los nervios del marido? Seguramente porque era el más joven. Sin
embargo, el capitán lo era también en cierto modo y, además, lo confieso
sin falsa modestia, me aventajaba en la figura.
Pero el capitán se había hecho amigo de Bellido (así se llamaba el
marido de la rusa) desde el día siguiente de su llegada. Cuando todos
nos levantábamos y nos marchábamos a nuestros cuartos, ellos dos solos
se quedaban de sobremesa y departían todavía largo rato. Y en esta
sobremesa el andaluz se desahogaba en el seno de su nuevo amigo
refiriéndole los mil desabrimientos que experimentaba desde que llegara
a España, a causa de la poca educación que aquí había. El infeliz vivía
inquieto y sobresaltado. En la calle requebraban descaradamente a su
señora, la seguían, la hablaban al oído; en el teatro la enviaban
ramilletes de flores; por el correo interior recibía billetes amorosos.
Pero si cruzaba por delante de un grupo de albañiles, estos señores no
se limitaban a requebrar a su esposa, sino que le injuriaban a él mismo
groseramente. Todas estas cosas iban aflojando los lazos que le unían a
su patria y hablaba vagamente de romper con ella de una vez y para
siempre. Así nos lo contaba riendo el capitán cuando el pobre hombre no
estaba delante.
Pues, como decía, el marido de aquella singular mujer me espiaba y
apenas podía posar mis ojos sobre ella sin que los de él me clavasen una
mirada recelosa. Yo le hurtaba, sin embargo, las vueltas, la devoraba
con los ojos y me nutría de sus encantos. Porque los _beesfsteaks_ y los
_ragôuts_ del hotel allá se iban casi siempre a la cocina sin que yo los
tocase.
Tal régimen alimenticio era muy a propósito para quedar enamorado. Lo
quedé a los pocos días de un modo inverosímil y tuve la inocencia de
participárselo al capitán, por ser el único huésped con quien todavía se
podía departir sobre asuntos de galantería.
Debo confesar, en descargo de mi conciencia, que aquella señora, fuese
princesa, esclava o titiritera, jamás alentó mi pasión amorosa ni aun
creo que se haya dado cuenta de ella. Era una estatua, era una diosa; se
la podían clavar las miradas más rendidas, más inflamadas; las suyas no
expresaban más que una tranquila indiferencia.
Entonces me puse a hacer uso de aquellas facultades oníricas de que
antes he hablado. Me puse a soñar. He aquí los medios a que apelé para
provocar los sueños deseados.
Compré algunas historias y novelas rusas y leía por ellas una vez metido
en la cama por la noche. Mi imaginación con estas lecturas se exaltaba y
yo tenía buen cuidado de prestar a la heroína más simpática de cada
novela los rasgos fisonómicos y la figura de la esposa de Bellido. Al
mismo tiempo, en el instante en que me ganaba el sueño llevaba a la
nariz un pañuelo empapado en esencia de reseda, que era el perfume que
aquélla usaba, ordinariamente. Con estos sencillos artificios y con
fijar mi pensamiento tenazmente en la hermosa dama, al tiempo de
dormirme lograba, sino siempre, bastantes veces, soñar con ella.
Recuerdo que una vez soñé que me hallaba al servicio de la Policía rusa
en Petrogrado. Habiendo tenido la fortuna de descubrir una vasta
conspiración de terroristas, logré capturar a algunos de ellos y
averigüé que obedecían las órdenes de una condesa muy conocida en la
alta sociedad. Me personé una noche en el palacio de esta condesa y la
hice detener. Era, como debe suponerse, la hermosa señora de Bellido. Se
puso densamente pálida al saber quién era yo y a lo que venía, pero no
pronunció una palabra y se dispuso a seguirme. Tanta hermosura y tanta
dignidad me cautivaron. En vez de conducirla a la prisión le facilité la
huída. Pero uno de mis compañeros me espiaba. Este compañero, que era un
sér perverso y despreciable, tenía el rostro de Bellido. Entonces
determiné fugarme con ella. Salimos por la noche bien recatados y nos
dirigimos al río, donde yo tenía un bote preparado. Empuñé los remos y
bogué hacia la desembocadura, donde pensaba hallar un buque español que
mandaba un marino amigo mío. Este marino no era otro que el viejo
general, mi compañero de hotel. Cuando me hallé en medio del Newa, me
creí salvado. Solté un instante los remos y tomé las manos de la hermosa
condesa que llevé a los labios con una mezcla de respeto, de admiración
y de amor, que parecía transportar mi alma al paraíso. Porque todo el
mundo habrá observado que nuestra sensibilidad espiritual aumenta
notablemente durante el sueño: el amor, la compasión, el miedo, los
celos son mucho más intensos que en la vigilia. Era una noche oscura de
primavera. A nuestra izquierda se destacaban apenas las enormes masas
del Palacio de Invierno y a nuestra derecha las Fortificaciones, con su
iglesia que sirve de panteón a la familia de los zares. Yo me sentía
enajenado y me preparaba ya a caer de rodillas delante de la bella
conspiradora, cuando acierto a ver entre las sombras el punto negro de
otro bote que navegaba rápidamente hacia nosotros; sentí el chapoteo de
los remos y escucho una voz que grita: «¡Para!» Era la voz de mi
compañero, esto es, de Bellido. En vez de parar, remo con todas mis
fuerzas. De nada me valió. Él traía cuatro marineros y en pocos
instantes fuimos abordados. Entonces yo, presa de irresistible furor, me
arrojé al cuello de Bellido y ambos caímos al agua. La ira me dió tales
fuerzas, que logré estrangularlo y salir después a la superficie. Mas
cuando salí, los marineros se habían apoderado ya de la condesa y
bogaban con ella hacia el muelle. ¡Mi dolor, mi desconsuelo fueron tan
grandes, que desperté!
Soñé otra vez que me hallaba agregado a la Embajada española en
Petrogrado. Trabé amistad con un príncipe en cierta reunión
aristocrática y este príncipe me invitó a visitarle en una de sus
tierras que poseía cerca de Moscou. En los días que allí pasé conocí a
algunos señores de los contornos amigos suyos. Entre ellos uno
pequeñito, calvo y feo... No debo decir más: Bellido. Ver a su esposa y
quedar enamorado de ella fué todo uno. Tampoco era preciso advertirlo.
Ella correspondió a mi amor ¿cómo no? y decidimos fugarnos. El príncipe,
que odiaba y despreciaba como se merecía al marido, aunque se fingía su
amigo, me facilitó los medios. Puso a mi disposición un trineo con seis
caballos. Heme aquí corriendo sobre la nieve al través de la llanura
desierta. Pero esta vez, como la otra, también fuimos alcanzados. El
cochero del marido era más experto que el nuestro. ¡Deteneos! Viéndoles
muy cerca yo me vuelvo y disparo mi revólver. El cochero de nuestro
enemigo cayó muerto del pescante. El coche se detuvo al cabo de unos
instantes y pudimos escapar. Pero mi adorado dueño se sintió mal poco
después y me dijo sin preámbulos que se moría, que aquella emoción le
había roto el corazón. Y en efecto, tal como lo dijo lo hizo. Me echó
los brazos al cuello, me besó apasionadamente y dándome en aquellos
últimos instantes pruebas del más heroico amor, despidiéndose de mí con
las palabras más tiernas expiró en mis brazos como una flor que troncha
el vendaval. Entre el cochero y yo levantamos la nieve, abrimos una fosa
y la sepultamos. Yo lloraba todas las lágrimas que puede tener un
hombre dentro de sí. Al mismo tiempo, sentía un frío tan intenso que
pensaba morir. Este frío me despertó. Se me había caído la ropa de la
cama y observé que mi almohada estaba empapada de lágrimas.
Pero no siempre soñaba cosas trágicas y lúgubres. En otra ocasión soñé
que me hallaba como espectador en un circo, en la primera fila de sillas
tocando con la pista. Después de unos gimnastas que trabajaron en la
barra fija, apareció una amazona montando un caballo amaestrado. Era mi
bella rusa. ¡Qué cambios elegantes!, ¡qué saltos!, ¡qué primores! El
público se mostraba entusiasmado (bien se echa de ver que era un sueño,
porque jamás le vi entusiasmado en tales ocasiones) y aplaudía
frenéticamente. Pero ella no tenía ojos más que para mí. Cada vez que
pasaba delante de mí me dedicaba una sonrisa divina. Los espectadores me
miraban con curiosidad y envidia. Yo me hallaba en el séptimo cielo. Por
fin, al terminar su trabajo la hermosa amazona se apeó de un salto y
vino sonriente hacia mí tendiéndome una mano. Yo se la besé con
transporte y ella me dió un beso en la frente. El público rompió en un
aplauso estrepitoso... Y desperté.
¿Por qué cada vez que soñaba con su esposa me dirigía Bellido en la mesa
tan agresivas y feroces miradas? Sencillamente, porque el capitán de
artillería era un traidor, que le narraba punto por punto mi sueño, pues
yo creo haber dicho que tenía la inocencia de contárselos. Era un sér
perverso que se gozaba en tostar sobre la parrilla al desdichado
andaluz.
Mi último y definitivo sueño en aquella temporada fué como sigue:
Yo era un rico comerciante musulmán que habitaba la ciudad de Kabul en
el Afganistán. Una tarde fuí al mercado de esclavos y compré por
algunas piastras una hermosísima circasiana, que no necesito decir quién
era. En pocos días quedé subyugado por los encantos de aquella mujer;
rendido a sus pies hasta el punto de hacerla mi favorita y mi primera
esposa, pues era polígamo y confieso que no sentía por ello gran
repugnancia. Pero he aquí que al poco tiempo se esparció por la ciudad
la fama de la hermosura de mi esclava, aunque yo tenía cuidado de
mantenerla encerrada, y que llega a los oídos del emir. Era este emir el
hombre más lúbrico de todo su Imperio. No tardó en presentarse en mi
casa con pretexto de hacerme una visita, pues éramos amigos. Yo me eché
a temblar. Se parecía a Bellido como un huevo a otro y esta
circunstancia aumentaba mi aversión infinitamente. Le convidé, le
agasajé, me mostré con él humilde y servil hasta un grado indecible,
todo por amor de mi esclava. No me valió de nada. Cuando nos hallábamos
tomando café, me dijo de pronto:
--Enséñame tus mujeres.
--¡Oh!, no tienen valor alguno comparadas con las tuyas, poderoso señor.
--Quiero verlas--respondió secamente.
-Ya sabes, muy poderoso señor, que los creyentes debemos guardar
nuestras mujeres de las miradas de los hombres.
--Quiero verlas--replicó en tono imperioso.
No hubo remedio; le mostré todas mis mujeres, claro está, salvo una.
--¿No tienes ninguna otra?--me preguntó mirándome fija y severamente.
--Ninguna otra, alto y poderoso señor.
--Repara bien lo que dices porque va en ello tu cabeza--profirió
mirándome con más severidad aún.
Ahora bien, yo siempre tuve extraordinaria afición a mi cabeza lo mismo
soñando que despierto. Así que caí a sus pies diciendo:
--Perdón, señor; tengo, además, una esclava circasiana.
Me ordenó mostrársela, le pareció muy bien, como era natural, y me
obligó a enviársela al palacio.
Heme aquí desesperado y respirando atroces deseos de venganza por todos
los poros de mi cuerpo. Realizo mis riquezas y me voy al Turkestán. Allí
entro en relación con el general-gobernador ruso, le convenzo de que
debe atacar al emir y me confía el mando de la expedición. Después de
una batalla sangrienta en que las huestes del emir fueron derrotadas,
logro entrar en Kabul, me apodero del palacio, rescato a mi bella
circasiana y hago prisionero al tirano. Entonces yo, que había adoptado
las feroces costumbres de los rusos, le hago azotar en uno de los patios
del palacio. Mi esposa favorita y yo contemplábamos desde una terraza
tan agradable operación. Por cierto que los gritos del infeliz Bellido
la hacían reír a carcajadas, mostrando al hacerlo los dientes nacarados
de su boca, que me tenía enloquecido.
Por la mañana almorcé mano a mano con el capitán y le conté este sueño.
Por la noche, a la hora de la comida, Bellido me clavó una mirada tan
agresiva, que me dejó desconcertado. Nos pusimos a comer y sus ojos
encarnizados, cargados de odio, apenas se apartaban de mí. Comprendí que
se acercaba la catástrofe y me resolví de una vez a precipitarla y
hacerla frente. Clavé mis ojos descaradamente en la bella rusa y mantuve
la mirada sobre ella con osadía. De pronto Bellido me interpela alzando
enérgicamente la voz:
--¿Qué es lo que usted mira?
La sangre se me agolpó a la cabeza y contesto rojo de ira:
--Miro lo que se me antoja.
--¡Es usted un joven bien insolente!
--¡Y usted un viejo mamarracho!
Ambos nos alzamos de la silla y quisimos arrojarnos el uno sobre el
otro. Pero a él le retuvieron algunas manos y a mí también.
Reinó un silencio angustioso en el comedor. La comida prosiguió, y en
vez de la conversación general que solía entablarse cada cual hablaba
con su vecino. Cuando hubo terminado, Bellido salió el primero con su
esposa y algunos le siguieron. Pero quedamos otros pocos y se hicieron
comentarios. El viejo general de Marina los resumió diciendo gravemente:
--Desgraciadamente, esto se arreglará con algunos sablazos.
--¡Cuanto primero mejor!--exclamé yo encolerizado.
Pero aguardé en mi cuarto hasta las diez esperando la visita de sus
amigos y nadie pareció. A la mañana siguiente ni por la tarde, tampoco.
Por la noche se presentó en el comedor como si no hubiera pasado nada.
Lo único que hizo fué obligar al mozo a que les colocase a él y a su
esposa al otro extremo de la mesa, volviéndome la espalda. Los
comensales me hacían guiños maliciosos y sonreían.
Así se pasaron algunos días sin que yo, por delicadeza, intentase mirar
de nuevo a la bella rusa, cuando una noche, después de comer y estando
en mi cuarto preparándome para salir, oigo llamar con la mano en mi
puerta.
--Adelante.
Se abre la puerta y aparece Bellido. Yo di un paso atrás y dirigí una
mirada codiciosa a la mesa de noche donde tenía el revólver.
Pero Bellido sonreía dulcemente y me dió las buenas noches humilde y
ruborizado.
--Siento mucho molestar al señor Jiménez...
Nada, nada, el señor Jiménez no sentía molestia alguna.
--El caso es que hoy debía girarme mi representante de Barcelona cinco
mil pesetas y la carta no ha llegado, no sé por qué, quizá debido al mal
estado de las vías con motivo de las recientes inundaciones. Y como me
encontré de pronto sin dinero, me dije: «Tal vez el señor Jiménez tendrá
la amabilidad de prestarme cincuenta pesetas hasta mañana o pasado, si
no le sirve de molestia...»
El señor Jiménez, sorprendido y edificado, no vaciló en desprenderse de
aquellas pesetas que resolvían de modo tan cómico una espeluznante
tragedia. Bellido se partió deshaciéndose en gracias y contorsiones.
Pero al día siguiente en la mesa volvió a mostrarse grave y ceñudo como
si no me conociese. Entonces yo no pude resistir a la tentación de
contar el lance a los pocos comensales que nos quedábamos siempre
algunos instantes de sobremesa. Se rió mucho el paso y se hicieron
comentarios muy picantes. El viejo general volvió a resumirlos diciendo
gravemente:
--Ya le había anunciado a usted, Jiménez que esto pararía en algunos
sablazos.
II
LOS PERÍODOS INTERGLACIALES DEL CAPITÁN PÉREZ DE VARGAS
Aunque tenía muchos y buenos amigos, y el primero de todos Sixto Moro,
alguna vez acudía a mi memoria la figura de aquel joven geólogo llamado
Martín Pérez de Vargas con quien tanto había intimado el primer año que
pasé en Madrid. Supe que salió a teniente de ingenieros, que había
estado en Cuba, después en Valencia y que allí se había casado con una
mujer extraordinariamente rica. Vino después a Madrid cuando lo mismo él
que yo nos acercábamos a los treinta años y al encontrarnos nos
abrazamos con efusión. Ya no era aquel lindo mancebillo que semejaba el
paje de una princesa sueca, de rostro blanco y nacarado, de cabellos
rubios ensortijados y ojos como los de Ofelia. Su belleza había
adquirido grato tinte varonil.
Su amor al estudio no se había entibiado con la fortuna. Pronto adquirió
fama de hombre de ciencia y geólogo distinguido con algunos ensayos que
publicó en diversas revistas. Últimamente había dado a luz un
notabilísimo libro acerca de algunos fósiles hallados en el terreno
jurásico de la provincia de Navarra.
Nos veíamos poco, pero cuando esto sucedía nos hablábamos con la
cordialidad de siempre y si iba arrellanado en su magnífica berlina
arrastrada por un tronco de caballos extranjeros y me veía, nunca dejaba
de sacar la cabeza por la ventanilla y hacerme un afectuoso saludo.
Un domingo, a la hora de mediodía, le hallé paseando por la calle de
Alcalá delante de la Iglesia de San José. La acera rebosaba de gente en
aquella hora y mi capitán, en traje de paisano, como casi siempre,
marchaba distraído sujetando por medio de cordón de seda a una galguita
inglesa, uno de esos animalitos que parecen montados en alambre,
friolentos y temblorosos.
Me detuve a saludarle y me dijo que estaba aguardando a su mujer, que
había entrado a oír misa de doce en San José.
--Si no tienes prisa--añadió--podemos pasear hasta que salga.
--Acepté con gusto, y pasándole cariñosamente el brazo por la espalda le
dije:
--¡Déjame abrazar a un hombre feliz por ver si se me pega algo!
--¿Feliz?... Así, así...
--¡Cómo! ¿No es feliz un hombre joven, fuerte, que ocupa brillante
posición en el mundo y disfruta ya de una envidiable reputación como
sabio?
--Nada hay en esta vida sin mezcla--dijo sonriendo.
--¿Acaso en tu matrimonio?...--le pregunté un poco indiscretamente.
Pérez de Vargas calló. Al cabo de unos instantes comenzó con semblante
distraído a hablar de esta manera:
--La historia de mi matrimonio semeja un poco a la del planeta en que
habitamos. Una vez más el microcosmos repite en cierto modo los períodos
evolutivos del macrocosmos... Principió como la tierra por la fase
estelar, por el período de incandescencia. Los dos estábamos enamorados
y nuestra pasión se mantuvo más de un año en el rojo blanco. Terminó la
incandescencia y se inició la fase planetaria, pero aun había bastante
calor y continuamos siendo felices. La fauna de la edad primaria, los
trilobitas y cefalópodos, representada por los pequeños rozamientos de
la vida doméstica, no me causaban graves molestias. Pero llegó el
período secundario y con él los grandes reptiles. A mi suegra se le
ocurrió que debíamos estar aquí muy mal servidos y nos envió a una
antigua doncella de la casa con su marido; un par de monstruosos
lagartos ¿sabes tú? Esta doncella había visto nacer a mi esposa y
ejercía sobre ella una influencia decisiva que presto se convirtió en
declarada tiranía. El marido era un redomado bribón. Comenzamos a ser
saqueados de lo lindo; pero mi mujer estaba tan ciegamente prendada de
aquella doncella, que a pesar de mis representaciones lo veía o no
quería verlo, prefiriendo ser robada a privarse de tan raro tesoro...
Al fin, no tuve más remedio que tomar una decisión. Un día cogí con las
manos en la masa a aquel ladrón, le di dos puntapiés y le eché a la
calle. Con él, como es lógico, se fué su simpática consorte.
Aquí comienza al primer período glacial de mi matrimonio. Grandes
témpanos de hielo se acumulan sobre nosotros. Mi mujer se entristece,
llora, se llama desgraciada y su amor hacia mí decrece visiblemente.
Duró poco tiempo. Un mes después ocurrió la muerte de su padre.
Necesitamos ir a Barcelona y con aquel grave suceso se disipó el
malestar que entre nosotros reinaba. Algunos días después regresamos a
Madrid. Mi mujer había heredado una fortuna considerable. Con arreglo a
ella montamos nuestra existencia: alquilé un hotel en el barrio de
Pozas, compramos coches y caballos, tomamos criados, etc., etc. Pero una
vez instalados, mi suegra se resuelve a venir a vivir con nosotros y con
ella importa a una hermana viuda que desde largos años antes habitaba ya
en su compañía.
Mi matrimonio con esto entró en el período mioceno de los grandes
mamíferos. Mi suegra pesa ciento seis kilos y semeja bastante bien un
mastodonte. Su hermana pesa ciento diez y nueve y es un verdadero
dinoterio.
Naturalmente, aunque mi casa era espaciosa, yo no cabía ya dentro de
ella. El desgraciado capitán Pérez de Vargas veíase obligado a
estrecharse, estrecharse, y pronto quedó convertido en un despreciable
papel de fumar. Los criados no recibían ni acataban otras órdenes que
las que salían de la boca de aquellos monstruos herbívoros; a mi mujer
se la tragaron como una píldora. Yo no sabía ya si era en efecto Pérez
de Vargas, capitán de ingenieros, o un fantasma impalpable y aéreo que
se deslizaba furtivamente por las noches en el lecho de su esposa.
A grandes males grandes remedios. Un día me hallaba tan oscurecido y
acongojado, tan envuelto en espesas tinieblas, que me resolví a gritar
con toda la fuerza de mis pulmones: «¡Hágase la luz! Una de dos: o salen
los elefantes de esta casa y se van con la música a otra parte o ahora
mismo toma la puerta el capitán.»
Hubo gritos y lágrimas y formidables trastornos sísmicos. La tierra
osciló bajo mis pies como un barco sacudido por la tempestad; brotaron
llamas; una lluvia de cenizas cayó sobre mi cabeza; estuve a punto de
ser tragado por el volcán. Sin embargo, logré escapar de tan grave
catástrofe y pude respirar al cabo con libertad.
Como podrás presumir, a este período de trastornos y erupciones sucedió
otro glacial muy intenso. Mi mujer no comprendía que yo tuviese
necesidad de más espacio y más oxígeno que el que me dejaban sus
monstruosas mamá y tía. No traté de convencerla de lo contrario. Contra
el frío glacial me refugié en las cavernas, esto es, en la Peña y el
Ateneo todo el tiempo que mis ocupaciones me dejaban libre. Al cabo los
hielos se fueron fundiendo por sí mismos, la temperatura se hizo más
agradable y pude gozar de un período de bonanza.
Hice mal, no obstante, en vivir confiado. La corteza terrestre era aún
más delgada: el elemento sólido no se había afirmado y ofrecía poca
seguridad. La catástrofe vino cuando menos podía imaginarlo, en el
momento mismo en que mi esposa y yo nos hallábamos tranquilamente
sentados en una butaca, ella sobre mis rodillas prodigándome mil
caricias apasionadas. No recuerdo cómo fue; no hubo ruidos subterráneos
ni relámpagos temerosos, ni aurora sangrienta; ninguno de los síntomas
precursores y alarmantes del cataclismo. Éste se produjo súbitamente.
Ignoro qué palabras le dije yo a propósito de cierta cuenta exorbitante
de la modista que el día anterior había pagado; no sé qué palabras vivas
me respondió ella; no sé qué palabras un poco más vivas le repliqué yo.
Las que recuerdo con admirable precisión son las que salieron entonces
de sus labios y sonaron en mis oídos como otros tantos estampidos: «Tú
eres un pobre; todo lo que hay en esta casa es mío.»
--En un caso semejante--dije yo riendo--, San Juan Crisóstomo aconseja
que se responda a la esposa: «No comprendo lo que dices, amada mía.
Nadie puede dudar de que todo cuanto hay aquí es tuyo, porque yo mismo
soy tuyo también.»
--San Juan Crisóstomo era un novato. Yo lo hice mejor. En cuanto escuché
tales palabras, sin descomponerme poco ni mucho, me alzo de la butaca,
voy con paso solemne a mi despacho y escribo una carta a mi casero
manifestándole que desde el día siguiente tenía el hotelito a su
disposición. Inmediatamente salgo de casa, me entrevisto con el más rico
prendero de Madrid, le traigo conmigo, le muestro todos los muebles y se
los vendo por una cantidad alzada. Busco un empresario de coches y le
traspaso los míos y los caballos. Después ajusto la cuenta a los criados
y los despido a todos. Inmediatamente salgo de nuevo y tomo una
habitación con dos camas en una modesta casa de huéspedes. Torno a la
mía: eran las seis de la tarde. Subo a la habitación de mi mujer, que se
hallaba aterrada sin saber a punto fijo lo que todas aquellas marchas y
contramarchas significaban, y le dirijo este elocuente discurso:
«--Querida esposa: has hecho bien en recordarme que nada de cuanto hay
en esta casa me pertenece, porque lo había ido olvidando. Te pido perdón
por mi falta de memoria. Lo único que aquí me pertenece eres tú y por
eso es lo único que me llevo.»
Y diciendo y haciendo le tomo delicadamente la mano, la coloco sobre mi
brazo y un minuto después estábamos en la calle. Quiso protestar, lloró,
pidió perdón, prometió... Todo fué en vano. «Soy un modesto, pero
pundonoroso capitán del ejército--le dije--y debo vivir con el sueldo
que la nación me tiene asignado. Pero tú eres la honrada y fiel esposa
de este capitán y debes sustentarte con lo que él gana. Lo que te
pertenece por herencia pasará íntegro a tu familia si mueres antes que
yo o gozarán de ello en caso contrario. El producto del mobiliario y los
coches queda depositado a tu nombre en el Banco de España.»