--Perfectamente; pero las almas son distintas también como los cuerpos.

En la mayoría de los hombres no es más que un germen que permanece

sofocado hasta la muerte por montañas de apetitos bestiales. Si se

desarrolla y crece, sea enhorabuena. Cuando a un hombre le nacen las

alas, yo me inclino. Pero bajar la cabeza delante de un montón de

brutos, eso no lo haré jamás... Entre las cosas ridículas que ha traído

consigo el siglo en que vivimos, una de las mayores es esa admiración

sentimental hacia las clases obreras, fomentada por filósofos y

novelistas. No hace mucho leía yo la obra más reciente de un ruso muy

famoso. Cuenta en ella que hastiado de vivir en el llamado «gran mundo»,

donde no había hallado más que frivolidad y concupiscencia, acertó a

tropezar un día con una cuadrilla de segadores de rostros curtidos y

manos callosas. «¡Este es el verdadero gran mundo!», exclama

enternecido. Y acto continuo se dispara contra las clases elegantes y se

postra ante aquellos rudos trabajadores del campo. Otro filósofo

americano, a quien antes había leído, cuenta parecidamente que

hallándose en Viena, vió entrar de madrugada en la ciudad una

muchedumbre de aldeanas viejas y jóvenes, todas curtidas por la

intemperie, llevando en sus cestas la leche, los huevos, las frutas y

las legumbres para la capital. Enternecido también exclama: «¡Estos son

los verdaderos pilares del mundo!» Poco le falta para doblar la rodilla

y besar aquellas manos ennegrecidas y deformadas por el trabajo...

Entendámonos, amigo mío. Todo esto es muy sentimental, muy literario,

pero no tiene sentido común. Concibo que esos rudos trabajadores

inspiren compasión a todos los hombres buenos y sensibles, pero

admiración ¿por qué? Sólo debe admirarse lo que es meritorio, y sólo es

meritorio lo que es libre. ¿Por ventura esos segadores van a cortar las

mieses espontáneamente por hacer un bien a sus semejantes, y las

aldeanas austriacas llevan sus mercancías a la ciudad para que no mueran

de hambre sus habitantes? No; trabajan hostigadas por la necesidad. Si

no lo hiciesen, perecerían inmediatamente. ¿Qué mérito tiene, pues, su

trabajo?... Por lo demás, acércate un poco a esos rudos obreros, ponte

en relación con ellos, estudia su carácter y sus costumbres y verás

cuánto egoísmo, cuánta envidia, cuánta crueldad acompañan a su

ignorancia. Los novelistas hoy idealizan a los obreros; ayer idealizaban

a los pastores. Tan verdad es la virtud de los unos como la belleza de

los otros.

Hablaba Pérez de Vargas con exaltación colérica que me sorprendió, pues

le suponía muy distante de las ideas reaccionarias y autoritarias que

expresaba. Calló unos momentos y continuamos en silencio nuestro paseo.

Al cabo, deteniéndose repentinamente y poniéndome una mano sobre el

hombro, me dijo:

--Adivino que te hallas sorprendido y tal vez contrariado por lo que

acabo de decirte. Mis convicciones, sin embargo, no están fundadas en

razonamientos abstractos, sino en la observación y la experiencia... Voy

a contarte algo que no he comunicado hasta ahora a nadie más que a mi

mujer. Voy a contarte lo que me ha sucedido en el tiempo en que he

estado loco.

--¡Hombre, loco no!

--¡Sí, sí! loco de atar... Ya verás... No debo ocultarte que mi locura

fué resultado necesario de una idea fija que me acometió súbitamente y

que nada tiene de altruísta. Imaginé que, habiendo llovido sobre mí en

tan corto tiempo tal número de prosperidades, fatalmente había de

concluir todo por una gran catástrofe para dar satisfacción a la fuerza

encargada de equilibrar el destino de los hombres. Yo creía entonces en

el Destino; leía con ansiedad a los trágicos griegos y me parecía

evidente que ningún hombre puede ser feliz hasta el fin de su vida sin

hacer sacrificios a las fatales euménidas. Comencé a sentir una viva

inquietud que pronto se convirtió en verdadero terror. Vivía en un

horrible estado de agitación y vigilancia, haciéndome todo ojos y oídos

para espiar los pasos de la desgracia. Por aquel tiempo cayeron en mis

manos algunas novelas rusas que no poco ayudaron a trastornarme. Tú las

conoces y sabes que se agita en ellas una humanidad inquieta, dolorida,

víctima de una sensibilidad enfermiza.

»Como tal estado de inquietud se compadecía perfectamente con el mío,

pensé que tenía el mismo origen: el miedo y la compasión. Y así es en

efecto. Pero el miedo y la compasión en los escritores rusos procede de

un desequilibrio social, no individual como lo era el mío. Si Tolstoi y

Dostoiesky hubiesen nacido en un país libre como Inglaterra, es más que

probable que no verían a las clases trabajadoras al través de un velo

poético.

»De todos modos yo los vi así por su causa. Me sentí acometido de un

amor infinito por los obreros y de un desprecio también infinito por los

ricos. Como consecuencia de esto comencé a despreciarme a mí mismo.

»Es difícil, como supondrás, que un hombre sufra largo tiempo el

desprecio de sí mismo sin que haga esfuerzos por rehabilitarse. Yo los

hice tímidamente al principio apartándome de la ostentación,

simplificando mi género de vida, reduciendo mis necesidades. Después,

como no me tranquilizase, me entregué a una serie de ridiculeces que tú

conocerás en parte y que no te cuento por menudo porque aun hoy su

memoria me ruboriza. Por la pendiente de la extravagancia se llega

pronto a la locura. Yo estoy seguro de haberme internado en ella. ¿Cómo

se me ocurrió la idea de abandonar mi casa y a mi pobre esposa para

lanzarme en busca de aventuras santificantes? No te lo puedo explicar

porque, repito, que estaba loco.

»Heme aquí, pues, una mañana disfrazado de obrero con mi blusa de dril

azul, boina y alpargatas, llevando al hombro un morralito con algunas

groseras camisas y calzoncillos. Tomo el tren en un coche de tercera y

al cabo de doscientos kilómetros, poco más o menos, me bajo de él y

comienzo a caminar por los campos a la ventura. No imagino que Don

Quijote fuese más gozoso que yo en su primera y heroica salida.

Respiraba a grandes bocanadas el aire oxigenado de la campiña y con él

entraba en mi alma la paz y la dicha. Me creía en el pináculo de la

santidad. Me sentía unido fraternalmente a todos los pobres obreros y

cada vez que tropezaba con uno en mi camino me apetecía colgarme a su

cuello y besarle.

»Pero era necesario compartir su vida y sufrimientos. Al efecto

principié a ofrecerme como trabajador a los labriegos que hallaba en el

camino cultivando sus campos. Mis ofertas no obtuvieron éxito

satisfactorio. Esto comenzó a enfriar mi entusiasmo. Los campesinos me

miraban atenta y recelosamente y bajaban después la cabeza gruñendo un

_no_ indiferente.

»Al fin, cerca ya de un pueblo de cuyo nombre, como Cervantes, no

quisiera tampoco acordarme, tropecé con una casa de señorial aspecto,

mitad palacio, mitad granja. Estaba rodeada de hermosas huertas regadas

por algunas norias de moderna invención. Había también un jardín con

muchas y variadas flores, cuadras, establos, cocheras y una gran calle

de robles que conducía a su entrada principal. La puerta enrejada de

hierro se hallaba entreabierta y me colé por ella; pero antes de llegar

a la casa me salió al encuentro un criado, que en la forma más ruda

posible me preguntó:

--¿Dónde va usted?

--Soy un jornalero que busca trabajo.

--¿Y se entra usted por las casas de rondón sin tirar de la campana?...

Lo que me parece usted un vagabundo que intenta aprovecharse. ¡Ya se

está usted largando de aquí!

Y a empellones comenzó a empujarme hacia la puerta.

--No he visto la campana.

--Lo que usted no ve es lo que no quiere... ¡Fuera, fuera!

--¿Qué es eso, Jaime?--preguntó una voz que salía de entre los árboles.

--Un vagabundo que se ha colado aprovechando que la puerta no estaba

cerrada por completo.

Por una calle lateral apareció un caballero anciano, alto, delgado, con

los cabellos enteramente blancos ya. Fijó en mí por un instante sus ojos

y volviéndose airado hacia el criado le dijo:

--Sea quien sea este hombre, no se arroja a un semejante nuestro como a

un perro. Ya te he dicho repetidas veces que guardes más consideración a

las personas que llegan a mi casa.

--¡Pero, señor Marqués, éste no es una persona!--exclamó el criado con

toda su alma.

Su señor le miró estupefacto; pasó por sus ojos un relámpago de cólera.

Al fin, soltando una carcajada, exclamó:

--¡Jaime, por los clavos de Cristo, no seas tan animal!

Y volviéndose a mí con expresión benévola me preguntó:

--¿Qué desea usted, buen hombre?

--Señor Marqués--le respondí dándole ya el tratamiento que había oído--,

soy un pobre trabajador que desea colocarse.

El Marqués me examinó durante unos segundos y me preguntó con la misma

afabilidad:

--¿Tiene usted algún oficio?

--No, señor; deseo trabajar en cualquier cosa, aunque el jornal sea

pequeño con tal de que pueda vivir.

--¿Tiene usted mujer e hijos?

--No, señor; soy solo.

Quedó un momento pensativo y dijo al cabo:

--Está bien. En este momento se halla completa la servidumbre de esta

casa y como usted no es labrador no puedo enviarle a las tierras. Pero

dentro de pocos días se marcha al servicio militar el hijo del jardinero

y éste tiene necesidad de un peón que le ayude. Si a usted le conviene

puede quedarse. El jornal es pequeño: dos pesetas; pero tiene usted

cuarto para dormir; y como es usted solo y los víveres no son aquí

caros, podrá usted arreglarse.

»Acepté inmediatamente y di comienzo con alegría a las humildes tareas

que en mi opinión iban a regenerarme, a darme la tranquilidad de alma de

que me hallaba tan necesitado.

»El marqués de T... es un rico propietario que habita ocho meses del año

en sus tierras y cuatro en Sevilla. No tiene hijos; vive con su esposa,

que es tan anciana como él. Los dos viejecitos, amables, bondadosos, se

adoran como si en vez de cuarenta años no hiciera más que dos meses que

se hubiesen casado. Son una reproducción más de Filemón y Baucis, los

hospitalarios esposos que recibieron a Júpiter en su casa cuando todos

los habitantes del país le habían rechazado.

»Yo no era Júpiter; pero al cabo de algunos días el Marqués reconoció mi

divinidad. Una mañana me llamó a su despacho y me dijo sonriendo

bondadosamente:

--Amigo Martín, usted no es lo que parece. Ni sus manos demasiado

delicadas, ni sus modales son los de un obrero. Confiésese usted conmigo

y dígame francamente cómo ha llegado a situación tan precaria.

»Yo, que tenía preparada una historia para cualquier evento, se la

espeté sin vacilar. Le conté cómo había quedado en la miseria a

consecuencia de una serie de desgracias, fortuitas unas, engendradas

otras por mis faltas. Creyó cuanto le dije, y desde entonces me guardó

inusitadas consideraciones.

»Esto me acarreó inmediatamente la envidia y la aversión de los demás

sirvientes. Había muchos en la casa, porque el Marqués tenía una gran

labranza. No tardé en advertir que allí todo el mundo se aprovechaba de

la bondad y negligencia de los amos.

»Era una cueva de ladrones. El cochero se hacía rico a costa de la

cebada y la paja de los caballos, comprando el silencio del lacayo y del

mozo de cuadra con fuertes propinas. Los pastores mataban las reses y

fingían que habían muerto de enfermedad, vendiéndolas al carnicero. El

mozo de comedor escamoteaba las botellas de vino y las cedía a mitad de

precio a un tabernero del pueblo. La doncella manchaba los vestidos de

la señora para que se los regalase. El jardinero vendía a escondidas

grandes cestas de frutas y legumbres. Y del cocinero huelga decir que se

hallaba en connivencia con todos los abastecedores de la villa.

»Cualquiera podría imaginar que aquellos canallas estarían agradecidos a

la generosidad de los marqueses y a la consideración y afecto con que se

les trataba. Nada de eso. Los detestaban cordialmente. Jamás los

llamaban entre sí por sus nombres, sino por un mote ridículo. La

marquesa era la _Pelucona_, porque gastaba peluca; el marqués, _Bragas

rotas_, porque solían bajársele los pantalones.

»Como no participé de aquel odio brutal e injustificado, se me declaró

inmediatamente la guerra; se me supuso un adulador que trataba de

medrar. No puedes figurarte la serie de ruindades que ya desde un

principio tuve que sufrir por parte de aquellos miserables. Se me

hablaba con el mayor desprecio; me llamaban en la casa el _marqués de

las alpargatas_; se me arrojaba agua sucia desde el balcón; se me

engañaba enviándome a recados que nadie había ordenado...

»Aquella vida nada tenía de idílica. Pronto se convirtió en trágica. Una

tarde sorprendí al jardinero detrás del muro de la huerta vendiendo una

cesta de fruta. En el momento de aparecer yo la compradora le entregaba

el precio. A mi vista se turbó un poco, pero reponiéndose

instantáneamente me dijo con forzada sonrisa:

--¡Llegas a tiempo, pillo! Tienes buen olfato. Toma, para que bebas un

trago a la salud de esta buena mujer.

Y me alargó una peseta.

--Guárdese usted eso, que yo no quiero más dinero que lo que he ganado

honradamente--le respondí rojo de cólera.

»Él también se puso colorado. Calló y me dirigió una mirada de través;

una mirada tan maligna, que la sentí como una puñalada.

»Aquella tarde me enviaron con un recado a la villa. Era ya cerca del

anochecer. Cuando regresé, noche cerrada. Al atravesar por una

callejuela entre paredillas guarnecidas de zarzamora me descerrajaron un

tiro que no hizo blanco. Me asusté mucho, como puedes figurarte; pero

reflexionando después comprendí que aquello no era un asesinato

frustrado, sino una advertencia. Me di por enterado, y al día siguiente

me presenté al Marqués solicitando mi cuenta y despidiéndome. Escribió

el vale para el administrador y me lo entregó silenciosamente con una

sonrisa burlona que me hizo adivinar lo que en aquel momento pensaba de

mí. «Este es un gandul de nacimiento--debió decirse--que no puede estar

tranquilo en parte alguna porque le duele el trabajo.»

»No quise sacarle de su error: hubiera sido difícil y peligroso. Salí de

su casa y tomé el tren para Sevilla, que no distaba muchas leguas.

»Como comprenderás, aquella mi primera y heroica salida me dejó tan

malparado y mohíno como a Don Quijote la aventura de los molinos de

viento. Sin embargo, no tardé en recobrarme. Estos miserables que acabo

de dejar--me dije mientras el tren corría por los campos de

Andalucía--no son obreros, sino domésticos, esto es, hombres a quienes

la servidumbre ha degradado; participan de la vileza del esclavo. Los

verdaderos obreros son hombres libres y por lo mismo dignos. Entre ellos

quiero vivir.

»Así que llegué a Sevilla me puse a buscar a estos hombres libres y

dignos. Pasando por delante de una casa en construcción vi a un sujeto

que daba órdenes a los albañiles y suponiendo fundadamente que era el

director o encargado de la obra me acerqué a él y le pedí trabajo.

Inmediatamente me lo otorgó y no sólo a mí, sino también a otro pobre

diablo que detrás de mí se presentó.

»Me puse a trabajar como peón y no tardé en observar que se me recibía

por parte de los demás obreros con manifiesta hostilidad. Entablé

conversación con mi nuevo compañero, a quien hallé más benévolo, y me

enteró de que era un desgraciado con cinco hijos que había venido de su

pueblo a Sevilla bajo la promesa que le hiciera un magnate de colocarle

como agente de Orden público. La promesa se difería de una semana para

otra y sus recursos habían terminado. Para no fenecer de hambre él y sus

hijos ínterin se colocaba, vióse obligado, aunque había sido sargento

del ejército, a emplearse en un trabajo tan ruin.

»Al día siguiente vinieron otros dos jornaleros solicitando trabajo y se

lo concedieron igualmente. Al otro se presentaron dos más y también se

quedaron. Entonces observé señales de agitación en los antiguos:

hablaban entre sí con ademanes violentos; nos dirigían miradas

iracundas. Por último a la hora de dejar el trabajo, se presentó una

Comisión de ellos al encargado solicitando que se nos despidiera a los

nuevos «porque no estábamos asociados». El director respondió

cortésmente, según me enteré después, que a causa de las muchas obras

que había en Sevilla a la sazón los peones asociados pretendían

cincuenta céntimos más de jornal y que no estaba dispuesto a someterse a

esta exigencia.

»Transcurrieron otros tres días y vi a los antiguos obreros cada vez más

desabridos con nosotros. De nuevo se dirigieron al encargado, esta vez

en actitud amenazadora, intimándole casi la orden de que nos despidiese

inmediatamente. El encargado volvió a responderles con las mismas

corteses razones; pero como no bastasen a convencerles terminó por

encolerizarse y decirles algunas palabras ásperas. La Comisión se retiró

enfurecida y comunicó la respuesta a sus compañeros que igualmente

montaron en cólera y no se ocultaron ya para vociferar y amenazar con la

huelga.

»Sin embargo, se presentaron al trabajo en la mañana siguiente, y, con

sorpresa mía, aparecieron risueños, charlando entre sí alegremente,

cambiando algunas palabras embozadas que, a no dudarlo, iban contra

nosotros. De vez en cuando nos dirigían miradas burlonas y se hacían

guiños maliciosos. Nada bueno auguraba esta actitud. En efecto, media

hora después de la entrada al trabajo y cuando circulaba aún muy poca

gente por las calles, aparecieron de improviso seis u ocho obreros

empuñando formidables garrotes. Sin dar un grito ni pronunciar palabra

se arrojaron sobre nosotros. Antes de caer al suelo pude observar que

los antiguos nos designaban con el dedo para que no se equivocasen.

»Fué una verdadera caza de ratones. Los que pudimos nos refugiamos

debajo de los andamios, pero los antiguos nos echaban ladrillos encima

como quien aplasta cucarachas. Cuando nos dejaron medio muertos se

retiraron sin estorbo alguno. Ningún guardia se presentó por allí hasta

pasado algún tiempo. Nos recogieron y nos transportaron al hospital. Yo

llevaba dos costillas rotas y varias contusiones de importancia; pero el

pobre sargento, mi compañero, iba moribundo y falleció a mi lado pocas

horas después. En su agonía no cesaba de murmurar: «--¡Pobres hijos!,

¡pobres hijos míos!» Me volví hacia él y le dije: «--Pierde cuidado, si

vivo yo me encargo de tus hijos.» «--Gracias, gracias por tu buena

voluntad»--murmuró sonriendo tristemente. En efecto, ¿qué otra cosa más

que buena voluntad podía ofrecer un hombre tan desdichado como él? ¡Oh

si pudiese adivinar que sus niños estarían muy pronto en un colegio

educados como los hijos de los más grandes señores!...»

Calló unos instantes Pérez de Vargas. Observé que el recuerdo de esta

triste aventura le había agitado. Yo también estaba conmovido. Al cabo

profirió sonriendo con amargura:

--¡Aquellos hombres libres, aquellos dignos obreros nos aplastaban como

animales inmundos por el delito de ganar un pedazo de pan con el sudor

de nuestra frente!...

Y cambiando bruscamente de tono me dijo con indiferencia:

--¿No te parece que la tarde ha refrescado? Opino que debemos meternos

en el coche. Te dejaré en tu casa.

--En mi casa, no. Déjame en el Suizo.

--Vuelta, y para delante del café Suizo--ordenó al lacayo mientras éste

cerraba la portezuela.

Hablamos de cosas indiferentes. Sin embargo, yo estaba distraído y

preocupado. Al cabo no pude menos de decirle:

--Perdóname que insista sobre un asunto que debe de ser para ti penoso.

No me explico cómo después de las aventuras que acabas de narrarme y que

han despertado en ti un justificado desprecio hacia la clase jornalera,

te preocupas tanto de ella. Es verdaderamente admirable tu generosidad.

--Nada tiene de admirable--contestó riendo--. Yo estoy persuadido de que

Sócrates tenía razón cuando afirmaba que el que obra mal no lo hace

creyendo que es mal, sino bien, o lo que es igual, que la maldad no

significa otra cosa que falta de discernimiento. Instruír a los hombres

es hacerlos mejores. Por eso, más que de curar sus llagas físicas

fundando hospitales y asilos, dedico mis esfuerzos como hombre público

al cuidado de las escuelas y cuanto dinero puedo gastar a la creación de

centros de cultura. Que estén enfermos y se mueran es cosa secundaria.

Otros vendrán a reemplazarlos. Pero que siga imperando en el mundo el

odio y la barbarie subleva mi corazón y despierta mi actividad. La

lucecita de bondad y de justicia que alumbra débilmente a nuestra

sociedad es lo único interesante de ella. ¿Qué importan los

refinamientos de nuestras máquinas si el corazón del maquinista sigue

siendo infame? Llegará un día en que estas máquinas servirán de garras y

de dientes para destrozarnos los unos a los otros. El esfuerzo moral, la

especulación metafísica, la ciencia teórica, el arte, la poesía, he aquí

el fin verdadero de los efímeros mortales. El hombre no ha nacido para

nutrirse, vestirse y regalar su cuerpo, sino para asomar un instante su

cabeza en el mundo de las ideas.

--¿Y caer después en la nada?

--Ningún sér puede caer en la nada, decía el gran Spinosa... Así lo creo

yo... Y después de todo, ¿qué? Más valen unos instantes de conciencia

perfecta que una eternidad de inconsciencia bestial. El amor y la

belleza pesan más en la balanza del universo que el sueño eterno de las

fuerzas físicas.

--¿Cuál es el criterio para admitir esa superioridad?

--No existe. Los criterios son fórmulas, invenciones de nuestro sistema

cerebral. Sabemos que el amor vale más que el odio, que la conciencia es

superior a la inconsciencia, como sabemos al despertar que ya no

dormimos.

Guardamos silencio. El carruaje rodaba ya por las calles, que en aquella

hora rebosaban de gente y animación.

--¿A que no sabes--me dijo repentinamente poniéndome una mano sobre la

rodilla--qué es lo que yo busco ocupándome tanto de la instrucción

popular?

--Si no me lo dices...

--Pues busco un hombre. Estoy convencido, como te he dicho, de que las

masas son despreciables. Los hombres, en su inmensa mayoría, casi en su

totalidad, viven y mueren en la abyección intelectual, sin pisar el

umbral de la conciencia. Inclinados siempre hacia la tierra, como decía

Platón, al igual de los animales, los ojos fijos en el pasto, se

entregan brutalmente a los placeres sensuales. Pero entre estos hombres

aparentes puede surgir uno verdadero, un Sócrates, un Spinosa, un

Shakespeare, un Cervantes. Es lo que yo busco. Quiero decir que la

instrucción en general sirve de poco. El que nace majadero, morirá

majadero aunque los más hábiles maestros del mundo se concierten para

educarle. Por muchos granos que arrojes a la tierra si ésta es estéril

no fructificarán. Observa cómo los juicios de la inmensa mayoría de los

hombres no tienen valor alguno. Pero la simiente puede caer por azar en

buen terreno y entonces surge en nuestro planeta el verdadero hombre,

el hombre simbólico. Yo daría por bien empleados todos mis esfuerzos y

mi dinero si al cabo consiguiera que se produzca en el mundo un hombre

original.

No hay duda que mi amigo Pérez de Vargas lo era. Con ingenio y

elocuencia siguió desenvolviendo su tesis paradójica hasta que el coche

se detuvo delante del café Suizo. Me bajé, y apretándole la mano me

despedí de él.

--Muchas gracias, Martín. Casi de acuerdo contigo.

--¿Nada más que casi?--me preguntó riendo.

--Nada más que casi.

VI

ÚLTIMAS OPINIONES DE UN SABIO

Un día en la Redacción me dijeron que Pasarón se hallaba seriamente

enfermo.

--¿Qué es lo que tiene?--pregunté.

--Se trata, al parecer, de algo grave. Se dice que está afectado de una

tuberculosis pulmonar. Hace ya dos meses que no asiste a cátedra ni sale

de casa.

Esta noticia me impresionó dolorosamente. Si mi cariño hacia este amigo

no era apasionado, la estimación que le guardaba era profunda. Nuestra

amistad era a la sazón lo que siempre había sido, cordial y familiar

aunque sin gran calor. Le veía de tarde en tarde porque girábamos en

órbitas distintas, pero cuando nos encontrábamos departíamos un rato

alegremente. Recordábamos los buenos tiempos de nuestra convivencia en

la casa de la calle de Carretas. Yo me abstenía, sin embargo, de aludir

a las lindas bordadoras, nuestras vecinitas, a las cuales, por otra

parte, había perdido de vista hacía largo tiempo. Me enviaba con amable

dedicatoria sus libros y yo le pagaba citando su nombre siempre que

hallaba ocasión, y hasta cuando no la hallaba, en el periódico

acompañado de los epítetos más lisonjeros.

Resolví visitarle para enterarme de la verdad de su estado. Habitaba en

un piso primero bastante espacioso, pero tétrico, de una casa situada en

una calle estrecha del viejo Madrid.

El criado que me abrió la puerta no puso dificultad para introducirme

cerca de su amo. Me condujo al través de algunos oscuros corredores

tapizados por ambos lados de libros, y entré en una gran sala tan pobre

y sórdidamente alhajada que quedé maravillado. El suelo vestido de

estera de cordelillo, los balcones provistos de visillos descabalados,

los unos cortos, los otros largos, un sofá, dos sillones y algunas

sillas, forrado todo de rica tela tan deteriorada por el polvo que

apenas se reconocía su color. Las paredes cubiertas casi enteramente de

libros colocados en altos armarios de pino barnizados de negro. Pero

sobre todo lo que impresionaba más desagradablemente era la suciedad y

abandono que se advertía en aquella estancia, lo mismo que en los

pasillos que había atravesado.

Pasarón había heredado a sus padres, que en su provincia pasaban por

ricos. Unido su patrimonio al sueldo de catedrático y al dinero que le

producían sus libros, debiera proporcionarle recursos para vivir con

holgura si no con lujo. ¿Por qué tal ausencia de elegancia y aun de

decoro en su casa? Algunos lo achacarían a tacañería. Yo pensé más bien

que aquella deficiencia era hija del exclusivismo que había reinado

siempre en su espíritu. Este hombre no veía en el mundo otra cosa más

que libros. Muebles elegantes y tapices y cortinas, adornos bonitos,

esmero, limpieza, comodidad, todo esto era para él tan indiferente que

apenas si se daba cuenta de que tales cosas existían en el mundo.

El gabinete, donde el criado me hizo entrar después de haberme

anunciado, no ofrecía mejor aspecto que la sala. Libros, muchos libros,

sillas deterioradas, igual estera de cordelillo, mesa de pino barnizado

llena de papeles. Allá en el fondo de la alcoba un sencillo catre de

hierro y sobre él colgado un crucifijo. Parecía la celda de un monje.

Años de juventud del doctor Angélico · 第 14 / 21 段