En fin, en el cuarto día, de mañana, Ulises terminó de escuadrar el
timón, que reforzó con tablas de aliso para mejor amparar el embate de
las olas. Después, juntó lastre copioso, con tierra de la Isla inmortal
y pulidas piedras. Sin descanso, con un ansia risueña, amarró a la
verga alta la vela cortada por las Ninfas. Sobre pesados cilindros,
maniobrando con una palanca, empujó la inmensa balsa hasta la espuma de
las ondas, en un esfuerzo sublime, con músculos tan retesos y venas tan
hinchadas, que él mismo parecía hecho de troncos y cuerdas. Una punta
de la balsa cabeceó, levantada en cadencia por la onda armoniosa. Y el
Héroe, levantando los brazos lustrosos de sudor, alabó a los Dioses
Inmortales.
Entonces, como la obra terminara y la tarde brillaba, propicia a la
partida, la generosa Calipso condujo a Ulises, a través de las violetas
y de las anémonas, hasta la fresca gruta. Por sus divinas manos le bañó
con una concha de nácar, y le perfumó con esencias sobrenaturales, y
le vistió con una túnica hermosa de lana bordada, y colgó sobre sus
hombros un manto impenetrable a las neblinas del mar, y le extendió
sobre la mesa, para que saciase el hambre ruda, las comidas más sanas
y más finas de la Tierra. El Héroe aceptaba los amorosos cuidados,
con paciente magnanimidad. La Diosa, de gestos serenos, sonreía
taciturnamente.
Calipso luego cogió la mano cabelluda de Ulises, palpando con placer
los callos que le había dejado el hacha; y por la orilla del mar le
condujo a la playa, en donde la marea mansamente lamía los troncos de
la balsa fuerte. Descansaron sobre una roca musgosa. Nunca la Isla
resplandeciera con una belleza tan serena, entre un mar tan azul,
bajo un cielo tan suave. Ni el agua fresca del Pindo bebida en marcha
abrasada, ni el vino dorado que producen las colinas de Quíos, eran más
dulces de sorber que aquel aire repasado de aromas, compuesto por los
Dioses para que una Diosa lo respirase. La frescura imperecedera de los
árboles entrábase en el corazón, casi pedía la caricia de los dedos.
Todos los rumores, los de los arroyos en el césped, el de las olas en
el arenal, el de las aves en las sombras frondosas, ascendían, suave y
finamente fundidos, como las armonías sagradas de un Templo distante.
El esplendor y la gracia de las flores retenían los rayos pasmados
del sol. Tantos eran los frutos en los vergeles, y las espigas en las
mieses, que la Isla parecía ceder, hundida en el Mar, bajo el peso de
su abundancia.
En esto, la Diosa, al lado del Héroe, suspiró levemente, y murmuró con
una sonrisa alada:
--¡Oh, magnánimo Ulises, tú ciertamente partes! Llévate el deseo de
volver a ver a la mortal Penélope, y a tu dulce Telémaco, que dejaste
en el regazo del ama cuando Europa corrió contra Asia, y que ahora
ya sustenta en la mano una lanza temida. Siempre de un antiguo amor,
con hondas raíces, brotará más tarde una flor, aunque sea triste. ¡Mas
dime! Si en Itaca no te esperase una esposa tejiendo y destejiendo
la tela, y un hijo ansioso que alarga los ojos incansables hacia el
mar, ¿dejarías tú, ¡oh, hombre prudente!, esta dulzura, esta paz, esta
abundancia y belleza inmortal?
El Héroe, par a par de la Diosa, extendió el brazo poderoso, como en la
Asamblea de los Reyes, delante de los muros de Troya, cuando sembraba
en las almas la verdad persuasiva:
--¡Oh, Diosa, no te escandalices! Mas aunque no existiesen, para
llevarme, ni hijo, ni esposa, ni reino, ¡afrontaría alegremente los
mares y la ira de los Dioses! Porque, en verdad, ¡oh, Diosa muy
ilustre!, mi corazón saciado ya no soporta esta paz, esta dulzura y
esta belleza inmortal Considera, ¡oh, Diosa!, que en ocho años nunca
pude echar de ver al follaje de estos árboles amarillear y caer. Jamás
este cielo rutilante cargose de nubes oscuras, ni tuve el contento de
extender, bien abrigado, las manos al dulce fuego, mientras la borrasca
batía en los montes. Todas esas flores que brillan en los tallos
airosos son las mismas, ¡oh, Diosa!, que admiré y respiré en la primera
mañana que me mostraste estos prados perpetuos, ¡y hay lirios que
odio, con un odio amargo, por la impasibilidad de su eterna blancura!
¡Estas gaviotas repiten tan incesantemente, tan implacablemente, su
vuelo armonioso y blanco, que yo ya escondo de ellas la cara, como
otros la ocultan de las negras Harpías! ¡Y, cuántas veces me refugio
en el fondo de la gruta para no escuchar el murmurio siempre lánguido
de esos arroyos siempre transparentes! ¡Considera, oh, Diosa, que en
tu Isla nunca hallé una charca, un tronco podrido, el esqueleto de un
animal muerto y cubierto de moscas zumbadoras! ¡Oh, Diosa, hace ocho
años que estoy privado de ver el trabajo, el esfuerzo, la lucha, el
sufrimiento!... ¡Oh, Diosa, no te escandalices! Ando hambriento por
encontrar un cuerpo vacilando bajo un fardo; dos bueyes humeantes
arrastrando un arado; hombres que se injurien en el paso de un puente;
los brazos suplicantes de una madre que llora; un cojo, sobre su
muleta, mendigando a la puerta de una villa... ¡Diosa, ha ocho años
que no miro para una sepultura!... ¡No puedo más con esta serenidad
sublime! Mi alma toda arde en el deseo de lo que se deforma, y se
ensucia, y se despedaza, y se corrompe... ¡Oh, Diosa inmortal, yo muero
con saudades de muerte!
Inmóvil, con las manos inmóviles en el regazo, la Diosa escuchó,
con una sonrisa serenamente divina, las furiosas quejas del Héroe
cautivo... En tanto, ya por la colina, las Ninfas, siervas de la Diosa,
descendían, trayendo a la cabeza y amparándolos con el brazo redondo,
los jarros de vino, los sacos de cuero, que la Intendenta venerable
mandaba para abastecer la balsa. En silencio, el Héroe lanzó una tabla
desde la arena hasta a bordo de los altos troncos; y en cuanto sobre
ella pasaban las Ninfas, ligeras, con las pulseras de oro tilintinando
en los pies lúcidos, Ulises atento, contando los sacos y los odres,
gozaba en su noble corazón la abundancia generosa. Amarrados con
cuerdas a las clavijas aquellos fardos excelentes, todas las Ninfas,
lentamente, vinieron a sentarse sobre el arenal en torno de la Diosa,
para contemplar la despedida, el embarque, las maniobras del Héroe
sobre el dorso de las aguas... Entonces, Ulises, dejando traslucir la
cólera en sus ojos, parose, delante de Calipso, y cruzando furiosamente
los valientes brazos:
--¡Oh, Diosa! ¿Piensas tú en verdad que nada falta para que yo largue
la vela al viento y navegue? ¿Dónde están los ricos presentes que me
debes? Ocho años, ocho duros años, fui el huésped magnífico de tu Isla,
de tu gruta, de tu lecho... Pero no ignoras que los Dioses inmortales
tienen determinado que a los huéspedes, en el momento amigo de la
partida, ofrézcanseles considerables presentes. ¿Dónde están, oh Diosa,
esas riquezas abundantes que me debes por costumbre de la Tierra y ley
del Cielo?
Sonrió la Diosa, con paciencia sublime. Y con palabras aladas, que
huían en el aire:
--¡Oh, Ulises, claramente se ve que tú eres el más interesado de los
hombres! Y también el más desconfiado, pues que supones que una Diosa
podía negar los presentes debidos a aquel que amó... Tranquilízate, oh,
sutil Héroe... Los ricos presentes, largos y brillantes, no tardan.
En efecto, por la colina suave descendían otras Ninfas, ligeras, con
los velos flotando, trayendo en los brazos alhajas lustrosas, que
al sol rutilaban. El magnánimo Ulises extendió las manos, los ojos
devoradores... Y mientras ellas desfilaban sobre la tabla crujiente,
el astuto Héroe contaba, evaluaba en su noble espíritu los escabeles de
marfil, las piezas de telas bordadas, los cántaros de bronce labrado,
los escudos incrustados de piedras...
Tan rico y bello era el vaso de oro que la última Ninfa sustentaba
en el hombro, que Ulises detúvola, arrebatole el vaso, lo sospesó, y
mirándolo gritó, con soberbia risa estridente:
--¡En verdad, este oro es bueno!
Una vez dispuestas y ligadas bajo el largo asiento las preciosas
alhajas, el impaciente Héroe, arrebatando el hacha, cortó la cuerda
que prendía la balsa al tronco de un roble, y saltó para el alto bordo
que la espuma envolvía. Recordose entonces que ni siquiera besara a la
generosa e ilustre Calipso. Rápido, despidiendo el manto, pasó a través
de la espuma, corrió por la arena y dejó un beso sereno en la frente
aureolada de la Diosa. Asegurole ella un instante por el hombro robusto:
--¡Cuántos males te esperan, oh desgraciado! Antes quedases, para toda
la inmortalidad, en mi Isla perfecta, entre mis brazos perfectos...
Ulises volviose, con un grito magnífico:
--¡Oh, Diosa, el irreparable y supremo mal hállase en tu perfección!
¡Y, a través de la marea, huyó, trepó trabajosamente a la balsa, soltó
la vela, hendió el mar, y partió para los trabajos, para las tormentas,
para las miserias, para la delicia de las cosas imperfectas!
[Ilustración]
¡EL SUAVE MILAGRO!
En aquel tiempo Jesús aún no se ausentara de Galilea y de las dulces,
luminosas márgenes del lago de Tiberiades; mas la nueva de sus Milagros
penetrara ya hasta Enganim, ciudad rica, de fuertes murallas, entre
olivares y viñedos, en el país de Isacar.
Una tarde, un hombre de ojos ardientes y deslumbrados pasó por el
fresco valle y anunció que un nuevo Profeta, un Rabí hermoso, recorría
los campos y las aldeas de Galilea, prediciendo la llegada del Reino de
Dios, curando todos los males humanos. Mientras descansaba, sentado al
borde de la _Fuente de los Vergeles_, contó que ese Rabí, en el camino
de Magdala, sanó de la lepra a un siervo de un Decurión Romano solo
con extender sobre él la sombra de sus manos; y que en otra mañana,
atravesando en una barca para la tierra de los Gerasenios, en donde
comenzaba la recolección del bálsamo, resucitó a la hija de Jairo,
hombre docto y considerable que comentaba los libros en la Sinagoga.
Asombrados todos los que se hallaban en derredor, labradores, pastores
y mujeres trigueñas con el cántaro al hombro, preguntáronle si ese
era, en verdad, el Mesías de la Judea, y si delante de él refulgía la
espada de fuego, y si le acompañaban, caminando como las sombras de dos
torres, las sombras de Gog y de Magog. El hombre, sin beber siquiera de
aquella agua tan fría de que bebiera Josué, recogió el cayado, sacudió
los cabellos y encaminose pensativamente por bajo el Acueducto, luego
sumido en la espesura de los almendros en flor.
Mas una esperanza deliciosa como el rocío en los meses en que canta la
cigarra, refrescó las almas sencillas; por toda la campiña que verdea
hasta Ascalón, el arado pareció más blando de enterrar, más leve de
mover la piedra del lagar; las criaturas, cogiendo ramos de almendras,
acechaban por los caminos a ver si por allá de la esquina del muro,
o por debajo del sicomoro, surgía una claridad; y, en los bancos de
piedra, a la puerta de la ciudad, los viejos, corriendo los dedos por
los rizos de las barbas, ya no desarrollaban, con tan sapiente certeza,
los antiguos dictámenes.
Vivía por entonces en Enganim un viejo, llamado Obed, de una familia
pontifical de Samaria, que había sacrificado en las aras del Monte
Ebal, señor de hartos rebaños y de hartas viñas, y con el corazón
tan lleno de orgullo como su granero de trigo. Mas un viento árido y
abrasado, ese viento de desolación que por mandato del Señor sopla
de las torvas tierras de Assur, matara las reses más gordas de sus
manadas, y por los ribazos en donde sus viñas se enroscaban al olmo y
se tendían en airoso enrejado, solo dejara, en torno de los olmos y
pilares desnudos, sarmientos, cepas descarnadas y la parra roída de
áspero herrumbre. Acurrucado Obed en la solera de su puerta, con la
punta del manto sobre la cara, palpaba el polvo, lamentaba la vejez,
rumiaba amargas quejas contra Dios cruel.
Cuando oyó hablar de ese nuevo Rabí, que alimentaba las multitudes,
amedrentaba a los demonios, enmendaba todas las desventuras, Obed,
hombre leído, que había viajado en Fenicia, pensó a seguida que Jesús
sería uno de esos hechiceros tan frecuentes en Palestina, como Apolonio
o Rabí Ben-Dossa, o Simón el Sutil. También esos, aunque sea en noche
tenebrosa, conversan con las estrellas, para ellos siempre fáciles y
claras en sus secretos: con una simple vara ahuyentan de sobre los
sembrados los moscardones engendrados en los lodos de Egipto, y agarran
entre los dedos las sombras de los árboles, que conducen como benéficos
toldos por encima de las eras, a la hora de la siesta. Acaso Jesús de
Galilea, más joven, de cierto con magias más fogosas, si se le pagase
largamente, haría cesar la mortandad de sus ganados y reverdecería sus
viñedos. Ordenó entonces Obed a sus siervos que partiesen, buscasen por
toda Galilea al Rabí nuevo y con la promesa de dineros o alhajas le
trajesen a Enganim, en el país de Isacar.
Apretáronse los siervos los cinturones de cuero, y echaron a andar por
el camino de las caravanas, que costeando el Lago, se extiende hasta
Damasco.
Una tarde, vieron sobre el Poniente, rojo como una granada muy madura,
las finas nieves del monte Hermón. Después, en la frescura de una
suave mañana, el lago de Tiberiades resplandeció delante de ellos,
transparente, cubierto de silencio, más azul que el cielo, orlado de
floridos prados, de densos vergeles, de rocas de pórfido, y de blancos
terraplenes por entre los pomares, bajo el vuelo de las tórtolas. Un
pescador que desamarraba perezosamente su barca de una ensenada de
césped, escuchó, sonriendo, a los siervos: ¿El Rabí de Nazaret? ¡Oh! Ya
en el mes de Ijar, descendiera el Rabí, con sus discípulos, para los
lados adonde el Jordán lleva las aguas.
Corriendo, los siervos siguieron por las márgenes del río hasta delante
del vado en donde aquel se estira en un largo remanso, y descansa, y
un instante duerme, verde e inmóvil, a la sombra de los tamarindos.
Un hombre de la tribu de los Esenios, vestido de lino blanco, cogía
lentamente hierbas saludables por la orilla del agua, con un blanco
corderillo al cuello. Saludáronle humildemente los siervos, porque el
pueblo ama a aquellos hombres de corazón tan limpio, y claro, y cándido
como sus vestiduras, cada mañana lavadas en estanques purificados.
¿Podía decirles algo del paso del nuevo Rabí de Galilea que, como los
Esenios, enseñaba la dulzura y curaba a las gentes y a los ganados?
El Rabí atravesará el Oasis de Engaddi, y después se adelantara para
allá... --murmuró el Esenio--. --¿Y dónde es _allá_? --Moviendo un
ramo de flores rojas que cogiera, el Esenio señaló las tierras de Alem
Jordán, la planicie de Moab. Los siervos vadearon el río, y en vano
buscaron a Jesús jadeando por los rudos caminos, hasta los peñascos en
que se levanta la siniestra ciudadela de Makaur... En el Pozo de Ya-Kob
reposaba una larga caravana, que conducía a Egipto mirra, especierías
y bálsamos de Gilead; y los camelleros, sacando el agua con los baldes
de cuero, contaron a los siervos de Obed que en Gadara, por la luna
nueva, un maravilloso Rabí, mayor que David o Isaías, arrancó del pecho
de una tejedora siete demonios, y que, a su voz, un hombre degollado
por el salteador Barrabás, se irguió de su sepultura y se volvió a
su huerto. Algo más esperanzados, encamináronse los siervos por la
subida de los Peregrinos hasta Gadara, ciudad de altas torres, y aún
más lejos, hasta las nascientes de Amalha... En esa misma madrugada,
Jesús, seguido por un pueblo que cantaba y sacudía ramos de mimosa,
embarcara en el lago, en un batel de pesca, y navegara a vela con rumbo
a Magdala. Descorazonados de nuevo, los siervos de Obed, atravesaron el
Jordán por el Puente de las Hijas de Jacob. Yendo ya con las sandalias
rotas del largo camino, pisando tierras de la Judea Romana, un día,
cruzáronse con un sombrío fariseo, que retornaba a Efrain, montado en
su mula. Detuvieron, con devota reverencia, al hombre de la Ley. ¿Había
encontrado él, por ventura, a ese nuevo Profeta de Galilea que, como un
Dios paseando en la tierra, esparcía milagros? La corva faz del Fariseo
se oscureció arrugada, y su cólera retumbó como un tambor orgulloso:
--¡Oh, esclavos paganos! ¡Oh, blasfemos! ¿En dónde oísteis que
existiesen profetas o milagros fuera de Jerusalén? Solo Jehová tiene
fuerza en su templo. De Galilea salen los necios y los impostores...
Y en viendo a los siervos retroceder ante su puño erguido, el furioso
Doctor, enroscado de dísticos sagrados, apeose de la mula, y con
las piedras del camino, apedreó a los siervos de Obed, vociferando:
_¡Racca! ¡Racca!_ y todos los Anatemas rituales. Los siervos huyeron
para Enganim. El desconsuelo de Obed fue grande, porque sus ganados
morían, sus viñas se secaban, y a pesar de ello, radiantemente, como
una alborada por detrás de las sierras, crecía, consoladora y llena de
divinas promesas, la fama de Jesús de Galilea.
Por ese tiempo, un Centurión Romano, Publius Septimus, mandaba el
fuerte que domina el valle de Cesarea, hasta la ciudad y el mar.
Hombre áspero, veterano de la campaña de Tiberio contra los Partos,
Publius habíase enriquecido durante la revuelta de Samaria con presas
y saqueos, poseía minas en el Ática, y gozaba, como supremo favor de
los Dioses, la amistad de Flacus, Legado Imperial de la Siria. Mas
un dolor roía su poderosa prosperidad, lo mismo que un gusano roe un
fruto suculento. Su única hija, más amada para él que vida y bienes,
iba enflaqueciendo con un mal sutil y lento, extraño hasta al saber de
los mágicos y esculapios que se mandaran consultar a Sidón y a Tiro.
Blanca y triste como la luna en un cementerio, sin una queja, sonriendo
pálidamente a su padre, adelgazaba, sentada en la alta explanada del
fuerte, bajo un velario, alongando los tristes ojos negros por el azul
del mar de Tiro, por el cual ella navegara, volviendo de Italia, en
una opulenta galera. A las veces, un legionario, a su lado, entre las
almenas, apuntando lentamente a lo alto la flecha, atravesaba una gran
águila, que volaba serena, en el cielo rutilante. La hija de Septimus
seguía un momento el ave, dando vueltas en el aire hasta caer muerta
sobre las rocas; después, con un suspiro, más pálida y más triste,
recomenzaba a mirar para el mar.
Ello es que como entonces Septimus oyese contar a unos mercaderes de
Corazín, de este admirable Rabí, tan potente sobre los Espíritus, que
sanaba los males tenebrosos del alma, destacó tres decurias de soldados
para que lo buscasen por la Galilea y por todas las ciudades de la
Decápola, hasta la costa y hasta Ascalón. Los soldados dispusieron los
escudos en los sacos de lona, espetaron ramos de oliva en los yelmos,
y ferradas las sandalias apresuradamente, apartáronse, resonando sobre
las losas de basalto del camino romano que desde Cesarea hasta el Lago
corta toda la Tetrarquía de Herodes. De noche, sus armas brillaban en
lo alto de las colinas, por entre la llama ondeante de los hachones
erguidos. De día, invadían los casales, rebuscaban en la espesura
de los pomares, chuzaban con la punta de las lanzas la paja de las
hacinas; en tanto que las mujeres asustadas, acudían para amansarlos,
con bollos de miel, higos nuevos y escudillas llenas de vino, que los
soldados bebían de un trago, sentados a la sombra de los sicomoros.
Corrieron así la Baja Galilea, y del Rabí solo hallaron un surco
luminoso en los corazones.
Disgustados con las inútiles marchas, desconfiando que los Judíos
les ocultasen al hechicero para que no se aprovecharan los Romanos
del superior hechizo, derramaban su cólera con tumulto, a través de
la piadosa tierra sumisa. Detenían los peregrinos en la entrada de
los puentes, gritando el nombre del Rabí; rasgaban los velos de las
vírgenes, y a la hora en que se llenan los cántaros en las cisternas,
invadían las estrechas calles de los arrabales, penetraban en las
Sinagogas y batían sacrílegamente, con los puños de las espadas en
las _Thebahs_, los Santos Armarios de cedro que contenían los Libros
Sagrados. En las cercanías de Hebrón arrastraron a los Solitarios fuera
de las grutas para arrancarles el nombre del desierto o del palmar
en que se ocultaba el Rabí; y dos mercaderes fenicios, que venían de
Joppé con una carga de malobrato, y a quien nunca llegara el nombre de
Jesús, pagaron por ese delito cien dracmas a cada Decurión. Toda la
gente de los campos, hasta los bravíos pastores de Idumea, que llevan
las blancas reses al Templo, huían empavorecidos hacia las serranías,
apenas lucían, en alguna vuelta del camino, las armas del bando
violento. Desde el borde de las terrazas, las viejas sacudían como
talegos la punta de los cabellos desgreñados, y arrojaban sobre ellos
las malas suertes, invocando la venganza de Elías. Así erraron hasta
Ascalón, sin hallar a Jesús; y retrocedieron a lo largo de la costa,
enterrando las sandalias en la ardiente arena.
Un amanecer, cerca de Cesarea, marchando por un valle, echaron de ver
sobre un otero un verdinegro bosque de laureles, en donde blanqueaba,
recogidamente, el fino y claro pórtico de un templo. Un viejo, de
largas barbas blancas, coronado de hojas de laurel, vestido con una
túnica de color de azafrán, asiendo una corta lira de tres cuerdas,
esperaba sobre los peldaños de mármol, la aparición del sol. Desde
abajo, los soldados, agitando un ramo de olivo, vociferaban al
Sacerdote. ¿Conocía él a un nuevo Profeta que apareciera en Galilea,
tan diestro en milagros, que resucitaba a los muertos y trocaba el agua
en vino? Alargando los brazos, el sereno viejo exclamó por sobre la
rociada verdura del valle:
--¡Oh, romanos! ¿Por qué creéis que en Galilea o Judea aparezcan
profetas consumando milagros? ¿Cómo podrá un bárbaro alterar la
Orden instituida por Zeus?... ¡Mágicos y hechiceros son vendedores
ambulantes que murmuran palabras huecas, para arrebatar la propina a
los simples...! Sin el permiso de los Inmortales, ni un retoño seco
puede caer del árbol, ni hoja seca puede ser sacudida en el árbol. No
hay profetas, no hay milagros... ¡Solo Apolo Délfico conoce el secreto
de las cosas!
Los soldados, entonces, muy despacio, con la cabeza caída, como en una
tarde de derrota, recogiéronse a la fortaleza de Cesarea. Fue grande
el desconsuelo de Septimus, por ver que su hija moría, sin una queja,
mirando el mar de Tiro, siendo así que la fama de Jesús, curador de
lánguidos males, crecía cada vez más consoladora y fresca, como el aire
de la tarde que sopla de Hermón, y a través de los huertos, reanima y
levanta las azucenas pendidas.
Vivía por ese tiempo, entre Enganim y Cesarea, en una casa arruinada,
sumida en lo más oculto de un cerro, una viuda, mujer más desgraciada
que todas las mujeres de Israel. Su único hijito, todo tullido, había
pasado del magro pecho a que ella le criara, a los harapos del podrido
jergón, en donde ya llevaba siete años gimiendo y consumiéndose.
A ella también una enfermedad la comprimiera dentro de trapos jamás
mudados, dejándola más oscura y torcida que una cepa arrancada. Creció
la miseria espesamente sobre ambos, como el moho sobre cazos perdidos
en un yermo. En la lámpara de barro colorado secara ya el aceite. No
quedaba grano ni corteza dentro del arca pintada. La cabra, sin pasto,
muriera en el estío. Secó la higuera en el quintal. Tan lejos de
poblado, nunca limosna de pan o miel entraba en la choza. ¡Con hierbas
cogidas en las hendiduras de las rocas, cocidas sin sal, nutríanse
aquellas criaturas de Dios en la Tierra Escogida, en la cual hasta a
las aves maléficas sobraba el sustento!
Un día apareció un mendigo por allí, entró en la choza, repartió de su
lío con la amargada madre, y sentado en la piedra del lar, rascándose
las heridas de las piernas, contó de esa grande esperanza de los
tristes, de ese Rabí que apareciera en Galilea, que de un pan hacía
siete, y amaba todas las criaturas, y enjugaba todos los llantos, y
prometía a los pobres un grande y luminoso reino, de abundancia mayor
que la corte de Salomón. La mujer escuchaba con ojos hambrientos.
¿Y ese dulce Rabí, esperanza de los tristes, en dónde se encuentra?
El mendigo suspiró. ¡Ah, ese dulce Rabí, cuantos lo deseaban, se
desesperanzaban! Andaba su fama por sobre toda la Judea, como el sol
que hasta por cualquier viejo muro se extiende y se goza; mas para
distinguir la claridad de su rostro, solo aquellos dichosos que elegía
su deseo. Tan rico como es Obed, mandó a sus siervos por toda Galilea
para que le buscasen a Jesús, y con promesas le trajeran a Enganim; tan
soberano, Septimus, destacó a sus soldados hasta la costa del mar, para
que buscasen a Jesús, y por orden suya lo condujeran a Cesarea.
Errando, pidiendo limosna por tantos caminos, halló a los siervos
de Obed y luego a los legionarios de Septimus. Retornaron todos,
derrotados, con las sandalias rotas, sin haber descubierto en qué
matorral o ciudad, en qué cubil o palacio, se escondía Jesús.
Caía la tarde. Cogió el mendigo su bordón y descendió por el duro
camino, entre el brezo y las rocas.
Volviose la madre a su rincón, más curvada, más abandonada. El hijito
entonces, con un murmurio más débil que el rozar de un ala, pidió a
la madre que le trajese a ese Rabí que amaba a los niños, aun a los
más pobres, sanaba los males, aun los más antiguos. La madre apretó su
cabecita desgreñada:
--¡Oh, hijo!, y ¿cómo quieres que te deje y me meta por los caminos en
busca del Rabí de Galilea? Obed es rico y tiene siervos que en balde
buscaron a Jesús por arenales y colinas, desde Corazín hasta el país de
Moab. Septimus es fuerte, y tiene soldados, y en vano corrieron detrás
de Jesús, desde el Hebrón hasta el mar. ¿Cómo quieres que te deje?
Jesús anda muy lejos y nuestro dolor está con nosotros, dentro de estas
paredes, y dentro de ellas nos prende. Y aunque le encontrase, ¿cómo
convencería yo a Rabí tan deseado, por quien suspiran ricos y fuertes,
para que descendiese a través de ciudades hasta este desierto, para
curar a un tullido tan pobre, sobre jergón tan roto?
La criatura, con dos largas lágrimas corriéndole por la faz escurrida,
murmuró:
--¡Oh, madre! Jesús ama a todos los pequeñitos. ¡Y yo soy aún tan
pequeño, y tengo un mal tan pesado! ¡Yo me quería curar!
Y la madre, sollozando:
--¡Oh, hijo mío, cómo te voy a dejar! Son largos los caminos de
Galilea, y corta la piedad de los hombres. Tan rota, tan renca, tan
triste, hasta los perros me ladrarían desde la puerta de los casales.
No me atendería nadie. Nadie me enseñaría la morada del dulce Rabí.
¡Oh, hijo! Jesús tal vez muriese... Ni los ricos y los fuertes le
encuentran. Le trajo el cielo, y el cielo se le llevó. Y con él para
siempre murió la esperanza de los tristes.
Por entre los negros trapos, irguiendo sus pobres manecitas que
temblaban, la criatura murmuró:
--Madre, yo quiero ver a Jesús...
En esto, abriendo despacio la puerta y sonriendo, dijo Jesús al niño:
--Aquí estoy.