igualmente de preocuparme. Le observaba grave, silencioso y más
irritable que antes. Pero lo que me disgustaba sobremanera es que
parecía huir de mí como si yo hubiese tenido alguna parte en su
infortunio amoroso. No me hablaba de Natalia, ni siquiera mentaba su
nombre; yo tampoco aludía directa ni indirectamente a lo que en casa del
General estaba ocurriendo.
Un día, hallándome un momento a solas con Natalia, ésta me dijo,
afectando una indiferencia que no sentía:
--Pero ¿qué es de tu amigo Moro? Hace un siglo que no le veo. ¿Ha
perdido su antigua afición al teatro? En ninguno he logrado echarle la
vista encima hasta ahora.
--Moro está muy ocupado--le respondí--. El bufete de Ergueta, cuyo peso
lleva casi enteramente, y algunos negocios particulares que comienzan a
salirle absorben todo su tiempo.
--Pues salúdale de mi parte y dile que tanto papá como yo tendríamos un
placer en que asistiese a la ceremonia el día de mi matrimonio.
Yo me sentí repentinamente afligido y no pude menos de replicarle con
cierta amargura:
--¡Natalia, esa invitación es la única que no debieras hacer!
Se puso fuertemente encarnada y después de un instante de vacilación me
dijo en el tono resuelto que la caracterizaba:
--Tienes razón. No le digas nada.
Y pasó inmediatamente a hablar de otra cosa.
Llegó por fin el día fijado para la boda. Era el 2 de febrero, fiesta de
la Purificación. Celebróse por la tarde en la capilla de uno de los
asilos que rodean a Madrid adornada para el caso con profusión de luces,
cortinas y flores. Bendijo la unión un canónigo de Toledo, amigo íntimo
del General. Fué madrina Guadalupe y padrino el presidente del Consejo
de ministros. Testigos por parte de la novia, el ministro de la
Gobernación y dos generales; por la del novio, el marqués de C... y dos
oficiales de caballería pertenecientes a la más alta aristocracia.
Los desposados entraron en el pequeño templo a los acordes de una marcha
nupcial. Eran dos figuras interesantes que desde luego atraían la vista
y cautivaban los corazones. Natalia, radiante de hermosura y de dicha,
sonreía a los asistentes, que se inclinaban a su paso. Céspedes, cuya
prócer estatura se destacaba arrogante, vestía el uniforme de gala de su
regimiento y estrechaba con militar franqueza las manos que sus amigos
le tendían. Mucha gente y muy escogida perteneciente casi toda ella a la
política y a la milicia presenció la ceremonia. Después, en uno de los
grandes salones del asilo, se sirvió un refresco a los invitados.
Natalia y Céspedes se sustrajeron disimuladamente, montaron en coche y
se trasladaron a casa para cambiar de ropa y tomar el tren que debía
conducirles al Monasterio de Piedra, donde se había convenido que
pasarían ocho días.
También se había convenido que transcurrido este tiempo volviesen a
Madrid y se hiciesen los preparativos necesarios para trasladarse a la
Isla de Cuba, donde Céspedes estaba destinado. Porque el General había
logrado que su yerno marchase a la Habana con el empleo inmediato de
comandante y a las órdenes del Capitán general.
No dejará de parecer sorprendente que Reyes se desprendiese
voluntariamente y tan pronto de su única hija. Sin embargo, las razones
son fáciles de comprender. El General había llegado a percibir con toda
claridad que existía siempre un odio latente entre Natalia y Guadalupe y
que este odio era irreductible. Su pasión desaforada por ésta le
impulsaba a librarla de la presencia de su hijastra sacrificando al amor
conyugal el paternal. Por otra parte, no podía ignorar la conducta hasta
entonces desordenada de Céspedes, sus vicios y sus trampas. Y aunque
como hombre de mundo, un poco desarreglado también y aventurero, no
diese a esto importancia exagerada y pensase que el matrimonio lograría
reformarle, tal vez juzgara oportuno alejarle lo más posible del teatro
donde se habían representado sus calaveradas. Además, sabía bien que
Céspedes ya no tenía fortuna, que él no podía ayudarle mucho porque la
suya pertenecía de derecho a su mujer, y que era de todo punto necesario
empujarle en su carrera.
Natalia, por su parte, no había puesto obstáculo alguno. Tanto por el
apasionado amor que había logrado inspirarle aquel hombre como por el
vivo sentimiento que tenía de sus deberes le hubiera seguido a sitios
peores.
Poco después de los novios me trasladé yo con el General y Guadalupe en
su coche a la estación y con algunos íntimos tuve la satisfacción de
decirles adiós. Desde allí, por fin, cuando ya había cerrado la noche me
volví a pie a casa.
¡Grave, terrible sorpresa al llegar! En la escalera tropecé con alguna
gente que bajaba precipitadamente. La puerta de nuestro piso estaba
abierta y en ella vi a un guardia de orden público.
--¿Qué pasa?--le pregunté asustado--. ¿Hay fuego?
--Nada de eso. Es un señor que acaba de darse un tiro--me respondió con
glacial indiferencia.
No dudé un instante de quién era aquel señor y entré corriendo por el
pasillo, donde tropecé con Doña Encarnación, cuyo semblante desencajado
denotaba la emoción que la embargaba.
--¿Moro?--le pregunté con ansiedad.
-¡Sí, sí!
--¿Está muerto?
--No, señor; pero su herida es gravísima.
Me dirigí velozmente a su habitación. Estaba llena de gente; el médico
de la Casa de Socorro, otro que habitaba en el cuarto principal, el
juez, su secretario, los Mezquita, Albornoz y algunos vecinos. Los
médicos se hallaban ocupados en extraerle la bala y el herido había
perdido el conocimiento. El juez esperaba que lo recobrase para tomarle
declaración.
Hacía poco más de una hora, esto es, a la misma poco más o menos en que
se celebraba la unión de Natalia, Moro acostado sobre su propio lecho se
había dado un tiro apoyando el cañón del revólver sobre el corazón.
Felizmente, la bala no penetró en éste: había desviado un poco y quedó
alojada en el hombro.
La operación se prolongaba. Afligidos y aterrados por aquel suceso
extraño, los huéspedes, sus compañeros, cambiábamos algunas palabras en
voz baja.
--Pero ¿por qué se ha querido matar? ¿Tú lo sabes?--me preguntaba al
oído Manuel Mezquita.
--No--le respondí.
--No será por la falta de recursos. Su posición ha mejorado en estos
últimos tiempos.
--Acaso algunos amores desgraciados--dijo Albornoz apuntando al blanco.
--No le conozco novia.
--Será una mujer casada--replicó apartándose ya mucho.
Al cabo recobró el sentido: la operación estaba terminada. Paseó por la
estancia sus ojos extraviados y al tropezar con los míos sus labios
quisieron contraerse con una sonrisa triste. El juez le hizo algunas
preguntas a las cuales respondió con pocas y espaciadas palabras
ratificándose en lo que había escrito en un papel que se hallaba sobre
su mesa. Nadie le había herido. Se había querido dar la muerte por su
propia voluntad. No quiso explicar los motivos.
Se le dejó descansar, y yo, previa consulta con Doña Encarnación y mis
compañeros, telegrafié a su padre. Al día siguiente por la mañana se
presentó éste con sus dos cuñados, los mismos que habían subvencionado a
la carrera de Sixto.
La escena que se desarrolló en mi presencia fué penosa y risible al
mismo tiempo. Su padre, hombre muy rudo, se manifestó sinceramente
afectado y le prodigó algunas tiernas caricias; pero sus tíos, alterados
hasta un grado indecible, furiosos, comenzaron a recriminarle
amargamente.
--¿Es posible que un muchacho de talento como tú, que acaba de terminar
su carrera, que ha ganado tantos premios, que tiene un gran porvenir
asegurado, cometa la bestialidad de pegarse un tiro?... ¿Por qué, vamos
a ver, por qué?
--Cuando comenzabas a ganar algún dinero.
--Nosotros teníamos puesta toda nuestra confianza en ti.
--No es manera de agradecer los muchos sacrificios que por ti hemos
hecho.
--Bien sabes que nos hemos quitado el pan de la boca por que tú fueses
un caballero.
--Todo cuanto podíamos juntar ha sido para pagarte los estudios.
--No es por echártelo en cara, pero los duros que contigo hemos gastado
harían un buen montón si los tuviéramos juntos.
--¿Te ha faltado la buena comida? ¿Te ha faltado la buena cama? ¿Te ha
faltado la camisa planchada y la corbata de seda y el reloj de plata y
la peseta en el bolsillo?... Entonces ¿por qué quitarse del medio?
Sixto, tendido en su lecho boca arriba con los ojos cerrados, escuchaba
en silencio aquellas groseras recriminaciones y en su rostro pálido y
contraído se adivinaba el sentimiento de vergüenza que le embargaba.
Quise concluir con su tormento y dando un paso hacia ellos dije con
energía:
--Señores, el estado del enfermo no permite discusiones ni que se le
altere poco ni mucho. El médico ha prescrito un gran silencio y yo les
ruego, si no quieren ocasionar una funesta complicación, que se retiren
y le dejen tranquilo.
Aunque gruñendo todavía, se rindieron a mi dictamen. Cuando iban a
traspasar la puerta, Sixto abrió los ojos, inclinó un poco hacia ellos
la cabeza y les llamó suavemente con el borde de los labios:
--Pss, pss.
Los dos ebanistas se acercaron al lecho. El padre permaneció alejado.
--Pierdan ustedes cuidado--les dijo con voz apagada--. Sólo por darles
gusto llegaré a ministro.
Los periódicos habían dado la noticia aquella mañana. En la mayoría de
ellos venía concisa y escueta: sólo la apuntaban como uno de los sucesos
del día anterior. Pero en algunos se añadían al nombre de Moro algunas
frases lisonjeras; se decía que el joven que había tratado de quitarse
la vida era conocido ventajosamente en los Círculos forenses y que
gozaba ya de envidiable fama de orador en la Academia de Jurisprudencia.
Por la noche fuí a casa del General a enterarme del viaje de los novios
y aquél me interpeló bruscamente con su rudeza simpática:
--¿Pero qué diablo ha sido lo de tu amigo? ¿Por qué ha querido matarse?
Le respondí que se trataba de algunos graves disgustos con su familia.
Moro era un hombre exageradamente sensible...
--Espero que curará pronto de la herida y que no volverá a empezar.
Sería bien deplorable que un joven tan inteligente y simpático se escape
ridículamente de este mundo donde sin duda ha de representar un lucido
papel. Los jóvenes de imaginación se figuran las contrariedades de la
vida como insuperables. Más adelante vemos que todo puede superarse
menos la muerte.
Diez o doce días después me anunciaron que Rodrigo y Natalia llegarían a
la mañana siguiente. Fuí a comer a casa del General, donde aquella noche
había otros tres o cuatro invitados. Se quería festejar la llegada de
los novios. Encontré a éstos risueños y felices en su llena luna de
miel. Céspedes estaba más locuaz que de ordinario y usaba bromas con
todos los comensales, incluso conmigo. Sin embargo, en aquellas mismas
bromas, que sin duda él juzgaba inocentes y chistosas, yo percibía un
dejo amargo que continuaba haciéndomelo repulsivo. En vano me
recriminaba aquella extraña repulsión achacándola ahora más que nunca al
afecto y a la compasión que me inspiraba mi amigo Sixto. Me era
imposible vencerla: todas las palabras de aquel hombre me sonaban a
falso como monedas de plomo.
Después de comer hubo sesión musical. Natalia tocó algunas tandas de
valses alemanes y Céspedes también arañó un poco el violín y cantó
varias romanzas, entre ellas, por supuesto, la imprescindible «Mal haya
la ribera del Yumurí».
Sin embargo, observé que Natalia, en medio de su alegría, padecía
algunas distracciones y me miraba de vez en cuando con cierta curiosidad
y como si quisiera hablarme. En un momento en que su marido cantaba
vuelto de espaldas a nosotros, vino silenciosamente a sentarse a mi
lado, me tomó una mano y me dijo al oído:
--¿Cómo sigue nuestro amigo?
--Ya está bastante bien. Creo que el lunes podrá levantarse.
Guardó un instante silencio y al cabo volvió a preguntarme con la misma
voz de falsete:
--¿Tú sabes por qué ha querido matarse?
--Sí; y tú también.
Los rasgos de su fisonomía se alteraron; movió los labios como para
decir algo, pero no llegó a pronunciar palabra alguna. Por fin, con
enérgica resolución y metiéndome la boca por el oído me dijo.
--Supongo que no me juzgarás una despreciable coquetuela que haya
procurado con artificios infundir una pasión en Moro sólo para
satisfacer la vanidad. Al contrario, me he esforzado, haciéndome
violencia, sobre todo últimamente, en mantenerme dentro de una reserva
exagerada. Porque tu amigo me ha sido desde el primer día muy simpático:
he llegado a cobrarle afecto; le consideraba como un amigo casi tan
seguro y fraternal como tú lo eres... Pero otra cosa no podía ser. No
necesito decirte por qué. Conoces las circunstancias de mi vida, conoces
el carácter de papá... Además, la amistad es una cosa y el amor es
otra. Dios no me había destinado para Moro, sino para Rodrigo.
--¿Estás segura de ello?
Apartó su cabeza de la mía como si se hubiese pinchado y mirándome a los
ojos con expresión severa dijo secamente:
--Sí; estoy segura.
Se alzó del asiento y se alejó en silencio.
FIN DE LA PRIMERA PARTE
SEGUNDA PARTE
I
EL MUNDO DE LOS SUEÑOS
Han transcurrido diez años. Graves mudanzas en ellos. «Todo arde y se
consume, decía el viejo Heráclito; no se baja dos veces en el mismo río;
es otra agua sobre la cual bajamos.» La vida, como el agua, se disipa y
se junta, busca y abandona, se aproxima y se aleja. Y a la postre todo,
todo se olvida.
¿Quién se acuerda ya del bravo general Don Luis de los Reyes? Dos años
después del matrimonio de su hija, al entrar en casa llegando de una
cacería, al poner el pie en su dormitorio, cayó al suelo víctima de una
apoplejía fulminante. Su viejo criado Longinos vino a darme la noticia.
Cuando llegué, la casa estaba llena de amigos. Don Luis no recobró el
conocimiento y falleció en la madrugada.
La hermosa Guadalupe dejó a Madrid y se fué a París a vivir con su
madre. Algunos meses después tuve noticia de su matrimonio con Grimaldi.
¿Quién se acuerda de aquella famosa casa de huéspedes de la calle de
Carretas, mansión deliciosa donde, como en el Olimpo, la risa era
inextinguible? ¿Qué se hicieron los primos Mezquita y Albornoz? Salieron
de Madrid y los unos deben de estar tomando pulsos y recetando jarabes
en algún lugarón de Andalucía y el otro trazando carreteras y erigiendo
puentes por algún otro rincón apartado.
¿Adónde había llegado Pasarón? Muy alto. Era ya un hombre célebre.
Después de unas resonantes oposiciones que los periódicos comentaron
largamente, donde logró aplastar bajo el peso de su erudición a hombres
encanecidos en el estudio, obtuvo una cátedra en la Universidad Central.
Aquel portentoso joven fué al poco tiempo el ídolo de la Prensa.
Escribió algunos libros de crítica retrospectiva que produjeron
verdadero asombro entre los doctos. Dondequiera que iba se le acogía con
señales de respeto y admiración. Tal vez no existiese a la sazón hombre
más festejado en España.
¿Qué se hizo de Doña Encarnación, la simpática y bondadosa patrona que
tantos maternales cuidados nos prodigaba? Su misma generosidad la
perdió. Quedó arruinada, arrastró después algunos años una vida
miserable y hambrienta, durante los cuales tuve ocasión de favorecerla,
y, por fin, murió en un pueblecito de la provincia de Guadalajara donde
había nacido.
¿Quién se acuerda de aquella gentil Natalia, tan bella, tan franca, tan
impetuosa? Nadie más que Sixto Moro. La herida de éste nunca había
logrado cicatrizar por completo. Tres o cuatro años después de haberse
casado aquélla le vi salir de un portal de la calle de la Montera donde
un fotógrafo exhibía sus retratos. Yo sabía que allí había uno grande y
perfecto de Natalia, y se lo dije riendo. Se puso un poco encarnado y me
respondió:
--Es verdad, querido, cuando paso por esta calle no puedo resistir a la
tentación de hacer una visita a su retrato.
--Para decirle cuánto la quieres todavía.
--Justamente... ¡Qué le vamos a hacer! Comprendo que es una locura, pero
es una locura inofensiva. Soy un romántico digno de haber vivido en los
buenos tiempos de Larra y Espronceda... No me falta todo, pues ya poseo
la melena, que tanto preocupa a la atención pública.
En efecto, había logrado pronto alcanzar un puesto envidiable entre los
abogados de Madrid; pronunciaba discursos en el Ateneo y en otras
reuniones públicas, por lo cual empezaba a ser conocido del público.
Pero lo que le iba haciendo más popular era su romántica melena. En
nuestra nación, exageradamente apegada a la uniformidad, cualquier
discrepancia excita la curiosidad. Moro era objeto en la calle de las
miradas sorprendidas de los transeuntes. Unos, los que conocían su
mérito, le miraban con respeto, pero los más reían. Con el tiempo creció
su fama y adelantó en su posición. A la hora presente poseía uno de los
bufetes más lucrativos de la capital, acababa de ser elegido diputado y
vivía con lujo exagerado, como suele acontecer a los que han atravesado
días de penuria y necesitan desquitarse. Ocupaba un magnífico aposento
en la calle Mayor, tenía varios criados y recientemente había puesto
coche.
Nuestra amistad no se había entibiado nunca. Aunque nuestras ocupaciones
eran diversas, nos veíamos a menudo en el Ateneo y apenas se pasaba una
semana sin que almorzásemos juntos. Charlábamos mucho del pasado, poco
del presente, nada del porvenir. Sin embargo, alguna que otra vez yo le
excitaba al matrimonio. Un hombre de su posición debía casarse para
consolidarla. Con su nombre, con sus ganancias y su juventud podía
aspirar a todo. ¿Por qué privarse de los goces de la familia y del
consuelo de transmitir a otros seres el fruto de su esfuerzo y su
talento? Moro se ponía serio y me respondía bajando la voz:
--No puede ser, Jiménez. Tú me llamabas Abelardo en otro tiempo y lo soy
en efecto. No he quedado como él imposibilitado materialmente para el
matrimonio, pero sí moralmente.
Confieso que tanta fidelidad al amor de su juventud me conmovía y me lo
hacía aún más estimable.
De Natalia y su marido escasísimas noticias habían llegado a mis oídos
durante aquellos diez años. Supe por casualidad que, al cabo de cuatro o
cinco, Céspedes había vuelto a la Península y había vivido algún tiempo
en Barcelona, después que se había ido a las islas Filipinas. Y nada
más. Sixto no debía de tener otras más precisas tampoco y no imagino que
tratase de inquirirlas.
En cuanto a mí, después de haber seguido tres carreras diferentes y
hacerme doctor en dos, me hallaba a la sazón de redactor en un periódico
importante de la mañana. Fuí empujado a ello por la necesidad. Algunos
desabrimientos con mi familia me obligaron a prescindir de los recursos
que me proporcionaba. Felizmente, la discordia cesó pronto; pude
abandonar el periodismo; no lo hice porque me placía. Es alegre la
profesión de periodista cuando se ejercita sin apremio de dinero. Yo
tenía lo bastante para darme una vida regalada.
Desde los veinticinco a los treinta años de edad estuve alojado en un
hotel de la calle del Arenal, que aún subsiste. No sé lo que es hoy: en
aquella época era una casa de huéspedes confortable y elegante, con mesa
redonda a la cual nos sentábamos quince o veinte comensales, casi todos
del sexo masculino. Un general de Marina de la escala de reserva, un
senador, un catedrático jubilado, un rentista con su señora y un hijo,
un anciano médico, un capitán de artillería. Estos éramos los fijos; los
demás, huéspedes que venían por tiempo más o menos largo.
Como yo era el más joven, y aún puede decirse el único joven, pues el
capitán, que era quien más se me acercaba, frisaba ya en los cuarenta,
se me trataba por aquellos señores con afectuosa predilección. Podría
decir sin jactancia que me mimaban un poquito. Joven y periodista sonaba
para ellos así como calavera, aturdido, enamorado y trasnochador. No lo
era yo por fortuna, pero me embromaban cariñosamente como si lo fuera.
Yo les daba cuenta de los estrenos de los teatros, de las sesiones del
Ateneo, de los sucesos de la calle y alguna vez también les anunciaba
con anticipación sucesos políticos que el mismo senador ignoraba. Se me
dejaba disparatar con toda libertad y yo usaba y abusaba de ella delante
de aquel venerable areópago lo mismo que si estuviera en la mesa del
café de Fornos entre mis jóvenes camaradas. Aquellos bondadosos señores
se limitaban, cuando mi locuacidad subía de punto, a sacudir la cabeza y
sonreír con piadosa ironía.
Fué dichosa aquella época de mi vida, o al menos así se me representa al
través de los años. Todavía alguna vez, cuando paso por la calle del
Arenal y levanto los ojos a los balcones de aquel hotel, dejo escapar un
suspiro y murmuro con emoción los famosos versos de Espronceda:
¿Dónde volaron, ¡ay!, aquellas horas
de juventud, de amor y de ventura,
regaladas de músicas sonoras,
adornadas de luz y de hermosura?
Sí; todas las noches me dormía regalado por la música de un piano y un
violín. Mi dormitorio tenía una ventana sobre el patio, cubierto de
cristales, donde se hallaba establecido un café.
Y mis sueños eran felices también como mis vigilias. Sin haber leído
nada de los sueños, había logrado en mi juventud cierto dominio sobre
ellos. No que llegase a dirigirlos y conservar dormido mi libertad de
espíritu como el ilustre orientalista marqués de Hervey de Saint-Denis,
que es quien ha teorizado sobre este asunto; pero sí lograba muchas
veces provocarlos apelando a algunos inocentes artificios.
A primera vista parece asombroso y aun disparatado que conservemos
dentro del sueño nuestro libre arbitrio. Sin embargo, el esfuerzo tenaz
de la voluntad puede llegar a conseguirlo. En el libro curiosísimo del
sabio marqués se observa paso a paso cómo se va adquiriendo este
dominio.
Inútil es advertir que al buscarlo no me guiaba un fin científico como a
aquél, sino puramente el de huir alguna preocupación enfadosa o el de
experimentar un placer. Mas como todo placer en este bajo mundo parece
que lleva aparejado un dolor, mi manía de provocar sueños agradables me
ocasionó una desagradable aventura, que no resisto a la tentación de
narrar puntualmente.
Acaeció que un día llegó al hotel y se alojó en él por algún tiempo un
matrimonio forastero. Al decir matrimonio no he hablado con suficiente
propiedad. No fue un matrimonio, sino la mitad de un matrimonio la causa
de mi aventura. El marido podía haberse quedado en la calle, podía haber
permanecido en París, de donde llegaba gestionando sus negocios, podía
haber ido a pasar unos días a Sevilla en el seno de su familia, podía
haberse muerto (mucho mejor, por de contado). Todo esto no hubiera
producido en mí la más leve emoción. ¡Pero la esposa! ¡Ah, la esposa!
Una cosa increíble, una aparición, un milagro. Jamás he visto ni pienso
ver en lo que me resta de vida una belleza más esplendorosa. La piel
blanca, nacarada; los ojos negros, rasgados, orientales; los cabellos
ondeados; alta y majestuosa como una lady; los dientes africanos, los
pies asiáticos.
Cómo aquel hombrecillo menudo, calvo, feo y no muy joven había logrado
hacerse dueño de tal portento, es lo que se preguntó inmediatamente todo
el personal del hotel, desde el viejo general de Marina hasta el mozo de
comedor.
Pronto se averiguó que la dama era rusa y su marido andaluz. Desde
entonces se la admiró mucho más a ella y se le despreció mucho más a él.
Ignoro por qué, pues la Andalucía es una región española donde abundaron
siempre los santos, los héroes y los poetas. Pero es cosa averiguada que
en el resto de España se habla demasiado bien de las andaluzas y
demasiado mal de los andaluces.
Se hicieron muchos y variados cálculos. Unos pensaban que aquella señora
era una nihilista rusa, que perseguida por la policía había logrado
escapar uniéndose a nuestro compatriota; otros decían que era una
artista ecuestre y su marido un empresario de circo; algunos imaginaban
que se trataba de una princesa que viajaba de incógnito y que aquel
hombrecillo no era su marido, sino un criado; por fin, hubo quien llegó
a suponer que la dama era una esclava circasiana que el andaluz había
logrado substraer del _harem_ de un bajá turco.
Fuese lo que fuese, es lo cierto que nos tenía a todos hechizados y que
se la miraba y se la volvía a mirar y nadie se hartaba de mirarla.