II

Un Dios descendiera, un grande Dios... Era el Mensajero de los Dioses,

el leve, elocuente Mercurio. Calzado con aquellas sandalias que tienen

dos alas blancas, los cabellos color de vino cubiertos por el casco,

en el cual baten también dos claras alas, levantando en la mano el

Caduceo, hendiera el Éter, rozara la lisura del mar sosegado, pisara

la arena de la Isla, donde sus huellas quedaban rebrillando como

plantillas de oro nuevo. A pesar de recorrer toda la tierra, con los

recados innumerables de los Dioses, el luminoso Mensajero no conocía

aquella isla de Ogigia, y admiró, sonriendo, la belleza de los prados

de violetas tan dulces para el correr y brincar de las Ninfas, y el

armonioso brillar de los riachuelos por entre los altos y lánguidos

lirios. Una viña, sobre puntales de jaspe, cargada de racimos maduros,

conducía, como fresco pórtico salpicado de sol, hasta la entrada

de la gruta, toda de rocas pulidas, de las cuales pendían jazmines

y madreselvas, envueltas en el susurrar de las abejas. Luego vio a

Calipso, la Diosa dichosa, sentada en un trono, hilando en rueca de

oro con huso de oro, la lana hermosa de púrpura marina. Un aro de

esmeraldas prendía sus cabellos muy enrizados y ardientemente rubios.

Bajo la túnica diáfana la mocedad inmortal de su cuerpo brillaba, como

la nieve cuando la aurora la tiñe de rosas en las colinas eternas

pobladas de Dioses. Y mientras torcía el huso, cantaba un trinado y

fino canto, como trémulo hilo de cristal vibrando de la Tierra al

Cielo. Mercurio pensó: «¡Linda isla, y linda Ninfa!»

De un fuego claro de cedro y tuya subía, muy derecho, un humo delgado

que perfumaba toda la Isla. A la redonda, sentadas en esteras, sobre

el suelo de ágata, las Ninfas, siervas de la Diosa, devanaban las

lanas, bordaban en la seda las flores ligeras, tejían las puras telas

en telares de plata. Todas enrojecieran, con el seno palpitando, al

sentir la presencia del Dios. Y sin detener el huso chispeante, Calipso

reconoció en seguida al Mensajero, ya que todos los Inmortales saben

unos de otros, los nombres, los hechos, y los rostros soberanos, hasta

cuando habitan retiros remotos que el Éter y el Mar separan.

Mercurio parose, risueño, en su desnudez divina, exhalando el perfume

del Olimpo. Entonces la Diosa alzó hacia él, con compuesta serenidad,

el esplendor largo de sus ojos verdes.

--¡Oh, Mercurio! ¿Por qué descendiste a mi Isla humilde, tú, venerable

y querido, que yo nunca vi pisar la tierra? Di lo que de mí esperas.

Ya mi abierto corazón me ordena que te contente, si tu deseo cupiese

dentro de mi poder y del Hado... Pero entra, reposa, y que yo te sirva,

como dulce hermana, a la mesa de la hospitalidad.

Sacó de la cintura la rueca, apartó los rizos sueltos del cabello

radiante, y con sus nacaradas manos colocó sobre la mesa, que las

Ninfas acercaron al fuego aromático, el plato desbordando de Ambrosía y

los cántaros de cristal donde resplandecía el Néctar.

Mercurio murmuró: «¡Dulce es tu hospitalidad, oh, Diosa!» Colgó el

Caduceo del fresco ramo de un plátano, extendió los dedos relucientes

para la fuente de oro, risueñamente loó la excelencia de aquel Néctar

de la Isla. Y contentada el alma, recostando la cabeza al tronco liso

del plátano que se cubrió de claridad, comenzó con palabras perfectas y

aladas:

--Preguntaste por qué descendía un Dios a tu morada, ¡oh, Diosa! Y

ciertamente ningún Inmortal recorrería sin motivo, desde el Olimpo

hasta Ogigia, esta desierta inmensidad del mar salado, en que no se

encuentran ciudades de hombres, ni templos cercados de bosques, ni

siquiera un pequeñito santuario de donde suba el aroma del incienso, o

el olor de las carnes votivas, o el murmurio gustoso de las preces...

Mas fue nuestro padre Júpiter, el tempestuoso, quien me mandó con este

recado. Tú has recogido, y retienes por la fuerza inconmensurable de

tu dulzura, al más sutil y desgraciado de todos los Príncipes que

combatieron durante diez años la alta Troya, y después embarcaron

en las naves hondas para volver a la tierra de la Patria. Muchos de

esos consiguieron reentrar en sus ricos lares, cargados de fama, de

despojos, y de historias excelentes para contar. Vientos enemigos, sin

embargo, y un hado más inexorable, arrojaron a esta isla tuya, envuelto

en las sucias espumas, al facundo y astuto Ulises... Pero el destino de

este héroe no es permanecer en la ociosidad inmortal del lecho, lejos

de aquellos que le lloran, y que carecen de su fuerza y mañas divinas.

¡Por eso Júpiter, regulador de la Orden, te ordena, ¡oh, Diosa!, que

sueltes al magnánimo Ulises de tus brazos claros, y le restituyas, con

los presentes dulcemente debidos, a su Itaca amada, y a su Penélope,

que teje y deshace la tela maliciosa, cercada de los Pretendientes

arrogantes, devoradores de sus gordos bueyes, sorbedores de sus frescos

vinos!

La divina Calipso mordió levemente el labio, y sobre su rostro

luminoso descendió la sombra de las densas pestañas color de jacinto.

Después, con un armonioso suspiro, en que onduló todo su pecho

brillante:

--¡Ah, Dioses grandes, Dioses dichosos! ¡Sois ásperamente celosos

de las Diosas que, sin esconderse por la espesura o en las cavernas

oscuras de los montes, aman a los hombres elocuentes y fuertes!...

Este, que me envidiáis, llegó a las arenas de mi Isla, desnudo, pisado,

hambriento, preso a una quilla partida, perseguido por todas las iras,

y todas las rachas, y todos los rayos dardeantes de que dispone el

Olimpo. Yo le recogí, le lavé, le nutrí, le amé, guardándole, para

que quedase eternamente al abrigo de las tormentas, del dolor y de la

vejez. ¡Y ahora Júpiter tronador, al cabo de ocho años en que mi dulce

vida enroscose en torno de esa afección, como la vid al olmo, determina

que me separe del compañero que escogiera para mi inmortalidad!

¡Realmente sois crueles, oh Dioses, que constantemente aumentáis la

raza turbulenta de Semidioses durmiendo con las mujeres mortales!

¿Cómo quieres que mande a Ulises a su patria, si no poseo naves, ni

remadores, ni piloto sabedor que le guíe a través de las islas? Mas

¿quién puede resistirse a Júpiter, que junta las nubes? ¡Sea! Y que

el Olimpo ría, obedecido. Enseñaré yo misma al intrépido Ulises a

construir una balsa segura, con que de nuevo corte el dorso verde del

mar...

Inmediatamente, el Mensajero Mercurio levantose del escabel, clavado

con clavos de oro, retomó su Caduceo, y bebiendo una última taza del

Néctar excelente de la Isla, loó la obediencia de la Diosa:

--Bien harás, ¡oh, Calipso! Así evitas la cólera del Padre tonante.

¿Quién le resistirá? Su Omnisciencia dirige su Omnipotencia; y

sustenta, como cetro, un árbol que tiene por flor la Orden... Sus

decisiones, clementes o crueles, resultan siempre en armonía. Por

eso su brazo se torna terrífico a los pechos rebeldes. Por tu pronta

sumisión serás hija estimada y gozarás una inmortalidad repleta de

sosiego, sin intrigas y sin sorpresas...

Ya las alas impacientes de sus sandalias palpitaban, y su cuerpo,

con sublime gracia, balanceábase por sobre los prados y flores que

alfombraban la entrada de la gruta.

--Además --añadió--, tu Isla, ¡oh Diosa!, hállase en el camino de las

naves osadas que cortan las ondas. Pronto, tal vez, otro héroe robusto,

habiendo ofendido a los inmortales, aportará a tu dulce playa, abrazado

a una quilla... ¡Enciende un faro claro, por la noche, en las rocas

altas!

Y sonriendo, el Mensajero Divino serenamente elevose, dejando en el

Éter un surco de elegante fulgor, que las Ninfas, olvidando la tarea,

seguían, con los frescos labios entreabiertos y el seno levantado, en

el deseo de aquel inmortal famoso.

Entonces Calipso, pensativa, echando sobre sus cabellos anillados un

velo de color de azafrán, se encaminó hacia la orilla del mar, a través

de los prados, con una prisa que le ceñía la túnica, a la manera de una

espuma leve, en torno de las piernas redondas y róseas. Tan levemente

pisaba la arena, que el magnánimo Ulises no la sintió deslizarse,

perdido en la contemplación de las aguas lustrosas, con la negra barba

entre las manos, aliviando en gemidos el peso de su corazón. La Diosa

sonrió, con fugitiva y soberana amargura. Después, posando en el vasto

hombro del Héroe sus dedos, tan claros como los de Eos, madre del día:

--¡No te lamentes más, desgraciado, ni te consumas mirando el mar! Los

Dioses, que me son superiores por la inteligencia y por la voluntad,

determinan que partas, afrontes la inconstancia de los vientos, y pises

de nuevo la tierra de la patria...

Bruscamente, como el cóndor sobre la presa, el divino Ulises, con la

faz asombrada, saltó de la roca musgosa:

--¡Oh, Diosa, tú dices!...

Ella continuó sosegadamente, con los hermosos brazos pendidos,

envueltos en el velo color de azafrán, en cuanto la marea rodaba, más

dulce y cantante, en amoroso respeto de su presencia divina:

--Bien sabes que no tengo naves de alta proa, ni remadores de duro

pecho, ni piloto amigo de las estrellas que te conduzcan... Mas

ciertamente te confiaré el hacha que fue de mi padre, para que tú

cortes los árboles que yo te señale, y construyas una balsa en que te

embarques... Después proveerela de odres de vino, de comidas perfectas,

impeliéndola con un soplo amigo hacia el mar indomado...

El cauteloso Ulises retrocediera lentamente, clavando en la Diosa una

dura mirada que la desconfianza ennegrecía. Y levantando la mano, que

temblaba toda, con la ansiedad de su corazón:

--¡Oh, Diosa, tú abrigas un pensamiento terrible, ya que así me invitas

a afrontar en una balsa las ondas difíciles, donde mal se mantienen

hondas naves! ¡No, Diosa peligrosa, no! ¡Combatí en la grande guerra,

en la cual también combatieron los Dioses, y conozco la malicia

infinita que contiene el corazón de los Inmortales! ¡Si resistí las

sirenas irresistibles, y me escapé con sublimes maniobras de entre

Escila y Caribdis, y vencí a Polifemo con un ardid que eternamente

tornarame ilustre entre los hombres, no fue de cierto, ¡oh, Diosa!,

para que ahora, en la Isla de Ogigia, como pajarito de poca pluma,

en su primer vuelo del nido, caiga en armadijo ligero arreglado con

decires de miel! ¡No, Diosa, no! ¡Solo embarcaré en tu extraordinaria

balsa si jurases, por el juramento terrífico de los Dioses, que no

preparas con esos quietos ojos mi pérdida irreparable!

Así bramaba en la orilla del mar, con el pecho palpitando, Ulises, el

Héroe prudente... Entonces, la Diosa clemente rio con una cantante y

refulgente risa. Y acercándose al Héroe, corriendo los dedos por sus

espesos cabellos más negros que el pez:

--¡Oh, maravilloso Ulises --decía--, cuán cierto es que eres el más

falso y mañoso de los hombres, pues que no concibes que exista espíritu

sin maña y sin falsedad! ¡Mi padre ilustre no me engendró con un

corazón de hierro! ¡A pesar de inmortal, comprendo las desventuras

mortales! ¡Solo te aconsejé lo que yo, Diosa, emprendería, si el Hado

me obligase a salir de Ogigia, a través del mar incierto!...

El divino Ulises apartó lenta y sombríamente la cabeza de la rosada

caricia de los dedos divinos:

--¡Mas jura... oh, Diosa, jura, para que a mi pecho descienda, como

onda de leche, la sabrosa confianza!

Calipso alzó el claro brazo al azul en donde los Dioses moran:

--Por Gaia, y por el Cielo superior, y por las aguas subterráneas del

Estigio, que es la mayor invocación que pueden hacer los Inmortales;

juro, oh, hombre, Príncipe de los hombres, que no preparo tu pérdida,

ni miserias mayores...

El valiente Ulises respiró largamente. Y arremangando luego las mangas

de la túnica, refregándose las palmas de las manos robustas:

--¿Dónde está el hacha de tu padre magnífico? ¡Muéstrame los árboles,

oh, Diosa!... ¡El día muere y el trabajo es largo!

--¡Sosiega, oh, hombre impaciente de males humanos! Los Dioses

superiores en sapiencia ya determinan tu destino... Ven conmigo a

la dulce gruta, a reforzar tu fuerza... Cuando Eos bermeja aparezca

mañana, yo te conduciré a la floresta.

Adán y Eva en el paraíso · 第 30 / 45 题