción; sabe que ha vivido en Barcelona algún tiempo, luego en

Sevilla, siempre del juego y de la trampa, y que desde hace algunos

meses se encuentra en Madrid, donde continúa rodando hacia la cárcel

entre gente perdida y crapulosa.

Quedé consternado; me apresuré a preguntarle:

--¿Sabe usted si su mujer ha muerto?

--Don Santiago no tiene noticias de ello, pero supone que no.

Mi consternación fué mayor aún. Hubiera deseado que Natalia no

existiese.

Di las gracias a mi buen amigo y me retiré más inquieto aún que había

entrado.

Aquella noche, al levantarme de la mesa después de comer, el criado me

dijo:

--Hay un señor ahí que pregunta por usted.

--Bueno; pásalo a la habitación y enciende la luz.

Me dirigí a mi cuarto y, sin saber por qué, una sospecha cruzó por mi

mente. ¿Si será él?

Allí estaba, efectivamente, aquel repulsivo sujeto, arrellanado en una

butaca, con las piernas cruzadas, silbando dulcemente una polka de

cierta opereta bufa. Su grasiento sombrero descansaba sobre los papeles

de mi mesa.

Al verme, se levantó pausadamente y me tendió la mano con impertinente

condescendencia.

--¿Cómo va el amigo Jiménez? Supongo que me reconocerá usted.

--¿Céspedes?

--El mismo. Es usted buen fisonomista, porque he cambiado bastante. He

saltado de joven a viejo sin sentirlo. Además, la barba...

A su bigotito enhiesto y cuidado habían sucedido unas barbas grises y

aborrascadas, que, unidas a la dureza de su fisonomía y a la sordidez de

su indumentaria, le daban un aspecto de salteador de caminos.

--¿Y Natalia?--le pregunté reprimiendo mi emoción.

--Buena; gracias--me respondió secamente frunciendo el entrecejo.

--¿Está en Madrid?

--Pues, ¿dónde quiere usted que esté?--me respondió con un acento

insolente que me dejó confuso.

Me explicó en seguida que, a consecuencia de un choque que había tenido

con el coronel de su regimiento, se había visto obligado a dejar el

ejército hacía ya algunos años. Se encontró sin bienes de fortuna: no

halló trabajo decoroso: sus parientes le abandonaron miserablemente:

sus amigos, viéndole pobre, le volvieron la espalda.

--¿Será usted uno de ellos?--me preguntó clavándome una mirada que

queriendo ser humilde guardaba el reflejo sarcástico y agresivo que

siempre le había caracterizado.

Yo podía replicar que jamás había sido amigo suyo; pero estaba tan

avergonzado, tan dominado por aquella increíble desfachatez, que me

incliné haciendo un signo negativo.

Terminó pidiéndome cien pesetas, que le di sin vacilar pensando

solamente en Natalia.

Para colmo de desgracia, añadió después de darme las gracias como si le

ofreciese un cigarrillo, el único hijo que había tenido, un hermoso niño

de siete años, se les había muerto aquí en Madrid hacía dos meses.

--¡Pobre Natalia!--exclamé.

--Sí; no cesa de llorar desde entonces. Yo le digo que si había de ser

tan desgraciado como su padre más vale que haya dejado este mundo.

Tan bribón debió decir. Quise hacerle algunas preguntas acerca de ella,

pero las rehusó contestando en un tono tan displicente, que estuvo a

punto de hacer estallar mi cólera. Se apresuró a despedirse apretándome

la mano sin mirarme, como si fuese yo quien le acabase de sacar cien

pesetas. Cuando iba a trasponer la puerta le pregunté fingiendo

indiferencia:

--Hasta otro rato. ¿Dónde vive usted?

Vaciló un instante y respondió:

--En la calle del Olivar, número diez.

Comprendí que mentía. Aquel bandido no quería que viese a Natalia. Sin

embargo, fuí al día siguiente a la calle que me indicó con un resto de

esperanza. Pronto se disipó: en aquella casa no conocían a semejante

sujeto ni habían oído su nombre.

Pero yo estaba bien resuelto a conocer su domicilio y a ver a Natalia.

No se necesitaba ser muy avisado para sospechar que vendría otra vez a

sacarme dinero. En efecto, no se pasaron quince días sin que me hiciese

otra visita. Me pidió diez duros.

--Aguarde usted un instante--le dije--; no tengo en este momento dinero,

pero voy a pedírselo al dueño del hotel.

Busqué al chiquillo que limpiaba las botas y hacía los recados en la

fonda y le dije:

--Cuando salga el individuo que está en mi cuarto le sigues con todo

disimulo, y si averiguas dónde vive te doy un duro.

Hasta bien entrada la noche no tuve noticia alguna. Al pobre chico le

había costado un trabajo enorme averiguar aquellas señas. Antes de

restituirse a su domicilio, Céspedes había recorrido tres o cuatro

_tertulias_ de café donde se juega, y mi muchacho se vió necesitado a

esperarle pacientemente a la puerta en todas ellas. Por último hacía un

momento que había ido a su casa. Vivía en la calle de Toledo, número...

Al día siguiente, antes de las nueve de la mañana, me dirigí a esta

calle, y ocultándome en un portal me puse a espiar el de la casa citada.

Tenía una miserable apariencia que me contristó. ¡Pobre Natalia, dónde

había venido a parar! Y me representé la suntuosa y elegante mansión

donde hacía doce años la había conocido.

No quise por el momento preguntar por ella ni hablar con la portera.

Temía que cualquier indiscreción por mi parte le pudiera acarrear un

disgusto: preferí aguardar a que saliese, pues tenía por probable, si no

seguro, que lo hiciese a estas horas y no por la tarde. Nada conseguí.

Se pasó una hora, se pasaron dos y ninguna persona salió del portal que

se pareciese a ella.

Años de juventud del doctor Angélico · 第 15 / 21 段