desagradabilísima operación de batir las cataratas á nuestro buen
Orozco. Ni comprendo yo cómo se puede acometer á sangre fría tal
empresa quirúrgica. Llegarse á un hombre, á un amigo, y decirle
á boca de jarro: «mira, Fulano, yo sé que tu mujer, etc..., y te
ofrezco medios de comprobación material cuando gustes», es cosa
fuerte, pero tan fuerte, que si yo me hallara en el triste caso de
ser operado así, cree que mi primer impulso habría de ser romperle
los ojos al... oculista.
MALIBRÁN.
La verdad es que se me hacía dificilísimo el primer pinchazo. En
la mañana del domingo, hallándonos los dos en el solitario monte,
vi la ocasión propicia y quise lanzarme, pero no hallé manera de
abordar el peligroso tema. Toca por aquí, escarba por allá, y nada.
Mi conocimiento de las mil emboscadas de la conversación resultaba
inútil. Luchaban en mí el deber de conciencia mandándome hablar, y la
gravedad del asunto poniéndome cien mordazas.
VILLALONGA.
No veo tan claro, francamente, lo del deber de conciencia. La mía
no me ha inducido nunca á ilustrar á mis amigos sobre puntos tan
delicados.
MALIBRÁN.
Cada cual ve las cosas á su manera. No soy gazmoño en asuntos de
moral conyugal. Tengo acá mis ideas..., quizás un poco extravagantes;
y para metértelas en la cabeza, necesitaría explanar con alguna
extensión mi teoría de que el grado de culpabilidad adulterina
depende de la elección de cómplice, resultando una escala que va
desde lo disculpable, por no decir plausible, hasta lo que merece la
mayor execración. Pero no me parece oportuno ahora...
VILLALONGA.
No; déjalo para otra vez.
MALIBRÁN.
Sea lo que quiera, me alegro mucho de que el Acaso, el socorrido
_Fatum_ me librara del compromiso fastidioso de tener que cantar. Y
se me quitó un peso de encima cuando llegó el telegrama de Calderón
anunciando á Tomás la inesperada tragedia. Los dos nos quedamos, al
leer el parte, como quien ve visiones, y celebré para mi sayo que la
divina Providencia se encargase de la misión difícil que yo me había
impuesto. (_Bajando la voz._) Porque tengo para mí que, en presencia
de este hecho elocuentísimo, Orozco no puede permitirse seguir
ignorando... ¿Qué te parece? Desde que se conoció la catástrofe en
Madrid, el nombre de Augusta figura en todas las versiones que corren
de boca en boca.
VILLALONGA.
No sé, no sé... (_Meditabundo._) ¿Y tú qué piensas de esta desgracia?
MALIBRÁN.
Para mí, el pobre Viera se hallaba en una situación ahogadísima,
en declarada, irremediable bancarrota. Enormes deudas de juego,
de esas que no admiten prórroga, le abrumaban. Augusta le había
auxiliado hasta ahora en la medida razonable; pero las exigencias
de él llegaron á ser tales, que la pobre mujer no quiso ó no pudo
satisfacerlas. De esta resistencia de Augusta, y de las tremendas
razones con que Federico apoyaba sus demandas de dinero, hubo de
resultar un vivo altercado, amenazas, demasías de lenguaje, qué
sé yo... Federico, en un rapto de furia y desesperación, harto de
padecer, viéndose sin honra, insolvente, comido de acreedores,
rechazado de sus amigos, liquidó con la vida. En rigor, era la única
liquidación posible.
VILLALONGA.
Es verosímil.
MALIBRÁN.
Tan verosímil, que yo me represento la escena como si la estuviera
viendo y escuchara la voz de ambos personajes.
VILLALONGA.
Pero hay algo que no está claro, ni creo que lo esté nunca. No tengo
yo por seguro que la pobre Augusta se hallara presente en el acto del
suicidio.
MALIBRÁN.
Para mí es indudable que sí.
VILLALONGA.
¡Pobre mujer! Cree que me inspira lástima, y que daría yo cualquier
cosa porque su nombre no figurara en este misterioso asunto.
MALIBRÁN.
Déjala, déjala que pague su error. Estas damas que presumen de
inteligentes son atroces en sus deslices. Escogen siempre lo
peorcito, y luego se llaman desgraciadas y se encomiendan á la
Virgen. El mejor auxilio que les puede dar el Espíritu Santo es
sugerirles una buena elección.
VILLALONGA, _con seriedad_.
Amigo Malibrán, como amigos de la casa, debemos desear que se corte
el escándalo y se eche tierra al asunto. No sé si Orozco se dará
por entendido ante el público del descarrilamiento de su mujer. Es
probable que la discordia conyugal, consecuencia segura de este
mal paso, quede en las sombras de la vida íntima. Orozco es muy
circunspecto, muy metido en su concha, y sabe tragarse en silencio
la cicuta. Se me figura, por algo que he olfateado esta tarde, que
Cisneros intriga subterráneamente á fin de ahogar el escándalo. A
nosotros, amigos leales de la familia, nos corresponde coadyuvar
á esta obra benéfica del gran castellano viejo. Desmintamos las
especies terroríficas que circulan por ahí; defendamos el honor de
esta casa, y saquemos á la pobre Augusta del pantano en que ha caído.
MALIBRÁN.
¡Diantre! (_Caviloso._) Pues si ella lo agradeciera...
VILLALONGA.
Claro que lo agradecerá. La infeliz es una bendita. Ha padecido una
alucinación... ¡Ah!, el mal de la época, la diátesis de nuestros
tiempos de refinamiento social. Amigo mío, la vida esta de
recepciones, galantería, sibaritismo, comidas, y el charlar ingenioso
y pérfido entre los dos sexos, es un excitante desmoralizador. No hay
familia posible con semejante vida. Perdona que esté tan filósofo,
yo, el último de los desmoralizados, pero también el primero de los
alumnos de la gran profesora, la experiencia.
MALIBRÁN.
Si yo contara con la gratitud de Augusta, sería el primero en llevar
mi espuerta de tierra al montón que ha de cubrir el escándalo. Pero
dudo que...
VILLALONGA, _poniéndose serio_.
No seas idiota. Y en último caso, el agravio que la opinión infiere
á nuestro amigo Orozco lo hago yo mío; vamos, que me meto á paladín,
sí señor. Cuidado, pues, Malibrancito: ten juicio, pues bien pudiera
suceder que yo me amoscara... Todo está en que me dé por ahí.
MALIBRÁN.
¿Pero tú qué tienes que ver...?
VILLALONGA.
Tengo y no tengo... En fin, que me carga tu intervención, tu
espionaje y tu lamentable oficiosidad en este asunto.
MALIBRÁN, _con mal humor_.
Ea, déjame á mí... (_Cediendo._) Pero, en fin, ¿qué es lo que tú
quieres?
VILLALONGA.
Que hagas propaganda sensata. Aquí no ha pasado nada. Nuestra
conducta ha de corresponder á los agasajos de esta excelente familia.
¡Augusta se merece un sin fin de homenajes, y Orozco es tan bueno,
tan generoso...! Te diré: yo le debo el grandísimo favor de haberme
cedido su puesto en la combinación de senadores. ¡Caray, si no es por
él, me quedo también ahora en la calle muerto de risa!
MALIBRÁN.
¡Ah, mameluco, _that is the question_! Ya veo la clave de tu sensatez.
VILLALONGA.
Este pastelero mundo es una cadena, un collar, un toisón de oro, en
el cual las personas, remachadas con las ideas, somos los eslabones,
y no podemos escoger la relación ó argolla que nos une al eslabón
vecino. ¿Qué tal? ¿Estoy yo filosófico esta noche? Mentecato, ¿tú qué
te creías?... Y punto en boca que viene aquí el grande hombre.
ESCENA IX
_Los mismos._ OROZCO, CALDERÓN, _que salen del billar. Al propio
tiempo van entrando en el salón del centro los amigos de la casa que
se indicarán después._
OROZCO, _dando la mano á Malibrán y á Villalonga_.
Está mejor; pero aún no se le ha pasado la tremenda jaqueca de ayer.
Este majadero (_por Calderón_) le espetó de golpe la noticia..., como
si se tratara de cualquier suceso insignificante.
CALDERÓN.
La verdad, yo no creí... Tan afectado estaba, que no supe lo que me
hacía.
VILLALONGA.
¡Pero qué bruto eres, Pepe!
OROZCO.
La pobre Augusta salía tranquilamente para ir á misa, después de
haber pasado una mala noche al lado de su tía enferma, cuando recibió
el jicarazo. Se afectó, como es natural, tratándose de un amigo á
quien queríamos tanto, y más por lo repentino y desastroso del caso.
MALIBRÁN.
¿Y no tendremos el gusto de verla esta noche?
OROZCO.
Esta noche no. Aunque ha pasado la fuerza de la cefalalgia, le
molestan el ruido y la claridad.
MALIBRÁN, _para sí_.
¡El ruido y la luz! Eso precisamente es lo que la mata.
OROZCO.
Voy á saludar á esa gente. (_Para sí._) ¡Curioso estudio el de esta
noche el examen de las caras de los que entran aquí! En todas veo
cierto temor, y como el deseo de sorprender en la mía alguna emoción
desusada. Pero lo que es en ésta..., ¡aviados están! Mi cara es de
mármol. (_Dirígese al salón, donde han entrado Teresa Trujillo,
Aguado, Monte Cármenes, el Exministro, el Sr. de Pez. En la sala de
tresillo quedan Villalonga, Malibrán y Calderón._)
VILLALONGA, _á Calderón_.
Ven acá, tagarote. ¿Sabe tu pariente los disparates que corren por
Madrid acerca del suceso de la noche del 1.º?
CALDERÓN.
Todo lo sabe. Se lo he dicho yo. ¡Cuánta infamia, y qué sociedad tan
nauseabunda!
MALIBRÁN.
Sí, muy nauseabunda.
CALDERÓN.
Tomás me llamó esta tarde y me rogó que le enterara de lo que se dice
por ahí. No me anduve en chiquitas. Sé cuánto le agrada la verdad, y
á la buena de Dios le informé de todo, empezando por las versiones
necias y acabando por las horripilantes. Vale más que lo sepa, y que
entienda que algunos de sus amigos no merecen serlo. ¿Pero has visto,
Villalonga, qué tonta es esta humanidad?
VILLALONGA.
Sí, hijo mío, es más tonta que tú, que es cuanto hay que decir.
ESCENA X
_Los mismos._ CISNEROS, _que aparece en la sala japonesa, viniendo
del interior de la casa_.
CISNEROS, _para sí_.
¡Pobrecita mía, cuánto padece! ¡Verse calumniada, zarandeada por
tanto imbécil!... Esto es un horror... (_Con rabia._) ¡Bendito sea
Nerón! Comprendo su deseo de que la humanidad no tuviese más que una
sola cabeza para cortarla... Hasta los periodiquillos se atreven á
deslizar malévolas alusiones á esta casa. Ya os daría yo una buena
mano de azotes si pudiera. ¡Habráse visto otra! ¡Reticencias contra
mi hija...! Estoy que trino. (_Atraviesa el salón sin saludar á
nadie, y entra en la sala de tresillo._)
VILLALONGA.
Aquí está D. Carlos. ¡Qué fea vitola trae! Don Carlos, ¿qué nos
cuenta?... ¿Qué se dice?
CISNEROS, _sofocando su rabieta_.
Se dice..., pues se dice que este es un país de idiotas.
VILLALONGA.
Eso ya lo sabía yo. Detesto á mi patria, la hidalga nación del
garbanzo, de Recaredo y de la gramática parda. ¡Pues si yo pudiera
metamorfosearme en inglés ó en alemán...!
CISNEROS.
Como no te metamorfosees tú en el moro de los dátiles. Este es
un país liliputiense. Dan ganas de andar sobre él así... (_pisa
fuerte_), destruyéndolo á pisotones como á las hormigas. Les juro á
ustedes que esta noche dormiría yo muy tranquilo si tuviera ocasión
de dar un par de linternazos á alguien.
VILLALONGA.
Pues déselos usted á Malibrán que dice...
CISNEROS, _con viveza_, _apretando los puños_.
¿Qué dice?
MALIBRÁN.
Pues que la tabla que ha comprado usted anteayer como de Memling no
es ni siquiera flamenca. La tengo por una imitación francesa de las
peores.
CISNEROS.
Váyase usted al cardo con sus tablas. Entiende usted de pintura lo
que yo de empollar mosquitos. Lo que hacía falta aquí, créanlo, era
un Nerón. ¡Qué hombre tan simpático, y qué buena persona! Ya podían
echarle periódicos á ese.
CALDERÓN.
¡Fuertecillo está usted, D. Carlos!
VILLALONGA.
Desengaños amorosos. ¿Lo digo?
CISNEROS.
¿Qué?
VILLALONGA.
Lo diré: entre barbianes no debe haber misterios. Pues esta tarde le
han visto á usted salir de la gruta de Calipso, ó sea de la casa de
Leonor.
CISNEROS.
Toma. ¿Y qué?
VILLALONGA.
Es que creíamos que usted no sirve ya ni para novilladas de invierno,
y que ya no sabe ni marcar una banderilla.
CISNEROS.
¡Monigotes!... Generación menguada y raquítica, los viejos toreamos
mejor que vosotros. Preguntádselo á cualquier res. No servís para
nada, y con estas canas os dejo yo tamañitos siempre que queráis.
MALIBRÁN.
¡Buen punto está usted! ¡Con su carga de años, visititas á _La
Peri_!...
CISNEROS.
Porque se puede. Fastidiarse... Ea, fantoches, vuestra conversación
me revienta.
CALDERÓN.
¿No quiere echar una partidita?
CISNEROS.
No estoy de humor de juegos. No tengo tranquilidad, no puedo estarme
quieto; necesito moverme, correr, ir de aquí para allá, empujar al
que se me ponga delante, y si alguien se desmanda, ¡por vida de la
tía Cotilla!, le... le pulverizo. (_Sale de estampía por la puerta
del billar._)
CALDERÓN.
¡Es mucho D. Carlos!...
MALIBRÁN.
Se me figura que he calado el objeto de sus visitas á _La Peri_.
VILLALONGA.
Y yo también. (_Pasan al salón, formando grupos que entablan animados
coloquios._)
OROZCO, _á Calderón_.
Nada más divertido esta noche que el examen de caras, Pepe. La
de Teresa Trujillo, deliciosa, incomparable. Expresa curiosidad
febril y el arrobamiento artístico del que asiste á una función
dramática con buenos actores. Me ha mirado con impertinencia, me ha
leído en la frente y en los ojos, con tanto interés como si fuera
yo un folletín espeluznante. ¿Pues y la carátula de Aguado? Es un
puro resplandor de júbilo, como faz vergonzosa que se consuela
con la vergüenza ajena. El rostro abesugado del buen Pez, radiante
de cordura y ministerialismo. Parece descargar todo el peso de su
severidad contra la opinión pública, diciéndole: «tus historias son
ridículas y despreciables». Pues ¿y el palmito de Monte Cármenes? La
imposibilidad de soltar ahora el _todo va bien_ le da una contracción
violenta, que le desfigura y le hace parecer otro hombre. La cara
del Exministro, entre benévola y disgustada, con vislumbres de
protección, como si dijera: «si yo fuese poder, no pasarían estas
cosas». Te aseguro que me he divertido delante de este museo de la
opinión expectante y muda. ¡Oh! ¡Si hablaran...! ¡Cuánto daría yo por
oírles!
CALDERÓN.
Si tú has gozado con el estudio de caras, ellos se habrán divertido
fotografiándote la tuya.
OROZCO.
No, porque en ésta nada pueden notar que no adviertan todos los días.
La cara mía que expresa y siente, ¡ay!, es la que mira para adentro.
(_Llegan más personas._) Parece que esta noche carga el gentío que
es un primor. Naturalmente, el crimen misterioso despierta inmenso
interés: el público necesita emociones, contemplar rostros de víctimas,
ó de criminales, ó de testigos; examinar el lugar de la catástrofe; ver
los sitios por donde vaga el ánima del interfecto, olfatear la sangre,
tocar los objetos que llevan impresa la huella del delito... (_Con
amargura._) En suma, el drama está en mi casa y tengo esta noche un
lleno completo. (_Dirígese á saludar á los que llegan._)
CALDERÓN, _para sí_.
Hombre sin igual es éste. Todo lo sabe y parece que lo ignora todo.
ESCENA XI
Tocador de Augusta. Es de noche.
AUGUSTA, _doliente, recostada en un sofá_; FELIPA, _en pie, delante
de ella_.
AUGUSTA.
¡Gracias á Dios que vienes á tranquilizarme!
FELIPA.
Dos veces estuve aquí esta mañana; pero la señorita dormía y no quise
molestarla.
AUGUSTA.
¡Dormir! No he descansado desde aquel momento terrible... No sé si
esto es dormir ó no; ignoro si mis impresiones son fingidas ó reales;
estoy como idiota, Felipa, y el temor que llena mi alma no me permite
ordenar los recuerdos ni apreciar lo sucedido. Ni aun puedo formar
juicio de mis acciones desde aquel instante, ni de cómo vine aquí.
Cuéntame lo que ha pasado después. Estoy en ascuas. ¿Qué hiciste?
¿Se ha descubierto? Dímelo todo, sin ocultarme cosa alguna, por
terrible que sea.
FELIPA, _bajando la voz_.
Tranquilícese la señorita. No se ha descubierto ni se descubrirá
nada. En cuanto dejé á la señorita aquí, después de lavarle las
manchas de barro, y una muy chiquita de sangre que había en la manga,
me volví allá. ¡Nos habíamos olvidado del sombrero, el sombrero del
pobre...!
AUGUSTA, _dando un gran suspiro_.
¡Ay!
FELIPA.
Afortunadamente, en cuanto entré, lo vi sobre una silla.
AUGUSTA.
¿Lo tiraste á la calle?
FELIPA.
Bajé, y asegurándome de que no había nadie, le tiré junto á la valla.
Después corrí en busca de mi hermana, y entre las dos lavoteamos las
manchas de sangre de la alfombra, muy poquita cosa... Examinamos con
remuchísimo cuidado la escalera, temiendo encontrar en ella gotas
de sangre; pero no hallamos... ni esto. Los vecinos del principal,
únicos que hay en la casa, como si estuviesen en Babia. No se
enteraron de cosa ninguna. Verdad que el tiro retumbó muy poco. Lo
habrían oído los vecinos si hubieran estado encima; pero, claro, al
otro piso no llegó la bulla. Los porteros, sordos, mudos y ciegos: de
ellos respondo, y no hay nada que temer. Ya les pueden echar jueces.
Les he prometido que la señorita les librará de quintas al hijo.
AUGUSTA.
¿Uno, un hijo solo?... Les libraré más: todos los que tengan.
FELIPA.
Uno tan sólo. Con esto y la gratificación, tan contentos los pobres.
Son unas almas de Dios.
AUGUSTA.
¡Ay!, habla más bajo... Tengo un miedo horrible... Mira si hay
alguien en el gabinete.
FELIPA, _que se asoma al gabinete y vuelve_.
Ni una mosca. Podemos hablar sin recelo. Esta mañana fuí, y ¿qué
hice? Llevé allá á mi hermana con toda su chiquillería, y atesté de
muebles la sala, y ya está Rafael trabajando. Quitamos primero la
alfombra, desmontamos la cama, me llevé las botas, el sombrero y
vestido de la señorita...; saqué del pupitre los papeles, cartas á
medio escribir, cigarros de él; en fin, todo lo que había me lo llevé
á mi casa...
AUGUSTA.
Mejor sería que lo quemaras todo...
FELIPA.
Lo que pudiera comprometer, ceniza es ya. De la casa, tan cierto
como Dios es mi padre, no sacará el juez ni tanto así de luz. Por
donde puede flaquear la trama es por el lado de doña Serafina, quiero
decir, que si van y averiguan que la señorita no estuvo aquella
noche...
AUGUSTA, _secreteando_.
Ya está prevenida Ramona, y bien recompensada. Esta mañana vino
á verme. Confío en que no me faltará. Si la curia hiciera alguna
tontería corriéndose en las averiguaciones, mi padre lo arreglará.
Hablamos esta noche: no cree nada malo de mí; pero esto de que los
periódicos me lancen chinitas le subleva. Es amigote del juez, y
quedó en hablarle mañana mismo.
FELIPA, _casi entre dientes_.
Todo irá como en las propias manos del Silencio, y aquí el que más
mira menos ve.
AUGUSTA.
¡Ay, Felipa, qué buena eres! Lo que has hecho por mí de ningún modo
podré recompensarlo. Me serviste fielmente hasta que te casaste.
Cierto que te he protegido; pero mis beneficios son muy cortos en
comparación de la lealtad y la adhesión con que me los estás pagando.
FELIPA.
No hablemos de eso. Por usted me dejaría yo matar, si fuera preciso.
AUGUSTA, _conmovida_.
No merezco tanta abnegación... Déjame que llore. ¡Ay de mí! Todavía
no acierto á dominar la situación en que me encuentro. A ti, que me
has ayudado á ocultar mi falta; á ti, que sabes la verdad de esta
deshonra sin necesidad de que yo te la explique, puedo decirte á boca
llena que me reconozco mala, muy mala; pero que considero el castigo
desproporcionado á la culpa. Esto no puede ser castigo, porque si
fuera castigo, no resultaría tan terrible. No merezco tanto, no.
¡Verle morir así, sin que en su agonía tuviera para mí una palabra
de ternura!... ¿No te acuerdas?, parecía que me despreciaba..., ¡á
mí que le he querido tanto, que estaba dispuesta á sacrificarle mi
posición, mi honor!... El desdén con que me trató después de atentar
á su vida por primera vez me ha destrozado el alma, dejándome una
herida que no se cerrará nunca. Recordarás que me dió un nombre
ofensivo, ultrajante, el apodo de esa mujerzuela...
FELIPA.
El trastorno, la ofuscación... Si no supo lo que hacia, menos había
de saber lo que hablaba.
AUGUSTA.
Pero la proximidad de la muerte, aun muriendo por la propia mano,
aviva en el alma los sentimientos dominantes en ella. ¿Por qué no
me dijo una palabra cariñosa, que yo pudiera recordar después como
consuelo?
FELIPA.
No olvide usted que dijo: «Sé lo que debo hacer, y pido á Dios que me
perdone.»
AUGUSTA.
Eso es, perdón á Dios, y á mí que me partiera un rayo. ¿Por qué no
me había de pedir perdón también á mí, aunque no fuera sino por
este rastro de deshonra que tras sí deja? ¿Sabes? Hay quien dice
que le maté yo. ¡Qué infamia tan estúpida!... Yo estoy muerta de
pena y desconsuelo; de pena por él, porque le amé, quizás más de
lo que se merecía; desconsolada porque no le volveré á ver, porque
murió queriéndome poco ó nada, dejándome afligida y celosa...,
sí, celosa... ¡Si yo pudiera olvidar esta terrible pesadilla!...
¿Crees tú que el tiempo me hará perder la memoria? No, no hay tiempo
bastante largo para borrar esto. No sé qué será de mí.
FELIPA, _con agudeza_.
El tiempo es muy bueno; trabaja sin que se sienta, y del fin de unas
cosas hace el principio de otras.
AUGUSTA.
Cada hora que pasa me siento más acongojada y padezco más. Aquella
noche, cuando me dejaste aquí, la misma turbación, el terror mismo,
me daban cierta energía. Creí salir del paso haciéndome la valiente.
Por la mañana me vestí para ir á misa, y cuando Pepe me dió la
noticia, me asustó como si fuera una novedad para mí. Hízome el
efecto de ver traducida á la realidad una cosa soñada. Desde aquel
momento perdí el valor y me descompuse. Postrada en este sofá pasé
un día horrible, y tuve que dominar ante mi marido mi pena inmensa,
aparentando otra pena muy distinta y menor. Fingir lo pequeño para
ocultar lo grande es trabajo de prueba. Más fácilmente fingimos los
sentimientos muy vivos que los ligeros y superficiales. Figúrate tú
que, cuando se te ha muerto un hijo, te hubieras visto obligada á
aparentar que sólo llorabas al gato de la casa.
FELIPA.
¡Ay, no me lo diga! Reviento yo antes que hacer tal comedia.
AUGUSTA.
Pues considera si sufriré. Por eso te digo que el castigo es
desproporcionado á la falta. ¡Luego de la situación esta se derivan
tantos suplicios diferentes! La presencia de mi marido despierta en
mí sentimientos tan extraños, que me pongo á morir cuando entra aquí
y me habla. A veces me figuro que no hay entre los dos nada de común,
y su serenidad ni me lastima ni me inquieta; á veces paréceme que le
admiro todo lo que admirarse puede, y me pondría de rodillas delante
de él para adorarle como á un ser que no participa de nuestras
miserias.
FELIPA, _advirtiendo que Augusta tiene una mano envuelta en un
pañuelo_.
¿Qué es esto?
AUGUSTA.
La magulladura que me hice en la muñeca cuando forcejeamos para
quitarle aquel maldito revólver. No la noté hasta la mañana siguiente.
FELIPA.
A mí también me dejó en este brazo un cardenal que me duele bastante.
AUGUSTA.
He dicho que me quemé lacrando una carta. Pero aunque nadie lo ha
puesto en duda, se me antoja que llevo aquí un espantoso dato para
los que me creen asesina.
FELIPA.
El miedo, el miedo hace ver visiones. No seamos tontas. D. Tomás se
creerá lo del lacre.
AUGUSTA, _con profunda tristeza_.
¡Ay! ¡Si vieras tú qué recelosa estoy de que lo sabe todo, aunque
aparenta ignorarlo! Tengo mil motivos para conocer su penetración,
que en ciertos casos supera á cuanto se puede decir. No obstante
su tranquilidad, que me hace dudar... «Si lo sabe, me pregunto yo,
¿por qué no me lo dice? Su calma, ¿es la expresión más refinada del
desprecio que le merezco, ó significa una situación de espíritu
muy diferente?» Anoche me pasó lo que no me ha pasado nunca: tener
pesadillas horribles, una tras otra, y no poder discernir después lo
real de lo soñado. Creí que Federico estaba aquí, y vi reproducida
la terrible escena, lo mismo, Felipa, lo mismo que la vimos tú y
yo. De que esto fué imaginario no tengo duda. Pero después..., y
aquí entran mis dudas, porque el recuerdo que ha quedado en mí,
aunque turbio y calenturiento, es vivísimo en las imágenes. Pues
oye. Me levanté..., fuí al despacho de Tomás y llamé á la puerta.
El dijo desde dentro: «¿quién es?», y yo respondí: «soy _La Peri_».
Abrió; entré, y sentándome á su lado, confesé sin omitir nada. ¡Qué
atrocidad! Pues he pasado todo el día de hoy revolviendo en mi cabeza
aquel acto, y trabajando por poner en claro si fué real ó no. Tengo
los sesos derretidos de tanto cavilar. Me parece que estoy viendo
á Tomás cuando yo le contaba aquellos horrores. Ponía una cara de
conmiseración que me lastimaba enormemente, y yo le decía: «Soy _La
Peri_; no vayas á creer que soy tu mujer»; y luego vuelta á contarle
cómo y por qué se mató Federico. Lo que me atormenta y me confunde es
la duda de si este delirio sólo tuvo realidad dentro de mi cerebro, ó
si, en efecto, yo me levanté de mi cama, y fuí al despacho de Tomás,
y él me abrió, y hablamos, y...
FELIPA.
Señorita, ¡por los clavos de Cristo!, eso no se hace nunca sino en
sueños.
AUGUSTA.
Pero en el trastorno en que yo estuve anoche, trastorno de los
sentidos y del alma toda, no sé... ¿No sabes tú que hay personas que
dormidas andan y hablan y repiten lo que les ha pasado recientemente?
FELIPA.
Sí, y á esos llaman sonámbulos.
AUGUSTA.