en tu vuelo. En ti no hay idea moral, al menos la idea mía, elemental
y rutinaria, la que á mí me argumenta sin descanso. Hay entre tú
y yo algo inconciliable, irreductible, y la tremenda muralla se
alza cuando menos lo pienso. La belleza, la gracia de esta mujer me
trastornan. Por ese lazo nos unimos. De la conciencia de ambos parte
lo que eternamente nos separa. ¿Cómo decírselo sin ofenderla?
AUGUSTA, _suspira otra vez y levanta la cabeza_.
Habíamos convenido en no hablar nunca de mi falta, ó lo que sea.
Legalmente no tengo disculpa. ¿Pero no habíamos hecho nosotros, en la
embriaguez primera, un código, de estos que hacen todos los amantes,
unas _Tablas_ muy monas, en que derogábamos toda la legislación que
anda por esos mundos?
FEDERICO, _para sí_.
Su valor es tan grande como su pasión. Defiende sus faltas como si
fueran méritos. ¡Con qué brío se lanza por ese camino de vértigo y
de sofismas! Mis ideas son claras; pero sin duda alcanzan poco. Me
gustaría deslumbrarme como ella, y poder seguirla hasta los abismos
del disparate, que sin duda están llenos de flores.
AUGUSTA.
Pero no necesitas decirme nada para que yo respete al hombre cuyo
nombre llevo, para que le profese un cariño fraternal. Él se merece
más: yo le doy lo que puedo. La equidad es letra muerta en cosas de
amor.
FEDERICO, _con sequedad_.
Está bien. Pero no me hables á mí de favores de ese hombre, porque no
puedo admitirlos.
AUGUSTA.
¿Ni míos tampoco los admites?
FEDERICO.
Tampoco.
AUGUSTA.
De modo que la pared vuelve á alzarse, y tú la haces más fuerte y más
gruesa, recordando que somos pecadores. ¡Qué moral está el tiempo,
querido mío!
FEDERICO.
Te diré... Si he sacado á relucir la cuestión moral, no ha sido por
petulancia ni por gazmoñería. Me propuse no ocuparme de ella; pero
desde el momento en que me hablas de generosidades de tu marido hacia
mí y de sus proyectos de favorecerme, la cuestión moral se me impone,
y plantea un dilema que tanto tú como yo debemos mirar con la mayor
seriedad.
AUGUSTA, _inquieta y malhumorada_.
Ya, ya veo venir el sermoncito. El otro día apuntaste algo..., sí,
y ya me esperaba yo hoy un chubasco de moral. ¿Es verdadera virtud,
ó simplemente falta de valor?... Bueno, déjame á mí el pecado
entero y coge para ti los escrúpulos. No me importa; tengo fuerza
para cargar toda la culpa, con tal de verte contento, tranquilo y
hecho un varón santo. Tú no me quieres, y por no quererme me das
la leccioncita de buena conducta. Yo estoy enamorada, y por eso no
podré quizás entenderla. Te contaré todo lo que pasa en mi interior,
y luego vengan sermones. (_Se dan las manos._) Yo siento á veces en
mi conciencia tumultos de reprobación, pero en seguida salen, por
aquí y por allá, mil ideas que me absuelven. Conforme á la ley, yo no
debiera quererte. La religión manda que combata y ahogue este loco
amor. Y las fuerzas para combatirlo y ahogarlo, ¿dónde están? Yo
no las tengo, ni me parece que las tendré nunca. Es como si al que
carece de vigor muscular le mandan que levante un peso de tantos
quintales. Reconozco como nadie el mérito de mi marido, y en cuanto
á su bondad, sólo yo, que á su lado vivo, sé bien toda la extensión
de ella. Me inspira un cariño acendrado y puro, una gran admiración;
pero Dios ha establecido la diferencia entre el amor que debemos á la
divinidad, á la perfección moral, y el amor terreno, el que tenemos á
nuestro igual, al semejante á nosotros por el pecado y la impureza.
Yo reverencio á Tomás, le rezaría, ¿sabes?...; pero te amo á ti. Me
casé sin saber lo que es amor, y no lo supe hasta que tú no me lo
enseñaste. Todavía no me he convencido de que esto sea una cosa muy
mala, rematadamente mala. Qué quieres; soy muy torpe, y quizás de
condición perversa. Lo que sí te digo es que cuando me sermonees, no
necesitas hacer el panegírico de la persona que conozco mejor que
tú y mejor que nadie. Bien sé que no hay otro que se le asemeje,
aunque... te diré una cosa que hasta ahora no he querido decirte.
FEDERICO, _para sí_.
¿Qué será ello?
AUGUSTA.
Pues de algún tiempo á esta parte, noto en la bondad de mi marido
cierta exaltación de mal agüero, algo así como... vamos, que la
virtud ha llegado á ser en él una manía, un _tic_.
FEDERICO, _irónicamente_.
¡Qué salida! Eso lo dices por rebajarle á tus propios ojos, por
disminuir la inmensa diferencia de talla que entre él y nosotros hay.
AUGUSTA.
No; no me juzgues así. Lo digo porque es verdad. Como quiera que sea,
la exageración no destruye lo extraordinario, lo excepcional de su
bondad. (_Dando un gran suspiro._) Él es un santo, y yo te quiero
á ti. Ahí tienes las dos verdades capitales. No creas que trato de
buscar entre ellas una componenda hipócrita. Dejo los hechos como
están. Tú eres cobarde, y huyes. Yo soy valiente, y me quedo delante
de estas dos verdades mirándolas cara á cara.
FEDERICO, _para sí_.
Me abruma con su admirable tesón.
AUGUSTA, _después de una pausa_.
No tienes nada que contestarme, ó necesitas pensar mucho tus
argumentos. ¡Ay, qué sesudo se me ha vuelto mi borriquito, y qué gran
moralizador!
FEDERICO.
Vamos á cuentas, vida mía. ¿No has dicho que estamos en la gran
crisis, que salimos del período soñador para entrar en el práctico?
¿No quieres tú regularizarme?
AUGUSTA.
¡Ah, pillo, y te vengas ahora, proponiéndome á mí la regularidad!
¡Ingrato! Quita allá. (_Le rechaza cariñosamente._)
FEDERICO.
No, alma mía. Te expongo esta idea, como una mirada al porvenir.
Supón tú que, por unas ú otras causas, esto no pudiera continuar sin
escándalo. No habría más remedio entonces que sacrificar nuestras
relaciones.
AUGUSTA.
Por mí nunca las sacrificaría.
FEDERICO.
No lo digas tan pronto. Eso no se puede afirmar tan de ligero. Yo te
quiero demasiado para llevarte al escándalo y á la deshonra. A ti te
corresponde, como mujer, la pasión irreflexiva; á mí la serenidad.
Si hablo de esto, si suscito la grave cuestión moral, tú has tenido
la culpa, hablándome de favores que piensa hacerme tu marido, de
protecciones que sólo se dispensan á un hijo, á un hermano. Eso pone
la cuestión en el terreno de lo insoluble. Si no le impides que esos
propósitos se manifiesten, te dejo...; no puedo tolerar situación tan
degradante, tan vergonzosa. ¿No lo comprendes? ¿Es posible que no lo
comprendas?
AUGUSTA, _con exaltación_.
No; debo de ser tonta. Siento rabia de que te empeñes en hacérmelo
comprender. Para mí la situación es otra. Tú me perteneces; yo te amo
más que á mi vida, y quiero que participes de los bienes materiales
que yo poseo. Soy rica. ¿Cómo he de soportar que vivas en la miseria
y que te veas sujeto á mil humillaciones? Yo quiero compartir contigo
mi bienestar, á la faz del mundo, si es preciso. No me avergüenzo de
ello.
FEDERICO.
¿Y pretendes que no me avergüence yo?
AUGUSTA.
¡Debilidad, tonterías! ¡Si otros lo hacen!...
FEDERICO, _exaltándose también_.
Pues si insistes en eso, he de hablarte con claridad, como no lo he
hecho nunca. ¡Hace tiempo que yo siento una pena, un sobresalto...,
más claro: un remordimiento por el ultraje que infiero al hombre más
generoso, más digno que existe en el mundo!... Quisiera que fueses
siempre mía; pero las cosas de la vida, ¿van por ventura al compás
de nuestros deseos?... ¿Ya no hay ley, ya no hay principio alguno que
deba ser respetado? Todo tiene su límite, y yo sería un miserable si
no te dijese ahora que intentes, que lo intentes siquiera, consagrar
á tu marido todos los afectos de tu corazón. Ya sé que el amor es
extravagante. Ya sé que cabe en lo humano, mejor dicho, que es muy
humano no amar á un hombre de grandes cualidades y prendarse de un
cualquiera. Pues bien: protestando de que me gustas hoy lo mismo que
ayer, tengo el valor de incitarte á que me sacrifiques, á que entres
en la ley, á que vuelvas los ojos á aquel hombre tan superior á
mí..., superior á mí hasta físicamente, para colmo de lo absurdo.
AUGUSTA, _con rabia_.
¡Qué manera tan suavecita de decirme que no me quieres ya! Ningún
hombre enamorado sugiere á su querida la idea de volver al deber.
Dímelo, háblame claro, porque esa moralidad tuya de última hora es
ridícula y hasta poco delicada.
FEDERICO.
No, porque yo, al proponerte con honrada convicción lo que te
propongo, estoy dispuesto, si no lo aceptas, á ir contigo hasta donde
quieras, menos á la ignominia de recibir beneficios materiales de tu
marido.
AUGUSTA.
Está bien. (_Llorando._)
FEDERICO, _con súbito arranque_.
Me revelo á ti con absoluta ingenuidad. Te diré que me creo bastante
indigno, y no quiero serlo más.
AUGUSTA.
¡Indigno tú! Recurres al argumento de sensación para apartarme de ti.
No, no; tú no eres indigno.
FEDERICO, _amargamente_.
No sabes lo que dices; no me conoces. Por algo te oculto las miserias
de mi vida. Si conocieras ciertos oprobios que hay en mí, quizás
no tendría yo que hacerte ningún argumento para que me dejaras y
volvieras á la ley.
AUGUSTA, _arrojándose á él_.
¡No; dejarte, nunca! Porque si fueras el último de los bandidos, te
querría lo mismo que te quiero.
FEDERICO, _con cierto desvarío_.
Yo no te merezco. Regenérate huyendo de mí, y entregando los tesoros
de tu alma al hombre más digno de poseerlos.
AUGUSTA, _con exaltación sublime_.
No me da la gana. Cuéntame tus cosas. Unámonos resueltamente en
todas las esferas de la vida. Todo lo mío es tuyo.
FEDERICO.
Eso jamás.
AUGUSTA.
Arreglaremos nuestras entrevistas con un misterio tal, con un arte
tan soberano, que sólo Dios pueda saberlas.
FEDERICO.
No puede ser. Orozco las descubrirá; ya verás cómo las descubre. Y
cuando pienso en esto, la terrible muralla se levanta entre nosotros
más fuerte, más alta que nunca.
AUGUSTA, _estrechándole en sus brazos_.
Pues yo la destruyo, yo la hago pedazos, la rompo con mil y mil
besos. Y si tú eres un presidiario, yo seré una presidiaria; si tú
eres un pillo, yo seré una bribona; seré lo que tú quieras que sea,
menos...
FEDERICO, _para sí, confuso_.
Nada puedo contra este corazón monstruoso. Las ideas morales se
estrellan en él, como migas de pan arrojadas contra el blindaje de un
acorazado...
AUGUSTA.
¿Qué piensas?
FEDERICO, _con pasión_.
Pienso que no hay nada mejor que condenarse contigo. (_Para sí._) ¡Y
qué hermosa la muy...! Toda la legalidad del mundo no vale lo que sus
ojos.
AUGUSTA.
¿No me quieres ya?
FEDERICO.
¿Y tú á mí?
AUGUSTA.
¡Borricote!
JORNADA TERCERA
ESCENA PRIMERA
Sala en casa de Federico.
CLAUDIA, BÁRBARA, _la primera con un chiquillo en brazos, la segunda
con manto, como si entrara de la calle_.
BÁRBARA.
Cuéntame, mujer. Es particular que todos los lances gordos han de
ocurrir siempre en los días que yo estoy fuera.
CLAUDIA.
Pst... chitito... Habla bajo... Federo no duerme, aunque está en la
cama. Además, ha venido el papá.
BÁRBARA.
¡El señor!
CLAUDIA.
Anoche entró por esa puerta. La semana pasada, cuando empezamos á ver
en el cielo la estrella con rabo, me dijo Pepe: «Alguna desgracia
vendrá sobre el universo mundo.» Y ya ves cómo no se equivocó. Pepe
tiene mucho talento, y también anunció lo de Clotilde. «Esa niña--me
decía--os va á dar un disgusto.»
BÁRBARA.
Francamente, no la creí capaz de una resolución tan fuerte.
Cuéntame... ¡Pobre niña! Ni pensé que la apretaran tanto las ganas de
marido. ¿Es cierto que no está ya en la casa?
CLAUDIA.
Chist... (_Vigilando las puertas_.) Pues voló. ¡Valiente chasco nos
ha dado! Yo tampoco la creí con alma para arrancarse así. Federo,
rabioso, te echa á ti la culpa.
BÁRBARA.
¡A mí! En el nombre del Padre...
CLAUDIA.
Dice que tú le has dado alas, y que cuando el chiquillo ese empezó á
hacerle garatusas, con la pluma en la oreja, desde el entresuelo de
enfrente, tú y yo debimos cerrar los balcones y no permitir á la niña
que se asomase. Claro, quería que fuéramos _verdugas_ de la infeliz
señorita.
BÁRBARA.
Verdugos se dice... Es un egoísta, un tirano, y no se hace cargo de
que Clotilde, por vivir aquí sin trato con sus iguales, no había de
librarse de la regla de amor. Llegada la edad en que el corazón hace
cosquillas, las mujeres necesitamos querer y que nos quieran; y si
no se presentan duques, apencamos con lo que sale, aunque sea un
suda-tinta. No sé para qué quiere el señorito el talento que tiene,
si no le sirve para hacerse cargo de una cosa tan sencilla.
CLAUDIA.
Eso no tiene vuelta de hoja. Pero no lo entiende. Ayer nos ha puesto
á ti y á mí que no había por donde cogernos... Que si tú le traías
las cartas á Clotilde, que si... ¡Josús!
BÁRBARA.
Pues no me pesa..., ea. ¿A quién, como no fuera de bronce, no se
le partiría el alma viendo las miradas de pólvora que se echaban
los pobrecitos de balcón á balcón? Era una contracaridad dejarles
consumirse sin el consuelo de un papelito. Francamente, yo no he
nacido para ver padecer á nadie. Traje la primer carta..., y la
segunda y la tercera. Por cierto que tiene una letra preciosa, y que
pone la pluma con muchísima sal.
CLAUDIA.
Pues de mí dice que merezco la horca y el presidio y hasta el
infierno, porque le abrí la puerta al otro para que entrase á
ver de cerca á su novia... Que se ponga en mi caso. Los chicos,
con el carteo y las miradas, estaban tan babosos, que no se les
podía aguantar. Ella ni dormir, ni comer, ni hacer cosa ninguna al
derecho. Intenté quitarle de la cabeza su locura, y me puse ronca
de tanto predicarle. Pues como si hablara con esta mesa. «Clotilde,
mira que tu hermano no consiente esto..., mira que...» Mientras más
le chillaba, peor. Cosa perdida. ¿Qué íbamos ganando con cerrarle la
puerta al jovencito ese?
BÁRBARA.
Nada; que no pudiendo entrar por la puerta entrase por la ventana. Un
hombre ciego de amor es temible. Hasta pudo suceder que pegase fuego
á la casa para poder entrar disfrazado de bombero. Se han dado casos.
CLAUDIA.
Esa misma cuenta echéme yo. Pero á Federo no le entran razones, y
lo que es yo bien tranquila tengo la conciencia, porque si abrí...
(_Suena el timbre de la puerta_.) Llaman. Debe de ser alguna fiera.
Aguarda un momento. (_Sale_.)
BÁRBARA, _sola_.
¡Ay!, qué egoístas son estos hombres. Todo lo bueno ha de ser para
ellos, y para nosotras, las del bello sexo, trabajos, hambres de
amor y el no gozar de nada. Ellos se divierten con cuanta mujer
encuentran, y á nosotras, si un hombre nos mira ó le miramos, ya nos
cae encima la deshonra, y empieza el run run de si lo eres ó no lo
eres... ¿Pues qué quería ese tonto? ¿Que mientras él se daba la gran
vida su hermana se pudriera en casa como una monja? No; la chiquilla,
aunque parece tan para poco, tiene el moño muy tieso, y ha demostrado
que sabe dejar bien puesto nuestro pabellón. ¡Ay, bello sexo! ¡Qué
falta te hacen muchas así, resueltas y con garbo para darle el
quiebro á la tiranía!
CLAUDIA, _entrando_.
Lo que dije: era un _inglés_..., el de las alfombras. Le he dado el
jabón que usamos aquí... ¡Qué _tronitis_ en esta casa! Pues te decía
que si abrí la puerta á ese mocoso ha sido con la mejor intención del
mundo, y si se vieron algunos ratitos fué delante de mí. Otra cosa no
hubiera yo consentido. ¿Qué pudo pasar? Que cuando yo me distraía ó
daba una vuelta á la cocina, se pegaban de besos; pero como yo estaba
con mucho ojo, y... Ya sabes cómo las gasto. Les reprendía, les ponía
cara muy dura, diciéndoles que no me comprometieran, y el chico tan
agradecido... «Doña Claudia--me decía,--cuando nos casemos usted será
nuestra segunda madre.»
BÁRBARA.
¡Pobres criaturas! No les entenderá quien no sepa lo que es un primer
amor. ¿Qué sabe Federico de esto, si él no ha tenido primer amor, y
todos los que gasta son segundos? Yo me acuerdo de cuando me emperré
por Valeriano el cochero, que me dió palabra de casarse conmigo...
¡Qué amarguras y qué dulzuras!... Pero esto no viene al caso.
Cuéntame lo de la fuga. Yo me imagino que se engolosinaron con la
besuquina, y con verse las caras de cerca..., es cosa que marea..., y
que resolvieron morir ó casarse.
CLAUDIA.
Así debió de ser. Los pícaros la tramaron por cartas, pues delante
de mí nunca hablaban más que soserías, como si tuvieran vergüenza
el uno del otro. Pues señor, anteanoche sentí á Clotilde levantada.
Como suele velar para coserse la ropa, no me extrañó. La bribona,
según después comprendí, estaba recogiendo y empaquetando en dos ó
tres líos sus vestidos y la poca ropa blanca que tiene. Por la mañana
temprano, la sentí andando con pisadas de gato por los pasillos, y me
alarmé. Díjele á Pepe que aquellos andares me olían á escapatoria, y
Pepe, que es muy largo, rezongó: «¡Cuando digo yo que...!» Levantéme;
pero por pronto que acudí, ya el pájaro había salido de la jaula.
Echábame yo la enagua; cuando la sentí descorriendo el cerrojo con
mucho cuidado, como lo descorren los rateros. Salí al pasillo..., y
ya iba ella echando chispas por las escaleras abajo. Se llevó la ropa
en tres paquetes grandes.
BÁRBARA.
¿Y cómo sabes que fué en tres?
CLAUDIA.
Porque me lo dijo la portera que vió salir á Santanita, primero con
un paquete, luego con dos, y después con Clotilde: total, cuatro
paquetes... Yo me quedé como puedes suponer. Pero me tranquilicé
pensando: «Lo que había de ser, que sea de una vez.» Sobre la mesa
del comedor dejó la chiquilla una carta para su hermano; pero éste no
se enteró de la fuga hasta la hora de almorzar. ¡Qué mal rato pasé,
hija! Nada, que me eché á llorar, y de la medrana que sentí, se me
fijó un dolor de clavo en la sien, ¡ay!, que no se me ha quitado
todavía. No te quiero decir cómo se puso el hombre al leer la carta.
Tuve que salirme y dejarle solo: la cama retemblaba de la fuerza de
los aspavientos que hacía. Y después de despotricarse contra mí, la
emprendió contigo, y á esta quiero á esta no quiero, nos zarandeó
bien. Pues nada, que inmediatamente nos habíamos de plantar en la
calle, porque éramos unas... alcahuetas, _etcétera_...
BÁRBARA, _riendo_.
¡Qué bobo! Sí; cualquier día nos echa á nosotras, debiéndonos, como
nos debe, tres mil y pico de reales.
CLAUDIA.
Y aunque no nos los debiera... ¿Pero tú crees que puede vivir sin
nuestras reverendísimas personas? Le somos tan necesarias como el
aire.
BÁRBARA.
No encontraría otras que le soportaran. Es un niño mimoso, y seríamos
tontas si hiciéramos caso de sus rabietas. Yo, mientras no le pase
esta calentura, me guardaré de ponérmele delante, porque francamente,
si me dice _pitos_, le contesto _flautas_. No tengo la paciencia
que tú para aguantar sus desvergüenzas, y me desboco. Ayer no quise
venir en todo el día, porque temo á mi dignidad, que no se anda en
chiquitas; y hoy me marcharé antes de que su señoría se levante.
CLAUDIA.
Hoy debe de estar más aplacado, porque el señorito Infante pasó ayer
con él toda la tarde y le sermoneó de firme, diciéndole unas verdades
como puños. Yo le escuchaba, poniendo la oreja en el agujero de la
llave, y te aseguro que le leyó bien la cartilla. (_Enumerando por
los dedos._) Que él era el causante de todo por tener á su hermana
abandonada y fuera de su _alimento_...
BÁRBARA.
De su elemento diría.
CLAUDIA.
Eso es, de su elemento... Que la chica no es de palo, y que á alguien
había de querer, porque la edad, el sexo, la ilusión, etcétera...
Pero el otro, más orgulloso que D. Rodrigo en la horca, no se daba
á partido, y dijo que jamás haría á Santanita el honor de mirarle.
¡Anda!
BÁRBARA.
¡Palabrería! Esas bravuras se convierten en humo. Al fin tendrá
que apencar con el hortera y llamarle su hermano; y llegará día,
acuérdate de lo que te digo, en que se vuelvan las tornas, y este
señorito tan orgulloso irá á pedirle á su cuñado un pedazo de pan.
Los muy soberbios acaban siempre á los pies de los humildes.
CLAUDIA, _con incredulidad_.
Me parece á mí que eso no lo veremos. Primero se muere él de hambre
en un rincón que rebajarse. No es como su papá, no...
BÁRBARA.
¿Y cuándo dices que llegó el señor?
CLAUDIA.
Anoche. Parece que el demonio lo hace. Figúrate que oigo llamar á la
puerta; salgo creyendo que era el carbonero, y me encuentro con D.
Joaquín. Pegué un grito como si me viera delante un toro de Miura.
No sé por qué me da miedo ese hombre, que es amable y la trata á
una como á señora... Me acuerdo de lo que padeció por él nuestra
pobrecita ama, y sus zalamerías me ponen carne de gallina.
BÁRBARA.
¡Ay, qué hombre! Créete que no viene á nada bueno. ¿Y qué hablaron
hijo y padre? ¿Cómo le recibió Federo? Cuéntame... Pero me sentaré,
que ahora estamos solas y podemos charlar todo lo que queramos.
Mi Vicente me espera para almorzar; pero déjalo que aguarde, que
bastantes plantones me ha dado él á mí en esta vida.
CLAUDIA.
Pues cuando le vió entrar, quedóse más blanco que el papel. Se
abrazaron. Luego cerró Federo la puerta, y yo más lista que él,
arrimé la oreja y oí... D. Joaquín preguntó por la niña, extrañando
no verla, y el otro, mascando mucha hiel, le contó la ocurrencia.
¿Crees tú que el padre se remontó, echando los pies por alto? No,
hija; lo tomó con calma, con mucha calma. Yo me hacía cruces oyéndole
decir que si los chicos se quieren, no hay razón ninguna para
oponerse al casorio, y que él es partidario de que no haya clases,
porque eso de las clases es un _maricronismo_.
BÁRBARA.
Ana... cronismo me parece que se dice; pero no estoy segura... Pues
ese hombre será un tarambana; pero lo que es talento, ¡vaya si lo
tiene!
CLAUDIA.
Es que se hace cargo de la razón de las cosas, y no lleva en la
cabeza tanto viento como el hijo. ¡Buena está la familia para
gastar humos! El padre hecho un judío errante por esas tierras;
Federo sin una mota, viéndolas venir y comido de deudas. (_Suena la
campanilla._) ¡Ay!, llaman otra vez. Espérame un momento. (_Sale._)
BÁRBARA, _sola, abanicándose_.
Bien merecido le está á ese botarate lo que le pasa; pero muy bien
requetemerecido. ¡Empeñarse en que ha de haber clases, cuando la
realidad ha dispuesto que no las _haiga_! ¡Cabeza más dura! Y que no
las hay, no las hay, aunque lo pida el _Sursum corda_. Lo que dice
mi Vicente: «Con la libertad todos somos todo, y nadie es nada.» Ese
tonto de Federo bien sé yo lo que pretende: vivir él como un duque
y que Clotilde sea su esclava. Bien sabe él ponerse su frac todas
las noches para ir á comer á las casas grandes... Y la niña hecha
un pingo, sin tratar con personas finas. Eso es, como dijo el otro,
abrir un abismo... Anda, fachendoso, para que vuelvas otra vez á
jugar con abismos. Ó hay igualdad ó no hay igualdad. Santanita vale
tanto como tú ó más que tú, porque sabe la partida doble, y tú no
entiendes más libro que el de las cuarenta hojas.
CLAUDIA, _entrando_.
Otra fiera. Esto no es vivir. Ya no sé qué decirles. Pero al fin,
éste lleva cuerda para veinticuatro horas... Pues, como te decía, el
padre está blando, pero muy blando. Dijo que pensaba ver á Clotilde
mañana mismo (por hoy), y Federo, sacando la voz de los talones,
le contestó: «Véala usted si quiere. Para mí es como si se hubiera
muerto.»
BÁRBARA.
¡Habrá pillo!... ¿Y tú has visto á Clotilde?
CLAUDIA, _en voz muy baja_.
Sí que la he visto. Cállate la boca. Cuidado cómo te das por
entendida. Anoche dí un salto á casa de la viuda de Calvo, donde está
depositada, ¿sabes?, aquella señora tan vieja y tan acartonadita que
parece de caoba. Según dicen es muy sabia, pero muy sabia, y más
antigua que Jerusalén. Vive ahí en la calle de Atocha. Rabiaba yo por
ver á la niña y decirle que ha llegado su papá, que viene tierno y
que le dará el consentimiento. No pude hablar con ella más que dos
palabras, porque la de Calvo estaba presente y me ponía una jeta que
daba escalofríos. Pero, en fin, allá le soplé lo que más importaba.
El papá debe de estar allá. Salió muy temprano..., serían las
ocho..., y dijo que vendría á almorzar. Anoche estuvo Federo hasta
las tantas escribiendo cartas. Cosas de mujeres, y líos mil que trae
siempre entre manos. Hombre de más _enreditis_ no creo que exista, y
lo mismo se aplica á las altas que á las bajas.
BÁRBARA.
¿Qué es eso de altas y bajas? Todas somos iguales. El arrastrar
terciopelos ó ajustarse una mala saya de tartán no significa
diferencia más que en lo de fuera. Como no salgan diferencias en el
honor, créete que en los trapos no la hay... ¿Y dices que escribió
muchas cartitas? ¡Valiente trapacero! ¡A quién engañará ahora!
CLAUDIA.
Vete á saber.
BÁRBARA.
Si se acostó tarde, no se levantará en todo el día, y podré estar
aquí. Francamente, temo encararme con él.
CLAUDIA.
Pues mira, hija, me parece que... (_Acércase á la puerta del foro y
aplica el oído._) ¿Sabes que me parece que anda ya por ahí?
BÁRBARA, _levantándose azorada_.
¡Ay, hija, no me lo digas!
CLAUDIA.