Es verdad: ayer y hoy, á pesar de mis esfuerzos por encastillarme en

un vivir superior, no he podido menos de ser á ratos tan hombre como

cualquiera. Pensé mucho en ti y en ella. Y tú me dirás: «¿cómo has

llegado á conocer la verdad de mi desastrosa muerte?» Te contestaré

que he pasado rápidamente de la presunción á la certidumbre.

LA IMAGEN.

¿Te lo ha dicho esa?

OROZCO.

Anoche, calenturienta y trastornada, articuló delante de mí palabras

ininteligibles. Pero no vendió su secreto. Esta noche, despierta y en

posesión de su juicio, no ha tenido grandeza de alma para confesarme

la verdad. La muy tonta se ha perdido mi perdón, que es bastante

perder, y la probabilidad de regenerarse.

LA IMAGEN, _acercándose al lecho de Augusta y contemplándola dormida_.

Duerme, como tú, intranquila, y también me trae á su lado.

OROZCO.

¿Pero la ves á ella? Yo creí que me veías á mí solo, como hechura

mía que eres. Y te equivocas al pensar que duermo. Ni siquiera estoy

en el lecho: me veo en pie, como tú, vestido; aún no me he quitado

el frac. Acércate acá. ¿Qué haces ahí mirando á mi mujer? ¿No la has

visto bastante? Es una falta de atención que me dejes con la palabra

en la boca habiendo venido á visitarme... Pero qué, ¿te vas? (_Se

pasa la mano por los ojos._)

LA IMAGEN.

No; aquí me tienes. Te toco para que no dudes de mi presencia.

OROZCO, _cogiéndole una mano_.

No he concluído de contarte cómo se determinó en mí el conocimiento

de esa triste verdad. El rumor público acerca de la culpabilidad de

Augusta fué principio y fundamento de mis presunciones. Oí todas

las hablillas, y de su variedad y garrulería saqué la certidumbre

de que esa desdichada te amó, y de que tú la amaste. Completaron mi

conocimiento diversos accidentes: las visitas de Felipa, algo que

advertí en la cara de ésta, la turbación de Augusta, la rozadura de

su mano, y un no sé qué, un misterioso sentido testifical notado en

la luz de sus ojos, en el eco de su voz y hasta en el calor de su

aliento. Ahora, respecto á tu muerte, nada concreto sé. No puedo

decir que poseo la verdad; pero tengo una idea, interpretación

propiamente mía, hija de mi perspicacia y de mi estudio de la

conciencia universal é individual. Esta interpretación atrevida no

concuerda con ninguna de las versiones vulgares patrocinadas por los

comentaristas del ruidoso y sangriento caso; es mía exclusivamente,

y voy á comunicártela. (_La imagen se sienta al borde del lecho en

que yace Orozco, y se inclina sobre éste._) Pero no peses tanto sobre

mí. Me sofocas, me oprimes, no me dejas respirar... Oye lo que pienso

de tu muerte... ¡Ay!, por Dios, no te apoyes en mi pecho. La más

grande montaña del mundo no pesa lo que tú... Pues mi opinión es que

moriste por estímulos del honor y de la conciencia; te arrancaste la

vida porque se te hizo imposible, colocada entre mi generosidad y mi

deshonra. Has tenido flaquezas, has cometido faltas enormes; pero

la estrella del bien resplandece en tu alma. Eres de los míos. Tu

muerte es un signo de grandeza moral. Te admiro, y quiero que seas mi

amigo en esta región de paz en que nos encontramos. Abracémonos. (_Se

abrazan._)

Madrid, Julio de 1889.

FIN DE LA NOVELA

Realidad: Novela en cinco Jornadas · 第 18 / 18 段