Pero es siempre un gran señor. Vive rodeado de criados que no puede

pagar, haciendo la vida de todos los mayorazgos campesinos: Chalaneando

en las ferias, jugando en las villas y sentándose á la mesa de los

curas en todas las fiestas.

LA DAMA

Desde que yo habito en este destierro es frecuente verle aparecer...

EL ABAD

También hace sus visitas á la rectoral. Ata su caballo á la puerta, y

éntrase dando voces. Se hace servir vino, y bebe hasta dormirse en el

sillón. Cuando se despierta, sea día ó noche, pide el caballo, y dando

cabeceos sobre la silla, se vuelve á su Pazo de Lantañón.

EL MARQUES DE BRADOMIN

Don Juan Manuel Montenegro es el último superviviente de una gran raza.

EL ABAD

Sí que lo es.

EL MARQUES DE BRADOMIN

Hermano espiritual de aquellos aventureros hidalgos que se enganchaban

en los tercios de Flandes ó de Italia por buscar lances de amor, de

espada y de fortuna.

LA DAMA

Tú también eres de aquéllos.

EL MARQUES DE BRADOMIN

Yo pude serlo, si no hubiera tenido la manía de leer. Los muchos libros

son como los muchos desengaños: no dejan nada en el corazón.

LA DAMA

Dejan al menos los recuerdos, porque tú estás aquí.

EL ABAD

¡Carabel! ¡Capitán!

LA DAMA

¿Nos abandona usted, señor Abad?

EL ABAD

Por breves momentos, contando con su venia. Esta visita no es solamente

para saludar á nuestro ilustre Marqués, lo es también para tomar un

libro que recuerdo haber visto en la biblioteca del Palacio: «El

Florilegio de Nuestra Señora»: una colección de sermones. Tengo

encargo de predicar en la fiesta de Santa María de Andrade, que este

año se celebra con gran solemnidad.

LA DAMA

La biblioteca entera está á su disposición.

EL ABAD

¡Gracias! ¡Mil gracias!

El Abad sale seguido de sus galgos como de dos acólitos, y en

el corredor, ya oscuro, se desvanecen el balandrán y el cloqueo

campesino de sus zuecos. Un reloj de cuco da las seis.

EL MARQUES DE BRADOMIN

Ese reloj, sin duda, acuerda el tiempo del fundador.

LA DAMA

¡Qué temprano anochece! Las seis todavía.

El Marqués de Bradomín se acerca á la sombra romántica que se

destaca sobre el fondo luminoso de una vidriera, y en silencio le

besa una mano. Se oye un tenue suspirar.

EL MARQUES DE BRADOMIN

¡Lloras!

LA DAMA

No debimos volver á vernos.

EL MARQUES DE BRADOMIN

Lo que nunca debimos fué separarnos.

LA DAMA

Tú, cuándo tienes que irte?

EL MARQUES DE BRADOMIN

¿Yo? ¡Cuando tú me dejes!

LA DAMA

¡Ay!.. Cuando yo te deje. No te dejaría nunca. Si supieses la soledad

de mi vida durante esos años tan largos que estuvimos sin vernos.

EL MARQUES DE BRADOMIN

¡Mi pobre Concha! Una de esas vidas silenciosas y resignadas que

miran pasar los días con una sonrisa triste y lloran de noche en la

oscuridad.

LA DAMA

¡Es cierto!

EL MARQUES DE BRADOMIN

Y si yo te contase la mía.

LA DAMA

Tú no tienes que contarme la tuya. Mis ojos la han seguido desde lejos,

y la saben toda. ¡Qué vida, Dios mío! Aquel pelo tan negro ya es todo

blanco.

EL MARQUES DE BRADOMIN

¡Ay, Concha, son las penas!

LA DAMA

No, ¡no son las penas!.. Otras cosas son! Tus penas no pueden igualarse

á las mías, y yo no tengo blanca la cabeza.

Con una blandura lenta, de caricia sensual, la mano del Marqués de

Bradomín retira el alfilerón de oro que sujeta la crencha de la

dama, y la ola de seda olorosa y negra rueda sobre los hombros.

EL MARQUES DE BRADOMIN

Ahora tu frente brilla como un astro bajo la crencha negra. ¿Te

acuerdas cuando quería que me azotases con la madeja de tu pelo?

LA DAMA

Me acuerdo de todas tus locuras... Xavier, he recibido una carta, tengo

que enseñártela.

EL MARQUES DE BRADOMIN

¿Una carta? ¿De quién?

LA DAMA

De tu prima Isabel. Viene con las niñas.

EL MARQUES DE BRADOMIN

¿Isabel Bendaña?

LA DAMA

Sí.

EL MARQUES DE BRADOMIN

¿Pero tiene hijas Isabel?

LA DAMA

No, son mis hijas.

EL MARQUES DE BRADOMIN

¡Tus hijas! En otro tiempo me querían mucho.

LA DAMA

Y tú también las querías.

EL MARQUES DE BRADOMIN

¿Qué tienes?

LA DAMA

Nada.

EL MARQUES DE BRADOMIN

¿Lloras?

LA DAMA

No.

EL MARQUES DE BRADOMIN

Las pequeñas están con su padre.

LA DAMA

No. Las tengo educándose en el convento de la Enseñanza.

EL MARQUES DE BRADOMIN

Ya serán unas mujeres.

LA DAMA

Sí, están muy altas.

EL MARQUES DE BRADOMIN

Antes eran preciosas. No sé ahora.

LA DAMA

Como su madre.

EL MARQUES DE BRADOMIN

No, como su madre, nunca.

LA DAMA

Tienes razón. No quiera Dios hacerlas tan desgraciadas.

EL MARQUES DE BRADOMIN

¡Qué distinta pudo haber sido nuestra vida! Hoy siento un cruel

remordimiento por haberte escuchado cuando me suplicaste que te

olvidase y que no te viese más. No comprendo cómo obedecí tu ruego. Fué

sin duda porque vi tus lágrimas.

LA DAMA

No quieras engañarme una vez más. Yo creí siempre que volverías.

EL MARQUES DE BRADOMIN

¿Por qué entonces me suplicaste que me fuese?

LA DAMA

No sé... Tal vez por eso.

EL MARQUES DE BRADOMIN

Y no volví porque esperaba que tú me llamases. ¡Ah!.. El demonio del

orgullo.

LA DAMA

No, no fué el orgullo. Fué otra mujer. Hacía mucho tiempo que me

traicionabas con ella. ¡Cuando lo supe creí morir!

EL MARQUES DE BRADOMIN

¡Sin embargo, qué segura has estado siempre de mi cariño y cómo lo dice

la carta con que me has llamado!

LA DAMA

No era de tu cariño, era de tu compasión. ¡Qué pena cuando adiviné por

qué no habías vuelto! Pero no he tenido para ti un solo día de rencor.

EL MARQUES DE BRADOMIN

Ya nada podrá separarnos.

LA DAMA

Nada... Pero tenemos que ser prudentes, Xavier. Si viene Isabel con mis

hijas, soló te pido que á su llegada no te hallen aquí. Yo les diré

que estás en Lantañón cazando con nuestro tío. Tú vienes una tarde, y

sea porque hay tormenta, ó porque le tenemos miedo á los ladrones, te

quedas aquí, como nuestro caballero. No te ofendes, ¿verdad?

EL MARQUES DE BRADOMIN

No.

LA DAMA

Sí que te ofendes. Desde ayer estoy dudando, sin atreverme á decírtelo.

EL MARQUES DE BRADOMIN

¿Y tú crees que engañaremos á Isabel?

LA DAMA

No lo hago por Isabel, lo hago por mis pequeñas, que son unas

mujercitas.

EL MARQUES DE BRADOMIN

¡Y después, qué será lo que nos separe?

LA DAMA

¡Mi muerte! ¡Nada más que mi muerte! Tu amor tiene en mi alma raíces

tan profundas como esos árboles que vemos desde aquí. Nada podrá

separarnos, Xavier, nada, si no es tu olvido.

EL MARQUES DE BRADOMIN

Desgraciadamente no sé olvidar.

Sus manos se estrechan en silencio. Están sentados en el fondo del

mirador, desde donde distinguen el jardín iluminado por la luna,

los cipreses mustios destacándose en el azul heráldico, coronados

de estrellas, y una fuente negra con aguas de plata. En medio

de aquel recogimiento resuenan en el corredor las madreñas de

Florisel. El paje entra con una lámpara encendida.

FLORISEL

Santas y buenas noches.

LA DAMA

¡Ay!.. Llévate esa luz.

FLORISEL

Consideren que es malo tomar la luna.

En el fondo del jardín la fuente canta como un pájaro escondido y

le cuenta á la luna su prisión en el laberinto. Una sombra cruza

por delante de los cristales y la voz poderosa del hidalgo de

Lantañón se eleva sobre el rumor de la fuente, despertando los ecos

del jardín.

DON JUAN MANUEL

¡Sobrina! ¡Sobrina!

LA DAMA

¡Ahí está!.. Verás cómo viene á invitarnos para la fiesta, que es

mañana.

Sale presurosa por una puerta de vieja tracería. Sobre el dintel,

prisioneros en su jaula de cañas, silban una vieja riveirana los

mirlos que cuida Florisel. En el silencio del anochecer aquel

ritmo, alegre y campesino, evoca el recuerdo de las felices danzas

célticas á la sombra de los robles.

EL MARQUES DE BRADOMIN

¿Por qué es malo tomar la luna, Florisel?

FLORISEL

Ya lo sabe el señor mi Marqués.

EL MARQUES DE BRADOMIN

No lo sé.

FLORISEL

Por las brujas.

EL MARQUES DE BRADOMIN

Deja entonces la luz. Oye, ¿quieres acompañarme al Pazo de Lantañón?

FLORISEL

¿Tiene pensado ir allá el señor mi Marqués?

EL MARQUES DE BRADOMIN

Hoy mismo.

FLORISEL

¡No estará como en el Pazo de Brandeso! Cierto que en toda esta tierra

no se halla un caballero como el señor padrino.

EL MARQUES DE BRADOMIN

¿Pues entonces?..

FLORISEL

Pero no hay allí un horno de pan siempre lleno.

EL MARQUES DE BRADOMIN

Eres un sabio, Florisel. Vete.

El Marqués de Bradomín, con una vaga sonrisa en los labios

irónicos, coge el libro donde leía al comienzo de la tarde, y se

sienta cerca de la lámpara. Florisel, sale apagando el ruido de sus

madreñas, y al abrir la puerta surge en la sombra la prócer figura

del viejo Mayorazgo de Lantañón.

DON JUAN MANUEL

¿Dónde se halla el Marqués de Bradomín? Mala tarde, sobrino.

EL MARQUES DE BRADOMIN

¡Mala, tío!

DON JUAN MANUEL

¿Tú leyendo? Sobrino, lo mejor para quedarse ciego. ¡Sabes que es nieve

lo que cae!

EL MARQUES DE BRADOMIN

¿Llegó usted hasta Viana?

DON JUAN MANUEL

No. Llegué hasta mis molinos, que están ahí cerca. Recordé que tenía

que sacar de pila á uno de los hijos del molinero. Con ese son

cincuenta y siete los ahijados que tengo.

EL MARQUES DE BRADOMIN

¿Al escribano de Viana no le ha visto usted?

DON JUAN MANUEL

No... Pero está sentenciado. ¿Y qué librote es ese? Sobrino, has

heredado la manía de tu abuelo, que también se pasaba los días leyendo.

¡Así se volvió loco!

EL MARQUES DE BRADOMIN

Yo por ahora me defiendo.

DON JUAN MANUEL

Pero no hay que fiarse. Vive Dios que vengo aterido. ¡Marqués de

Bradomín, se acabó la sangre de Cristo en el palacio de Brandeso?

EL MARQUES DE BRADOMIN

Presumo que no. Voy á llamar.

DON JUAN MANUEL

No te muevas. Andará por ahí algún criado. ¡Arnelas!.. ¡Florisel!..

¡Brión!.. Uno cualquiera.

EL MARQUES DE BRADOMIN

No habrán oído.

DON JUAN MANUEL

¡Cómo! ¿Crees tú eso posible?

FLORISEL

¿Qué mandaba, señor padrino?

Florisel posa en el suelo del umbral su monterilla de paño pardo, y

presuroso y humilde corre á besar la mano del viejo linajudo que,

con empaque de protección soberana, acaricia la tonsurada cabeza

del rapaz.

DON JUAN MANUEL

Súbeme del tinto que se coge en La Fontela. Ya ves cómo habían oído,

Marqués de Bradomín... Te aseguro que ese vino de La Fontela es el

mejor vino de la comarca. ¿Tú conoces el del Condado? El de La Fontela

es mejor. Y si lo hiciesen escogiendo la uva, sería el mejor del mundo.

¡Ese vino! ¿O acaso están haciendo la vendimia?

FLORISEL

Voy, señor padrino.

Vuelven á resonar en el corredor las madreñas del paje, que aparece

todo trémulo, con un jarro talavereño que coloca sobre la mesa. Don

Juan Manuel se despoja del montecristo, y toma asiento en un sillón.

DON JUAN MANUEL

¿Tú vas á catarlo?

EL MARQUES DE BRADOMIN

Ya lo he catado.

DON JUAN MANUEL

¿Y cuál es tu opinión?

EL MARQUES DE BRADOMIN

¡La de usted!

DON JUAN MANUEL

Muchos así debía beberse mi sobrina. No estaría entonces como está. ¿La

habrás hallado muy acabada?

El Marqués de Bradomín insinúa un gesto sentimental, y el viejo

linajudo vuelve á llenarse el vaso. Casi al mismo tiempo una mano

invisible empuja la puerta, que se abre lentamente, y sobre la

negrura del fondo albea el ropón monacal de la Señora del Palacio.

LA DAMA

El tío Don Juan Manuel quiere que le acompañes. ¿Te lo ha dicho? Mañana

es la fiesta del Pazo, San Rosendo de Lantañón. Dice el tío que te

recibirán con palio.

DON JUAN MANUEL

Ya sabes que desde hace tres siglos es privilegio de los Marqueses de

Bradomín ser recibido con palio en las feligresías de San Rosendo de

Lantañón, Santa Baya de Cristanilde y San Miguel de Deiro. Los tres

curatos son presentación de tu casa. ¿Me equivoco, sobrino?

EL MARQUES DE BRADOMIN

No se equivoca usted, tío.

LA DAMA

No le pregunte usted. Es un dolor, pero el último Marqués de Bradomín

no sabe una palabra de esas cosas.

DON JUAN MANUEL

Eso lo sabe. Debe saberlo.

LA DAMA

Estoy segura que ni siquiera conoce el origen de la casa de Bradomín.

DON JUAN MANUEL

No hagas caso. Tu prima quiere indignarte.

LA DAMA

¡Supiera al menos cómo se compone el blasón de la noble casa de

Montenegro!

DON JUAN MANUEL

¡Eso lo saben los niños más pequeños!

EL MARQUES DE BRADOMIN

¡Como que es el más ilustre de los linajes españoles!

DON JUAN MANUEL

Españoles y tudescos, sobrino. Los Montenegros de Galicia descendemos

de una emperatriz alemana. Es el único blasón español que lleva metal

sobre metal: espuelas de oro en campo de plata. El linaje de Bradomín

también es muy antiguo. Pero entre todos los títulos de tu casa,

Marquesado de San Miguel, Condado de Barbanzón y Señorío de Padín,

el más antiguo y esclarecido es el señorío. Se remonta hasta Don

Roldán, uno de los doce pares. Don Roldán ya sabéis que no murió en

Roncesvalles, como dicen las Historias.

EL MARQUES DE BRADOMIN

Yo confieso que no sabía nada.

LA DAMA

Sí, señor.

EL MARQUES DE BRADOMIN

¡Ah! ¿Tú lo sabías? Es sin duda un secreto de familia.

LA DAMA

¡Naturalmente!

DON JUAN MANUEL

Como yo también desciendo de Don Roldán, por eso conozco bien esas

cosas. Don Roldán pudo salvarse, y en una barca llegó hasta la Isla de

Sálvora, y atraído por una Sirena, naufragó en aquella playa, y tuvo

de la Sirena un hijo que, por serlo de Don Roldán, se llamó Padín, y

viene á ser lo mismo que Paladín. Ahí tienes por qué una Sirena abraza

y sostiene tu escudo en la iglesia de Lantañón. Puesto que tienes la

manía de leer, en el Pazo te daré un libro antiguo, pero de letra

grande y clara, donde todas estas historias están contadas muy por

largo. Pero, si hemos de irnos, vámonos aprovechando este claro del

tiempo.

EL MARQUES DE BRADOMIN

No sé si está mi yegua ensillada. ¿Usted monta un caballo?

DON JUAN MANUEL

Sí, pero no te asustes por eso. Mi caballo lo tuvo catorce años el Abad

de Andrade, y cumple el voto de castidad mejor que su antiguo amo.

¡Adiós, sobrina!

LA DAMA

¡Adiós, tío! ¡Xavier! ¿hasta cuándo?

EL MARQUES DE BRADOMIN

Tú que me destierras debes decirme cuándo puedo volver.

LA DAMA

Si ellos llegan hoy, tú mañana mismo. Ya lo sabes.

Había salido el viejo linajudo, y la dama, furtiva y amorosa, se

alza en la punta de los pies para alcanzar los labios del Marqués

de Bradomín.

EL MARQUES DE BRADOMIN

¡Mi vida!

LA DAMA

¿Vendrás mañana, Xavier?

EL MARQUES DE BRADOMIN

Sí.

LA DAMA

¿Me lo juras?

EL MARQUES DE BRADOMIN

Sí.

Tras los cristales del mirador, el jardín aparece lleno de sombra,

y en el cielo, triste y otoñal, se perfila la luna como borrosa

moneda de plata. Al pie de la fuente, un criado espera con los

caballos del diestro. Se ve la figura de Don Juan Manuel que

baja por un tortuoso camino de mirtos. El Marqués de Bradomín se

desprende blandamente de la dama y sale. La dama, apoyada en el

arco de la puerta, le despide agitando su mano blanca. Después,

cuando la sombra se desvanece en la noche del jardín, sale á la

escalinata para seguir viéndola un momento más. En la otra puerta,

aquella que comunica con el palacio, aparece el Abad de Brandeso.

EL ABAD

¿Da su permiso mi ilustre amiga doña María de la Concepción? ¿Da su

permiso mi ilustre..?

LA DAMA

Adelante, señor Abad. ¿Por qué se detiene en la puerta? ¿Ha encontrado

usted el libro que buscaba?

EL ABAD

Después de mucho revolver, al cabo di con él.

LA DAMA

¿No se lo lleva usted?

EL ABAD

Solamente quería compulsar una cita.

LA DAMA

¡Yo suponía que se había usted ido cuánto hace!

EL ABAD

¡Cómo, sin despedirme de usted y de nuestro Marqués!

LA DAMA

¡Nuestro Marqués es el que acaba de irse! Mañana es San Rosendo de

Lantañón, y el tío Don Juan Manuel vino á invitarle.

EL ABAD

¡Aquí, Carabel! ¡Aquí, Capitán! Ese viaje me afirma en mis sospechas,

porque yo creo siempre que trae una misión del Rey.

LA DAMA

¿No le ha oído usted?

EL ABAD

A pesar de sus protestas. ¿Usted lo duda?

LA DAMA

No lo dudo... Lo sé.

EL ABAD

¡Que la trae!

LA DAMA

Que no, señor Abad.

EL ABAD

En tal supuesto...

LA DAMA

Sé todo lo que va usted á decirme.

EL ABAD

Ya no es un caso de conciencia donde el bien de la Iglesia debe

considerarse antes que ninguna otra cosa. La estancia del señor Marqués

de Bradomín en el palacio de Brandeso...

LA DAMA

Cuanto usted pueda decirme, cuanto me he dicho yo. Pero le quiero, él

es mi vida, y su ausencia me mataba. He procurado olvidarle. Hubiera

querido envejecer en una noche, despertarme un día arrugada, caduca, de

cien años, con el corazón frío! Y mi pobre corazón, cada amanecer más

lleno de su amor, sólo vivía de recuerdos!..

EL ABAD

Y después de haber sufrido y resistido tanto, bastó una hora de

depresión aprovechada por Satanás...

LA DAMA

No, después de haber sufrido tanto, quise ser feliz, y ahora nada hay

que pueda hacerme renunciar á mi amor.

DOÑA MALVINA

Señorita, la noche se queda muy oscura. ¿Le parece que vaya alguno de

los criados con un farol al desembarcadero del río, para esperar á las

niñas?

LA DAMA

¿A qué hora llegará la barca?

DOÑA MALVINA

Ayer llegó muy de noche.

EL ABAD

Tiene mejor viento que ayer. ¿Vienen hoy las niñas?

LA DAMA

Hoy las espero. Hace ya dos días que están en Viana con su padre.

Se oyen los ladridos de un perro, y se divisa una sombra que

adelanta por el jardín. Trae un faro en la mano, y la humosa llama

de aceite tras los vidrios empañados, ilumina con temblona claridad

aquel sendero entre viejos mirtos, y los pies descalzos del hombre

que llega. Es una figura negra que apenas se destaca sobre el fondo

misterioso del jardín. Los ladridos del perro le hacen detenerse, y

explora en torno con el farol en alto. Toda la figura se ilumina:

El traje de aguas y el sudeste con que cubre su cabeza le anuncian

como un marinero.

EL MARINERO

¡Hagan favor de atar el perro!

DOÑA MALVINA

¿Quién es?

EL MARINERO

Abelardo, el patrón de la barca.

LA DAMA

¿Quién ha dicho? ¡Ya están ahí!..

DOÑA MALVINA

No vienen las niñas.

EL ABAD

Habrán temido al mal tiempo.

EL MARINERO

¡Santas y buenas noches tenga la señora y la compañía!

LA DAMA

¿Cómo no han venido mis hijas?

EL MARINERO

Cuando ya ibamos á largar llegó un criado mozo con esta carta.

Al mismo tiempo que habla, el marinero se descubre y del sudeste

saca la carta que entrega á la señora. Doña Malvina acerca el

velón, y alumbra mientras lee la dama.

LA DAMA

«Mamá Concha: No vamos, porque está papá muy grave, que le ha repetido

el ataque y dicen que no debemos abandonarlo en estos momentos.

Nosotras, las dos, tenemos muchos deseos de verte. Como aquí estamos

solas, y ni siquiera conocemos á los criados, no hacemos sino llorar.

Papá no habla, y dicen que no conoce á nadie; pero á nosotras nos mira

con unos ojos tan tristes que parece que nos conoce.» ¡Pobres hijas!

¡Lo que estarán sufriendo, allí solas las dos! ¡Mis ángeles queridos!

¿Cuándo sales con la barca?

EL MARINERO

Ahora. Apenas si nos queda marea.

DOÑA MALVINA

¿Quiere usted que vaya yo al lado de las niñas?

LA DAMA

Quiero ir yo.

DOÑA MALVINA

¡Usted, señorita!

EL ABAD

Es un deber de madre, y también de esposa.

LA DAMA

¿Y acaso puedo yo volver á entrar en aquella casa? ¡Qué hacer, Dios

mío!.. ¡Pobres hijas, solas al lado de su padre que se muere! ¡Y tal

vez maldiciéndome! Iré, iré, aun cuando hayan de arrojarme los criados.

Sale en medio de un aguacero, cubierta con largo capuchón. Todos la

siguen, y como una procesión de sombras se les ve alejarse por el

jardín, entre los altos mirtos. Desaparecen con la luz del farol, y

el perro sigue ladrando en la noche.

ASÍ TERMINA LA JORNADA SEGUNDA

JORNADA TERCERA

[Ilustración]

El viejo jardín en una tarde otoñal y dorada. Dos palomas se

arrullan posadas en la piedra de armas, y los vencejos, que

revolotean sobre la torre señorial, trazan en el azul signos

de quimera con la punta negra del ala. De tiempo en tiempo, un

estremecimiento recorre el jardín y luego todo vuelve á quedar en

silencio de misterio: El misterio de los mirtos centenarios, de las

fuentes abandonadas, de las rosas que se deshojan en los rosales...

Doña Malvina, la dueña, hace calceta sentada en un banco de piedra

y atisba por encima de los espejuelos hacia la puerta del jardín,

donde acaba de aparecerse el señor Abad de Brandeso.

EL ABAD

Acaban de contarme que llegó esta mañana toda la familia. ¿Cómo han

sido esas paces, Doña Malvina?

DOÑA MALVINA

Dios Nuestro Señor que dispone todas las cosas. Ya conoce aquella

súbita resolución que tomó la señorita al leer la carta de las niñas.

Llegamos á Viana caladas de agua y muertas de miedo. Yo durante el

camino no hice otra cosa que rezar... Las olas montaban por encima de

la barca. ¡Y qué serenidad la señorita! Solamente la vi temblar cuando

llegamos á la puerta de su casa. Estaba pálida como una muerta. Pensé

que iba á caerse. Sin pronunciar una sola palabra subió las escaleras

y abrazó á las niñas, que salieron á recibirla. Crea que me daba miedo

verla tan pálida, con los ojos secos. Tomó á las niñas de la mano y

siguió con ellas...

EL ABAD

¡El trance habrá sido al entrar en la alcoba donde estaba el marido

enfermo!

DOÑA MALVINA

Llegó, le besó las manos de rodillas, y entonces por primera

vez lloró... Las niñas también lloraban, como si las inocentes

comprendiesen.

EL ABAD

¿Y el marido?

DOÑA MALVINA

No la conoció.

EL ABAD

¿Y ahora?

DOÑA MALVINA

Lo mismo. Solamente conoce al criado que le acompañaba siempre.

EL ABAD

Ya llevaba mucho tiempo desmemoriado. Ultimamente habrá tenido noticia

de la llegada del ilustre Marqués de Bradomín.

DOÑA MALVINA

Aun cuando no lo dice, ese remordimiento tiene la señorita. Siete

días estuvo á su cabecera, día y noche, velándole. A todos nos tenía

pasmados que tuviese fuerzas estando como está tan delicada. ¡Y ahora

le cuida y sirve con un amor!

EL ABAD

¿Y el ilustre Marqués, no ha vuelto á mostrarse?

DOÑA MALVINA

Mis ojos no le han visto más.

EL ABAD

Hace dos días continuaba en el Pazo de Lantañón.

DOÑA MALVINA

Entonces allí seguirá.

EL ABAD

¿Y si vuelve?

DOÑA MALVINA

Si vuelve... Como ahora no hacen sufrir á nadie.

EL ABAD

Pero ofenden á Dios, Doña Malvina.

Por un sendero del jardín vienen dos niñas que parecen dos

princesas infantiles, pintadas por el Tiziano en la vejez. Las dos

son muy semejantes, rubias y con los ojos de oro. La mayor se llama

María Fernanda, la pequeña María Isabel. Llegaban sofocadas de sus

juegos, y la onda primaveral de sus risas se levantaba armónica

entre los viejos mirtos.

MARIA ISABEL

¡Señor abad!

MARIA FERNANDA

¡Don Benicio!

EL ABAD

¡Señoritas! ¡Qué altas y qué preciosas!

MARIA FERNANDA

María Isabel no ha crecido. ¡Yo sí!

MARIA ISABEL

Tú has crecido más, pero yo también crecí.

MARIA FERNANDA

Te sirven todos los vestidos que tenías.

EL ABAD

Yo á las dos las encuentro hechas unas mujeres.

DOÑA MALVINA

¡Todavía han de pasar muchos años!

EL ABAD

¿Cuál es la más aplicada?

MARIA FERNANDA

Yo las cuentas no las entiendo, pero la Historia Sagrada la sé toda.

EL ABAD

¿Y tú María Isabel?

MARIA ISABEL

¡Yo también!

EL ABAD

¿Y además entiendes las cuentas?

MARIA ISABEL

Eso no...

MARIA FERNANDA

Las cuentas no las entiende ninguna niña. En el convento somos quince

educandas y sólo una las entiende.

EL ABAD

Pues ya hay una.

MARIA ISABEL

Pero en cambio, Sor María Salomé, que tiene cerca de ochenta años,

siempre que nos castigan por no saberlas, nos trae dulces á escondidas.

MARIA FERNANDA

Porque dice que á ella las cuentas tampoco le han entrado nunca en la

cabeza. ¡Y tiene cerca de ochenta años!

EL ABAD

¿Y la doctrina, la sabéis?

MARIA FERNANDA

Sí, señor.

EL ABAD

¿Cuántos son los mandamientos de la ley de Dios?

MARIA FERNANDA

Los mandamientos de la ley de Dios, son diez: El primero, amar á Dios

sobre todas las cosas; el segundo, no jurar su santo nombre en vano; el

tercero, santificar las fiestas; el cuarto, honrar padre y madre; el

quinto, no matar; el sexto, ¡larán! ¡larán!

EL ABAD

¿Cómo larán, larán?

MARIA ISABEL

¡Larán! ¡larán!

EL ABAD

¡Ah! Sí, el sexto, ¡larán! ¡larán! ¿Y vuestra madre, dónde está?

MARIA FERNANDA

Antes estaba en la capilla.

EL ABAD

¿Y ahora?

MARIA FERNANDA

Ahora...

DOÑA MALVINA

Véala allí, caminando detrás de la litera donde pasean al enfermo.

EL ABAD

¿Una litera?

DOÑA MALVINA

Una litera que había en el palacio, del tiempo de los abuelos... Fué

idea del señor Marqués para que la señorita pasease por el jardín, una

vez que estuvo muy delicada.

EL ABAD

Vamos á saludarla.

El Abad se aleja por la honda avenida de castaños que comienza á

cubrirse de hojas, y allá en el fondo, donde casi se desvanece su

balandrán flotante, tropiézase con una dama que baja la escalinata

del palacio. Es una dama alta y rubia, de buen donaire y de buen

seso, que ostenta un hermoso nombre de rica-hembra. Se llama Isabel

Bendaña.

ISABEL BENDAÑA

¡Señor Abad de Brandeso!

EL ABAD

¡Doña Isabel de Bendaña, mi buena amiga! No sabía que se hospedase aquí

tan ilustre señora. ¿Cuándo ha llegado usted?

ISABEL BENDAÑA

Hoy he llegado acompañando á mi prima Concha.

EL ABAD

A saludarla iba.

ISABEL BENDAÑA

En el jardín está. Siempre al lado de su marido, no se aparta un

momento, y le cuida con una especie de fiebre amorosa. El está que

parece un niño...

EL ABAD

El Marqués de Bradomín: Coloquios Románticos · 第 2 / 5 段