Durante este tiempo Sixto mostraba una actitud singular, que no dejaba

igualmente de preocuparme. Le observaba grave, silencioso y más

irritable que antes. Pero lo que me disgustaba sobremanera es que

parecía huir de mí como si yo hubiese tenido alguna parte en su

infortunio amoroso. No me hablaba de Natalia, ni siquiera mentaba su

nombre; yo tampoco aludía directa ni indirectamente a lo que en casa del

General estaba ocurriendo.

Un día, hallándome un momento a solas con Natalia, ésta me dijo,

afectando una indiferencia que no sentía:

--Pero ¿qué es de tu amigo Moro? Hace un siglo que no le veo. ¿Ha

perdido su antigua afición al teatro? En ninguno he logrado echarle la

vista encima hasta ahora.

--Moro está muy ocupado--le respondí--. El bufete de Ergueta, cuyo peso

lleva casi enteramente, y algunos negocios particulares que comienzan a

salirle absorben todo su tiempo.

--Pues salúdale de mi parte y dile que tanto papá como yo tendríamos un

placer en que asistiese a la ceremonia el día de mi matrimonio.

Yo me sentí repentinamente afligido y no pude menos de replicarle con

cierta amargura:

--¡Natalia, esa invitación es la única que no debieras hacer!

Se puso fuertemente encarnada y después de un instante de vacilación me

dijo en el tono resuelto que la caracterizaba:

--Tienes razón. No le digas nada.

Y pasó inmediatamente a hablar de otra cosa.

Llegó por fin el día fijado para la boda. Era el 2 de febrero, fiesta de

la Purificación. Celebróse por la tarde en la capilla de uno de los

asilos que rodean a Madrid adornada para el caso con profusión de luces,

cortinas y flores. Bendijo la unión un canónigo de Toledo, amigo íntimo

del General. Fué madrina Guadalupe y padrino el presidente del Consejo

de ministros. Testigos por parte de la novia, el ministro de la

Gobernación y dos generales; por la del novio, el marqués de C... y dos

oficiales de caballería pertenecientes a la más alta aristocracia.

Los desposados entraron en el pequeño templo a los acordes de una marcha

nupcial. Eran dos figuras interesantes que desde luego atraían la vista

y cautivaban los corazones. Natalia, radiante de hermosura y de dicha,

sonreía a los asistentes, que se inclinaban a su paso. Céspedes, cuya

prócer estatura se destacaba arrogante, vestía el uniforme de gala de su

regimiento y estrechaba con militar franqueza las manos que sus amigos

le tendían. Mucha gente y muy escogida perteneciente casi toda ella a la

política y a la milicia presenció la ceremonia. Después, en uno de los

grandes salones del asilo, se sirvió un refresco a los invitados.

Natalia y Céspedes se sustrajeron disimuladamente, montaron en coche y

se trasladaron a casa para cambiar de ropa y tomar el tren que debía

conducirles al Monasterio de Piedra, donde se había convenido que

pasarían ocho días.

También se había convenido que transcurrido este tiempo volviesen a

Madrid y se hiciesen los preparativos necesarios para trasladarse a la

Isla de Cuba, donde Céspedes estaba destinado. Porque el General había

logrado que su yerno marchase a la Habana con el empleo inmediato de

comandante y a las órdenes del Capitán general.

No dejará de parecer sorprendente que Reyes se desprendiese

voluntariamente y tan pronto de su única hija. Sin embargo, las razones

son fáciles de comprender. El General había llegado a percibir con toda

claridad que existía siempre un odio latente entre Natalia y Guadalupe y

que este odio era irreductible. Su pasión desaforada por ésta le

impulsaba a librarla de la presencia de su hijastra sacrificando al amor

conyugal el paternal. Por otra parte, no podía ignorar la conducta hasta

entonces desordenada de Céspedes, sus vicios y sus trampas. Y aunque

como hombre de mundo, un poco desarreglado también y aventurero, no

diese a esto importancia exagerada y pensase que el matrimonio lograría

reformarle, tal vez juzgara oportuno alejarle lo más posible del teatro

donde se habían representado sus calaveradas. Además, sabía bien que

Céspedes ya no tenía fortuna, que él no podía ayudarle mucho porque la

suya pertenecía de derecho a su mujer, y que era de todo punto necesario

empujarle en su carrera.

Natalia, por su parte, no había puesto obstáculo alguno. Tanto por el

apasionado amor que había logrado inspirarle aquel hombre como por el

vivo sentimiento que tenía de sus deberes le hubiera seguido a sitios

peores.

Poco después de los novios me trasladé yo con el General y Guadalupe en

su coche a la estación y con algunos íntimos tuve la satisfacción de

decirles adiós. Desde allí, por fin, cuando ya había cerrado la noche me

volví a pie a casa.

¡Grave, terrible sorpresa al llegar! En la escalera tropecé con alguna

gente que bajaba precipitadamente. La puerta de nuestro piso estaba

abierta y en ella vi a un guardia de orden público.

--¿Qué pasa?--le pregunté asustado--. ¿Hay fuego?

--Nada de eso. Es un señor que acaba de darse un tiro--me respondió con

glacial indiferencia.

No dudé un instante de quién era aquel señor y entré corriendo por el

pasillo, donde tropecé con Doña Encarnación, cuyo semblante desencajado

denotaba la emoción que la embargaba.

--¿Moro?--le pregunté con ansiedad.

-¡Sí, sí!

--¿Está muerto?

--No, señor; pero su herida es gravísima.

Me dirigí velozmente a su habitación. Estaba llena de gente; el médico

de la Casa de Socorro, otro que habitaba en el cuarto principal, el

juez, su secretario, los Mezquita, Albornoz y algunos vecinos. Los

médicos se hallaban ocupados en extraerle la bala y el herido había

perdido el conocimiento. El juez esperaba que lo recobrase para tomarle

declaración.

Hacía poco más de una hora, esto es, a la misma poco más o menos en que

se celebraba la unión de Natalia, Moro acostado sobre su propio lecho se

había dado un tiro apoyando el cañón del revólver sobre el corazón.

Felizmente, la bala no penetró en éste: había desviado un poco y quedó

alojada en el hombro.

La operación se prolongaba. Afligidos y aterrados por aquel suceso

extraño, los huéspedes, sus compañeros, cambiábamos algunas palabras en

voz baja.

--Pero ¿por qué se ha querido matar? ¿Tú lo sabes?--me preguntaba al

oído Manuel Mezquita.

--No--le respondí.

--No será por la falta de recursos. Su posición ha mejorado en estos

últimos tiempos.

--Acaso algunos amores desgraciados--dijo Albornoz apuntando al blanco.

--No le conozco novia.

--Será una mujer casada--replicó apartándose ya mucho.

Al cabo recobró el sentido: la operación estaba terminada. Paseó por la

estancia sus ojos extraviados y al tropezar con los míos sus labios

quisieron contraerse con una sonrisa triste. El juez le hizo algunas

preguntas a las cuales respondió con pocas y espaciadas palabras

ratificándose en lo que había escrito en un papel que se hallaba sobre

su mesa. Nadie le había herido. Se había querido dar la muerte por su

propia voluntad. No quiso explicar los motivos.

Se le dejó descansar, y yo, previa consulta con Doña Encarnación y mis

compañeros, telegrafié a su padre. Al día siguiente por la mañana se

presentó éste con sus dos cuñados, los mismos que habían subvencionado a

la carrera de Sixto.

La escena que se desarrolló en mi presencia fué penosa y risible al

mismo tiempo. Su padre, hombre muy rudo, se manifestó sinceramente

afectado y le prodigó algunas tiernas caricias; pero sus tíos, alterados

hasta un grado indecible, furiosos, comenzaron a recriminarle

amargamente.

--¿Es posible que un muchacho de talento como tú, que acaba de terminar

su carrera, que ha ganado tantos premios, que tiene un gran porvenir

asegurado, cometa la bestialidad de pegarse un tiro?... ¿Por qué, vamos

a ver, por qué?

--Cuando comenzabas a ganar algún dinero.

--Nosotros teníamos puesta toda nuestra confianza en ti.

--No es manera de agradecer los muchos sacrificios que por ti hemos

hecho.

--Bien sabes que nos hemos quitado el pan de la boca por que tú fueses

un caballero.

--Todo cuanto podíamos juntar ha sido para pagarte los estudios.

--No es por echártelo en cara, pero los duros que contigo hemos gastado

harían un buen montón si los tuviéramos juntos.

--¿Te ha faltado la buena comida? ¿Te ha faltado la buena cama? ¿Te ha

faltado la camisa planchada y la corbata de seda y el reloj de plata y

la peseta en el bolsillo?... Entonces ¿por qué quitarse del medio?

Sixto, tendido en su lecho boca arriba con los ojos cerrados, escuchaba

en silencio aquellas groseras recriminaciones y en su rostro pálido y

contraído se adivinaba el sentimiento de vergüenza que le embargaba.

Quise concluir con su tormento y dando un paso hacia ellos dije con

energía:

--Señores, el estado del enfermo no permite discusiones ni que se le

altere poco ni mucho. El médico ha prescrito un gran silencio y yo les

ruego, si no quieren ocasionar una funesta complicación, que se retiren

y le dejen tranquilo.

Aunque gruñendo todavía, se rindieron a mi dictamen. Cuando iban a

traspasar la puerta, Sixto abrió los ojos, inclinó un poco hacia ellos

la cabeza y les llamó suavemente con el borde de los labios:

--Pss, pss.

Los dos ebanistas se acercaron al lecho. El padre permaneció alejado.

--Pierdan ustedes cuidado--les dijo con voz apagada--. Sólo por darles

gusto llegaré a ministro.

Los periódicos habían dado la noticia aquella mañana. En la mayoría de

ellos venía concisa y escueta: sólo la apuntaban como uno de los sucesos

del día anterior. Pero en algunos se añadían al nombre de Moro algunas

frases lisonjeras; se decía que el joven que había tratado de quitarse

la vida era conocido ventajosamente en los Círculos forenses y que

gozaba ya de envidiable fama de orador en la Academia de Jurisprudencia.

Por la noche fuí a casa del General a enterarme del viaje de los novios

y aquél me interpeló bruscamente con su rudeza simpática:

--¿Pero qué diablo ha sido lo de tu amigo? ¿Por qué ha querido matarse?

Le respondí que se trataba de algunos graves disgustos con su familia.

Moro era un hombre exageradamente sensible...

--Espero que curará pronto de la herida y que no volverá a empezar.

Sería bien deplorable que un joven tan inteligente y simpático se escape

ridículamente de este mundo donde sin duda ha de representar un lucido

papel. Los jóvenes de imaginación se figuran las contrariedades de la

vida como insuperables. Más adelante vemos que todo puede superarse

menos la muerte.

Diez o doce días después me anunciaron que Rodrigo y Natalia llegarían a

la mañana siguiente. Fuí a comer a casa del General, donde aquella noche

había otros tres o cuatro invitados. Se quería festejar la llegada de

los novios. Encontré a éstos risueños y felices en su llena luna de

miel. Céspedes estaba más locuaz que de ordinario y usaba bromas con

todos los comensales, incluso conmigo. Sin embargo, en aquellas mismas

bromas, que sin duda él juzgaba inocentes y chistosas, yo percibía un

dejo amargo que continuaba haciéndomelo repulsivo. En vano me

recriminaba aquella extraña repulsión achacándola ahora más que nunca al

afecto y a la compasión que me inspiraba mi amigo Sixto. Me era

imposible vencerla: todas las palabras de aquel hombre me sonaban a

falso como monedas de plomo.

Después de comer hubo sesión musical. Natalia tocó algunas tandas de

valses alemanes y Céspedes también arañó un poco el violín y cantó

varias romanzas, entre ellas, por supuesto, la imprescindible «Mal haya

la ribera del Yumurí».

Sin embargo, observé que Natalia, en medio de su alegría, padecía

algunas distracciones y me miraba de vez en cuando con cierta curiosidad

y como si quisiera hablarme. En un momento en que su marido cantaba

vuelto de espaldas a nosotros, vino silenciosamente a sentarse a mi

lado, me tomó una mano y me dijo al oído:

--¿Cómo sigue nuestro amigo?

--Ya está bastante bien. Creo que el lunes podrá levantarse.

Guardó un instante silencio y al cabo volvió a preguntarme con la misma

voz de falsete:

--¿Tú sabes por qué ha querido matarse?

--Sí; y tú también.

Los rasgos de su fisonomía se alteraron; movió los labios como para

decir algo, pero no llegó a pronunciar palabra alguna. Por fin, con

enérgica resolución y metiéndome la boca por el oído me dijo.

--Supongo que no me juzgarás una despreciable coquetuela que haya

procurado con artificios infundir una pasión en Moro sólo para

satisfacer la vanidad. Al contrario, me he esforzado, haciéndome

violencia, sobre todo últimamente, en mantenerme dentro de una reserva

exagerada. Porque tu amigo me ha sido desde el primer día muy simpático:

he llegado a cobrarle afecto; le consideraba como un amigo casi tan

seguro y fraternal como tú lo eres... Pero otra cosa no podía ser. No

necesito decirte por qué. Conoces las circunstancias de mi vida, conoces

el carácter de papá... Además, la amistad es una cosa y el amor es

otra. Dios no me había destinado para Moro, sino para Rodrigo.

--¿Estás segura de ello?

Apartó su cabeza de la mía como si se hubiese pinchado y mirándome a los

ojos con expresión severa dijo secamente:

--Sí; estoy segura.

Se alzó del asiento y se alejó en silencio.

FIN DE LA PRIMERA PARTE

SEGUNDA PARTE

I

EL MUNDO DE LOS SUEÑOS

Han transcurrido diez años. Graves mudanzas en ellos. «Todo arde y se

consume, decía el viejo Heráclito; no se baja dos veces en el mismo río;

es otra agua sobre la cual bajamos.» La vida, como el agua, se disipa y

se junta, busca y abandona, se aproxima y se aleja. Y a la postre todo,

todo se olvida.

¿Quién se acuerda ya del bravo general Don Luis de los Reyes? Dos años

después del matrimonio de su hija, al entrar en casa llegando de una

cacería, al poner el pie en su dormitorio, cayó al suelo víctima de una

apoplejía fulminante. Su viejo criado Longinos vino a darme la noticia.

Cuando llegué, la casa estaba llena de amigos. Don Luis no recobró el

conocimiento y falleció en la madrugada.

La hermosa Guadalupe dejó a Madrid y se fué a París a vivir con su

madre. Algunos meses después tuve noticia de su matrimonio con Grimaldi.

¿Quién se acuerda de aquella famosa casa de huéspedes de la calle de

Carretas, mansión deliciosa donde, como en el Olimpo, la risa era

inextinguible? ¿Qué se hicieron los primos Mezquita y Albornoz? Salieron

de Madrid y los unos deben de estar tomando pulsos y recetando jarabes

en algún lugarón de Andalucía y el otro trazando carreteras y erigiendo

puentes por algún otro rincón apartado.

¿Adónde había llegado Pasarón? Muy alto. Era ya un hombre célebre.

Después de unas resonantes oposiciones que los periódicos comentaron

largamente, donde logró aplastar bajo el peso de su erudición a hombres

encanecidos en el estudio, obtuvo una cátedra en la Universidad Central.

Aquel portentoso joven fué al poco tiempo el ídolo de la Prensa.

Escribió algunos libros de crítica retrospectiva que produjeron

verdadero asombro entre los doctos. Dondequiera que iba se le acogía con

señales de respeto y admiración. Tal vez no existiese a la sazón hombre

más festejado en España.

¿Qué se hizo de Doña Encarnación, la simpática y bondadosa patrona que

tantos maternales cuidados nos prodigaba? Su misma generosidad la

perdió. Quedó arruinada, arrastró después algunos años una vida

miserable y hambrienta, durante los cuales tuve ocasión de favorecerla,

y, por fin, murió en un pueblecito de la provincia de Guadalajara donde

había nacido.

¿Quién se acuerda de aquella gentil Natalia, tan bella, tan franca, tan

impetuosa? Nadie más que Sixto Moro. La herida de éste nunca había

logrado cicatrizar por completo. Tres o cuatro años después de haberse

casado aquélla le vi salir de un portal de la calle de la Montera donde

un fotógrafo exhibía sus retratos. Yo sabía que allí había uno grande y

perfecto de Natalia, y se lo dije riendo. Se puso un poco encarnado y me

respondió:

--Es verdad, querido, cuando paso por esta calle no puedo resistir a la

tentación de hacer una visita a su retrato.

--Para decirle cuánto la quieres todavía.

--Justamente... ¡Qué le vamos a hacer! Comprendo que es una locura, pero

es una locura inofensiva. Soy un romántico digno de haber vivido en los

buenos tiempos de Larra y Espronceda... No me falta todo, pues ya poseo

la melena, que tanto preocupa a la atención pública.

En efecto, había logrado pronto alcanzar un puesto envidiable entre los

abogados de Madrid; pronunciaba discursos en el Ateneo y en otras

reuniones públicas, por lo cual empezaba a ser conocido del público.

Pero lo que le iba haciendo más popular era su romántica melena. En

nuestra nación, exageradamente apegada a la uniformidad, cualquier

discrepancia excita la curiosidad. Moro era objeto en la calle de las

miradas sorprendidas de los transeuntes. Unos, los que conocían su

mérito, le miraban con respeto, pero los más reían. Con el tiempo creció

su fama y adelantó en su posición. A la hora presente poseía uno de los

bufetes más lucrativos de la capital, acababa de ser elegido diputado y

vivía con lujo exagerado, como suele acontecer a los que han atravesado

días de penuria y necesitan desquitarse. Ocupaba un magnífico aposento

en la calle Mayor, tenía varios criados y recientemente había puesto

coche.

Nuestra amistad no se había entibiado nunca. Aunque nuestras ocupaciones

eran diversas, nos veíamos a menudo en el Ateneo y apenas se pasaba una

semana sin que almorzásemos juntos. Charlábamos mucho del pasado, poco

del presente, nada del porvenir. Sin embargo, alguna que otra vez yo le

excitaba al matrimonio. Un hombre de su posición debía casarse para

consolidarla. Con su nombre, con sus ganancias y su juventud podía

aspirar a todo. ¿Por qué privarse de los goces de la familia y del

consuelo de transmitir a otros seres el fruto de su esfuerzo y su

talento? Moro se ponía serio y me respondía bajando la voz:

--No puede ser, Jiménez. Tú me llamabas Abelardo en otro tiempo y lo soy

en efecto. No he quedado como él imposibilitado materialmente para el

matrimonio, pero sí moralmente.

Confieso que tanta fidelidad al amor de su juventud me conmovía y me lo

hacía aún más estimable.

De Natalia y su marido escasísimas noticias habían llegado a mis oídos

durante aquellos diez años. Supe por casualidad que, al cabo de cuatro o

cinco, Céspedes había vuelto a la Península y había vivido algún tiempo

en Barcelona, después que se había ido a las islas Filipinas. Y nada

más. Sixto no debía de tener otras más precisas tampoco y no imagino que

tratase de inquirirlas.

En cuanto a mí, después de haber seguido tres carreras diferentes y

hacerme doctor en dos, me hallaba a la sazón de redactor en un periódico

importante de la mañana. Fuí empujado a ello por la necesidad. Algunos

desabrimientos con mi familia me obligaron a prescindir de los recursos

que me proporcionaba. Felizmente, la discordia cesó pronto; pude

abandonar el periodismo; no lo hice porque me placía. Es alegre la

profesión de periodista cuando se ejercita sin apremio de dinero. Yo

tenía lo bastante para darme una vida regalada.

Desde los veinticinco a los treinta años de edad estuve alojado en un

hotel de la calle del Arenal, que aún subsiste. No sé lo que es hoy: en

aquella época era una casa de huéspedes confortable y elegante, con mesa

redonda a la cual nos sentábamos quince o veinte comensales, casi todos

del sexo masculino. Un general de Marina de la escala de reserva, un

senador, un catedrático jubilado, un rentista con su señora y un hijo,

un anciano médico, un capitán de artillería. Estos éramos los fijos; los

demás, huéspedes que venían por tiempo más o menos largo.

Como yo era el más joven, y aún puede decirse el único joven, pues el

capitán, que era quien más se me acercaba, frisaba ya en los cuarenta,

se me trataba por aquellos señores con afectuosa predilección. Podría

decir sin jactancia que me mimaban un poquito. Joven y periodista sonaba

para ellos así como calavera, aturdido, enamorado y trasnochador. No lo

era yo por fortuna, pero me embromaban cariñosamente como si lo fuera.

Yo les daba cuenta de los estrenos de los teatros, de las sesiones del

Ateneo, de los sucesos de la calle y alguna vez también les anunciaba

con anticipación sucesos políticos que el mismo senador ignoraba. Se me

dejaba disparatar con toda libertad y yo usaba y abusaba de ella delante

de aquel venerable areópago lo mismo que si estuviera en la mesa del

café de Fornos entre mis jóvenes camaradas. Aquellos bondadosos señores

se limitaban, cuando mi locuacidad subía de punto, a sacudir la cabeza y

sonreír con piadosa ironía.

Fué dichosa aquella época de mi vida, o al menos así se me representa al

través de los años. Todavía alguna vez, cuando paso por la calle del

Arenal y levanto los ojos a los balcones de aquel hotel, dejo escapar un

suspiro y murmuro con emoción los famosos versos de Espronceda:

¿Dónde volaron, ¡ay!, aquellas horas

de juventud, de amor y de ventura,

regaladas de músicas sonoras,

adornadas de luz y de hermosura?

Sí; todas las noches me dormía regalado por la música de un piano y un

violín. Mi dormitorio tenía una ventana sobre el patio, cubierto de

cristales, donde se hallaba establecido un café.

Y mis sueños eran felices también como mis vigilias. Sin haber leído

nada de los sueños, había logrado en mi juventud cierto dominio sobre

ellos. No que llegase a dirigirlos y conservar dormido mi libertad de

espíritu como el ilustre orientalista marqués de Hervey de Saint-Denis,

que es quien ha teorizado sobre este asunto; pero sí lograba muchas

veces provocarlos apelando a algunos inocentes artificios.

A primera vista parece asombroso y aun disparatado que conservemos

dentro del sueño nuestro libre arbitrio. Sin embargo, el esfuerzo tenaz

de la voluntad puede llegar a conseguirlo. En el libro curiosísimo del

sabio marqués se observa paso a paso cómo se va adquiriendo este

dominio.

Inútil es advertir que al buscarlo no me guiaba un fin científico como a

aquél, sino puramente el de huir alguna preocupación enfadosa o el de

experimentar un placer. Mas como todo placer en este bajo mundo parece

que lleva aparejado un dolor, mi manía de provocar sueños agradables me

ocasionó una desagradable aventura, que no resisto a la tentación de

narrar puntualmente.

Acaeció que un día llegó al hotel y se alojó en él por algún tiempo un

matrimonio forastero. Al decir matrimonio no he hablado con suficiente

propiedad. No fue un matrimonio, sino la mitad de un matrimonio la causa

de mi aventura. El marido podía haberse quedado en la calle, podía haber

permanecido en París, de donde llegaba gestionando sus negocios, podía

haber ido a pasar unos días a Sevilla en el seno de su familia, podía

haberse muerto (mucho mejor, por de contado). Todo esto no hubiera

producido en mí la más leve emoción. ¡Pero la esposa! ¡Ah, la esposa!

Una cosa increíble, una aparición, un milagro. Jamás he visto ni pienso

ver en lo que me resta de vida una belleza más esplendorosa. La piel

blanca, nacarada; los ojos negros, rasgados, orientales; los cabellos

ondeados; alta y majestuosa como una lady; los dientes africanos, los

pies asiáticos.

Cómo aquel hombrecillo menudo, calvo, feo y no muy joven había logrado

hacerse dueño de tal portento, es lo que se preguntó inmediatamente todo

el personal del hotel, desde el viejo general de Marina hasta el mozo de

comedor.

Pronto se averiguó que la dama era rusa y su marido andaluz. Desde

entonces se la admiró mucho más a ella y se le despreció mucho más a él.

Ignoro por qué, pues la Andalucía es una región española donde abundaron

siempre los santos, los héroes y los poetas. Pero es cosa averiguada que

en el resto de España se habla demasiado bien de las andaluzas y

demasiado mal de los andaluces.

Se hicieron muchos y variados cálculos. Unos pensaban que aquella señora

era una nihilista rusa, que perseguida por la policía había logrado

escapar uniéndose a nuestro compatriota; otros decían que era una

artista ecuestre y su marido un empresario de circo; algunos imaginaban

que se trataba de una princesa que viajaba de incógnito y que aquel

hombrecillo no era su marido, sino un criado; por fin, hubo quien llegó

a suponer que la dama era una esclava circasiana que el andaluz había

logrado substraer del _harem_ de un bajá turco.

Fuese lo que fuese, es lo cierto que nos tenía a todos hechizados y que

se la miraba y se la volvía a mirar y nadie se hartaba de mirarla.

Años de juventud del doctor Angélico · 第 10 / 21 段