Estoy en desgracia contigo. Con todo, acabarás por reconocer que este

acto entraña un profundo interés hacia ti. (_Orozco hace un gesto de

asombro._) No, no hay que asustarse de lo que digo, ni tratarme como

á un loco que trastorna el sentido de los conceptos. Con la mayor

entereza y sinceridad del mundo, digo y repito que este paso que

doy, más debe ser por ti agradecido que vituperado. Tomás, te estoy

haciendo un notable servicio en la ocasión presente. (_Con gravedad

suma._) Este viaje mío y la presentación del documento que acredita

una deuda sagrada, son prueba clarísima de amistad y de la parte que

tienes en mis afectos, porque obrando así te ahorro mil disgustos,

y te facilito la solución de lo que podía ocasionarte un grave

conflicto.

OROZCO, _irónicamente_.

Gracias, gracias... Me enternece tamaña bondad. No le creí á usted

tan magnánimo, amigo Viera.

VIERA, _con afectada resignación_.

Júzgame como se te antoje.

OROZCO.

¿Cuánto tiempo ha empleado usted en Londres preparando este negocio?

Y para lanzarse á perseguir la obligación perdida, ¿vino usted de

Nueva York á Inglaterra hace tres meses? ¿Por cuánto la ha vendido

Benjamín Proctor?

VIERA, _secamente_.

No la he comprado. Tengo poderes del poseedor para gestionar el

pago..., ¿quieres verlos?..., y para proponerte un arreglo que te

facilite la cancelación.

OROZCO.

La deuda es legal: yo no lo niego; pero surge la duda de que esta

obligación esté comprendida en el arreglo que se hizo en 1874. La

cuestión no resulta tan clara como usted supone. Es, por lo menos,

discutible el derecho de Benjamín Proctor á realizar este crédito.

VIERA.

Él lo juzga clarísimo, y quería desde luego ponerte en un aprieto,

planteando la cuestión jurídica. Yo, que te conozco y sé tu horror á

la curia y al papel sellado, quise prestarte un servicio, y propuse

á Benjamín intentar directamente un arreglo amistoso. Discutimos

el caso; hícele ver las dificultades y dispendios de un pleito en

España; le ponderé tu carácter conciliador, inclinado siempre á la

justicia, y por fin convino en contentarse con la mitad, cuarenta mil

libras, al contado... Te juro, amigo de mi alma, que he puesto de mi

parte en este asunto una desinteresada adhesión á tu persona y una

defensa leal de tus intereses, pues la comisión que me da Proctor,

en caso de éxito, apenas me basta para los gastos de viaje. Ahora

resuelve tú. (_Se sienta._)

OROZCO, _levantándose, entrega la obligación á Viera_.

Tome usted su papel.

VIERA.

¿Qué decides?

OROZCO, _con frialdad y aplomo_.

Decido... no pagar.

VIERA.

¿No reconoces la legalidad de la deuda?

OROZCO.

La reconozco; pero la declaro prescrita.

VIERA, _desconcertado_.

Reflexiona, Tomás; no te arrebates... Piensa en la sentencia aquella

del Supremo. Benjamín pleiteará, y te verás metido en un lío

espantoso, y perderás con costas.

OROZCO, _paseándose y mirando al suelo_.

Lo veremos. La cuestión es muy problemática, pues podremos sostener

que la sentencia del Supremo sólo comprendía las obligaciones de la

serie D.

VIERA, _clavándole la mirada_.

Eso no puede sostenerse, Tomás; eso es absurdo. Reconoce la lealtad

de la intención con que me presento á ti, y confórmate con el arreglo

que te propongo.

OROZCO.

No quiero. (_Plantándose ante él, y resistiendo con fría tranquilidad

la penetrante mirada de Viera._) Y voy á explicarle á usted la razón

de esta resistencia que, según veo, le sorprende tanto. Es que me

he cansado del papel de hombre recto y juicioso, que la opinión

pública se ha empeñado en hacerme representar. He visto que la

rectitud, practicada tan en absoluto, me trae más males que bienes.

Y resulta una cosa, amigo Viera: antes que los atenienses se aburran

de oir llamar justo á Arístides, el mismo Arístides se ha cansado de

serlo, y quiere igualarse á los demás. Yo había dado en la manía de

no ir con el vulgo, y ahora caigo en la cuenta de que se va mejor

por el camino que traza la muchedumbre. ¿Qué tal? Esta salida ha

desconcertado al amigo Viera, al ingenioso arbitrista, al aventurero

sagaz. (_Con cruel humorismo._) ¡Ah!, usted no contaba con ésta,

¿verdad?; dígalo con franqueza; usted fiaba en la decantada severidad

de mis principios, en esa fama que me han dado algunos tontos, la

cual ha venido á cargarme tanto, pero tanto, que me propongo no

perdonar ocasión de desmentirla.

VIERA, _para sí, confuso y atortolado_.

¿Pero este hombre se está burlando de mí, ó qué es esto? (_Alto._)

Juraría que tu cerebro no está en perfecto estado de equilibrio.

OROZCO, _volviendo á pasear sin agitación, á ratos deteniéndose ante

el otro_.

Con el pensamiento me será muy fácil transportarme al ánimo del

astuto Viera, y reproducir la serie de juicios que han determinado

este acto. Vamos á ver: usted entendió que el amigo Orozco era un

ardiente puritano, capaz de dejarse desollar vivo antes que retener

un maravedí que no le perteneciese, y se dijo: «Este es el hombre

que me conviene á mí. Compro la obligación por una bicoca, y de fijo

no vacilarán en dármela, porque la cuestión es compleja y obscura, y

los ingleses pasan por todo antes que pleitear en España; me presento

con mis papeles en regla; el hombre se asusta; la conciencia se

sobrepone en él al interés; su inflexible noción del derecho hace

mi negocio; cobro á tocateja, y hasta otra.» ¿Es éste, sí ó no, el

verídico proceso de la intención y las ideas de usted?

VIERA, _redoblando su astucia_.

Te veo ciegamente entregado á tu imaginación, querido Tomás, y cuanto

has dicho es una fantasía loca. En mí no hubo ni hay más intento que

el de servirte y ahorrarte penas y dinero.

OROZCO.

Pues ahora resulta que el virtuoso y rígido, el hombre de conciencia

intachable no existe más que en la infundada creencia de los tontos

que han querido suponerle así; resulta que Orozco es como todos los

que le rodean, ni perverso, ni tampoco santo; que desea mantenerse

en el justo medio entre la tontería del bien absoluto y el egoísmo

brutal de otros; que no quiere dejarse explotar, sosteniendo el

derecho estricto y la moral pura en cuestiones de intereses; que

defiende su peculio, hasta donde pueda, con el criterio de la mayoría

de los hombres de negocios; de todo lo cual resulta también que al

trapisonda que me escucha le ha salido el tiro por la culata, y que

por esta vez su maniobra ha sido un verdadero fracaso.

VIERA, _tragando saliva_.

Tú harás lo que gustes, y podrás sostener, en lo referente á pago

de deudas, ese criterio tan distinto de tus ideas de toda la vida,

y que no es, por más que digas, el criterio de la mayoría de los

hombres de negocios. Yo he cumplido contigo. Fracasadas mis gestiones

conciliadoras, te entenderás con Benjamín Proctor, que inmediatamente

entablará la acción contra ti.

OROZCO, _resueltamente_.

Ese señor hará lo que le acomode, y yo también, y si quiere pleitear,

que pleitee, pues el asunto no es claro ni mucho menos.

ESCENA VIII

_Los mismos._ AUGUSTA, _que entreabre cautelosamente la puerta del

foro y permanece indecisa, escuchando, sin atreverse á entrar_.

AUGUSTA, _para sí_.

Mi marido alza la voz. No puedo vencer mi curiosidad. ¿Entraré? No me

atrevo. Parece que el cometa lleva la peor parte, y que no se sale

con la suya. Su cara revela contrariedad, la rabia del reptil que se

siente pisado.

VIERA, _con sofocada ira_.

¡Ay! Mi situación es sumamente penosa, pues si tú no fueras quien

eres, un amigo de toda la vida, casi un hijo para mí, yo te diría lo

que pienso acerca de esa singular manera de entender el derecho y de

apreciar la oportunidad para el pago de deudas sagradas.

OROZCO.

Es lo que me faltaba, que usted me diese lecciones de conducta.

VIERA.

Me vería obligado á dártelas si no cayeras pronto en la cuenta del

daño que te haces á ti mismo. Yo espero que serás razonable, Tomás,

y que no consentirás que yo vaya ahora á Benjamín Proctor y le diga:

«aquel hombre á quien creíamos la conciencia más pura del mundo es

un negociante vulgar, que se aprovecha de las obscuridades de la

ley y se apoya en los embrollos de la curia para no pagar. En él

hay más astucia que virtud, y tiene todas las marrullerías de un

tendero insolvente ó de un zurupeto intrigante.» Y á pesar mío, habré

de ayudar á tu acreedor á apretarte las clavijas, porque no puedo

negarme á poner al servicio de la justicia mi conocimiento de la

curia española y de cómo se llevan aquí los negocios de cierta clase.

OROZCO.

Muy bien. Póngase usted al servicio de Benjamín, y ármeme todas las

trampas curialescas que quiera. Todavía, si se me antoja, seré yo

capaz de cancelar la obligación por una cantidad doble de lo que dió

usted por ella...

VIERA.

¿Ya vienes con miserias? Tomás, me ofendes con proposición tan

humillante. Me equivoqué al suponerte prendas extraordinarias; no

quisiera equivocarme también, teniéndote por generoso y viendo la

mezquindad con que le regateas á este infeliz un pedazo de pan. Nada;

no hay arreglo posible. Pleitearemos; tú lo has querido. Si sobre

quedar por los suelos y echar al arroyo tu fama, tienes que pagar el

total de la obligación, y de añadidura las costas, no me culpes á mí,

que me propuse hacerte un favor y evitar el desdoro de tu nombre.

OROZCO.

Gracias... En pago de esa abnegación, ¿sabe usted á lo que me hallo

dispuesto? Pues muy sencillo. Si usted insiste en aburrirme y en

amenazarme, yo, el hombre comedido, el puritano, la conciencia recta

y pura, no tendré empacho de tomarme la justicia por mi cuenta

(_parándose ante él y accionando sin afectación y con flemática

tranquilidad_) ni de romperle á usted el bautismo, así, muy

sencillamente, á lo santo, sin escándalo y como quien no hace nada.

AUGUSTA, _para sí, con alegría_.

Bien, muy bien.

VIERA, _levantándose, demudado_.

Tomás. No puedo tolerar eso... No lo admito sino como broma..., una

broma de mal género.

AUGUSTA, _que avanza decidida, presentándose_.

Y si hace falta otro guapo, aquí está.

VIERA, _inclinándose con afectada etiqueta_.

Augusta, señora mía... ¡Qué á tiempo llega usted, como enviada por el

cielo, para librarme de esta fiera que tiene usted por esposo!...

AUGUSTA.

Aquí la fiera no es él...

VIERA, _con servilismo, y como queriendo echarlo á broma_.

Hija mía, si hasta se ha permitido amenazarme de palabra y de obra.

¡Qué bromas gasta este modelo de ciudadanos y espejo de marido!

No sabe usted bien cómo se ha puesto. ¡Caramba! Todo por una mala

interpretación de mis rectas intenciones... Por Dios... Sea usted

juez de esta contienda, Augusta, usted que es un ángel.

AUGUSTA.

¿Juez yo? No he pensado entrar nunca en la magistratura.

VIERA.

¡Ay! Horrible tortura es para mí verme mal juzgado por personas á

quienes tanto quiero; por personas que son en mi ánimo lo primero

del mundo, la crema, el cogollito de la humanidad. (_Aturdido y

descompuesto._) Augusta, ¿quiere usted que la entere del asunto

que me trae aquí? Apuesto mi cabeza á que lo ha de juzgar con más

serenidad que su digno esposo, el cual ha sido hoy muy cruel con

el compañero y socio de su padre... ¿Le parece á usted que merezco

yo, el primer amigo de la casa, ser tratado como un...? No, Tomás;

no es propio de ti ensañarte con el débil. Tu misma superioridad te

obligaba á la benevolencia.

OROZCO.

Evitemos discusiones. (_Con desagrado._) Todo lo que cabe decir

sobre esto, dicho está ya por una parte y otra. Se me ha hecho una

proposición, y yo no he querido admitirla.

VIERA, _humillándose_.

Augusta, intervenga usted con su buen juicio, con su templanza, con

su apacible y dulce trato, más propio de ángeles que de mujeres. Si

en ninguno de los dos encuentro la consideración que creo merecer,

si ambos me rechazan con la misma dureza, sólo me resta decirles que

aunque los dos se empeñen en ello, no conseguirán tener en mí un

enemigo. Amigo soy y amigo seré siempre, y pruebas he de darles de

mi cariño, superior á todas las injusticias y desdenes. Yo tendré

mis defectos; no quiero hacer mi apología; pero nadie conoció en mí

la ingratitud. Yo no puedo olvidar que debo mil atenciones á esta

pareja feliz; no puedo olvidar tampoco que mi hijo, que mi querido

hijo, es mirado en esta casa como un miembro de la familia...

AUGUSTA, _para sí y con sobresalto_.

¿Adonde irá á parar este tunante?

VIERA.

Los favores que el hijo merece desagravian al padre..., y me consuelo

del mal trato viendo que en él se deposita la confianza que á mí se

me niega.

AUGUSTA.

No habiendo semejanza en la conducta, no puede haberla en... lo demás.

OROZCO.

Tiene razón.

VIERA.

Augusta siempre la tiene. Es la pura discreción, y yo acepto los

juicios que se digne formar de mí. Tomás, no debe ser implacable

con los débiles el hombre que ha recibido de la Providencia tantos

beneficios. Yo quisiera saber si hay algún bien de los concedidos

á la humanidad que tú no disfrutes. Y el mayor de todos, el que

remata y compendia todas tus felicidades es esta perla, este galardón

del cielo, esta mujer incomparable que más parece sobrenatural que

humana.

AUGUSTA.

Basta de flores... No me gustan fuera de tiempo.

VIERA.

Lo supongo. Si no fuera usted modesta, no sería lo que es. (_Con

refinada habilidad._) Tomás, la presencia de este ángel suaviza las

asperezas entre tú y yo. No me lo niegues. Te has humanizado desde

que ella entró.

OROZCO.

¡Válganos Dios! Si no es eso... Mi mujer, siempre que usted me hace

alguna visita, teme que yo le reciba con demasiada benevolencia.

VIERA.

¿Es cierto eso, Augusta?

AUGUSTA.

Ciertísimo.

VIERA.

No me doy por vencido. ¡De este modo, ingrata, paga usted los elogios

que le hice y los piropos que le eché!... ¡Ay, qué mala se va usted

volviendo! Tomás, Tomás, ten cuidado con ella.

AUGUSTA, _para sí_.

No puedo resistir el cinismo de este hombre.

VIERA.

Paciencia. He caído en esta casa con mala suerte. Recibís como á

enemigo al que viene con bandera de paz... (_Para sí._) Si no recojo

velas estoy perdido. (_Alto._) Tomás, ¿quieres que aplacemos para

otro día la cuestión que ha dado motivo á estas diferencias, y no

pensemos más que en renovar nuestra antigua amistad, en gozar de ella

como de un bien inapreciable? Yo tengo debilidad por ti, Tomás; yo te

quiero como á mi hijo...

OROZCO.

La comparación no resulta, porque es dudoso que usted quiera bien á

sus hijos.

VIERA, _aparte_.

Este cuáquero maldito me tapa todas las brechas... (_Alto._) ¡Si me

niegas hasta los sentimientos primordiales del hombre, entonces...!

(_Con fingida pena._) Amigo mío, quizás sin mala intención me estás

agraviando, sí, con verdadera saña. Tú no sabes lo que es amor de

hijos, porque no los tienes. En tu hogar falta la alegría, que es

fuente de la piedad y de la indulgencia. Augusta, ¿por qué no ha dado

usted familia menuda á este hombre? Amiga mía, yo quería encontrar á

usted un defecto, y al fin he dado con él. Si en este hogar hubiera

hijos, el pobre amigo menesteroso no sería recibido tan mal.

AUGUSTA.

Si doy ó no doy hijos á mi marido, eso no es cuenta de usted.

VIERA.

¡Quién sabe si se los dará todavía! Yo espero que sí. Hago votos

porque así sea.

AUGUSTA, _para sí_.

Su sarcasmo me envenena la sangre. (_Alto._) Me parece que esta

conversación es bastante impertinente.

VIERA, _para sí, con rabia_.

¡Grandísima tal, hállome atado de pies y manos ante ti, por

desconocer los enredos que de fijo tienes!

OROZCO.

Demos por terminado este asunto, y que esta conferencia sea la

primera y la última. Yo escribiré á usted, y le haré una proposición.

Si la acepta, bien, y si no, tiene el camino libre para proceder como

quiera.

VIERA.

_All right..._ He tenido la desgracia de encontrar aquí los corazones

abroquelados contra mi cariño. El uno con su desconfianza y la

otra con su huraña virtud, no han sabido comprender el celo y la

abnegación con que les sirvo. (_Afectando dignidad._) Está bien;

por eso no dejaré yo de ser quien soy. Mi conducta no variará. Soy

incapaz de venganza, y aunque sintiera estímulos de maldad, no los

dirigiría nunca contra personas para mí tan caras, contra personas

que considero buenas, deplorando su obcecación. Tomás, no te

molestará más este amigo, á quien no quieres comprender. Aguardo

en mi casa, hasta mañana, la proposición que te dignes hacerme.

Quédate con Dios... (_Da la mano á Orozco. Éste se la estrecha con

frialdad._) ¡Qué triste me voy... y qué daño me has hecho! (_Con

emoción muy bien fingida._) Dios te lo perdone. Y usted, Augusta,

sea feliz, ignore siempre cuánto me duelen sus palabras incisivas y

desdeñosas, y siga siendo compañera de este buen hombre, siga siendo

ornamento de la sociedad y orgullo de su familia y de sus amigos.

Dios quiera que pueda apreciar algún día que este infeliz no merece

ser recibido tan mal. Adiós. (_Retírase afectando profunda aflicción.

Para sí, en la puerta._) ¡Negocio destripado!... ¡Maldita sea mi

suerte, y mala peste os devore, cuáquero indecente y virtud relamida!

Si buen punto es él, buena punta es ella... Volveré. (_Sale._)

ESCENA IX

AUGUSTA, OROZCO.

OROZCO.

¿Has visto qué farsante, qué monstruo de astucia?

AUGUSTA, _recostándose en un sillón_.

Deja, deja que me reponga del terror que me causa. No lo puedo

remediar.

OROZCO.

¿Terror, por qué? A mí me causa risa. Es un histrión perfecto; pero

yo le calo la intención; la máscara que usa se transparenta á mis

ojos, y veo la cara del truhán verdadero bajo las muecas del falso

amigo.

AUGUSTA.

¡Qué hombre! Cuéntame. ¿Qué te proponía? Yo rabiaba de curiosidad, y

abrí un poco la puerta. Pero no pude enterarme bien... Creí entender

algo de una obligación olvidada.

OROZCO.

De las que llamamos _Proctor y Barry_.

AUGUSTA.

¿Pero es legítima? Porque ese pillo sería capaz de falsificar la

escritura como falsifica los sentimientos.

OROZCO, _pensativo_.

Es legítima. No creas que me pesa su descubrimiento. Puesto que la

obligación existía, vale más que se presente de una vez. Tengo la

seguridad de que no hay ninguna otra. Respecto á si ha prescrito ó

no, puede haber dudas, y de fijo un abogado travieso, con el sin fin

de leyes y disposiciones que rigen sobre la materia, encontraría

fundamentos legales en que apoyar la no cancelación.

AUGUSTA.

Yo temí que tu bondad te llevara á transigir; recelé que tus

escrúpulos de conciencia pudieran más que el sentido práctico de la

justicia. Pero he visto con gusto que por esta vez has puesto á un

lado tus filosofías, y que te resistes á pagar una deuda prescrita.

OROZCO, _después de una pausa_.

Hija mía, estás en un error. No has penetrado mi pensamiento.

AUGUSTA, _alarmada_.

Pues ¿entonces...?

OROZCO.

Aunque, contando con el dédalo de nuestras leyes, pudiera sostenerse

la prescripción, yo no la admito, no puedo admitirla, y el crédito

ese, como deuda sagrada, debe pagarse.

AUGUSTA, _cruzando las manos_.

¡Dios mío, ten piedad de mi pobre marido que ha perdido la razón!

OROZCO.

No digas disparates, ni juzgues tan de ligero lo que no has

comprendido bien todavía. Voy á explicarte mi pensamiento, y el plan

que he concebido...

AUGUSTA, _inquietísima_.

Tomás de mi alma, ¿serás capaz de dejarte coger en las malvadas redes

de ese miserable? ¿Serás capaz de dejarte conmover por su refinada

astucia y por su adulación infame?

OROZCO.

No te acalores antes de enterarte bien...

AUGUSTA.

Es que te veo al borde del abismo de tu bondad, de esa bondad que es

una desdicha, créelo, un pecado, una sugestión satánica...

OROZCO.

Ten calma, mujer.

AUGUSTA, _levantándose_.

No puedo tenerla. Tu filantropía ha venido á ser una verdadera

demencia. ¡Tomás, Tomás!

OROZCO.

Si no te callas y me oyes, no nos entenderemos.

AUGUSTA, _disparada_.

Imposible que nos entendamos, si no te curas de esa manía de la

bondad y de la indulgencia... Consulta el caso con papá, con Manolo

Infante, con todos nuestros amigos, y verás como todos me dan la

razón; verás como te aconsejan no reconocer la validez de ese

papelote que te ha presentado el monstruo. Esas deudas fiambres,

obscuras y antediluvianas no se reconocen nunca, Tomás. Sólo los

inocentes, los dejados de la mano de Dios, incurren en la tontería de

hacer de ellas un caso de conciencia. (_Con sarcástico acento._) En

una palabra, que quieren darte un timo, y tú, como esos que creen en

la paparrucha del dinero enterrado, aceptas el negocio.

OROZCO.

Estás graciosa, vida mía, y te oigo con muchísimo placer. Pero todo

te lo dices tú, y así no hay discusión posible.

AUGUSTA.

Pues habla..., explícate.

OROZCO.

Ante todo, no apoyes tu idea con el argumento de que debo hacer tal

cosa porque la hacen los demás. Hija de mi alma, sería insoportable

este plantón de la vida terrestre, si no se permitiera uno, de vez en

cuando, la humorada de hacer algo diferente de las acciones comunes y

vulgares. El papel de comparsa no me ha gustado nunca. Tampoco debes

ponerme delante de los ojos, como un emblema de sabiduría, la opinión

de tu padre, de Manolo Infante y de otros amigos. Sin ser vanidoso,

me precio de entender estas cosas mejor que ellos.

AUGUSTA.

Pues si esas opiniones no valen, valga la mía, y la mía es que no

pagues á ese pillo.

OROZCO, _sereno y sonriente_.

Pero si yo no te he dicho que pagaré á ese pillo, ni á ningún pillo.

AUGUSTA.

Has dicho que la deuda es sagrada...

OROZCO.

Y lo repito. Y añado que esa obligación pendiente pesa sobre mi

conciencia, y que no estaré tranquilo hasta que de ella no me

descargue.

AUGUSTA.

¡La conciencia! Grandes y bellas cosas ha hecho la humanidad en su

nombre; pero también, también hay que poner tonterías muy gordas en

el haber de los espíritus menguados, de esos que adoran la letra

de la ley... Explícate. ¿Quieres decir que alivias tu conciencia

pagando?...

OROZCO.

Pagando, sí; pero no he dicho que á Viera.

AUGUSTA.

Eso sí que no lo entiendo. ¿Es ó no Viera poseedor legítimo de la

obligación?

OROZCO.

Lo es. Antes que él entrase á verme ya sabía yo á qué venía, porque

hoy recibí carta de Horacio Miller, en la cual me dice que Viera

compró esta obligación por un quince por ciento de su valor nominal.

Lo supo por confidencia del propio Benjamín.

AUGUSTA.

¡Ah!... ¿Y piensas, para evitar disgustos, recogerla de manos

de Viera por el mismo quince por ciento y un poquito más, como

comisión? Falta que él quiera; pero en estos términos, sólo en estos

términos admito la idea de pagar. ¿Es esto lo que piensas tú?...

Dímelo pronto.

OROZCO.

No es eso. Pienso pagar íntegramente el valor nominal.

AUGUSTA.

¡Íntegramente! (_Consternada._) ¡Ay!, hijo de mi vida, yo voy á

buscar un médico. Tú estás malo de la cabeza... Por Dios, no hagas

tal disparate. (_Con ternura._) Ya ves, nunca hemos reñido. Todos

tus actos han sido aprobados y aplaudidos por mí. Verdad que siempre

fueron buenos; pero aunque no lo hubiesen sido, el cariño que te

tengo me los habría hecho ver como la misma perfección. Este acto

de ahora resulta de tal modo contrario á lo que yo entiendo por

bondad, que me veo en el caso de reprobártelo con todas mis fuerzas.

Y muy á pesar mío, sintiendo mucho disgustarte, me enfadaré contigo,

disputaré, chillaré, no te dejaré vivir; y ya no habrá en nuestra

vida común la paz de que hemos gozado durante ocho años; y todo será

discordia, rozamientos, tú por un lado, yo por otro, siempre de

puntas...

OROZCO.

¡Quién sabe! Puede que no.

AUGUSTA.

Me haré insoportable. Tendrás en mí un censor agrio, displicente,

quisquilloso... En fin, Tomás, que me tendrás que preferir á tu

conciencia, con tal de no ver tu casa convertida en una jaula de

leones.

OROZCO, _sonriendo_.

Sentiré mucho que te me insubordines; pero si lo haces, lo llevaré

con paciencia. He meditado bien la solución de este asunto, y puedes

tener la seguridad de que será un hecho.

AUGUSTA.

¿Contra mi voluntad?

OROZCO, _cariñosamente_.

De acuerdo con ella, porque he de convencerte, y en vez de tener

en ti una censora impertinente, tendré un apoyo decidido. Ven acá.

Siéntate aquí. (_Se sientan ambos._) ¿Hay mayor gloria, hay dicha

mayor que poder realizar un acto, en el cual resplandezca ese ideal

de justicia que rara vez se nos ofrece en el mundo en condiciones

fácilmente practicables? Hablo con una persona que sabe elevarse

sobre las ideas y las pasiones del vulgo, y me parece que seré

comprendido. Si no, peor para ti.

AUGUSTA.

Hasta ahora, no entiendo ni pizca.

OROZCO.

Esta aparición del cometa Viera es un hecho feliz, dispuesto para la

rectificación de uno de esos errores ó anomalías de la existencia

humana que nos hacen dudar de la Providencia. Vemos cosas en el

mundo, que parecen organizadas por el mal y para el mal; injusticias

que por su enormidad repugnan á la razón y al sentimiento; los

perversos imponiéndose á los honrados, y obligándoles á dejar de

serlo; los de condición benigna incapacitados de obrar bien, por las

influencias que les rodean. No desconocerás el poder y la importancia

de los bienes materiales en el orden de la vida. Las materialidades

mal repartidas, como por desgracia lo están, trastornan y aniquilan

el bien espiritual; y así, cuando se consigue rectificar, siquiera

sea mínimamente, esta calamitosa distribución del bienestar positivo,

se presta á la humanidad un servicio inmenso.

AUGUSTA, _para sí_.

Realidad: Novela en cinco Jornadas · 第 9 / 18 段