FEDERICO.
Ni sé lo que digo.
AUGUSTA.
¿Me tomas á mí por una de esas á quienes se adora durante media
noche?
FEDERICO, _para sí_.
Si le dijera que sí, concluiríamos mal. (_Alto._) No, vida mía;
quiero decir que esta excitación, si durara, sería penosa.
AUGUSTA.
Déjala que dure. ¡Ay, quieres acortar los pocos instantes deliciosos
de la vida! Olvidemos lo de fuera, y revolvámonos libres y gozosos
dentro del mundo que encierran estas cuatro paredes. El otro universo
se queda allá, navegando en el piélago inmenso de su insipidez.
FEDERICO, _ligeramente excitado_.
Quédese allá, y divirtámonos nosotros en éste mientras nos dure.
Aceptemos el engaño, y alarguémoslo todo lo posible.
AUGUSTA.
Perdis, loco, botarate, ¿me quieres mucho? Dime que no amas ni puedes
amar á nadie más que á mí. Siéntome ahora penetrada de un egoísmo
brutal, y quiero alimentarlo oyéndote repetir que me adoras á mí
sola, á mí sola, sin desviación alguna chica ni grande en tus afectos.
FEDERICO, _maquinalmente_.
A ti sola, á ti sola. (_Beben champagne._)
AUGUSTA, _chocando las copas_.
Pertenézcame todo lo que te constituye: la persona visible y el
espíritu, que no se palpa y se siente; las miradas y el alma; el
carácter y la figura; las cualidades y los defectos, que adoro por
igual, y hasta la ropa, hasta la ropa, todo ha de ser para mí.
Quisiera vivir contigo en un rincón del mundo, y cuidarte, y coserte
un botón si se te caía, y arreglarte la ropita..., y aunque fuéramos
pobres no me importaría nada. Esto de ser rica y hacer un día y otro
las mismas cosas, aburre... Pero no; vale más que tengamos dinero
tú y yo y que nos demos la gran vida. (_Con exaltación._) ¿De veras
que me quieres á mí sola y que no tienes mirada ni pensamiento para
ninguna otra mujer? ¿Verdad que esa _Peri_ no es querida tuya, ni le
haces maldito caso?... Tu amiga, tu _Peri_ soy yo y nadie más que yo.
FEDERICO, _delirante_.
Eres mi _Peri_, y mi no sé qué, y yo soy tu perdis y tu chulo, y tu
qué sé yo qué... Cuando me prendan por estafador, ¿irás tú á llevarme
la comida á la cárcel, chavala mía?
AUGUSTA.
Sí; me pongo mi mantón, y allá me voy. Luego, cuando te suelten, nos
iremos del bracete por esas calles, y entraremos en las tabernas,
siempre juntitos, á beber unas copas... ¡Ay, qué feliz soy esta noche!
FEDERICO.
Y yo más que tú. Esta embriaguez nerviosa renueva y entona la vida.
Aceptémosla con júbilo, vivamos.
_Pausa muy larga._
AUGUSTA.
¿Duermes, vida?
FEDERICO.
No; despierto estoy.
AUGUSTA.
¿Te sientes mal?
FEDERICO, _inquieto_.
Siento aquello..., lo indefinible de que te hablé antes. (_Se levanta
y pasea por la habitación._) ¡Triste de mí, con qué furia me acometen
mis ideas estos centinelas incansables que me vigilan, que me cercan
de día y de noche! Pasó la efervescencia nerviosa, se apagó la
ilusión de momento, y ya estamos otra vez en el suplicio de la rueda
obscura.
AUGUSTA.
¿Qué hablas ahí?
FEDERICO.
No digo nada.
AUGUSTA.
Cuéntame lo que piensas.
FEDERICO, _secamente_.
No es bueno para ti que intervengas en mis asuntos. Contra mi
voluntad, por efecto de no sé qué fatales emergencias de la vida, una
muralla se levanta entre tu persona y la mía. El amor la destruye á
veces...; no es que la derribe, es que la transparenta. El amor cree
haberla destruido porque se ve..., nos vemos las caras de una parte á
otra; pero no podemos juntarnos: la muralla es dura como el diamante.
AUGUSTA, _recelosa_.
¿Qué chifladuras estás rumiando ahí? Chico mío, hemos convenido en
que no tienes ya por qué darle á las cavilaciones. (_Echándolo á
broma._) Estás como quieres, tonto, gandul. Recuerda que eres mi
chulo, y que te llevo la comida á la cárcel.
FEDERICO, _nervioso y afectado_.
Esa broma es de muy mal gusto.
AUGUSTA.
No te lo parecía antes... (_Con seriedad._) En resolución, no te
permito poner esa cara de deudor insolvente. Ya no tienes quien te
ahogue. La confianza ha establecido la mancomunidad de nuestros
bienes. Con lo que he guardado para ti, cátate resuelto el problema
del momento, ¿sabes? Y luego tu desconcertada administración se
regularizará con aquel ingenioso arbitrio que discurrió Tomás después
de la entrevista con tu padre.
FEDERICO.
Fácilmente, con tu jarabe de pico, arreglas tú todas las cosas, aun
aquellas que no tienen arreglo.
AUGUSTA, _enérgicamente_.
No; no puedo creer que persistas en la simpleza de rechazar eso. Si
lo haces, es que no me quieres, ni estimas en nada mi felicidad. No
me cabe en la cabeza tal obstinación, ni esa clase de orgullo tan
tonto y tan... finchado.
FEDERICO.
¡Ay, querida mía!... (_Con aflicción._) Mucho siento tener que
decírtelo: tu sentido de la dignidad es muy incompleto; tus ideas
morales no se ajustan á la razón.
AUGUSTA.
¿Qué significa eso? ¡Ah, las ideítas morales! Nos las encontramos en
el camino al volver de la excursión del amor; á la ida, hijo de mi
alma, las ideas esas andarán por allí, pero no las vemos. Eres un
ingrato, pues aun considerando que no es bueno lo que te propongo,
debes aceptarlo y comulgar conmigo en esta maldad... Dilo de una vez.
(_Alborotándose._) ¿Es que no me quieres y tomas eso por pretexto
para separarte de mí?
FEDERICO.
No, tonta, no. (_Con cariño._) Pero ven acá, sé razonable sin dejar
de ser apasionada. ¿Cómo quieres tú que yo reciba tal beneficio de
aquellas manos que...?
AUGUSTA.
Hazte cuenta que no lo recibes de aquéllas, sino de éstas.
FEDERICO.
No puedo hacer esas cuentas galanas. Y aunque las haga, la
monstruosidad no desaparece.
AUGUSTA.
¡Fantasmón, esclavo de la letra y de la forma! Sacrificas tu
felicidad y la mía al respeto social, á esa paparrucha del _qué
dirán_, á la opinión de cuatro estúpidos que censuran lo que ellos
harían si pudieran.
FEDERICO.
Prescindo de la opinión, si gustas, y no veo frente á nosotros más
que á tu marido solo. Sin que yo me precie de austero, mi conciencia
no puede soportar la contradicción horrible de ultrajarle gravemente
y recibir de él limosnas de tal magnitud. ¿Es posible que no lo
comprendas así? ¿Cabe en tu mente aberración semejante?
AUGUSTA, _ligeramente desconcertada_.
Yo no pienso ni siento más sino que tú padeces, y que por este medio
no padecerás.
FEDERICO.
Pero hay otra razón más poderosa que las razones de honor. ¿Crees que
tu marido va á ignorar mucho tiempo _esto_?
AUGUSTA.
No, verás como no.
FEDERICO.
¡Inocente! ¿A qué crees tú que ha ido Malibrán á las Charcas?
AUGUSTA, _pensativa_.
¡Si sucediera lo que temes!... No, no sucederá: el corazón me dice
que Tomás no sabrá nada, y el corazón no me engaña nunca á mí.
FEDERICO.
Y aún no sabemos si el viajecito al monte será simulado, con el
piadoso objeto de sorprendernos. (_Mirando con recelo á las puertas
cerradas._)
AUGUSTA, _con pavor, agarrándose á él_.
Por tu salvación, no me asustes. ¡Sorprendernos! ¿Te has propuesto
martirizarme esta noche? (_Rehaciéndose._) No, no puede ser. Peligros
que sólo están en tu imaginación. Esos viajes fingidos y esas
sorpresas por escotillón sólo ocurren en los dramas.
FEDERICO.
Y también en la vida.
AUGUSTA, _con gravedad_.
Oye tú: voy á revelarte un secreto. Me determino á ello... por ser
cosa importante, que tal vez modifique tus ideas y te quite ese
sobresalto.
FEDERICO.
¿Qué es?
AUGUSTA.
Algo que te indiqué otras veces como sospecha, pero que ya es
evidencia.
FEDERICO.
¿Referente á mí?
AUGUSTA.
Referente á Tomás. La observación atenta de estos últimos días
me lo ha comprobado. Ese afán de prodigar y repartir beneficios,
ocultándolos como si fueran faltas; ese horror al agradecimiento;
ese anhelo de una falsa reputación de egoísmo, vienen á ser...
¡Ay!, no te lo quería decir, porque me causa inmensa pena, y...
Pues bien, eso que parece una exaltación de bondad, no es sino
locura, hijo mío, locura que no se manifiesta aún ante el mundo,
pero que en la intimidad de la vida doméstica resulta bastante clara
para que yo la comprenda y la deplore. No lo dudes, Tomás tiene un
principio de parálisis general. Con sana razón, no puede existir
virtud semejante... ¿Y qué más? (_Bajando la voz._) El mismo caso
sobre que estamos disputando, la sutil combinación para darte á ti
lo que, según él, corresponde legalmente á tu padre, ¿no es obra
de un cerebro enfermo? ¿Qué persona medianamente sensata ha podido
discurrir cosa semejante? Dar por válida, en conciencia, una deuda
que los tribunales no acertarían á poner en claro; reconocer
como acreedor á tu padre, que adquirió el crédito por una bicoca;
darle á él parte mínima, y lo demás á ti y á tu hermana...; eso
que presentado así, en pocas palabras, resulta hermoso y hasta
sublime, es, no lo dudes, ebullición de la mente atacada del delirio
humanitario.
FEDERICO.
¡Ay, la pícara idea moderna, contra la cual yo estoy á matar! A todo
el que piensa ó hace algo extraordinario le llaman loco. Es que esta
innoble sociedad, sin religión, sin ningún principio, no comprende
nada grande. El genio poético y la inspiración, locura; locura las
acciones maravillosas; locos los criminales, para dejarles impunes;
locos los grandes hombres, para empequeñecerles. ¿Pretenden sin duda
establecer un nivel de tontería y vulgaridad del cual no rebase
nadie? No, yo protesto contra esa idea. ¡Orozco demente! ¡Oh, Dios
de justicia! ¿Y por qué? ¡Porque imaginó aquel plan admirable en
beneficio mío y de mi hermana! Idea encantadora, original y atrevida;
idea tan alta, que no se puede uno elevar hasta ella y hacerse
digno del que la concibió, sino no aceptándola. Sí, rechazarla es
merecerla, querida mía, y aceptarla es una indignidad... Créelo, si
aquí hay locos, somos nosotros, tú y yo, que estamos discutiendo una
cosa tan clara y sencilla.
AUGUSTA, _contrariada_.
Lo claro y sencillo es que no tienes sentido común..., ó en ti no hay
más que orgullo, soberbia, hinchazón, caballería andante y ganas de
hacer el paladín.
FEDERICO.
Ni comprendo yo cómo podría ser amado un hombre capaz de envilecerse
hasta ese punto. Yo mujer..., ¡quita allá!, sentiría asco del hombre
que en un caso semejante no procediera como yo procedo.
AUGUSTA, _retirándose de la mesa y arrojándose en un sofá_.
Será que estoy imposibilitada de verlo así por mi ceguera, porque
todas las potencias del alma me las tiene secuestradas el amor. (_Con
arrogancia._) No me pesa ser así, ni me concibo de otra manera. Pudo
asustarme esta falta mía cuando á ella me vi lanzada; pero una vez en
el camino, las cuestas, y aun los despeñaderos, no me asustan. Todas
las consecuencias que pudieran sobrevenir, yo las soporto. A veces me
doy á imaginarlas muy terribles, y créelo, las miro sin pestañear.
Queriéndote yo, y queriéndome tú, para nada me faltan alientos.
Paréceme que no hay ningún interés superior al de tu tranquilidad, y
que la logres por mi mediación será mi mayor dicha.
FEDERICO, _agitado y hosco_.
No puede ser, repito que no puede ser.
AUGUSTA, _con súbita energía_.
Pues lo será, quiéraslo ó no. ¿Se ha de hacer siempre lo que á ti se
te antoje?
FEDERICO.
En cosas que á mí sólo atañen, sí. ¡Pues no faltaba más...!
AUGUSTA, _con exaltación_.
Tienes el deber de complacerme, de sacrificarme tu orgullo, á mí,
á mí, que me he deshonrado por quererte... Vengamos á cuentas. ¿No
puedes tú deshonrarte un poco por mí?
FEDERICO.
Augusta, mi sacrificio en ese caso sería superior al tuyo.
AUGUSTA.
Egoísta.
FEDERICO.
Egoísta tú...
AUGUSTA, _levantándose poseída de furor_.
Pues tiene que ser, porque yo te lo mando... Necio, si ya no puedes
evitarlo. Estás cogido. Te lo diré, para que te sometas á los hechos
consumados. Esta mañana han estado en casa dos de tus acreedores.
Les citó mi marido para tratar con ellos de la manera de recoger tus
pagarés.
FEDERICO, _con menosprecio_.
¡Mujer!... Déjame en paz. Usas un argumento capcioso para doblegarme.
AUGUSTA.
Te doblegarás, aunque no quieras. Lo hecho, hecho está, y que patalee
tu ridículo orgullo. Y si te obstinas en luchar con nosotros, te
aborrezco, te abandono á tu suerte... (_Nerviosa y trémula coge una
copa de champagne, como con intención de beber; pero de improviso la
estrella contra la pared próxima._) ¡Maldita sea yo mil veces!
FEDERICO.
Estás loca, loca..., y yo también.
AUGUSTA, _rompiendo á llorar_.
¡Dios mío, qué desgracia querer á este hombre, quererle así... Y no
poder yo arrancarle de mi alma, como debo y como él se merece!
FEDERICO, _aproximándose á ella_.
Aborréceme de una vez. Y así quedaremos francos para hacer cada cual
nuestra santa voluntad.
AUGUSTA, _con vivísima expresión en la voz y gesto_.
No sé aborrecer...; pero sabré arrancarte de mi corazón y arrojarte á
la indiferencia. Estúpido, tú te lo pierdes. Consúmete en la miseria;
vive como los tramposos, sin familia, sin hogar casi, acechando la
suerte, perseguido de acreedores, sin saber por qué calle pasar,
porque en todas temes que salga una fiera con las garras afiladas;
anda, sigue, corre, diviértete; devánate los sesos calculando cómo
aplacar á este usurero, cómo entretener al otro, cómo engañarles á
todos; pásate la vida aparentando bienestar y alegría, de casa en
casa, y en realidad más pobre y más angustiado que los infelices
harapientos que piden limosna por las calles.
FEDERICO, _que se sienta al otro extremo de la mesa, volviendo la
espalda á Augusta_.
Sí, ese es mi destino. Qué quieres; viviré así..., mientras viva.
AUGUSTA.
Buen provecho. Imposible hacer carrera de ti. Esto me desilusiona de
una manera horrible. Hemos concluído. Ya era tiempo... Por culpa tuya
es... Esta noche nos despedimos para siempre.
FEDERICO.
Concluiremos, sí... Yo lo deseo.
AUGUSTA.
¡Lo deseas! (_Conteniendo su furor._) Ya lo conocía yo... Pues mira:
yo también lo deseaba. No me decidía por lástima de ti.
FEDERICO.
Y yo también vacilaba, por la misma razón.
AUGUSTA.
Pues mejor... (_Rabiosa._) Esto se acabó. Ya era tiempo.
FEDERICO, _para sí, apoyando la cabeza en las manos_.
¡Nada me queda ya, ni esto siquiera! Hasta el recreo de la
imaginación se me acaba. Ya ni aun podré engañar las soledades de mi
vida llamando á la mujer seductora y diciéndole: «vente á pasar un
rato conmigo». Romperemos.
AUGUSTA, _altanera y sarcástica_.
Tenía que ser. Somos incompatibles. Tu quijotismo no se aviene con
mi llaneza... Puede que te lo sufran esas mujerzuelas con quienes
tratas, las _Peris_ y otros tipos semejantes, porque esas, por su
misma inferioridad, hasta pueden socorrerte sin herir tu soberbia...
FEDERICO, _llena de champagne una copa y la bebe_.
¡Dios mío, qué mal me siento! (_Pausa. Augusta le contempla sin
chistar._)
ESCENA IV
_Los mismos. La_ SOMBRA DE OROZCO, _que entra por la puerta de la
derecha, y se sienta á la mesa frente á Federico. Viste traje de
cazador con capote de monte. Augusta no le ve._
FEDERICO, _mirándola con estupor_.
¿Ya estás aquí?... Te esperaba.
LA SOMBRA, _tiritando_.
¡Hace un frío en aquel monte!... (_Se sirve champagne y bebe._) Parece
que te causo miedo. No temas; soy tu amigo. Desde la calle se oyen
las voces que das maltratando á esa pobrecita _Peri_. (_Contemplando
á Augusta con lástima._) ¿Ves cómo lloriquea? Eres un bruto, y no te
mereces tal joya.
FEDERICO, _con ironía delirante_.
¡Valiente joya!... Reñíamos porque se empeña en deshonrarme.
LA SOMBRA.
¡Deshonrarte á ti, el Amadís de la delicadeza y de la dignidad!
Sobreponte á las hablillas del vulgo. Estoy contento de ti, porque
has apechugado con mi favor. Así se cumple con los amigos y con la
humanidad.
FEDERICO.
Tu protección me abruma.
AUGUSTA.
¡Pues con dejarla...! Hemos concluído.
LA SOMBRA.
Ya no puedes volverte atrás, porque dijiste que la aceptabas.
FEDERICO.
Yo no he dicho eso.
AUGUSTA.
Pues lo digo yo.
LA SOMBRA.
Ya sabe todo el mundo que accedes, y se te alaba justamente por tu
condescendencia. Con lo que yo te doy, y lo que te ofrece Augusta
para tus gastos mensuales, y algo que te supla también esa...
(_mirando á Augusta_), _La Peri_, tienes para vivir como un príncipe.
Nadie te censurará; al contrario, dirán: «¡qué listo es!» De mí sí
que oirás horrores. Pero mejor; eso me gusta.
FEDERICO, _furioso_.
Repito que no acepto. Antes moriré cien veces.
AUGUSTA.
Bueno, bueno. No soy sorda. Te daré recibo si es preciso.
LA SOMBRA.
Aceptas, sí, porque ya no puedes evitarlo. Lo hecho, hecho está, y
que patalee tu ridículo orgullo. (_Con atroz firmeza._) Tu papel en
la sociedad te hace sucumbir á mi deseo. Y tu aceptación realiza un
ideal de justicia suprema, pues con ella te pones al nivel de tu
bajeza. Estás en carácter. Tu deslealtad necesitaba un estigma, algo
exterior que la patentizase, y mi dádiva te lo graba en la frente. Si
tuvieras conciencia, diría que es un castigo; pero no hay castigo en
quien carece de sensibilidad.
FEDERICO, _arrebatado y fuera de sí_.
¡Maldita sea tu alma! (_Coge una copa y se la tira, apuntando á
la cabeza. La copa se hace mil pedazos en el respaldo de la silla
frontera, y el champagne salpica al rostro de Augusta._)
AUGUSTA, _limpiándose la cara_.
Eso es, las pobres copas lo pagan. ¡Qué culpa tendrán ellas de tu
tontería!... No creas: tus violencias no me inquietan nada.
LA SOMBRA.
La pobre _Peri_ se escandaliza de tus arrebatos. Mira cómo se limpia la
carita. Quiere quitarse hasta el último átomo de vergüenza. No frotes
más, hija, que ya no queda nada.
AUGUSTA.
... pero nada.
FEDERICO, _despejándose un poco, se pasa la mano por los ojos_.
No; esto no es, esto no puede ser real... (_A Augusta._) Leonor, ¿tú
le ves?
AUGUSTA, _sorprendida_.
¿A quién?
FEDERICO.
Está ahí...
LA SOMBRA, _desvaneciéndose_.
Esa tonta dirá que no me ve; pero viéndome está.
AUGUSTA, _con ira_.
¿Qué nombre me has dado?
LA SOMBRA, _con risita impertinente_.
El suyo... ¿Pues cómo quiere que la llamen?
FEDERICO, _desesperado_.
¿Estoy yo loco, ó qué es esto, razón mía?
LA SOMBRA, _que se acerca á Federico y le toca en el hombro_.
Haz las paces con ella, sométete á su tirana voluntad. Tiene más
talento que tú... Desecha esa idea que te acosa días ha.
FEDERICO.
No quiero.
LA SOMBRA.
Deséchala. ¿A qué te atosigas con tal idea si te falta valor para
realizarla?
FEDERICO.
¡Mal rayo! ¡Cara de Judas!, no me falta valor.
LA SOMBRA.
Tu destino es encenagarte en la deshonra. No sabes ni sabrás
nunca morir. ¿Por qué vuelves la cara? ¿Es que no quieres verme?
Si ya me voy.... Mírame, mírame salir. (_Abre la puerta y sale
tranquilamente._)
ESCENA V
FEDERICO, AUGUSTA.
FEDERICO, _dejándose caer en un sillón_.
¡Ay de mí!
AUGUSTA, _corriendo hacia él_, _amorosa_.
¿Qué tienes?
FEDERICO.
¡Amiga de mi vida, si vieras qué mal me siento! Esta ansiedad,
este..., esto que rebulle aquí... (_oprimiéndose el costado
izquierdo),_ sensación que no tiene nombre..., prurito de meterme la
mano hasta muy adentro y separar algo que me estorba, que me impide
pensar y sentir.
AUGUSTA.
No es nada... Estás nervioso. Te has excitado tontamente. Perdóname
si te he dicho algunas cosillas desagradables. En cambio tú,
extraviado sin duda por la bebida, me diste un nombre que es una
injuria.
FEDERICO, _como volviendo en sí_.
¿Yo..., yo...?
AUGUSTA.
Sí, tú... Me has llamado Leonor.
FEDERICO, _mirándola con extravío_.
¿Y qué...? Amiga mía, haz el favor de darme un vaso de agua.
(_Augusta se dirige al aparador, y mientras echa agua en una copa,
Federico se acerca á la chimenea y coge el revólver._) No más
padecer. (_Se dispara un tiro en el costado izquierdo._)
AUGUSTA.
¡Ay! (_Paralizada de terror._)
FEDERICO, _cayendo en un sillón, desvanecido_.
Nada, nada... Ya estoy bien.
ESCENA VI
_Los mismos._ FELIPA.
AUGUSTA, _horrorizada, las manos en la cabeza_.
¿Qué es esto?... Federico... Felipa.
FELIPA, _sin aliento_.
¡Jesús...! (_Ambas se arrojan sobre él._)
AUGUSTA.
¿Qué has hecho..., vida mía?... (_Palpándole y buscando la herida._)
¡Ah!, no será nada...
FELIPA.
No veo sangre... (_Se mancha de sangre la mano._) ¡Ah!, sí..., mire
usted. Por aquí, en este costado.
AUGUSTA, _consternada_.
Amor mío, ¿qué has hecho? Estás herido... Pero no, no será de
gravedad. Respiras, vives... ¡Mírame, por Dios...; mírame y háblame!
FEDERICO, _tratando de apartarla de sí_.
Déjame... No ha sido nada. Me siento bien ahora. (_Con rápido
movimiento recoge del suelo el revólver._)
AUGUSTA.
¿Que quieres, qué buscas? Dame acá. (_Las dos tratan de quitarle el
arma. Entáblase violentísima lucha, en la cual Federico desarrolla
considerable fuerza muscular. Consigue desasirse de ellas._)
FEDERICO.
Déjame, ó te mato.
AUGUSTA, _que ha caído al suelo, se pone de rodillas, y le interpela
llorando_.
¿Qué haces? ¿Estás loco? Amor mío, cálmate... Te has herido...; pero
sanarás: es cosa ligera...; sé razonable, no escandalices...; vendrá
gente. ¡Qué deshonra!... Oye..., te quiero mucho: haré todo lo que tú
mandes... Tu voluntad es mi voluntad. ¡Pero no te mates; por Cristo
crucificado, no te mates!... Me moriré de pena.
FEDERICO, _con entereza, dominándose_.
Sé lo que debo hacer. Voy á lo que voy, y pido á Dios que me perdone.
FELIPA.
Llamaré á los vecinos.
AUGUSTA.
No, aguarda..., calla. Federico, por Dios, apiádate de mí...
Oye, sosiégate, hijo de mi alma; traeremos un médico, un médico
discreto..., te curará, y luego nos vamos... tranquilamente...
FEDERICO, _con sequedad_.
Vete á tu casa..., y pronto. (_Da varias vueltas atontado, como
buscando la salida, y por fin pasa al otro gabinete._) Al que se
me ponga por delante le dejo seco... (_Sale precipitadamente, sin
sombrero. Las dos mujeres, aterrorizadas, no se atreven á detenerle._)
AUGUSTA, _corriendo detrás por el pasillo_.
Se mata, se mata de seguro... ¡Dios tenga piedad de él y de mí!...
FELIPA, _corriendo detrás de su señora_.
Va disparado: no le podemos seguir. (_Baja la escalera._)
ESCENA VII
Calle obscura. Casas á la derecha: á la izquierda, vallas de madera y
solares abiertos; en el fondo, un declive del terreno.
AUGUSTA.
No veo nada. ¿Por dónde va?
FELIPA, _señalando al fondo_.
Por allí... Parece que se cae... Señorito, por Dios, no sea loco.
(_Ambas tratan de seguirle._)
AUGUSTA, _avanzando decidida en la obscuridad_.
No le abandono, suceda lo que quiera... Alma mía, ¿dónde estás?
Aguarda. Tengo que hablarte..., escucha...
FEDERICO, _cuya voz se oye muy lejana_.
Leonorilla, no me sigas. Procura ser buena. Yo..., así. (_Suena el
tiro. Las dos mujeres se detienen espantadas._)
AUGUSTA.
Me muero... ¡Jesús, ampárame!
FELIPA, _avanzando, se inclina y palpa el terreno_.
Por aquí... ¡Ay, aquí está!... (_Tocando el cuerpo exánime._) ¡Qué
miedo!... (_Para sí._) Más muerto que mi abuelo... ¡Eh!, ¿qué es
esto?... La condenada pistola. (_Recoge el revólver._)
AUGUSTA, _da algunos pasos despavorida, y cae de rodillas_.
Yo también...
FELIPA.
Señorita, ¿dónde está usted? No veo. (_Buscándola. Recuerda que lleva
en su mano el revólver._) ¿Y qué hago yo con este chisme? No se me
vaya á disparar. (_Lo arroja por detrás de una empalizada próxima._)
Señorita, deme la mano... (_Encontrándola, la levanta del suelo con
vigoroso esfuerzo, tirándole de los brazos._) Vámonos de aquí...
pronto... Puede venir gente.
AUGUSTA.
Que venga. No me importa.
FELIPA.
¡No me comprometa, por Dios!... Vámonos. (_Tirando de ella._) Si ya
no tiene remedio... Que no nos cojan aquí.
AUGUSTA, _atolondrada, insensible_.
¿Adonde me llevas?
FELIPA.
Por aquí..., vamos... pronto... (_Quitándose una toquilla que lleva
sobre los hombros._) Póngase esto por la cabeza. Así... (_se la
pone_), para no llamar la atención. Ahora..., serenidad. Cogeremos un
coche, y á mi casa.
AUGUSTA.
Lo que quieras. Me dejo llevar. No tengo voluntad..., no tengo alma.
(_Huyen por la izquierda._)
ESCENA VIII
Salones en casa de Orozco. La misma decoración de la primera jornada.
Es de noche.
MALIBRÁN, VILLALONGA, _en la sala de la derecha_.
VILLALONGA.