(_Atendiendo sin mirar._) Parece que discute consigo mismo en voz
baja. Yo pensaré en silencio. Los dos padecemos con el insomnio;
pero ¡por cuán distintos motivos! A mí me desasosiega el pecado, y
á él la perfección... No le siento ahora; no sé qué daría porque se
durmiese profundamente. También yo... empiezo á notar, así, cierta
torpeza, como si las ideas se me cuajaran... (_Pausa._) Pero no se
calma la inquietud que siento en mi corazón, este temor, esta ira,
los celos. Se calmaría quizás si lo contase á alguien. Consuelo del
espíritu turbado es la confesión; pero la confesión religiosa no acaba
de satisfacerme. A un cura tendría yo que prometerle la enmienda, y
esto no puede ser. Le engañaría si la prometiera; sería estafar la
absolución, que es lo que hacen la mayor parte de los penitentes,
figurándose de buena fe que están arrepentidos y creyendo que no
reincidirán. Como no me gusta engañar, empiezo por no engañarme á mí
misma. El que á mí me confiese ha de ser un sacerdote extraordinario,
ideal, superior á cuantos hombres andan por el mundo, de un saber
tan grande y de una sensibilidad tan fina para tomar el pulso á las
pasiones, que pueda yo mostrarle con sinceridad hasta los últimos
dobleces de la conciencia... (_Agitándose en el lecho._) ¿Pero yo estoy
dormida ó despierta? Porque esto que pienso no es un despropósito de
los que solemos soñar...; esto que se me ocurre indica talento...,
vaya si lo indica... Pues sí, ese confesor que me hace falta, ya
lo siento venir. Parece que lo traigo yo misma con la fuerza de mi
pensamiento... (_Aparece la sombra de Orozco, sentada junto al lecho.
Es una forma indeterminada, cuyo ropaje no se percibe: distínguense
claramente la cara y las manos._) Aquí está ya. Lo que yo me figuraba:
su rostro es el mismo de mi marido; sus ojos, que me miran con tanto
cariño y dulzura, revelan el saber total y la piedad eterna... (_Le
mira fijamente._) ¿Y qué?... (_Pausa._) No dice nada. No hace más que
clavarme su mirada, que me penetra hasta lo más hondo. No, no mentiré,
no te ocultaré nada. Confesor, no me causas miedo, sino confianza...
(_Agitándose más._) Ya, ya sé qué es lo primero que debo decir: cuándo
empezó mi infidelidad y la razón de ella. ¡La razón de ella! ¿Yo qué
sé? Esas cosas no tienen razón. Le traté algún tiempo, ya casada, sin
sospechar que le quería con amor. No caí en la cuenta de que estaba
prendada de él, sino cuando me declaró que se había prendado de mí.
Tres días de ansiedades y de lucha precedieron á uno memorable para mí.
¡Vaya un diíta, Señor! No me acuerdo bien de lo que sentí aquel día.
La vida se me completó. Le amé locamente, y cuando me fuí enterando
de sus desgracias, de las cadenas ocultas que arrastra el pobrecito,
le quise más, le adoré. Declaro que hay dentro de mí, allá en una de
las cuevas más escondidas del alma, una tendencia á enamorarme de lo
que no es común ni regular. Las personas más allegadas á mí ignoran
esta querencia mía, porque la educación me ha enseñado á disimularla.
Pues sí, tengo antipatía al orden pacífico del vivir, á la corrección,
á esto mismo que llamamos comodidades. Esto de hacer un día y otro
las mismas cosas, el tenerlo todo previsto, el encontrar todo á
punto, me entristece, me fatiga. Bendito sea lo repentino, porque á
ello debemos los pocos goces de la existencia. ¿Hemos nacido acaso
para este tedio inmenso de la buena posición, teniendo tasados los
afectos como las rentas? No; para algo nos habéis dado la facultad
de imaginar y de sentir, por algo somos un alma que ama los espacios
libres y quiere dar un paseíto por ellos. Este compás social, esta
prohibición estúpida del _más allá_, no me hace á mí maldita gracia.
Y lo peor es que la educación puritana y meticulosa nos amolda á esta
vida, desfigurándonos, lo mismo que el corsé nos desfigura el cuerpo.
De este modo aprendemos la hipocresía, y buscamos compensación al
fastidio, trayendo á nuestra vida algún elemento secreto, algo que no
esté á la vista ni aun de los más próximos. Tener un secreto, burlar
á la sociedad, que en todo quiere entrometerse, es un recreo esencial
de nuestras almas con corsé, oprimidas, fajadas... Sin misterio,
el alma se encanija. Aborrezco esa vida, que no vacilo en llamar
pública, ó si se quiere, legal, muy santa y muy buena para quien se
pueda amoldar á ella, pero que no es para mí... Que me quite Dios las
ideas que me andan por dentro del cráneo, que me quite los nervios,
y me volveré la burguesa más pánfila de la clase... (_Se agita de
nuevo y contempla con estupor la Sombra._) Veo que me miras con ojos
benévolos. No podía ser de otra manera. Declaro todo lo que siento,
y me someto al fallo tuyo... ¿Soy pecadora, ó qué soy? No me dices
nada. ¿Por qué callas? ¿Te asombras de que no me disculpe? No siento
en mí la disculpa. Creo que al principio intenté sofocar el amor hacia
un hombre que no es mi marido. Pero pronto me convencí de que era
inútil intentarlo. Me encantaban la persona y sus palabras, el sonido
de su voz, su carácter noble, su susceptibilidad, sus desgracias, la
pobreza disimulada con tanta gallardía; y no puedo dejar de amarle, ni
en rigor, aquí dentro de mí, me avergüenzo de ello. ¿Qué tienes que
objetarme? Dirás que estoy unida por la ley á ese amigo sin par, á ese
hombre extraordinariamente bueno y amable. Yo reconozco sus méritos
y virtudes, yo le admiro. Tú que me oyes, ¿eres él, ó has tomado su
rostro para inspirarme más respeto? Porque si eres él mismo, y vienes
á oirme en confesión, te traerás la razón grande, el metro elástico
para medirme; habrás dejado fuera de aquí las reglas chiquitas, hechas
á gusto del medidor... Dime al fin el juicio que te merezco; háblame,
para que yo no crea que es mi propio pensamiento quien te pone delante
de mí. (_Sofocada._) ¡Dios mío, el talento que saco en estas horas
de insomnio me hace padecer! (_A la Sombra._) ¿Qué piensas de mí?
¿No me dices una palabra consoladora? Cuando entraste me mirabas con
indulgencia, y ahora... (_La Sombra principia á desvanecerse._) ¿Te
vas? Aguarda... En verdad que no puedo asegurar que estoy despierta
ni que estoy dormida... ¿Crees que no he sido bastante sincera?
No te vayas, no... (_La Sombra desaparece._) ¡Disparates como los
que yo pienso! (_Llevándose la mano á los ojos._) ¡Pero si yo no
dormía! Despierta estaba, y qué sé yo...; puedo jurar que le he visto
ahí..., una persona, un sacerdote, un ser extraño, con la cara y los
ojos de... ¡Qué desatinos engendra la fiebre!... Sí, en mi juicio
estoy. (_Golpeándose el cráneo._) No tengo duda. Mi marido duerme
tranquilamente. ¡Y yo imaginaba confesarme con él!... ¡Vaya, que es de
lo más absurdo!... En el fondo no deja de tener cierta gracia... (_Se
incorpora._) ¡Qué suplicio el de estar en la cama sin sueño!...
_Pausa larga. Permanece un rato con las ideas obscurecidas,
murmurando frases deshilvanadas. Restrégase los ojos. Por fin se
aclara su juicio, y se reconoce en la realidad._
Difícil es que pueda precisar si he dormido ó no... Lo que es ahora
bien despabilada estoy... ¡Ay, amor mío, cuánto me haces sufrir!
Quiero verte, quiero dolerme de tus agravios, y que me pidas perdón
y desvanezcas este enojo que siento contra ti. No puedo soportar tu
amistad con esa mujer indigna. No te vale decirme que las visitas son
inocentes. ¿Qué objeto tienen entonces? No escucho tus explicaciones,
no las admito. Esta noche me has parecido amable, como pesaroso
de ofenderme y con deseos de desagraviarme. ¿De veras quieres que
nos veamos mañana en nuestro asilo? ¡Y yo, tonta, respondí que
no! ¡Tenemos á veces unos arranques de dignidad tan ridículos!...
(_Pausa._) Nada, mañana le escribo en cuanto me levante; le diré:
«Aunque tú no lo mereces, grandísimo pillo, necesito oir tus
descargos, y acudiré á la hora de costumbre. Si tardas te araño.»
No, no; esto es humillante. Debo fingirme muy incomodada, ¡uy, qué
genio tengo!, y con pocas ganas de perdonar. Él es el que debe
humillarse. Coquetearemos. Le diré: «Amigo mío, es preciso que esto
concluya, y vale más que tratemos, serenamente y sin atufarnos,
de nuestra separación definitiva...» Esto, esto; magnífico. ¡Qué
feliz idea! Quisiera tener aquí lápiz y papel para apuntarla, no
sea que se me olvide de aquí á mañana... ¡Señor, qué ansiedad, y
cómo se estiran las horas de la noche! Me dan ganas de saltar de
la cama volando, y escribir la esquela antes que se me escape del
cerebro aquella idea felicísima. No, aguantaréme aquí. Tomás no
duerme. Se sorprendería de verme levantada. ¡Ay, qué tumulto dentro
de mí! Esa _Peri_, esa _Peri_; no la puedo ver. He de obligarle á
que me prometa no poner más los pies en su casa. No, no le escribo
lo que pensé. Más fuerte, más fuerte, y unos morros así... Le diré:
«Imposible perdonarte tus visitas á esa mujerzuela. Entre tú y yo
no puede haber ya ni siquiera amistad, si no me juras...» Sí, que
jure, que jure, que se fastidie... Esto es lo que he de escribirle...
¡Ah!, se me ocurre ahora otra idea estupenda. Una carta llena de
ternura es lo mejor, pues si me muestro arisca y exigente, puede
que se incomode. ¡Es tan orgulloso! Nada, nada; mucha suavidad,
quejas dulces... «Eres un ingrato, y correspondes mal al inmenso
cariño que te tengo. No debiera verte más; pero soy débil, y mi
debilidad te necesita. No me faltes esta tarde, si no quieres que
me muera.» Esto escribiré... ¡Lástima no tener lápiz!..., porque
si no lo apunto, de fijo que se me olvida... Estoy llorando, y no
había notado que lloro... (_Pausa._) Me parece que Tomás descansa.
Su respiración indica sueño... (_Poniendo atención._) Sí, duerme. Me
levantaré. Las sábanas son de fuego... Me levanto, voy al gabinete,
y endilgo esa carta antes que se me borre la idea... No, esperaré á
que sea más tarde, á que apunte el día, que ya no puede tardar. Y
nada de ternura, nada de mimos. Hay que tratarle á la baqueta. Pero
¿y si se crece al castigo? No, no se crecerá... Lo que hay es que
no puedo seguir acostada. Arriba, pues. En mi gabinete escribiré.
Hora tremenda es esta para el cerebro. Creo que me vuelvo loca si
sigo así. (_Salta del lecho, se pone la bata, mete los pies en las
pantuflas y de puntillas recorre la alcoba._) ¡Ah! Gracias á Dios,
me siento más serena. En cuanto salí de las abrasadas sábanas, soy
más dueña de mí. Las ideas se me aclaran. No, no escribo ahora. Tengo
la seguridad de que lo que escribiese hoy me parecería mal mañana, y
rompería la carta. Al mediodía le pondré cuatro líneas, muy secas,
citándole... ¡Qué frío hace! Cuatro palabras, y luego, charlando
cara á cara, le diré muchas cosas, pero muchas cosas... (_Después de
dar algunos pasos, detiénese junto al lecho de Orozco, y contempla
á éste dormido._) Mañana romperé la regularidad enervante de esta
vida; mañana probaré lo misterioso y secreto, que arroja algunos
granos de sal sobre la insipidez de lo legal y público. El corazón
apasionado se alimenta de la flor de lo desconocido. Envidio á los
que, al abrir los ojos, dicen: «¿Qué me pasará hoy?, ¿qué comeré
hoy?...» Hombre santo y ejemplar, tus luchas son como una comedia que
compones y representas tú mismo en el teatro de tu conciencia para
conllevar el fastidio del puritanismo. El bien y el mal, esos dos
guerreros que nunca acaban de batirse, ni de vencerse el uno al otro,
ni de matarse, no cruzan sus espadas en tu espíritu. En ti no hay
más que fantasmas, ideas representativas, figuras vestidas de vicios
y virtudes, que se mueven con cuerdas. Si eso es la santidad, no sé
yo si debo desearla. Duerme... (_Volviéndose hacia un cuadro de la
Virgen, Murillo auténtico._) Pero, lo que yo digo: los santos deben
estar en el cielo. La tierra dejárnosla á nosotros los pecadores,
los imperfectos, los que sufrimos, los que gozamos, los que sabemos
paladear la alegría y el dolor. (_Contemplando otra vez á Orozco._)
Los puros, que se vayan al otro mundo. Nos están usurpando en éste un
sitio que nos pertenece. (_Principia á amanecer._)
JORNADA SEGUNDA
ESCENA PRIMERA
Antesala de un círculo de recreo. Sucesivamente cambia en escalera,
en calle y en café, según se indica.
FEDERICO VIERA, MANOLO INFANTE.
FEDERICO, _que sale por el fondo_.
¡Maldita sea mi suerte! ¡Necio de mí! Debí prever este desastre,
pues cuando nos amenaza un día de prueba, la noche que le precede
es siempre una noche de perros. Las desdichas, como las venturas,
no vienen nunca solas: vienen en parejas, como la Guardia civil. Si
mañana (debo decir hoy, porque son las dos) ha de ser para mí un
día tremendo, ¿cómo no calculé que esta noche no podía ganar? Las
vísperas de los días malos son... peores. (_Un lacayo le pone el
abrigo._)
INFANTE, _que entra por la derecha, como viniendo de la calle_.
¡Hola..., Federico el Grande..., qué oportunidad!...
FEDERICO.
Infantillo, ¿venías á buscarme?
INFANTE.
Justamente, á eso vengo... Salía de mi honrado Círculo de Ingenieros,
y dije: «voy á subir un momento allá, á ver si está ese perdío y le
arranco al nefando tapete, para llevármele á tomar chocolate y echar
un párrafo con él».
FEDERICO.
¡Cuánto te hubiera agradecido que me arrancaras al nefando tapete!...
¡Noche más infame!... Vámonos, vámonos. (_Bajan la escalera._) ¿Tenías
que decirme algo concreto, ó simplemente charlar?
INFANTE.
Nada concreto.
FEDERICO.
¿De veras? Tú eres muy ladino, y con esa apariencia de _bon enfant_,
tienes tus trapacerías, y en la conversación un gancho invisible para
extraer las ideas.
INFANTE.
Me juzgas á mí por ti mismo. Indeliberadamente, atribuimos á los
demás nuestras propias cualidades.
FEDERICO.
En este caso, el listo eres tú..., y yo también un poco, porque
adivino de qué quieres hablarme.
INFANTE.
Mejor; así no necesitaré exordio. Cuando nos atormenta una idea
fija, nos arrimamos á las personas que pueden darle pábulo. Es una
necesidad del alma. Sí..., confieso que te busco para charlar, pero
siempre con ánimo de que la conversación recaiga en lo de siempre, en
mi prima.
FEDERICO.
Creí que con lo que te dije hace dos días quedabas convencido y
satisfecho.
INFANTE.
Lo estoy por lo que á ti se refiere. Te he borrado de la lista de
sospechosos; pero puedes volver á ella cuando menos lo pienses. Te
absuelvo libremente, pero quedas sujeto á las resultas del proceso...
Y en cuanto á ella, ¡qué bien defiende su enigma! Mas yo he jurado
ante la laguna Estigia descifrárselo, y se lo descifraré. Estas
noches he puesto varias trampas. Hubo momentos en que creí ver caer
en ellas á Malibrán, á ti, al oficialito de Artillería, al propio
Calderón de la Barca... Pero no cayó nadie. Todos los indicios son
tan vagos, que nada racional puedo fundar en ellos.
Calle.
FEDERICO.
¡Qué noche tan clara y serena! Se ensancha el alma mirando el cielo
estrellado y espaciándose por ese azul inmenso. Las noches de Madrid
son mejores y más bellas que los días, y en mi opinión, toda la vida,
la política, los negocios, el comercio y la poca industria que hay,
debiera hacerse de noche.
INFANTE.
A eso vamos.
FEDERICO.
¡Mira ese cielo; pero míralo, hombre. Observa qué templado ambiente!
INFANTE.
Sí, sí; pero no varíes la conversación. Oye una cosa. Dice
Schopenhauer que cuando sufrimos un fuerte dolor físico, si nos
ponemos á analizarlo, aplicando á él todo nuestro espíritu con
insistencia, el dolor se alivia.
FEDERICO.
¿Te has consolado así? Vaya, menos mal.
INFANTE.
Déjame concluir. Verás cómo hago mi análisis. Empiezo por
preguntarme: «¿pero estoy yo realmente enamorado? ¿Esto que siento
es lo que llaman amor? ¿Hállome dispuesto al sacrificio, á la
abnegación, á posponerlo todo al objeto amado?» ¡Ay!, me temo que si
tocaran á sacrificarse mucho, yo, francamente..., vamos, que no.
De lo cual deduzco que lo que siento es una pasión de amor propio,
la pasión de las sociedades refinadas, como dice Malibrán. Lo que
tomamos por amor no es más que el afán de vencer y de halagar nuestro
orgullo. Te confieso que quiero á esa mujer como se quiere lo que
llega á constituir un gran empeño de nuestra vida, lo que representa
un triunfo, una gloria, el colmo de nuestros afanes. He dado con el
vocablo: no debo decir que amo á mi prima, sino que la ambiciono.
FEDERICO.
Lo comprendo; pero como en mí se ha extinguido hace bastante tiempo
toda ambición, no siento bien lo que me dices. Vamos, tú corres
detrás de ella como otros detrás de un acta, de una gran cruz ó de
una cartera.
INFANTE.
No es enteramente lo mismo; pero en fin, hay alguna semejanza.
FEDERICO.
Pasión de vanidad, ó si quieres, pasión de gloria. Vencer, ganar una
batalla, descubrir un territorio, inventar una máquina.
INFANTE.
Algo así, algo así... Y en suma, lo que me trae á mal traer es la
rivalidad, sentimiento profundamente humano, la envidia (demos á las
cosas su nombre), el temor de que la batalla que yo debía ganar la
tenga ya ganada otro, que otro inventor haya descubierto lo que yo
inventar quise. Y persigo á mi rival con ensañamiento. Si eres tú el
que busco, dímelo por Dios; si sabes algo de otro, dímelo también.
FEDERICO, _fríamente_.
Pues sí sé... Vaya si lo sé..., y contando con tu discreción, voy á
decírtelo.
INFANTE.
Bendita sea tu boca, si no te sales con alguna extravagancia.
FEDERICO.
Pues sí, Augusta está enamorada... de su marido.
INFANTE.
¡Ay, qué pillín! Como si no supiéramos con cuánta sandunga concilian
ellas sus deberes con sus caprichos. Estiman á sus maridos, les
respetan, hasta les aman; pero luego hacen en la trastienda de su
alma unas distinciones jesuíticas, que son lo que hay que ver.
FEDERICO.
Eso no reza con nuestra amiga, que tiene á su marido un cariño firme
y leal.
INFANTE.
Te diré... Razonemos. A mí me parece que Augusta estima á su marido,
y le quiere, y no le pondrá en ridículo por nada del mundo. No
hay miedo de que dé escándalos; y si tiene, como pienso, algún
drama íntimo de estos imposibles de evitar en las altas clases
sociales, uno de estos..., llámalos errores, llámalos derivaciones
espiritualistas ó materialidades que nacen de la excitación de la
vida elegante, en fin, dales el nombre que quieras...; pues digo que
si se sale de la vía legal, ha de ser con sensatez y buenas formas,
guardándole á su marido todo el respeto, y hasta el cariño... que...
Mira tú, para aclarar esto, sería preciso que antes fijáramos todas
las categorías y formas del amor, las cuales son tantas que no se
cuentan nunca, y cada día encontramos una categoría y una forma
nuevas.
FEDERICO.
¡Cuánto sabe este chico, Dios!... Pues yo no admito esas filosofías
de estira y afloja, y me atengo á la idea de que Augusta es honrada.
INFANTE.
Es que la honestidad también tiene sus categorías.
FEDERICO.
No, no las tiene. Veo, Infantillo, que siendo yo un mala cabeza,
como dicen, y tú uno de los niños más formalitos de estos tiempos,
estoy menos corrompido que tú. Pues te digo otra cosa: tus
pretensiones son una mala acción y una deslealtad.
INFANTE.
Si pones la cuestión en el terreno de la moral del _Amigo de los
Niños_...
FEDERICO.
Que es la única. Si yo me viera en tu caso, me haría infeliz la
idea de agraviar y deshonrar á un hombre tan bondadoso, tan digno
de respeto y amistad. Dime: ¿eres tú de los que ven en Orozco un
hipócrita, un egoistón lleno de camándulas?
INFANTE.
No; yo no creo eso: le tengo por persona estimabilísima. Pero te
diré... Yo no hago la sociedad. La pícara está formada ya. Si ahora
me dijeran á mí: «Infante, ahí tiene usted el caos. Fabrique usted
la sociedad como cree que debe ser, bien ajustadita á los principios
eternos», cuenta que lo arreglaría á gusto tuyo, á gusto de todos los
sensatos y escrupulosos. Pero como me la encuentro hecha, y vieja ya,
con multitud de repliegues y arrugas; como la moral existe, y es otro
vejestorio entrado en siglos, con sus reservas, sus distingos, sus
ondulaciones, yo no he de ponerme en ridículo haciéndome el apóstol
de la línea recta. Juraría que piensas lo mismo que yo; pero por afán
de originalidad, te las das ahora de Catón inflexible.
FEDERICO.
Cree de mí lo que quieras. Aquí donde me ves, tan desquiciado, tengo
yo mis preferencias por la línea recta. Me dirás que no la sigo; pero
en estos tiempos, hasta el conocerla sin andar por ella viene á ser
un mérito. Soy bastante testarudo, y poseo pocas ideas morales, pero
firmes y claras. Aborrezco las interpretaciones farisaicas. Bien sé
que no tengo autoridad. Lo que es autoridad, maldita la que hay acá;
por eso te digo lo que los curas dicen: «Haz lo que te predico y no
lo que yo hago...» ¡Pero si hallarás por ahí mil mujeres á quienes
puedes aplicarte!... Busca otra, que las hay con maridos tontos ó
merecedores de que se les burle. Pero á esa déjala..., déjala.
INFANTE.
¿Crees en conciencia, no en conciencia estrecha, sino en conciencia
amplia, la única que podemos tener...; crees en conciencia amplia,
que es villanía engañar sin escándalo á Orozco?
FEDERICO.
En conciencia de todos tamaños lo creo. Dejemos la moral alta, y
vengamos á la rastrera. Hasta la moral menuda te lo prohibe.
INFANTE.
¿Lo crees tú? He dicho sin escándalo.
FEDERICO.
Con escándalo ó sin él, será una indignidad.
INFANTE.
En ti se comprendería esto, porque tienes obligaciones de cierta
clase con Orozco. Pero yo no las tengo. Conmigo es un amigo de
tantos. Le debo las atenciones usuales y corrientes en sociedad;
pero nada más. Tú no estás en ese caso. A ti te quiere mucho; tiene
por ti verdadera debilidad. ¿Sabes lo que me dijo ayer? Te lo repito
textualmente: «Es preciso que entre todos hagamos un esfuerzo para
regularizar la vida de ese pobre Federico, arrancándole sus hábitos
viciosos. Es un excelente corazón, y un carácter hidalgo debajo de su
capa de libertino con embozos de bohemio.»
FEDERICO.
¿Eso dijo? (_Con sequedad y soberbia._) ¡Pero qué empeño de
reformarme! Estos amigos reformadores y redentoristas me fastidian.
¿Por qué no me dejan como soy?
INFANTE.
Hombre, agradece la intención.
FEDERICO.
Sí, la agradezco.
INFANTE.
Por lo demás, ya sabemos que á ti no te baraja nadie.
FEDERICO, _con ira disimulada_.
Pues no vacilo en decir que si yo estuviese como tú, prendado de
Augusta, y no supiera contenerme en una actitud completamente
platónica, sería un hombre indigno... Si te parece, entraremos en la
chocolatería. Luego daremos otro paseo hasta mi casa.
Chocolatería.
_Toman asiento, y son servidos por un mozo._
INFANTE.
¿De modo que tu consejo es que desista?
FEDERICO, _ensimismado_.
Sí; el honor lo pide así.
INFANTE.
¡El honor! Ahí tienes otra cosa que no se ha definido bien todavía,
y que tiene muchos arrumacos. ¿Y si yo te probara que el honor,
precisamente, me manda no desistir?
FEDERICO.
Dirías un disparate.
INFANTE.
Sobre esto hemos de hablar mucho. ¿Quieres que me pase mañana por tu
casa?
FEDERICO, _con amargura fría, dando fuerte palmada sobre la mesa_.
Calla por Dios; mañana será para mí un día nefasto, con dificultades
de tal magnitud que no veo cómo saldré de ellas. Mi sistema ante
estos tremendos compromisos, consiste en la ausencia de toda
previsión. En el momento crítico discurro lo que debo hacer, y lo
hago. Obro por inspiración, y la inspiración y el cálculo no son
compatibles. En presencia del enemigo que me acosa, siento en mí algo
del genio militar, y me descuelgo súbitamente con una combinación
ingeniosa y salvadora.
INFANTE.
¡Tremenda vida! ¿Por qué no eres franco con los amigos? ¿Por qué no
aceptas...?
FEDERICO, _interrumpiéndole_.
Porque me quedaría sin amigos. Déjame á mí. Yo me bandeo solo.
(_Tratando de arrojar de su mente las penosas ideas que le
abruman._) No hablemos de eso. Tengo por sistema no apurarme por
nada. Te digo que no hablemos de eso.
INFANTE.
¿Y si yo insistiera en hablar y en pedirte que me confiaras tus
afanes, y en ayudarte á vencerlos?...
FEDERICO.
Te lo agradecería; pero francamente, no quiero perder tu amistad.
INFANTE.
¡Perderla!
FEDERICO.
Sí, perderla. Déjame á mí. Los favores de cierta clase se pagan con
el aborrecimiento. ¿Recuerdas aquel verso: _inglés te aborrecí, héroe
te admiro_?... Pues viene que ni de molde. Querido Infantillo, tú
no sabes de la misa la media. Cuando uno tiene la fatalidad de ser
insolvente, si quiere conservar á los amigos, lo primero que debe
hacer es no deberles nada. _Inglés te aborrezco._ Yo no puedo evitar
que se apodere de mí una aversión insana hacia toda persona decente
que viene en mi auxilio... En fin, no quiero tocar este punto. No lo
toques tú tampoco, y déjame. Lo único que te diré es que no vayas
mañana á casa. Estaré fuera casi todo el día.
INFANTE, _para sí_.
¡Qué hombre este! El orgullo le acabará.
FEDERICO.
Ahora, vámonos pian pianino á dar otro paseo.
Calle.
_Siguen paseando y charlando. Llegan á la calle de Lope de Vega._
INFANTE.
¡Qué noche tan serena y deliciosa!... Te acompañaré hasta tu casa.
FEDERICO.
Esta es la hora de las confidencias, la hora de la amistad. Me
estaría yo charlando contigo, de calle en calle, hasta el día. No
tengo sueño ni ganas de acostarme.
INFANTE.
Dios quiera que mañana salgas bien de tus conflictos.
FEDERICO.
Saldremos, sí. Hay fe en la Providencia. Como si yo no tuviera hoy
bastantes pesadumbres sobre mi alma, me ha caído una que... Vamos, te
la cuento.
INFANTE.
Gracias á Dios que me confías algo.
FEDERICO.
Y la cosa es grave. (_Avanzan hacia el extremo de la calle._) Sigamos
hablando hasta el Prado, y luego volveremos. Esta es mi casa.
(_Señalando á la derecha._)
INFANTE.
Noticia fresca. Como no digas más...
FEDERICO.
Quedamos en que ésta es mi casa. Bueno. Mira ahora la de enfrente.
INFANTE.
La miro, y no veo en ella nada de particular.
FEDERICO.
Fíjate en la planta baja..., en la tienda...
INFANTE.
Veo un rótulo de ultramarinos que dice: _Santana. Géneros del Reino y
extranjeros_.
FEDERICO.
Perfectamente. Más arriba verás dos ventanas, que corresponden al
entresuelo de la derecha. Ahí tiene su escritorio ese animal.
INFANTE.
Todo lo veo, menos la relación que eso pueda tener contigo.
FEDERICO.
Te lo diré. En el escritorio trabaja un chiquillo como de veinte
años, un hortera que le hace guiños á mi hermana.
INFANTE.
¡Ah!, ya...
FEDERICO.
Y no es eso lo peor, sino que la muy tonta se deja querer de
semejante mequetrefe. Lo descubrí ayer, y me volé... Escena terrible
en mi casa. Tengo que hacer un escarmiento con esas lagartonas que me
sirven, y plantarlas en la calle.
INFANTE.
Cuestión delicada es esa para resolverla _ab irato_. Considera que tu
hermana no vive en la esfera social que le corresponde. Está en la
edad crítica del amor... No ve á nadie... Ha visto á ese chico...
FEDERICO, _irritándose_.
Cállate. No puedo soportarlo... ¡Mi hermana dejándose impresionar
por un tipo de esos...! Tú conoces mis ideas. Soy un botarate, un
vicioso...; pero hay en mi alma un fondo de dignidad que nada puede
destruir. Llámalo soberbia, si te parece mejor. No me resigno á que
ese vil hortera haya puesto los ojos en Clotilde. Soporto menos que
ella guste de vérselos encima. Te aseguro que habrá la de San Quintín
en mi casa. A mi hermanita la meteré en un convento de Arrepentidas,
y al danzante ese, como yo le coja á mano, como le sorprenda en la
escalera de mi casa..., tengo sospechas de que hay aproximaciones...,
como le sorprenda, te juro que no le quedarán ganas de volver.
INFANTE.
Moderación. Esas ideas son del siglo XVII, clavaditas. Comprendo
que no te agrade la elección de tu hermana; pero fíjate en las
circunstancias. ¿Acaso la has puesto tú en condiciones de elegir?
FEDERICO, _nervioso_.
No me vengas á mí con esa clase de reflexiones. La tapadera de las
circunstancias sirve para encubrir los ultrajes al honor. Que mis
ideas son anticuadas en este particular, lo sé, lo sé; pero son así,
y no admito otras. Aunque me llames extravagante, te diré que no me
cabe en la cabeza la igualdad. Yo no soy de esta época, lo confieso;
no encajo, no ajusto bien en ella. Ya sabes mi repugnancia á admitir
ciertas ideas hoy dominantes. Eso que en lenguaje político se llama
pueblo, yo lo detesto, qué quieres que te diga, y no creo que con la
gente de baja extracción vayan las sociedades á nada grande, hermoso
ni bueno. Soy aristócrata hasta la médula..., no lo puedo remediar...
Eso de la democracia me ataca los nervios. Gracias que no es verdad,
ni hay tal democracia, pues si la hubiera... ¡Dios nos asista!
INFANTE.
Tú podrás pensar lo que gustes; pero como los hechos se sobreponen
á las ideas, si tu hermanita se empeña en democratizarse, se
democratizará... á despecho de tu aristocracia.
FEDERICO.