Bien puedes echar á correr. Levantado está.

ESCENA II

_Las mismas._ FEDERICO, _que entra por el foro_.

BÁRBARA, _tratando de escapar por la derecha_.

Por aquí me escabullo.

FEDERICO.

¡Eh!... ¿Quién es esa que huye de mí? Bárbara.

CLAUDIA.

Quédate, mujer, que no te comerá.

BÁRBARA, _medrosa y turbada_.

Mi marido me espera.

FEDERICO.

Tu conciencia no te permite ponerte delante de mí.

BÁRBARA.

¿Mi conciencia? Yo no tengo culpa de nada. (_Temblando._) Bastante le

dije á la niña que no hiciera locuras.

FEDERICO.

¡Valiente hipócrita estás tú! Entre las dos me habéis jugado una

partida serrana. Debiera poneros en la calle, después de daros una

mano de azotes.

CLAUDIA.

¡Pues no dice que nosotras...! ¡Josús! ¡No me incomode..., después

que...!

FEDERICO.

Silencio. Ya sé que me aborrecéis. ¡Bien merecido lo tengo por lo

bien que me he portado con vosotras!

BÁRBARA.

¡Aborrecerle! Eso sí que no, aunque usted no nos puede ver.

FEDERICO.

¿Cómo está Vicente?

BÁRBARA.

Mejor; pero no puede seguir en la ambulancia. Es preciso que le

asciendan, llevándole á la central. Usted puede hacerlo.

FEDERICO.

¡Yo!

BÁRBARA.

Sí, usted. Pero no se interesa nada por quien bien le sirve. Que

vivamos ó que nos muramos, lo mismo le da.

FEDERICO, _con desvío_.

¡Así reventarais!... Efectos de contagio. Hablando con ellas, me

siento también grosero.

BÁRBARA, _para sí_.

Está de buenas. Aquí que no peco. (_Alto._) Asciéndame usted á mi

marido.

FEDERICO.

¡Que te le ascienda yo!

BÁRBARA.

Si usted quiere, bien podrá hacerlo; pero lo dicho, no nos hace caso,

y es todo _ingratituz_. Conque me le empuja, ¿sí ó no? Basta con que

le pida una recomendación al Sr. de Orozco, que es tan amigo del

director de Correos.

FEDERICO, _con desabrimiento_.

¿Y qué tengo yo que ver con el Sr. de Orozco?

BÁRBARA.

Toma; que son ustedes uña y carne.

FEDERICO.

Vete al diablo, y déjame en paz. (_A Claudia._) ¿Quién ha venido hoy?

CLAUDIA.

Los del jubileo de todos los días. _Inglesitis._

FEDERICO.

¿Ninguno se ha roto la crisma al subir ó al bajar?

CLAUDIA.

Ninguno. Yo sí que ya no tengo crisma de tanto calcular las

respuestas que debo darles.

FEDERICO.

¿Y papá ha salido?

CLAUDIA.

Sí, señor; pero viene á almorzar.

FEDERICO.

Pues vete á la cocina, que es tarde. Ea, dame acá ese chiquillo.

(_Toma de los brazos de Claudia el niño, y le mima y zarandea._)

Ven acá, Fefé, ángel de Dios. ¡Qué gusto tener un amigo inocente y

puro, que no se permite otra malicia que tirarnos de las barbas! (_El

chiquillo suelta la risa._) Bien, bien, eres feliz conmigo. Esto

consuela.

CLAUDIA, _al chiquillo_.

Sol del mundo, soberano pontífice, regente del reino..., no le beses,

que es muy malo. Pégale, pégale.

FEDERICO, _besando al niño_.

Me quiere más que á ti. Lo que él dice ahora con esos gruñiditos es

que desea estar solo conmigo, y que os larguéis pronto.

CLAUDIA.

Gloria patri, ¿verdad que no?

BÁRBARA, _para sí_.

Acariciando al niño, nos engatusa este perro y hace de nosotras lo

que quiere.

CLAUDIA, _para sí_.

Es un buenazo. ¡Lástima que no tenga dinero! Es lo único que le falta.

FEDERICO.

¿Qué rezongáis ahí? A la cocina, tarascas, y dejarme en paz con mi

amigo Fefé.

BÁRBARA, _para sí_.

Ahí te quedas. No hay quien le sufra. Y sin embargo, ni él puede

vivir sin nuestros mordiscos, ni nosotras sin sus rasguños. (_Vanse

las dos._)

ESCENA III

FEDERICO, _con el chiquillo en brazos_; _después_ JOAQUÍN VIERA.

FEDERICO.

¡Qué noche he pasado! Esta vileza de mi hermanita ha concluído de

anonadarme. (_Se pasea.) _¿Tendrá razón Infante sosteniendo que toda

la culpa es mía? Pues aunque cien veces lo sea, no transijo con ese

cursi maldito. ¿No es verdad, Fefé, que debo mantenerme inflexible?

Tú estás en lo cierto. Yo soy como soy, y no puedo ser de otra

manera... (_Confuso._) Y en verdad que no puedo entender por qué

causa me es insoportable este vilipendio, mientras que acepto otros

y los llevo conmigo, acostumbrándome á su peso como al peso de la

ropa que me cubre. Lo que llamamos dignidad, ¿será función social

antes que sentimiento humano? ¿Será ley de ella escandalizarnos de

la ignominia que se hace pública y apechugar con la que permanece

secreta?...

VIERA, _entrando por la izquierda_.

Bien por los hombres madrugadores. ¡Levantado á las doce del día! Yo

pensé que almorzaría solo, y almorzaremos juntos. _All right_. (_Se

sienta en un sofá._) ¡Pero, chico, qué cambiado está nuestro viejo

Madrid! Hasta pisos de madera me le han puesto. El lugareño con

botas de charol. He salido á dar una vuelta, y el plum-plum de las

caballerías sobre el entarugado, el sordo ruido de los coches y el

olor de la creosota me daban la impresión de Londres ó París.

FEDERICO.

Sí; ha cambiado algo por fuera en los últimos tiempos. Pero por

dentro está como tú lo dejaste.

VIERA.

Siempre es el perdido de buena sombra y de muchas trazas, que

se contenta con las apariencias del vivir, viviendo en realidad

muy mal... ¿Sabes lo que pareces tú ahora? Un San Cristóbal, de

esos que hay en las catedrales. Y el nene es precioso. ¿A quién

sale, siendo su padre más feo que su madre, que es cuanto hay que

decir?... No (_observando al chiquillo_), no puede ser obra de

Pepe. (_Alzando la voz, mira hacia la puerta de la derecha._) ¡Ah,

Claudia, Claudia, veo que siguen los descuidos!... (_A Federico, que

se pasea meditabundo._) Dame pronto de almorzar, que tengo muchísimo

que hacer. Y te advierto que mi primera diligencia es ir á ver á

Clotilde. No, no te enfurruñes. No puedo seguirte por el camino de la

intolerancia caballeresca. Cada uno obra según su carácter y el medio

en que respira. ¡Vivimos en atmósfera tan distinta! Yo en un país

democrático y rico, donde los apellidos y las posiciones aparentes

no suponen nada; tú en un país sin dinero, donde la exterioridad

lo suple todo, y donde las posiciones oficiales hacen las veces de

riqueza. Nunca aspiré á que mi hija se casara con un noble, con un

millonario. Modestísimo en mis pretensiones, y conociendo el país,

me ilusionaba con verla esposa de un capitancito de Artillería ó

Ingenieros, ó con un abogadillo de chispa, que andando el tiempo se

hiciera diputado, y quizás ministro. A ti, que hacías veces de padre,

te correspondía el arreglarlo de este modo. ¿Pero qué pasó? Que

dejaste á la niña entregada á sí misma, y la pobre tuvo que elegir

entre lo que veía. Si en vez del capitancito de Artillería nos ha

resultado un chico de mostrador..., es sensible; pero ya no tiene

remedio. Claro que no me gusta; pero yo no forcejeo con la realidad.

¿Qué? ¿Hemos de abandonar á la pobre niña? ¿Estamos en el caso de

hilar muy fino, muy fino? ¿Quién sabe si el joven ese saldrá listo y

trabajador, y poseerá el arte de estos tiempos, que consiste en traer

legalmente á las arcas propias el dinero que anda por las ajenas?

¡Quién sabe si Clotilde habrá labrado, sin saberlo, su porvenir, y el

tuyo y el mío, y estará en estos instantes preparándonos una vejez

decorosa y tranquila! Ea, no seamos intransigentes ni pesimistas.

Aceptemos la realidad, y dentro de ella, saquemos el mejor partido

posible de los hechos que no dependen de nuestra iniciativa.

FEDERICO.

No me decido á conceder que tengas razón, ni afirmaré que no

la tienes. Sea lo que quiera, yo no transijo. Es cuestión de

temperamento. Ciertas ideas me dominan á mí, antes que yo pueda ni

aun siquiera formar el propósito de dominarlas.

VIERA.

Ya hablaremos de eso más despacio.

FEDERICO, _para sí_.

Ha perdido toda idea del decoro de su nombre. (_Se sienta, y pone al

niño sobre sus rodillas._)

_Entra Bárbara y da una carta á Viera._

VIERA, _examinando el sobre_.

Es de Tomás. Conozco su letra jesuítica. (_La abre._) Me cita para

las tres. Eso sí: no es de los que huyen el bulto.

FEDERICO, _malhumorado_.

Bárbara, llévate este chiquillo, que molesta.

BÁRBARA, _aparte_.

Tan pronto se entusiasma con las criaturas como se cansa de ellas.

¡Ay!, de todo se cansa. (_Tratando de coger al chiquillo, que grita,

patalea y se resiste á pasar á sus manos._)

FEDERICO.

Fefé, no seas malo. Vete con tía Bárbara.

VIERA.

Prefiere estar con nosotros. El angelito gusta de la sociedad. Ea,

dámele acá. (_Le toma en brazos._) Conmigo. ¡Qué bien! Mira qué

contento. Tú eres de casta de señores. Bárbara, puedes marcharte y

que nos den pronto de almorzar. Dispongo de poco tiempo, y hay mucho

que hacer esta tarde. (_Sale Bárbara._)

FEDERICO.

¿Qué ocupaciones son esas, dí? Por Dios, yo te suplicaría..., yo te

agradecería mucho que dejases en paz á Orozco. Es un hombre excelente.

VIERA, _zarandeando al niño y haciéndole cabalgar sobre sus rodillas_.

No niego su excelencia; pero que me la pruebe pagando lo que debe...

Anda, caballo...; agárrate, valiente.

FEDERICO.

¿Pero qué crédito es ese? Sin ofenderte, yo dudo mucho que sea un

crédito real y efectivo.

VIERA, _con socarronería_.

Buena idea tienes de mí. Aquí no entendéis de negocios, y rendís

homenajes demasiado serviles á la delicadeza, madre del no comer y

amparadora de la insolvencia. Los negocios son negocios, y se tratan

con la crudeza que enseñan los números, lo cual nada quita á las

efusiones de la amistad.

FEDERICO, _inquieto_.

Cuéntame, ¿qué diantre de negocio es ese?

VIERA.

Una deuda.

FEDERICO.

Orozco no tiene deudas. Como no hayas descubierto alguna póliza

olvidada y prescrita de la _Humanitaria_...

VIERA.

Eres más inocente que este niño que galopa en mis rodillas, y se

cree que monta á caballo. ¿Me juzgas tú á mí capaz de presentarme á

Orozco sin refuerzo de documentos legales? ¿Por quién me tomas?

FEDERICO, _con embarazo_.

Es que... me causa pena recordarlo; pero debo decirte que en otras

ocasiones, Tomás te ha dado dinero por conmiseración y por evitarse

disgustos. Los hombres de orden temen á los pleiteantes enredosos

y sin ningún derecho más que á los que de buena fe reclaman su

propiedad.

VIERA, _enérgicamente_.

En primer lugar, nadie da dinero por conmiseración, ni aun en este

país tan estúpidamente platónico. En segundo lugar, yo vengo aquí

á sostener un derecho claro y terminante, no á poner una trampa de

derechos ilusorios para que caigan en ella los incautos. Y te diré de

paso que tienes de Orozco una idea equivocada. ¿Crees tú que en él no

hay más que bondad y mansedumbre, y que lleva su abnegación hasta el

extremo de dejarse explotar? ¡Qué tonto eres! Bajo aquella dulzura de

carácter, se esconden todas las marrullerías de un ingenio vividor.

Posee el arte de hacerse pasar por generoso, cuando se ve en el caso

de transigir con el derecho ajeno.

FEDERICO.

Me parece que le conoces más por referencias del vulgo que por propia

observación. Tomás no es así.

VIERA.

Le he conocido niño, le vi crecer y hacerse hombre. Su padre y yo

éramos como hermanos. ¡Ah!, Pepe Orozco, grande hombre para los

negocios, sin entrañas, duro y económico en su vida interior hasta la

sordidez, también algo zorro y de doble fondo como su hijo. Créeme á

mí, que he visto mucho mundo, y he asistido al paso de una generación

á otra...; gran enseñanza. Tomás se ha encontrado la fortuna hecha,

y le ha sido fácil sentar plaza de virtuoso, de varón justo y

magnánimo. (_Con sarcasmo._) El otro trabajó como un negro, sacrificó

á las ganancias su reputación, para que ahora éste se haga pasar por

santo. Los padres se condenan para que los hijos puedan labrarse un

huequecito en el cielo. La suerte que no hay cielo ni infierno, pues

si existieran esos... locales, sólo servirían para hacer eterna la

injusticia.

FEDERICO, _tristemente_.

Estás desvariando, y no te puedo seguir.

VIERA.

Te has pasado al enemigo. Mírame cara á cara. (_Observándole con

suspicacia._) Noto en ti no sé qué... Me sorprende mucho ese interés

por una persona con quien no tienes más que relaciones superficiales,

de esas que se establecen entre un estómago agradecido y el anfitrión

que convida martes y jueves.

FEDERICO.

Le debo mil atenciones. Bien sabes que somos amigos de la infancia.

VIERA.

¿Te ha señalado dietas por hacerle la rueda á su mujer? ¿Cobras á

tanto la frase, á tanto la anécdota y el chascarrillo?

FEDERICO, _conteniendo su ira_.

No me hables de ese modo... No puedo tolerarlo.

VIERA, _riendo_.

¡Cándido! Déjame á mí, déjame, que si le saco á tu anfitrión este

platito de lentejas realizaré un acto de justicia, por dos razones:

primera, porque es de ley que me dé lo que reclamo; segunda, porque

sus bienes fueron mal adquiridos, y deben volver á la masa, al

despojado imponente á quien representamos en este instante nosotros,

los desfavorecidos de la fortuna.

FEDERICO.

Me hacen padecer horriblemente tus sofisterías. Haz lo que quieras,

y no me comuniques ni tus planes ni el resultado que obtengas. Nada

pretendo saber. Tratándose de esto, no quiero que haya entre nosotros

ni la confianza natural entre hijo y padre.

VIERA.

Gracias. Tu tontería me anonada, porque yo pensaba pagarte tus deudas

si salía bien de este negocio...; quiero decir, siempre que tus

deudas se limitaran á una cifra razonable.

FEDERICO.

Cuídate de las tuyas. (_Para sí._) Dios mío, ¡qué hombre! No hace

ni dice cosa alguna que no sea para humillarme y herirme en lo más

delicado. ¡Es fuerte cosa que no podamos aborrecer á un padre sin

atropellar las leyes de la Naturaleza!

VIERA.

No te pareces á mí más que en la figura. Eres un sonámbulo, un

cata-humos, y te pasas la vida mirando á las estrellas, viendo la

fortuna pasar, rozándote las puntas de los dedos, sin que se te

ocurra oprimir la mano y atraparla. Podrías sacar partido inmenso de

tus relaciones, de tu buen parecer, de tu arte social, que no debe

servirnos sólo para divertir á los ricos, como los bufones antiguos

divertían á los reyes, sino para compartir con ellos el imperio del

mundo. La opulencia está en el deber de compartirse con el ingenio,

y cuando no lo hace de grado, hay que llamarse á la parte, como el

galleguito del cuento, diciéndole: «¿cuánto voy ganando?»

FEDERICO, _para sí_.

No le contesto, porque perderé la serenidad.

CLAUDIA, _entrando_.

Señores..., _almuercitis_. (_Cogiendo al chico de los brazos de

Joaquín._) Ven con tu madre, rey de los cielos y la tierra, ángel de

amor, hijo pródigo, patriarca de las Indias.

VIERA.

Lo que es éste no pasa, Claudia. Es muy bonito para ser de tu marido.

CLAUDIA, _soltando la risa_.

¡Qué cosas tiene el señor! Por estas cruces le juro que es de Pepe.

VIERA.

Vamos, que estás tú buena pieza... A la mesa. Tengo sobre mi cuerpo

toda el hambre española. (_Vase._)

FEDERICO, _abrumado_.

¡Que este hombre sea mi padre! ¡Ay!, me dió su rostro, me puso el

sello de su casta para que ni un momento pueda dejar de avergonzarme

de ser su hijo.

ESCENA IV

Comedor en casa de Orozco.

AUGUSTA, OROZCO, INFANTE, MALIBRÁN _y_ VILLALONGA, _sentados á la

mesa, almorzando_.

OROZCO.

¿Pues qué quería ese terco de Federico? ¿Que viviendo Clotilde como

vivía, fuese á pedir su mano un Hohenzollern ó un Habsburgo? Anoche

le vi tan excitado, que no quise contradecirle por no aumentar su

pena. Tuve con él la consideración de apoyar débilmente sus quejas;

pero ahora que no está presente, declaro que no tiene razón.

AUGUSTA.

Creo lo mismo. Mil veces le hablé de su hermana augurándole lo que ha

pasado. Mal que nos pese, somos arrollados por... la ola democrática.

¿Qué tal la figura? Lo que hay es que nos gusta más verla reventar en

la cabeza del vecino que en la propia.

MALIBRÁN.

Como figura del género balneario, no está mal. Eso lo aprendió usted

este verano en Arcachón... Pues volviendo á Federico, opino que es

un desequilibrado de marca mayor, aristócrata por las ideas y los

gustos, sin los medios materiales de que toda idea necesita disponer

para manifestarse dignamente. Absolutista por temperamento, reniega

de verse gobernado por el parecer de la multitud, y su orgullo

tropieza á cada instante con las garrulerías de la igualdad. Es una

contradicción viva, una antítesis...

AUGUSTA, _interrumpiéndole y burlándose_.

¡Jesús de mi vida, qué sabios venimos hoy!

MALIBRÁN.

Quiero decir que por efecto de esa radical contradicción entre la

época y el hombre, todos los actos de éste resultarán incongruentes,

no dará un paso que no sea un tropezón, y será al fin envuelto por la

ola de que antes nos hablaba usted, ya que no se decide á sortearla,

como hacemos los demás.

INFANTE.

Pues yo, sin meterme en filosofías, voy á dar noticias concretas.

Esta mañana se presentó en mi casa el trovador de Clotilde.

AUGUSTA, _con viveza_.

¿Y cómo es?

OROZCO.

Según me han dicho, atrevidillo, y no peca de corto.

INFANTE.

Simpático; pero muy simpático, y parece despejadísimo. En cuatro

palabras me ha contado su historia. Es huérfano, tiene veintitrés

años, y desde los diez y seis se bandea solo. Es sobrino de un

tal Santana, tendero en la calle de Lope de Vega, y de otro en la

Plaza Mayor, que le llaman Jáuregui, y de otro cuyo nombre y señas

no recuerdo. En fin, que cuenta media docena de tíos, detallistas

de comestibles. Sabe al dedillo la partida doble, y escribe cartas

comerciales en francés; tiene título de perito mercantil, y se ganó

un premio de Economía política.

AUGUSTA, _con animación_.

¡Ángel de Dios!... Señores, es preciso que le protejamos entre todos.

INFANTE.

El tío Santana le ocupaba en llevar la contabilidad y la

correspondencia; y en medio de esta prosaica tarea nacieron los

castos amores con la hermana de Federico. Pero ¡vean ustedes qué

desgracia! Casi en los mismos días en que los tórtolos se lanzaban

de cabeza en lo ideal, el tío Santana, por la paralización de los

negocios y la necesidad de economías, despidió al chico, que á la

sazón vive al amparo de su tío Jáuregui, sin sueldo. ¡Ah!, otro

detalle. Nunca ha servido en el mostrador, que repugna á sus hábitos

y á su educación; pero está decidido á todo, hasta á fregar copas en

una taberna, con tal de ganarse el pan para mantener á la elegida de

su corazón.

AUGUSTA.

Decididamente, le hemos de proteger.

MALIBRÁN.

¿Le encuentra usted chiste á la historia?

AUGUSTA.

La encuentro hasta poética. Por lo que veo, el verdadero amor, el

principio activo que gobierna el mundo, no existe ya más que en la

clase de dependientes de comercio. No podemos abandonar á ese joven.

¿Verdad, Tomás? (_Orozco sonríe sin decir nada._)

INFANTE.

Contóme también cómo nacieron y se formalizaron sus amores. Durante

un mes no hacían más que mirarse, mirarse, hechos un par de bobos.

Por fin, movido de un instinto irresistible, escribía con letras

gordas en un pliego abierto, al modo de cartel, frases de ternura,

y desde su balcón se las mostraba á la niña, que al principio huía

ruborizada, soltaba la risa después, y últimamente ponía una cara muy

triste cuando él no estaba.

AUGUSTA.

¿Y cómo, no estando en el balcón, sabía él que la chiquilla ponía la

cara triste?

INFANTE.

Esa misma pregunta le hice yo, y me contestó, ¡miren si es pillo!,

que entornaba las maderas de modo que pareciese no estar allí, y por

un agujerito observaba en la cara de la niña el efecto de su fingida

ausencia.

VILLALONGA.

¿Sabe ó no sabe el pájaro ese?

AUGUSTA, _con calor_.

Hay que casarles, aunque no sea sino para premiar esa manera

primitiva y pura de hacerse el amor. Eso es de lo que no se ve ya.

INFANTE.

Luego vinieron las cartitas, de que fueron conductores, por dicha de

ambos, las criadas de Federico, hasta que una noche logró Santana

colarse en la casa.

MALIBRÁN, _vivamente_.

Sí, hay que casarles; en eso estamos conformes, Augusta, aunque no

por las razones que usted alega, sino por otras de un orden muy

diferente.

AUGUSTA.

Cállese usted, mal pensado. ¿Qué hay en estos amores que no sea la

misma inocencia? ¡Bah, que entraba de noche en la casa! ¿Y qué?

VILLALONGA.

Nada, nada, que entraba á tomarle las medidas del cuerpo para

encargar el traje de boda.

AUGUSTA, _conteniendo la risa_.

Cállese usted también, groserote: no dice más que disparates.

INFANTE.

Y por fin, después de referirme su historia, me suplicó que le

consiguiera un destinito de oficial quinto, para poder casarse.

OROZCO.

¿Y qué hace usted que no lo pide al momento?

AUGUSTA.

Yo que tú, volvía loco á todo el Ministerio hasta obtener la plaza.

INFANTE.

En estas alturas, es más difícil sacar una plaza de oficial quinto

que una Dirección general. Pero algo haré, porque el chico ese me ha

entrado por el ojo derecho. «Pida usted informes á mis tíos acerca

de mi honradez--decía,--y como no se los den buenos, me dejo cortar

la cabeza.» No quiere el destino más que como ayuda en los primeros

tiempos, hasta que pueda tomar rumbos mejores. Y vean ustedes si el

nene es activo y sabe apreciar el valor del tiempo. Por las mañanas

emplea dos horitas en llevar las cuentas de una tienda de huevos de

la Cava de San Miguel. De tarde, la misma faena en un establecimiento

de ropas en liquidación, y por las noches se pasa tres ó cuatro

horas escribiendo al dictado en casa de un notario. Con esto reune el

pobrecillo sus treinta duretes al mes, que le saben á gloria por el

trabajo que le cuesta ganarlos; mas para casarse le hace falta otro

tanto, ó por lo menos la mitad. Ha echado bien la cuenta, y es de los

que no gastan un real sin saber de dónde ha de salir. ¿Qué tal? ¿Es

éste, sí ó no, un hombre predestinado á capitalista?

VILLALONGA, _dando una palmada en la mesa_.

Acuérdense todos los presentes de lo que digo. Si vivimos, á ese

monigote le hemos de ver con más dinero que nosotros.

OROZCO.

Pues tiene, tiene, sí, señor, la fibra económica.

AUGUSTA.

¡Cuando digo que es preciso darle la mano!

INFANTE.

Aunque no quieran ustedes, tendrán que protegerle, porque es de los

que se meten por el ojo de una aguja, y sabiendo que aquí hay buenos

corazones, no tardará en llamar á esta puerta. Por si no cuaja lo de

oficial quinto, quiere entrar de tenedor de libros en una casa de

banca. De ello me habló también, rogándome..., ya ven ustedes como no

pierde ripio..., que intercediera con el Sr. de Orozco para que éste

le recomendara á Trujillo y Ruiz Ochoa, en cuyo escritorio hay, según

parece, una vacante de tenedor.

OROZCO.

Sí que la hay; pero no seré yo quien le recomiende...

AUGUSTA, _con gracejo_.

Tomás de mi vida, no te me hagas el feroz tirano.

OROZCO.

¡Pero hija de mi alma, si ya he recomendado á tres..., á tres!

INFANTE.

Yo, no sólo prometí hablar con interés al amigo Orozco, sino que

invité á Santana á que viniera á verle...

OROZCO.

Ángel de Dios, ¿le parece á usted que no tengo ya bastantes jaquecas?

INFANTE.

Es que yo quiero que conozca usted á este rey de las hormigas.

OROZCO.

¿Para qué, si no puedo hacer nada por él? Dígale usted que no se

moleste.

INFANTE.

Ya será tarde; porque, ó mucho me engaño ó ese es de los que obran

rápidamente y detestan el _mañana_. Hoy le tendrá usted aquí.

OROZCO, _benévolamente_.

Mi casa es un hospicio, y no puedo verme libre de postulantes, que

me marean pidiéndome lo que darles no puedo: éste una credencial,

el otro una fianza, aquél dinero para salir de un apuro, el de más

allá ropas usadas; y no falta quien me pida billetes de teatro, ó una

recomendación para obtener la cruz de Beneficencia. La suerte mía es

que cantando se vienen y cantando se van.

MALIBRÁN.

Amigo mío, aunque usted se empeñe en desacreditarse, no lo conseguirá.

AUGUSTA, _á su marido_.

Hijo, en este caso has de desmentir tu fiereza, tu crueldad y tu

tacañería, recibiendo bien al pobre Santana y procurándole el

destino en casa de Trujillo. Lo necesita para casarse. De ti depende

la ventura de esa familia en ciernes. ¡Casarse así, con todas las

ilusiones del amor, y con esas ansias de trabajar, previendo los

hijitos que habrá de mantener! Estos son los seres verdaderamente

providenciales, los que aumentan la raza humana, los que hacen

poderosas y ricas á las naciones. Verán ustedes cómo Clotilde se

carga de familia en pocos años, y cómo ese marido modelo gana para

mantener el pico á toda la prole.

INFANTE.

¡Vaya que tiene un gancho ese joven! Me decía: «Si no consigo

la plaza de tenedor de libros ó la de oficial quinto, me pasaré

las mañanas vendiendo tomates ó pimientos en cualquier plazuela.

Trescientas sesenta y cinco mañanas dan mucho de sí.»

VILLALONGA, _con vehemencia_.

¿Ese..., ese?... Le hemos de ver firmando letras de cambio por miles

de miles.

AUGUSTA, _con entusiasmo_.

Amparémosle entre todos. Juremos ampararle. Es el hombre del

porvenir, y todos los presentes están en el deber de prestar apoyo al

que les da esta lección de arte de la vida.

VILLALONGA.

Realidad: Novela en cinco Jornadas · 第 7 / 18 段