Deje usted á los compadres que se peleen. Buen par de chanchulleros

están los dos. Y Jacinto hace bien en tomarle el pelo al otro. Me ha

contado que le tuvo hace quince años en la redacción del _Fanal_,

trabajando de tijera. Explíqueme usted estas elevaciones. ¡Qué país!

(_Villalonga y el Exministro signen disputando con viveza, pero sin

faltar á la cortesía._)

OROZCO.

Jacinto es muy listo y vale mucho; pero su inconstancia le pierde.

Habría sido ya ministro, si no tuviera la desgracia de encontrarse

mal dondequiera que está.

TRUJILLO, _padre, con displicencia._

Todos lo mismo. Unos por consecuentes, otros por inconsecuentes,

¡bueno tienen el país, bueno!

VILLALONGA, _disputando con el Exministro_.

No hay quien te baraje. Los hombres de talento, cuando dan en

desbarrar...

EXMINISTRO.

¡Si quien desbarra eres tú! ¡Lo repito, parece mentira que teniendo

tantísimo talento...!

VILLALONGA.

No te haces cargo de nada... Pero escucha.

EXMINISTRO.

Permíteme, bruto...

TERESA TRUJILLO, _que sale de la sala japonesa y busca á su hijo_.

¿En dónde está mi artillero? ¡Ah! (_Cogiéndole del brazo._) Ven acá,

hijo de mi alma. Vámonos, sácame de aquí.

OROZCO.

¿Pero se va usted? No lo consiento.

TERESA.

¡Ay, Tomás, tiene usted su casa infestada de _Cuadradismo_! Aquí no

puede estar una persona que se interesa por la justicia.

OROZCO.

Pues yo creí que usted había convertido á mi mujer á la sana doctrina

_Saraísta_.

TERESA, _picada_.

¡Quiá!, siempre ha de llevarme la contraria. Si siguiéramos

disputando, acabaríamos por reñir, como este par de tontos. (_Por el

Exministro y Villalonga._)

INFANTE, _que sale con el Marqués de Cícero de la sala japonesa_.

¿Qué rebullicio es este? Lo de siempre, discutiendo sobre cuál ha

hecho más tonterías.

MONTE CÁRMENES.

Diciéndoles que hay crisis, puede que se pongan de acuerdo.

INFANTE, _interviniendo en la disputa_.

Señores, cese la discordia. El Ministerio está de cuerpo presente.

_Los disputadores no se aplacan; Infante y Monte Cármenes se ingieren

en la discusión, y Orozco, Cícero, Teresa Trujillo, su esposo y su

hijo les contemplan sonriendo. En la sala de la izquierda se quedan

solos Augusta y Federico._

AUGUSTA, _en pie, airada_.

Al fin se ha ido Manolo, el centinela de vista, y podemos hablar un

instante. Tengo que decirte que te estás portando indignamente.

FEDERICO.

Yo, ¿por qué? (_Va á la puerta, atisba y retrocede._) También yo

deseaba que estuviéramos solos, para poder decirte...

AUGUSTA.

No quiero saber nada. ¡Seis días sin verme!

FEDERICO.

Por culpa tuya.

AUGUSTA.

No; tuya, mil veces tuya... No sé qué tienes en esos ojos... La

traición, la mentira y el cinismo. (_Muy agitada._) Ya me estoy

acostumbrando á la idea de que te vas de mí, atraído por personas

indignas, que no quiero ni debo nombrar.

FEDERICO.

No digas disparates. ¿Te espero mañana?

AUGUSTA.

No, repito que no. (_Mirando al salón con recelo._) No vuelvo más; no

me mereces.

FEDERICO.

Que no te merezco, ya lo sé; ¡pero tiene uno tantas cosas que no

merece! ¡Dios es tan bueno!... ¿Irás?

AUGUSTA.

No quiero. Bien claro te lo digo.

FEDERICO.

¡Y yo que tenía que contarte tantas cosas!

AUGUSTA, _con viva curiosidad_.

¿Qué cosas? Cuéntamelas ahora.

FEDERICO.

Ahora no puede ser. Te espero allá, ¿sí ó no?

AUGUSTA.

He dicho que no voy. (_Aturdida._) Lo pensaré... No, no, y mil veces

no. Si fuera, iría para injuriarte, para decirte que te me estás

haciendo aborrecible.

FEDERICO.

Pues para eso. Vas, y allí, muy tranquilamente, nos tiraremos los

trastos á la cabeza.

AUGUSTA.

Cállate... Pueden oir... (_Con miedo._) Te escribiré dos letras...

No, no te escribo ni media letra; no me da la gana.

FEDERICO.

Pero...

AUGUSTA.

Basta... Cállate... Salgamos. (_Aparece en la puerta del salón._)

OROZCO, _á su mujer_.

Si tú no calmas á estos energúmenos, no sé qué va á pasar aquí.

Siéntate al piano, que la música á las fieras domestica.

OFICIAL DE ARTILLERÍA, _á Augusta_.

Es gracioso: los cuatro son ministeriales, y vea usted cómo están.

Música, música. (_Augusta se sienta al piano y preludia._)

AGUADO, _aparte_.

Música tenemos. Tocará seguramente esas cosas que á mí me aburren. De

buena gana me plantaría en la calle. ¡Beethoven, Chopín! Os cambio

por una de aquellas habaneritas... Pero si lo digo, me llamarán

vulgo. Fingiré que estoy en éxtasis.

INFANTE, _corriendo hacia el piano_.

Augusta, por amor de Dios, la sonata 14, _el clair de lune_...

EXMINISTRO.

Música, arte. Parta un rayo á la política.

VILLALONGA.

Tiene la palabra el Sr. de Beethoven.

_Todos ríen, se alegran, y algunos se sientan para disfrutar de la

buena música._

AUGUSTA, _para sí, tocando_.

¡Para tocatas estoy yo! Dios tenga piedad de mí.

ESCENA VIII

Alcoba en casa de Orozco. Dos camas, una á cada lado de la estancia.

OROZCO, _sentado, meditabundo_. AUGUSTA, _que entra, vestida aún de

sociedad_.

OROZCO, _para sí_.

Ya deseaba que se fueran. Me siento esta noche más fatigado que

nunca.

AUGUSTA, _para sí_.

Gracias á Dios que me he quedado sola. ¡Tener que sonreír y tocar el

piano para que los demás se diviertan!...

OROZCO, _alto_.

La música me pone triste esta noche. ¿A qué lo atribuyes tú?

AUGUSTA, _absorta, no contesta sino después de una pausa_.

Perdona: estaba distraída.

OROZCO.

Te digo que la música me ha puesto triste...

AUGUSTA, _alarmada_.

¿Tú triste?... ¿Por qué?... ¡Ah!, la pícara imaginación. Es que de

algún tiempo á esta parte cavilas demasiado, y te fijas más de lo

conveniente en asuntos que por tu posición debieras mirar con calma.

Ahí tienes por qué te desvelas tan á menudo. Cuando no se duerme

bien, querido, toda la máquina anda mal, y el espíritu más valiente

se desmaya.

OROZCO.

De veras que duermo mal, y no sé á qué atribuirlo. Ello debe de

ser contagioso, porque tú también, al menos anoche, estuviste muy

despabilada.

AUGUSTA.

Es que cuando te siento despierto, yo no puedo dormir... No creas,

á mí no me importa. Resisto perfectamente el insomnio. Este cerebro

mío no trabaja ordinariamente lo que el tuyo. A ti te pasa lo que

á muchos que, hallándose dotados de grandes energías, no saben en

qué emplearlas, por haberse encontrado resueltos los principales

problemas de la vida. No hay ningún asunto grave, de tu propio

interés, que ocupe tu ánimo, y para llenar este vacío buscas fuera

mil extrañas cosas, y te las apropias, y les das un calor que no

debieran tener para ti.

OROZCO, _aparte, ensimismado_.

¡Qué lejos de mí, pero qué lejos, veo á mi mujer!

AUGUSTA.

Ya te afanas porque los muchachos delincuentes tengan un asilo en

que se les corrija; ya te interesas por las niñas abandonadas, como

si fueran tuyas. Ó bien das en proteger á ingratos, en salvar de la

miseria á los que se han arruinado por informales ó tramposos... No,

yo no te censuro que seas caritativo y ayudes al prójimo. Pero todo

tiene su límite, hasta la bondad. Para todo hay una medida en lo

humano.

OROZCO.

Vida mía, me juzgas mejor de lo que soy. Mira tú: si cavilo á

ratos, es porque recelo no cumplir bien los deberes que me impone

mi posición. Algunas noches he dormido mal, porque la conciencia

intranquila y como quisquillosa me turbaba el sueño...

AUGUSTA, _sorprendida_.

¡Tú... con la conciencia intranquila..., tú!... El hombre mejor del

mundo. ¡Alabado sea Dios!... (_Persignándose._) Tomás, tú no sabes lo

que te dices.

OROZCO.

En esto de la conciencia, hija mía, cada triunfo que se alcanza

trae nuevos anhelos de alcanzar más. Cuando uno se deja entumecer

por el egoísmo, la conciencia se atrofia, como órgano sin uso, y

hasta llegamos á cometer mil iniquidades sin advertirlo. Pero cuando

nos aficionamos, por esta ó la otra causa, á la contemplación de

la idea moral y á recrearnos en ella, ¡ay!..., entonces, Augusta,

mientras más horizontes se ven, más nos gusta avanzar para reconocer,

descubrir y conquistar espacios nuevos.

AUGUSTA, _para sí_.

Ya tenemos en planta la idea fija de estas últimas noches...

OROZCO.

Mi mayor satisfacción sería que mi mujer comprendiera esto... Creo

que al fin lo entenderás.

AUGUSTA, _acariciándole_.

Mira, hijito, acuéstate y procura dormirte. Si la conciencia te

quita el sueño á ti, á ti, que eres tan bueno, ¿quién, dímelo, quién

dormirá en este mundo?

OROZCO.

Los muertos y los egoístas, que vienen á ser lo mismo. (_Con

jovialidad._) Oye, Augustilla: esta noche deseo el descanso, y me

propongo arrojar de mi cerebro toda idea que no sea la de mi propio

bien. Ea, durmamos. (_Se dispone á acostarse._)

_La doncella aparece en la puerta, y Augusta pasa con ella á otra

habitación para cambiar de ropa._

OROZCO, _solo, acostándose_.

Sí, es preciso descansar, transigir con este mecanismo brutal y

tonto en que estamos metidos. Aquí, solo dentro del círculo de mis

pensamientos, apartado del mundo, ante el cual represento el papel

que me señalan, restablezco mi personalidad, me gozo en mí mismo,

examino mis ideas, y me recreo en este sistema..., lo llamaré

religioso..., en este sistema que me he formado, sin auxilio de

nadie, sin abrir un libro, indagando en mi conciencia los fundamentos

del bien y del mal... ¡Qué placer descubrir la fuente eterna, aunque

no podamos beber en ella sino algunas gotas que nos salpican á la

cara! Hay en el mundo más de cuatro necios que me creen fanatizado

por las prácticas de esta ó la otra religión positiva. Su error me

encubre. No les sacaré de él... Una sola idea me aflige, y es que mi

mujer está aún distante, pero muy distante de mí. Miro para atrás,

y apenas la distingo. Cada noche, al quedarnos solos en este dulce

retiro, libres de la estolidez humana, arrojo á su entendimiento

algunas ideas..., hoy ésta, mañana aquélla, como el novio que tira

chinitas al balcón de su amada para llamar la atención. No las recibe

mal; pero no se halla todavía en estado de asimilárselas. Creo que

al fin se enterará. Es buena, y su corazón está preparado para

limpiarse de egoísmo... ¡Limpieza en extremo difícil!..., ¡vaya si es

difícil!... (_Se adormece._)

AUGUSTA, _entrando de puntillas, en traje de noche_.

Dormido ya; pero esto no es más que el primer sueño, breve y

profundo, que le dura apenas media hora. Y yo, ¿por qué me acuesto

si sé que no he de dormir? ¡Habla de conciencia intranquila!...

Este bienaventurado no sabe lo que es vivir con los pies sobre la

tierra. Él tiene alas. (_Se sienta junto á su lecho, y apoya el

brazo en él y la frente en la mano._) Si mi fe religiosa fuera más

viva... me consolaría. Pero mis creencias están como techo de casa

vieja, llenas de goteras. De esto tiene la culpa el trato social,

lo que una piensa, y lo que oye, y lo que ve... Por ese lado no hay

esperanza. (_Mirando á su marido, que duerme._) Si Dios se ocupa de

nuestras pequeñeces, sabrá que quiero tiernamente á este hombre,

que su salud me interesa más que la mía; sabrá también que esta

unión no satisface mi alma, que otro cariño me salió al paso y lo

tomé, porque me llena la vida hasta los bordes. Esto ha venido á

ser esencial en mí. Mi conciencia es voluble, y suele regirse por

las impresiones que recibo y por los movimientos del ánimo. Cuando

estoy contenta y satisfecha, y los celos no me punzan, mi conciencia

se relaja, se hace la tonta, y me dice que mi falta no es falta,

sino ley del espíritu y de la naturaleza. Pero cuando mi pasión se

alborota con las contrariedades, y el alma se me revuelve, y se

enturbia con sus propias heces que suben, pierdo la tranquilidad y

me tengo por mala, por indigna de perdón... ¿Qué es lo que siento

esta noche? Inquietud, temor de no ser amada. El despecho y la ira

se me vuelven remordimientos. Casi casi me dan impulsos de abrir

el alma delante de mi marido y contarle todo lo que me pasa. ¿Y

para qué? ¿Para renegar de mi error y prometer la enmienda? No, no

tendré fuerzas para enmendarme, ni hipocresía para hacer promesa

tan imposible de cumplir. Me confesaría, simplemente por el consuelo

de vaciar un secreto que ahoga... (_Irguiendo la cabeza._) ¡Dios

mío, qué disparates pienso! Paréceme que tengo fiebre. A estas horas

el insomnio y las cavilaciones nos llevan á una verdadera locura.

¡Confesarme á Tomás! No me comprendería, como yo no comprendo las

sutilezas de su conciencia, que por querer adelgazarse tanto, se

quiebra; incurriría en las vulgaridades de la moral gruesa y común,

de esa que parece que se compra por kilos. ¡Ay!, digan lo que

quieran, estamos gobernados por leyes estúpidas..., hechas para

regularizar lo irregularizable, para contener en distancias muy

medidas el vuelo de las almas..., porque yo también tengo plumas.

(_Hace con las manos movimientos de aleteo._) ¡Vaya que se me ocurren

unas cosas cuando cavilo á estas horas!... Sí, ardo en calentura;

como que dudo á veces si estoy despierta ó estoy soñando..., y hasta

me parece que un diablillo gracioso me sopla al oído lo que he de

pensar... Despierta estoy, y discurro claramente que la sociedad

y sus leyes son obra de la tontería. (_Accionando como si hablara

con alguien._) Y lo digo y lo sostengo: si no nos encontrásemos

atados por estos nudos del convencionalismo, yo podría tener un gran

consuelo. Ante la razón grande, hablo de la grandísima, de la que

anda por allá arriba sin que nadie la pueda coger, ¿qué inconveniente

habría en que este hombre, que miro como hermano de mi alma, este

hombre de entendimiento superior, de gran corazón, todo nobleza,

supiera lo que me está pasando, y que lo oyera de mi propia boca?...

Esto que parece absurdo..., ¿por qué lo es?; mejor dicho, ¿por qué lo

parece? No; lo absurdo no es esto que pienso, sino lo otro, todo el

armatoste social... (_Sonriendo._) ¿Por qué me río?... No me río: es

rabia; es que mi sabiduría, esta ciencia que me entra por las noches,

me hace reir... de rabia.

OROZCO, _para sí, despertando súbitamente y volviéndose._

Tengo la cabeza tan despejada como á las doce del día. Y francamente,

no veo la necesidad de dormir toda la noche. Después de un breve

letargo reparador, no hace falta más. En vez de embrutecernos en el

sueño, ¡cuánto mejor es meditar sobre los graves problemas que nos

rodean, examinar nuestras acciones del día pasado, preparar las del

siguiente!... (_Pausa._) Lo que más me enoja es que me aplaudan, como

si fuera yo un cómico. Quiero que mis actos sean tan secretos que

nadie los penetre; más aún: quiero que resulten con apariencias de

maldad, para que el mundo los censure y los ridiculice. Pero esto es

difícil, muy difícil. El maldito tiene un gran olfato para rastrear

la verdad, y no es fácil engañarle... Porque el bien no es tal bien,

si no se le disfraza, para que vaya por la calle bien enmascaradito.

Y lo peor es que no puede uno evitar que los favorecidos salgan por

ahí con mucho bombo y mucho cascabel pregonando el bien que uno

les hace, mientras yo... no sé qué daría porque me formaran una

reputación de tacaño y cruel. Nada me molesta tanto como la gratitud,

y las manifestaciones de ella... Verdad que hay muchos ingratos, y

esto ya es un consuelo... (_Pausa._) También me gusta cavilar sobre

los términos precisos de este orden de creencias que yo he encontrado

en mi propio pensamiento y en mi corazón; obra mía es todo, y la

primera necesidad que experimento es recatarla del mundo. Aquí no

cabe propaganda, ni yo he de hacerla más que con mi mujer. Sólo á

una persona tiernamente amada comunicaré esta creencia honda, que

proporciona al alma tan grandes consuelos... Sólo á mi pobrecita

Augusta... (_Reparando en su esposa sentada junto al lecho._)

Augustilla, hija mía, ¿qué haces que no duermes?

AUGUSTA.

Ya estaba acostándome, cuando me pareció notarte inquieto. ¿Te

sientes mal?

OROZCO.

No, hija de mi alma. Estoy muy bien; he dormido un rato, y no

necesito descansar más. Déjame que medite sobre cosas que te iré

comunicando en forma tal que puedas comprenderlas.

AUGUSTA, _para sí_.

Vuelta á lo de anoche... (_Alto._) No pienses en eso. Eres bueno, y

por ser mejor te estás dando muy malos ratos. Es hasta un rasgo de

soberbia el pretender salirse de la imperfección humana.

OROZCO.

Desconoces los verdaderos grados del bien. Tu inteligencia es grande;

pero no ve la verdad. No me extraña eso. Yo te iniciaré. Eres la

persona que más quiero en el mundo, y es preciso que vengas tras

de mí, ya que no conmigo. Según mis creencias, la primera de mis

obligaciones es proporcionarte todos los placeres lícitos, rodearte

de las comodidades y encantos que nuestra fortuna nos permite. Hoy

por hoy, no cuadra á mis ideas el cambiar de vida. Me conviene que

continúe este lazo que al mundo nos une y aparentar que, lejos de

haber en mí perfecciones, soy lo mismo que los demás.

AUGUSTA, _para sí_, _confusa_.

¿Estoy segura de entender lo que me dice? (_Alto._) Eso me agrada;

pues si tuvieras tú vocación de anacoreta, yo no creo tenerla nunca.

OROZCO, _algo excitado_.

No, no es eso. En el mundo, en plena sociedad activa, es donde

se debe luchar por el bien. Nada de ascetismo: los que se van á

un páramo, no tienen ningún mérito en ser puros. Sigamos aquí...

Cabalmente esa es la dificultad: realizar cuanto me piden mis

creencias en medio de este tráfago, y en el torbellino de maldades

que nos envuelve. Jamás te apartaré del medio social en que vives. La

regeneración no puede ser eficaz sino dentro de ese medio. Nada de

privaciones materiales, nada de vida de cartujo; eso es de caracteres

mediocres.

AUGUSTA, _para sí_.

Pues lo que ahora dice me parece muy razonable. (_Alto._) Todo eso

está muy bien; pero vale más que lo dejes para mañana, y que duermas

ya y descanses.

OROZCO.

¡Si no tengo sueño, ni me hace falta dormir! (_Inquieto._) Mejor será

que me levante y me pasee por el gabinete.

AUGUSTA, _corriendo á él y deteniéndole_.

No, no hagas tal. Te lo prohibo.

OROZCO.

Bueno, pues yo no puedo consentir que estés desvelada por

acompañarme. Ya que no tienes nada en qué pensar, porque tu

conciencia no chista, recógete y duérmete. No me levantaré, para

que no estés inquieta por mí. Acuéstate, y si no te entra sueño,

hablaremos un poco de cama á cama. (_Augusta se acuesta._)

OROZCO.

¿Sabes en lo que pienso ahora? En la carta que he recibido hoy de

Joaquín Viera, el padre de Federico.

AUGUSTA, _con viveza_.

¿Sí?..., ¿y qué es?

OROZCO.

Pues me dice que llegará aquí del 26 al 28, y que viene á tratar

conmigo de un asunto de intereses.

AUGUSTA.

Sablazo seguro. Por amor de Dios, Tomás, ponte en guardia.

OROZCO.

No caigo en qué podrá ser. Dejémosle venir.

AUGUSTA.

¡Qué trasto ese Joaquín!... No se parece nada á su hijo, que aunque

mala cabeza y desordenado, tiene un fondo de caballerosidad que...

OROZCO.

Es verdad. El papá es tal, que no tiene el diablo por donde

desecharle.

AUGUSTA.

Y abusa de tu bondad siempre que quiere. Mucho cuidado, Tomás; ponle

mala cara cuando le recibas. Recuerda que Joaquín, hace dos años,

después de explotarte indignamente, dijo de ti horrores.

OROZCO.

Debemos perdonar las ofensas.

AUGUSTA.

¿Crees tú que toda ofensa se debe perdonar?

OROZCO.

Todas en absoluto, y sin reserva de ninguna clase.

AUGUSTA.

¿Estás dispuesto tú á perdonar toda ofensa que se te haga?

OROZCO.

Sin género alguno de duda. Me agravias sólo con dudarlo. Pues qué,

¿no tienes tú en tu alma la misma decisión?

AUGUSTA, _vacilante_.

No sé. Eso no puede asegurarse sino frente á los hechos. La

resistencia moral, como el grado de tensión de una cuerda, no se

conoce hasta que se prueba... Pero me parece que hemos hablado

bastante, hijito. Ahora, á dormir.

OROZCO.

A dormir tú, yo no.

AUGUSTA.

Los dos... (_Para sí._) ¡Ay, cuánto me molesta este diálogo!...

Quiero estar sola y pensar lo que á mí me dé la gana, sin tener que

llevar á cuestas el pensamiento ajeno... Fingiré que duermo para que

se calle.

OROZCO.

Como si lo viera, Joaquín me presentará algún antiguo y olvidado

crédito... ¡Pero si por mi cuenta no hay ninguno que no esté

satisfecho...! (_Suspirando._) ¡Ay!, esa maldita _Humanitaria_

ha dejado tras sí un rastro vergonzoso. Yo no soy responsable;

pero disfruto del capital que se amasó con aquel negocio, en que

trabajaron juntos mi padre (que Dios perdone) y este Joaquín Viera,

que es de la piel del diablo. No juzgo lo que hicieron. Después

Joaquín se arruina, se va al extranjero y se dedica al _chantage_

y á mil trapisondas. ¡Quién sabe si se descolgará ahora con algún

enredo...! ¿No crees tú que...? (_Observando á su mujer, que no

chista._) Vaya... se ha dormido. ¡Pobrecilla!

AUGUSTA, _para sí_.

Realidad: Novela en cinco Jornadas · 第 2 / 18 段