Acepto la lección, y admiro á ese tipo, por lo mismo que es el

reverso de mi medalla, mi revés moral.

OROZCO.

Ese es de los que no necesitan ayuda de nadie. Su propio instinto y

su acometividad social le abrirán camino.

MALIBRÁN.

Protejámosle, lo que quiere decir que le proteja Orozco en nombre de

todos. Usted le favorece, y él nos lo agradecerá á los demás.

_Sirven el café._

UN CRIADO.

Un joven está ahí, que pregunta por el señor.

TODOS.

Él, él es.

INFANTE.

¿Delgadito, mal color, ojos negros, el pelo al rape, gabán muy viejo?

CRIADO.

El mismo.

OROZCO, _un poco molesto_.

¡Que todos los moscones de Madrid han de caer sobre mí!

AUGUSTA, _al criado_.

Dile que pase al despacho. El señor le recibirá... (_A su marido._)

Ea, fastídiate, corazón de granito.

OROZCO, _fingiendo buen humor_.

Como recibirle, sí... ¡Pobre tonto! No es cosa de ponerle en la

calle. Pero se irá como ha venido. (_Por Infante._) Éste, este

métome-en-todo es quien me ha echado el mochuelo.

INFANTE.

Yo no. Recuerdo muy bien que le dije: «Vaya usted mañana»; pero

ese es de los que no padecen la enfermedad española del _mañana_;

profesa la teoría de que _mañana_ quiere decir _hoy_.

VILLALONGA.

¡Hoy! Dichoso el que sabe agarrarse al hoy antes que pase, porque ese

llegará primero que los demás.

MALIBRÁN.

Y encontrando los mejores sitios desocupados, se apoderará de ellos.

AUGUSTA.

No le dejes ir sin esperanzas. Hazlo por mí, por todos los presentes,

que tomamos al gran Santanita, al futuro millonario, bajo nuestra

alta protección.

OROZCO, _sonriendo_.

Esperanzas, sí; todas las que quiera, pero realidades no podrá sacar

de mí. Me sacudiré la mosca... No sé qué se figuran... Francamente,

es cosa de traer á casa una pareja de Orden Público. Yo aseguro á

ustedes que este impertinente no volverá más por aquí. (_Toma el café

de un sorbo y sale._)

ESCENA V

_Los mismos, menos_ OROZCO.

AUGUSTA.

¿Pero ustedes se han creído que le va á echar á cajas destempladas?

MALIBRÁN.

¡Cómo he de creer yo tal cosa! Felicitemos á nuestro protegido,

porque le está cayendo el maná.

AUGUSTA.

Si Tomás dice que no hace nada por él, no le lleven ustedes la

contraria. Finjan más bien creer que le ha echado por la escalera

abajo. _I promesi sposi_ están de enhorabuena. No les faltará pan

para sus hijitos, y seguramente tendrán uno cada año, porque estos

matrimonios ilusionados, que se afanan por el nido antes de tenerlo,

son horriblemente fecundos.

MALIBRÁN.

Lo que á mí se me ocurre, señora mía, es que con estas filantropías

van ustedes á perder á uno de los amigos más leales y consecuentes.

Federico, cegado por la soberbia, dirá: «El amigo de mis enemigos es

mi enemigo.»

AUGUSTA.

Una cosa es decirlo y otra... ¡Ay!, ante la soberanía de los hechos,

no hay orgullo que no se rinda tarde ó temprano... Esta es mi

opinión. Y por mi parte, he de hacer los imposibles porque Federico

se reconcilie con su hermana. No es mal sermón el que le espera esta

noche, si parece por aquí.

VILLALONGA.

No le reducirá usted con sermones. Está fuera de sí. Anoche creí que

me pegaba porque se me antojó disculpar á Clotilde.

MALIBRÁN.

Corazón fiero, orgullo indomable, ideas anticuadas y consistentes,

de esas que desafían con su firmeza el empuje de la opinión vulgar;

ideas macizas, que serían muy buenas en una época de acción y de

unidad, pero que se vuelven ineficaces y hasta ridículas en una época

de inestabilidad, de polémicas y de dudas.

AUGUSTA.

¡Cuando digo que estamos hoy muy sabios!...

MALIBRÁN.

No lo puedo remediar. Mi pedantería es hija de los desengaños,

que me han obligado á estudiar la vida. Compadézcame usted en vez

de zaherirme por lo que sé. Y sé más (_con fineza de dicción y de

intención_), mucho más de lo que usted cree.

AUGUSTA.

No, si yo no he puesto límites ni fronteras á su sabiduría. Es que,

francamente, me pareció que había examinado usted con buena crítica

las ideas de Federico.

MALIBRÁN.

De quien nada ofensivo dije. Conste. No hay motivo, pues, para que

usted se altere.

AUGUSTA, _ligeramente desconcertada_.

¡Yo!... ¡Alterarme yo!

MALIBRÁN.

Un poquitín, aun antes de que yo completara mi juicio. Me faltaba

añadir que de su mismo orgullo, de su susceptibilidad extrema y de

la pugna entre sus ideas y sus medios sociales, nacen los hábitos de

envilecimiento que á pesar suyo le dominan, y que son su desgracia

irremediable y su problema insoluble.

AUGUSTA, _devorando su ira_.

Todas esas cosas, ¿por qué no se las cuenta usted á él?

INFANTE, _con sequedad_.

Habla usted de hábitos de envilecimiento, y me parece que no se ha

fijado usted en la significación de la palabra. De otro modo, haría

mal en sostenerla. Yo afirmo que Federico es un caballero.

MALIBRÁN, _rectificando_.

No lo he dudado nunca... Esos hábitos, que todo el mundo conoce,

deben de ser calificados quizás de un modo más suave, tratándose de

un amigo. Emplearemos otra palabra.

AUGUSTA.

Mejor sería no haberla pronunciado.

MALIBRÁN.

No fué mi intención ofenderle.

INFANTE, _para sí_.

Decididamente, el italiano éste es de una blandura fenomenal. No

entra, no entra, por más que se le pongan picas hasta el hueso.

AUGUSTA.

Vamos, usted quiso decir que Federico no es caballero.

INFANTE, _para sí_.

¡Qué bien me le capea ésta!... Pero no entra... Cada vez más huído.

MALIBRÁN.

Perdone usted, amiga mía. Jamás califico yo acerbamente á una persona

con quien me une amistad. (_Para sí._) ¿Quieres una estocada? Pues

allá va. (_Alto._) Lo que yo quise decir es que caballerosidad y

necesidad rara vez se llevan bien. ¡Ay de aquél en quien estos dos

estímulos se reúnen! En público son muy difíciles de conciliar,

y sólo en la esfera privada pueden algunos armonizarlos. En el

misterio, en los escondites que labran el miedo y la prudencia, se

hacen cosas que, á la clara luz del día, son condenadas con cierto

énfasis. Hay dos esferas ó mundos en la sociedad: el visible y el

invisible, y rara es la persona que no desempeña un papel distinto en

cada uno de ellos. Todos tenemos nuestros dos mundos, todos labramos

nuestra esfera oculta, donde desmentimos el carácter y las virtudes

que nos informan en la vida oficial y descubierta.

AUGUSTA, _vivamente_.

Perdone usted, Malibrán; todos no: la tendrá usted; pero eso de todos

es un poco fuerte. (_Para sí, con ira disimulada._) ¿No habría quien

le parara los pies á este majadero?...

MALIBRÁN, _para sí_.

Vuelve por otra. (_Se levanta._)

AUGUSTA.

Pero qué, ¿nos deja usted ya?

MALIBRÁN.

Ya debiera estar en el Ministerio.

AUGUSTA.

No me acordaba... (_Irónicamente._) Es tan grata su compañía, y nos

adormece de tal modo el encanto de su conversación, que olvidamos lo

necesaria que es su presencia en el Ministerio para que marchen bien

los asuntos exteriores.

MALIBRÁN, _para sí_.

Búrlate todo lo que quieras. Ya me la pagarás.

AUGUSTA, _estrechándole la mano_.

Váyase usted prontito. No le retengo, no quiero tener la

responsabilidad de una catástrofe europea.

MALIBRÁN.

Tema usted las domésticas, no las internacionales. Y cuando se

dispare el primer cañonazo, avise usted á los buenos amigos. ¿Llamar,

eh?

VILLALONGA.

Dos toques y repique. (_Dándole la mano._) Adiós, diplomático.

Memorias al marqués de Salisbury.

MALIBRÁN.

De tu parte. Adiós, Infante. (_Vase._)

ESCENA VI

_Los mismos._ OROZCO.

OROZCO, _entrando, con semblante risueño_.

Vamos, le despaché... Se va el pobrecillo muy descorazonado. Pero yo

¿qué le he de hacer? Pues sólo faltaba que...

AUGUSTA, _con gracejo_.

Eso es: fuertecillo. ¡Qué genio vas echando, hijo de mi alma!

OROZCO.

Lo siento; pero no he podido darle ni esperanzas siquiera.

AUGUSTA.

Sí, te lo conozco en la cara.

VILLALONGA.

Su cara revela satisfacción.

INFANTE.

La satisfacción de las malas acciones.

OROZCO.

Ni buenas ni malas.

AUGUSTA, _en voz baja á Infante_.

¿Pero tú le crees?

INFANTE.

¿Qué le hemos de creer? Para mí, Santanita se ha puesto las botas.

VILLALONGA.

Permítame usted, amigo Orozco, que no dé crédito á su modestia. Lo

mismo nos dijo usted el otro día, cuando vino á importunarle aquel

vejete arruinado de la Plaza Mayor, y después supimos que á la

calladita le puso usted una tienda nueva, un comercio de gorras.

OROZCO, _excitado_.

¿Quién ha dicho eso? ¡Es calumnia!

VILLALONGA.

¡Calumnia!

OROZCO, _dominándose y riendo_.

El que tal diga falta á la verdad. ¿Conque de gorras, eh? Tiene

gracia.

AUGUSTA _hace señas á Villalonga para que se calle_.

¡Eh!, chitón, indiscreto.

INFANTE.

Son voces que hace correr la maledicencia.

AUGUSTA.

No se hable más de eso. En resumidas cuentas, puesto que tú no

quieres proteger al rey de las hormigas, le echaremos nosotros un

cable.

OROZCO.

¡Bueno estoy yo para protecciones! ¿Quién me defenderá á mí de la

fiera que me amenaza hoy, y que no tardará en presentarse?

INFANTE.

Ya sé quién es. Joaquín Viera, el papá de Federico, que llegó anoche.

VILLALONGA.

¡Demonio! Cuidado con ese, que es el primer sable de América... y de

Europa.

INFANTE.

¿Quiere usted que le recibamos Villalonga y yo y le paremos la

estocada?

AUGUSTA, _con viveza_.

Eso sería lo mejor. Sí, sí, Tomás, que le reciban éstos y le pongan

las peras á cuarto.

OROZCO.

No puede ser. A ese maestro de maestros no le sabe parar nadie más

que yo. Dejádmele á mí.

AUGUSTA.

Hijo de mi vida, tiemblo por ti; temo á tu bondad, á tu miedo al

escándalo.

OROZCO.

¡Quiá! Que escandalice todo lo que quiera. No sé qué lío se traerá.

Ya lo veremos.

AUGUSTA.

Estoy en ascuas. No tendré tranquilidad hasta que no le vea salir de

casa. ¿A qué hora viene?

OROZCO.

A las tres. (_Hablan aparte Orozco y Villalonga._)

AUGUSTA.

Faltan diez minutos. Siento escalofríos.

INFANTE.

¿Te pones mala?

AUGUSTA.

Creo que sí, y si la visita se prolonga, quizás... Me bullen en la

cabeza presentimientos de no sé qué desdicha.

INFANTE.

Si no sales á paseo, te acompañaré en casa.

AUGUSTA.

No, no salgo. Pero no me acompañes; te aburrirías. Tengo muy mal

humor esta tarde.

INFANTE.

Yo lo tengo pésimo. Si dos negaciones afirman, de dos displicencias

puede salir un rato de agradable entretenimiento.

AUGUSTA.

No; de dos displicencias que se funden, sale de seguro la hora negra,

la hora de la contradicción y del tirarse los trastos á la cabeza.

Hoy es un día en que me peleo yo con el lucero del alba, á poco que

me exciten. Querido Manolo, si aprecias mi amistad, echa á correr y

no aportes por acá hasta la noche.

INFANTE.

Se me figura que Malibrán te ha puesto de mal humor.

AUGUSTA, _fingiendo tranquilidad_.

A mí, no. Estoy acostumbrada á sus tonterías, y le oigo como si

leyera los chascarrillos de la sección amena de un periódico.

INFANTE.

Mucho cuidado con él.

AUGUSTA.

Ya lo tengo... ¡Ah!, vaya si lo tengo. Conque, Infantito de mi vida,

¿me quieres hacer un favor? Te lo agradeceré mucho.

INFANTE.

Pide por esa boca.

AUGUSTA, _con zalamería_.

Que te marches, y perdona la grosería. Quiero estar sola con mi

marido.

INFANTE.

El egoísmo matrimonial es tal vez el más respetable. Me sacrifico,

hija, me sacrifico á tu deseo, y te ofrezco mi ausencia como el más

fino de los homenajes. (_Le estrecha la mano._)

AUGUSTA.

Oye, Infantito mío: para que tu fineza sea colmada y yo tenga algo

que añadir á la gratitud que te debo, llévate á Villalonga.

INFANTE.

Si no quiere irse _por su pie_, me le llevaré á cuestas.

AUGUSTA.

Gracias. Vales un imperio.

INFANTE, _á Villalonga_.

Eso es, entreténgase usted charlando, y la comisión de reforma del

catastro sin poderse reunir por falta de vocales.

VILLALONGA.

Tiene usted razón. Vamos allá. (_A Augusta._) Patrona, ¿será usted

tan buena que me deje marchar?

AUGUSTA.

No debiera hacerlo. Por mi gusto le pondría á usted habitación en

esta casa, y no le permitiría salir sino para dar un corto paseíto

higiénico... Pero como se trata del catastro, que es una cosa muy

buena, no quiero que me llamen rémora; no debo ser obstáculo á los

progresos de la administración, y le doy á usted permiso para que se

largue con viento fresco, cuanto más pronto mejor. (_Villalonga é

Infante se despiden de Augusta. Un criado entra y habla en voz baja

con Orozco._)

AUGUSTA.

Ya está ahí. Tenemos el cometa en casa. Tomás, por Dios, mucho pulso.

Contente. Pon frenos y más frenos á tu bondad. Trátale como merece.

(_Para sí._) ¡Dios mío, qué intranquila estoy, y qué extraños, qué

indefinibles temores me acechan en las revueltas de mi conciencia!

ESCENA VII

Despacho en casa de Orozco.

OROZCO, JOAQUÍN VIERA.

VIERA, _abrazándole con efusión_.

¡Tomás de mi alma!...

OROZCO.

Joaquín.

VIERA.

¿De salud, bien? ¿Y tu mujer? ¡Siempre tan guapa, tan buena!...

Lástima que no tengáis hijos. La felicidad parece que no es completa

en el matrimonio, cuando no hay familia menuda que lo alegre, lo

adorne y lo santifique. Pero aún puede ser que... Sois muy jóvenes...

¡Qué placer me causa verte! Te conocí niño, después mozo, hombre

por fin; y las afecciones primeras se renuevan en el alma cuando

envejecemos. Tu padre y yo, más que amigos, fuimos hermanos, y á

ti te he mirado siempre como hijo. Abrázame otra vez. Sé que no me

tienes gran afecto; mas no por eso te retiro el mío, y me sirve de

consuelo el corresponder á tu tibieza con el ardor de mi cariño. Yo

soy así.

OROZCO.

Gracias. ¿Y qué es de la vida de usted?...

VIERA.

Hijo mío, mi vida es la continua privación de los bienes que apetece

mi alma. Nada más conforme á mi carácter que la estabilidad. Pues

heme aquí privado de los goces del hogar, errante por naciones

extranjeras, sin oir la voz de un ser amado, sin ver el rostro de

una persona de mi sangre y de mi raza. ¡Qué sino el mío, Tomás!

Tres grandes atractivos tiene la existencia para un hombre de mi

temple y mis inclinaciones: la familia en primer término; después la

tierra, ó sea la propiedad; después los libros, ó sea el estudio y

la contemplación de la Naturaleza. (_Con ternura y acento firme._)

Mi ideal de vida sería éste: mis hijos conmigo; debajo de mis pies,

un triste pedazo de suelo que cultivar, sin ambición, ni envidioso

ni envidiado; y como solaz, media docena de libros buenos. Créelo,

éstos son los únicos bienes apetecibles y además las únicas amistades

fecundas y verdaderas: la familia, manantial de goces infinitos; la

tierra, que te devuelve generosa los cuidados que pones en ella, y el

libro sano y ameno, que te deleita, te calma y te instruye. Pues nada

de esto me concede Dios á mí. Sin duda me priva de lo que más amo,

para concedérmelo en otro mundo mejor.

OROZCO.

Si los hechos correspondieran á las intenciones ó á las palabras, no

dudo que tendría usted todo eso que desea.

VIERA.

¡Los hechos, los hechos! ¿Sabes tú lo que has dicho? ¡Los hechos!

Eres feliz; heredaste una gran fortuna; te viste encarrilado desde

la niñez en la vida regular, y andas aún con la velocidad que te

imprimieron. Todo lo encuentras llano, fácil... Los hechos son para

ti una serie de movimientos maquinales, instintivos. Para los que

se impulsan á sí propios, los hechos son el movimiento externo, los

encontronazos, las sinuosidades del camino, pues de los obstáculos

mismos hay que valerse para dar un paso. Mis hechos, Tomás querido,

no son míos, y es injusticia juzgar estas cosas aisladamente.

Aprécialas en conjunto, abarca de una mirada el mecanismo social,

y fíjate en la posición que tenemos en él los desheredados de la

fortuna. Es preciso que todos vivamos, Tomás; no se ha hecho el mundo

sólo para que lo disfruten los capitalistas. Has visto en mí acciones

que te desagradan. ¿Pero tú, talento superior, alma elevada, aplicas

á todos los casos la moral cominera y menuda? No, hijo mío; á ti te

corresponde medir con la gran regla. Lo harías sin trabajo, si te

hubieras formado en la adversidad; pero tu talento debe suplir la

experiencia, que te falta. No me juzgues, por Dios, con el criterio

del vulgo necio. Tú no eres vulgo, Tomás, ni lo serás nunca, aunque

vivas en la atmósfera creada por él.

OROZCO, _con benevolencia_.

¡Lástima que ese gran ingenio no se emplee mejor! Suele ofrecernos la

humanidad este contraste, y es que la gente ordenada se cae de sosa,

y los traviesos y desarreglados tienen toda la sal de Dios. Sin

duda la vida aventurera, de arbitrios sutiles y de combinaciones muy

calculadas, fomenta en los hombres el donaire. No sé si Dios tendrá

dispuesto que la bohemia y los caracteres picarescos desaparezcan al

fin con la aplicación completa de la disciplina moral. Si así fuera,

¡qué lástima!, porque lo picaresco parece un elemento indispensable

en el organismo humano.

VIERA.

Sí, sí; es preciso que haya de todo, querido, y cree que el mundo no

ha de variar gran cosa en sus aspectos generales, por mucho que lo

pulimente el saber de los hombres, y eso que los periódicos llaman

conquistas de la civilización. La diversidad de medios de vivir ha

de corresponder siempre á la variedad y muchedumbre de caracteres y

de móviles. (_Con agudeza._) Si la moral de los catecismos llegara á

imperar en absoluto, y se acabaran la bohemia y la raza picaresca,

como tú has dicho, el mundo sería insoportable de insulsez. En

tal caso, la humanidad, harta de sí misma, se suicidaría, no por

individuos, sino por naciones; emplearíanse cantidades enormes de

dinamita para volar continentes enteros; nos aborreceríamos por

pueblos y por castas; nos cargaríamos tanto, que nuestras guerras

serían mil veces más feroces que las de los tiempos primitivos.

OROZCO, _riendo_.

Original, graciosísimo. Pero no perdamos tiempo, Joaquín, y sepamos

el objeto de su visita y de su viaje que, según parece, son uno mismo.

VIERA, _con emoción_, _estrechándole las manos_.

Mucho me duele que todas mis aproximaciones á ti tengan siempre un

objeto... poco grato, al menos en apariencia. No puedes figurarte la

pena que esto me causa.

OROZCO, _con serenidad_.

No se apure usted, y vea cuán tranquilo estoy. Si he de ser franco,

sus arranques de sensibilidad no me conmueven. Los miro como un medio

de insinuación, lo mismo que sus alardes de ingenio.

VIERA, _bajando los ojos_.

¡Oh!, no; te lo juro. Cree que siento en este instante una pena...

OROZCO.

¿Por qué?

VIERA.

Por lo desagradable del asunto que aquí me trae... Pero no creas;

también yo, con auxilio de mi razón, sé rehacerme y quitar á la

pena todo fundamento lógico, poniendo el acto este en su verdadero

terreno. Vamos á ver: si yo te asegurase que el asunto que aquí me

trae me parece, cuando pienso mucho en él, que envuelve un vivo

interés hacia ti, ¿qué dirías?

OROZCO, _riendo_.

Pues diría que me parece una cosa muy rara, y que sería preciso que

me lo probara usted para creerlo.

VIERA.

Te lo probaré, si tú me ayudas con tu buen juicio y tu manera amplia

de ver las cosas. El criterio vulgar diría que yo vengo á molestarte.

Si tú no fueras quien eres, lo creerías así. Siendo Tomás Orozco, no

lo puedes creer.

OROZCO.

Para que yo forme juicio, lo principal es que sepa claramente de qué

se trata.

VIERA.

Paciencia, amigo mío, paciencia. Eres un hombre superior. Si yo no

lo supiera por mi observación directa, lo sabría por la fama de

que gozas. (_Enfáticamente._) Inteligencia clara, puntos de vista

elevados, conocimiento de la realidad, ideas tolerantes; además, gran

corazón, abierto siempre á la indulgencia y á la piedad; honradez á

toda prueba, sentimiento vivo del decoro y de la posición, aptitud

grande para ver lo íntimo de las cosas...

OROZCO, _interrumpiéndole_.

Basta, basta de incienso.

VIERA.

Concluyo...; ya sé que el incienso te asfixia. Lo empleo como

argumento para decirte que siendo tú quien eres, la conciencia más

pura que hay bajo el sol, no has de tolerar nada contrario á la ley,

ni has de convertir en provecho tuyo la propiedad ajena; en suma, que

has de tener á gala y orgullo el devolver á sus verdaderos poseedores

lo que ilegítimamente, por olvido ó negligencia, no por malicia, está

en tu poder.

OROZCO, _agriamente_.

¿Y qué es eso que no me pertenece, y que yo retengo en mi poder?

Sepámoslo.

VIERA, _con la mano sobre el pecho_.

¿Dudas de mi palabra?

OROZCO.

¿Pues no he de dudar?

VIERA.

Pues mi palabra sola te ha de convencer, sin necesidad de apelar á

la prueba legal. Quiero darme el gusto de que te persuadas por lo

que yo te diga, porque tus dudas acerca de mi lealtad me lastiman

profundamente. Escúchame: ¿Te acuerdas de las obligaciones de

_Proctor y Barry_?

OROZCO, _reconcentrando sus ideas_.

Sí que me acuerdo. Todas fueron canceladas, parte hace diez años,

parte hace cinco. Sobre esto no tengo duda.

VIERA.

Todas menos una, Tomás; aguza la memoria. No se diga que estoy más

enterado de tus asuntos que tú mismo.

OROZCO.

Menos una, es cierto, que había sido reservada por el viejo Proctor

para su hija mayor, la cual tenía, además, una póliza de seguro en

la _Humanitaria_. Y la obligación esa, que no se presentó en tiempo

oportuno, se liquidó después al liquidar la póliza... Espere usted, á

ver si recuerdo bien. (_Confuso._) ¡Ah!, la liquidamos cuando murió

la hija de Proctor, allá en...

VIERA.

En Bombay. Pero no fué como tú dices, Tomás de mi vida: haz

memoria...; no fué así. Liquidasteis la póliza; pero la obligación,

que era de las de ocho mil libras, quedó pendiente por no encontrarse

el documento original. Se hizo una información, que no resultó clara,

y el asunto quedó en tal estado. Los Proctor murieron todos en una

serie de catástrofes y desgracias de familia. ¿No lo recuerdas?

Wigham, afectado de locura, se tiró al mar en la travesía de

Boulogne á Folkestone; Guillermo falleció de la disentería en Nueva

Zelanda; Isaac pereció en un naufragio...

OROZCO.

Sí, todo lo recuerdo; y la hermana murió á consecuencia de haberse

tragado un huesecillo de ave.

VIERA.

Sólo queda Benjamín, que ha recogido á los hijos de Adelaida Proctor.

OROZCO.

¿Y ese Benjamín es el que descubrió la obligación trasconejada?

VIERA.

Cierto.

OROZCO.

Comprendido. A ver... Venga, (_Con impaciencia.) _Quiero ver qué

trazas tiene ese documento.

VIERA, _flemático_.

Aguárdate un poco. Deseo prevenir todas tus suspicacias. Como no

podrás dudar de la autenticidad del documento, me vas á decir que ha

prescrito, pero yo te probaré que no.

OROZCO.

Seguramente ha prescrito. No habiéndose presentado en el arreglo de

1874...

VIERA.

Veo que tu memoria es flaca, querido Tomás, y que además, por querer

contradecirme, incurres en graves errores, de los cuales tu clara

inteligencia saldrá sin esfuerzo á poco que yo te ilumine. Recuerda

el caso aquel, bastante parecido á éste, en que creíamos todos que

la obligación del Banco de Navarra había prescrito, y el Tribunal

Supremo declaró que el plazo de prescripción de estas obligaciones no

podía depender de los plazos de arreglo que fijaran los liquidadores

de la _Humanitaria_. Es esto cierto, ¿sí ó no?

OROZCO, _meditabundo_.

Cierto es; pero enséñeme usted...

VIERA, _sacando un papel_.

Ahí está. Examínalo con la prolijidad que quieras. (_Mientras Orozco

examina con profunda atención el documento presentado por Viera,

éste se levanta y con las manos en los bolsillos se pasea por la

habitación, hablando para sí._) A ver por qué registro sales ahora,

jesuitón, cuáquero de mil demonios. Estás cogido. La red es hermosa,

y admirablemente tejida con hilos legales, y por más que la busques

no encontrarás malla rota para escabullirte. (_En alta voz._) ¿Qué

piensas de eso? ¿Cabe en ti la sospecha ó el recelo de que la

obligación pueda ser falsa?

OROZCO.

No; es legítima.

VIERA.

Luego yo no soy un falsario, querido Tomás. Devuélveme tu estimación,

porque..., dilo con franqueza..., cuando te anuncié mi visita

pensaste que yo te armaba alguna trampa como esas que se estudian en

los presidios, y que se llaman _entierros_.

OROZCO.

No pensé eso, aunque sí una cosa semejante.

VIERA, _suspirando_.

Realidad: Novela en cinco Jornadas · 第 8 / 18 段