Produced by Carlos Colón, University of Toronto and the
Online Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net
(This file was produced from images generously made
available by The Internet Archive)
Nota del Transcriptor:
Se ha respetado la ortografía y la acentuación del original.
Errores obvios de imprenta han sido corregidos.
Páginas en blanco han sido eliminadas.
Letras itálicas son denotadas con _líneas_.
Las versalitas (letras mayúsculas de tamaño igual a las minúsculas)
han sido sustituidas por letras mayúsculas de tamaño normal.
EL MARQUES DE BRADOMIN
OBRAS DEL AUTOR
FEMENINAS (_agotada_).
EPITALAMIO (_agotada_).
CENIZAS (_agotada_).
JARDÍN NOVELESCO (_segunda edición_).
CORTE DE AMOR (_segunda edición_).
SONATA DE PRIMAVERA, I, (_tercera edición_).
SONATA DE ESTÍO, II, (_tercera edición_).
SONATA DE OTOÑO, III, (_tercera edición_).
SONATA DE INVIERNO, IV, (_tercera edición_).
FLOR DE SANTIDAD (_segunda edición_).
AGUILA DE BLASÓN.
AROMAS DE LEYENDA.
EL MARQUÉS DE BRADOMÍN.
ROMANCE DE LOBOS.
EN PRENSA
HERNÁN CORTÉS.
EL MARQUES DE BRADOMIN:
COLOQUIOS ROMANTICOS:
POR DON RAMON DEL VALLE-INCLAN
PUEYO: EDITOR:
AÑO MCMVII: MADRID
Tipografía de Archivos. Infantas. 42.
EL MARQUES DE BRADOMIN
_Estos diálogos tuvieron hace
tiempo vida en el teatro. Es un
recuerdo que me sonríe al releer
estas páginas: Con ellas envío
á Matilde Moreno y á Francisco
García Ortega mi saludo de
reconocimiento, de admiración y de
amistad._
JORNADA PRIMERA
[Ilustración]
Un jardín y en el fondo un palacio: El jardín y el palacio tienen
esa vejez señorial y melancólica de los lugares por donde en
otro tiempo pasó la vida amable de la galantería y del amor.
Sentado en la escalinata, donde verdea el musgo, un zagal de pocos
años amaestra con los sones de su flauta, una nidada de mirlos
prisionera en rústica jaula de cañas. Aquel niño de fabla casi
visigótica y ojos de cabra triscadora, con su sayo de estameña y
sus guedejas trasquiladas sobre la frente por tonsura casi monacal,
parece el hijo de un antiguo siervo de la gleba. La dama pálida
y triste, que vive retirada en el palacio, le llama con lánguido
capricho Florisel. Por la húmeda avenida de cipreses aparece una
vieja de aldea: Tiene los cabellos blancos, los ojos conqueridores
y la color bermeja. El manteo, de paño sedán, que sólo luce en las
fiestas, lo trae doblado con primor y puesto como una birreta sobre
la cofia blanca: Se llama Madre Cruces.
LA MADRE CRUCES
¿Estás adeprendiéndole la lección á los mirlos?
FLORISEL
Ya la tienen adeprendida.
LA MADRE CRUCES
¿Cuántos son?
FLORISEL
Agora son tres. La señora mi ama echó á volar el que mejor cantaba.
Gusto que tiene de verlos libres por los aires.
LA MADRE CRUCES
¡Para eso es la señora! ¿Y cómo está de sus males?
FLORISEL
¡Siempre suspirando! ¡Agora la he visto pasar por aquella vereda
cogiendo rosas!
LA MADRE CRUCES
Solamente por saludar á esa reina he venido al palacio. A encontrarla
voy. ¿Por dónde dices que la has visto pasar?
FLORISEL
Por allí abajo.
La Madre Cruces se aleja en busca de la señora, y torna á requerir
su flauta Florisel. El sol otoñal y matinal deja un reflejo dorado
entre el verde sombrío, casi negro, de los árboles venerables. Los
castaños y los cipreses que cuentan la edad del palacio. La Quemada
y Minguiña, dos mujerucas mendigas, asoman en la puerta del jardín,
una puerta de arco que tiene, labrados en la piedra sobre la
cornisa, cuatro escudos con las armas de cuatro linajes diferentes.
Los linajes del fundador, noble por todos sus abuelos. Las dos
mendigas asoman medrosas.
LA QUEMADA
¡A la santa paz de Dios Nuestro Señor!
MINGUIÑA
¡Ave María Purísima!
LA QUEMADA
¡Todas las veces que vine á esta puerta, todas, me han socorrido!
MINGUIÑA
¡Dicen que es casa de mucha caridad!
LA QUEMADA
No se ve á nadie...
MINGUIÑA
¿Por qué no entramos?
LA QUEMADA
¡Y si están sueltos los perros!
MINGUIÑA
¿Tienen perros?
LA QUEMADA
Tienen dos, y un lobicán muy fiero...
FLORISEL
¡Santos y buenos días! ¿Qué deseaban?
LA QUEMADA
Venimos á la limosna. ¿Tú agora sirves aquí? Buena casa has encontrado.
En los palacios del Rey no estarías mejor.
FLORISEL
¡Eso dícenme todos!
LA QUEMADA
Pues no te engañan.
FLORISEL
¡Por sabido que no!
MINGUIÑA
¡Tal acomodo quisiera yo para un nieto que tengo!
FLORISEL
No todos sirven para esta casa. Lo primero que hace falta es muy bien
saludar.
MINGUIÑA
Mi nieto es pobre, pero como enseñado lo está.
FLORISEL
Y hace falta lavarse la cara casi que todos los días.
MINGUIÑA
En un caso también sabría dar gusto.
FLORISEL
Y dentro del palacio tener siempre la montera quitada, aun cuando la
señora no se halle presente, y no meter ruido con las madreñas ni
silbar por divertimiento, salvo que no sea á los mirlos.
LA QUEMADA
¿Tú aquí sirves por el vestido?
FLORISEL
Por el vestido y por la soldada. Gano media onza cada año, y á cuenta
ya tengo recibido los dineros para mercar esta flauta. ¿Vostedes es la
primera vez que vienen á la limosna?
LA QUEMADA
¡Yo hace muchos años!
MINGUIÑA
Yo es la primera vez. Nunca creí verme en tanta necesidad. Fuí criada
con el regalo de una reina, y agora no me queda otro triste remedio que
andar por las puertas. Un hijo tenía, luz de mi tristes ojos, amparo de
mis años, y murió en el servicio del Rey, adonde fué por un rico.
FLORISEL
¿Y vienen de muy lejos?
MINGUIÑA
De San Clemente de Bradomín.
LA QUEMADA
¡Todo por monte!
FLORISEL
Ya sé dónde queda. Allí tiene un palacio el más grande caballero de
estos contornos.
MINGUIÑA
¡También es puerta aquella de mucha caridad! Agora poco hace, llegó el
señor mi Marqués, al cabo de muchos años. Dicen que viene para hacer
una nueva guerra por el Rey Don Carlos, á quien le robaron la corona
cuando los franceses.
LA QUEMADA
Aquél murió. El de agora es un hijo.
MINGUIÑA
Hijo ó nieto, es de aquella sangre real.
En la puerta del jardín asoma una hueste de mendigos. Patriarcas
haraposos, mujeres escuálidas, mozos lisiados. Racimo de gusanos
que se arrastra por el polvo de los caminos y se desgrana en
los mercados y feriales de las villas salmodiando cuitas y
padrenuestros, caravana que descansa al pie de los cruceros, y
recuenta la limosna de mazorcas y mendrugos de borona, á la sombra
de los valladares floridos donde cantan los pájaros del cielo á
quienes da nido y pan Dios Nuestro Señor. En todos los casales los
conocen, y ellos conocen todas las puertas de caridad. Son siempre
los mismos: El Manco de Gondar; el Tullido de Céltigos; Paula la
Reina, que da de mamar á un niño; la Inocente de Brandeso; Dominga
de Gómez; el señor Amaro, el señor Cidrán el Morcego y la mujer del
Morcego. Llegan por el camino aldeano, fragante y riente bajo el
sol matinal.
EL MANCO DE GONDAR
Rapaz, avisa en la cocina que está aquí el manco de Gondar, que viene
por la limosna.
EL TULLIDO DE CELTIGOS
Y el tullido de Céltigos.
FLORISEL
Tiene dicho Doña Malvina, el ama de llaves, que esperen á reunirse
todos.
EL MANCO DE GONDAR
Dile que tenemos de recorrer otras puertas.
EL TULLIDO DE CELTIGOS
No basta una sola para llenar las alforjas.
EL MORCEGO
Los ricos, como no pasan trabajos...
LA MUJER DEL MORCEGO
Padre nuestro, que estáis en los cielos...
Por un sendero del jardín aparece la Señora del palacio, que viene
cogiendo rosas. A su lado la Madre Cruces habla conqueridora, y la
dama suspira con desmayo. Es una figura pálida y blanca, con aquel
encanto de melancolía que los amores muertos ponen en los ojos y en
la sonrisa de algunas mujeres.
LA MADRE CRUCES
¡Y cómo me place ver á mi señora con las colores de una rosa!
LA DAMA
De una rosa sin color, Madre Cruces.
LA MADRE CRUCES
Y todavía no la dije algo que habrá de alegrarla. ¡Esperando que me
preguntase!
LA DAMA
¡Sin preguntarte lo sé!
LA MADRE CRUCES
¿Que lo sabe?
LA DAMA
¡Ojalá pudiera equivocarme!
LA MADRE CRUCES
No es cosa para que suspire. Son nuevas de un caballero muy galán.
Viendo llegar á la Señora la hueste de mendigos, que derramada
por la escalinata espera la limosna, se incorpora y junta con un
murmullo de bendiciones. En el sendero la dama se detiene para oir
á la vieja conqueridora, y torna á suspirar. Sus ojos tienen esa
dulzura sentimental que dejan los recuerdos cuando son removidos,
una vaga nostalgia de lágrimas y sonrisas, algo como el aroma de
esas flores marchitas que guardan los enamorados.
LA QUEMADA
Aquí está la señora.
MINGUIÑA
¡Bendígala Dios!
PAULA
Y le dé la recompensa de tanto bien como hace á los pobres.
EL TULLIDO DE CELTIGOS
¡Parece una reina!
LA QUEMADA
¡Parece una santa del cielo!
MINGUIÑA
¡Es la misma Nuestra Señora de los Ojos Grandes que está en Céltigos!
LA DAMA
¿Cómo sigue tu marido, Liberata?
LA QUEMADA
¡Siempre lo mismo, mi señora! ¡Siempre lo mismo!
LA DAMA
¿Es tuyo ese niño, Paula?
PAULA
No, mi señora. Era de una curmana que se ha muerto. Tres ha dejado la
pobre: éste es el más pequeño.
LA DAMA
¿Y tú lo has recogido?
PAULA
La madre me lo recomendó al morir.
LA DAMA
¿Y qué es de los otros dos?
PAULA
Por esos caminos andan. El uno tiene siete años, el otro nueve... Pena
da mirarlos desnudos como ángeles del cielo.
LA DAMA
Vuelve mañana, y pregunta por Doña Malvina.
PAULA
¡Gracias, mi señora! ¡Mi gran señora! ¡La pobre madre se lo agradecerá
en el cielo!
LA DAMA
Y á los otros pequeños tráelos también contigo.
PAULA
Los otros, mañana no sé dónde poder hallarlos.
EL SEÑOR CIDRAN
Los otros, aunque cativo, también tienen amparo. Los ha recogido
Bárbara la Prisca, una viuda lavandera que también á mí me tiene
recogido.
LA DAMA
¡Pobre mujer!
LA MADRE CRUCES
Bárbara la Prisca casó con un sobrino de mi difunto. ¡Es una santa de
Dios!
LA DAMA
La conozco, Madre Cruces.
Seguida de la vieja conqueridora la Señora del palacio se aleja
lentamente, y á los pocos pasos, suspirando con fatiga, se sienta
á la sombra de los rosales, en un banco de piedra cubierto de
hojas secas. En frente se abre la puerta del laberinto misterioso
y verde. Sobre la clave del arco se alzan dos quimeras manchadas
de musgo y un sendero sombrío, un solo sendero, ondula entre los
mirtos. Muy lejano, se oye el canto de los mirlos guiados por la
flauta que tañe Florisel.
LA MADRE CRUCES
Y tornando al cuento pasado. ¿Dice que sabe la nueva?
LA DAMA
¡Ojalá me equivocase! Tú traes una carta para mí, Madre Cruces.
LA MADRE CRUCES
¿Cómo lo sabe?
LA DAMA
¡No me preguntes cómo lo sé! ¡Lo sé!
LA MADRE CRUCES
¿Quién ha podido decírselo? ¡Si fué una misma cosa entregarme la carta
el señor mi Marqués y ponerme en camino!
LA DAMA
No me lo ha dicho nadie. Yo lo sentí dentro del corazón, como una gran
angustia, cuando te vi llegar. ¡Y no me atrevía á preguntarte!
LA MADRE CRUCES
¡Como una gran angustia! Yo presumo que el señor mi Marqués viene de
tan lejanas tierras solamente por ver á mi señora.
LA DAMA
Viene porque yo le llamé, y ahora me arrepiento. A mí me basta con
saber que me quiere. Temía que me hubiese olvidado y le escribí, y
ahora que estoy segura de su cariño temo verle.
La Señora del palacio queda un momento con la carta entre sus
manos cruzadas contemplando el jardín. En la rosa pálida de su
boca tiembla una sonrisa, y los ojos brillaban con dos lágrimas
rotas en el fondo. Las flores esparcidas sobre su falda aroman
aquellas manos blancas y transparentes. ¡Divinas manos de enferma!
Suspirando abre la carta. Mientras lee asoma en la puerta del
jardín una niña desgreñada, con ojos de poseída, que clama llena
de un terror profético, al mismo tiempo que se estremece bajo sus
harapos: Es Adega la Inocente.
ADEGA LA INOCENTE
¡Ay de la gente que no tiene caridad! Los canes y los rapaces córrenme
á lo largo de los senderos. Mozos y viejos asoman tras de las cercas y
de los valladares para decirme denuestos. ¡Ay de la gente que no tiene
caridad! ¡Cómo ha de castigarla Dios Nuestro Señor!
MINGUIÑA
Ya la castiga. Mira cómo secan los castañares, mira cómo perecen las
vides. Esas plagas vienen de muy alto.
ADEGA LA INOCENTE
Otras peores tienen de venir. ¡Se morirán los rebaños sin quedar una
triste oveja, y su carne se volverá ponzoña! ¡Tanta ponzoña que habrá
para envenenar siete reinos!
EL SEÑOR CIDRAN
¡La cuitada es inocente! No tiene sentido.
MINGUIÑA
Entra, rapaza, que aquí nadie te hará mal. Dame dolor de corazón el
verla.
Adega la Inocente responde levantando los brazos, como si evocase
un lejano pensamiento profético, y los vuelve á dejar caer.
Después, cubierta la cabeza con el manteo, entra en el jardín lenta
y llena de misterio. Así, arrebujada, parece una sombra milenaria.
Tiembla su carne y los ojos fulguran calenturientos bajo el capuz
del manteo. En la mano trae un manojo de yerbas que esconde en el
seno con vago gesto de hechicería. Estremeciéndose va á sentarse
entre las dos abuelas mendigas Minguiña y la Quemada. En tanto,
la Señora del palacio, allá en el fondo del jardín, sentada en el
banco que tiene florido espaldar de rosales, termina de leer la
carta.
LA DAMA
¡Qué tortura!
LA MADRE CRUCES
Bien se me alcanza lo que á mi señora le acontece. Como no puede
retenerle largo tiempo, teme el dolor de la ausencia.
LA DAMA
¡Lo que yo temo es ofender á Dios! ¡Sólo de pensar que puede aparecerse
ahora mismo tiemblo y desfallezco! ¡Y la idea de no verle me horroriza!
Cuéntame qué te dijo. ¿Cómo fué el darte esta carta?
LA MADRE CRUCES
Esta mañana llegó al molino como de cacería. Yo, al pronto, le
desconocí. Tiene todos los cabellos blancos, que parecen de plata.
Quedóse parado en la puerta mirándome muy fijo. Ante un caballero tan
lleno de majestad, me puse de pie, y ha sido cuando me habló y le
reconocí.
LA DAMA
¿Y qué te dijo?
LA MADRE CRUCES
Pues, díjome estas mismas palabras: Madre Cruces, hace mucho que
has visto á mi pobre Concha? Toda asombrada quedéme sin acertar á
responderle. Entonces sacó del bolsillo la carta y me la entregó.
LA DAMA
¿No te habló más?
LA MADRE CRUCES
Nada más, mi reina.
LA DAMA
¿No te dijo que yo le esperaba?
LA MADRE CRUCES
Nada me dijo.
LA DAMA
¿Ni de dónde venía?
LA MADRE CRUCES
Nada.
LA DAMA
¿Y tú no le preguntaste?
LA MADRE CRUCES
No me atreví. El verle aparecer de aquella manera habíame impuesto. Eso
sí, parecióme más triste.
LA DAMA
¡Dos años hace que no le veo! Fué aquí, en este mismo jardín, donde nos
dijimos adiós. Yo creí morir, pero no es cierto que maten las penas.
LA MADRE CRUCES
No mata ningún mal de este mundo. Es que Dios elige á los suyos.
LA DAMA
Di, Madre Cruces, ¿por qué te ha parecido triste?
LA MADRE CRUCES
Yo no sé si será aquella cabellera toda blanca. Y agora recuerdo otras
palabras del señor mi Marqués. ¡Fueron tan pocas!
LA DAMA
¡Tan pocas y aún las olvidas! Repíteme todo lo que él te dijo.
LA MADRE CRUCES
Pues díjome: ¿Mi pobre Concha sigue siempre triste? ¿Conserva aquella
mirada de criatura enferma que estuviese pensando en la otra vida?
LA DAMA
¡Sigue llamándome su pobre Concha!
LA MADRE CRUCES
Siempre que habla de mi señora la nombra así.
LA DAMA
¡Su pobre Concha!.. Y bien pobre, y bien digna de lástima. Le quise
desde niña, y crecí, y fuí mujer y me casaron con otro hombre, sin
que él hubiese sospechado nada. ¡Aquellos ojos eran á la vez ciegos y
crueles!.. Después, cuando se fijaron en mí, ya sólo podían hacerme más
desgraciada.
Hay un silencio largo donde se oye el zumbar de un tábano entre
los rosales. La Señora del palacio, con la carta entre las manos,
ha quedado como abstraída: sus ojos, sus hermosos ojos de enferma,
miran á lo lejos y miran sin ver. El tábano revolotea mareante y
soñoliento. La vieja conqueridora le sigue con la mirada. Muchas
veces deja de verle, pero el zumbido constante de sus alas le
anuncia. La Madre Cruces, un momento persigue con la mano el vuelo
que pasa ante sus ojos y sonríe.
LA MADRE CRUCES
Este tábano rojo algo bueno anuncia.
LA DAMA
Yo creía que era mal agüero, Madre Cruces.
LA MADRE CRUCES
No, mi reina. Mal agüero si fuese negro. Ese mismo lo vide antes.
LA DAMA
¿Y qué puede anunciarme?
LA MADRE CRUCES
Que presto llegará el galán que consuele ese corazón.
LA DAMA
¡Consuelo! Yo no sé qué es mayor angustia, si saber que está cerca, si
llorarle lejos. ¿Por dónde viene?
LA MADRE CRUCES
Por seguro que caminando adonde le esperan.
LA DAMA
Si cierro los ojos, le veo en medio de un camino, pero su cara no la
distingo. ¿Dices que está triste?
LA MADRE CRUCES
¡Menos lo estaría si tanto no recordase á quien le quiere!
LA DAMA
¿Tú crees que me haya recordado siempre?
LA MADRE CRUCES
Claramente. ¿Pues no ha venido apenas fué llamado? ¡Y cómo suspiró al
darme la carta!
LA DAMA
¡No suspirará más tristemente que suspiro yo!
LA MADRE CRUCES
Pues hace mal mi señora cuando sabe que es tan bien querida. Y siempre
vale mejor que pene uno solo. Viendo triste al buen caballero decíame
entre mí: Suspira, enamorado galán, suspira, que todo lo merece aquella
paloma blanca.
LA DAMA
¡Cuánto tarda! ¿Cómo el corazón no le dice todo mi afán?
LA MADRE CRUCES
El corazón es por veces tan traidor.
LA DAMA
¡El mío es tan leal!
LA MADRE CRUCES
¡Cuitado pajarillo! ¿Mas qué tiene mi reina que tiembla toda?
LA DAMA
No es nada, madre Cruces.
LA MADRE CRUCES
Vamos al palacio.
LA DAMA
Quería esperarle aquí, en el jardín donde nos separamos.
LA MADRE CRUCES
Antaño, cuando niños, algunas veces los he visto jugar bajo estas
sombras. Apenas si recordará.
LA DAMA
¡Me acuerdo tanto! No jugaba conmigo, jugaba con mis hermanas mayores,
que tenían su edad. Solía traerlo mi abuelo en su yegua, cuando volvía
de Viana del Prior, donde estaba con su tío. El viejo Marqués era tu
padrino, verdad, Madre Cruces?
LA MADRE CRUCES
Sí, mi reina. Padrino como cumple, de bautizo y de boda. Un caballero
de aquellos cual no quedan, un gran caballero, como lo era su primo, el
señor de este palacio.
LA DAMA
¡Pobre abuelo!
LA MADRE CRUCES
Mejor está que nosotros, allá en el mundo de la verdad.
LA DAMA
Si viviese no sería yo tan desgraciada.
LA MADRE CRUCES
Nuestras tribulaciones son obra de Dios, y nadie en este mundo tiene
poder para hacerlas cesar.
LA DAMA
Porque nosotros somos cobardes, porque tememos la muerte.
LA MADRE CRUCES
Yo, mi señora, no la temo. Tengo ya tantos años que la espero todos los
días, porque mi corazón sabe que no puede tardar.
LA DAMA
Yo también la llamo, madre Cruces.
LA MADRE CRUCES
Mi señora, yo llamarla, jamás. Podría llegar cuando mi alma estuviese
negra de pecados.
LA DAMA
Yo la llamo, pero le tengo miedo. Si no le tuviese miedo, la buscaría.
LA MADRE CRUCES
¡No diga tal, mi señora, no diga tal!
En la escalinata, donde verdean yerbajos desmedrados que las
palomas picotean, asoma una vieja ama de llaves vestida con hábito
del Carmelo. Se llama Doña Malvina. Aventa un puñado de maíz, y
las palomas acuden á ella. Doña Malvina ríe con gritos de damisela
y llevando una paloma en cada hombro, baja al jardín, alzada muy
pulcramente la falda para caminar por los senderos, y llega adonde
está la Señora.
DOÑA MALVINA
¡Que la humedad de esos árboles no puede serle buena!
LA DAMA
¡Dentro de un momento acaso llegue aquel á quien espero hace tanto
tiempo!..
DOÑA MALVINA
¡El señor Marqués!
LA DAMA
Tú nunca dudaste que viniese.
DOÑA MALVINA
¡Nunca!
LA DAMA
Yo lo dudé, é hice mal.
DOÑA MALVINA
¿Cuándo ha tenido usted noticia de su llegada?
LA DAMA
Ahora.
LA MADRE CRUCES
Yo la truje, Doña Malvina.
LA DAMA
Quería esperarle aquí. Me mata la impaciencia.
DOÑA MALVINA
¡Tiene las manos heladas!
La dama calla y parece soñar. En medio de aquel silencio leve y
romántico, resuena en el jardín festivo ladrar de perros y música
de cascabeles, al mismo tiempo que una voz grave y eclesiástica
se eleva desde el fondo de mirtos como un canto gregoriano. Es la
voz del Abad de Brandeso. El tonsurado solía recaer por el palacio,
terminada la misa, para tomar chocolate con la Señora. Sus dos
galgos le precedían siempre.
EL ABAD
Excelentísima señora doña María de la Concepción Montenegro y Bendaña,
Gayoso y Ponte de Andrade.
LA DAMA
¡Señor Abad, qué olvidado tiene usted el camino de esta casa!
EL ABAD
No crea eso, mi buena amiga, pero estuve de viaje. Una consulta á Su
Ilustrísima. Por cierto que el señor Provisor me ha dicho que estaba
de vuelta nuestro gran Marqués. El señor Provisor, que le ha saludado
en Roma cuando fué con la peregrinación, me contó que el pelo le ha
blanqueado completamente. ¡Pues no tiene años para eso!
LA DAMA
¡Oh, no!
EL ABAD
Es un muchacho. ¿Y qué magna empresa le habrá traído?
LA DAMA
¡Señor Abad!
EL ABAD
Yo me la figuro. Nuestro ilustre Marqués trae una misión secreta del
Rey.
LA DAMA
No creo...
EL ABAD
A mí no me extrañaría que volviese á estallar una nueva guerra. Yo
confieso que la espero hace mucho tiempo. ¡Quieto, Carabel! ¡Quieto,
Capitán!
LA DAMA
Usted tomará chocolate, señor Abad. Ya lo sabes, Malvina.
DOÑA MALVINA
¿Prefiere bollos de Viana, ó bizcochos de las monjas de Velvis?
EL ABAD
Hay que pensarlo, Doña Malvina: ¡Es un caso de conciencia!
LA DAMA
Las dos cosas.
DOÑA MALVINA
¿Y cabello de ángel ó dulce de guindas?
EL ABAD
También le haré honor á los dos. No le dije que he tenido el gusto de
ver á las niñas. Ya sé que la visitarán muy pronto.
Después de cambiar una mirada, se alejan discretas, hacia el
palacio la dueña y la Madre Cruces. Van comentando en voz baja,
y de tiempo en tiempo se detienen en el sendero de mirtos, para
arrancar una brizna de yerba ó enderezar un rosal que se deshoja
al paso. Los mendigos que esperan sentados en la escalinata se
incorporan lentamente y tienen una salutación de salmodia al verlas
llegar. Doña Malvina, con movimientos de cabeza, esos movimientos
graves y pausados de las dueñas gobernadoras, les recomienda
paciencia, paciencia, paciencia.
LA DAMA
¿Vió usted á mis hijas, señor Abad?
EL ABAD
Usted no sabe que yo tengo una hermana monja en el Convento de la
Enseñanza. Precisamente al entrar en el locutorio lo primero que
descubrí tras de las rejas fué á las dos pequeñas. No sabía que se
educasen allí. Su padre estaba visitándolas. ¡Aquí, Carabel! ¡Aquí,
Capitán! Le hallé muy viejo, y sobre todo desmemoriado. No creía que
hubiese quedado tan mal de este último ataque. Hemos hablado de usted.
LA DAMA
¿Sabía la aparición del Marqués?
EL ABAD
Si lo sabía, nada me ha dicho, y yo nada he podido colegir. Si algo me
hubiese dicho, le habría contestado, como era mi deber, que el señor
Marqués de Bradomín es un leal defensor del Rey, y que sólo ha venido
aquí por la causa de la Religión y de la Patria.
LA DAMA
Señor Abad, cree usted que haya venido por eso?
EL ABAD
Yo, ciertamente.
LA DAMA
Pero usted no ignora...
EL ABAD
No, no ignoro.
LA DAMA
Y usted, qué me aconseja?
EL ABAD
Es tan grave el caso...
LA DAMA
Sólo le veré para suplicarle que vuelva á su destierro, lejos, muy
lejos de mí.
EL ABAD
¿Y tiene usted derecho para hacerlo? Si, como yo creo, le trae el
interés supremo de una causa santa...
LA DAMA
¿Otra guerra?
EL ABAD
Sí, otra guerra. Eso que algunos juzgan imposible, eso que hasta á
los mismos Gobiernos liberales hace sonreir, y que, á despecho de la
incredulidad de unos y de las burlas de otros, será.
LA DAMA
Y yo, qué debo hacer?
EL ABAD
Rezar. Prescindir de cualquier interés mundano. Busque usted ejemplo
en la vida de los santos. María Egipciaca, mirando al piadoso objeto
llegar á Jerusalén, no teniendo al pasar un río moneda que dar al
barquero, le ofreció el don de su cuerpo. ¡Quieto, Carabel! ¡Quieto,
Capitán!
LA DAMA
¡Qué gran consuelo me da usted, señor Abad!
EL ABAD
¡Aquí, Carabel! ¡Aquí, Capitán!
Los perros van y vienen con carreras locas, persiguiendo sobre la
yerba la sombra de un largo bando de palomas que vuela en torno de
la torre señorial. La dama y el clérigo conversan en un banco de
piedra, sostenidos por dos grifantes toscamente labrados, á los
cuales da un encanto de arte el musgo que los cubre. La Señora
escucha con los ojos bajos, entretenida en hacer un gran ramo con
las rosas. Algunas quedan deshojadas en su falda, y las remueve
lentamente, hundiendo en ellas sus manos de enferma, que parecen
más pálidas entre la sangre de las rosas. La dama solía buscar
aquel paraje del jardín para llorar sus penas. Le placía aquel
retiro donde mirtos seculares dibujaban los cuatro escudos del
fundador en torno de una fuente abandonada. Con lánguido desmayo
se incorpora, y por la húmeda avenida de castaños se retorna al
palacio, seguida del Abad. En la puerta del jardín asoma un ciego
sin lazarillo, y los mendigos, al verle, hacen comentos.
MINGUIÑA
Ahí está Electus, el ciego de Gondar.
LA QUEMADA
¡Famoso prosero!
ELECTUS
¡Santa Lucía bendita vos conserve la amable vista y salud en el mundo
para ganarlo! Dios vos otorgue que dar y que tener. Salud y suerte en
el mundo para ganarlo. ¡Buenas almas del Señor, haced al pobre ciego un
bien de caridad!
EL MORCEGO
Somos otros pobres, Electus.
ELECTUS
¡Mía fe que os tuve por indianos!
LA QUEMADA
¡Qué gran raposo!
EL MANCO DE GONDAR
¿Cómo vienes sin criado?
ELECTUS
Muy poco á poco. Como tengo de irme para no tropezar.
MINGUIÑA
Oye una fabla, Electus.
ELECTUS
Considera que bajo este peso me doblo. Deja tú que llegue adonde pueda
reposarme.
El ciego sacude las alforjas escuetas, y algún mendigo, escondida
la mano entre los harapos, se rasca y ríe. El ciego pone una
atención sagaz, procurando reconocer las voces y las risas.
Tanteando con el bordón, busca sitio en el corro. Es un viejo
jocundo y ladino, que arrastra luenga capa, y cubre su cabeza con
parda y puntiaguda montera.
LA QUEMADA
Aquí estamos esperándote con un dosel.
ELECTUS
Pues agora voy á sentarme debajo.
MINGUIÑA
Tú que andas por los caminos y tienes conocimiento en todas las aldeas,
para un nieto mío, no podrás darme razón de una casa donde me lo miren
con blandura, pues nunca ha servido?
ELECTUS
¿Qué tiempo tiene?
MINGUIÑA
El tiempo de ganarlo. Nueve años hizo por el mes de Santiago.
ELECTUS
Como él sea despierto, amo que le mire bien no faltará.
MINGUIÑA
Dios te oiga.
ELECTUS
Sí que me oirá. Aun cuando es muy viejo no está sordo.
MINGUIÑA
Deja las burlerías, Electus.
Aquel mendicante prosero, tiene un grave perfil monástico, pero
el pico de su montera parda, y su boca rasurada y aldeana,
semejante á una gran sandía abierta, guardan todavía más malicia
que sus decires, esos añejos decires de los jocundos arciprestes
aficionados al vino, y á las vaqueras, y á rimar las coplas. Sucede
un momento de silencio, y el ciego, que está sentado á par de la
vieja mendiga, alarga el brazo hacia el lado opuesto, y palpa,
queriendo alcanzar á la Inocente.
ADEGA LA INOCENTE
Esté quedo, señor Electus.
ELECTUS
¿Quién es?
MINGUIÑA
¡Buen cazallo estás! Ya has venteado que es una rapaza.
ELECTUS
Y la rapaza, qué hace?
MINGUIÑA
¿Esta rapaza? Esta rapaza no es sangre mía.
ELECTUS
¿No tienes padres, rapaza?
ADEGA LA INOCENTE
No, señor.
ELECTUS
¿Y qué haces?
ADEGA LA INOCENTE
Ando á pedir.
ELECTUS
¿Por qué no buscas un amo?
ADEGA LA INOCENTE
Ya lo busco, mas no le atopo.
LA QUEMADA
Los amos no se atopan andando por los caminos. Así atópanse solamente
moras en los zarzales.
ELECTUS
Válate Dios. Pues hay que sacarse de andar por las puertas. Eso es
bueno para nosotros los viejos, que al cabo de haber trabajado toda la
vida no tenemos otro triste remedio. Los mozos débense al trabajo.
LA QUEMADA
Y no deben sacar la limosna á los verdaderos pobres.
ADEGA LA INOCENTE
¡Pobres! Pronto lo serán todos los nacidos. Las tierras cansaránse de
dar pan.
MINGUIÑA
Electus, no eches en olvido á mi rapaz.
ELECTUS
El rapaz, como sea despierto, acomodo habrá de tener, y buen acomodo.
Al criado que tenía enantes abriéronle la cabeza en la romería de
Santa Baya, y está que loquea. Aunque yo conozco los caminos mejor que
muchos que tienen vista, un criado siempre es menester. ¡Y ser criado
de ciego es acomodo que muchos quisieran!
LA QUEMADA
Y ser ciego con vista mejor acomodo.
ELECTUS
¿Quién habla por ahí?
LA QUEMADA
Una buena moza.
ELECTUS
Para el señor Abade.
LA QUEMADA
Para folgar contigo. El señor Abade ya está muy acabado.
EL MANCO DE GONDAR
¿Y para mí no sabes de ningún acomodo?
EL TULLIDO DE CELTIGOS
¿Y para mí?
ELECTUS
Tal que pueda convenirvos, solamente sé de uno.
EL TULLIDO DE CELTIGOS
¿Dónde?
ELECTUS
En la villa. Las dos nietas del señor mi Conde. Dos rosas frescas y
galanas. Para cada uno de vosotros la suya.
Se alboroza la hueste y el ciego permanece atento y malicioso,
gustando el rumor de las risas como los ecos de un culto, con los
ojos abiertos, inmóviles, semejante á un dios primitivo, aldeano
y jovial. En este tiempo baja la escalinata y cruza por entre los
mendigos, el señor Abad de Brandeso.
EL ABAD
¡Aquí, Carabel! ¡Aquí, Capitán!
MINGUIÑA
¡Nuestro señor le acompañe!
EL ABAD
¡Adiós!
LA QUEMADA
¡Vaya muy dichoso!
EL ABAD
¡Adiós!
EL MANCO DE GONDAR
¡Páselo muy bien!
EL ABAD
¡Adiós!
ELECTUS
¡Vaya muy dichoso el señor abade y la su compaña!
LA QUEMADA
No lleva compaña.
ELECTUS
¿Cómo no lleva compaña?
MINGUIÑA
No la lleva.
ELECTUS
Vos queréis burlar del ciego. ¿Pues no lleva los canes?
LA QUEMADA
¡Válate un diaño!
EL MANCO DE GONDAR
¿Pues no dice?..
Florisel sale del palacio acompañando á la dueña de los cabellos
blancos, cargado con una cesta, de donde desbordan las espigas del
maíz. Aquella es la limosna que habrá de repartirse entre la hueste
de mendicantes, y todos se atropellan por acudir á cobrarla. Doña
Malvina alza los brazos con un susto pueril.
DOÑA MALVINA
¡Despacio! ¡Despacio!
ELECTUS
Primero deberíais rezar por todos los difuntos de la señora.
EL MANCO DE GONDAR
Eso dices porque te dejemos ir delantero.
LA QUEMADA
¡Condenado raposo, cuántas mañas sabe!
ELECTUS
¿Quién habla que parece el canto de un pájaro del cielo?
LA QUEMADA
Ya te dije enantes que una buena moza.
ELECTUS
Y yo te dije que fueses adonde el señor Abade.
LA QUEMADA
Déjame reposar primero.
ELECTUS
Vas á perder las colores.
Nuevamente ríen los mendigos. El ciego recibe la limosna antes que
ninguno, y entona su prosa de benditas gracias, con la montera
colgada en el bordón. De aquella salmodia sólo se percibe un grave
murmullo que tiene algo de eclesiástico. La Inocente, olvidada de
la limosna, vaga por el jardín cogiendo rosas. Doña Malvina alza
los brazos y la voz.
DOÑA MALVINA
¡Eh!.. Tú, rapaza, no arranques las flores.
ADEGA LA INOCENTE
¡No! ¡No!
DOÑA MALVINA
Luego se enoja la señora.
ADEGA LA INOCENTE
Sí... sí... La señora las cuida con las sus manos blancas, y solamente
ella puédelas coger.
EL TULLIDO DE CELTIGOS
¡Pobre rapaza! A la cuitada acúdela por veces un ramo cativo, y mete
dolor de corazón verla correr por los caminos, cubierta de polvo, con
los pies sangrando.
Doña Malvina, desde lo alto de la escalinata, vigila el reparto de
la limosna. Los mendigos, después de recibirla, salmodian un rezo.
Florisel va de uno en otro llenando las alforjas. Las dos viejas,
Minguiña y la Quemada, la reciben juntas y besan las espigas.
MINGUIÑA
Sé buen cristiano, mi hijo; que en buena casa estás.
FLORISEL
A mí paréceme que la conozco. ¿Vostede no me dijo que era de San
Clemente?
MINGUIÑA
De allí soy, y allí tengo todos mis difuntos.
FLORISEL
Yo soy poco desviado.
MINGUIÑA
¿Y cómo has venido á servir en el palacio?
FLORISEL
La señora es mi madrina. Yo me llamo Florisel.
ADEGA LA INOCENTE
¡Florisel! ¡Qué lindo pudo ser el santo que tuvo ese nombre, que mismo
parece cogido en los jardines del cielo!
El Marqués de Bradomín, llega á caballo, y se detiene en la puerta
bajo el arco que tiene cimeros cuatro blasones de piedra. Piafa
el potro que monta, y sobre la losa del umbral, que parece una
sepultura, los herrados cascos resuenan fanfarrones, valientes
y marciales, con el noble estrépito de las espadas y de los
broqueles. La hidalga figura del jinete desaparece bajo un capote
de cazador, y una boína de terciopelo cubre su guedeja romántica,
que comienza á ser de plata.
DOÑA MALVINA
¡El señor Marqués! Tenle el estribo, Florisel.
ADEGA LA INOCENTE
¡Quiera Dios que encuentre á la señora con los colores de una rosa!
¡Así la encuentre como una rosa en su rosal!
DOÑA MALVINA
¡Páguele Dios el haber venido! Ahora verá á la señorita. ¡Cuánto tiempo
la pobre suspirando por verle! No quería escribirle. Pensaba que ya la
tendría olvidada. Yo he sido quien la convenció de que no. ¿Verdad que
no, señor Marqués?
EL MARQUES DE BRADOMIN
No... Pero dónde está?
DOÑA MALVINA
Quiso esperarle en el jardín. Es como los niños, ya el señor lo sabe.
Con la impaciencia temblaba hasta batir los dientes, y tuvo que
echarse.
EL MARQUES DE BRADOMIN
¿Tan enferma está?
DOÑA MALVINA
Muy enferma, señor. No se la conoce.
ADEGA LA INOCENTE
Cuando se halle con la señora mi Condesa póngale, sin que ella lo vea,
estas yerbas bajo la almohada. Con ellas sanará. Las almas son como los
ruiseñores, todas quieren volar. Los ruiseñores cantan en los jardines,
pero en los palacios del rey se mueren poco á poco.
DOÑA MALVINA
¡No haga caso, señor! ¡La pobre es inocente!
ELECTUS
Rapaces, que tocan las doce, y es cuando Nuestro Señor se sienta á la
mesa y bendice á toda la Cristiandad.
Bajo los viejos árboles, que cuentan la edad del palacio, los
mendigos se arrodillan y rezan á coro. Las campanas de la aldea
tocan á lo lejos, y pasa su anuncio sobre la fronda del jardín como
un vuelo de tórtolas. Una sombra blanca aparece en lo alto de la
escalinata.
LA DAMA
¡Ya llegas! ¡Ya llegas, mi vida! ¡Temí que no vinieses, y no verte más!
EL MARQUES DE BRADOMIN
¿Y ahora?
LA DAMA
¡Ahora soy feliz!
ASÍ TERMINA LA JORNADA PRIMERA
JORNADA SEGUNDA
[Ilustración]
El sol poniente dora los cristales del mirador. Es un mirador tibio
y fragante: Gentiles arcos cerrados por vidrieras de colores le
flanquean con ese artificio del siglo galante, que imaginó las
pavanas y las gavotas. En cada arco las vidrieras forman tríptico,
y puede verse el jardín en medio de una tormenta, en medio de una
nevada y en medio de un aguacero. Aquella tarde el sol de otoño
penetra hasta el centro, triunfante, como la lanza de un arcángel.
El Marqués de Bradomín lee un libro. Florisel, con la montera entre
ambas manos, asoma en la puerta.
FLORISEL
¿Da su permiso?
EL MARQUES DE BRADOMIN
Adelante.
FLORISEL
Dice la señorita mi ama que me mande en cuanto se le ofrezca.
EL MARQUES DE BRADOMIN
¿Tú sirves aquí en el palacio?
FLORISEL
Sí, señor.
EL MARQUES DE BRADOMIN
¿Hace mucho tiempo?
FLORISEL
Va para dos años.
EL MARQUES DE BRADOMIN
¿Y qué haces?
FLORISEL
Pues hago todo lo que me mandan.
EL MARQUES DE BRADOMIN
¡Pareces un filósofo estoico!
FLORISEL
Y puede que lo parezca, sí, señor.
EL MARQUES DE BRADOMIN
¿Fué la señorita quien te ha mandado venir?
FLORISEL
Sí, señor. Hallábame yo en la solana adeprendiéndole la riveirana á los
mirlos nuevos, que los otros ya la tienen bien adeprendida, cuando la
señorita bajó al jardín y me mandó venir.
EL MARQUES DE BRADOMIN
¿Tú aquí eres el maestro de los mirlos?
FLORISEL
Sí, señor.
EL MARQUES DE BRADOMIN
¿Y ahora, además, eres mi paje?
FLORISEL
Sí, señor.
EL MARQUES DE BRADOMIN
¡Altos cargos!
FLORISEL
Sí, señor.
EL MARQUES DE BRADOMIN
¿Y cuántos años tienes?
FLORISEL
Paréceme, paréceme que han de ser doce, pero no estoy cierto.
EL MARQUES DE BRADOMIN
Antes de venir al palacio, ¿dónde estabas?
FLORISEL
Servía en la casa de Don Juan Manuel Montenegro, que es tío de la
señorita.
EL MARQUES DE BRADOMIN
¿Y qué hacías allí?
FLORISEL
Allí enseñaba al hurón.
EL MARQUES DE BRADOMIN
¡Otro cargo palatino!
FLORISEL
Sí, señor.
EL MARQUES DE BRADOMIN
¿Y cuántos mirlos tiene la señorita?
FLORISEL
Tan siquiera uno. Son míos... Cuando los tengo bien adeprendidos, se
los vendo.
EL MARQUES DE BRADOMIN
¿A quién se los vendes?
FLORISEL
Pues á la señorita, que me los merca todos. ¿No sabe que los quiere
para echarlos á volar? La señorita desearía que silbasen la riveirana
sueltos en el jardín, pero ellos se van lejos. Un domingo, por el mes
de San Juan, venía yo acompañando á la señorita. Pasados los prados
de Lantañón, vimos un mirlo que muy puesto en las ramas de un cerezo,
estaba cantando la riveirana. Acuérdame que entonces dijo la señorita:
Míralo, adónde se ha venido el caballero.
EL MARQUES DE BRADOMIN
Es una historia digna de un romance. Tú mereces ser paje de una reina y
cronista de un reinado.
FLORISEL
Hace falta suerte, que yo no tengo.
EL MARQUES DE BRADOMIN
Di, ¿qué es más honroso, enseñar hurones, ó mirlos?
FLORISEL
Todo es igual.
EL MARQUES DE BRADOMIN
¿Y cómo has dejado el servicio de Don Juan Manuel Montenegro?
FLORISEL
Porque ya tiene muchos criados. ¡Qué gran caballero es Don Juan Manuel!
Dígole, que en el Pazo todos los criados le tenían miedo. Don Juan
Manuel es mi padrino, y fué quien me trujo al palacio para que sirviese
á la señorita.
EL MARQUES DE BRADOMIN
¿Y dónde te iba mejor?
FLORISEL
Al que sabe ser humilde, en todas partes le va bien.
EL MARQUES DE BRADOMIN
¡Es una réplica calderoniana! ¡También sabes decir sentencias! Ya no
puede dudarse de tu destino: Has nacido para vivir en un palacio,
educar mirlos, amaestrar los hurones, ser ayo de un príncipe y formar
el corazón de un gran rey.
FLORISEL
Para eso, además de suerte, hacen falta muchos estudios.
Por la avenida de mirtos llega una sombra blanca: sus manos de
fantasma tocan en los cristales del mirador. El jardín se esfuma en
la vaga luz del crepúsculo. Los cipreses y los laureles cimbrean
con augusta melancolía sobre las fuentes abandonadas, algún
tritón cubierto de hojas borbotea á intervalos su risa quimérica,
y el agua tiembla en la sombra con latido de vida misteriosa y
encantada. Se oye una risa de plata que parece timbarse con el
rumor de la fuente.
LA DAMA
¿Tienes ahí á Florisel?
EL MARQUES DE BRADOMIN
¿Florisel es el paje?
LA DAMA
Sí.
EL MARQUES DE BRADOMIN
Parece bautizado por las hadas.
LA DAMA
Yo soy su madrina.
FLORISEL
¿Qué me mandaba?
LA DAMA
Que subas estas rosas. Todas son para ti, Xavier.
La sombra, que se esfuma detrás de los cristales, muestra su falda
donde las rosas desbordan como el fruto ideal de unos amores que
sólo floreciesen en los besos.
EL MARQUES DE BRADOMIN
Estás desnudando el jardín.
LA DAMA
Algunas se han deshojado. ¡Míralas, qué lástima!
EL MARQUES DE BRADOMIN
Es el otoño que llega.
LA DAMA
¡Ah, qué fragancia!
Hunde en aquella frescura aterciopelada sus mejillas pálidas,
y alza la cabeza y respira con delicia, cerrando los ojos y
sonriendo, cubierto el rostro de rocío, como otra rosa, una rosa
blanca. A modo de lluvia arroja sobre el Marqués de Bradomín las
rosas deshojadas en su falda.
EL MARQUES DE BRADOMIN
Volveremos á recorrer juntos el jardín y el Palacio.
LA DAMA
Como en otro tiempo, cuando éramos niños.
EL MARQUES DE BRADOMIN
¡Hermosos y lejanos recuerdos!
LA DAMA
Cuando te fuiste, yo elegí este retiro para toda mi vida.
EL MARQUES DE BRADOMIN
Es más poético que un convento.
LA DAMA
No te burles de mi pena, Xavier.
EL MARQUES DE BRADOMIN
No me burlo, Concha: solamente me sonrío, y una sonrisa es á veces más
triste que las lágrimas.
LA DAMA
Yo sé eso. En esta hora de la tarde el jardín parece lleno de
recogimiento.
EL MARQUES DE BRADOMIN
El jardín y el palacio tienen esa vejez señorial y melancólica de los
lugares por donde en otro tiempo pasó la vida amable de la galantería
y del amor. Bajo la fronda del laberinto, sobre las terrazas y en los
salones, han florecido las risas y los madrigales, cuando las manos
blancas que en los viejos retratos sostienen apenas los pañolitos de
encaje iban deshojando las margaritas que guardan el cándido secreto de
los corazones.
LA DAMA
¡Mis manos también las han deshojado!
EL MARQUES DE BRADOMIN
Y las hojas, al volar, te han dicho cuánto yo te quería.
LA DAMA
Me han engañado.
EL MARQUES DE BRADOMIN
¡Divinas manos de Dolorosa!
LA DAMA
Manos de muerta.
EL MARQUES DE BRADOMIN
Manos de princesa encantada, que han de guiarme en una amorosa
peregrinación á través del palacio y del jardín.
LA DAMA
Como en otro tiempo, cuando yo te guiaba para que jugásemos, unas
veces en la torre, otras en la biblioteca, otras en aquel mirador ya
derruído que daba sobre las tres fuentes. ¡Tiempos aquellos en que
nuestras risas locas y felices turbaban el recogimiento del palacio,
y se desvanecían por los corredores oscuros, por los salones, por las
antesalas!
EL MARQUES DE BRADOMIN
Y al abrirse lentamente las puertas de floreados herrajes, exhalábase
del fondo de los salones el aroma lejano de otras vidas.
LA DAMA
¡Tú también te acuerdas! ¿Y te acuerdas de un salón que tiene de corcho
el estrado? Allí nuestras pisadas no despertaban rumor alguno.
EL MARQUES DE BRADOMIN
En el fondo de los espejos el salón se prolongaba hasta el ensueño,
como en un lago encantado, y los personajes de los retratos parecían
vivir olvidados en una paz de siglos.
LA DAMA
¿Te acuerdas? ¿Y te acuerdas cuando nos cogíamos de la mano para saltar
delante de las consolas y ver estremecerse los floreros cargados de
rosas, y los fanales adornados con viejos ramajes y los candelabros?..
EL MARQUES DE BRADOMIN
¡También me acuerdo, Concha! Mi alma está cubierta de recuerdos, como
ese viejo jardín está cubierto de hojas. Es el otoño que llega para
todos. Concha, tú sonríes y en tu sonrisa siento el pasado, como un
aroma entrañable de flores marchitas que trae alegres y confusas
memorias.
Hay un silencio. En la penumbra de la tarde las voces apagadas
tienen un profundo encanto sentimental, y en la oscuridad crece el
misterio de los rostros y de las sonrisas. Lentamente la dama alza
su mano diáfana como mano de fantasma y toca la mano del Marqués de
Bradomín.
LA DAMA
¿En qué piensas, Xavier?
EL MARQUES DE BRADOMIN
En el pasado, Concha.
LA DAMA
Tengo celos de él.
EL MARQUES DE BRADOMIN
Es el pasado de nuestros amores.
LA DAMA
¡Qué triste pasado! Fué allá, en el fondo del laberinto, donde nos
dijimos adiós.
EL MARQUES DE BRADOMIN
Y, como ahora, los tritones de la fuente borboteaban su risa, aunque
entonces tal vez nos haya parecido que lloraban.
LA DAMA
Todo el jardín estaba cubierto de hojas y el viento las arrastraba
delante de nosotros con un largo susurro. Las últimas rosas de otoño
empezaban á marchitarse y esparcían ese aroma indeciso que tiene la
melancolía de los recuerdos. Nos sentamos en un banco de piedra. Ante
nosotros se abría la puerta del laberinto, y un sendero, un solo
sendero, ondulaba entre los mirtos como el camino de una vida solitaria
y triste. ¡Mi vida desde entonces!
EL MARQUES DE BRADOMIN
¡Nuestra vida!
LA DAMA
Y todo permanece lo mismo y sólo nosotros hemos cambiado.
EL MARQUES DE BRADOMIN
No hemos podido ser como los tritones de la fuente, que en el fondo del
laberinto aún ríen, con su risa de cristal, sin alma y sin edad.
LA DAMA
Te escribí que vinieses, porque entre nosotros ya no puede haber más
que un cariño ideal... Y enferma como estoy, deseaba verte antes de
morir. Y ahora me parece una felicidad estar enferma. ¿No lo crees? Es
que tú no sabes cómo yo te quiero.
Exhala las últimas palabras como si fuesen suspiros, y con una mano
se cubre los ojos. El Marqués de Bradomín besa aquella mano sobre
el rostro, y después la aparta dulcemente. Los ojos, los hermosos
ojos de enferma, llenos de amor, le miran sin hablar, con una larga
mirada. Por la vieja avenida de mirtos que parece flotar en el
rosado vapor del ocaso se ve venir al señor Abad de Brandeso.
EL ABAD
¡Vamos, Carabel! ¡Vamos, Capitán!
LA DAMA
Aquí tenemos al Abad de Brandeso.
EL ABAD
Saludo á mi ilustre feligresa y al no menos ilustre Marqués de Bradomín.
EL MARQUES DE BRADOMIN
Señor Abad, cuántos años sin vernos. Yo le hacía á usted cuando menos
canónigo.
EL ABAD
De esta madera se hacen, señor Marqués.
EL MARQUES DE BRADOMIN
Y los papas también.
EL ABAD
Los papas yo no diré tanto. ¡Quieto, Carabel! ¡Quieto, Capitán!
EL MARQUES DE BRADOMIN
Y qué, hay todavía muchas perdices por esta tierra?
EL ABAD
Todavía hay algunas.
EL MARQUES DE BRADOMIN
Usted siempre tan incansable cazador.
EL ABAD
Ya no soy aquel que era. Los años quebrantan peñas: Cuatro anduve por
las montañas de Navarra con el fusil al hombro, y hoy me canso apenas
salgo á dar un paseo con la escopeta y los perros. ¿Y qué se ha hecho
el señor Marqués durante tantos años por esas tierras extranjeras?
¿Cómo no ha pensado en escribir un libro de sus viajes?
EL MARQUES DE BRADOMIN
Ya escribo mis memorias.
EL ABAD
¿Serán muy interesantes?
LA DAMA
Lo más interesante no lo dirá.
EL MARQUES DE BRADOMIN
Digo sólo mis pecados.
EL ABAD
De nuestro ilustre Marqués se cuentan cosas verdaderamente
extraordinarias. Las confesiones, cuando son sinceras, encierran
siempre una gran enseñanza: recordemos las de San Agustín.
EL MARQUES DE BRADOMIN
Yo no aspiro á enseñar, sino á divertir, señor Abad. Toda mi doctrina
está en una sola frase. ¡Viva la bagatela! Para mí la mayor conquista
de la humanidad es haber aprendido á sonreir.
LA DAMA
Yo creo que habremos sonreído siempre.
EL MARQUES DE BRADOMIN
Es una conquista. Durante muchos siglos, los hombres fueron
absolutamente serios. En la Historia hay épocas enteras en las cuales
no se recuerda ni una sola sonrisa célebre. En la Biblia, Jehová no
sonríe, y los patriarcas y los profetas tampoco.
EL ABAD
Ni falta que les hacía. Los patriarcas y los profetas por seguro que no
habrían dicho Viva la bagatela, como nuestro ilustre Marqués.
EL MARQUES DE BRADOMIN
Y en cambio cuando llegaba la ocasión, cantaban, bailaban y tocaban el
arpa.
EL ABAD
Señor Marqués de Bradomín, procure usted no condenarse por bagatela.
LA DAMA
En el infierno debió haberse sonreído siempre. ¿No se dice sonrisa
mefistofélica?
EL MARQUES DE BRADOMIN
El diablo ha sido siempre un ser superior.
LA DAMA
No le admiremos demasiado señor Marqués. Ese es el maniqueísmo. Ya se
me alcanza que usted adopta ese hablar ligero para ocultar mejor sus
propósitos.
EL MARQUES DE BRADOMIN
¿Mis propósitos?
EL ABAD
La misión secreta que trae del Rey nuestro señor.
EL MARQUES DE BRADOMIN
¿Una misión secreta? ¿De veras sospecha usted eso?
EL ABAD
Y conmigo, muchos. Yo comprendo que ciertas negociaciones deben ser
reservadas, pero, á fe, no creía que eso rezase con un viejo veterano.
EL MARQUES DE BRADOMIN
¡Pero, señor Abad! ¿cómo imagina usted que yo ande en una aventura tan
loca?
LA DAMA
Por lo mismo que es loca.
EL ABAD
¿No sigue usted fiel á la Causa?
EL MARQUES DE BRADOMIN
Sí.
EL ABAD
Pues entonces...
EL MARQUES DE BRADOMIN
Señor Abad, yo soy carlista por estética. El carlismo tiene para mí la
belleza de las grandes catedrales. Me contentaría con que lo declarasen
monumento nacional.
EL ABAD
Confieso que no conocía esa clase de carlistas.
EL MARQUES DE BRADOMIN
Los carlistas se dividen en dos grandes bandos: uno, yo, y el otro, los
demás.
LA DAMA
¡Uno, tú!
EL MARQUES DE BRADOMIN
Y tú...
EL ABAD
Señor Marqués, usted está tocado de ese terrible gusano de la burla.
¡Volterianismos! ¡Volterianismos de la Francia! Palabra de honor,
señor Marqués, ¿no trae usted una misión del Rey?
EL MARQUES DE BRADOMIN
Palabra de honor, señor Abad, no la traigo.
EL ABAD
Sin duda tienen razón los que dicen que el Abad de Brandeso es un iluso.
Sonríe tristemente el blanco fantasma de la enferma. Se aparece
allá en el fondo del mirador, con las manos cruzadas: Mira hacia
el camino, un camino aldeano, solitario y luminoso bajo el sol que
muere. Con romántica fatiga levanta su mano de sombra y señala á lo
lejos.
LA DAMA
Xavier, mira allá un jinete.
EL MARQUES DE BRADOMIN
No veo nada.
LA DAMA
Ahora pasa La Fontela.
EL MARQUES DE BRADOMIN
Sí, ya le veo.
LA DAMA
Es el tío Don Juan Manuel.
EL MARQUES DE BRADOMIN
¡El magnífico hidalgo del Pazo de Lantañón!
LA DAMA
¡Pobre señor! Estoy segura que viene á verte.
EL MARQUES DE BRADOMIN
Se ha detenido y nos saluda quitándose el chambergo.
La figura del hidalgo se alza en medio del camino con el
montecristo flotante. El caballo relincha noblemente, y el viento
mueve sus crines venerables. Es un caballo viejo, prudente,
reflexivo y grave como un pontífice. Don Juan Manuel se levanta
sobre los estribos y deja oir su voz de tronante fanfarria que
despierta un eco lejano.
DON JUAN MANUEL
¡Sobrina! ¡Sobrina! Manda abrir la cancela del jardín.
LA DAMA
Xavier, dile tú que ya van.
EL MARQUES DE BRADOMIN
¡Ya van! ¡Ya van!.. No me ha oído.
EL ABAD
El privilegio de hacerse entender á tal distancia es suyo no más.
EL MARQUES DE BRADOMIN
¡Ya van!
LA DAMA
Calla, porque jamás confesará que te oye.
EL MARQUES DE BRADOMIN
¡Ya van!
EL ABAD
Es inútil.
LA DAMA
Míralo, se inclina acariciando el cuello del caballo.
DON JUAN MANUEL
¡Sobrina! ¡Sobrina!
EL MARQUES DE BRADOMIN
¡Es magnífico!
LA DAMA
Vuelve el caballo hacia el camino, y se va...
EL ABAD
Sin duda le ha parecido que no acudían á franquearle la entrada con
toda la presteza requerida.
DON JUAN MANUEL
¡Sobrina! No puedo detenerme... Voy á Viana del Prior... Tengo que
apalear á un escribano.
EL MARQUES DE BRADOMIN
¡De veras que es magnífico! Ya le tenía casi olvidado. ¡Y qué
arrogante, á pesar de los años!
EL ABAD
Se conserva como cuando servía en la Guardia Noble de la Real Persona.
LA DAMA
Y si supieses qué existencia arrastra: Está casi en la miseria.
EL ABAD