esta amistad algo de bien moral, tan legítimo como lo más legítimo
que en el mundo existe? ¿Es cierto que acepto estos auxilios en
reciprocidad de otros prestados por mí, y es cierto que no encuentro
en ellos nada de vergonzoso? Escudriño en mi conciencia llena de
susceptibilidades, y ningún remordimiento descubro por tales actos.
Busco y revuelvo más, y mi orgullo no parece por ninguna parte. Anda
huído por los rincones y escondrijos del alma. ¿Será que el tal
orgullo es ley tiránica ante la sociedad, y todo licencia y anarquía
para las acciones desconocidas de la gente? Entonces, el culto de
la dignidad será, ni más ni menos, el arte de no dejar traslucir
nuestro rebajamiento... Hay en mí dos hombres: el Federico Viera que
todo el mundo conoce, y el amigo de _La Peri_. ¿Cuál es el verdadero
y cuál el falsificado? Me marea esta duda, y no sé qué pensar de
mí. (_Pausa. Trata de ordenar sus ideas._) ¿En qué consiste que
cuando me agobia un pesar, lo primero que se me ocurre es venir á
contárselo á esta mujer? Para todos es ella el vicio, el embuste y
la dilapidación; para mí es como un apoyo moral... Me espanto de
decirlo. ¿Acaso le tengo amor? No; no es eso, porque sus amantes
no me infunden celos. Amistad es, sí, y de las más atractivas.
¡Enigma tremendo! ¿Por qué me inspira esta mujer una confianza que
no siento por ninguna otra?... (_Herido por un recuerdo._) ¡Ah!,
ya no me acordaba. Esta tarde, entrevista con Augusta. Parece que
la idea de la cita ha brotado en mi mente con un ligero chispazo
de disgusto. ¿Qué significa esto? ¿La quiero, sí ó no? No puedo
dudar que me interesa, y no obstante, desearía que ella se cansase
y me propusiese el rompimiento... Pero no lo hará. Mujer soñadora y
altanera, tiene entusiasmo, la exaltación temeraria de las almas de
complexión robusta. Bien sabe Dios que no quisiera lastimarla. Me
gusta, me ilusiona, me embriaga á ratos; pero no me inspira la dulce
familiaridad con que estoy ligado á esta bribona de Leonorcilla. La
otra pertenece á la sociedad, y ante ella, por una serie de actos
maquinales, me revisto de mi orgullo, me lo pongo (_haciendo ademán
de vestirse_) como me pondría el frac. Soy su amante, su amigo no.
Por nada del mundo le confiaría los abrumadores aprietos en que me
veo una semana sí y la otra también. Por nada del mundo admitiría
de ella lo que admito de esta pobrecilla y despreciada _Peri_. La
quise y la seduje por estímulos obscuros de la imaginación y de los
sentidos, y por ella he faltado á la consideración que debo á un
amigo. ¿No es esto más villano que empeñar las alhajas de _La Peri_
para pagar mis deudas? (_Con rabia._) Y sin embargo, el mundo no
lo ve así. Por lo que aquí ha pasado hoy, algunos quizás dejarían
de saludarme; por lo otro me envidiarían... (_Agitadísimo._) Lo
indudable para mí es que con unas y otras cosas, la vida se me va
haciendo muy pesada y me cuesta ya trabajo cargar con ella. No hay
en mi existencia un rato de tranquilidad, y adondequiera que me
vuelvo, doy con mi cara en un poste. Y para acabar de anonadarme,
viene mi padre, como llovido, á turbar más mis ideas y á ponerme en
el disparadero. Porque, no tengo duda, el objeto de este viaje es
un bien combinado ataque al bolsillo de Orozco. ¡Esto me faltaba!
(_Pateando._) Luego la casquivana de Clotilde... No, no soporto tanta
mengua. No puedo más; mi resistencia se acabará pronto. (_Se sienta.
Larguísima pausa._) Ya, ya sé la cantinela de Augusta esta tarde. Me
parece que la oigo: que desea regenerarme; que debo pensar en vivir
de un modo regular; el estribillo de la última tarde que nos vimos. Y
para eso me ofrecerá sus riquezas. ¡Qué oprobio! ¡Aceptar tal cosa,
vivir y vivir bien con la fortuna del hombre á quien ultrajo! Esto no
lo haré yo jamás. Prefiero mil veces pedir públicamente delante de
todos mis amigos cinco duros á _La Peri_, y tomarlos sabiendo que
ella los sustrae del bolsillo de sus amantes; prefiero esto á recibir
de la mujer de Orozco esos medios de vida honrada que me ofrece.
¡Vaya una honradez! Antes me ganaría yo la vida con los oficios más
vergonzosos, en esta casa ó en otra cualquiera, envileciéndome, pero
sin engañar á nadie... (_Vuelve á pasear._) ¡Cuánto tarda Leonor! Si
no viene pronto, creo que enloqueceré. No puedo estar solo. Necesito
compañía constante. ¿Pero á quién descubrirme totalmente? ¿Cómo
contarle á la otra lo que hoy he hecho? ¿Cómo decirle: «tengo una
amiga del alma, una socia moral, que hace los mayores desatinos por
librarme de las uñas de mis acreedores»? En cuanto yo le refiriera
esto, ¡buena se pondría! ¡Qué escenita de celos y recriminaciones!
No, entre Augusta y yo, las dulzuras inefables de la confianza no
pueden existir. A Leonor sí le confío lo que es de cierto orden, mis
deudas, mis apuros. Ella lo siente, lo comprende, y me conforta y
me da la mano cuando voy á hundirme. ¡Compañerismo misterioso! Pero
si le declarara mis relaciones con Augusta, la repugnancia con que
miro sus ofertas y la inquietud inmensa que me produce el ultraje á
Orozco, de seguro no lo comprendería, ni sabría consolarme. De modo
que á una y á otra he de ocultarles algo; con ninguna puedo tener la
comunicación plena y total, consuelo del alma... Mi vida ha venido á
dividirse en dos esferas irreconciliables. Tengo que seguir en esta
incertidumbre, partiendo el alma sin poder darla entera á nadie, y
ni amiga ni amigo encuentro que me ayuden á soportar todo el peso
de tristeza que llevo sobre mí. Adelante con él; iré hasta donde
pueda... Me parece que ya viene Leonor, este diablillo de bondad.
ESCENA VII
FEDERICO, LEONOR.
LEONOR, _entrando presurosa_.
Hecho todo. Dame un abrazo... en premio de mi virtud.
FEDERICO.
Ahí va. (_La abraza y la besa._) Tu virtud, sí. No creas que has
dicho una broma.
LEONOR.
Basta de matemáticas, ó sea de agradecimiento. No dirás que he
tardado mucho. Fuí á casa de ese puerco de Torquemada, y desde la
puerta me volví... Se me ocurrió que era imprudencia retirar yo misma
los pagarés. Podría contarlo el muy tuno, y tus amigos creerían
horrores de ti; que yo te pago las trampas.
FEDERICO.
Has tenido una feliz idea. No había yo pensado en eso. De modo que...
LEONOR.
Te traigo los santos cuartos para que tú mismo vayas á casa de ese
judío. Échate pronto á la calle, y á ver dónde nos reunimos luego
para almorzar juntos...
FEDERICO, _tomando el dinero_.
Donde tú quieras. Estoy á tus órdenes.
LEONOR.
¡Ah! ¿No ha venido el Marqués ni ningún otro de esos cataplasmas?
FEDERICO.
No ha venido nadie.
LEONOR.
De buena lata te has librado. Mira, _chiquío_, conviene que tomemos
soleta antes que se nos plante aquí algún punto fuerte.
FEDERICO.
Sí; ¿te parece que almorcemos en un sitio reservado, en un
bodegoncito, donde nos sirvan cordero ú otro plato español de los que
á ti tanto te gustan?
LEONOR.
¡Ah, pillastre! Te avergüenzas de que te vean conmigo, y buscas un
sitio solitario para esconderte. Bien; iremos á casa de Botín, el de
la Cava.
FEDERICO.
No; es que...
LEONOR.
Te veo, besugo... Tu señora, quienquiera que sea, estará celosa, y
puede que te ande buscando las vueltas.
FEDERICO.
No es eso, tonta. Pero no nos detengamos.
LEONOR.
A la calle. (_Cantando._) ¡Españoles, venid! Nos separaremos en el
portal, y luego, fíjate bien, te espero en la Plaza Mayor. No me des
plantón.
En la escalera.
FEDERICO.
¡Quita, pues no faltaba más!...
LEONOR.
¡Ah!, me olvidaba de contarte... ¿Sabes á quién me encontré ahora?
Al abuelo Cisneros. ¡Qué terne está! Me paró y me dijo que fuese á
verle. Mira tú, á ese tío marrullero le sacaría yo de buena gana diez
mil realetes para dártelos á ti... No seas tonto y no pongas esa
cara. ¡Vaya! Lo que ya hice una vez, ¿por qué no repetirlo ahora?
FEDERICO, _contrariado_.
Por Dios, Leonor, que se te quite eso de la cabeza.
LEONOR.
¿Escrupulitos tenemos? ¡Qué tonto te me has vuelto, chico! Déjame á
mí, que entiendo el tinglado del mundo mejor que tú. ¿Para qué quiere
tanto dinero ese viejo chinche, más malo que la sarna? Nosotras somos
las repartidoras de la riqueza y niveladoras de las fortunas mal
distribuidas. No, no te rías. Cisneritos me tiene que pagar la última
que me hizo, cuando me prometió el tapiz y luego se llamó Andana. Se
la guardo, sí, porque es la única persona que me ha engañado en este
mundo. Déjale venir, tonto, y como yo le dé unos cuantos pases, el
tapiz es mío, y luego lo empeñamos si nos hace falta dinero, ó lo
vendemos si te conviniere...
FEDERICO, _con hondo disgusto_.
Leonorilla, no me mezcles á mí en esas historias...
LEONOR.
¡Ay, qué guasa! El diablo harto de carne...
FEDERICO.
No es que me meta á fraile, sino que... Cállate, cállate.
LEONOR.
¿Pues sabes lo que se me ocurre en este momento? Que yo, preparando
con tiempo una combinación, podría agenciarte, en el golfo que
jugamos en casa por las noches, alguna cantidad gorda.
FEDERICO, _apartándose de ella_.
¡Qué ignominia! Me causa horror tu proposición.
LEONOR, _con calma bonachona_.
Pero qué, ¿tu tranquilidad no vale una trampa?...
FEDERICO, _aterrado_.
Ni en broma me lo digas... ¡Si esto lo oyera alguien! ¡Si esto se
supiera...!
LEONOR.
¡Pero como nadie lo ha de saber!... El honor y el deshonor dependen
de que las cosas se sepan ó no se sepan. De forma y manera que si lo
que debe quedar secreto quedara siempre, esas palabrillas, honor y
deshonor, habría que suprimirlas de la conversación.
FEDERICO.
Filosófica estás... (_Llegan al portal._) Bueno; no nos entretengamos
charlando.
LEONOR.
¡Eh, niño!, no vayas á distraerte y á darme un esquinazo. Porque tú
las gastas así.
FEDERICO.
Descuida. Seré puntual. (_Se separan en la calle._)
ESCENA VIII
Dos habitaciones comunicadas, pequeñas, puestas con dudosa elegancia.
En la de la derecha, sofá, butacas, un secreter, velador con tapete,
un entredós con lámpara de bronce, cortinas de seda, chimenea
encendida, sobre la cual hay un gran espejo. En la de la izquierda,
tocador con colgadura, una silla larga, banquetas de pelouche,
armario de luna, lavabo. En el fondo de este gabinete, la puerta que
comunica con una alcoba. Es de día.
AUGUSTA, FELIPA.
AUGUSTA, _en la sala de la derecha_, _en pie_, _mirando su reloj_.
Las cuatro y veinticinco. Me retrasé con aquella visita... ¡Qué
ansiedad! Yo creí encontrarle aquí. Hoy estaba más obligado que nunca
á la puntualidad...
FELIPA, _entrando con una bata_.
¿No se pone la señorita la bata?
AUGUSTA.
No... Pero sí; tienes razón, me la pondré. (_Pasa á la otra estancia.
Se quita el abrigo y el sombrero._) Hace mucho calor aquí. No eches
ya más leña en esa chimenea, que parece el infierno. (_Para sí._)
Pero es tontería pedirle puntualidad. ¡Cuánto me hace padecer!
(_Ayúdala Felipa á quitarse el vestido y á ponerse la bata. Después
la descalza, poniéndole chinelas de raso, negras.) _Ya estoy cómoda.
Ahora sólo falta que venga á las tantas. No, lo que es hoy no se
lo perdonaría. (_Alto._) Por Dios, Felipa, ten cuidado con la
puerta, para abrir en cuanto sientas el coche. Otra cosa: á eso de
las seis te vas á casa de la tía Serafina, y preguntas cómo sigue
y qué personas han estado allí. Me harás ahora una naranjada bien
cargadita de azúcar. (_Vase Felipa. Augusta se acerca al balcón, y
mira á la calle al través del visillo._) ¿Pero por qué tardará tanto
este hombre, el primer desocupado de Madrid?... ¡Pobrecillo!, sabe
Dios si esos demonios de ingleses le habrán armado hoy alguna trampa
de la cual no pueda escapar. ¡Ah!, otro coche por Santa Engracia.
Él es... Me lo dice el corazón. (_Atenta al ruido del carruaje.
Pausa._) No, no será éste. ¡Qué tristeza! No dobla la esquina...
Sigue para arriba... (_Se pasea por la habitación._) ¡Qué rato tan
triste este de la espera, de la incertidumbre, del temor de que no
venga! (_Vuelve al balcón, y levanta un poco el visillo._) Por la
calle solitaria no pasa un alma... El pregón del aguador, que va con
el burro cargado de botijos, me suena como un _de profundis_. Pues
el machacar de los herreros que hay más abajo, me late en las sienes
como mi propia sangre. ¡Ah!, otro coche. ¿Será...? No; por el ruido
debe de ser un carromato, de estos de siete mulas, que están pasando
media hora. ¡Qué pesadez, qué monotonía y qué sobresalto! (_Se echa
en una butaca, la cabeza hacia atrás._) Esperaremos así. El corazón
me dice que el primer coche que se sienta en el Paseo será el suyo.
¡Qué silencio ahora!... Otra vez ruido de ruedas; pero lejano, por
la Ronda... Si me durmiera, se me haría menos sensible el plantón...
Pero lo que yo digo: ¿qué quehaceres tendrá este hombre para...?
(_Aguzando el oído._) ¡Ahora, ahora! (_Levántase._) Si no es éste, me
entrará la desesperación. Se acerca. ¡Ay!, no sé qué tiene el coche
en que viene él, que hace siempre más ruido que los demás. ¡Ah!,
gracias á Dios, se para en la esquina... Vamos, ya estoy contenta. Ya
sube... Esa Felipa, ¡cómo tarda en abrir!... ¡Felipa!
ESCENA IX
AUGUSTA, FEDERICO.
FEDERICO, _entrando en la sala_.
Perdóname, hija de mi alma, si he tardado un poco.
AUGUSTA.
¿Cómo un poco? Hace media hora que estoy aquí. Ya pensé que no
venías. Y como yo me pongo siempre en lo peor, creí que esta tardanza
era... la del humo...
FEDERICO.
¡Pero qué calor hace aquí! (_Quitase gabán y sombrero._) ¿Conque la
del humo?... ¡Qué bromas tiene mi nena! (_Se sientan ambos en el
sofá._)
AUGUSTA.
Quita allá, embustero, farsante. No me engatusas ya. A fe que estoy
contenta hoy. Ha sido una debilidad darte esta cita después de las
perrerías que me haces.
FEDERICO.
¿Pero qué perrerías ni qué...? ¡Cuidado con tus cavilaciones! No,
gata salada, no hay ningún motivo para que te enojes con tu perdis.
Tengo en ese punto la conciencia tan tranquila, que anoche,
cuando me pusiste de vuelta y media, me decía: «Ya se amansará. La
reconciliación ha de venir, pues nada ocurre en que fundarse pueda un
agravio.» Esta mañana, al recibir tu carta, me dije: «paces tenemos».
AUGUSTA.
No hay que hablar de paces todavía. Antes conteste usted á mis
preguntas.
FEDERICO.
¿Me tratas de usted? Cuando yo digo que paces tenemos...
AUGUSTA.
Será con su cuenta y razón. Empiezo á preguntar. Primero: ¿por qué
has tardado tanto hoy?
FEDERICO.
¡Dale!... Cosas mías; asuntos que no pueden interesarte.
AUGUSTA.
¿Cómo no han de interesarme tus asuntos? ¡Qué herejías echas por esa
boca! Si el amor tuviera su Inquisición, serías tú condenado á la
hoguera por las atrocidades que dices contra el dogma... Yo no debí
escribirte hoy. Repito que ha sido una flaqueza mía. ¡Anoche no dormí
pensando en tus traiciones!...
FEDERICO, _riendo_.
Pero sepamos cuáles son mis traiciones. No me he enterado de ellas
todavía.
AUGUSTA.
Hazte ahora el tonto. Esa mujer indigna, á cuya casa vas con tanta
frecuencia...
FEDERICO, _interrumpiéndola_.
Te lo habrá dicho Malibrán, que se dedica á desacreditarme.
AUGUSTA.
Quien me lo dijo, añadió que ese trasto de _La Peri_ tiene gran
influjo sobre ti.
FEDERICO, _con frialdad y un poco distraído_.
¡Qué disparate!
AUGUSTA.
Nada es disparate. El disparate no existe. Los hechos pueden ser
ó no ser; pero no es la mejor manera de negarlos el decir que son
absurdos. Convénceme, pues, de otra manera.
FEDERICO.
¿Cómo?
AUGUSTA.
Demostrándome que me quieres. Si me lo pruebas, se aplacarán mis
celos, pues queriéndome á mi, no podrás querer á otra.
FEDERICO, _abrazándola con cariño, pero receloso_.
¡Pues si eso te lo tengo probado ya hasta la saciedad!... Vida mía,
no pienses en infidelidades que sólo están en tu imaginación, ó en la
malicia de amigos que me quieren mal.
AUGUSTA, _dejándose abrazar, y correspondiéndole con cariñosas
ternezas_.
Soy débil y me entrego á tus engaños, para asegurar siquiera la dicha
del momento presente. Te confesaré con franqueza una cosa: y es que
esta mañana, después de una noche de martirio y de cavilaciones
que me pusieron demente, se me despejó la cabeza y se me aclararon
las ideas. Me dió por argumentar en favor tuyo. Verás lo que dije:
«¡Si no puede ser, si no cabe en cabeza humana que habiéndole yo
sacrificado mi honor, y queriéndole como le quiero, me sustituya con
una mujer de esa clase y de esa vida!» Pero al pensar esto no las
tenía todas conmigo, porque los llamados disparates me parecen á mí
lo más natural y verosímil. De todos modos habías ganado en mi alma
el terreno que por la noche perdiste, y me ablandé, chico, te tuve
lástima, tuve lástima de ti y de mí, y te cité para hoy, diciéndome:
«¡Qué demonio! Si estoy rabiando por verle y porque me haga fiestas,
¿á qué tanta gazmoñería?»
FEDERICO, _besándola_.
Sí, vale más que nos veamos y que hablemos como buenos amigos.
AUGUSTA.
Y ahora siguen las preguntas.
FEDERICO.
¡Ay! Déjalas para otro día. Convéncete de que no te engaño. ¿Quieres
que te hable con completa sinceridad? Pues _La Peri_ es amiga mía...
La conozco hace tres ó cuatro años. Ya sabes que tuvimos nuestro
devaneo. Pues aquello no dejó rastro alguno; sólo queda una amistad,
así... (_con embarazo_), así, ¿cómo te la explicaría yo? Ella me
consulta alguna vez sus asuntos... Charlamos; yo, si se me ocurre,
le doy un buen consejo, y... ¿Quieres más franqueza?... Pues alguna
que otra vez voy á su casa. No..., no frunzas el ceño. ¡Pero, hija
mía, si le hablo delante de su amante! El que te haya dicho otra cosa
ha mentido, créemelo. Yo te juro, chiquilla, que amor no hay entre
ella y yo...; amistad sí, una amistad..., yo no sé cómo hacértela
comprender.
AUGUSTA, _seria_.
No te canses, que no la entenderé nunca. Comprendo que te enamores de
una mujer perdida, prefiriéndola á mí. El amor no tiene lógica, ni
entiende de clases. Pero la amistad no es tan independiente, señor
mío; está más ligada con las condiciones sociales, con la decencia y
la opinión. ¿No te parece á ti que la amistad formal con una mujer
de esas es degradante para un caballero? ¿Y no se te ocurre que la
gente la interprete mal y suponga en ti ignominias que no existen,
sin duda, pero que parecen la consecuencia natural de tu trato con
personas de tal estofa?
FEDERICO, _con acritud y ligeramente turbado_.
¡Ignominias! ¡Qué absurdo! ¿Acaso se habrá atrevido alguien á
calumniarme?...
AUGUSTA.
No, no he oído nada... Era una deducción que yo hacía de esas
amistades confesadas por ti.
FEDERICO, _impaciente_.
¡Qué tontería invertir estas cortas horas en divagar sobre hechos
imaginarios, querida mía! Tú tienes la culpa, con tus celos y tus
cavilaciones. Y en último caso, si yo te quiero á ti sola, si por más
que rebusque tu suspicacia no podrá encontrar un dato en contra, ¿qué
te importa lo demás?
AUGUSTA, _con cariño_.
¿Pues no ha de importarme? Cuando se ama de veras, gusta mucho
absorber toda la vida de la persona amada. Tú no me ofreces más que
la flor de la vida, y eso no me satisface; yo quiero también las
hojas, el tronco, las raíces... ¿Qué te parece la figurilla?
FEDERICO.
Buena, buena.
AUGUSTA.
¿El amor es acaso una ilusión pasajera? No; si es de ley, ha de
completarse con la compañía y el apoyo moral recíproco, con la
confianza absoluta, sin ningún secreto que la merme, y con la
comunidad de penas y de alegrías... Una queja he tenido siempre de
ti, y es que nunca has querido confiarme secretos penosos que te
oprimen el corazón. Yo sé que hay esos secretos, yo sé que padeces
callandito por la falsa idea que tienes de la dignidad. ¿Para qué
sirve el amor si no sirve para que los amantes se consulten y se
apoyen en sus desgracias? Dices que me quieres. Pues pruébamelo...
¿Cómo? Clavando en mi corazón parte de las espinas que tienes
clavadas en el tuyo. ¡Si no puedes negar que las tienes, si todo el
mundo lo sabe! ¡Ay!, algunas de esas espinas verás qué pronto me las
sacudo yo.
FEDERICO, _para sí_.
Corazón inmenso, no merezco poseerte. (_Alto, abrazándola._) ¡Qué
buena eres, qué talento tienes, vida mía, y qué indigno soy de ti!
AUGUSTA.
¡Embustero!... Si me quieres de verdad, confíate á mí. Ya sé los
argumentos que te haces á ti mismo para no confiarte. ¿Crees que no
tengo penetración, que no sé leer en tu alma? Pues sí que leo, y lo
vas á ver. Tú piensas que, en ley de decoro, un caballero pobre no
puede confiar á una señora casada y rica, con quien tiene relaciones,
ciertas contrariedades de su vida. Temes parecer indelicado, innoble.
¡Qué tontería! El verdadero amor debe ahogar el orgullo y acabar
con él, como el pez grande se come al chico. Yo aspiro á vencer
tu orgullo y á devorarlo, avivando el amor y dándole, tontín, las
grandes tragaderas. Pero ayúdame tú. Para animarte, te diré una cosa:
Yo te quiero por desgraciado, por bohemio, por el abandono que hay
en ti, por lo que padeces en silencio y por las amarguras que pasas
sin chistar. (_Con veleidad graciosa._) Pues oye, se me ocurre una
transacción: que gastes con todos esa delicadeza y la suprimas para
mí. Es mi enemiga, mi rival y tengo celos de ella. Le clavaría las
uñas. Para que lo sepas todo, tu vida angustiosa, tu pobreza, sí,
empleemos la palabra terrible, han sido un incentivo más del amor
que te tengo. (_Sonriendo._) Si fueras capitalista, yo no te habría
querido. Si fueras un hombre metódico que llevaras tus cuentas por
partida doble, créelo, me serías antipático.
FEDERICO, _soltando la risa_.
¡Monísima! Me haces mucha gracia.
AUGUSTA.
Yo soy así: estoy cansada de la regularidad. Me ilusiona el desorden.
FEDERICO, _con viveza_.
¡Ah! Ya te cogí. ¡Contradicción! Si eres como dices, ¿á qué ese
empeño de poner orden en mí?
AUGUSTA, _confundida_.
Pues si hay contradicción que la haya. No retiro nada de lo dicho.
Ea, hablemos claro. Yo deseo ser, además de tu amante, tu consejera
y tu administradora. No quiero que pases tantas agonías. Dame tu
confianza; destruye esta muralla que hay entre nosotros.
FEDERICO, _con seriedad_.
Augusta, vida mía, lo que ignoras de mí se revela á tu imaginación
soñadora como algo interesante, novelesco, dramático, y no es eso; es
de lo más prosaico y vulgar. ¿Y si yo te dijera que derribando esta
muralla de la China perdería quizás tu estimación?
AUGUSTA.
No, no; la pobreza no deshonra á nadie. Comprendo, aunque nunca las
he pasado, las humillaciones que trae la falta de dinero; pero eso se
remedia fácilmente, querido mío.
FEDERICO.
Yo no merezco el interés que te tomas por mí. ¿Pero no es mejor
que dejemos en la sombra y detrás de nosotros toda esa realidad
fastidiosa, que al fin, al fin, puede que diera al traste con el amor
mismo? Eso que ignoras te seduce porque es misterio. Si dejara de
serlo, lo mirarías quizás con repugnancia.
AUGUSTA.
Es cierto que me atrae el misterio, lo desconocido. Lo claro y
patente me aburre.
FEDERICO.
Vuelvo á señalarte la contradicción. Si eres así, ¿cómo se te antoja
penetrar en mi vida íntima para que yo también te aburra?
AUGUSTA.
No, no es eso... ¿Me dejas explicarme?
FEDERICO.
Sí, estoy encantado oyéndote.
AUGUSTA.
Pues verás. Tú me conoces bien; tengo, no sé si por dicha mía ó por
desgracia, una imaginación exaltada. El peligro mismo me atrae, y aun
eso que llaman disparate me seduce también. Eso de que siempre han de
pasar las cosas con arreglo á pliego de condiciones, como si la vida
fuera una continua subasta, me carga.
FEDERICO.
Veo en ti algunas de las ideas de tu padre.
AUGUSTA.
Mi padre tiene mucho talento, y se anticipa á su época.
FEDERICO.
También tú.
AUGUSTA.
Yo apetezco lo extraño, eso que con desprecio llaman novelesco los
tontos, juzgando las novelas más sorprendentes que la realidad. ¿Por
qué me enamoraste tú, grandísimo tunante? Porque eres una realidad
no muy clara, porque no veo tu vida cortada por el patrón de este
puritanismo inglés que aborrezco, porque llevas en ti el gustillo ese
del disparate, que á mí me sabe tan bien.
FEDERICO.
Y ahora pretendes destruir todo ese encanto que, según dices, tengo,
y cortarme á patrón y ponerme la marca ordinaria. Si me amas por
absurdo, ¿á qué combates mi desequilibrio, que, según tú, es una cosa
tan bonita?
AUGUSTA.
Ven acá, tonto, mamarracho; es que te quiero locamente: á nadie
he querido ni quiero sino á ti, y este amor primero y último hace
una revolución en mi naturaleza y en toda mi alma. ¿Que desmiento
mi carácter? ¿Que me contradigo? Bueno. Deseo hacerte burgués,
vulgarizarte. ¿Que destruyo ese encanto, esa poesía, llamémosla así,
de tu pobreza disfrazada? Mejor; por eso no dejaré de quererte. Es
el gran paso, que yo no he dado hasta ahora en el proceso, ó como
quiera que eso se llame, de los afectos; el paso del período soñador
al período práctico, del noviazgo al matrimonio; la gran crisis del
amor; el tránsito de la época legendaria á la época clásica. ¿Qué
tal? Esto se llama erudición. Tontín, ¿no me comprendes? Es que me
transformo, es que aspiro á fundir la ilusión con la razón, á hacerte
feliz en todos los terrenos, á establecer tu vida junto á la mía en
condiciones de estabilidad. ¿No lo entiendes, grandísimo gaznápiro?
(_Le da muchos besos._)
FEDERICO.
Lo entiendo..., en principio lo entiendo. Pero veo que no cuentas con
la realidad. Esa aspiración tuya es un sueño. Olvidas que estás ya
casada.
AUGUSTA.
Es cierto. Con esa idea me traes á la vida real. Iba yo por los
espacios imaginarios, como las brujas que vuelan montadas en una
escoba. Pero, en fin, el que no podamos hacer vida normal no estorba
para que yo intente mejorar tu existencia y librarte de ciertos
suplicios. ¿Te lo digo más claro? Pues guardando las formas y
respetando lo que debo respetar, quiero que participes de los bienes
materiales que yo disfruto. La desigualdad entre mi bienestar y tu
malestar me mortifica. Hay que repetirlo cien veces: es preciso que
nos volvamos muy prosaicos, muy caseros. (_Sonriendo._) Sin duda esto
es efecto de la edad. Ya voy siendo vieja.
FEDERICO, _con exaltada pasión_.
¡Vieja tú! Eres la juventud eterna, la gracia infinita y la tentación
del mundo entero.
AUGUSTA, _riendo y abandonándose_.
¡Borrico!
_Intermedio largo._
ESCENA X
La misma decoración.
_Los mismos personajes._ FEDERICO, _en el gabinete, reclinado en la
silla-larga_. AUGUSTA, _dentro de la alcoba. No se la ve al principio
de la escena. Es de noche. La lámpara está encendida._
FEDERICO, _mirando el reloj_.
Yo creí que era más tarde: las siete menos diez.
AUGUSTA, _desde la alcoba_.
¿Qué? ¿Deseas que corra el tiempo? ¿Tienes prisa de que me vaya?
FEDERICO.
Al contrario; cuento los minutos, y si pudiera, pondría por delante
los que ya están á la espalda.
AUGUSTA.
Esta noche podré estar hasta las ocho menos cuarto; pero ya sabes que
no has de entretenerme cuando llegue la hora de marcharme. Llegando á
casa á las ocho, ocho y quince, no hay temor. Resultará que he pasado
la tarde en casa de la tía Serafina. Para saber lo que debo decir,
he mandado á Felipa á que se entere de lo que ha ocurrido esta tarde
allá.
FEDERICO.
¿Y si tu marido ha ido á ver á la enferma?
AUGUSTA.
Casi nunca va.
FEDERICO.
No te fíes, no te fíes.
AUGUSTA, _apareciendo en la puerta de la alcoba_.
Veo que eres tú más receloso que yo.
FEDERICO.
Pues digo, si pudiera realizarse lo que antes me proponías, todas las
precauciones serían inútiles y el disimulo absolutamente imposible.
AUGUSTA.
No es imposible... Monín, déjate guiar por esta loca. (_Acercándose
á él._) Lo dicho, dicho. Acábese el romanticismo, y empiece la época
positiva, positivista ó como quieras llamarla. Es menester, amigo de
mi alma, que nos pongamos en prosa. Yo pienso mucho en ello, y se me
ocurren mil planes.
FEDERICO.
Cuéntamelos. Me gusta oirte divagar con tanto donaire sobre
lo imaginario y lo imposible, y admiro en ti la voluntad más
independiente que existe en el mundo.
AUGUSTA, _sentándose junto á Federico en una banqueta, y reclinando
su cabeza sobre el pecho de él_.
Te contaré una cosa interesante. Esta mañana me dijo el Santo: «Tengo
un proyecto para modificar la vida de ese pobre Federico y librarle
de la plaga de sus acreedores.»
FEDERICO, _agitado_.
Por Dios, no me hables de eso. No sabes el daño que me causas.
AUGUSTA, _vivamente_.
Considera que si algo hacemos por ti, no es él quien lo hace, sino yo.
FEDERICO.
No puedo considerar tal cosa. Querida mía, si me amas, impide por
cuantos medios estén á tu alcance los favores de ese hombre, á quien
yo, por mil motivos, debería reverenciar... (_con mucha inquietud_), de
un hombre á quien tú y yo ofendemos gravemente. (_Augusta da un suspiro
y cierra los ojos._)
AUGUSTA, _después de una pausa_.
¿Sabes que me dormiría yo aquí tan ricamente? Siento el latido de
tu corazón, ¡pum, pum!, y el chiqui-chiqui de tu reloj. Con ambos
arrullos y el sueño que tengo, me quedaría como piedra en un pozo.
¡Ay qué gusto, si el tiempo maldito no me aguijonara el pensamiento
para mantenerme en vela!
FEDERICO, _para sí, meditabundo_.