recuerdo amarguísimo sea recuerdo de un acto real! ¿Verdad que no?
La impresión del hecho que llevo en mí es de pesadilla, de esas
que á veces se quedan dentro de nosotros tan bien estampadas como
los hechos positivos. Pero... todo podría ser. Anoche deliraba yo
como un tifoideo, y tenía fiebre muy alta. Yo cerraba los ojos, y
al abrirlos de tiempo en tiempo, Tomás junto á mí, mirándome sin
pestañear. Sus miradas me penetraban hasta el fondo del alma. No
puedo asegurarte si le veía despierta ó le veía dormida. ¿Hablé yo?
¿Me levanté y anduve? Conservo una idea vaga de haber sentido sus
pasos alejándose hacia el despacho, á no sé qué hora de la noche.
También ha quedado en mí una obscura reminiscencia de lo que me
atormentó la idea de ser yo _La Peri_, ese trasto, y de los esfuerzos
que hice para no ser ella, sino quien soy. ¡Lucha espantosa entre un
nombre y mi conciencia!... Pero nada puedo afirmar con certeza. No
sé qué daría por disipar esta duda horrible, cerciorándome de que no
hablé, de que no me vendí. (_Pasándose la mano por la frente._) ¡Cómo
está esta cabeza!
FELIPA, _atisbando á la puerta_.
Me parece que el señor viene. (_Se levanta._)
ESCENA XII
_Las mismas._ OROZCO.
OROZCO, _á su mujer_.
Querida, aunque no es tarde, harías bien en irte á descansar. ¿Por
qué no te acuestas?
AUGUSTA.
Espero á tener sueño. ¡He dormido tanto en este sofá!...
OROZCO.
La conversación no te conviene. (_Tomándole el pulso._) Ni pizca de
fiebre; pero la charla puede hacerte daño, y has picoteado bastante
esta noche: primero con tu papá, después con Manolo Infante, ahora
con Felipa.
AUGUSTA.
Hablar me distrae. Di, ¿se han ido todos ya?
OROZCO.
Todos. Como no estabas tú, la reunión, cansada de su propia
insipidez, se ha disuelto temprano. Y ahora nos quedaremos solos,
porque ésta se marchará también. Felipa, retírate, que algo tendrás
que hacer en tu casa.
FELIPA, _para sí_, _turbada_.
Parece que me echa. Sabe más que Merlín el señor éste... Imposible
que deje de... (_Alto._) Con permiso...
AUGUSTA.
Felipa, quedamos en que mañana recogerás en casa de Sobrino
veinticuatro varas, que con las diez y media que tienes...
FELIPA, _oficiosamente_.
Ocho y poco más, señorita... Pues hacen treinta y dos.
AUGUSTA.
Eso es; pero antes de cortar me traes la batista para verla, porque
si no es igual á la otra, la devolveremos.
FELIPA.
Bueno. ¿Me manda algo más?
AUGUSTA.
Que te des mucha prisa. ¡Ah! Y que no me olvides los visillos...
FELIPA.
Estamos en ellos. Buenas noches. Que ustedes descansen. (_Vase._)
OROZCO.
Si no tienes sueño, pasa á mi despacho y hablaremos un ratito.
AUGUSTA.
Si que pasaré. ¿Piensas velar?
OROZCO.
Es posible.
AUGUSTA, _recelosa_.
¿Tienes que hacer? ¡Qué afán de calentarte los cascos en cosas que no
nos importan!
OROZCO.
Si nos importan ó no, lo veremos... Allí te aguardo.
AUGUSTA.
Iré. (_Se incorpora._)
ESCENA XIII
Despacho de Orozco.
AUGUSTA, _envuelta en su cachemira, se acomoda en una butaca junto á
la chimenea, muy cargada de lumbre_; OROZCO, _junto á la mesa, en la
cual hay una lámpara encendida_.
OROZCO.
Qué... ¿tienes frío?
AUGUSTA.
Un poco; pero ya voy entrando en calor. (_Para sí._) No sé por qué,
tiemblo. Su mirada me desconcierta.
OROZCO.
No es tarde. Si te encuentras bien, hablaremos un poco de asuntos que
á entrambos nos interesan.
AUGUSTA.
¿Asuntos?... Tú siempre discurriendo empresas ó aventuras
humanitarias...
OROZCO, _interrumpiéndola_.
No es eso...
AUGUSTA.
Vale más que te acuestes y descanses.
OROZCO, _acercándose á ella_.
Descansaría si pudiera. Pero por mucho dominio que uno tenga sobre
sí propio, por grande que sea nuestra energía para disciplinar las
ideas, hay ocasiones, querida, en que las ideas ahogan la necesidad
de reposo, y el sueño es imposible.
AUGUSTA, _para sí_, _con espanto_.
Llegó el momento de las explicaciones. Estoy perdida. ¿Lo sabe, ó desea
saberlo? (_Mirándole fijamente á los ojos._) ¿Quién podrá descifrar el
jeroglífico de ese rostro de mármol?
OROZCO, _para sí_, _mirándola á su vez con atención profunda_.
¿Será capaz de confesar? Me temo que no.
AUGUSTA, _para sí_.
No nos acobardemos. Me adelantaré gallardamente á sus preguntas.
(_Alto._) ¿Por qué me miras así? ¿Es que quieres decirme algo y no te
atreves?
OROZCO.
Te observo temerosa, y esperaré á que te tranquilices.
AUGUSTA.
¡Temerosa yo! (_Para sí._) Fingiré un valor que no tengo... Hasta
para confesar lo necesitaría, pues si me rindo, conviéneme hacerlo
con dignidad.
OROZCO.
Ya sé que eres valiente. No necesitas demostrármelo con palabras. Yo
también lo soy, más que tú, mucho más, pues tengo ánimo suficiente
para poner la verdad por encima de los afectos grandes y chicos,
para reducir á la insignificancia las pasiones cuando contradicen el
sentimiento universal.
AUGUSTA, _para sí_.
Desvaría. El delirio humanitario se ha apoderado de él. Esto me
envalentona. Veámosle venir.
OROZCO.
Yo había pensado educarte en estas ideas, iniciarte en un sistema de
vida que empieza siendo espiritual y difícil y acaba por ser fácil y
práctico. Ahora no sé si debo insistir en mi propósito. Se me figura
que no ha de gustarte esta creencia mía, adquirida en la soledad á
fuerza de meditaciones y de magnas luchas.
AUGUSTA, _para sí_.
¡Ay, Dios mío, cómo se evapora el pensamiento de este hombre! Si me
hablase en lenguaje humano, que moviera mi corazón y mi conciencia,
me impresionaría; pero estas cosas tan etéreas no se han hecho para
mí, amasada en barro pecador. (_Alto._) Ya sé que eres un hombre
sin segundo, al menos entre los que yo conozco. Has cultivado, á la
calladita y sin que nadie se entere, la vida interior; has conseguido
lo que parece imposible en la flaqueza humana, á saber: no tener
pasiones, subirte á las alturas de tu conciencia eminente y mirar
desde allí los actos de tus semejantes, como el ir y venir de las
hormigas; aislarte y no permitir que te afecte ninguna maldad, por
muy próxima que la tengas. ¿Es esto así? ¿Te he comprendido bien?
(_Orozco hace signos afirmativos con la cabeza._) ¿Y quieres que yo
te acompañe en esa purificación? ¡Ay!, bien quisiera; pero no sé si
podré. Soy muy terrestre; peso mucho, y cuando quiero remontarme,
caigo y me estrello.
OROZCO.
La gravedad se disminuye limpiando el corazón de malos deseos y el
pensamiento de toda inclinación mala.
AUGUSTA.
¡Ay!, yo limpio, limpio; pero se vuelven á ensuciar cuando menos lo
pienso.
OROZCO.
Yo te enseñaré la manera de triunfar si te confías á mí; pero por
entero; confianza ciega, absoluta. Revélame todo lo que sientes, y
después que yo lo sepa... hablaremos.
AUGUSTA, _para sí_.
¡Confesar!, esto me aterra. Si él fuera más hombre y menos santo, tal
vez...
OROZCO.
¿No contestas á lo que te digo? Descúbreme tu interior; pero con
efusión completa.
AUGUSTA, para sí.
Lo sabe y quiere arrancarme la confesión. ¿Cómo lo habrá sabido? ¿Se
lo dije yo? Esta duda me vuelve loca. Tomemos la ofensiva. (_Alto._)
¿Qué quieres que te descubra? ¿Sospechas de mí? Empieza por decirme
en qué se funda tu suspicacia, y yo veré lo que debo contestarte.
OROZCO, _con determinación_.
Inútiles y ridículos escarceos. Vale más que hablemos con claridad.
Desde que apareció muerto Federico, tu nombre anda en lenguas de la
gente. No necesito añadir más. Lo que haya de verdad en esto, tú me
lo has de decir. Si es falso, desmiéntelo; si no lo es, que yo lo
sepa por ti misma. Esta ocasión es solemne, y en ella he de saber
quién eres y lo que vales.
AUGUSTA, _turbada_.
¿Pero tú... crees...?
OROZCO.
Yo no creo ni dejo de creer nada. Espero á que tú hables.
AUGUSTA, _para sí_.
¡Confesar!... ¡Antes morir!... ¡Siento un pavor!... (_Alto._) Pues te
diré: extraño mucho que des asentimiento á esas infamias.
OROZCO, _flemáticamente_.
Luego es falso lo que se dice.
AUGUSTA.
¿Y lo dudas?
OROZCO.
No afirmo ni niego. Aplazo mi juicio, porque te veo cohibida por el
temor y te incito á sosegarte y reflexionar. Tiemblas. Tu cara es
como la de un muerto.
AUGUSTA.
Estoy enferma.
OROZCO.
Enferma de susto. Tranquilízate: tómate el tiempo que quieras para
pensarlo; es temprano. Estamos solos y nadie nos molesta. Mira, yo
me siento en esta butaca á leer un poco, y en tanto tú recoges tu
conciencia, y decides delante de ella lo que debes responderme. (_Se
sienta junto á la mesa en que está la luz, toma un libro y lee._)
AUGUSTA, _para sí_, la _cabeza inclinada sobre el pecho y arrebujada
en su abrigo_.
Lo sabe... Ese lenguaje claramente lo indica. ¡Qué actitud tan
extraña la suya! Por grande que sea la serenidad de espíritu de un
hombre, no la comprendo en grado tal. Imposible que su cerebro no
sufra alguna alteración honda. La humanidad, ni aun en los ejemplares
más perfectos, puede ser así... Y no obstante, ¿qué hay en esa
actitud que me causa una especie de alivio y me inspira confianza?
Todo esto, ¿será para oirme y perdonarme? Y pregunto yo: «¿Ese perdón
vale? El perdón de quien no siente, ¿es tal perdón? ¿Puede un alma
consolarse con semejante indulgencia, venida de quien no participa
de nuestras debilidades?» ¡Oh, no!; su santidad me hiela. Yo no
confieso, no confesaré... ¡Y si tras esa mansedumbre rebulle el
propósito de imponerme un castigo severo!... ¡Si en su sistema, para
mí no bien comprensible, entra también el trámite de matarme!... ¡Ay,
siento escalofrío mortal!... ¡No, no confieso!
OROZCO, _apartando la vista del libro_.
¿Piensas, Augusta, ó es que te has quedado dormida?
AUGUSTA.
No duermo, no. Pensaba en esa tontería que me has dicho, en tu
sospecha. ¿Quién te la sugirió? ¿Te habló alguien?
OROZCO.
Curiosidad por curiosidad, creo que la mía debe llevar la
preferencia. Habla tú primero.
AUGUSTA.
Sin duda algún amigo nuestro, de los que te tienen envidia y
mala voluntad, ó amiga mía, chismosa y visionaria, te ha...
(_Impaciente._) ¿Por qué medio adquiriste esas ideas?
OROZCO, _con ligera inflexión festiva_.
Por adivinación.
AUGUSTA.
No creo en las adivinaciones. (_Para sí._) Virgen Santa, mis temores
se confirman... Anoche, en aquel delirio estúpido, canté... ¡Si
lo tengo bien presente!... ¡Si no se me ha borrado del cerebro
la impresión de lo que hice y dije!... ¡Miserable de mí, vendida
neciamente! Si ahora me obstino en negar... (_Alto, tragando
saliva._) Explícame ese misterio de las adivinaciones.
OROZCO.
Tú lo has dicho: misterio es de nuestra alma. Pero, en este caso, el
poder mío revelador ha tenido auxiliares.
AUGUSTA.
¿Alguien me acusó?
OROZCO.
Quizás.
AUGUSTA, _para sí_.
¡Dios mío, sácame de esta incertidumbre, y separa en mi espíritu
las acciones reales de las fingidas por el cerebro enfermo!
(_Rehaciéndose._) ¡Oh, no es posible que yo hablara; no puede ser! Me
estoy atormentando con un recelo pueril, hijo del miedo. Ánimo... y
no confesar.
OROZCO, _para sí, fingiendo leer_.
Esto sí que es difícil de extirpar. El desgarrón de este sentimiento,
que me arranco para echarlo en el pozo de las miserias humanas,
¡cómo me duele! Al tirar me llevo la mitad del alma, y temo que mi
serenidad claudique. Si salgo triunfante de esta prueba, ya no temeré
nada; dominaré el mundo, y nada terrestre me dominará. ¡Pero cómo me
duele esta amputación! (_Mirando furtivamente á su mujer._) Era el
encanto de mi vida. Inferior á mí por su inconsistencia moral, su
amor me daba horas felices, su compañía me era grata, y la idea de
igualarla á mí, purificándola, me enorgullecía. La pierdo. Quizás
será un bien esta viudez que me espera; quizás este lazo me ataba
demasiado á las bajezas carnales... Me convendrá seguramente perder
el único afecto que me ligaba al mundo. ¿Y si no lo perdiera?... Si
con un acto de hermosa contrición se eleva hasta mí... (_Volviendo á
fijar los ojos en el libro._) ¡Ah!, no tiene alma para nada grande.
Si me confiesa la verdad, toda la verdad, la perdono y procuraré
regenerarla.
AUGUSTA, _para sí, sofocada y limpiándose el sudor de la frente_.
No sé qué siento en mí... Un prurito irresistible de referir cuanto
me ha pasado, mi falta, mi pena inconsolable... ¡Pero si ya se lo
revelé!... Sí; no tengo duda. Paréceme que viéndome estoy en el acto
inconsciente de anoche; oigo mis propias palabras; me retumban aquí
como si ahora mismo las pronunciara. Todo lo canté bien claro... Y
si lo sabe, ¿á qué me lo pregunta? ¿A qué humillarme con una segunda
confesión?
OROZCO.
¿Has pensado, Augusta?
AUGUSTA.
No, no pienso. Todo está pensado ya. (_Para sí, con tenacidad._)
No confieso, no puedo, no quiero. Me falta valor. Siento en mi
alma la expansión religiosa; pero el dogma frío y teórico de este
hombre no me entra. Prefiero arrodillarme en el confesonario de
cualquier iglesia... Y si despierta niego, después de haberme acusado
delirando, ¿qué pensará de mí? Nadie es responsable de lo que dice en
sueños... Pero los delirios suelen ser el espejo turbio y movible
de la vida real... ¡Qué combate dentro de mí! No sé qué hacer ni por
dónde escurrirme.
OROZCO.
¿Has examinado tu conciencia, Augusta?
AUGUSTA, _sacando fuerzas de flaqueza_.
Déjame en paz. Mi conciencia no tiene nada que examinar.
OROZCO.
¿Está tranquila? ¿No te acusa de ninguna acción contraria al honor, á
las leyes divinas y humanas?
AUGUSTA, _para sí_.
Me confieso á Dios, que ve mi pensamiento; á ti no...
OROZCO.
¿Qué dices?
AUGUSTA.
No he dicho nada. (_Para sí, con brutal entereza._) Me arriesgo á
todo... Salga lo que saliere, negaré...
OROZCO.
¿Insistes en llamar disparatado y absurdo el rumor de que
presenciaste la muerte violenta de Federico?
AUGUSTA, _para sí, desconcertada_.
¿Poseerá alguna prueba material?
OROZCO.
¿Callas?
AUGUSTA, _enfrenándose_.
No, no callo... Es que me asombro de que creas semejante desatino.
(_Para sí._) Si tiene pruebas, que las tenga. Ya no me vuelvo atrás.
OROZCO.
¿De modo que lo niegas?
AUGUSTA.
Lo niego terminantemente.
OROZCO.
¿Y lo juras?
AUGUSTA.
¿A qué viene eso de jurar?... Si es preciso... lo juro también.
OROZCO, _para sí_.
Me engaña miserablemente. Peor para ella. Desgraciada, quédate en tu
miseria y en tu pequeñez.
AUGUSTA.
No es propio de ti dar crédito á las invenciones de la gente
maliciosa.
OROZCO, _gravemente_.
Yo no anticipo juicio alguno. Me atengo á lo que tú declares.
AUGUSTA, _para sí, recelosa_.
¿Me crees? ¿Crees lo que digo?
OROZCO.
Sí... (_Se aparta de ella, y pasea por la habitación mirando al
suelo. Para sí._) Me he quedado solo, solo como el que vive en un
desierto.
AUGUSTA, _para sí_.
No me ha creído... ¡Y yo noto un vacío en mi alma...! Me siento
divorciada, sola, como si viviera en un páramo.
OROZCO, _para sí_.
Mi mujer ha muerto. Soy libre. Ningún cuidado me inquieta ya, si no
es el de mi propia disciplina interior, hasta llegar á no sentir
nada, nada más que la claridad del bien absoluto en mi conciencia.
AUGUSTA, _para sí_.
He mentido... Su virtud no me convence ni despierta emoción en mí.
¡Divorciados para siempre!... Si viera en él la expresión humana
del dolor por la ofensa que le hice, yo no mentiría, y después de
confesada la verdad, le pediría perdón. Ningún rayo celeste parte
de su alma para penetrar en la mía. No hay simpatía espiritual. Su
perfección, si lo es, no hace vibrar ningún sentimiento de los que
viven en mí.
OROZCO, _para sí_.
¡Pero qué solo estoy! Murió el encanto de mi vida. ¿Flaqueará mi
ánimo en esta crisis tremenda? La conmoción interior es grande.
¿Conseguiré dominarla, ó me dejaré arrastrar de este impulso
maligno que en mí nace, ó más bien resucita, porque es resabio de
mis dominadas pasiones de hombre? (_Detiénese detrás de Augusta,
contemplándola. Ella no le ve._) ¿Por qué no te impongo el castigo
que mereces, malvada mujer? ¿Por qué no te...? (_Apretando los
puños._)
AUGUSTA, _para sí_, _sobresaltada y recelosa al sentirle parado
detrás de ella_.
¿Qué hace? No me atrevo á moverme, ni á mirar siquiera para atrás.
¡Dios me ampare!
OROZCO, _para sí_, _venciéndose con supremo esfuerzo_.
No, no te iguales á lo más miserable y rastrero de la humanidad.
Déjala...
AUGUSTA, _volviéndose aterrada_.
¿Qué? ¿Qué hay?
OROZCO.
Nada, no he dicho nada. (_Para sí, paseando de nuevo._) No, los
brutales instintos no destruirán, en un instante de flaqueza, la
serenidad que adquirí á fuerza de mutilar y mutilar pasiones y
afectos miserables. Elévate, alma, otra vez, y mira de lejos estas
bastardías liliputienses. Nada existe más innoble que los bramidos
del macho celoso por la infidelidad de su hembra.
AUGUSTA, _para sí_.
Si en él viera yo el noble egoísmo del león que se enfurece y lucha
por defender su hembra..., me sería fácil humillarme y pedirle
perdón.
OROZCO, _para sí_.
Ánimo, y adelante. Volvamos á esta vida externa, cuya estupidez me
es necesaria, como la esterilidad glacial del yermo en que habito.
Vivamos en esta aridez pedregosa, como si nada hubiera ocurrido.
Despierto de un sueño en que sentí reverdecer mis amortiguadas
pasiones, y vuelvo á mi rutina de fórmulas comunes, dentro de la cual
fabrico, á solas conmigo, mi deliciosa vida espiritual. (_Alto y con
resolución._) Augusta.
AUGUSTA, _volviéndose sobresaltada_.
¿Qué?
OROZCO.
¿Pero no te acuestas, hija? Es muy tarde.
AUGUSTA, _para sí_.
El mismo acento de siempre. (_Alto._) Sí, me acostaré. ¿Y tú?
OROZCO.
Yo también. Oye una cosa: mañana recuérdame que hay que comprar el
regalo para Victoria Trujillo, cuya boda es el jueves.
AUGUSTA.
Es verdad. ¿Qué le compraremos?
OROZCO.
Lo que tú quieras. Tienes mejor gusto que yo para elegir
cachivaches. ¡Ah! Otra cosa: si mañana estás bien, hemos de visitar á
Clotilde Viera.
AUGUSTA.
¡Ah, sí!... Mañana estaré bien, y saldré; saldremos.
OROZCO.
Daremos una vuelta en coche por el Retiro y la Castellana. Te llevaré
á que veas los cuadros que ha comprado últimamente tu papá.
AUGUSTA.
Bueno... (_Para sí._) Como si tal cosa. El mismo hombre, el mismo,
inalterable, marmóreo, glacial. ¿Qué significa esto? (_Alto._)
Francamente, no tengo muchas ganas de ver los cuadros que ha comprado
papá, pues me dijo Malibrán que eran cosa de muertos, y santos en
oración, flacos, sucios y amarillos. Todo eso me es antipático.
OROZCO.
Por cierto que ayer estuve á punto de comprarte una imitación de
Watteau muy linda... Pastorcitos, elegantes marquesas con cayado,
mucho lazo en la frente y hombros, zapatito de raso, y luego
amorcillos jugando con las ovejas.
AUGUSTA.
¡Ay, eso me encanta! ¿Por qué no me lo trajiste?
OROZCO.
Pensé consultar contigo la compra antes de hacerla; pero como
estuviste mala, no quise molestarte.
AUGUSTA, _que se levanta y tira del cordón de la campanilla_.
Pues no dudes que te agradezco de todas veras regalito tan de mi
gusto. (_Mirándole fijamente y con alarma. Para sí._) ¿Qué significa
esta indiferencia grave y hermosa, que raya en lo sobrenatural? Esto
no es grandeza de alma. Esto es...
OROZCO, _para sí_.
Expláyate, hombre, expláyate en el páramo de la vida externa. Eso
conforta.
AUGUSTA, _para sí, cavilosa_.
Una nueva pena, una nueva inquietud. Será preciso consultar con los
mejores especialistas en perturbaciones cerebrales. (_La criada
aparece en la puerta. Augusta se retira con ella._)
ESCENA ÚLTIMA
OROZCO, _solo_.
¡Dominada la pavorosa crisis!... Pero andan por dentro de mí los
jirones de la tempestad, y necesito dispersarlos, no sea que se
junten y condensen de nuevo y me pongan otra vez al borde del
abismo de la tontería... Fuera locurillas impropias de mí. Los
celos, ¡qué estupidez! Las veleidades, antojos ó pasiones de una
mujer, ¡qué necedad raquítica! ¿Es decoroso para el espíritu de un
hombre afanarse por esto? No; elevar tales menudencias al foro de
la conciencia universal es lo mismo que si, al ver una hormiga, dos
hormigas ó cuatro ó cien, llevando á rastras un grano de cebada,
fuéramos á dar parte á la Guardia civil y al juez de primera
instancia. No; conservemos nuestra calma frente á estas agitaciones
microscópicas, para despreciarlas más hondamente. Figúrate que no
existen para ti; muéstrate indiferente, y no hagas á la sociedad y á
la opinión el inmerecido honor de darles á entender que te inquietas
por ellas. Que nadie advierta en ti el menor cuidado, la menor pena
por lo que ha ocurrido en tu casa. Para tus amigos serás el mismo
de siempre. Que te juzgue cada cual como quiera, y tú sé para ti
mismo lo que debes ser en ti, compenetrándote con el bien absoluto.
(_Asómase á una ventana que da al patio de la casa._) ¡Hermosa noche,
tibia y serena, de las que ponen á Villalonga fuera de sí! ¡Cómo
lucen las estrellas! ¡Qué diría esa inmensidad de mundos si fuesen
á contarle que aquí, en el nuestro, un gusanillo insignificante
llamado mujer quiso á un hombre en vez de querer á otro! ¡Si el
espacio infinito se pudiera reir, cómo se reiría de las bobadas
que aquí nos revuelven y trastornan!... Pero para reirse de ellas
era menester que las supiera, y el saberlas sólo le deshonraría.
(_Abre los cristales y apoya los codos en el antepecho. En la pared
opuesta del patio rectangular se ven las ventanas de la escalera
de la casa._) Da gusto respirar el aire libre: su frescura despeja
la cabeza y sutiliza la imaginación. (_Pausa._) Siéntome otra vez
asaltado de la idea que ha sido mi suplicio ayer y hoy, la maldita
representación del trágico suceso, y la manía de reconstruirlo con
elementos lógicos. ¿Qué pasó, cómo fué, qué móviles lo determinaron?
Me había propuesto expeler y dispersar estos pensamientos; pero no
es fácil. Se apoderan de mi mente con despótico empuje, y tal es
su fuerza plasmadora, que no dudo puedan convertirse en imágenes
perceptibles á poco que yo lo estimulara. (_Agitado._) Debo recogerme
y procurar el reposo. (_Cierra la ventana y se retira. Discurre por
varias habitaciones de la casa, las unas obscuras, alumbradas las
otras. Largo intermedio, al fin del cual vuelve á encontrarse Orozco,
por efecto de una traslación inconsciente, en la ventana que da al
patio._) ¿Cómo es esto? ¿Todavía luz en la escalera? Y parece que
entra alguien y sube. (_Fijándose en las ventanas de enfrente._) Sí;
una persona sube con paso lento, como fatigada. ¡Ya! Será Juan, que
se retira después de haber cerrado el portal y apagado las luces.
¡Pero si el gas está encendido aún!... El tal sigue subiendo..., y es
persona á quien creo conocer..., aunque no puedo asegurar quién sea.
Juan se ha dormido, ¡qué posma!, y deja entrar á todo el que llega.
(_Llamando._) ¡Juan!... No me oye... Iré á ver qué intruso es este.
(_Se aparta de la ventana, atraviesa el despacho, luego el billar, y
sale á la sala de tresillo._) ¿Pero qué es esto? ¿El salón también
encendido? (_Sorprendido de ver luces en todas las estancias._)
Vamos que... Saldremos por aquí á la antesala y á la escalera, á ver
quien... á estas horas... (_Asómase á la puerta de la antesala, y
retrocede después de una breve inspección._) Nadie, nadie. Era mi
idea, queriendo convertirse en imagen. (_Atraviesa el salón y la
sala japonesa; pasa al gabinete próximo, que comunica con el tocador
y la alcoba conyugal, y al entrar en ésta siente pasos detrás de
sí; vuélvese y ve una imagen subjetiva, representación fidelísima
de persona viviente. La imagen viste de frac. Semblante triste y
afectuoso._)
OROZCO, _levantando el cortinón de la puerta que da á la alcoba_.
¡Ah! ¿Eres tú? Acabáramos... Yo decía: «¿Pero quién sube á estas
horas?» ¿Estaba Juan dormido cuando entraste?
LA IMAGEN.
Sí; todos duermen á estas horas; tú también.
OROZCO.
Yo no. ¿No me ves en pie?
LA IMAGEN.
¡Qué has de estar en pie, hombre! Por cierto que tienes una postura
molestísima. ¿Negarás que te duelen el brazo derecho y el cuello?
OROZCO.
Sí que me duelen.
LA IMAGEN.
Ponte de otra manera y respirarás más fácilmente. ¿Por qué no duermes
tranquilo? ¡Pobre cerebro, atormentado noche y día por las fórmulas
algebraicas de la conciencia universal! Si no te calentaras los
cascos dormido y despierto, no vendría yo á molestarte.
OROZCO.
No me molestas. Pasa aquí. (_Entran en la alcoba._)
LA IMAGEN.
Se me ocurrió venir porque pensabas en mí más de lo que yo merezco,
reproduciendo en tu mente mi persona y mis actos con una fuerza tal
que hacías vibrar mis inertes huesos. En medio de tus extraordinarias
perfecciones, tuviste flaquezas impropias de un hombre de tu altura
moral; reconstruiste, al par de la terrible escena de mi muerte, las
escenas amorosas que la precedieron.
OROZCO, _con tristeza_.