algún sentido lo que dice, ó es una sinrazón, una efervescencia del
talento descompuesto? (_Alto._) Querido, lo que dices significa, si
no soy tonta, que en el mundo hay muchos que carecen de lo que á
otros les sobra. Eso ya lo sabíamos, y es cosa resuelta que no está
en manos humanas el remediar ciertas desigualdades.
OROZCO.
A veces falla esa regla pesimista, y es lástima no intentar el
remedio cuando de ello hay ocasión. Examinemos el caso este
concretamente y con la pura lógica. Después vendrá su aplicación
á la práctica. Fíjate bien: la suma que representa la obligación
de Benjamín Proctor es una cantidad negativa en nuestra riqueza,
un _menos tanto_. Esa cantidad debió ser abonada íntegra por mí, y
no lo ha sido. Luego la retengo indebidamente en mi poder, no me
pertenece... Esto es claro como el agua.
AUGUSTA.
En absoluto, sí.
OROZCO.
Ya llegaremos á lo relativo. Sígueme ahora y calla. Conste que, en
principio, esa suma no me pertenece. La razón es razón, y la lógica,
lógica, y los números, números.
AUGUSTA.
Pero...
OROZCO.
Cállate. Que Benjamín Proctor haya vendido su deuda á Joaquín Viera,
eso no es cuenta mía. El valor legal del crédito no crece ni mengua
por los contratos á que da lugar, ni por las condiciones morales
del poseedor. Que éste sea un modelo de honradez ó un pícaro
redomado, no da ni quita la más mínima cifra al valor numérico de
la deuda. Nada podrás objetar á esto. Por consiguiente, la cantidad
representada por la obligación no es mía en este instante, sino de
Joaquín Viera.
AUGUSTA, _rebelde á la lógica_.
Pero, hijo mío, en la vida, en esta vida humana tan compleja, ¿se
puede razonar de ese modo? ¿Se han tratado así los negocios alguna
vez? Los escritorios de las casas de banca y de comercio, ¿están
poblados de ángeles, ó son hombres los que en ellos trabajan?
OROZCO.
Yo sé lo que son, tonta. Déjame concluir. Quedamos en que soy
deudor de Joaquín Viera; que éste es mi _inglés_ neto, y que no hay
lógica divina ni humana que me libre del deber de darle lo suyo.
Cierto que yo podría, sin escandalizar al mundo, defenderme del
pago amparándome en la ley, mejor dicho, haciéndome el perdidizo en
la selva intrincada de nuestras leyes. Éstas, y más aún la curia,
con sus tramitaciones y diligencias inacabables y el embrollo que
de ellas resulta, me favorecerían, bien para no pagar, bien para
hacer un arreglo que redujese el desembolso á una mínima cantidad.
Esto se hace siempre. Alegando mil razones jurídicas y veinte mil
argumentos de sofistería forense, conseguiríamos no pagar ó pagar
muy poco. De seguro que Joaquín llevaría la peor parte en una
contienda ante los tribunales, y no sabría salir, como yo, del bosque
espesísimo de nuestro enjuiciamiento civil. Pero yo, en conciencia,
no puedo ni debo aminorar mis obligaciones pleiteando. Prefiero pagar
íntegramente á pagar un poco al acreedor y un mucho á la curia. Dejo
á un lado el amor propio; reconozco el crédito, y lo que no es mío no
debe estar en mi poder.
AUGUSTA.
Volvemos á lo mismo, á que caes en las redes del monstruo ese, y le
regalas... (_con irritación_), porque esto es regalar, Tomás, esto es
proteger á los caballeros de industria.
OROZCO.
No, vida mía, porque yo no pagaré al caballero de industria sino poco
más, muy poco más de lo que él ha dado á Benjamín Proctor.
AUGUSTA.
Entonces no pagas íntegramente.
OROZCO.
Sí, pagaré íntegramente; pero no á Joaquín.
AUGUSTA, _confusa_.
No te entiendo. ¿Pues no dices que es el único poseedor legítimo?
OROZCO.
Sí, hija mía. Pero aquí entra lo relativo; aquí cesa de funcionar
la letra de la ley moral, y entra en funciones el espíritu. ¿No
hemos convenido en que Joaquín es un monstruo? Entre las muchas
responsabilidades que tiene ante Dios y los hombres, la más notoria
es la perversa educación que á sus hijos dió, el abandono en que los
ha tenido, faltos de medios de subsistencia. Esta penuria ha motivado
lentamente en Federico ciertos hábitos de mal género, el desorden y
angustias humillantes de su vida; en Clotilde, su indecorosa manera
de buscar marido. El enmendar la obra de Joaquín Viera, ¿no es por
ventura un acto de alta justicia, de esa justicia que antes llamé
relativa, y que viene á resultar absoluta, de lo más absoluto que
podemos concebir? (_Augusta no dice nada. Su estupefacción la hace
enmudecer._) ¿Comprendes ahora mi pensamiento, tonta? Yo propondré
al monstruo pagarle el veinticinco por ciento de su crédito, y tengo
la seguridad de que acepta. Gana un diez por ciento, si es que llegó
á dar el quince, que yo lo dudo. La aspereza con que le recibí le
habrá quitado toda esperanza de mejor arreglo, y no se lanza él á
los azares de un pleito obscuro y de éxito dudoso. Como hombre muy
necesitado, que vive siempre al día, es de los que prefieren pájaro
en mano á ciento volando. Le conozco bien, y estoy segurísimo de
que aceptará. Pues bien, con el resto, hasta el total del importe
de la obligación, constituiré un fondo que asegure á Federico y
á Clotilde una renta decorosa, poniéndolo á su nombre en títulos
intransferibles. Federico podrá vivir de este modo en modesta
holgura, y si es hombre capaz de apreciar los beneficios de la vida
ordenada, no dudo que su nueva situación bastará á corregirle de
ciertos resabios. He pensado también que la distribución no debe,
en justicia, hacerse por partes iguales, porque Federico tiene
deudas y Clotilde no. Además, el que será marido de ésta dispone de
otros medios de vivir, que á su cuñado le faltan, por lo cual juzgo
equitativo asignar á Federico dos partes y una á Clotilde. Detalle es
éste discutible, y que podrá modificarse con los reparos que pongas á
mi plan, del cual has dicho tantas perrerías antes de conocerlo.
AUGUSTA, _en un rapto de entusiasmo_.
Tomás, hay que rendirse á tu bondad y á tu entendimiento, que ya
me parecen sobrenaturales... ¡Qué hombre! ¡Qué gloria para mí
tenerte!... (_Le abraza con efusión._) Debo adorarte de rodillas...
¡Qué grande eres!
OROZCO.
¿Apruebas mi plan?
AUGUSTA.
¿Cómo no? (_Llora._) ¿Ves? Se me saltan las lágrimas de alegría...,
de admiración... (_Para sí, conteniéndose._) ¡Dios mío..., me
estoy vendiendo..., qué indiscreta soy! (_Alto._) Pero no... Si tu
increíble generosidad me entusiasma como rasgo de exaltada simpatía
humana, con la fría razón, como esposa tuya, debo decir que me
parece un acto de... de hermosa locura..., un disparate que raya en
lo sublime. (_Confundida._) En fin, todo lo que quieras. Nunca me
opondré á tu voluntad en cosas de esta naturaleza. Cuanto imagines
será acertado y merecerá mi aprobación.
OROZCO.
Ahora sólo falta que el tontín de Federico, con su carácter
susceptible y vidrioso, nos suscite dificultades. Todo podría ser.
Hay que salirle al encuentro. Háblale tú. Preséntale la cuestión con
tacto y diplomacia.
AUGUSTA.
¿Yo...? (_Cortada._)
OROZCO.
Y te encargo expresamente que procures alejar de su ánimo toda idea
de gratitud.
AUGUSTA.
¡Por María Santísima, Tomás! ¿Cómo pretendes que no agradezca...?
¿Quieres que sea tan monstruo como su padre?
OROZCO.
No es eso. Que agradezca en su fuero interno todo cuanto le plazca;
pero que no lo manifieste á nadie, y menos á mí. Me gustaría que no
viese en esto una generosidad mía, sino un caso legal. Persuádase
de que el donativo le viene de su padre, no por voluntad de éste,
sino por una combinación que los favorecidos no deben examinar ni
discutir... En fin, que no puedo descender á estos pormenores.
Fácilmente concibo una idea, y la convierto en hecho con poderosa
voluntad; pero en la aplicación flaqueo..., lo reconozco. (_Con
inquietud._) Encárgate tú de estas menudencias de la realidad.
Hazle ver que esto no es donación, que es más bien una triquiñuela
encaminada á fines de justicia... (_Nota que Augusta, profundamente
pensativa, no presta atención á sus palabras._) ¿Te enteras de lo que
digo? ¿En qué estás pensando?
AUGUSTA, _turbada_.
Nada...; pensaba... Sí... te escucho... Justo, una triquiñuela...
Perfectamente. Estamos conformes.
OROZCO.
Mis pretensiones van más lejos aún. Yo aspiro á que Federico y
Clotilde se reconcilien, á que vivan juntos los dos, es decir, los
tres, y que Santanita y Federico se miren como lo que deben ser,
como hermanos.
AUGUSTA.
Paréceme mucho pretender, Tomás.
OROZCO.
Te advierto que Santana es una gran capacidad para la administración.
Yo que Federico, me entregaría á él en cuerpo y alma para el gobierno
de mi casa y de mis intereses. Conviene indicarle esto para que se
vaya acostumbrando á la idea de las paces con sus hermanos.
AUGUSTA, _dando un gran suspiro_.
¡Ay, nobles ideas; pero qué inmateriales, querido! Son como formas
vaporosas que parecen figuras. Intentamos cogerlas, y se nos
desvanecen entre los dedos.
OROZCO.
Sutil estás.
AUGUSTA.
¿Quién no lo estará oyéndote? Inspiración contagiosa. Tu pensamiento
brilla demasiado para que en mí no se refleje algo de su luz. Mi
desgracia es que no puedo seguirte á esas esferas del bien supremo.
Veo la realidad mejor y más de cerca que tú, porque soy peor que
tú, claro está, y porque vivo más próxima al suelo. Tu proyecto
de reconciliar á Federico con Santanita, y de que vivan juntos y
confundan sus intereses, me parece un delirio.
OROZCO.
Soluciones que en principio nos parecen irrealizables, en la
práctica y por suave gradación llegan á ser posibles y aun fáciles.
Sé que Federico, al pronto, se sublevará; pero hay que empezar por
manifestarle este proyecto y sugerirle la reconciliación. Abordemos
la delicada empresa... (_Con una idea repentina._) Convendría
enterarle por escrito...
AUGUSTA, _vivamente_.
¡Ah!, sí, yo le escribiré... Es mejor; así se expresan las ideas con
claridad y se dice lo que conviene. Déjalo de mi cuenta. (_Turbada y
desanimándose._) Pero no..., no sé... ¡Ah!, Tomás, yo dudo mucho que
ese hombre...
OROZCO.
La rutina se rebela contra el bien, harto lo sé, como el niño que se
resiste á tomar las medicinas. Pero es nuestro deber mandarle que
las tome. Se me figura que dando á todos los medios de vivir bien y
de ser felices, es imposible que ellos se obstinen en amarrarse á
la desgracia. El bienestar lleva en sí mismo una fuerza persuasiva
incontrastable. Yo tengo fe, y nadie me quita este placer íntimo,
este regocijo de conciencia, por haber intentado corregir, con
medios prácticos, una grave anomalía social. Créelo, hija mía:
el único goce efectivo es éste. Lo demás es miseria, pequeñez,
satisfacción de antojos pueriles... (_Se sienta junto á la chimenea,
y contemplando el fuego, cae en profunda meditación._)
AUGUSTA, _para sí, observándole con fijeza y temor_.
Inquietud vivísima llena mi alma. No sé qué siento; no sé qué temo.
¿Esto que veo es grandeza de alma en su grado mayor, ó ebullición
intelectual producida por un desquiciamiento del cerebro? ¿Serás tú
la perfección humana, y no podré yo comprenderte por ser, como soy,
tan imperfecta? (_Con exaltación._) Impulsos siento de adorarte, como
adoramos á los seres sobrenaturales; y de rodillas ante ti, como
si estuvieras en un altar, te diría que nada hay entre tú y yo que
nos una, nada que humanamente nos ligue, nada más que el lazo del
culto que te debo y que te tributaré. Soy poco para ti en el orden
espiritual, porque soy simplemente una mujer. Eres mucho para mí,
porque has dejado de ser un hombre.
_Pone la mano sobre la cabeza de Orozco, el cual, profundamente
abstraído, parece no darse cuenta de la proximidad de su esposa._
JORNADA CUARTA
ESCENA PRIMERA
Vestíbulo del teatro Real.
MALIBRÁN, _paseándose de largo á largo, abstraído. Saluda
maquinalmente á alguna de las personas que entran dirigiéndose á la
puerta central de butacas ó á la escalera de palcos_.
¡Cuánto tarda! ¿Si no vendrá?.. (_Mira su reloj._) No son más que las
nueve y media. Rabio por darle á entender con un par de reticencias
buenas, pero buenas, de las que yo echo... cuando me pisan... que
le he descubierto la madriguera. ¡Caramba! ¡No me ha costado pocos
plantones, ni han sido breves los ratos de espionaje! Y yo me
pregunto: ¿qué sentimiento me impulsa á obrar así? ¿Será el despecho?
¿Y qué quiere decir despecho? No; muéveme la suprema ley de amor
propio, reguladora de todo el vivir humano... Esa tonta me desairó;
no supo apreciarme en lo que valgo, y debo hacerle comprender que no
se juega impunemente con una persona como esta que aquí se pasea. Lo
mejor es que, sin habérmelo propuesto, realizo un acto de justicia,
y heme aquí persiguiendo el crimen, desenmascarándolo y poniéndoselo
delante á quien debe y puede castigarlo. Porque yo no pararé hasta
no abrir los ojos á ese Orozco bendito, que para todo tiene vista de
lince y sólo para las desviaciones de su mujer padece de cataratas.
¡Yo se las batiré, como hay Dios!... (_Frunciendo el ceño._) ¿Pero
qué vocecilla impertinente se permite susurrar dentro de mí que esta
es una empresa de perfidia y traición? ¡Bah! Resabios de la moral
infantil, de todo ese estúpido fárrago de instrucción primaria que le
meten á uno en el cuerpo antes de poder distinguir racionalmente el
mal del bien. No; seamos justos con nosotros mismos: en lo que traigo
entre manos, veamos un propósito de reparación y de alta moralidad...
¡Cuidado si es torpe la conducta de esa mujer! Si al menos faltase
conmigo á sus deberes, conmigo, que descuello sobre el vulgo por
la superioridad y la extensión de mis talentos, por mi figura...
(_Parándose brevemente ante un espejo, al dar la vuelta._) Sobre
esto no cabe duda. Yo sostengo que una de las cosas más relativas
que hay en el mundo es la moral del amor y del matrimonio. Las
faltas de más grave apariencia dejan de serlo, ó se atenúan, cuando
ponen de manifiesto el buen gusto de la culpable. ¡Pero caerse del
lado de ese vulgar y trapacero, de ese zángano, de ese ignorantón
de Federico!... ¡Qué ignominia! El grado de responsabilidad de la
mujer que se desvía, depende de la buena ó mala mano que tenga para
elegir. ¡Gallarda interpretación de la ley, que sólo podemos hacer
los que gastamos filosofías muy finas y muy hondas! Me atrevería yo á
desarrollar esta tesis y á convencer á la humanidad del alto sentido
que encierra... (_Parándose otra vez ante el espejo._) Para eso se
necesita talento, y tú le tienes... (_Sigue paseando._) ¡Qué guapo
soy! Y sobre ser tan guapo, llevo estampada en esta cara la sutileza
y finura de mi crítica moral y social. Y á modales, ¿quién me gana?
¡Caracoles, qué modales y qué distinción! Yo mismo, con estas rutinas
cursis de la modestia, no me doy cuenta de mis atractivos personales
sino por los efectos que causa en el mujerío. ¡Ay! Esta tontuela
de Augusta me pagará su necedad... La he cogido, ¡pero qué bien!,
en su propia trampa. ¡Y cuidado si tomaron precauciones los muy
zorros! ¡Escondrijitos á mí! No, conmigo no os valdría el ocultaros
en el centro de la tierra... ¡Vaya que tiene suerte ese botarate
de Federico! A lo que él va, ya lo sé yo: á buscar quien le pague
las trampas. Ya estoy viendo las partidas que la señora le carga en
cuenta á su marido por el capítulo de alfileres... No están malos
alfileres, bribona, los que tú gastas... ¡Qué obcecación de mujer!...
¡Simpleza mayor que no quererme á mí! Lo que yo digo: es estúpida,
de lo más estúpido, de lo más negado que Dios ha echado al mundo.
Sólo tiene aquel barnicillo de cultura, graciosa y chispeante...
¿Pero qué puede esperarse de una mujer que dice que le gusta el
barroquismo, de una mujer que aborrece el arte ojival, que detesta
á los místicos y á los dramaturgos, y pone en solfa á Rafael y á
Racine?...
ESCENA II
_El mismo._ CISNEROS, VILLALONGA.
CISNEROS, _por Malibrán_.
Aquí le tiene usted. Con esa carita de _santi boniti barati_, es el
más desorejado galopín que anda por estas tierras.
VILLALONGA.
Y el corruptor de las personas graves y sesudas como yo. Este fué el
que me arrastró á la _juerga_ de anoche, de que le hablaba á usted
hace un momento.
MALIBRÁN.
No, D. Carlos, él fué mi Mefistófeles. Yo estoy en mi oficina tan
tranquilo, y se aparece allí este genio del mal y me saca por los
cabellos para llevarme á lugares nefandos. No hay defensa contra él,
y esas canas que gasta le sirven para engañar más fácilmente á los
jóvenes inexpertos como yo.
CISNEROS.
Buen par de tomos están los dos, el uno con sus honradas canas
y el otro con sus cuernecitos ó sortijillas sobre la frente...
(_Observando el pelo de Malibrán._) Y á mí no me la da usted,
Cornelio; usted se tiñe el pelo y la barba.
MALIBRÁN, _bromeando_.
Ya lo creo. Con la tinta del tintero. Vaya, no sea usted envidioso,
Carlitos, y resígnese á su vejez caduca. Villalonga y yo somos pollos
tiernos todavía, aunque usted no quiera.
CISNEROS.
Sí, ya sé que anoche os habéis puesto como pellejos en casa de _La
Peri_.
MALIBRÁN.
¿Quién se lo ha contado á usted?
CISNEROS.
Este felpudo. Por supuesto, no me digáis á mí que os divertís los
muchachos ó viejos verdes de esta generación. Ya no hay alegría, ya
no existe el dulce humor, ni el delirio de bacanal de otros tiempos.
Desde que ha cundido esto que llaman ilustración, los muchachos, ya
sean jóvenes absolutos, ya jóvenes relativos como vosotros, no saben
divertirse. Se ha perdido la norma del escándalo gracioso y de los
desatinos con donaire...
VILLALONGA.
¡Vamos, que si hubiera usted venido con nosotros anoche...!
CISNEROS.
¿Yo? Me divertí en mi tiempo más de lo que quise, y con una
intensidad de alegría de que no podéis tener idea. Porque ya no hay
buen humor; es más, yo sostengo que ya no hay mujeres.
VILLALONGA, _con malicia_.
Pues mire usted, éste nos refirió anoche cosas que prueban que las
hay.
CISNEROS.
Hola, hola...
MALIBRÁN.
No fué nada, D. Carlos; bromas de este bigardón.
VILLALONGA.
Bien sabe usted que es un gran investigador de Bellas Artes, punto
fuerte en pintura antigua. Pues ahora se ha dedicado á descubrir
cuadros vivos.
CISNEROS.
¡Ah, pillo!
VILLALONGA.
Y tiene un ojo de perito, que vale cualquier cosa. Aquí donde usted
le ve, con su diplomacia y su... equilibrio europeo, tiene la
intención de un Veragua; y como le dé por los descubrimientos, crea
usted que hemos de ver cosas muy buenas.
CISNEROS, _con buena sombra_.
Hablad con claridad, hijos míos, que el lenguaje enigmático ya sabéis
que no se ha hecho para mí. Me gusta expresar las ideas directamente,
y detesto los rodeos y parábolas. ¿De qué nefando contubernio se
trata? Decídmelo; ya sabéis que lo admitiré, porque en su propia
naturaleza lleva el hecho la verosimilitud. Y si me apuráis, no sólo
lo admito, sino que lo disculpo, porque de menos nos hizo Dios. Somos
frágil barro.
VILLALONGA.
¡Y tan frágil!... Que le cuente á usted Cornelio...
MALIBRÁN, _con socarronería_.
Nada, D. Carlos, es que descubrí un cuadro de los muchos que hay
ocultos y perdidos. Y no es de autor anónimo, ¡caracoles!...; asunto
erótico... Las figuras no las conoce usted...
CISNEROS.
Como si las conociera. ¿Y qué? Sois los mayores mentecatos que
me he echado á la cara. ¿Creéis que yo me asusto de vuestros
descubrimientos? ¿Qué podría resultar?, ¿que fueran personas
conocidas, amigas mías ó de mi familia?
MALIBRÁN, _vivamente_.
No, no lo son.
CISNEROS.
Pues entonces... (_Restregándose las manos._) Contar, contar. Vengan
ratas.
VILLALONGA.
Muy sencillo: éste dió en buscarle las vueltas á la mujer de un amigo
nuestro, que tiene fama de virtud arisca, la mujer, se entiende.
CISNEROS.
¿Mujer de un amigo nuestro?...
MALIBRÁN.
¡Si aunque se vuelva loco no lo ha de acertar usted!...
_Entran de la calle Orozco y Augusta._
ESCENA III
_Los mismos._ OROZCO, AUGUSTA.
CISNEROS.
¡Qué horas de venir!
AUGUSTA.
¿En qué acto están?
MALIBRÁN.
Han empezado el segundo.
OROZCO.
Hemos comido tarde... Día para mí de ocupaciones fastidiosas... No
me dejan vivir. Son como las moscas, que si uno se las sacude, se
irritan y vuelven con más coraje.
CISNEROS.
No se puede ser modelo de nada en estos tiempos. Como den en llamarle
á uno modelo de cualquier cosa, aunque sea de ciudadanos, ya se
puede encomendar á Dios. ¡Ah!, y á propósito. Yo decía: «le tengo
que contar una cosa á Tomás», y no acertaba con lo que era. Ya me
acuerdo. ¿Sabes que estuvo Joaquín Viera á despedirse de mí?
OROZCO.
¿Sí? Pues por casa no ha parecido.
_Augusta toma el trazo de Malibrán para subir al palco. A su lado,
Villalonga. Detrás, á bastante distancia, suben Cisneros y Orozco._
CISNEROS.
Está furioso contra ti. Dice que le recibiste como á un perro.
OROZCO.
Como se merecía. (_Con satisfacción._) Y hablará perrerías de
nosotros.
CISNEROS.
Lo que no puedes figurarte. Que eres un ingrato, un egoísta sin
entrañas, y no sabes comprender la abnegación con que mira por tus
intereses.
OROZCO.
No creo que exista tunante más gracioso.
CISNEROS.
Dice que por no chocar, y por darte una prueba más de benevolencia,
acepta la proposición denigrante que le hiciste.
OROZCO.
Denigrante..., eso es. Así la llama en la esquela que me escribió
cerrando el trato. ¿Pues qué quería? He sido con él generoso hasta la
esplendidez.
CISNEROS.
Habías de oirle. ¡Qué lengua! Ya sabes que yo no me espanto de nada.
Pues tuve que suplicarle mudara de conversación. En fin, que se
marcha mañana.
OROZCO.
Ya lleva cuerda para algún tiempo. No tiene motivos de queja, pues
por una obligación prescrita le he dado casi el doble de lo que pagó
por ella... ¿Y habló con usted algo de su hija Clotilde? Porque tengo
curiosidad de saber...
CISNEROS.
¡Ah!, sí... Pues contentísimo. Es hombre de una llaneza patriarcal.
Ni asomos de los escrúpulos de su hijo. Por él, si la niña quiere
casarse con el verdugo, que se case. En medio de su extravagancia,
tiene rasgos de ingenio donosísimos. Asegura que en la determinación
de Clotilde influye el instinto de renovación de la raza española,
repugnando los entronques aristocráticos y similares, y prefiriendo
el cruce con las razas inferiores, que son las más sanas.
OROZCO.
Tiene chiste.
CISNEROS.
Vamos, que me reí un rato con él; y al fin volvió á vomitar denuestos
contra ti, llamándote jesuitón, cuáquero, chupador de la sangre del
pobre, rico avariento, y qué sé yo qué.
OROZCO.
Bien, bien, bien.
_Augusta y Malibrán entran en el palco. Villalonga, Orozco y Cisneros
se detienen en el pasillo, donde aparece el conde de Monte Cármenes._
ESCENA IV
OROZCO, CISNEROS, VILLALONGA, MONTE CÁRMENES.
MONTE CÁRMENES.
Aquí estoy esperando á que se acabe el dúo. No puedo resistir al
tenor, con ese braceo como si estuviera cogiendo moscas, y esa voz
que parece la de un gato cuando le pisan la cola.
VILLALONGA.
¿Y cómo no dice usted _bien, perfectamente bien_?
MONTE CÁRMENES.
Yo no juzgo al tenor, y si lo he juzgado, me desdigo. No me gustan
juicios temerarios. Sólo que no me divierto oyéndole, y mientras él
se gana el pan pegando gritos, yo salgo á fumar un cigarro.
OROZCO.
¿Y Pepita?
MONTE CÁRMENES.
Más animada. En nuestro palco está. Pase usted á verla y se lo
agradeceré, que allí tenemos á nuestro pobre Cícero dándole matraca.
Entre él y ese tenor de la clase de grillos, me hacen la vida infeliz
las noches de ópera.
CISNEROS.
Dígame, Conde: ¿fué usted también de los que anoche se subieron á la
parra en casa de _La Peri_?
MONTE CÁRMENES.
¡Yo! D. Carlos, no me confunda con usted mismo. Yo no voy á esos
sitios execrables y pecaminosos.
OROZCO.
Si anduvo usted en malos pasos, ¿por qué negarlo ahora? Nosotros no
se lo hemos de decir á Pepita.
CISNEROS.
¡Oh!, yo sí, yo se lo diría, si este pillín no me asegurara bajo su
palabra que no estuvo.
VILLALONGA.
No; el Conde no va sino cuando no hay nadie..., como usted.
MONTE CÁRMENES, _mascando el cigarro_.
¿Yo?... ¡Buenos estamos D. Carlos y yo para fiestas! Nos hemos
cortado la coleta.
CISNEROS.
Es mucho decir. Que uno sea honesto y cumpla la ley de Dios, no
significa que se corte nada.
OROZCO.
¿Entramos ó no?
MONTE CÁRMENES.
Me parece que ha concluído el dúo. (_Tira el cigarro_.) Voy al palco
de mi primo. (_Se aleja, y retrocede llamando á Orozco._) ¡Ah!,
Tomás, se me olvidaba. Usted ¿cuándo piensa ir á las Charcas?
OROZCO.
El sábado por la noche. Vienen dos días de fiesta, domingo y lunes la
Candelaria. ¿Se anima usted?
MONTE CÁRMENES.
Es posible. (_Se dirige hacia el extremo del pasillo curvo. Orozco,
Cisneros y Villalonga entran en el palco de Monte Cármenes._)
ESCENA V
Interior del palco de Orozco.