III

Era, en efecto, la hora en que hombres mortales y Dioses inmortales

acércanse a las mesas cubiertas de vajillas, donde les espera la

abundancia, el reposo, el olvido de los cuidados y las amables pláticas

que contentan el alma. Ulises sentose en el escabel de marfil, que

aún conservaba el aroma del cuerpo de Mercurio, y delante de él las

Ninfas, siervas de la Diosa, colocaron los pasteles, las frutas, las

tiernas carnes humeando, los peces brillantes como tramas de plata.

Asentada en un Trono de oro puro, la Diosa recibió de la Intendenta

venerable el plato de Ambrosía, la taza de Néctar. Ambos extendieron

las manos hacia las comidas perfectas de la Tierra y del Cielo. Y luego

que hubieron hecho la ofrenda abundante al Hambre, y a la Sed, la

ilustre Calipso, hundiendo el rostro en los dedos róseos, considerando

pensativamente al Héroe, pronunció estas palabras aladas:

--¡Oh, Ulises, muy sutil, tú quieres volver a tu morada mortal y

a la tierra de la Patria!... ¡Ah, si conocieras, como yo, cuántos

duros males tienes que sufrir antes de avistar las rocas de Itaca,

quedarías entre mis brazos, animado, bañado, bien nutrido, revestido

de linos finos, sin perder nunca la querida fuerza, ni la agudeza del

entendimiento, ni el calor de la facundia, porque yo te comunicaría mi

inmortalidad!... Mas deseas volver a la esposa mortal, que habita en la

isla áspera, en donde los matorrales son tenebrosos. Y ni siquiera yo

le soy inferior, ni por la belleza, ni por la inteligencia, porque las

mortales brillan ante las Inmortales como lámparas humeantes ante las

estrellas puras...

El facundo Ulises acarició la barba ruda. Después, levantando el brazo,

como acostumbraba en la Asamblea de los Reyes, a la sombra de las altas

popas, delante de los muros de Troya, dijo:

--¡Oh, Diosa venerable, no te escandalices! Sé perfectamente que

Penélope te es muy inferior en hermosura, sapiencia y majestad. Tú

serás eternamente bella y moza, mientras los Dioses duraren; y ella,

a la vuelta de pocos años, conocerá la melancolía de las arrugas, de

los cabellos blancos, de los dolores de la decrepitud, y de los pasos

que vacilan apoyados a un palo que tiembla. Su espíritu mortal yerra

a través de la oscuridad y de la duda; tú, bajo esa frente luminosa,

posees las luminosas certezas. ¡Mas, oh Diosa, justamente por lo que

ella tiene de incompleto, de frágil, de grosero y de mortal, yo la amo

y apetezco su compañía congénere! ¡Considera cuán penoso es que, en

esta mesa, día por día, yo coma vorazmente el cordero de los pastos,

y la fruta de los vergeles, en tanto tú a mi lado, por la inefable

superioridad de tu naturaleza, llevas a los labios, con lentitud

soberana, la Ambrosía divina! En ocho años, ¡oh, Diosa! nunca tu faz

iluminose con una alegría; ni de tus verdes ojos rodó una lágrima;

ni tu pie batió, con airada impaciencia; ni quejándote con un dolor

te extendiste en el lecho blando... Así tienes inutilizadas todas

las virtudes de mi corazón, pues que tu divinidad no permite que yo

te congratule, te consuele, te sosiegue, o siquiera que te estregue

el cuerpo dolorido con el jugo de las hierbas benéficas. ¡Considera,

además, que tu inteligencia de Diosa posee todo el saber, alcanza

siempre la verdad, y que durante el largo tiempo que dormí contigo,

nunca gocé la felicidad de enmendarte, de contradecirte, y de sentir

ante la flaqueza del tuyo, la fuerza de mi entendimiento! ¡Oh, Diosa,

tú eres aquel ser terrífico que tiene siempre razón! ¡Considera, de

otro lado, que, como Diosa, conoces todo el pasado y todo el futuro

de los hombres; y que yo no puedo saborear la incomparable delicia

de contarte a la noche, bebiendo vino fresco, mis ilustres hazañas y

mis viajes sublimes! ¡Oh, Diosa, tú eres impecable; y el día en que

yo resbale en una alfombra, o se me rompa una correa de la sandalia,

no puedo gritarte, como los hombres mortales gritan a las esposas

mortales: «¡Fue culpa tuya, mujer!» --alzando, en medio de la cocina,

un alarido cruel! ¡Por eso sufriré, con un espíritu paciente, todos los

males con que los Dioses me asalten en el sombrío mar, para volver a

una humana Penélope que yo mande, y consuele, y reprehenda, y acuse, y

contraríe, y enseñe, y humille, y deslumbre, y por eso ame de un amor

que constantemente se alimenta de estos modos ondeantes, a la manera

que el fuego se nutre de los vientos contrarios!

Así de este modo, el facundo Ulises desahogábase ante la taza de oro

vacía; y serenamente la Diosa escuchaba, con una sonrisa taciturna, y

las manos inmóviles sobre el regazo, envueltas en la punta del velo.

Entretanto, Febo Apolo descendía camino del Occidente; y ya de las

ancas de sus cuatro caballos sudados subía y se esparcía por sobre el

mar un vapor rubicundo y dorado. En breve los caminos de la Isla se

cubrieron de sombra. Sobre las pieles preciosas del lecho, al fondo de

la gruta, Ulises, sin deseo, y la Diosa, que le deseaba, gozaron el

dulce amor y después el dulce sueño.

Temprano, apenas Eos entreabría las puertas del largo Ouranos, la

divina Calipso, que se revistiera con una túnica más blanca que la

nieve del Pindo, y prendiera en los cabellos un velo transparente y

azul como el Éter ligero, salió de la gruta, y trajo al magnánimo

Ulises, ya sentado a la puerta, bajo la enramada, delante de una taza

de vino claro, el hacha poderosa de su padre ilustre, toda de bronce,

con dos filos, y un fuerte cabo de oliva cortado en las faldas del

Olimpo.

Limpiando rápidamente la dura barba con el revés de la mano, el Héroe

arrebató el hacha venerable:

--¡Oh, Diosa, ha cuantos años no palpo un arma o una herramienta, yo,

devastador de ciudades y constructor de naves!

La Diosa sonrió. E iluminada la lisa faz, con palabras aladas:

--¡Oh, Ulises, vencedor de hombres, si te quedases en esta isla,

yo encomendaría para ti, a Vulcano y a sus forjas del Etna, armas

maravillosas...!

--¿Qué valen armas sin combate, u hombres que las admiren? Además,

¡oh Diosa! ya batallé mucho, y mi gloria entre las generaciones está

soberbiamente asegurada. Solo aspiro al blando reposo, vigilando mis

ganados, concibiendo sabias leyes para mis pueblos... ¡Sé benévola, oh

Diosa, y muéstrame los árboles fuertes que me conviene cortar!

La Diosa se encaminó en silencio por un atajo, florecido de altas y

radiosas azucenas, que conducía a la punta de la Isla más cerrada de

matas, del lado de Oriente; y atrás caminaba el intrépido Ulises, con

la lúcida hacha al hombro. Las palomas abandonaban las ramas de los

cedros o las concavidades de las rocas donde bebían, para volar en

torno de la Diosa en un tumulto amoroso. Cuando ella pasaba, subía de

las flores abiertas un aroma más delicado, como de incensarios. El

césped que la orla de su túnica rozaba, reverdecía con un vigor más

fresco, y Ulises, indiferente a los prestigios de la Diosa, impaciente

con la serenidad divina de su andar armonioso, meditaba la balsa,

ansiando llegar al bosque.

Denso y oscuro lo echó de ver al fin, poblado de encinas, de viejísimas

tecas, de pinos que hacían susurrar las ramas en el alto Éter. De su

borde descendía un arenal al cual ni concha, ni cuerno roto de coral,

ni pálida flor de cardo marino, manchaban la dulzura perfecta. El Mar

refulgía con un brillo zafíreo, en la quietud de la mañana blanca y

colorada. Entre las encinas y las tecas, la Diosa señaló al atento

Ulises los troncos secos, robustecidos por soles innumerables, que

fluctuarían, con ligereza más segura, sobre las aguas traidoras.

Después, acariciando el hombro del Héroe, como otro árbol robusto

también botado a las aguas crueles, recogiose a la gruta; y allí, tomó

la rueca de oro, y todo el día hiló, y cantó...

Con alborozada y soberbia alegría, Ulises dio con el hacha contra una

vasta encina, que gimió. A poco, toda la Isla retumbaba, en el fragor

de la obra sobrehumana. Las gaviotas, adormecidas en el silencio eterno

de aquellas cimas, batieron el vuelo en largos bandos, espantadas

y chillando. Las fluidas divinidades de los arroyos indolentes,

estremecidas en un fulgente temblor, huían para entre los cañaverales

y las raíces de los alisos. En ese corto día el valiente Ulises,

derribó veinte árboles, robles, pinos, tecas y chopos, a los cuales

descortezó, escuadró y alineó sobre la arena. Su cuello y arqueado

pecho humeaban de sudor, cuando se recogió pesadamente a la gruta para

saciar el hambre y beber la cerveza helada. ¡Nunca le pareciera tan

bello a la Diosa Inmortal, que, sobre el lecho de pieles preciosas,

apenas los caminos cubriéronse de sombra, halló incansable y pronta la

fuerza de aquellos brazos que habían derribado veinte troncos!

Así, durante tres días, trabajó el Héroe. Y como arrebatada en esa

actividad magnífica que conmovía a la Isla, la Diosa ayudaba a Ulises,

conduciendo desde la gruta hasta la playa, en sus manos delicadas, las

cuerdas y los clavos de bronce. Las Ninfas, por su mandato, abandonando

las tareas suaves, tejían una tela fuerte, para la vela que empujarían

con amor los vientos amables. La Intendenta venerable ya llenaba los

odres de vinos robustos, y preparaba con generosidad los numerosos

víveres para la travesía incierta. En tanto la balsa crecía, con los

troncos bien ligados, y un asiento erguido en el medio, de donde se

empinaba el mástil, desbastado en un pino, más redondo y liso que una

vara de marfil. Todas las tardes la Diosa, sentada en una roca, a

la sombra del bosque, contemplaba al calafate admirable martillando

furiosamente, y cantando, con robusta alegría, una canción de remador.

Y ligeras, en la punta de los pies lúcidos, por entre el arbolado,

las Ninfas, escapando a la tarea, acudían a espiar, con deseosos ojos

fulgurantes, aquella fuerza solitaria, que soberbiamente, en el arenal

solitario, iba irguiendo una nave.

Adán y Eva en el paraíso · 第 31 / 45 题