Era, en efecto, la hora en que hombres mortales y Dioses inmortales
acércanse a las mesas cubiertas de vajillas, donde les espera la
abundancia, el reposo, el olvido de los cuidados y las amables pláticas
que contentan el alma. Ulises sentose en el escabel de marfil, que
aún conservaba el aroma del cuerpo de Mercurio, y delante de él las
Ninfas, siervas de la Diosa, colocaron los pasteles, las frutas, las
tiernas carnes humeando, los peces brillantes como tramas de plata.
Asentada en un Trono de oro puro, la Diosa recibió de la Intendenta
venerable el plato de Ambrosía, la taza de Néctar. Ambos extendieron
las manos hacia las comidas perfectas de la Tierra y del Cielo. Y luego
que hubieron hecho la ofrenda abundante al Hambre, y a la Sed, la
ilustre Calipso, hundiendo el rostro en los dedos róseos, considerando
pensativamente al Héroe, pronunció estas palabras aladas:
--¡Oh, Ulises, muy sutil, tú quieres volver a tu morada mortal y
a la tierra de la Patria!... ¡Ah, si conocieras, como yo, cuántos
duros males tienes que sufrir antes de avistar las rocas de Itaca,
quedarías entre mis brazos, animado, bañado, bien nutrido, revestido
de linos finos, sin perder nunca la querida fuerza, ni la agudeza del
entendimiento, ni el calor de la facundia, porque yo te comunicaría mi
inmortalidad!... Mas deseas volver a la esposa mortal, que habita en la
isla áspera, en donde los matorrales son tenebrosos. Y ni siquiera yo
le soy inferior, ni por la belleza, ni por la inteligencia, porque las
mortales brillan ante las Inmortales como lámparas humeantes ante las
estrellas puras...
El facundo Ulises acarició la barba ruda. Después, levantando el brazo,
como acostumbraba en la Asamblea de los Reyes, a la sombra de las altas
popas, delante de los muros de Troya, dijo:
--¡Oh, Diosa venerable, no te escandalices! Sé perfectamente que
Penélope te es muy inferior en hermosura, sapiencia y majestad. Tú
serás eternamente bella y moza, mientras los Dioses duraren; y ella,
a la vuelta de pocos años, conocerá la melancolía de las arrugas, de
los cabellos blancos, de los dolores de la decrepitud, y de los pasos
que vacilan apoyados a un palo que tiembla. Su espíritu mortal yerra
a través de la oscuridad y de la duda; tú, bajo esa frente luminosa,
posees las luminosas certezas. ¡Mas, oh Diosa, justamente por lo que
ella tiene de incompleto, de frágil, de grosero y de mortal, yo la amo
y apetezco su compañía congénere! ¡Considera cuán penoso es que, en
esta mesa, día por día, yo coma vorazmente el cordero de los pastos,
y la fruta de los vergeles, en tanto tú a mi lado, por la inefable
superioridad de tu naturaleza, llevas a los labios, con lentitud
soberana, la Ambrosía divina! En ocho años, ¡oh, Diosa! nunca tu faz
iluminose con una alegría; ni de tus verdes ojos rodó una lágrima;
ni tu pie batió, con airada impaciencia; ni quejándote con un dolor
te extendiste en el lecho blando... Así tienes inutilizadas todas
las virtudes de mi corazón, pues que tu divinidad no permite que yo
te congratule, te consuele, te sosiegue, o siquiera que te estregue
el cuerpo dolorido con el jugo de las hierbas benéficas. ¡Considera,
además, que tu inteligencia de Diosa posee todo el saber, alcanza
siempre la verdad, y que durante el largo tiempo que dormí contigo,
nunca gocé la felicidad de enmendarte, de contradecirte, y de sentir
ante la flaqueza del tuyo, la fuerza de mi entendimiento! ¡Oh, Diosa,
tú eres aquel ser terrífico que tiene siempre razón! ¡Considera, de
otro lado, que, como Diosa, conoces todo el pasado y todo el futuro
de los hombres; y que yo no puedo saborear la incomparable delicia
de contarte a la noche, bebiendo vino fresco, mis ilustres hazañas y
mis viajes sublimes! ¡Oh, Diosa, tú eres impecable; y el día en que
yo resbale en una alfombra, o se me rompa una correa de la sandalia,
no puedo gritarte, como los hombres mortales gritan a las esposas
mortales: «¡Fue culpa tuya, mujer!» --alzando, en medio de la cocina,
un alarido cruel! ¡Por eso sufriré, con un espíritu paciente, todos los
males con que los Dioses me asalten en el sombrío mar, para volver a
una humana Penélope que yo mande, y consuele, y reprehenda, y acuse, y
contraríe, y enseñe, y humille, y deslumbre, y por eso ame de un amor
que constantemente se alimenta de estos modos ondeantes, a la manera
que el fuego se nutre de los vientos contrarios!
Así de este modo, el facundo Ulises desahogábase ante la taza de oro
vacía; y serenamente la Diosa escuchaba, con una sonrisa taciturna, y
las manos inmóviles sobre el regazo, envueltas en la punta del velo.
Entretanto, Febo Apolo descendía camino del Occidente; y ya de las
ancas de sus cuatro caballos sudados subía y se esparcía por sobre el
mar un vapor rubicundo y dorado. En breve los caminos de la Isla se
cubrieron de sombra. Sobre las pieles preciosas del lecho, al fondo de
la gruta, Ulises, sin deseo, y la Diosa, que le deseaba, gozaron el
dulce amor y después el dulce sueño.
Temprano, apenas Eos entreabría las puertas del largo Ouranos, la
divina Calipso, que se revistiera con una túnica más blanca que la
nieve del Pindo, y prendiera en los cabellos un velo transparente y
azul como el Éter ligero, salió de la gruta, y trajo al magnánimo
Ulises, ya sentado a la puerta, bajo la enramada, delante de una taza
de vino claro, el hacha poderosa de su padre ilustre, toda de bronce,
con dos filos, y un fuerte cabo de oliva cortado en las faldas del
Olimpo.
Limpiando rápidamente la dura barba con el revés de la mano, el Héroe
arrebató el hacha venerable:
--¡Oh, Diosa, ha cuantos años no palpo un arma o una herramienta, yo,
devastador de ciudades y constructor de naves!
La Diosa sonrió. E iluminada la lisa faz, con palabras aladas:
--¡Oh, Ulises, vencedor de hombres, si te quedases en esta isla,
yo encomendaría para ti, a Vulcano y a sus forjas del Etna, armas
maravillosas...!
--¿Qué valen armas sin combate, u hombres que las admiren? Además,
¡oh Diosa! ya batallé mucho, y mi gloria entre las generaciones está
soberbiamente asegurada. Solo aspiro al blando reposo, vigilando mis
ganados, concibiendo sabias leyes para mis pueblos... ¡Sé benévola, oh
Diosa, y muéstrame los árboles fuertes que me conviene cortar!
La Diosa se encaminó en silencio por un atajo, florecido de altas y
radiosas azucenas, que conducía a la punta de la Isla más cerrada de
matas, del lado de Oriente; y atrás caminaba el intrépido Ulises, con
la lúcida hacha al hombro. Las palomas abandonaban las ramas de los
cedros o las concavidades de las rocas donde bebían, para volar en
torno de la Diosa en un tumulto amoroso. Cuando ella pasaba, subía de
las flores abiertas un aroma más delicado, como de incensarios. El
césped que la orla de su túnica rozaba, reverdecía con un vigor más
fresco, y Ulises, indiferente a los prestigios de la Diosa, impaciente
con la serenidad divina de su andar armonioso, meditaba la balsa,
ansiando llegar al bosque.
Denso y oscuro lo echó de ver al fin, poblado de encinas, de viejísimas
tecas, de pinos que hacían susurrar las ramas en el alto Éter. De su
borde descendía un arenal al cual ni concha, ni cuerno roto de coral,
ni pálida flor de cardo marino, manchaban la dulzura perfecta. El Mar
refulgía con un brillo zafíreo, en la quietud de la mañana blanca y
colorada. Entre las encinas y las tecas, la Diosa señaló al atento
Ulises los troncos secos, robustecidos por soles innumerables, que
fluctuarían, con ligereza más segura, sobre las aguas traidoras.
Después, acariciando el hombro del Héroe, como otro árbol robusto
también botado a las aguas crueles, recogiose a la gruta; y allí, tomó
la rueca de oro, y todo el día hiló, y cantó...
Con alborozada y soberbia alegría, Ulises dio con el hacha contra una
vasta encina, que gimió. A poco, toda la Isla retumbaba, en el fragor
de la obra sobrehumana. Las gaviotas, adormecidas en el silencio eterno
de aquellas cimas, batieron el vuelo en largos bandos, espantadas
y chillando. Las fluidas divinidades de los arroyos indolentes,
estremecidas en un fulgente temblor, huían para entre los cañaverales
y las raíces de los alisos. En ese corto día el valiente Ulises,
derribó veinte árboles, robles, pinos, tecas y chopos, a los cuales
descortezó, escuadró y alineó sobre la arena. Su cuello y arqueado
pecho humeaban de sudor, cuando se recogió pesadamente a la gruta para
saciar el hambre y beber la cerveza helada. ¡Nunca le pareciera tan
bello a la Diosa Inmortal, que, sobre el lecho de pieles preciosas,
apenas los caminos cubriéronse de sombra, halló incansable y pronta la
fuerza de aquellos brazos que habían derribado veinte troncos!
Así, durante tres días, trabajó el Héroe. Y como arrebatada en esa
actividad magnífica que conmovía a la Isla, la Diosa ayudaba a Ulises,
conduciendo desde la gruta hasta la playa, en sus manos delicadas, las
cuerdas y los clavos de bronce. Las Ninfas, por su mandato, abandonando
las tareas suaves, tejían una tela fuerte, para la vela que empujarían
con amor los vientos amables. La Intendenta venerable ya llenaba los
odres de vinos robustos, y preparaba con generosidad los numerosos
víveres para la travesía incierta. En tanto la balsa crecía, con los
troncos bien ligados, y un asiento erguido en el medio, de donde se
empinaba el mástil, desbastado en un pino, más redondo y liso que una
vara de marfil. Todas las tardes la Diosa, sentada en una roca, a
la sombra del bosque, contemplaba al calafate admirable martillando
furiosamente, y cantando, con robusta alegría, una canción de remador.
Y ligeras, en la punta de los pies lúcidos, por entre el arbolado,
las Ninfas, escapando a la tarea, acudían a espiar, con deseosos ojos
fulgurantes, aquella fuerza solitaria, que soberbiamente, en el arenal
solitario, iba irguiendo una nave.