NOTA DE TRANSCRIPCIÓN
* En el texto las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las
versalitas se han convertido a MAYÚSCULAS.
* Se ha respetado la ortografía original, que difiere de la utilizada
actualmente. Las inconsistencias ortográficas se han normalizado a
la grafía de mayor frecuencia.
* Se han reparado los emparejamientos de los signos de admiración e
interrogación.
* Los errores obvios de imprenta han sido corregidos sin avisar.
* En el original impreso, la Jornada Quinta carece de Escena III. No
se han renumerado las escenas para suplir el hueco.
REALIDAD
NOVELA EN CINCO JORNADAS
Es propiedad. Queda hecho el depósito que marca la ley. Serán
furtivos los ejemplares que no lleven el sello del autor.
Est. tip. de los Hijos de Tello, Carrera de San Francisco, 4.
NOVELAS ESPAÑOLAS CONTEMPORÁNEAS
POR
B. PÉREZ GALDÓS
REALIDAD
NOVELA EN CINCO JORNADAS
11.000
[Ilustración]
MADRID
SUCESORES DE HERNANDO
Arenal, 11.
1916
DRAMATIS PERSONÆ
FEDERICO VIERA.
OROZCO.
JOAQUÍN VIERA, padre de Federico.
CORNELIO MALIBRÁN. }
MANOLO INFANTE. }
VILLALONGA. }
EL MARQUÉS DE CÍCERO. }
EL CONDE DE MONTE CÁRMENES. }
CALDERÓN DE LA BARCA. } Amigos de Orozco.
AGUADO. }
EL SEÑOR DE PEZ. }
EL EXMINISTRO. }
TRUJILLO. }
EL OFICIAL DE ARTILLERÍA. }
DON CARLOS DE CISNEROS.
SANTANITA.
LA SOMBRA DE OROZCO.
AUGUSTA, mujer de Orozco.
LEONOR (_La Peri_).
CLOTILDE VIERA, hermana de Federico.
LA VIUDA DE CALVO.
TERESA TRUJILLO.
FELIPA, criada de Augusta.
CLAUDIA, criada de Federico.
BÁRBARA, su hermana.
La acción es contemporánea, y pasa en Madrid.
REALIDAD
JORNADA PRIMERA
La escena representa tres habitaciones de la casa de Orozco; gran
salón en el centro y dos salas laterales, las tres piezas comunicadas
entre sí y decoradas con elegancia y riqueza. Por la puerta del fondo
del salón entran los personajes que vienen del exterior. La sala de
la derecha, en la cual se ven las mesas de tresillo, comunica por el
fondo con el comedor y billar de la casa; la de la izquierda, con
gabinetes y dormitorios. Es de noche. El salón y sala de la derecha
están profusamente alumbrados. En la sala de la izquierda, decorada á
estilo japonés, sólo hay dos lámparas, ambas con grandes pantallas.
ESCENA PRIMERA
_Sucesivamente, conforme lo indica el diálogo, entran por la puerta
del fondo del salón central_ VILLALONGA, EL MARQUÉS DE CÍCERO,
AGUADO, CISNEROS, EL CONDE DE MONTE CÁRMENES.
VILLALONGA, _con displicencia_.
¡Maldito tiempo! Vamos, que ni esto es invierno, ni esto es Madrid,
ni esto es nada. ¡Por vida de!... ¿Cuándo se han visto aquí, en la
última decena de Enero, estas noches tibias, este aire húmedo y
templado, este cielo benigno?... Otros años, en los días que corren
de _cátreda_ á _cátreda_, como dicen los paletos, el tiempo suele
ser tan duro, tan destemplado y variable, que cae la gente como
moscas. Pero llevamos un invierno... ¡ay, qué invierno pastelero!
Con esta temperatura de estufa, los viejos y gastados se agarran á
la pícara existencia, y como no se les dé estricnina... ¡Vaya, que
desdicha como ésta!...
EL MARQUÉS DE CÍCERO, _entrando_.
Buenas noches. ¿Qué dice el amigo Villalonga?
VILLALONGA, _con hastío_.
Que no se muere nadie, y que así no se puede vivir.
CÍCERO.
No lo entiendo.
VILLALONGA.
Considere usted, querido Marqués, que suspiro por la senaduría
vitalicia, como término y descanso de una vida de ansiedades... En
fin, usted me entiende. Somos cincuenta candidatos. El Presidente,
agobiado de compromisos, no puede disponer, hoy por hoy, más que
de once vacantes. Si el condenado Enero se portara como teníamos
derecho á esperar de su formalidad, nos traería esos vientecillos
de rechupete, esos cambios bruscos que son la gala de Madrid. Lo
que yo le he dicho hoy al Presidente: «¿Pero dónde están aquellas
heladitas, que de una barredura, ras, se llevaban á seis ó siete
carcamales, de esos que no aciertan ya ni á ponerse los pantalones?»
Él convenía conmigo en que el tiempo se nos ha puesto en contra.
¡Once vacantes, por junto! Nada, amigo Marqués, con tres ó cuatro más
podría el Presidente lanzarse á la combinación, y de seguro entraría
yo en ella...
CÍCERO, _riendo_.
Es gracioso... Pero, hijo mío, todos hemos de vivir...
VILLALONGA.
Calle usted, calle usted por Dios. Yo no hago más que leer la prensa,
á ver si anuncia algún ciclón muy gordo. Y lo anuncia, claro que lo
anuncia; pero el ciclón no viene. Créame usted, hay que quitarle al
Guadarrama su reputación; tenemos que destituirle y mandarle adonde
fué el padre Padilla. ¡Pero si es un dolor, querido Marqués; si
podría yo designarle á usted cuatro ó cinco Matusalenes, que están
como la fruta muy madura, esperando un vientecillo, un soplo ligero
para caerse!...
CÍCERO.
Y caerán, día más día menos. ¿Y á mí se me cuenta también en el
número de los maduritos?
VILLALONGA, _abrazándole_.
¡A usted no..., caramba! Está usted hecho un roble... Que seamos
compañeros, y por muchos años, es lo que deseo.
AGUADO, _alias el_ CATÓN ULTRAMARINO, _entrando muy erguido y
fachendoso_.
Felices, señores y milores. Poca gente todavía... ¡Qué tarde comen en
esta casa! ¿Han visto ustedes los periódicos de la noche?
CÍCERO.
Aquí me traigo _El Correo_.
VILLALONGA.
Y yo _El Resumen_.
AGUADO.
¿Se han enterado ya de ese nuevo escándalo? ¡Otra falsificación de
billetes del Banco Español! Si lo vengo anunciando, si ya están
hartos de oírmelo decir. De la pillería que allá mandaron hace
tres meses, amigo Villalonga, no podía esperarse otra cosa. (_Con
énfasis._) Esto indigna, esto subleva, esto abochorna.
CÍCERO.
Tiene razón. ¡Pobre país!
VILLALONGA, _á Aguado_.
Ínclito Aguado, calma, calma..., filosofía.
AGUADO.
Pero ¿usted no se indigna?
VILLALONGA.
Hombre, ¿de qué? No me gusta hacer mala sangre y malas tripas...
Luego, la hidalga nación, maldito si agradece que nos indignemos en
su defensa.
AGUADO.
Yo sostengo que ni esto es país, ni esto es patria, ni esto es
gobierno, ni aquí hay vergüenza ya. Pues digo: lo mismo que ese otro
gatuperio, el crimencito de la calle del Baño; la curia vendida, y un
personaje gordo metido de patitas en ese fregado indecente.
CÍCERO.
Poco á poco. ¿Hemos de admitir todos los chismes que corren por ahí?
Señor de Aguado, no nos confundamos con el vulgo; respetemos las
reputaciones.
AGUADO.
Que empiecen ellas por hacerse respetables. Señor Marqués, usted es
un ángel, y no ha tenido, como yo, la desgracia de ver de cerca la
podredumbre política y administrativa. Por supuesto, lo de ahora es
ya el acabóse. Al paso que vamos, llegará día en que, cuando pase un
hombre honrado por la calle, se alquilen balcones para verle. ¿Es
esto cierto, ó no? Hay momentos en que hasta llego á dudar si seré yo
persona decente, y sospecho si estaré también contaminado...
VILLALONGA.
Y por fin, ¿cuándo vuelve usted á Cuba?
CISNEROS, _que entra despacio, sonriendo, las manos á la espalda_.
¿Que cuándo vuelve á Cuba? Toma, cuando le manden. Él está ya con la
espuerta al hombro.
AGUADO.
Don Carlos, ¿ya viene usted con la suya llena de chinitas? Bien saben
todos que no quiero ir, á menos que no me den las facultades que...
CISNEROS.
Eso es lo que usted quiere, facultades..., facultades..., venga de
ahí. Por mí que se las den.
AGUADO.
Facultades, ó poderes para limpiar de orugas aquella administración.
VILLALONGA.
Somos ahora muy Catones, ¿verdad?
AGUADO.
Díganoslo usted al revés: _Tacones_. Un Tacón es lo que hace falta
allí.
CISNEROS.
Y como Tacón quiere usted que le manden. ¡Pobre isla! Todos dicen
que van de Tacón, y de lo que van es de zapatilla. Perdone usted,
Aguadito de mi alma, y ya sabe que no le quiero mal; pero siempre que
oigo tronar muy recio contra la inmoralidad, instintivamente me llevo
la mano al bolsillo. Yo no censuro á nadie; es más, deseo que usted
vuelva allá, para que esté contento y se le siente la bilis. Vamos,
que si el hombre se viera otra vez en aquella bendita Aduana, ¡ay qué
gusto, morena!; pues en aquella Aduana de Dios, con las manos bien
arremangadas, pues...
AGUADO.
A este D. Carlos hay que dejarle.
CISNEROS.
¿Pero esta gente no va á concluir de comer en toda la noche? Hasta
luego, señores.
_Se interna en la casa por la sala de la derecha._
VILLALONGA.
Es la peor lengua de España, y la intención más aviesa del mundo.
CÍCERO.
Pesimista incorregible; pero en el fondo buena persona.
AGUADO.
Como que todo eso es jarabe de pico.
VILLALONGA.
La postura pesimista es muy socorrida y de muy buen aire cuando
se tienen cuarenta mil duros de renta para matar el gusanillo.
Sosteniendo que todo es malo, y no casándose con nadie, no se
compromete uno, y vive en la comodidad de su egoísmo, contemplando
las fatigas de los que luchan por la existencia. Los pesimistas
sistemáticos, como los optimistas furibundos, son por lo común
personas que tienen amasado el pan de la vida, y adoptan esas
actitudes para que no les molesten los que están con las manos en la
masa. Y si no que lo diga Monte Cármenes, que aquí viene.
EL CONDE DE MONTE CÁRMENES, _que entra risueño_, _alargando las
manos_.
Aquí está ya todo lo bueno. ¿Qué hay?, ¿qué pasa?, ¿qué me cuentan
ustedes?
CÍCERO.
Pues apenas hay tela. Escándalos, inmoralidad en Ultramar y en
la Península, pero mucha, muchísima inmoralidad; nuevos datos
horripilantes del crimen de la calle del Baño, y por último, crisis.
¿Le parece poco? Como no pida usted el diluvio universal.
MONTE CÁRMENES, _con expresión de dicha_.
Suceda lo que suceda, todo va bien, pero muy bien.
AGUADO.
Es una delicia la falsificación de billetes.
MONTE CÁRMENES.
Yo sostengo que lo que llamamos falsificación es una idea relativa.
VILLALONGA.
Y los falsificadores unos honrados... relativos.
CÍCERO, _con alarma cómica_.
¡Que hay crisis, Conde!
MONTE CÁRMENES.
Mejor. Conviene que todos coman.
AGUADO.
¿Ha oído usted que en el _infundio_ del crimen están metidos dos
ministros?
MONTE CÁRMENES.
Ya saldrán. ¡Cuando digo que todo va como una seda!... Nada, no hay
quien me rinda. Yo soy un hombre que, al levantarse por la mañana,
hace el firme propósito de encontrarlo todo muy bien, perfectamente
bien.
VILLALONGA.
También yo lo haría si tuviera esa bicoca de renta que usted tiene.
Pondría en el oratorio de mi casa la imagen de Pangloss, y le rezaría
al acostarme y al levantarme. Querido Conde, usted y Cisneros son
los seres más felices que conozco. Prescinden de la realidad, y ven
el mundo conforme á su deseo. ¡Ay!, los que tienen que ganarse la
condenada rosca, los que corren afanados tras una posición ó un honor
equivalente á tantas ó cuantas raciones para la familia, no pueden
menos de mirarle la cara á la realidad, y ver si la trae fea ó bonita
para ajustar á ella sus acciones.
_Entran en el salón el Exministro, el señor de Pez (de levita), el
señor de Trujillo (de frac), anciano y valetudinario, apoyado en el
brazo de su hijo, el cual viste uniforme de Artillería._
ESCENA II
_Los mismos. Aparece_ AUGUSTA _en la sala de la derecha, dando el
brazo á_ MALIBRÁN.
MALIBRÁN.
Aunque usted me riña, aunque me mande apalear y me arroje de su casa,
persistiré... Soy la terquedad personificada, y me crezco al castigo.
Y bien podrá suceder que la desesperación me lleve al suicidio, á la
locura... ¡Qué responsabilidad para usted!
AUGUSTA, _riendo_.
¡Para mí! ¡Ay, qué gracioso! ¿Yo qué culpa tengo de que usted se haya
vuelto tonto?... ¿Pero de veras se va usted á matar?
MALIBRÁN.
No bromee usted con una pasión verdadera.
AUGUSTA.
Pero diga usted: ¿es volcánica ó no es volcánica? Vamos, nunca creí
que á persona de tan buen gusto se le ocurriera que por lo trágica me
había de impresionar. Me fastidian las tragedias.
MALIBRÁN.
¿Cuáles? ¿Las representadas?
AUGUSTA.
Y las reales. Eso de matarse, sea por amor, sea por otra causa, me
parece sumamente cursi... Además, me le figuro á usted refractario
á la extravagancia, aun á esa, por ser todo corrección, formas
exquisitas y arte de la vida. ¡Pasiones usted, pasiones hondas! No
lo creeré aunque me lo diga ante notario... ¡Ah!, qué hipócritas
nos hizo Dios, amigo Malibrán... Con esa mónita ha hecho usted su
carrera, y ha engañado á mucha gente; pero lo que es á mí...
MALIBRÁN.
¡Ay, Dios mío! Casi me agrada que usted me injurie. A falta de
otro sentimiento, venga esa bendita enemistad. La prefiero á la
indiferencia.
_Pasan al salón central, donde Augusta es rodeada por Villalonga,
Cícero, Monte Cármenes, Aguado, el Exministro, el señor de Pez y los
Trujillos. Malibrán se aparta de este grupo._
AUGUSTA, _al Exministro_.
¿Qué tal? ¿Tenemos crisis al fin? Diga usted que sí, para que esta
gente se alegre.
EXMINISTRO.
Por mí que la haya. Un vendaje á la situación no vendría mal. (_Con
malicia._) ¿Verdad, Jacinto?
VILLALONGA.
Sobre todo si te ponen á ti de esparadrapo.
PEZ, _coleando y nervioso_.
No hay crisis más que en la mente de los que la desean. ¡Pues no
faltaba más sino que se cambiara de política porque Fulanito está mal
humorado, ó porque hay otros á quienes la tranquilidad del país les
coge sin dinero!
AUGUSTA.
Así me gusta á mí la gente, ó ser ministerial de coraje ó no serlo.
VILLALONGA.
Exactamente como yo.
AUGUSTA, _á Trujillo_.
Bien venidos los Trujillos. ¿Y Teresa?
OFICIAL DE ARTILLERÍA.
No la espere usted tan pronto. No saldrá de casa hasta que acabe de
leer la prensa.
TRUJILLO.
Mi mujer está fanatizada con el crimen. Hoy me atreví á poner en duda
las tendencias _Saraístas_, y por poco me pega.
AUGUSTA.
Pues conmigo no se cómo saldrá, porque yo me he propuesto hacer subir
el papel _Cuadradista_.
OFICIAL.
Por Dios, que no lo sepa mamá.
AUGUSTA.
¿Pero viene esta noche?
OFICIAL.
Sí, en cuanto despache los periódicos.
VILLALONGA.
Eso se llama empaparse en la opinión.
AUGUSTA.
Justamente... Villalonga, ya me ha contado Tomás que está usted
furioso contra la temperatura suave. ¡Cuánto nos hemos reído!
VILLALONGA.
Amiga mía, vivo bajo la influencia de un sino fatal. Usted es mi mala
estrella.
AUGUSTA.
¡Yo! (_Riendo._)
VILLALONGA.
Sí, y tenemos que reñir de veras... Ríase de mi superstición; pero lo
cierto es que siempre que la veo á usted y le hablo, buen tiempo.
AUGUSTA.
Ya sabía yo eso. El Padre Eterno me ha dado vara alta para dirigir
las estaciones. ¿No lo había usted notado? Y para castigar á los
deseosos del mal ajeno, he dispuesto que no hiele, para que se
fastidie usted y no pueda ser senador vitalicio. Tampoco mi marido lo
será, por la misma razón.
VILLALONGA.
Pues acabe usted de una vez, y dé las órdenes para que caiga un rayo
y nos parta á los dos.
AUGUSTA.
Todo se andará. (_A Monte Cármenes._) ¿Qué tal? ¿Vamos bien?
MONTE CÁRMENES.
Perfectamente bien, y sobre tantas dichas, la de verla á usted tan
guapa. ¿Y Tomás?
AUGUSTA.
En el billar, fumando. Me dijo que le espera á usted para echar unas
carambolas. Señores fumadores, señores carambolistas, mi marido y
Pepe Calderón están solos allá. Ea, señor _Catón pasado por agua_,
usted que es una de nuestras primeras chimeneas, al billar.
TRUJILLO.
Yo también; tengo que hablar con Tomás.
AUGUSTA, _á Monte Cármenes._
Usted, Conde, el primer taco de Madrid, allá también. Distráiganme
á Tomás, que no está bien de salud. (_Al Exministro._) Cuidado con
el oficialete, que se jacta de darle á usted codillo cuantas veces
quiera.
EXMINISTRO.
Lo veremos esta noche. Señor oficial, todo el que sea tresillista que
me siga. (_Dirígense á la sala de juego._)
_Aguado, Monte Cármenes y Trujillo padre pasan por la sala de
juego para entrar en el billar, á punto que sale Cisneros. Óyese el
chasquido de las bolas de marfil._
CISNEROS.
¡Malditos carambolistas, cómo le marean á uno!... ¿Y los fumadores?
¡Qué atmósfera, qué aburrimiento! Busquemos quien me haga la partida.
(_A Malibrán, que ha vuelto á aproximarse al grupo principal._)
¡Eh!..., diplomático de chanfaina, ¿la echamos ó no la echamos?
MALIBRÁN.
Amigo D. Carlos, lo siento mucho; pero tengo que retirarme pronto.
Trabajamos ahora por las noches en el Ministerio... un asunto
urgentísimo.
AUGUSTA.
Sí, corra; corra allá, no se vaya á alterar el equilibrio europeo...
Me parece á mí que entre él y ese pillo Bismarck están tramando algo.
¡Buen par!
MALIBRÁN.
¡Ay qué mala, qué burlona!
VILLALONGA.
Esos trabajos nocturnos en Estado, me figuro lo que son: unas
_juerguecitas_ muy disolutas en donde yo me sé.
AUGUSTA.
Claro, y á eso llaman el arbitraje de España en la cuestión entre
Nicaragua y... qué sé yo qué. Todo lo arreglan éstos con cañitas de
manzanilla.
MALIBRÁN.
¿Y por qué no?
CISNEROS, _cogiendo por el brazo á Malibrán y llevándosele_.
Ande usted, perdido.
MALIBRÁN.
Don Carlos, á sus órdenes. Pero hasta las once y media nada más. Sin
broma, tenemos que trabajar en el Ministerio. Busque usted quien nos
haga el pie.
AUGUSTA, _dirigiéndose á la sala japonesa, seguida de Villalonga y
Cícero._
¿Qué es eso de las francachelas de Malibrán?
VILLALONGA.
El se lo contará á usted. No es corto de genio. Pertenece á la
escuela moderna de la sinceridad.
MALIBRÁN, _aparte, en el salón, mientras Cisneros trata de reclutar
otro tresillista_.
¡Esta condenada... hasta se permite ponerme en solfa... á mí! No
se rinde, no. ¿Si acertará Infante, que la tiene por la virtud más
incorruptible y la fortaleza más inexpugnable?... Eso lo veremos...
¡Y ahora tengo que aguantar las latas de este buen señor, y dejarme
ganar cinco ó seis duros, adorando la peana por el santo! Lo peor
es que en toda esta quincena, en los almuercitos del papá, nunca he
podido cogerla sola. ¡Siempre allí el tontín de Infante, ó Federico
Viera! Y la única vez que faltaban convidados, hizo el vejete
castellano la gracia de no quedarse dormido, como de costumbre. A
este tío quisiera yo darle un disgusto, por ejemplo, probándole que
el Greco que ha adquirido ahora no es tal _Greco_, sino un _Mayno_ de
los peores, y el que supone _Valdés Leal_ un _Antolínez el Malo_.
CISNEROS.
Ea... ya tenemos tercero, el amigo Pez. (_Pasan á la sala de la
derecha y juegan. Trujillo, padre é hijo, y el Exministro hacen otra
partida en la mesa próxima._)
ESCENA III
_Los mismos._ MANOLO INFANTE _entra en el salón y lo recorre,
observando con precaución. Atisba por la puerta de la izquierda_.
INFANTE.
Está en la sala japonesa con Cícero, Villalonga y no sé quién más.
Malibrán ha comido aquí hoy. ¿Se habrá marchado ya? Probablemente; es
de los invitados esta noche por _la Peri_... (_Mirando por la puerta
que da á la sala de juego._) ¡Ah!, no; está haciéndole la partida á
Cisneros, y dejándose ganar. ¡Cómo le adula fingiendo creer que son
de grandes maestros las tablas viejas y podridas que el otro compra
en el Rastro, y soportando sus tresillos!... Por allí suena la voz de
Villalonga diciendo graciosos disparates... Y Orozco ¿dónde andará?
Oigo el chasquido de las bolas... Huyamos por esta noche de los
carambolistas. A Federico no le veo ni le oigo; pero no ha de tardar.
Observaremos...
MONTE CÁRMENES, _que sale del billar y atraviesa la sala de juego y
el salón_.
Dios le guarde.
INFANTE.
A la orden, mi Conde.
MONTE CÁRMENES.
¿Qué ha habido esta tarde?
INFANTE.
Nada; una sesión aburridísima. El consabido chubasco de preguntas
rurales, hasta las cinco, y en la orden del día la insufrible lata de
_petróleos en bruto_. ¿No fué usted?
MONTE CÁRMENES.
No. Me revienta el tema de estos días en aquellos pasillos. Tanto
hablar de inmoralidad le revuelve á uno los humores. Y luego que si
hay crisis, que si no debe haberla, que si vira, que si torna... Esto
divierte un día, dos; pero luego marea. Y eso que yo gasto la gran
pachorra: á cada cual le doy por su gusto, y al que me dice que no
podemos vivir sin crisis, le contesto que me parece bien, y al otro
lo mismo, y siempre bien, siempre en el mejor de los mundos posibles.
INFANTE.
Es verdad.
MONTE CÁRMENES.
Vamos á ver qué hay por aquí. (_Entran ambos en la sala japonesa._)
AUGUSTA, _á Infante_.
Manolo, dichosos los ojos... Hoy hemos hablado muy mal de ti... ¿Por
qué no viniste á comer?
INFANTE.
¡Desdichado de mí! He tenido que comer con una comisión de mi
distrito que viene á gestionar la rebaja del cupo de consumos. Me
gustaría que probaras un convite de estos para que vieras lo resalado
que es.
AUGUSTA.
Gracias, me lo figuro. ¡Y has tenido que aguantar..., pobre ángel!
INFANTE.
Y oírles, y agasajarles, y fingir que estoy muy indignado con el
Ministro, y prometer, dándome un golpe de pecho..., así, que si el
Ministro no me complace, le pondré verde con una preguntita sobre
la corta de pinos en Rebollar. Y añade á esto los chismes de aldea
que he tenido que oir. Al fin pude zafarme de ellos, diciendo que
me había citado el Director de Obras Públicas para ponernos de
acuerdo sobre el emplazamiento de la estación del ferrocarril en
construcción, y con esto les dí el esquinazo, y se fueron tan ternes
á ver una funcioncita en Lara.
AUGUSTA.
¡Pobres baturros, cómo te diviertes con su inocencia! Pues mira, eso
es una gran inmoralidad. (_Entra Aguado bruscamente._) ¡Ay!, me ha
asustado usted. En cuanto se habla de inmoralidad, se nos presenta
este hombre, como caído del cielo.
AGUADO.
Señora, no caigo del cielo, sino que entro en él, pues entro donde
usted está.
AUGUSTA.
¡Ave María Purísima! ¡Cuánta finura! ¡Qué metafórico está el tiempo!
AGUADO.
Yo no las gasto menos.
AUGUSTA.
Hablaban aquí de política, y decían que esto está muy perdido.
AGUADO, _á Infante_.
¿Qué ha habido esta tarde en esa leonera?
INFANTE.
Pues nada. No se puede ir allí, porque ha salido una plaga de
honrados... Vamos, es cosa de mandarles á la cárcel... por honrados,
precisamente por honrados del género inaguantable. ¡Dichosa moralidad!
AUGUSTA.
Muy bien dicho. Y usted (_á Aguado_), ¿no sale á defender la clase?
AGUADO.
¿Qué clase?
AUGUSTA.
La de los honrados, hombre.
INFANTE.
Esto no va con él. Me he referido á la clase peninsular, y respeto la
ultramarina ó de la _Vuelta Abajo_, pues de esa nada tengo que decir.
AGUADO.
Este es un ministerial de la clase de _Isidros_, ó del montón anónimo.
Todo lo encuentran bien, y cuando se les habla del cáncer de la
inmoralidad, alzan los hombros y se quedan tan frescos.
AUGUSTA.
Tiene razón Aguado: lo mismo les da á éstos el país que la carabina
de Ambrosio... No se ría usted, Conde, que contra usted voy; usted no
tiene patriotismo, usted no se indigna como debiera indignarse, y esa
sonrisita, esa santa pachorra es un insulto á la moral.
MONTE CÁRMENES.
Si fuera una necesidad que yo me _indiznase_, me _indiznaría_. Pero
si otros lo hacen, y lo hacen muy bien, ¿á qué cuento viene que yo
me enfurruñe y haga malas digestiones? Máxime cuando veo que todo
se arregla al fin, y que los más severos hoy son mañana los más
condescendientes.
AGUADO.
Ó en otros términos: que todos son lo mismo, y vamos tirando. Hoy por
ti y mañana por mí.
CÍCERO, _con buena fe._
No es malo que se hable tanto de nuestros vicios, porque así los
corregiremos.
AUGUSTA.
¡Ay, Marqués, no sea usted cándido! Eso de la moralidad es cuestión
de moda. De tiempo en tiempo, sin que se sepa de dónde sale, viene
una de estas rachas de opinión, uno de estos temas de interés
contagioso en que todo el mundo tiene algo que decir. ¡Moralidad,
moralidad! Se habla mucho durante una temporadita, y después seguimos
tan pillos como antes. La humanidad siempre igual á sí misma. Ninguna
época es mejor que otra. Cuando más, varía un poco la forma ó el
estilo de la maldad; pero lo de dentro, crean ustedes que poco ó nada
varía.
VILLALONGA.
¡Eh! ¿Se explica la niña? ¡Qué talentazo!
AGUADO, _con hinchazón_.
Perdóneme usted, señora. No me compare esta época con otras. Yo
recuerdo..., por ejemplo, cuando fuí á Cuba la primera vez...
AUGUSTA, _con viveza_
Cuando usted fué á Cuba la primera vez, vendían la carne humana, y
usted, creyendo que no hacía nada malo, afanaba algunas hilachas de
aquella carne... No, no le censuro; era cosa corriente.
AGUADO.
Perdone usted...
AUGUSTA.
Está usted perdonado; pero déjeme acabar... Pues en aquel tiempo se
defraudaba tanto como ahora, ó quizás más, mucho más. Cierto que
usted fué siempre de los puros, en eso estamos... Si lo sabemos, si
es artículo de fe: no se apure. Yo reconozco que usted se enfurece
ahora con muchísima razón, y que si quiere volver allá es para
corregir todas aquellas infamias que antes no corrigió.
AGUADO.
Permítame...
AUGUSTA.
¡Día feliz el día en que usted vuelva!
INFANTE.
Se extirpará de raíz el cáncer.
MONTE CÁRMENES.
Y aquello será la delicia del mundo.
VILLALONGA, _mandando callar_.
Dejarla, dejarla.
AUGUSTA.
Pues haría muy mal el señor de Aguado en meterse á cirujano de
cánceres. Dirían de él los horrores que ahora dicen de los otros.
AGUADO.
Pero como yo desprecio la calumnia...
AUGUSTA.
Justo es despreciarla. En fin, yo reconozco, todos reconocemos que
usted hace allí mucha falta; y si yo fuera Ministro del Cáncer...,
digo, de Ultramar, ahora mismo extendía la credencial.
AGUADO.
Gracias..., estimando.
AUGUSTA.
Y usted me mandaría, por el primer correo, cigarros para mi marido, y
para mí cascarilla, de esa tan buena que usan allí las señoras.
AGUADO.
¡Quiá! Usted no la necesita... con ese cutis.
AUGUSTA.
Ó dulces, piñas, guayaba.
AGUADO.
Si es usted más dulce que todas las jaleas del mundo.
AUGUSTA.
En fin, váyase usted pronto, á ver si arreglando aquello no se vuelve
á mentar la dichosa inmoralidad. Ya empalaga. Me gusta más oir hablar
del crimen famoso, que al menos interesa por sus lances dramáticos y
sus misterios de folletín.
AGUADO.
Eso á mí no me divierte. Mientras ustedes desmenuzan el crimen, voy á
echar un vistazo á los tresillistas. (_Pasa al salón._)
VILLALONGA.
¡Adelante con el crimen!... En el Casino he oído novedades estupendas.
AUGUSTA.
¿Qué se dice?... ¿A ver?
ESCENA IV
_Los mismos._ FEDERICO VIERA.
INFANTE, _aparte, retirándose del grupo_.
¡Qué hermosa está, qué simpática y qué mona es esta maldita, y
cómo me fascina y enloquece!... ¡Ah!, paréceme que oigo la voz de
Federico en el salón. (_Entra en el salón Federico Viera, y habla
con Aguado._) Él es, sí. Observaré la cara que pone mi prima cuando
él entre. ¿Por qué mis sospechas, sin fundamento formal, sobreviven
á todas las razones y se rebelan contra las pruebas en contrario?
Acechando rostros y palabras espero sorprender algún indicio, y
coger la punta del hilo por donde se saque el ovillo de la realidad.
Este bendito Marqués de Cícero me servirá de garita para ponerme
de centinela. (_Llevándole hacia la consola que está junto á la
puerta._) Querido Marqués, el domingo sentí mucho no ir á pasar el
día en las Charcas.
CÍCERO.
Pues acertó usted quedándose, porque el día, que amaneció
hermosísimo, se nos puso infernal. Tomás no fué tampoco, ni Malibrán;
sólo estuvimos Villalonga y yo; pero Jacinto, viendo el mal cariz, se
metió en la casa. Yo, siempre impertérrito, me corrí hacia el puesto
con el guarda, porque me daba la corazonada de que habían de venir
las perdices. Lo que venía, hijo de mi alma, era el chubasco número
uno. Pero yo..., impertérrito con mi capote de monte. El macho que
llevamos es un macho que no nos lo merecemos, ni se lo merecen ellas
las muy correntonas; ¡venga agua!, y el macho impertérrito, cantando
que se las pelaba, _chiquití_. Por fin, ¿creerá usted que parecieron
por allí las muy...?
INFANTE, _aparentando atender al Marqués, y contestándole con
cabezadas_.
Yo... ¡oh!, yo no creo... (_Aparte._) Ya se acerca. Disimulo, y mucho
ojo á la cara de esa hipócrita. Que no se me escape ni la inflexión
más ligera.
AUGUSTA, _para sí, fingiendo prestar atención á lo que le dice
Villalonga_.
Ahí está ya. Cara mía, ojos míos, haceos de piedra. Que ninguna
suspicacia, ninguna curiosidad os sorprendan en un descuido de
expresión. Ese pillo de Manolo me está observando... A buena parte
viene. El corazón me salta en el pecho; pero la cara, bien prevenida,
se mantiene firme; y aquí no pasa nada. Indiferencia afectuosa...,
distracción..., no le siento entrar. (_Entra Federico._)
INFANTE, _para sí_.
No repara en él...
FEDERICO, _saludando_.
Aunque usted no quiera... Augusta...
AUGUSTA, _fingiéndose sorprendida, y sin ninguna emoción visible_.
¡Ah!..., parece que entra usted como los ladrones. ¡Cuánto tiempo...!
¿Ha estado usted malo?
FEDERICO.
Un poquillo.
AUGUSTA.
Pues no se le conoce en la cara. Me alegro de verle. ¿Nos trae usted
noticias nuevas del crimen?
INFANTE, _para sí_.
Pues señor, cualquiera les descubre á éstos. ¿Tocaré yo el violín á
toda orquesta? ¿Correré tras un fantasma?
FEDERICO, _sentándose_.
Traigo noticias... para chuparse los dedos. Esta tarde se dice
que la muerta no es quien se creía, sino otra persona. ¿Qué tal?
¡Equivocarse en la identificación! Esta sí que es gorda.
AUGUSTA.
¿Pues quién era?
FEDERICO.
Una señora recién venida de Cuba, y cuyo nombre nadie sabe.
AUGUSTA.
Vamos, eso es ya delirar.
VILLALONGA.
Ganas de aumentar la confusión. No, sobre la persona de la víctima
no puede caber duda. Estas bolas las hacen correr los curiales con
la idea de desorientar al público, á fin de que no se fije en los
verdaderos asesinos.
AUGUSTA, _convencida_.
Para mí, el matador es Segundo Cuadrado, ese pillo á quien algunos
quieren hacer pasar por santo, porque ayuda á misa y se reza tres ó
cuatro rosarios al día. Creo además que es instrumento de personas
muy altas.
FEDERICO.
He oído que algunos vecinos vieron entrar en la casa, horas antes del
crimen, á un cura.
AUGUSTA.
¡También un cura!
FEDERICO.
Por las trazas debía de ser alguien disfrazado de sacerdote, quizás
una mujer.
MONTE CÁRMENES.
La madrastra... Si digo que...
FEDERICO.
¿Por qué no?
CÍCERO.
Eso no puede ser.
INFANTE.
Es un disparate.
MONTE CÁRMENES, _aburrido_.
Ea, señores, es mucho crimen para mí. Volveré cuando hayan ustedes
pescado la verdad, y la trinquen bien para que no se escape. (_Vase._)
AUGUSTA.
Pues ustedes dirán lo que quieran; pero á mí, la madrastra, esa doña
Sara, me parece una buena persona. Manolo, ¿tú qué piensas?
INFANTE.
Que es un crimen adocenado, y que ni hay madrastra, ni intoxicación,
ni alto personaje, ni influencia, sino la vulgarísima tragedia del
sirviente que roba, y al verse sorprendido mata; ni más ni menos.
FEDERICO.
Vamos, tú eres sensato, y te atienes á la versión de rúbrica, que nos
presenta los hechos como arregladitos á un patrón de conveniencias
curiales. Hasta el crimen debe ser correcto, y los asesinos han de
tener su poquito de ministerialismo.
AUGUSTA.
Muy bien dicho.
INFANTE.
No es eso. Pero me parece ridículo mezclar en asuntos tan bajos á
personas respetables. Hasta han dicho que el criaducho, ese Segundo,
es hijo natural de...
FEDERICO.
¿Quién podrá afirmarlo ni negarlo? Si los misterios de la conciencia
individual rara vez se descubren á la mirada humana, también la
sociedad tiene escondrijos y profundidades que nunca se ven, así
como en el interior de las masas rocosas hay cavernas donde jamás
ha entrado un rayo de luz. Pero de repente ocurre un cataclismo,
una convulsión del terreno, un derrumbamiento, y la roca se parte,
descubriendo el hueco que nadie hasta entonces había visto... En
cuestión de enigmas sociales, yo no afirmo nada de lo que la malicia
supone; pero tampoco lo niego sistemáticamente.
AUGUSTA.
Yo no soy sistemática; pero me inclino comúnmente á admitir lo
extraordinario, porque de este modo me parece que interpreto mejor
la realidad, que es la gran inventora, la artista siempre fecunda y
original siempre. Suelo rechazar todo lo que me presentan ajustado
á patrón, todo lo que solemos llamar _razonable_ para ocultar la
simpleza que encierra. ¡Ay!, los que se empeñan en amanerar la vida
no lo pueden conseguir. Ella no se deja, ¿qué se ha de dejar? Este
Manolo, empapado en esa tontería del ministerialismo, no quiere ver
más que la corteza oficial ó pública de las cosas. Es la mejor manera
de acertar una vez y engañarse noventa y nueve. Nadie me quita de la
cabeza que en ese crimen hay algo extraordinario y anormal. Sería
ridículo y hasta deshonroso para la humanidad que los delitos fuesen
siempre á gusto de los jueces. Admito lo del personaje influyente que
protege al asesino; me inclino á creer que el móvil fué amor y no
robo, y en cuanto á la madrastra, esa doña...
VILLALONGA.
Cuidado con defender á la madrastra, que aquí está Teresa Trujillo, y
según parece, va á negar el saludo á los que no opinen como ella.
AUGUSTA.
Es furibunda _madras... trista_; dificilillo es de pronunciar, pero
no hay más remedio que admitir la palabreja.
ESCENA V
_Los mismos._ TERESA TRUJILLO, _de edad madura, vivaracha, el pelo
pintado de rubio_.
AUGUSTA.
Las trae acabaditas de coger.
TERESA.
Vengo á buscarlas. (_Saludando á todos._) Manolito, buenas noches.
Jacinto, Federico, Marqués..., de fijo ustedes saben algo nuevo. Hoy
me he leído una arroba de prensa. ¡Qué buena viene! Por supuesto, al
que sostenga que no fué la madrastra, le diré que ha tomado dinero de
los _Cuadradistas_.
AUGUSTA.
Pues yo la defiendo, y de mí no creerá usted que me he vendido.
TERESA.
Pero estás influida por éstos, que en su afán de sacar del pantano
al juez, hacen la causa del _Cuadradismo_, sosteniendo que el criado
_mojó_. ¡Qué infamia! ¡Pobre Segundo, un muchacho honrado y decente,
devoto de la Virgen!... Yo no puedo ver esto con paciencia. Te juro
que si á esa bribona no la llevan al palo... va á haber aquí un
cataclismo.
INFANTE.
¡Qué la han de llevar, señora, si doña Sara es una santa, devotísima
de San José!
TERESA.
Quite allá el muy tonto... Usted es de los que trabajan porque
triunfe la farsa. Ya se ve: defiende al gobierno, que tiene interés
en echar tierra... Una horca en la Puerta del Sol, para ir colgando
en ella ministros y pájaros gordos, es lo que hace falta.
AUGUSTA.
¡Hija, por Dios!...
TERESA.
Ó la guillotina. Aquí no hay justicia ni vergüenza. Es cosa probada
que los que andan en el ajo le han asegurado la vida á ese bendito
Segundo para que declare en forma que no comprometa á doña Sara.
Esto es un espanto. Yo puedo asegurar á ustedes una cosa, y es que
unas amigas mías la vieron un día en _la Palma_ comprando cintas para
sombreros...
VILLALONGA.
¿Y qué?
TERESA.
Si no me ha dejado usted concluir. Iba con ella un hombre de barba
rubia.
INFANTE.
¿Y qué?
TERESA.
¡Y qué!... ¡Y qué! (_Exaltándose._) Ese sujeto es el hombre con barba
postiza que los vecinos vieron bajar, momentos antes del crimen.
FEDERICO.
¡Si el que bajó iba vestido de cura!
INFANTE.
De anchas caderas, bajito él, pecho abultado... Era la propia doña
Sara disfrazada de sacerdote.
TERESA.
No echemos la cosa á barato, amiguitos, que esto es muy serio.
AUGUSTA.
Pongámonos en lo razonable.
TERESA.
Eso es, en lo razonable.
FEDERICO, _á Augusta, vivamente_.
¿Pero no decía usted que es enemiga de lo razonable, porque lo
razonable es el amaneramiento de los hechos?
AUGUSTA.
Sí; pero hay que distinguir...
FEDERICO.
No, no crea usted que voy á condenar sus ideas. Convengo en que
la realidad es fecunda y original, en que la verdad artificiosa
que resulta de las conveniencias políticas y sociales nos engaña.
Pero no nos lancemos por sistema á lo novelesco, ni por huir de
un amaneramiento caigamos en otro, amiga mía. Usted tiene viva
imaginación, y lo dramático y extraordinario la seduce, la fascina.
La vida, por desgracia, ofrece bastantes peripecias, lances y
sorpresas terribles, y es tontería echarnos á buscar el interés
febricitante, cuando quizás lo tenemos latente á nuestro lado,
aguardando una ocasión cualquiera para saltarnos á la cara.
AUGUSTA.
En eso estamos conformes. Pero yo no busco el interés febricitante.
Es que, sin darme cuenta de ello, todo lo vulgar me parece falso: tan
alta idea tengo de la realidad... como artista; ni más ni menos.
VILLALONGA, _aplaudiendo_.
Admirable paradoja. ¡Qué maravilloso talento!
_Todos aplauden._
AUGUSTA, _soltando la risa_.
Gracias, amado pueblo.
FEDERICO.
Tiene usted toda la sal de Dios.
AUGUSTA, _para sí_.
¡Qué zalamerito viene esta noche! ¡Ah!, grandísimo pillo, tú me la
pagarás. No sabes tú la culebra que tengo enroscada aquí. Deja que yo
te coja...
TERESA.
No entiendo de estas zarandajas. Yo sigo siempre el criterio del
pueblo. ¿Es esto lo que llaman ustedes vulgo? Pues sea: no me negarán
que el pueblo tiene un instinto...
VILLALONGA.
Sí; pero es profundamente sugestivo y fascinable. Los milagros ¿qué
son más que fenómenos de hipnotismo? Todas las religiones, incluso la
cristiana, se fundan en eso.
TERESA, _amoscándose_.
¡Eh!, cuidado: no me toquen á la religión. De las falsas hablen
ustedes lo que gusten; pero de la verdadera...
INFANTE.
Y usted, ¿cómo siendo tan absolutista...?
TERESA, _irritada_.
Sí, señor, muy absolutista, muy católica, apostólica, romana, y al
mismo tiempo muy popular, muy populachera. ¿Qué, no lo entiende
usted, angelito?
MONTE CÁRMENES, _asomándose á la puerta_.
¿No ha concluído todavía el crimen?
AUGUSTA.
Sí, sí; basta ya. Tilín, tilín; se suspende esta discusión. Orden del
día...
_Entra Monte Cármenes. La conversación se generaliza y se deslíe,
subdividiéndose._
ESCENA VI
OROZCO, CALDERÓN _y_ AGUADO _aparecen en la sala de la derecha. En
una de las mesas de ésta, continúan jugando al tresillo_ CISNEROS,
MALIBRÁN _y_ PEZ. _En otra juegan el_ EXMINISTRO _y los_ TRUJILLOS,
_padre é hijo_.
OROZCO, _á Aguado_.
No es exacto, repito, y buen tonto sería yo si tal hiciese.
AGUADO.
Pues á mí me han dicho que, á no ser por usted, el _Correccional de
jóvenes delincuentes_ no se habría construído nunca.
OROZCO.
Habladurías. He contribuído á esta obra benéfica en la misma medida
que los demás iniciadores, y desempeño el cargo de tesorero de la
Junta.
AGUADO.
Ahí es donde cae usted, amigo mío. ¡Si todo se sabe! La Junta no
recauda lo bastante para continuar con método las obras. Llega un
sábado y faltan fondos para pagar los jornales de la semana. Pero no
hay que apurarse: el buen Orozco tira del talonario, y...
OROZCO, _risueño y calmoso_.
Pues estaría yo lucido. No, esas generosidades caen ya dentro del
fuero de la tontería, y francamente, yo aspiro á que se tenga mejor
idea de mí. El atribuirle á uno méritos que no posee, y que, por lo
disparatados, no deben lisonjear á nadie, constituye una especie
de calumnia, sí, señor, una calumnia de benevolencia, que si no se
cuenta entre los pecados, no debe contarse tampoco entre las virtudes.
AGUADO.
¿De modo que, según ese criterio, yo soy un calumniador... al revés?
Pues me corregiré, pierda usted cuidado; diré que es usted un pillo,
un hombre sin conciencia; diré más: diré que el tesorerito este se
da sus mañas para distraer cantidades del fondo del _Correccional_ y
aplicarlas á sus vicios.
OROZCO.
Basta; no tanto. (_Con jovialidad._) Pues mire usted: si se dijera
eso, alguien lo creería más fácilmente que lo otro, siendo ambas
cosas falsas.
AGUADO.
No crea usted que la opinión pública se deja extraviar tan fácilmente
por los difamadores. Ya ve usted las atrocidades que han dicho de mí.
Que si me traje media isla de Cuba en los bolsillos; que si vendía
los blancos como antes se vendían los morenos; mil tonterías. Pues
si al principio se formó contra mí una atmósfera tan densa que se
podía mascar, no tardé en disiparla con mi desprecio, y al fin la
opinión me hizo justicia.
CALDERÓN.
¿Qué duda tiene? (_Con ironía._) La reputación de usted es como el
sol, que disipa las nieblas, y resplandeciendo en el cénit de la
fama...
OROZCO.
No te metas á hacer figuras, Pepe, que armas unos líos... Por
supuesto, yo desconfío siempre de la voz pública, así cuando vitupera
como cuando alaba, y creo que rarísima vez acierta.
AGUADO.
Pues aguantar el chubasco, señor mío. De usted se dicen horrores: que
costea solo ó casi solo las obras del _Correccional_ para chicos; que
le comen un codo las Hermanitas de la _Paciencia_; que viste todo el
Hospicio dos veces al año, y qué sé yo...
OROZCO.
Más vale que les dé por ahí. Yo también pienso echarme á panegirista
de los amigos; diré que el señor de Aguado fundará un asilo para
cesantes de Ultramar.
AGUADO.
¿Yo? Que los parta un rayo. Eso sí que no lo creerá bicho viviente.
Para que me _asilen_ estoy yo, no para _asilar_ á nadie. Desnudo fuí
y desnudo vine.
CISNEROS, _terminando una jugada_.
Ea..., entregarse... No puede usted conmigo.
MALIBRÁN, _paga, disimulando cortésmente su mal humor_.
Ahí va..., D. Carlos, he tenido el honor de que me gane usted seis
duros.
CISNEROS.
El honor de jugar conmigo se paga caro.
MALIBRÁN.
Pero con gusto. (_Aparte._) Maldita sea tu estampa, pícaro viejo.
(_Alto._) D. Carlos, dispénseme y deme de alta: tengo que marcharme.
Calderón me sustituirá en el papel de víctima. (_Se levanta; Calderón
ocupa su sitio._)
CALDERÓN.
No, lo que es á mí no me trastea D. Carlos. Prepárese usted, que le
voy á abrasar vivo.
CISNEROS, _barajando_.
Este Calderón es de cuidado; pero no puede conmigo. ¿Tienes dinero?
Si no lo tienes, dile al benéfico Orozco que te llene los bolsillos,
porque ahora la entregas. (_Juegan._)
MALIBRÁN, _á Orozco_.
¡Ah, qué cabeza...! ¿Pues no me iba sin decirle á usted lo que más
presente tenía?... Aquel muchacho que usted me recomendó... ¿No se
acuerda? Ya le hemos metido en un viceconsulado de Asia.
OROZCO.
Bien... Pues francamente, yo tampoco me acordaba. Ha hecho usted una
buena obra: Ese joven es hijo de una pobre viuda...
MALIBRÁN.
No tiene que agradecerme su colocación... Yo lo he hecho por usted.
OROZCO.
¡Por mí!... Si apenas le conozco. Me lo recomendó... (_Haciendo
memoria._) Pues no me acuerdo, ni hace al caso. Ello es que hay
tanta miseria en este mundo, que se llega á perder la cuenta de los
desfavorecidos de la suerte que pordiosean en una ú otra forma.
AGUADO.
Es verdad; el desequilibrio entre las necesidades y las posiciones
es tal, que el sablazo ha venido á ser continuo y denso, como una
granizada; y no cae sólo sobre la cabeza del rico, sino también sobre
los que vivimos con modesto pasar. Sablazos en la calle y en la
casa, por la mañana y por la tarde, en pleno día y á la melancólica
hora del crepúsculo; sablazos de dinero, de recomendaciones, de
influencias. Aseguro á usted que comemos de milagro.
OROZCO, _distraído_.
De milagro...
AGUADO.
Admiro la paciencia de usted y su longanimidad. (_Siguen hablando,
Malibrán pasa al salón y se encuentra con Villalonga, que ha salido
de la sala japonesa._)
VILLALONGA.
¿Te vas ya?
MALIBRÁN.
Sí, voy á despedirme de la ingrata.
VILLALONGA.
¿Y cómo va eso?
MALIBRÁN.
Desastrosamente. No he adelantado ni un solo palmo de terreno. Me
confirmo cada día más en la certeza de lo que hablábamos anoche.
VILLALONGA.
¿Crees que hay moros por la costa?
MALIBRÁN.
Como creo en Dios. Y esa morisma hace tiempo que piratea. Nada,
Augusta tiene su enredito. Y ten por cierto que tiro de la manta y
se lo descubro.
VILLALONGA, _con sorna_.
Sí; véngate. A estas virtudes enfatuadas hay que arrancarles la
aureola. ¡Cuidado si será tonta esa mujer! No quererte á ti, tan
buena figura, tan sacadito de cuello, entendidito en pintura,
familiarizado con la política extranjera, y muy fuerte en todo lo que
sea _triples alianzas_. Por supuesto, yo creo que te idolatra y lo
disimula; también ella tiene sus puntas de diplomática.
MALIBRÁN.
No te burles. Y que está enamorada no ofrece ya duda para mí.
¡Ah, tengo yo un olfato...! He rastreado mil síntomas infalibles.
Cualquier día se me escapa á mí una pieza de esta clase.
VILLALONGA.
Grandísimo adúltero, de quien está prendada es de ti.
MALIBRÁN.
No, no.
VILLALONGA.
¿En quién te fijas, pues?
MALIBRÁN.
Qué sé yo. En Calderón, la ostra de la casa, en el artillerito ese,
en Federico Viera, en Manolo Infante.
VILLALONGA.
El más verosímil me parece Infante. Ese las mata callando.
MALIBRÁN.
Pues no sé qué te diga. Déjame proseguir mis estudios y mis...
diligencias. Ahora... (_bajando la voz_) la estoy acechando en sus
salidas de casa, y créelo, le deshago el tapadijo; créelo como ésta
es noche.
VILLALONGA.
Estás trastornado, Cornelio.
MALIBRÁN.
Chico, cuestión de amor propio. Todas las pasiones son eso y nada más
que eso. Llámalo _el diablo_. Tal como están hoy las sociedades, con
las religiones abatidas y la moral llena de distingos, el amor propio
nos gobierna. ¿Ves á Orozco, á quien todos llaman la mejor persona
del mundo? Pues es que se ha impuesto ese papel, y lo sostiene por
algo que se asemeja á la vanidad del artista. Si estuviéramos en
época en que la santidad fuera moda, ese se haría canonizar por
pintarla, y extremaría sus actos benéficos hasta el sacrificio y la
mortificación, todo por orgullo, por el culto del arrastrado Yo.
Ley primaria del mundo es el amor propio. Todos hacemos un altar
donde nos ponemos á nosotros mismos, y nos adoramos con un dogma
cualquiera. Mi dogma es vencer en empeños amorosos.
VILLALONGA.
Vencerás. Así tuviera yo tan seguros el cielo y mi canonjía del
Senado. Por cierto que el empeño de meter á Orozco en la combinación
me ha hecho bajar un puesto en la lista.
MALIBRÁN.
Tontería. ¡Si Tomás no lo desea!
VILLALONGA.
No te fíes de apariencias. Ya sabes que tengo á nuestro amigo por un
poquitín hipócrita. Esa modestia, esos ascos al bombo son afectados.
Cada cual se busca su toque ó manera en la sociedad, y el toque de
ese es decir «no quiero, no quiero», para que se lo den todo, y tres
más.
MALIBRÁN.
Puede que tengas razón... En fin, es muy tarde, y yo me voy.
VILLALONGA.
¿A casa de Leonor?
MALIBRÁN.
Después. Sobre la una. Abur. (_Entra en la sala japonesa, se despide
y sale de la casa._)
ESCENA VII
_Los mismos, menos_ MALIBRÁN.
OROZCO, _pasando con Aguado al salón_.
Apuesto á que todavía están apurando el tema del crimen.
MONTE CÁRMENES, _que sale de la sala japonesa_.
¡Crimen y siempre crimen! Augusta quiso entrar en la orden del día;
pero Teresa se rebeló contra la presidencia, y ahora está haciendo
una excursión patibulario-comparativa al campo de la historia,
analizando la vida y milagros de la Bernaola, Vicenta Sobrino y otras
tales.
OROZCO.
Mi mujer se pirra por los crímenes, y Teresa es capaz de traerse
el verdugo en el bolsillo. Yo que el Gobierno, crearía con ellas y
otras damas la policía judicial que tanta falta nos hace. ¿Verdad,
Villalonga?... Venga usted para acá. Parece que está usted de puntas
conmigo. Le prevengo que no he dado paso alguno para entrar en la
combinación. Es cosa de los amigos de usted. Yo lo agradezco sin
solicitarlo, y lo aceptaré si me lo dan, así como me quedaré tan
fresco si me lo niegan.
VILLALONGA, _para sí_.
¡Valiente jesuitón estás tú! (_Alto._) Para mí es cuestión de
amor propio y, ¿á qué negarlo?, de conveniencia. Necesito el cargo
para bandearme. Estoy cansado de luchar; tengo, como cada hijo de
vecino, mi _serie de lamentables equivocaciones_. Llámelo usted mala
cabeza, vértigo político; llámelo usted temperamento anárquico, si le
parece mejor. Pero ya voy para viejo, y solicito esa posición para
formalizarme y adquirir los hábitos de consecuencia que no tengo.
¿Soy sincero?
OROZCO.
Sí. Sólo por su sinceridad merece usted la breva. Yo siento mucho
que, sin comerlo ni beberlo, hayamos venido á ser rivales.
VILLALONGA.
Rivales no. En este caso, hay que hacer justicia al mérito y quitarle
el sombrero. La posición, la riqueza de usted justificarían mi
preterición, si no hubiera otros motivos.
EL EXMINISTRO, _que ha salido poco antes con ambos Trujillos de la
sala de juego, y ha oído lo dicho últimamente por Villalonga, le coge
por la solapa y con desentono le dice_:
Pero ven acá, impertinente, ¿para qué quieres tú la senaduría
vitalicia? ¿Crees que eso se puede cambiar por una Dirección? ¿Crees
que eso se da á la gente insegura y á los veletas como tú?
VILLALONGA, _reprimiendo su ira_.
¿Y para qué querías tú la cartera, grande hombre pequeñísimo?
EXMINISTRO.
¡Yo! ¡Si yo no la quería...!
VILLALONGA.
Que no..., ¡angelito! Como que si no te la dan te mueres. Cuántas
veces, en días de crisis, me dijiste: «Jacinto, por Dios, ¿le has
hablado al Presidente? ¿Crees tú que iré yo ahora?» Y al fin fuiste.
Y te ayudamos los amigos, jaleándote hasta tres meses después, y
dándote un bombo fenomenal. Conque prudencia; que yo no me muerdo la
lengua, y en historia contemporánea no me gana nadie.
EXMINISTRO.
Ni en hablar más de la cuenta tampoco. Siempre disolvente,
adondequiera que vas. Parece mentira que teniendo tanto talento, te
hayas empeñado en probar tu inutilidad.
VILLALONGA.
Pues te diré que... (_Conteniéndose._) En fin, no quiero enfadarme.
EXMINISTRO.
Aunque te enfadaras...
OROZCO.
Vaya, señores, envainen los aceros.
AGUADO, _apartando á Orozco del grupo_.