Tres meses y algunos días permanecimos en aquella pobrecita casa de la

calle de San Bartolomé. Renuncio a contarte, porque ya lo supondrás,

cuanto allí pasó. Lágrimas, suspiros, profundas humillaciones, un

desfile constante de deudos y amigos de la familia de mi esposa que me

asediaban y me suplicaban sin cesar. Al cabo, cuando entendí que el

arrepentimiento era sincero y profundo y que no volveríamos a empezar,

me avine generosamente a abandonar el catre y los garbanzos de la casa

de huéspedes para instalarme en el hotel que hoy habito en la Castellana

y que pongo a tu disposición. Con esto los hielos se retiraron

velozmente hacia las regiones boreales; reina en mi hogar una

temperatura deliciosa; los campos se vistieron de una flora casi

tropical, y en cuanto a la fauna... ya lo ves, está representada por

esta galguita, a la que mi mujer y yo mimamos a porfía.

--¿Y tu suegra?

--Mi suegra, hoy por hoy no es más que un cetáceo inofensivo... Ya te

hablaré otra vez porque están saliendo de misa. Ven a verme. De tres a

cinco estoy siempre en casa.

En lo alto de la escalera de San José apareció la gallarda figura de la

señora de Pérez de Vargas. Era una hermosa mujer vestida con refinada

elegancia. Derramó una mirada inquieta y escrutadora por la calle y al

divisar a su marido su rostro se dilató con una sonrisa tan dulce y

afectuosa que instantáneamente quedé persuadido de que el capitán Pérez

de Vargas sabía mucho más que San Juan Crisóstomo en achaques

matrimoniales.

III

MÁS TRAVESURAS DE MI AMIGO PÉREZ DE VARGAS

Algunas días después me decidí a hacer una visita a Pérez de Vargas. El

hotel en que habitaba era una espléndida mansión y el tren de su vida

verdaderamente fastuoso.

Un criado con chaleco rojo y corbata blanca me introdujo en un

despachito tan primorosamente decorado, que más parecía el saloncito de

una dama que el escritorio de un hombre de ciencia. Contiguo a él había

un vasto salón dedicado a biblioteca.

Pérez de Vargas me recibió con extremada alegría. Vestía traje de casa

un poco fantástico, como sólo se autorizan aquí los artistas. Cuando

hubimos charlado breves momentos de cosas indiferentes y me hubo

mostrado su biblioteca, que era verdaderamente excepcional, tanto por la

instalación como por el número de volúmenes, me dijo:

--Espero que me permitirás cambiar de traje, pues algunos amigos vendrán

dentro de poco a tomar el té con nosotros...

Quedó algunos instantes silencioso y añadió al cabo sonriendo:

--Tú te quedarás también y pasarás un rato divertido. Es una broma que

voy a dar a mi suegra, que llegó ayer de Barcelona a pasar unos días con

nosotros. Ya sabes que aquí cerca viven los chinos de la Embajada que

reside temporalmente en las principales capitales de Europa.

En efecto, yo conocía su hotelito y los había visto repetidas veces en

la calle ataviados con su traje nacional y su coleta. En aquel tiempo

los chinos no se habían decidido a trocar su típica indumentaria por la

nuestra. Uno de ellos llamaba extraordinariamente la atención de los

transeuntes por su talla gigantesca y por la fealdad inverosímil de su

rostro. Era el secretario, según mis noticias.

Pérez de Vargas hacía unos días que había entrado en relación con ellos

y me hizo un elogio caluroso de su discreción y cortesía.

--El embajador es una excelente persona, un político muy respetado en su

país, bondadoso, instruído; pero el secretario... el secretario es un

sabio.

--¿Quién? ¿Aquel gigante feo marcado por la viruela?

--El mismo. Es original del Tibet, de raza tártara, y ha sido educado en

Calcuta. No sólo habla el inglés como su propio idioma sino el francés y

español con bastante soltura. Es doctor en medicina, pero sus aficiones

son varias y su lectura inmensa. Conoce la moderna literatura europea

como cualquiera de nosotros.

Pérez de Vargas se extendió considerablemente en el elogio de aquel

extraño personaje excitando mi curiosidad. Después me explicó cómo

había sido presentado a los chinos y había ido a tomar el té en la

Embajada dos o tres veces.

--Hallé su compañía en extremo grata. La cortesía de los chinos es

proverbial y tan exagerada que para nosotros resulta ridícula. Ninguno

permanece sentado cuando alguno de los presentes se pone en pie con

cualquier motivo. Esta ceremonia termina por hacerse enfadosa, pues nos

obliga a no movernos de la silla. Al revés de nosotros los europeos,

estos orientales jamás hablan de sí mismos como no se les pregunte, y en

cambio, manifiestan vivo interés, natural o afectado, por lo que atañe a

los demás. No imagino medio más seguro para hacerse simpático en el

mundo. Sin embargo, no he podido menos de observar cierta inquietud y

embarazo en sus ademanes, que por lo que vine a entender depende de un

sentimiento de temor de ser menospreciados. Piensan al parecer, y no

andan descaminados, que los tenemos por un pueblo bárbaro aún y que sólo

por condescendencia nos avenimos a tratarlos como iguales. Esta idea les

roe el corazón y para sacudirla de sí afectan hallarse al corriente de

todos los usos y ceremonias del mundo civilizado. Sus recepciones y sus

tes son exactamente iguales a los que se dan en cualquier otra casa

particular española: los criados, el servicio, el mobiliario, todo igual

y flamante. Te confieso que este sentimiento de humillación, que se les

trasluce, me apena y que desde luego hice cuanto me fué posible por

desvanecerlo, mostrando respeto y estimación, no solamente a sus

personas, sino también a su país. Con esto tuve la fortuna de hacerme

simpático y me lo demuestran por cuantos medios están a su alcance. Hoy,

por primera vez, les he invitado a tomar el té en mi casa. No he dicho

nada a mi mujer ni a mi suegra para divertirme un poco a su costa,

sobre todo de esta última, que no los conoce siquiera de vista.

Martín me invitó a pasar a su dormitorio; hizo sonar un timbre y vino su

ayuda de cámara, que en mi presencia le ayudó a vestir. Después me llevó

al salón, donde ya estaban su mujer y su mamá política, a las cuales me

presentó en términos excesivamente lisonjeros. Pero con ellas se hallaba

un viejo general, vecino y gran amigo de la familia, acompañado de su

hija. Su presencia contrarió bastante a mi amigo, según me hizo saber en

voz baja. Este general era una bellísima persona, pero de mayor corazón

que inteligencia: cariñoso en el fondo y brusco en las formas, de ideas

conservadoras intransigentes, muy religioso, muy bravo y muy apegado a

las costumbres y tradiciones de nuestro país.

En efecto, la visita de tal caballero no podía resultar oportuna en la

presente ocasión y comprendí la inquietud de Pérez de Vargas.

Como éste tenía ya advertidos a los criados, poco tiempo después de

hallarnos reunidos en el salón, uno de ellos levantó la cortina y

profirió en voz alta y solemne:

--El señor Embajador del Imperio chino.

El embajador, su secretario y dos agregados penetraron gravemente en la

sala haciendo reverencias a la europea. Pérez de Vargas se apresuró a

salir a su encuentro y los presentó con toda ceremonia a su esposa, a su

suegra y luego al General, a su hija y a mí.

La sorpresa de las señoras fué grande, pero sobre todo la estupefacción

de la mamá no tuvo límites y temí por un momento que se pusiera enferma.

Quedó pálida, sobrecogida, y cuando su yerno le fué presentando a sus

nuevos amigos, no supo qué decir ni hacer otra cosa que abrir los ojos

desmesuradamente.

Pasada la primera impresión, que los chinos fingieron no advertir,

porque ya estaban acostumbrados a producir tal efecto, nos sentamos y

departimos un rato y la anciana señora se fué serenando.

Poco después los criados entraron con sendas bandejas y algunas mesillas

volantes y la bella esposa de Pérez de Vargas nos sirvió el té.

Pero los temores que mi amigo me había manifestado no tardaron en

verificarse. Porque el General, que conocía a los chinos de vista, como

todo Madrid en aquella época, apenas se dignó corresponder a los muchos

y reverentes saludos que le hicieron cuando aquél se los presentó,

mostrando con sus pocas y bruscas palabras y con todos sus ademanes que

no respetaba mucho su Embajada ni los consideraba casi dignos de

alternar con la buena sociedad española.

Con esto el embarazo y la timidez de los chinos subió de punto, y

Martín, advirtiéndolo, trató de hacer ver al General de un modo

indirecto que no se las había con salvajes como parecía presumir, sino

con hombres bien cultos y civilizados.

Después de tomar el té quedamos colocados en la siguiente forma: el

Embajador acomodado en un sillón y el General frente a él en otro; el

Secretario se sentó en el sofá y Pérez de Vargas y yo también; los dos

agregados, en sillas próximas a nosotros. En el rincón opuesto del

salón, instaladas en lindas butaquitas de colores brillantes, charlaban

la hija del General, la señora de la casa y su mamá. Pero esta última no

parecía estar muy embebida en la conversación, porque apenas apartaba

los ojos del Secretario, que por su estatura y su fealdad sin duda le

inspiraba horror.

--¿De suerte que usted, antes de venir a Europa como secretario de la

Embajada, ha servido en la administración de Pekín?--le preguntaba

Pérez de Vargas con el objeto ya indicado.

--Sí, señor; he servido en algunas provincias como oficial subalterno.

Después pasé a Pekín y fuí empleado en la secretaría imperial y allí

conocí al señor Embajador y cuando éste fué nombrado presidente del

_Hingpon_, que es el supremo tribunal encargado de los asuntos

criminales, me llevó consigo.

--¿Pero allá en su tierra hay tribunales?--preguntó bruscamente y

sonriendo el General.

El Secretario le miró estupefacto.

--¿Que si hay tribunales? Lo mismo, señor, que en todos los países

civilizados. Hay un supremo tribunal, que semeja a vuestro ministerio de

Gracia y Justicia, con diez y ocho divisiones, que corresponden a las

diez y ocho provincias del Imperio, encargadas de los asuntos criminales

de cada provincia. Hay además, un Cuerpo de inspectores, un Consejo que

prepara las ediciones del Código penal...

--Yo tenía entendido que allá juzgaban ustedes a los criminales de

cuclillas en una estera, les mandaban dar tantos o cuantos palos... y en

paz.

El Secretario se inmutó visiblemente, se puso más pálido de lo que era y

con esto su fisonomía adquirió un grado de fealdad inconcebible. El

Embajador, que apenas conocía el español, no se dió cuenta cabal de

aquellas palabras ultrajantes; pero advirtiendo la alteración del

Secretario comprendió que se les había ofendido y manifestó señales de

abatimiento. Pérez de Vargas estaba verdaderamente corrido y maldiciendo

sin duda del momento en que a su agresivo vecino se le había ocurrido

venir a visitarles.

El Secretario se mantuvo silencioso algunos instantes haciendo esfuerzos

por serenarse y luego principió a hablar en tono firme y reposado de

esta manera:

--Desde hace más de tres mil años, esto es, desde el tiempo en que el

Occidente se hallaba sumido en la más completa barbarie, el Celeste

Imperio es un país civilizado donde funcionan regularmente los

tribunales, donde hay una Administración prudente y sabia que provee a

todas las necesidades de la vida social. Existe un fuerte poder central

necesario para dar unidad a un Imperio que cuenta hoy con cuatrocientos

millones de súbditos; pero este poder absoluto asumido por el gran

emperador está templado por las costumbres que en China tienen una

influencia decisiva. El emperador es para nosotros un gran padre de

familia. Su autoridad la delega a sus ministros, que transmiten sus

poderes a sus subordinados y así se va extendiendo gradualmente hasta

los grupos de familia, donde los padres son los jefes naturales. La

familia es el tipo por donde se modela la vasta administración del

Imperio. Además, el gran contrapeso que tiene entre nosotros el poder

imperial consiste en la corporación de literatos, que existe igualmente

desde hace tres mil años. El emperador no puede elegir sus agentes

civiles más que entre los literatos y conformándose a las

clasificaciones establecidas por el concurso. Todos los chinos tenemos

derecho a desempeñar los cargos del Imperio, hasta los más altos, con

tal que demostremos nuestra suficiencia en los diferentes exámenes que

vamos sufriendo y obtengamos el diploma necesario. Porque en China no

existe una aristocracia como ha existido siempre en el Occidente, que

vincula para sí los puestos civiles y militares. Nuestra sola

aristocracia, o clase privilegiada, la constituye la corporación de los

literatos, que se recluta cada año por medio de los exámenes. No existen

títulos hereditarios sino para los miembros de la familia imperial;

pero estos títulos sólo les da derecho a una módica pensión y a gastar

como distintivo un cinturón rojo. Ni aun tienen derecho a desempeñar los

cargos públicos sino después de haber sufrido los exámenes y haber

obtenido el diploma necesario como cualquiera de nosotros. Los títulos y

los honores que un hombre por su mérito ha logrado adquirir no los

heredan sus hijos, sino sus padres...

El General, al oír esto, soltó una insolente carcajada.

--¡Hombre, no deja de tener gracia! Ya me habían dicho que los chinos lo

hacen todo al revés, que principian a comer por los postres y concluyen

por la sopa.

El Secretario quedó un instante acortado, pero siguió su discurso

dirigiéndose siempre a Pérez de Vargas:

--Ya he dicho que todo nuestro sistema político se modela por el tipo de

la familia. El respeto a los padres es el más poderoso resorte de

nuestra vida y como estamos obligados a tributárselo aún después de

muertos por medio de ciertos ritos y ceremonias fúnebres no podríamos

hacerlo de un modo decoroso suponiendo que nuestros antepasados se

hallaban colocados más bajos que nosotros en la escala social... Por lo

demás, convengo en que nuestras costumbres son muy diversas de las de

Europa, pero tienen su razón de ser. La vida no es tan mala allá como

aquí se supone. No diré que existen los refinamientos de las naciones

occidentales, pero vivimos mejor y con más comodidades que gozaban los

europeos hace cien años. El Imperio, con ser tan vasto, se halla cruzado

de un cabo a otro por magníficas carreteras y lo surcan un número

considerable de canales que ponen en comunicación los dos grandes ríos

que lo atraviesan, el río Amarillo y el río Azul. Todo nuestro país está

cultivado como un jardín y su población en el centro es más densa que la

de Bélgica...

--La China es un país bárbaro donde se asesina a los cristianos y se

martiriza a los misioneros--profirió de mal talante el General.

--«El malvado que persigue a un hombre de bien es semejante al insensato

que escupe al cielo», dice el Buda en sus enseñanzas. Los chinos se

guardarían de contristar el corazón de los cristianos que son hombres de

bien, si para ello no hubiera un motivo poderoso. Pero es menester que

la verdad sea separada del error. La religión cristiana ha gozado

repetidas veces de los beneficios celestes del gran Emperador y si ha

sido perseguida en ciertas ocasiones débese, más que a otro motivo, a la

arrogancia misma de los cristianos, que no han sabido mantenerse en los

límites de la moderación y la prudencia. La China es el país más

tolerante de la tierra en materia de religión. Un súbdito chino puede

ser, a su capricho, discípulo del Buda, de Confucio o de Mahoma. Si no

ha podido serlo de Cristo alguna vez se debe a que hemos sospechado con

razón que los misioneros cristianos no venían al Oriente con un fin

puramente religioso, sino que eran agentes de sus Gobiernos para

introducirse y preparar la conquista. ¿No hemos visto a los españoles en

las islas Filipinas, a los holandeses en Java, a los ingleses en todas

partes? Es natural que nos defendamos. Cuando en los comienzos del siglo

anterior el gran emperador Youngtching proscribió la religión cristiana

que su antecesor había permitido, tres misioneros de ustedes fueron a

suplicarle que revocase el edicto. El gran Emperador, perfectamente

enterado de todo, les respondió: «Yo he proscrito vuestra religión de mi

Imperio, porque he sabido que algunos de vosotros querían aniquilar

nuestras leyes y sembraban el espíritu de rebelión en los pueblos.

Vosotros pretendéis que todos los chinos se hagan cristianos, y vuestra

religión, al parecer, así lo exige; pero si así sucediese, pronto

seríamos todos nosotros súbditos de vuestros reyes. Los cristianos que

vosotros hacéis no reconocen más autoridad que la vuestra. En tiempo de

revolución no escucharían más que a vosotros... Ya sé que por ahora nada

hay que temer, pero vendrán vuestros barcos por cientos y luego por

miles y entonces todo se puede esperar. Habláis mucho de tolerancia y la

pedís y la exigís, pero ¿qué diríais si yo enviase a vuestro país una

partida de bonzos y de lamas a predicar su ley? ¿Cómo los recibiríais

vosotros?»

--¡A puntapiés, y con razón!--exclamó el General--. ¡Tendría gracia que

viniesen a predicarnos religión y moral unos hombres ignorantes que

viven poco menos que en el estado salvaje, sin ferrocarriles, sin

telégrafos, sin ejército regular, sin Marina y que se mantienen con

algunos granos de arroz!

El Secretario sonrió tristemente y repuso con calma:

--Es verdad; los hombres de Occidente pueden gloriarse de haber dado

pasos gigantescos de cien años a esta parte. ¿Pero es todo gigantesco y

digno de admiración en Europa? Entre nosotros se inculcan a los niños

desde su más tierna edad las reglas de la urbanidad de tal modo, que aun

los rústicos campesinos y los obreros se tratan entre sí con un respeto

y una cortesía, que aquí no observo ni en las clases más elevadas.

Habéis adelantado mucho en el dominio de la naturaleza exterior, pero la

interior no pocas veces ha quedado intacta. Tenéis mayores comodidades

que nosotros, ¿pero sois más felices? En los años que llevo en Europa

observo en la mayoría de las personas un deseo jamás satisfecho de algo

más, un afán y un ardor que turba su existencia como si ésta fuese

siempre provisional. No se goza aquí del presente. Se diría que todos

tienen ganas de morir. Allá en nuestro país el segundo libro clásico que

en las escuelas nos hacen estudiar tiene un título que en español

significa _El invariable medio_. Este libro se halla basado sobre el

principio fundamental de que toda exageración es nociva para la

felicidad y que en el medio armónico se halla la fuente del bien, de la

verdad y de la belleza. Tal principio parece desconocido en Europa y

acaso por eso he hallado aquí más hombres desgraciados que en China.

«Tratar ligeramente lo principal--dice Confucio--y seriamente lo

secundario es un modo de obrar que jamás se debe seguir.» La gran

superioridad que las naciones occidentales han adquirido sobre nosotros

desde hace un siglo no consiste en otra cosa, si bien lo examináis, que

en haber encontrado y haber utilizado dos fuerzas naturales: el vapor de

agua y la electricidad, merced a las cuales fabricáis pronto y bien una

multitud de objetos, os alumbráis, os comunicáis y os trasladáis de un

punto a otro. Este adelanto es puramente exterior. Para ponerse a

vuestro nivel bastan pocos años. El Japón ha comenzado ya a marchar y

antes de mucho será tan civilizado, en el sentido que aquí se da a la

palabra, como vosotros. Los chinos, más apegados a nuestras costumbres y

a nuestros antiguos procedimientos industriales, nos mostramos más

reacios, pero al cabo también copiaremos vuestra civilización. Tendremos

ferrocarriles y telégrafos, navíos de guerra y máquinas y armas

primorosas... ¿Y entonces qué sucederá? ¡Ah! entonces puede suceder que

la vieja China se acuerde de los agravios que le habéis hecho, de las

crueles humillaciones por donde nos hacéis pasar, de vuestros

latrocinios, de vuestros desprecios... Somos cuatrocientos millones y

más disciplinados que los europeos y tenemos menos miedo a la muerte

porque nos educan en el desprecio de ella; somos sobrios y astutos y

sufridos...

El Secretario, que había dado señales de agitación al pronunciar las

últimas palabras, se alzó del sofá.

--¡Ah, entonces, quién sabe!--continuó--. Ahora nos dicen en las

escuelas los maestros: «Mostraos sumisos, bajad vuestra cabeza hasta la

tierra, apretad vuestro corazón y haceos pequeños.» Pero entonces quizá

alguno nos diga: «Levantad la cabeza porque sois hijos del Cielo,

ensanchad vuestros corazones, haceos grandes, acordaos de vuestros

padres... No faltará, no, quien haga la señal... ¡Ah! entonces os

gritaremos como los ministros inferiores de la justicia gritan allá en

China a los acusados cuando entran en la sala del tribunal: «¡Temblad!

¡temblad! ¡temblad!»

--¡Socorro!--gritó la suegra de Pérez de Vargas lanzándose hacia la

puerta.

Su esposa y la hija del General la siguieron presas igualmente de terror

pánico. No tenía nada de extraño. La estatura, la fealdad, la voz

formidable y el ademán airado del Secretario eran bien capaces de

infundir grima a cualquiera.

Acudimos inmediatamente en su auxilio para tranquilizarlas. Los chinos,

asustados, se alzaron del asiento. El Secretario, pálido, inmóvil como

una estatua, no sabía qué hacer ni decir, mientras el General se

desternillaba de risa en la butaca lanzando nuevas carcajadas.

Al cabo logramos sosegar a las señoras y las redujimos a que volvieran

al salón. El desgraciado Secretario comenzó a balbucir excusas, y ellas

también. Todos estaban avergonzados, pero muy particularmente aquél,

como debe suponerse.

El Embajador dió al fin la señal de partida y nuestros chinos se

despidieron sensiblemente humillados, aunque por su parte Pérez de

Vargas hizo los mayores esfuerzos por disipar su molestia.

IV

UN HOMBRE DEMASIADO FELIZ

Cuando la adversidad se empeña en perseguir a un hombre, todo el mundo

sabe que no ceja hasta dar buena cuenta de él. Lo que muy pocos saben es

que otro tanto sucede cuando la dicha se propone favorecerle.

Este fué el caso de mi amigo Pérez de Vargas.

Quince o veinte días después de la singular aventura de los chinos,

recibí de él una tarjeta anunciándome su partida para los Estados

Unidos, adonde le llevaba un asunto de interés. Este asunto, como pude

enterarme pronto, era el fallecimiento de un tío de su esposa que había

muerto dejándola por única y universal heredera.

La herencia era colosal, según comenzó a susurrarse. Unos hablaban de

doce millones de dólares; otros la hacían subir a veinte; y había

alguno, puesto a disparatar, que no paraba hasta los cuarenta.

De todos modos se trataba de una fortuna verdaderamente fantástica.

Pocos meses después el afortunado Pérez de Vargas y su esposa arribaban

a la bahía de Vigo en un soberbio _yacht_ que reunía, al decir del

corresponsal gallego de un periódico de la corte, «la mayor suntuosidad

y las más exquisitas y refinadas comodidades que pueden verse en esta

clase de navíos».

En cuanto se trasladó a Madrid comenzó a ostentar un lujo escandaloso.

Porque el amigo Pérez de Vargas era por temperamento liberal y

magnífico. Trenes a la Dumont, fiestas espléndidas, palco en todos los

teatros, cacerías, banquetes, etc., etc.

Los revisteros de salones sudaban tinta describiendo tanta opulencia.

Fué en esta ocasión cuando los españoles se enteraron de que Pérez de

Vargas era un sabio. Salieron a relucir sus trabajos geológicos, sus

libros, y se hicieron de ellos hiperbólicos elogios, aunque nadie los

había leído ni pensaba en leerlos.

Naturalmente, la Academia de Ciencias le abrió de par en par sus

puertas.

Tengo la satisfacción de declarar que, en medio de tanta grandeza, no me

olvidó por completo. Repetidas veces me envió su tarjeta invitándome ora

a una _garden-party_, ora a una comida o a un baile. Como el brillo me

ofusca y no me agradaba encontrarme en medio de tanto y tanto personaje,

rehusé siempre estas invitaciones. Porque la casa de Pérez de Vargas fué

durante aquel invierno el sitio de moda donde se daba cita la sociedad

más ilustre de Madrid.

Sin embargo, Pérez de Vargas no estaba satisfecho de su casa. Le parecía

que ya no cabía dentro de ella. En su consecuencia, determinó edificar

otra más amplia, un grandioso palacio en el ensanche de Madrid.

Años de juventud del doctor Angélico · 第 12 / 21 段