calle de San Bartolomé. Renuncio a contarte, porque ya lo supondrás,
cuanto allí pasó. Lágrimas, suspiros, profundas humillaciones, un
desfile constante de deudos y amigos de la familia de mi esposa que me
asediaban y me suplicaban sin cesar. Al cabo, cuando entendí que el
arrepentimiento era sincero y profundo y que no volveríamos a empezar,
me avine generosamente a abandonar el catre y los garbanzos de la casa
de huéspedes para instalarme en el hotel que hoy habito en la Castellana
y que pongo a tu disposición. Con esto los hielos se retiraron
velozmente hacia las regiones boreales; reina en mi hogar una
temperatura deliciosa; los campos se vistieron de una flora casi
tropical, y en cuanto a la fauna... ya lo ves, está representada por
esta galguita, a la que mi mujer y yo mimamos a porfía.
--¿Y tu suegra?
--Mi suegra, hoy por hoy no es más que un cetáceo inofensivo... Ya te
hablaré otra vez porque están saliendo de misa. Ven a verme. De tres a
cinco estoy siempre en casa.
En lo alto de la escalera de San José apareció la gallarda figura de la
señora de Pérez de Vargas. Era una hermosa mujer vestida con refinada
elegancia. Derramó una mirada inquieta y escrutadora por la calle y al
divisar a su marido su rostro se dilató con una sonrisa tan dulce y
afectuosa que instantáneamente quedé persuadido de que el capitán Pérez
de Vargas sabía mucho más que San Juan Crisóstomo en achaques
matrimoniales.
III
MÁS TRAVESURAS DE MI AMIGO PÉREZ DE VARGAS
Algunas días después me decidí a hacer una visita a Pérez de Vargas. El
hotel en que habitaba era una espléndida mansión y el tren de su vida
verdaderamente fastuoso.
Un criado con chaleco rojo y corbata blanca me introdujo en un
despachito tan primorosamente decorado, que más parecía el saloncito de
una dama que el escritorio de un hombre de ciencia. Contiguo a él había
un vasto salón dedicado a biblioteca.
Pérez de Vargas me recibió con extremada alegría. Vestía traje de casa
un poco fantástico, como sólo se autorizan aquí los artistas. Cuando
hubimos charlado breves momentos de cosas indiferentes y me hubo
mostrado su biblioteca, que era verdaderamente excepcional, tanto por la
instalación como por el número de volúmenes, me dijo:
--Espero que me permitirás cambiar de traje, pues algunos amigos vendrán
dentro de poco a tomar el té con nosotros...
Quedó algunos instantes silencioso y añadió al cabo sonriendo:
--Tú te quedarás también y pasarás un rato divertido. Es una broma que
voy a dar a mi suegra, que llegó ayer de Barcelona a pasar unos días con
nosotros. Ya sabes que aquí cerca viven los chinos de la Embajada que
reside temporalmente en las principales capitales de Europa.
En efecto, yo conocía su hotelito y los había visto repetidas veces en
la calle ataviados con su traje nacional y su coleta. En aquel tiempo
los chinos no se habían decidido a trocar su típica indumentaria por la
nuestra. Uno de ellos llamaba extraordinariamente la atención de los
transeuntes por su talla gigantesca y por la fealdad inverosímil de su
rostro. Era el secretario, según mis noticias.
Pérez de Vargas hacía unos días que había entrado en relación con ellos
y me hizo un elogio caluroso de su discreción y cortesía.
--El embajador es una excelente persona, un político muy respetado en su
país, bondadoso, instruído; pero el secretario... el secretario es un
sabio.
--¿Quién? ¿Aquel gigante feo marcado por la viruela?
--El mismo. Es original del Tibet, de raza tártara, y ha sido educado en
Calcuta. No sólo habla el inglés como su propio idioma sino el francés y
español con bastante soltura. Es doctor en medicina, pero sus aficiones
son varias y su lectura inmensa. Conoce la moderna literatura europea
como cualquiera de nosotros.
Pérez de Vargas se extendió considerablemente en el elogio de aquel
extraño personaje excitando mi curiosidad. Después me explicó cómo
había sido presentado a los chinos y había ido a tomar el té en la
Embajada dos o tres veces.
--Hallé su compañía en extremo grata. La cortesía de los chinos es
proverbial y tan exagerada que para nosotros resulta ridícula. Ninguno
permanece sentado cuando alguno de los presentes se pone en pie con
cualquier motivo. Esta ceremonia termina por hacerse enfadosa, pues nos
obliga a no movernos de la silla. Al revés de nosotros los europeos,
estos orientales jamás hablan de sí mismos como no se les pregunte, y en
cambio, manifiestan vivo interés, natural o afectado, por lo que atañe a
los demás. No imagino medio más seguro para hacerse simpático en el
mundo. Sin embargo, no he podido menos de observar cierta inquietud y
embarazo en sus ademanes, que por lo que vine a entender depende de un
sentimiento de temor de ser menospreciados. Piensan al parecer, y no
andan descaminados, que los tenemos por un pueblo bárbaro aún y que sólo
por condescendencia nos avenimos a tratarlos como iguales. Esta idea les
roe el corazón y para sacudirla de sí afectan hallarse al corriente de
todos los usos y ceremonias del mundo civilizado. Sus recepciones y sus
tes son exactamente iguales a los que se dan en cualquier otra casa
particular española: los criados, el servicio, el mobiliario, todo igual
y flamante. Te confieso que este sentimiento de humillación, que se les
trasluce, me apena y que desde luego hice cuanto me fué posible por
desvanecerlo, mostrando respeto y estimación, no solamente a sus
personas, sino también a su país. Con esto tuve la fortuna de hacerme
simpático y me lo demuestran por cuantos medios están a su alcance. Hoy,
por primera vez, les he invitado a tomar el té en mi casa. No he dicho
nada a mi mujer ni a mi suegra para divertirme un poco a su costa,
sobre todo de esta última, que no los conoce siquiera de vista.
Martín me invitó a pasar a su dormitorio; hizo sonar un timbre y vino su
ayuda de cámara, que en mi presencia le ayudó a vestir. Después me llevó
al salón, donde ya estaban su mujer y su mamá política, a las cuales me
presentó en términos excesivamente lisonjeros. Pero con ellas se hallaba
un viejo general, vecino y gran amigo de la familia, acompañado de su
hija. Su presencia contrarió bastante a mi amigo, según me hizo saber en
voz baja. Este general era una bellísima persona, pero de mayor corazón
que inteligencia: cariñoso en el fondo y brusco en las formas, de ideas
conservadoras intransigentes, muy religioso, muy bravo y muy apegado a
las costumbres y tradiciones de nuestro país.
En efecto, la visita de tal caballero no podía resultar oportuna en la
presente ocasión y comprendí la inquietud de Pérez de Vargas.
Como éste tenía ya advertidos a los criados, poco tiempo después de
hallarnos reunidos en el salón, uno de ellos levantó la cortina y
profirió en voz alta y solemne:
--El señor Embajador del Imperio chino.
El embajador, su secretario y dos agregados penetraron gravemente en la
sala haciendo reverencias a la europea. Pérez de Vargas se apresuró a
salir a su encuentro y los presentó con toda ceremonia a su esposa, a su
suegra y luego al General, a su hija y a mí.
La sorpresa de las señoras fué grande, pero sobre todo la estupefacción
de la mamá no tuvo límites y temí por un momento que se pusiera enferma.
Quedó pálida, sobrecogida, y cuando su yerno le fué presentando a sus
nuevos amigos, no supo qué decir ni hacer otra cosa que abrir los ojos
desmesuradamente.
Pasada la primera impresión, que los chinos fingieron no advertir,
porque ya estaban acostumbrados a producir tal efecto, nos sentamos y
departimos un rato y la anciana señora se fué serenando.
Poco después los criados entraron con sendas bandejas y algunas mesillas
volantes y la bella esposa de Pérez de Vargas nos sirvió el té.
Pero los temores que mi amigo me había manifestado no tardaron en
verificarse. Porque el General, que conocía a los chinos de vista, como
todo Madrid en aquella época, apenas se dignó corresponder a los muchos
y reverentes saludos que le hicieron cuando aquél se los presentó,
mostrando con sus pocas y bruscas palabras y con todos sus ademanes que
no respetaba mucho su Embajada ni los consideraba casi dignos de
alternar con la buena sociedad española.
Con esto el embarazo y la timidez de los chinos subió de punto, y
Martín, advirtiéndolo, trató de hacer ver al General de un modo
indirecto que no se las había con salvajes como parecía presumir, sino
con hombres bien cultos y civilizados.
Después de tomar el té quedamos colocados en la siguiente forma: el
Embajador acomodado en un sillón y el General frente a él en otro; el
Secretario se sentó en el sofá y Pérez de Vargas y yo también; los dos
agregados, en sillas próximas a nosotros. En el rincón opuesto del
salón, instaladas en lindas butaquitas de colores brillantes, charlaban
la hija del General, la señora de la casa y su mamá. Pero esta última no
parecía estar muy embebida en la conversación, porque apenas apartaba
los ojos del Secretario, que por su estatura y su fealdad sin duda le
inspiraba horror.
--¿De suerte que usted, antes de venir a Europa como secretario de la
Embajada, ha servido en la administración de Pekín?--le preguntaba
Pérez de Vargas con el objeto ya indicado.
--Sí, señor; he servido en algunas provincias como oficial subalterno.
Después pasé a Pekín y fuí empleado en la secretaría imperial y allí
conocí al señor Embajador y cuando éste fué nombrado presidente del
_Hingpon_, que es el supremo tribunal encargado de los asuntos
criminales, me llevó consigo.
--¿Pero allá en su tierra hay tribunales?--preguntó bruscamente y
sonriendo el General.
El Secretario le miró estupefacto.
--¿Que si hay tribunales? Lo mismo, señor, que en todos los países
civilizados. Hay un supremo tribunal, que semeja a vuestro ministerio de
Gracia y Justicia, con diez y ocho divisiones, que corresponden a las
diez y ocho provincias del Imperio, encargadas de los asuntos criminales
de cada provincia. Hay además, un Cuerpo de inspectores, un Consejo que
prepara las ediciones del Código penal...
--Yo tenía entendido que allá juzgaban ustedes a los criminales de
cuclillas en una estera, les mandaban dar tantos o cuantos palos... y en
paz.
El Secretario se inmutó visiblemente, se puso más pálido de lo que era y
con esto su fisonomía adquirió un grado de fealdad inconcebible. El
Embajador, que apenas conocía el español, no se dió cuenta cabal de
aquellas palabras ultrajantes; pero advirtiendo la alteración del
Secretario comprendió que se les había ofendido y manifestó señales de
abatimiento. Pérez de Vargas estaba verdaderamente corrido y maldiciendo
sin duda del momento en que a su agresivo vecino se le había ocurrido
venir a visitarles.
El Secretario se mantuvo silencioso algunos instantes haciendo esfuerzos
por serenarse y luego principió a hablar en tono firme y reposado de
esta manera:
--Desde hace más de tres mil años, esto es, desde el tiempo en que el
Occidente se hallaba sumido en la más completa barbarie, el Celeste
Imperio es un país civilizado donde funcionan regularmente los
tribunales, donde hay una Administración prudente y sabia que provee a
todas las necesidades de la vida social. Existe un fuerte poder central
necesario para dar unidad a un Imperio que cuenta hoy con cuatrocientos
millones de súbditos; pero este poder absoluto asumido por el gran
emperador está templado por las costumbres que en China tienen una
influencia decisiva. El emperador es para nosotros un gran padre de
familia. Su autoridad la delega a sus ministros, que transmiten sus
poderes a sus subordinados y así se va extendiendo gradualmente hasta
los grupos de familia, donde los padres son los jefes naturales. La
familia es el tipo por donde se modela la vasta administración del
Imperio. Además, el gran contrapeso que tiene entre nosotros el poder
imperial consiste en la corporación de literatos, que existe igualmente
desde hace tres mil años. El emperador no puede elegir sus agentes
civiles más que entre los literatos y conformándose a las
clasificaciones establecidas por el concurso. Todos los chinos tenemos
derecho a desempeñar los cargos del Imperio, hasta los más altos, con
tal que demostremos nuestra suficiencia en los diferentes exámenes que
vamos sufriendo y obtengamos el diploma necesario. Porque en China no
existe una aristocracia como ha existido siempre en el Occidente, que
vincula para sí los puestos civiles y militares. Nuestra sola
aristocracia, o clase privilegiada, la constituye la corporación de los
literatos, que se recluta cada año por medio de los exámenes. No existen
títulos hereditarios sino para los miembros de la familia imperial;
pero estos títulos sólo les da derecho a una módica pensión y a gastar
como distintivo un cinturón rojo. Ni aun tienen derecho a desempeñar los
cargos públicos sino después de haber sufrido los exámenes y haber
obtenido el diploma necesario como cualquiera de nosotros. Los títulos y
los honores que un hombre por su mérito ha logrado adquirir no los
heredan sus hijos, sino sus padres...
El General, al oír esto, soltó una insolente carcajada.
--¡Hombre, no deja de tener gracia! Ya me habían dicho que los chinos lo
hacen todo al revés, que principian a comer por los postres y concluyen
por la sopa.
El Secretario quedó un instante acortado, pero siguió su discurso
dirigiéndose siempre a Pérez de Vargas:
--Ya he dicho que todo nuestro sistema político se modela por el tipo de
la familia. El respeto a los padres es el más poderoso resorte de
nuestra vida y como estamos obligados a tributárselo aún después de
muertos por medio de ciertos ritos y ceremonias fúnebres no podríamos
hacerlo de un modo decoroso suponiendo que nuestros antepasados se
hallaban colocados más bajos que nosotros en la escala social... Por lo
demás, convengo en que nuestras costumbres son muy diversas de las de
Europa, pero tienen su razón de ser. La vida no es tan mala allá como
aquí se supone. No diré que existen los refinamientos de las naciones
occidentales, pero vivimos mejor y con más comodidades que gozaban los
europeos hace cien años. El Imperio, con ser tan vasto, se halla cruzado
de un cabo a otro por magníficas carreteras y lo surcan un número
considerable de canales que ponen en comunicación los dos grandes ríos
que lo atraviesan, el río Amarillo y el río Azul. Todo nuestro país está
cultivado como un jardín y su población en el centro es más densa que la
de Bélgica...
--La China es un país bárbaro donde se asesina a los cristianos y se
martiriza a los misioneros--profirió de mal talante el General.
--«El malvado que persigue a un hombre de bien es semejante al insensato
que escupe al cielo», dice el Buda en sus enseñanzas. Los chinos se
guardarían de contristar el corazón de los cristianos que son hombres de
bien, si para ello no hubiera un motivo poderoso. Pero es menester que
la verdad sea separada del error. La religión cristiana ha gozado
repetidas veces de los beneficios celestes del gran Emperador y si ha
sido perseguida en ciertas ocasiones débese, más que a otro motivo, a la
arrogancia misma de los cristianos, que no han sabido mantenerse en los
límites de la moderación y la prudencia. La China es el país más
tolerante de la tierra en materia de religión. Un súbdito chino puede
ser, a su capricho, discípulo del Buda, de Confucio o de Mahoma. Si no
ha podido serlo de Cristo alguna vez se debe a que hemos sospechado con
razón que los misioneros cristianos no venían al Oriente con un fin
puramente religioso, sino que eran agentes de sus Gobiernos para
introducirse y preparar la conquista. ¿No hemos visto a los españoles en
las islas Filipinas, a los holandeses en Java, a los ingleses en todas
partes? Es natural que nos defendamos. Cuando en los comienzos del siglo
anterior el gran emperador Youngtching proscribió la religión cristiana
que su antecesor había permitido, tres misioneros de ustedes fueron a
suplicarle que revocase el edicto. El gran Emperador, perfectamente
enterado de todo, les respondió: «Yo he proscrito vuestra religión de mi
Imperio, porque he sabido que algunos de vosotros querían aniquilar
nuestras leyes y sembraban el espíritu de rebelión en los pueblos.
Vosotros pretendéis que todos los chinos se hagan cristianos, y vuestra
religión, al parecer, así lo exige; pero si así sucediese, pronto
seríamos todos nosotros súbditos de vuestros reyes. Los cristianos que
vosotros hacéis no reconocen más autoridad que la vuestra. En tiempo de
revolución no escucharían más que a vosotros... Ya sé que por ahora nada
hay que temer, pero vendrán vuestros barcos por cientos y luego por
miles y entonces todo se puede esperar. Habláis mucho de tolerancia y la
pedís y la exigís, pero ¿qué diríais si yo enviase a vuestro país una
partida de bonzos y de lamas a predicar su ley? ¿Cómo los recibiríais
vosotros?»
--¡A puntapiés, y con razón!--exclamó el General--. ¡Tendría gracia que
viniesen a predicarnos religión y moral unos hombres ignorantes que
viven poco menos que en el estado salvaje, sin ferrocarriles, sin
telégrafos, sin ejército regular, sin Marina y que se mantienen con
algunos granos de arroz!
El Secretario sonrió tristemente y repuso con calma:
--Es verdad; los hombres de Occidente pueden gloriarse de haber dado
pasos gigantescos de cien años a esta parte. ¿Pero es todo gigantesco y
digno de admiración en Europa? Entre nosotros se inculcan a los niños
desde su más tierna edad las reglas de la urbanidad de tal modo, que aun
los rústicos campesinos y los obreros se tratan entre sí con un respeto
y una cortesía, que aquí no observo ni en las clases más elevadas.
Habéis adelantado mucho en el dominio de la naturaleza exterior, pero la
interior no pocas veces ha quedado intacta. Tenéis mayores comodidades
que nosotros, ¿pero sois más felices? En los años que llevo en Europa
observo en la mayoría de las personas un deseo jamás satisfecho de algo
más, un afán y un ardor que turba su existencia como si ésta fuese
siempre provisional. No se goza aquí del presente. Se diría que todos
tienen ganas de morir. Allá en nuestro país el segundo libro clásico que
en las escuelas nos hacen estudiar tiene un título que en español
significa _El invariable medio_. Este libro se halla basado sobre el
principio fundamental de que toda exageración es nociva para la
felicidad y que en el medio armónico se halla la fuente del bien, de la
verdad y de la belleza. Tal principio parece desconocido en Europa y
acaso por eso he hallado aquí más hombres desgraciados que en China.
«Tratar ligeramente lo principal--dice Confucio--y seriamente lo
secundario es un modo de obrar que jamás se debe seguir.» La gran
superioridad que las naciones occidentales han adquirido sobre nosotros
desde hace un siglo no consiste en otra cosa, si bien lo examináis, que
en haber encontrado y haber utilizado dos fuerzas naturales: el vapor de
agua y la electricidad, merced a las cuales fabricáis pronto y bien una
multitud de objetos, os alumbráis, os comunicáis y os trasladáis de un
punto a otro. Este adelanto es puramente exterior. Para ponerse a
vuestro nivel bastan pocos años. El Japón ha comenzado ya a marchar y
antes de mucho será tan civilizado, en el sentido que aquí se da a la
palabra, como vosotros. Los chinos, más apegados a nuestras costumbres y
a nuestros antiguos procedimientos industriales, nos mostramos más
reacios, pero al cabo también copiaremos vuestra civilización. Tendremos
ferrocarriles y telégrafos, navíos de guerra y máquinas y armas
primorosas... ¿Y entonces qué sucederá? ¡Ah! entonces puede suceder que
la vieja China se acuerde de los agravios que le habéis hecho, de las
crueles humillaciones por donde nos hacéis pasar, de vuestros
latrocinios, de vuestros desprecios... Somos cuatrocientos millones y
más disciplinados que los europeos y tenemos menos miedo a la muerte
porque nos educan en el desprecio de ella; somos sobrios y astutos y
sufridos...
El Secretario, que había dado señales de agitación al pronunciar las
últimas palabras, se alzó del sofá.
--¡Ah, entonces, quién sabe!--continuó--. Ahora nos dicen en las
escuelas los maestros: «Mostraos sumisos, bajad vuestra cabeza hasta la
tierra, apretad vuestro corazón y haceos pequeños.» Pero entonces quizá
alguno nos diga: «Levantad la cabeza porque sois hijos del Cielo,
ensanchad vuestros corazones, haceos grandes, acordaos de vuestros
padres... No faltará, no, quien haga la señal... ¡Ah! entonces os
gritaremos como los ministros inferiores de la justicia gritan allá en
China a los acusados cuando entran en la sala del tribunal: «¡Temblad!
¡temblad! ¡temblad!»
--¡Socorro!--gritó la suegra de Pérez de Vargas lanzándose hacia la
puerta.
Su esposa y la hija del General la siguieron presas igualmente de terror
pánico. No tenía nada de extraño. La estatura, la fealdad, la voz
formidable y el ademán airado del Secretario eran bien capaces de
infundir grima a cualquiera.
Acudimos inmediatamente en su auxilio para tranquilizarlas. Los chinos,
asustados, se alzaron del asiento. El Secretario, pálido, inmóvil como
una estatua, no sabía qué hacer ni decir, mientras el General se
desternillaba de risa en la butaca lanzando nuevas carcajadas.
Al cabo logramos sosegar a las señoras y las redujimos a que volvieran
al salón. El desgraciado Secretario comenzó a balbucir excusas, y ellas
también. Todos estaban avergonzados, pero muy particularmente aquél,
como debe suponerse.
El Embajador dió al fin la señal de partida y nuestros chinos se
despidieron sensiblemente humillados, aunque por su parte Pérez de
Vargas hizo los mayores esfuerzos por disipar su molestia.
IV
UN HOMBRE DEMASIADO FELIZ
Cuando la adversidad se empeña en perseguir a un hombre, todo el mundo
sabe que no ceja hasta dar buena cuenta de él. Lo que muy pocos saben es
que otro tanto sucede cuando la dicha se propone favorecerle.
Este fué el caso de mi amigo Pérez de Vargas.
Quince o veinte días después de la singular aventura de los chinos,
recibí de él una tarjeta anunciándome su partida para los Estados
Unidos, adonde le llevaba un asunto de interés. Este asunto, como pude
enterarme pronto, era el fallecimiento de un tío de su esposa que había
muerto dejándola por única y universal heredera.
La herencia era colosal, según comenzó a susurrarse. Unos hablaban de
doce millones de dólares; otros la hacían subir a veinte; y había
alguno, puesto a disparatar, que no paraba hasta los cuarenta.
De todos modos se trataba de una fortuna verdaderamente fantástica.
Pocos meses después el afortunado Pérez de Vargas y su esposa arribaban
a la bahía de Vigo en un soberbio _yacht_ que reunía, al decir del
corresponsal gallego de un periódico de la corte, «la mayor suntuosidad
y las más exquisitas y refinadas comodidades que pueden verse en esta
clase de navíos».
En cuanto se trasladó a Madrid comenzó a ostentar un lujo escandaloso.
Porque el amigo Pérez de Vargas era por temperamento liberal y
magnífico. Trenes a la Dumont, fiestas espléndidas, palco en todos los
teatros, cacerías, banquetes, etc., etc.
Los revisteros de salones sudaban tinta describiendo tanta opulencia.
Fué en esta ocasión cuando los españoles se enteraron de que Pérez de
Vargas era un sabio. Salieron a relucir sus trabajos geológicos, sus
libros, y se hicieron de ellos hiperbólicos elogios, aunque nadie los
había leído ni pensaba en leerlos.
Naturalmente, la Academia de Ciencias le abrió de par en par sus
puertas.
Tengo la satisfacción de declarar que, en medio de tanta grandeza, no me
olvidó por completo. Repetidas veces me envió su tarjeta invitándome ora
a una _garden-party_, ora a una comida o a un baile. Como el brillo me
ofusca y no me agradaba encontrarme en medio de tanto y tanto personaje,
rehusé siempre estas invitaciones. Porque la casa de Pérez de Vargas fué
durante aquel invierno el sitio de moda donde se daba cita la sociedad
más ilustre de Madrid.
Sin embargo, Pérez de Vargas no estaba satisfecho de su casa. Le parecía
que ya no cabía dentro de ella. En su consecuencia, determinó edificar
otra más amplia, un grandioso palacio en el ensanche de Madrid.