I
Sentado en una roca, en la isla de Ogigia, con la barba enterrada entre
las manos, de las cuales desapareciera la aspereza callosa y tiznada
de las armas y de los remos, Ulises, el más sutil de los hombres,
consideraba, con una oscura y pesada tristeza, el mar muy azul, que
mansa y armoniosamente rodaba sobre la arena muy blanca. Una túnica
bordada de flores escarlata cubría, en blandos pliegues, su cuerpo
poderoso, que había engordado. En las correas de las sandalias que
le calzaban los pies suavizados y perfumados de esencias, relucían
esmeraldas de Egipto. Su bastón era un maravilloso cuerno de coral,
rematado en piña de perlas, como los que usan los Dioses marinos.
La divina isla, con sus roquedos de alabastro, los bosques de cedros y
tuyas odoríficas, las eternas mieses dorando los valles, la frescura
de los rosales revistiendo los oteros suaves, resplandecía, adormecida
en la molicie de la siesta, toda envuelta en mar resplandeciente. Ni
un soplo de los céfiros curiosos que brincan y corren por sobre el
Archipiélago, desordenaba la serenidad del luminoso aire, más dulce
que el vino más dulce, todo repasado por el fino aroma de los prados
de violetas. En el silencio, embebido de calor afable, parecían de una
armonía más fascinadora los murmullos de los arroyos y fuentes, el
arrullar de las palomas volando de los cipreses a los plátanos, y el
lento rodar y romper de la onda mansa sobre la blanda arena. En esta
inefable paz y belleza inmortal, el sutil Ulises, con los ojos perdidos
en las aguas lustrosas, gemía amargamente, revolviendo la quejumbre de
su corazón...
Siete años, siete inmensos años, iban pasados desde que el rayo
fulgente de Júpiter hendiera su nave de alta proa encarnada, y él,
agarrado al mástil partido, desesperárase en la braveza mugidora de
las espumas sombrías durante nueve días, durante nueve noches, hasta
que boyara en aguas más calmas y viniera a parar en las arenas de
aquella isla, en donde Calipso, la Diosa radiosa, le recogiera y le
amara. Y durante esos inmensos años, ¿de qué modo se había arrastrado
su vida, su grande y fuerte vida, que después de la salida hacia las
murallas fatales de Troya, abandonando entre lágrimas innumerables a su
Penélope, de ojos claros, a su pequeñín Telémaco enfajado en el colo
del ama, fuera siempre tan agitada por peligros, y guerras, y astucias,
y tormentas, y rumbos perdidos?...
¡Ah, dichosos los Reyes muertos, con hermosas heridas en el blanco
pecho, delante de las puertas de Troya! ¡Felices sus compañeros
tragados por la onda amarga! ¡Feliz él mismo si las lanzas troyanas
le hubiesen traspasado en esa tarde de gran viento y polvo, cuando,
junto a _Faia_, defendía de los ultrajes, con la espada sonora, el
cuerpo muerto de Aquiles! ¡Mas no! ¡Vivía! Y ahora, cada mañana,
al salir sin alegría del trabajoso lecho de Calipso, las Ninfas,
siervas de la Diosa, le bañaban en un agua muy pura, le perfumaban
con lánguidas esencias, le cubrían con una túnica siempre nueva, ora
bordada a sedas finas, ora bordada de oro pálido. Entretanto, sobre la
lustrosa mesa, erguida a la puerta de la gruta, en la sombra de las
enramadas, junto al durmiente susurro de un arroyo diamantino, los
azafates y las fuentes labradas desbordaban de bollos, de frutas, de
tiernas carnes humeando, de peces centelleantes como tramas de plata.
La intendenta venerable helaba los vinos dulces en las cisternas de
bronce, coronadas de rosas. Y él, sentado en un escabel, extendía
las manos para los perfectos manjares, en cuanto al lado, sobre un
trono de marfil, Calipso, esparciendo a través de la túnica nevada la
claridad y el aroma de su cuerpo inmortal, sublimemente serena, con una
sonrisa taciturna, sin tocar en los manjares humanos, bebía en sorbos
delicados ambrosía, el néctar transparente y rubio. Después, empuñando
aquel bastón de Príncipe-de-Pueblos con que Calipso lo presentara,
recorría sin curiosidad los sabidos caminos de la Isla, tan lisos y
cultivados, que nunca sus sandalias relucientes se maculaban de polvo,
tan penetrados por la inmortalidad de la Diosa, que jamás en ellos
encontrárase flor seca ni flor menos fresca pendiendo en el tallo.
Entonces se sentaba sobre una roca, contemplando aquel mar que también
bañaba a Itaca, allá tan bravío, aquí tan sereno, y pensaba, y gemía,
hasta que las aguas y los caminos cubríanse de sombra y se recogía
a la gruta para dormir, sin deseo, con la diosa que le deseaba... Y
durante estos inmensos años, ¿qué destino envolvería a su Itaca, la
áspera isla de sombríos bosques? ¿Vivían aún los seres amados? ¿Sobre
la fuerte colina, dominando la ensenada de Reinthros y los pinares
de Neus, aún se erguía su palacio, con los bellos pórticos pintados
de bermejo y rojo? ¿Al cabo de tan lentos y vacíos años, sin nuevas,
apagada toda esperanza como una lámpara, desvestiría su Penélope la
túnica pasajera de la viudez, para pasar a los fuertes brazos de otro
esposo fuerte, que ahora manejaba sus lanzas y vendimiaba sus viñas?
¿Y el dulce hijo Telémaco? ¿Reinaría acaso en Itaca, sentado, con el
blanco cetro, sobre el mármol alto del Ágora? Ocioso y rondando
por los patios, ¿humillaría los ojos bajo el imperio duro de un
padrastro? ¿Erraría por ciudades ajenas, mendigando un salario? ¡Ah,
si su existencia, así para siempre arrancada de la mujer, del hijo,
tan dulces a su corazón, pudiese por lo menos emplearla en ilustres
hazañas! Diez años antes también desconocía la suerte de Itaca, y de
los seres preciosos que allá había dejado en soledad y fragilidad;
mas era una empresa heroica la que le llevaba, y día por día, su fama
crecía como un árbol en un promontorio, que llena el cielo y todos los
hombres contemplan. ¡Entonces era la planicie de Troya, y las blancas
tiendas de los griegos a lo largo del mar sonoro! Sin cesar, meditaba
astucias de guerra; con soberbia facundia discurseaba en la Asamblea
de los Reyes; rígidamente ungía los caballos empinados al timón de
los carros; con la lanza en alto, corría entre la gritería y la pelea
contra los Troyanos de altos yelmos, que surgían en golpe resonante de
las puertas Esceas... ¡Oh, y cuando él, Príncipe-de-Pueblos, encogido
bajo harapos de mendigo, con los brazos maculados de llagas postizas,
cojeando y gimiendo, penetrara en los muros de la orgullosa Troya, por
el lado de la _Faia_, para de noche, con incomparable ardid y bravura,
robar el Paladio tutelar de la ciudad! Y cuando, dentro del vientre
del Caballo-de-Palo, en la oscuridad, en el cerco de todos aquellos
guerreros tiesos y cubiertos de hierro, calmaba la impaciencia de los
que sofocaban, y tapaba con la mano la boca de Anticlo, braveando
furioso, al escuchar fuera en la planicie los ultrajes y los escarnios
troyanos, y a todos murmuraba: «¡Calla, calla, que la noche viene y
Troya es nuestra!...» ¡Y después los prodigiosos viajes! ¡El pavoroso
Polifemo, ludibriado con una astucia que maravillara para siempre a las
generaciones! ¡Las maniobras sublimes entre Escila y Caribdis! ¡Las
sirenas, bogando y cantando en torno del mástil, de donde él, amarrado,
rechazábalas con el mudo lenguaje de los ojos, más agudos que dardos!
¡La descensión a los infiernos, jamás concedida a ningún mortal!...
¡Y ahora, hombre de tan rutilantes hechos, yacía en una isla muelle,
eternamente preso, sin amor, por el amor de una Diosa! ¿Cómo podría
huir, rodeado de mar indomable, sin nave ni compañeros para mover los
largos remos? Los Dioses dichosos ciertamente olvidábanse de quien
tanto por ellos combatiera, y siempre piadosamente les votara las
reses debidas, aun a través del fragor y humareda de las ciudadelas
derrumbadas, hasta cuando su proa encallaba en tierra agreste... Y
al héroe, que recibiera de los reyes de Grecia las armas de Aquiles,
cabía por destino amargo engordar en la ociosidad de una isla más
lánguida que una cesta de rosas, y extender las manos afeminadas para
los abundantes manjares, y cuando aguas y caminos cubríanse de sombra,
dormir sin deseo con una Diosa que, sin cesar, le deseaba.
Así gemía el magnánimo Ulises, al borde del mar lustroso... Y he ahí
que, de repente, un surco de desusado brillo, más rutilantemente blanco
que el de una estrella cayendo, rompió la rutilancia del cielo, desde
las alturas hasta el oloroso soto de tuyas y cedros, que sombreaba
un golfo sereno a Oriente de la Isla. El corazón del héroe latió con
alborozo. Rastro tan refulgente en la refulgencia del día, solo un Dios
lo podía trazar a través del largo Ouranos. ¿Descendiera a la Isla un
Dios?