Academia de Jurisprudencia. Los hermosos discursos me entusiasman tanto
o más que los hermosos versos. Papá me lleva alguna vez al Congreso y he
gozado mucho oyendo a nuestros más famosos oradores, a Castelar, a
Moret, a Cánovas del Castillo. Entendía poco o nada de los asuntos que
trataban, pero aquella manera de expresar las ideas tan fácil, tan
elegante, me causaba una sensación deliciosa.
--Conmigo llevaría usted un desengaño--le respondí.--Yo no puedo
compararme de muy lejos con esos colosos de la oratoria.
--Es usted demasiado modesto. Son varias ya las personas que me han
dicho que habla usted admirablemente.
--Además, bastaría que supiese que se hallaba usted entre mis oyentes
para que lo hiciese muy mal.
--¿Por qué?
--Precisamente porque es usted la persona ante la cual quisiera hacerlo
mejor.
Natalia bajó los ojos y se ruborizó. Luego cambió de conversación.
Moro me narraba este incidente con emoción increíble. Yo lo celebré
también, por hacerle placer, como si fuese un magno suceso, y le dije
riendo:
--Sigues con aprovechamiento la carrera de Abelardo. Ten cuidado de que
al fin no haga contigo el General lo que el canónigo Fulberto hizo con
el seductor de su sobrina.
Moro dejó escapar una exclamación de susto; pero entendí que se mostró
halagado con mi comparación.
Esta emoción ansiosa que Moro manifestaba en todo lo que se refería a
sus funciones didácticas en la casa de Reyes contrastaba con la
indiferencia con que allí se miraban. Natalia, cuando por azar salía el
nombre de su profesor en la conversación, solía decir que era «muy
simpático, muy simpático». Guadalupe la miraba entonces sorprendida,
como si dudase de que hablara en serio. Para una mujer del gran mundo es
caso sorprendente que se llame simpático a un joven tímido mal vestido.
El General se había olvidado de su existencia. Esto prueba una vez más
lo enorme distancia que existe entre lo que creemos ser en el espíritu
de los demás y lo que somos realmente.
Un día que Natalia pronunció el nombre de su profesor, el General se
volvió hacia mí sonriente y me dijo:
--Pero ese amigo tuyo ¿por qué razón gasta tan larga cabellera? Parece
un saboyano de los que tocan el organillo por las calles.
--No será por una razón estética--manifestó Guadalupe sonriendo también.
--Es un capricho--respondí yo, contrariado por aquel tono de burla.
--¡Es un capricho original el de dejarse crecer los pelos!--exclamó el
General soltando a reír.
Natalia se puso seria.
--Hay otros caprichos--dijo--mucho más extravagantes y el mundo no sólo
no se fija en ellos, sino que los aplaude. ¿No es mucho más ridículo
hacerse planchar las camisas en París estando en Madrid? Un hombre puede
gastar el pelo largo y ser inteligente, trabajador, digno, y otro puede
gastarlo corto y ser holgazán, tonto y maligno.
Como la saeta parecía dirigida a Grimaldi, que enviaba, en efecto, sus
camisas a París, el General se puso serio a su vez.
--¡Niña, niña, cuidado con la lengua!
Guadalupe se limitó a sonreír.
Yo aprobé de corazón las nobles palabras de aquella niña, pero guardé
silencio.
Desde hacía algún tiempo había observado que el temperamento
naturalmente impetuoso de Natalia se había irritado un poco. Si en
conversación particular conmigo era siempre franca y cariñosa, cuando
nos hallábamos reunidos en familia se mostraba más concisa en sus
palabras y más dura en sus observaciones. Sobre todo, notaba
perfectamente que al dirigirse a Guadalupe lo hacía empleando las menos
palabras posibles y muchas veces sin mirarle a la cara. Hacía ya algunos
meses que no las había visto juntas en la calle. Guadalupe salía a
menudo con una amiga de la colonia americana y Natalia con una señora
viuda de un amigo y compañero del General, a quien éste protegía.
Puede inferirse que aunque Natalia me fuese extremadamente simpática y
aún hubiera llegado a inspirarme un afecto casi fraternal, no podía
menos de reprobar aquella actitud altanera y agresiva que por días iba
creciendo. ¿Por qué serán tan pocas veces cordiales las relaciones entre
hijastras y madrastras?--me preguntaba--. ¿Será porque este parentesco
lleva ya dentro de sí un virus venenoso? Sin embargo, yo imaginaba que
tratándose de seres tan bondadosos y amables como aquellas dos mujeres,
ningún pretexto podía existir para que su amistad se envenenase.
Mi adoración por la bella Guadalupe no se había extinguido ni aún
mermado con la ruina de mis ilusiones. Pero esta adoración había
adquirido un matiz más respetuoso aún, la contemplaba como un ser
inasequible, perfecto, y me consideraba feliz sólo con aproximarme a
ella y saciarme con su vista. Hasta había llegado a perdonarle aquel
tono siempre protector que conmigo usaba: antes me parecía impertinente;
ahora lo hallaba sabroso. No podía ofrecerme duda que ella, después de
lo que había pasado, leía con toda claridad en mi corazón, y esta
seguridad despertaba en mí un delicioso sentimiento, mezcla de confusión
y ternura. Adivinaba perfectamente que agradecía mi pasión y aunque no
la alentase me prodigaba afectuosas atenciones que algunas veces me
conmovían hasta privarme del uso de la palabra.
El General, aunque disfrazándola con sus modales bruscos y sus eternas
bromas, me parecía que abrigaba en su pecho una pasión no menor que la
mía. Cuando se dirigía a ella, aunque fuese para hacerle alguna burla,
sus ojos expresaban tan apasionado afecto, que todos nos dábamos cuenta
de lo que llenaba su corazón. Ella misma apartaba alguna vez la vista un
poco ruborizada.
Tardó Don Luis en advertir la hostilidad de su hija. No era hombre de
espíritu complicado ni fino observador. Además, es seguro que le parecía
inverosímil y hasta monstruoso, aun más que a mí, que Natalia dejase de
amar a una criatura tan angelical como Guadalupe. Porque, en efecto,
nadie podía negar a ésta un carácter singularmente blando y apacible.
Parecía imposible reñir con ella. Ni aun cuando se la contrariase
abiertamente se lograba verla desazonada ni daba señales siquiera de
impaciencia. Hacia su hijastra mostraba tan deferentes atenciones, que
dada su posición a mí mismo me parecían excesivas. Por eso cuando al
cabo comenzó a sospechar que Natalia la aborrecía, debió de quedar
estupefacto. A esta estupefacción sucedió una sorda cólera, que pronto
se hizo visible. Estaba inquieto, malhumorado; dejó de tener con su hija
aquellas expansiones cariñosas en él tan frecuentes; espiaba a una y
otra intranquilo y alguna vez le he visto fijar en Natalia los ojos con
signos de irritación.
Por su parte la niña parecía no advertir el malestar de su padre y
continuaba mostrando hacia su madrastra una indiferencia cada día más
desdeñosa. Yo presentía que aquellos dos caracteres tan semejantes
tenían que chocar al cabo forzosamente.
La catástrofe se produjo, desgraciadamente, hallándome yo presente.
Acabábamos de comer y Guadalupe había salido para cambiar de vestido,
pues íbamos como de costumbre al teatro. El General, Natalia y yo
departíamos tranquilamente en el comedor cuando sonó el timbre de la
puerta.
--Ahí está Tonico--dijo el General.
Natalia quedó silenciosa. Don Luis y yo seguimos charlando.
Transcurrieron algunos minutos y Grimaldi no aparecía. Natalia se puso
en pie y salió de la estancia. Poco después volvió a entrar seguida de
Guadalupe y Grimaldi. Quise observar en el rostro de los tres señales de
turbación. El de Natalia terriblemente fruncido como jamás lo había
visto.
El General recibió a su amigo con la misma ruidosa alegría de siempre.
Grimaldi estaba un poco pálido y sus manos temblaban ligeramente; pero
un instante después recobró su aplomo, y con el tono frío y grave que
caracterizaba su conversación la empeñó con Reyes y su esposa. Ésta
parecía más turbada y advertí que disimuladamente seguía con la vista a
Natalia y su mirada era humilde y tímida.
Cuando nos levantamos y nos dispusimos para marchar, Guadalupe tomó la
delantera. Hallándose ya en el pasillo exclamó:
--¡Ah, mis guantes! Se me olvidaron sobre la mesa.
--Natalia, recoge esos guantes y tráelos--dijo el General a su hija, que
se había quedado un poco rezagada.
Ésta, como si no oyese, siguió caminando. Don Luis repitió con
impaciencia:
--¿No has oído? Trae los guantes de Guadalupe, que están sobre la mesa.
Natalia los tomó con lento ademán, y dirigiéndose a Guadalupe dijo con
acento desdeñoso:
--Ahí los tienes.
Y se los arrojó, sin entregárselos en la mano. Los guantes cayeron en el
suelo.
Una ola de sangre subió al rostro del General.
--¡Cómo! ¿Qué es lo que acabas de hacer, insolente? ¡Recoge esos
guantes!
Natalia permaneció inmóvil y mirando cara a cara a su padre. Una sonrisa
sarcástica se dibujó en su rostro pálido.
Los ojos del General chispearon de furor y abalanzándose a ella
vociferó:
--¡Recoge esos guantes y entrégalos de rodillas!
Natalia permaneció en la misma inmovilidad orgullosa mirando a su padre
con una extraña intensidad que infundía miedo.
--¡De rodillas! ¡De rodillas, malvada!--gritó Reyes agarrándola por el
brazo y sacudiéndola furiosamente.
Natalia hizo un gesto de dolor. Los dedos de su padre debían clavársele
como unas tenazas; pero inmediatamente comenzó a reír.
--¿Te ríes, infame?... ¿Te ríes?... ¡De rodillas!
Le dió tan fuerte sacudida que la niña chocó ruidosamente con el
pavimento.
Tirada en el suelo siguió riendo cada vez con más fuerza.
--¿Ríes, ríes, miserable? ¡Te voy a aplastar como una víbora!
Hizo ademán de levantar el pie sobre ella y entonces nos precipitamos
todos a sujetarle. Grimaldi estaba blanco como un papel. La fisonomía de
Guadalupe tan descompuesta igualmente que parecía un cadáver.
--¡Dejadme, dejadme!--gritaba el General--. Yo me he tenido la culpa
por haber mimado tanto a una criatura ingrata, a una perversa que se
goza hiriendo a su padre en el corazón.
La risa de Natalia se fué haciendo cada vez más fuerte y convulsiva.
Entonces comprendimos que sufría un ataque de nervios y acudimos a ella.
Yo la levanté entre mis brazos y ayudado por Grimaldi y una doncella la
transportamos a su cama.
El ataque fué pavoroso. A la risa sucedieron los gritos, las fuertes
contracciones, la retorsión de los brazos y la cabeza. Con dificultad
podíamos impedir que se destrozase contra la pared y la madera de la
cama. La doncella trajo un frasco con éter y empapando un pañuelo se lo
hicimos aspirar, pues no era posible en aquel estado que tragase algunas
gotas. Guadalupe ordenó a un criado que montase en el coche enganchado a
la puerta y envió por el médico.
Mientras tanto, el General, convulso, con el rostro congestionado hasta
el punto de hacer temer una apoplejía, desahogaba todavía su cólera no
extinguida con palabras incoherentes, dando paseos agitados.
Cuando el médico llegó, el ataque ya había cedido. Ordenó unos
sinapismos y una poción calmante y encargó completa tranquilidad, no
dando importancia al accidente.
A mi entender la tenía muy grande. Aquella noche me desperté varias
veces agitado por tristes presentimientos.
XIII
FIN DESASTROSO DEL IDILIO ROMÁNTICO DE MI AMIGO SIXTO MORO
No quise comunicar a Moro una palabra acerca de tan penosa escena. Ni
aun le hice saber que Natalia se hallaba indispuesta para que ésta no
sospechase que habíamos hablado de ella. Le dejé ir como todos los días
a su tarea y me hice de nuevas cuando me dijo que no se le había
recibido por hallarse su discípula enferma.
No lo estuvo más de tres o cuatro días. Sixto volvió a sus conferencias,
y ella, que adivinó mi discreción, me lo agradeció visiblemente. Se
mostró conmigo tan afectuosa, que no pude menos de perdonarle su feo
comportamiento con Guadalupe. Por otra parte, no debo ocultar que ésta
se me había hecho sospechosa y que mi adoración descendía rápidamente
como la columna de mercurio de un termómetro cuando se le aplica un
pedazo de hielo.
Con Moro se mostró también aquellos días, por lo que éste me dejó
entender, cariñosa y familiar en extremo. Principió a mantener con él
conversaciones más íntimas que las que les proporcionaban los fríos
temas que elegían. Le habló de sí misma, de sus años de colegio, le
contó algunas anécdotas de aquellos tiempos. Luego mostró también
interés por la existencia privada de su profesor, le hacía preguntas
acerca de sus estudios, le excitaba a comunicarle sus esperanzas, le
alentaba a concebirlas y le auguraba con ostensible satisfacción un
brillante porvenir.
Puede alcanzarse la impresión que estas señales de aprecio producían en
mi amigo. Vivía en éxtasis perpetuo, y aunque se guardaba de comunicarme
sus ocultos pensamientos, yo advertía que éstos subían precipitadamente
a las más altas cúspides de la felicidad. ¡Quién sabe lo que soñaba en
aquellos días el buen Moro!
Sin embargo, yo conocía las secretas influencias bajo las cuales el
corazón de Natalia se abría a un afecto más vivo hacia mi amigo. La
pobre niña se sentía menos amada de su padre y cada día más aislada
dentro de su propia casa. El General se mostraba con ella reservado:
hacía esfuerzos visibles por olvidar la escena pasada, pero como
advertía que Natalia no la olvidaba y que sus relaciones con Guadalupe
eran cada día más frías, el desabrimiento que esto le producía le
brotaba al rostro por momentos. En cuanto a Guadalupe, bien pude
observar que la huía y que manifestaba hacia ella, cuando le era
indispensable comunicarse, una cortesía exagerada, jamás el natural
abandono de la familia.
Nos hallábamos ya en el mes de Mayo. Llegaron los exámenes y de nuevo
nos diseminamos. Fuí a reunirme con mi familia. El General con la suya
se marchó poco después a veranear, como siempre, a San Sebastián. Moro
quedó en Madrid. Desde aquí me hizo saber que se comunicaba a menudo y
regularmente con Natalia por medio de cartas redactadas en francés. Era
un medio muy adecuado para continuar sus lecciones prácticas sobre este
idioma.
Cuando llegué a Madrid en los últimos días de Septiembre la pasión de
Moro había crecido tan formidablemente, que me inspiró un poco de temor.
El viento que la había hecho adquirir tal violencia era el que soplaba
de San Sebastián encerrado en las cartitas mencionadas. Sixto ardía en
deseo de comunicármelas, pero me hizo jurar que no me daría por
enterado de ellas con Natalia. Las leí con interés y pronto me cercioré
de que Moro, utilizando el pretexto de la enseñanza, iba solapadamente
deslizando en las suyas lo que guardaba en su corazón.
Las primeras trataban de asuntos indiferentes: Natalia le daba noticias
de sociedad, le hablaba del tiempo, de su vida exterior. Después
comenzaba a responder ingenuamente a ciertas preguntas un poco más
hondas que su profesor formulaba; más tarde daba las gracias por sus
frases lisonjeras: «_Monsieur, vous êtes trop aimable. Monsieur, je vous
remercie infiniment de votre opinion trop flatteuse_.» Luego
correspondía con palabras cordiales al afecto que Moro le daba a conocer
en sus epístolas. Por fin, el tono de éstas debió de subir algo de punto
porque Natalia se mostraba más reservada y le llamaba dulcemente al
orden. En una de las últimas, si no era la última, se advertía que,
apremiada por las palabras vehementes de su profesor, se veía obligada a
responder a una verdadera declaración de amor. Y lo hacía con un tacto y
una indulgencia maravillosas.
Lo que pude colegir de estas cartas, a pesar de sus reticencias
afectuosas, fué que Natalia rechazaba la pasión de mi amigo, si bien,
con la nobleza que caracterizaba su espíritu, la agradecía y la
estimaba. Esto era lo que exigía el orden natural de las cosas. Lo demás
sería el comienzo de una novela romántica, a la cual no se prestaba la
naturaleza equilibrada de aquella niña.
Pero esto que a mí se me ofrecía perfectamente claro y lo sería para
cualquiera persona despreocupada, Sixto lo hallaba envuelto en una gasa
mágica al través de la cual divisaba perspectivas grandiosas y paisajes
seductores. Aunque hice lo posible por echar un poco de agua al vino y
reprimir su entusiasmo, era éste tan vehemente, que mis sensatas
reflexiones no lograron más que mortificarle. Su razón perspicaz se
hallaba ausente por el momento; hablaba con tanto fuego y tal
incoherencia acerca de lo que él suponía ya sus amores, que a cualquiera
haría reír. ¡Cuánto hubiera reído él mismo y cuánto donaire hubiera
brotado de sus labios, de haber observado aquella locura en otro! Los
hombres que advierten velozmente el ridículo en los demás no son los que
con menos facilidad caen en él.
Sin embargo, hacía ya algunos días que la familia del General había
llegado a Madrid y nadie se había ocupado de enviar a Moro un mensaje
haciéndoselo saber, reclamando de nuevo sus servicios. Con esto empezó a
mostrarse sorprendido e inquieto; no sabía a qué atribuír tal omisión.
¡Ay! yo lo supe bien pronto. El primer día que fuí a comer con ellos me
encontré con un joven de agradable figura instalado cerca de Natalia y
hablando con ella en íntimos apartes. No dudé un punto que era su novio.
Vi también claramente que este novio era aceptado por el General.
Después advertí que Guadalupe y el mismo Grimaldi no sólo veían con
buenos ojos aquella relación, sino que la aplaudían y la alentaban por
todos los medios.
Aquel joven se llamaba Rodrigo de Céspedes. Era aragonés como Reyes y
Grimaldi; pertenecía a una aristocrática familia; huérfano de padre y
madre y capitán del ejército. Entendí que había sido presentado por
Grimaldi en San Sebastián. Por lo tanto, sus relaciones con Natalia
databan de poco tiempo. No por eso menos estrechas: entraba en la casa a
cualquier hora como prometido oficial y todos en ella le festejaban a
porfía. Su figura cautivaba a primera vista. Era alto, esbelto, tenía el
cabello rubio y los ojos azules. Su rostro, no obstante, había perdido
ya la frescura juvenil. Era hombre que en la apariencia pasaba algunos
años de los treinta.
No me atreví a descubrir a mi pobre amigo tan lamentable noticia. Esperé
que el azar se lo hiciese saber. Me había encargado el primer día que
fuí a comer en casa de Reyes que averiguase discretamente si Natalia
tenía pensado continuar sus lecciones. Se lo pregunté a Guadalupe y ésta
me contestó riendo:
--¡Oh! Natalia no tiene tiempo ahora a hablar en francés. ¡Habla
demasiado en español!
Y me señaló con los ojos a la niña que en un rincón del gabinete
charlaba animadamente con su novio.
No se pasaron muchos días sin que Moro se enterase de la ruina de sus
esperanzas. Una noche, hallándome ya en la cama, llamó a la puerta de mi
alcoba.
--Perdona que te haya despertado--me dijo con voz trémula--. Es cosa
para mí importantísima... ¿Tú sabes si Natalia tiene novio?
Quedé confuso sin saber qué responder.
--No te lo puedo decir.
--Sí me lo puedes decir... ¡Habla!
--Pues bien, hay un joven que desde este verano le hace la corte.
--¿Un individuo alto con bigote rubio?
--Sí.
--¿Quién es?
--Un capitán amigo de Grimaldi, que fué quien lo ha presentado en la
casa.
Quedó silencioso y pude observar su rostro pálido a la luz de la bujía
que yo había encendido.
--Está bien, Jiménez. Muchas gracias y perdona.
Giró sobre los talones y se fué cerrándome la puerta. Yo apagué la luz y
me entregué de nuevo al sueño pensando que mi pobre amigo no lograría
conciliarlo aquella noche.
Las relaciones amorosas de Natalia se prosiguieron con celeridad
sorprendente. Dos meses después de llegar a Madrid hubo síntomas
declarados de matrimonio. Observé movimiento inusitado en la casa del
General, entrada y salida de viajantes de comercio, dibujos y muestras
de bordados sobre las mesas, frecuente aparición de grandes paquetes,
etc.
Quise también advertir que se había operado una cierta reconciliación
entre Natalia y Guadalupe. Esta tomaba parte activa en los preparativos,
recorría los comercios en compañía de Natalia, celebraba conferencias
transcendentales con las modistas, con los joyeros. Parecía
satisfechísima de aquella boda.
¿Provenía del afecto que le inspiraba su hijastra o por el contrario del
deseo de perderla de vista? Esta es la duda que se alojaba en mi mente
en presencia de tanta alegría. Porque Natalia acababa de cumplir diez y
seis años. Su edad no reclamaba afán por lanzarla al matrimonio: al
contrario, me parecía que sus padres debieran considerarlo con cierto
recelo y tristeza.
La satisfacción era general y la de Natalia le impedía ver las impurezas
que tal vez existiesen en la de los otros. Era imposible dudar de su
amor: aquel gallardo joven había conseguido apasionarla con todo el
ímpetu de los pocos años y de un temperamento extremadamente afectuoso.
Se podía asegurar que ya no vivía más que para él, que el mundo entero
había desaparecido delante de sus ojos extasiados.
Rodrigo de Céspedes poseía todas las cualidades capaces de seducir a una
niña: arrogante figura, modales distinguidos, fama de bravo y una cierta
condescendencia displicente que, como signo de elevada alcurnia, rara
vez deja de fascinar a las mujeres. Además, era como Natalia un músico
consumado. Este nuevo lazo introducido entre ellos contribuía más de lo
que pudiera pensarse a estrecharlos. Rodrigo tocaba el violín y poseía
una agradable voz de barítono. Las noches se deslizaban gratamente en
compañía de estos jóvenes, que cuando no celebraban apartes misteriosos
se complacían en hacernos oír hermosos trozos de música. Céspedes
interpretaba con el violín algunas piezas de concierto acompañado al
piano por Natalia. Otras veces era ésta quien nos dejaba oír las sonatas
de Beethoven o los nocturnos de Chopin. Otras, en fin, Rodrigo cantaba
alguna romanza de ópera o alguna canción española.
Recuerdo una de éstas cuya letra comenzaba:
Mal haya la ribera del Yumurí
y aquella matancera que en ella vi.
Era una canción de la isla de Cuba, graciosa y lánguida. Céspedes la
cantaba primorosamente, y como lo sabía y se le festejaba la cantaba a
menudo.
Sin embargo, aquel hombre no había logrado hacérseme simpático. Su
eterna sonrisa era más sarcástica que amable y sus ojos de un azul
acerado carecían de dulzura. Hasta quise observar en ellos, en ciertos
momentos, reflejos siniestros como los de las bestias feroces. Pero todo
esto podía achacarse, y yo no dejaba de achacarlo sinceramente, a la
amistad ya entrañable que me unía a Sixto Moro. El hombre que había
venido a destruir sus ilusiones y le había herido tan profundamente en
el corazón no debía obtener mi beneplácito.
La casualidad vino a justificar mi antipatía. Una tarde paseando por el
Retiro en compañía de un teniente de artillería paisano y amigo mío
cruzó a nuestro lado Rodrigo Céspedes galopando en su caballo. Me hizo
un ligero saludo y mi compañero me preguntó sonriendo:
--¿De qué conoces a ese _perdis_?
--Es el novio de la hija del general Reyes... No sabía que fuese un
calavera.
--Eso consiste en que no frecuentas los burdeles y casas de juego... ¡Te
felicito por ello!--añadió riendo--. Rodrigo Céspedes es una «bala
perdida». Pertenece a una buena familia. Jugó y perdió el pequeño
patrimonio que le dejó su madre, jugó después la herencia algo más
cuantiosa de una tía y es capaz de jugarse las pestañas. Además, entre
sus compañeros pasa por un mal sujeto.
Quedé sorprendido y contristado.
--Pues se va a casar el mes próximo con la hija única de Reyes.
--Pues es bien lamentable. Como el General no le meta en cintura,
seguramente le ha de ocasionar serios disgustos.
Esta noticia, que vino a dar la razón a mis instintivos recelos, comenzó
a pesarme en el alma. Ya no se trataba de Sixto Moro, sino de la misma
Natalia, a la cual cada día profesaba mayor afecto. Su rectitud y
firmeza se aliaban dichosamente a un corazón sensible y tierno como
pocos. El defecto que en ella se descubría era una impetuosidad
exagerada; pero este defecto, lejos de rebajarla a mis ojos, le prestaba
un nuevo atractivo. Su espontaneidad infantil me hacía reír no pocas
veces. ¿Cómo no deplorar que aquella delicada criatura cayese en manos
de quien no supiese estimarla? Además, si aquel hombre se hallaba
arruinado, si no contaba con otros recursos que los de su carrera,
Natalia estaba destinada a padecer las molestias de una vida sórdida
después de haber gozado hasta entonces de otra lujosa y regalada.
Tales eran los pensamientos mortificantes que me asaltaban mientras
proseguían cada vez más activos los preparativos de la boda.