Entraba don Ruy en el fresco patio de su casa, cuando de un banco de
piedra, en la sombra, irguiose un mozo de campo, que sacó del zurrón
una carta y se la entregó, murmurando:
--Señor, daos prisa en leer, que tengo que volverme a Cabril...
Don Ruy abrió el pergamino, y en el deslumbramiento que le causó lo
batió contra el pecho, como para enterrarlo en el corazón.
El mozo de campo insistió, preso de gran inquietud:
--¡Pronto, señor, pronto! No necesitáis responder. Basta que me deis
una señal de haber recibido el recado.
Don Ruy arrancó uno de los guantes y se lo entregó. Y ya corría el
criado en la punta de las leves alpargatas, cuando, con un grito, le
detuvo don Ruy.
--Escucha. ¿Qué camino llevas tú para ir a Cabril?
--El más corto y solitario para gente atrevida, que es por el Cerro de
los Ahorcados.
--Bien.
Subió don Ruy...
Siempre lo amara, pues, desde la mañana bendita en que sus ojos se
habían cruzado en el portal de Nuestra Señora. Mientras él rondaba
aquellos muros del jardín, maldiciendo una frialdad que le parecía más
fría que la de los fríos muros, ya ella le había dado su alma, y llena
de constancia, con amorosa sagacidad, reprimiendo el menor suspiro,
adormeciendo desconfianzas, preparaba la noche radiante en que le daría
también su cuerpo.
¡Tanta firmeza, un ingenio tan fino en las cosas del amor, aún se la
tornaban más bella y más apetecida!
Subió don Ruy las escaleras de piedra, y llegado a su aposento, sin
quitarse siquiera el sombrero, leyó de nuevo aquel pergamino, en que
doña Leonor le llamaba de noche a su cuarto, para poseerla enteramente.
Y no le maravilló la oferta, después de tan constante e imperturbable
indiferencia; antes bien, percibió un amor astuto, por ser fuerte, que
con gran paciencia se esconde ante los estorbos y peligros, y fríamente
prepara su hora de gozo, mejor y más deliciosa por hallarse tan bien
dispuesta.
¡Con qué impaciencia miraba entonces el sol, tan perezoso aquella
tarde en descender tras los montes! Sin reposo, en su cuarto, con las
ventanas cerradas para mejor concentrar su felicidad, preparábase
amorosamente para la triunfal jornada: las finas ropas con encajes, un
jubón de terciopelo negro, esencias perfumadas. Dos veces descendió a
las caballerizas para asegurarse de que su caballo estaba dispuesto.
Sobre el suelo dobló y volvió a doblar la hoja de la espada que
llevaría al cinto... Pero su mayor cuidado era el camino de Cabril, a
pesar de conocerlo bien, y la aldea apiñada en torno del monasterio
franciscano, y el viejo puente romano con su Calvario y la honda
torrentera que conduce a la heredad de don Alonso. Aun en aquel
invierno había cazado por allí, yendo de montería con dos amigos de
Astorga, y pensara al contemplar la torre de los Lara: «He ahí la torre
de la ingrata». ¡Cómo se engañaba!
Las noches eran de luna; saldría de Segovia calladamente, por la
puerta de San Mauro... Un galope corto lo ponía en el Cerro de los
Ahorcados... También conocía ese sitio de tristeza y pavor, con sus
cuatro pilares de piedra, en los que se ahorcaba a los criminales,
dejando luego sus cuerpos, balanceados por el aire y secos por el sol,
hasta que se pudriesen las cuerdas y cayeran los esqueletos, blancos y
limpios de carne por el pico de los cuervos. Tras del cerro estaba la
laguna de las Dueñas. La última vez que la había pasado fue en el día
del Apóstol San Matías, cuando el corregidor y las cofradías de la Paz
y Caridad, en solemne procesión, iban a dar sagrada sepultura a los
huesos recogidos en el suelo. Después, el camino corría liso y derecho
hasta Cabril.
Así meditaba don Ruy la jornada venturosa, mientras caía la tarde.
Cuando oscureció, y en torno de las torres de la iglesia, comenzaron
a girar los murciélagos, y en las esquinas del atrio encendiéronse
los nichos de las Ánimas, el valiente caballero sintió un miedo
extraño, el miedo de aquella felicidad que se acercaba y que le parecía
sobrenatural. ¿Era, pues, cierto que esa mujer de divina hermosura,
famosa en Castilla y más inaccesible que un astro, sería suya, toda
suya, en el silencio y seguridad de una alcoba, dentro de breves
instantes, cuando aún no se hubiesen apagado delante de los retablos
de las Ánimas aquellas luces devotas? ¿Qué había hecho él para lograr
tanto bien? Pisara losas de un atrio, buscando con los ojos otros ojos,
que no se erguían desatentos o indiferentes... Entonces, sin dolor,
abandonó su esperanza... Y he aquí que, de repente, aquellos ojos
distraídos lo buscan, aquellos brazos cerrados se le abren, largos
y desnudos, y con el cuerpo y con el alma aquella mujer le grita:
«¡Oh mal avisado, que no me entendiste! ¡Ven! ¡Quien te desanimó, te
pertenece!» ¿Dónde hubo jamás igual ventura? ¡Tan alta, tan rara era,
que, de seguro, tras de ella, si no yerra la ley humana, debía caminar
la desventura! Y de fijo que caminaba; ¡pues cuánta desventura en saber
que después de aquella felicidad, cuando de madrugada, saliendo de los
divinos brazos, se retirase a Segovia, su Leonor, el bien sublime de su
vida, tan inesperadamente adquirido por un instante, recaería de nuevo
bajo el poder de otro amo!
¡Qué importaba! ¡Viniesen después dolores y celos!
¡Aquella noche era espléndidamente suya; todo el mundo una apariencia
vana, y la única realidad ese cuarto de Cabril, mal alumbrado, donde
ella le esperaría con los cabellos sueltos! Bajó deprisa la escalera y
se acomodó sobre el caballo. Después, por prudencia, atravesó el atrio
lentamente, con el sombrero bien levantado de la cara, como en un paseo
natural, dando a entender que buscaba fuera de los muros el fresco
de la noche. Nada le inquietó hasta la puerta de San Mauro. Allí un
mendigo, agachado en la oscuridad de un arco, tocando monótonamente
su zanfoña, pidió a la Virgen y a todos los santos que llevasen a
aquel gentil caballero en su dulce y santa guarda. Parárase don Ruy
para alargarle una limosna, cuando recordó que aquella tarde no había
pasado por la iglesia, a la hora de Vísperas, para recoger la celestial
bendición de su madrina. De un salto apeose del caballo porque,
justamente, cerca del viejo arco relucía una lámpara alumbrando un
retablo. Era una imagen de la Virgen con el pecho atravesado por siete
espadas. Arrodillose don Ruy, dejando el sombrero sobre las losas,
y con las manos erguidas, celosamente, rezó una Salve. La claridad
amarilla de la luz envolvía el rostro de la Virgen que, sin sentir
el dolor de los siete aceros, o como si ellos solo le proporcionasen
inefables gozos, sonreía con los labios abiertos. Mientras rezaba, en
el convento de Santo Domingo, comenzaron a tocar a agonía. Entre la
sombra negra del arco, cesando la sonata en la zanfoña, el mendigo
murmuró: «¡Un fraile se está muriendo!» Don Ruy dijo un Avemaría por el
fraile. La Virgen de las siete espadas sonreía dulcemente --¡el toque
de agonía no era, pues, de mal presagio!--. Don Ruy montó de nuevo en
el caballo, y partió alegremente.
Más allá de la puerta de San Mauro, después de los hornos de los
Olleros, el camino seguía triste y negro entre las piteras. Tras de las
colinas, al fondo de la planicie oscura, subía la primera claridad,
amarilla y lánguida de la luna llena, próxima a aparecer. Y don Ruy
marchaba al paso, recelando llegar a Cabril con tiempo de sobra, antes
que las ayas y los criados terminasen el rosario y la velada. ¿Por
qué no le marcaba doña Leonor la hora, en aquella carta tan clara y
tan pensada?... Su imaginación entonces corría adelante, rompía por
el jardín de Cabril, escalaba aladamente la escalera prometida, y él
corría también detrás en una carrera violenta, hasta levantar las
piedras del camino mal unido. Después sofrenaba el caballo jadeante.
¡Era temprano, muy temprano! Y retomaba el paso lento, sintiendo el
corazón contra el pecho, como ave presa que bate en los hierros de una
jaula.
Así llegó al crucero, donde el camino se divide en dos, más juntos
que las puntas de una horquilla, ambos cortando a través del vasto
pinar. Descubierto delante de la imagen del crucificado, don Ruy tuvo
un instante de angustia, pues no recordaba cuál de los dos conducía al
Cerro de los Ahorcados. Ya se aventuraba por el más sombrío, cuando, de
entre los pinos silenciosos, una luz surgió, bailando en la oscuridad.
Era una vieja cubierta de harapos, con las largas melenas sueltas,
doblada sobre un cayado y llevando un candil.
--¿Adónde va este camino? --gritó Ruy.
La vieja puso la luz en alto para mirar al caballero.
--A Jarama.
Y luz y vieja inmediatamente se sumieron, fundidas en la sombra, como
si de allí hubiesen surgido solo para avisar al galán del yerro del
camino... Volviérase rápidamente, y, rodeando el calvario, galopó
por la otra carretera hasta avistar, sobre la claridad del cielo,
los pilares negros y los negros maderos del Cerro de los Ahorcados.
Entonces detúvose, derecho en los estribos. En un ribazo alto, seco,
sin hierba ni brezo, ligados por un muro bajo, todo carcomido,
levantábanse negros, enormes, sobre la amarillez de la luna, los
cuatro pilares de granito, semejantes a los cuatro ángulos de una casa
deshecha. Sobre los pilares posábanse cuatro gruesos travesaños, de los
cuales pendían cuatro ahorcados, negros y rígidos, en el aire parado y
mudo. Todo en torno parecía tan muerto como ellos.
Enormes aves de rapiña dormían encaramadas sobre los maderos. Más allá
brillaba lívidamente el agua muerta de la laguna de las Dueñas. Iba la
luna grande y llena por el cielo.
Don Ruy murmuró el Padre Nuestro, debido por todo cristiano a aquellas
almas culpadas. Y después impelió al caballo y pasaba, cuando, en el
inmenso silencio y en la inmensa soledad, resonó una voz, una voz que
le llamaba, suplicante y lenta:
--¡Caballero, deteneos; venid acá!...
Don Ruy cogió bruscamente las riendas y, erguido sobre los estribos,
recorrió con los ojos espantados todo el siniestro yermo. Veíase el
cerro áspero, el agua brillante y muda, los maderos, los muertos.
Pensó que fuera ilusión de la noche u osadía de algún demonio errante.
Y serenamente picó el caballo, sin sobresalto, ni temor, como en una
calle de la ciudad. Pero, detrás, tornó a surgir la voz, que le llamaba
urgentemente, ansiosa, casi aflictiva:
--¡Caballero, esperad; no os vayáis, volved, llegad aquí!
De nuevo don Ruy parose, y vuelto sobre la silla, se encaró con los
cuatro cuerpos pendientes de los maderos. ¡Allí sonaba la voz que,
siendo humana, solo podía salir de forma humana! Uno de esos ahorcados,
pues, era el que le había llamado con tanta prisa y ansia.
¿Restaría en alguno, por maravillosa merced de Dios, aliento y vida? ¿O
sería que, por mayor maravilla, uno de esos esqueletos medio podridos
le detenía para transmitirle avisos de ultratumba?... Que la voz
partiese de un cuerpo vivo o de un cuerpo muerto, era cobardía huir
pavorosamente, sin atender a lo que se le demandaba.
Dirigió el animal para dentro del cerro, y parando, derecho y
tranquilo, con la mano en el costado, después de mirar uno por uno los
cuatro cuerpos suspensos, gritó:
--¿Cuál de vosotros, hombres ahorcados, osó llamar por don Ruy de
Cárdenas?
En esto, aquel que volvía la espalda a la luna llena, respondió desde
lo alto de la cuerda, natural y tranquilamente, como quien habla desde
la ventana a la calle:
--Señor, fui yo.
Don Ruy hizo avanzar el caballo hasta colocarse enfrente de él. No le
distinguía la faz, enterrada en el pecho, escondida por largas y negras
melenas sueltas. Solo percibió que tenía libres y desamarradas las
manos y los pies, estos resecos y del color del betún.
--¿Qué me quieres?
El ahorcado, suspirando, murmuró:
--Señor, hacedme la gran merced de cortar esta cuerda en que estoy
colgado.
Don Ruy arrancó la espada, y con un solo golpe certero cortó la cuerda.
Con un siniestro sonido de huesos entrechocados el cuerpo cayó en
el suelo, en el cual quedó un momento estirado cuan largo era;
pero inmediatamente se enderezó sobre los pies, mal seguros y aún
durmientes, y levantó para don Ruy su faz muerta, que era una calavera
con la piel más amarilla que la luna que la envolvía; los ojos estaban
faltos de brillo y movimiento, los labios se le fruncían en una sonrisa
empedernida. De entre los dientes blancos asomaba la punta de una
lengua tan negra como el carbón.
Don Ruy no mostró terror ni asco. Y envainando serenamente la espada:
--¿Tú estás vivo o muerto? --preguntó.
El hombre encogió los hombros con lentitud:
--Señor, no sé... ¿Quién sabe lo que es la vida? ¿Quién sabe lo que es
la muerte?...
--Pero ¿qué quieres de mí?
El ahorcado, con los largos dedos descarnados, alargó el nudo de la
cuerda, que aún le lazaba el cuello, y declaró serena y firmemente:
--Señor, tengo que acompañaros a Cabril, adonde vais.
El caballero estremeciose con tan fuerte asombro, soltando las bridas,
que el caballo se empinó, como asombrado también.
--¿Conmigo a Cabril?...
El hombre curvó el espinazo, en el que se distinguían todos los
huesos, más agudos que los dientes de una sierra, a través de un largo
rasgón de la camisa de estameña:
--Señor --suplicó--, no me lo neguéis. ¡Tengo que recibir un gran
salario si os hago este gran servicio!
Don Ruy pensó de pronto que bien podía ser aquella alguna traza
formidable del demonio. Y clavando sus ojos brillantes en la faz muerta
que se le ofrecía ansiosa, en espera del consentimiento, hizo una lenta
y larga Señal de la Cruz.
El ahorcado dobló las rodillas con asustada reverencia:
--Señor ¿para qué me probáis con esa señal? Solo por ella alcanzamos
remisión, y yo solo de ella espero misericordia.
Entonces don Ruy pensó que si ese hombre no era mandado por el demonio,
bien podía ser mandado por Dios. Y luego, devotamente, con un gesto
sumiso en que todo lo entregaba al cielo, consintió, aceptó el pavoroso
acompañamiento.
--¡Ven conmigo, pues, a Cabril, si Dios te manda! Pero yo nada te
preguntaré ni tú me preguntes nada.
Encaminó el caballo a la carretera, toda alumbrada por la luna. El
ahorcado seguía a su lado con pasos tan ligeros, que hasta cuando
don Ruy galopaba, conservábase cerca del estribo, como llevado por
un viento mudo. A las veces, para respirar más libremente, aflojaba
el nudo de la cuerda que le enroscaba el pescuezo. Y cuando pasaban
entre sebes donde erraba el aroma de las flores silvestres, el hombre
murmuraba con infinito alivio y dulzura:
--¡Qué gusto da correr!
Don Ruy iba poseído de asombro, con un tormentoso cuidado.
Comprendía, desde luego, que se trataba de un cadáver, reanimado por
Dios para un extraño y encubierto servicio. Pero, ¿por qué le daba
Dios tan horrible compañero? ¿Para protegerle? ¿Para impedir que doña
Leonor, amada del cielo, por su piedad, cayese en culpa mortal? ¿Y para
tan divina incumbencia de tan alta merced, no tenía el Señor ángeles en
el cielo, antes que echar mano de un supliciado?...
¡Ah, con qué gusto volvería riendas para Segovia de no mediar la
galante lealtad del caballero, el orgullo de no retroceder jamás, y
la sumisión a las órdenes de Dios, que sentía inmediatamente sobre su
espíritu!...
Desde un alto de la carretera, de repente, avistaron Cabril, las torres
del convento franciscano albeando al lunar, los casales dormidos entre
las huertas. Silenciosamente, sin que un perro ladrase detrás de las
cancelas o por cima de los muros, descendieron el viejo puente romano.
Delante del Calvario, el ahorcado cayó de rodillas sobre las losas,
irguió los lívidos huesos de las manos y quedó rezando un largo rato,
entre profundos suspiros. Después, al entrar en el barranco, bebió
mucho tiempo y consoladamente en una fuente que corría y cantaba bajo
las frondas de un salgueiro. Como el barranco era angosto, encaminose
delante del caballero, todo curvado, con los brazos cruzados
fuertemente sobre el pecho, sin un rumor.
La luna reteníase en lo más alto del cielo. Don Ruy consideraba con
amargura aquel disco, lleno y lustroso, que esparcía tanta y tan
indiscreta claridad sobre el misterio que le llevaba a Cabril. ¡Ah,
cómo se estragaba la noche, que debía ser divina! Una enorme luna
surgía de entre los montes para alumbrarlo todo. Un ahorcado descendía
del suplicio para seguirle y entrar en lo íntimo de su secreto. Así lo
ordenaba Dios. ¡Mas qué tristeza llegar a la dulce puerta prometida con
tal intruso a su lado, bajo aquel cielo de claridad tan viva!
De improviso, el ahorcado detúvose, levantando el brazo, del cual
pendía la manga en harapos. Era el fin del barranco, que desembocaba
en camino más amplio y largo, y delante de ellos blanqueaba el muro de
la finca de don Alonso, que tenía allí un mirador, con barandilla de
piedra, todo revestido de begonias.
--Señor --murmuró el ahorcado, sujetando con respeto el estribo de don
Ruy--, a pocos pasos de este mirador está la puerta por donde debéis
penetrar en el jardín. Conviene que dejéis aquí el caballo, atado a un
árbol, si es seguro y fiel. En la empresa en que nos hallamos, ya es de
más el rumor de nuestros pies...
Don Ruy apeose en silencio y prendió el caballo, que tenía por fiel y
seguro, al tronco de un álamo seco.
Y tan sumiso se tornaba a aquel compañero impuesto por Dios, que sin
otro reparo le fue siguiendo por la orilla del muro que la luna
alumbraba.
Con pausada cautela, en la punta de los pies desnudos, avanzaba ahora
el ahorcado, vigilando el alto del muro, sondando en la negrura de la
sebe, parándose a escuchar rumores, que solo para él eran perceptibles,
porque nunca don Ruy conociera noche más hondamente adormecida y muda.
Y el espanto, en quien debía ser indiferente a los peligros humanos,
fue adueñándose también del valeroso caballero, que sacó el puñal de
la vaina, y con la capa arrollada al brazo, marchaba a la defensiva,
atenta y escudriñadora la mirada, como en un camino de emboscada
y lucha. Así llegaron a una puertecita, que el ahorcado empujó,
abriéndose sin quejido de los goznes. Penetraron en una calle bordeada
de espesos bojes hasta llegar a un estanque lleno de agua, donde
flotaban hojas de nenúfares, y que toscos bancos de piedra circundaban,
cubiertos por la rama de arbustos en flor.
--¡Por allí! --murmuró el ahorcado, extendiendo el brazo descarnado.
Señalaba una avenida que densos y viejos árboles abovedaban y
oscurecían. Por ella se metieron, como sombras en la sombra, el
ahorcado delante, don Ruy siguiéndole muy sutilmente, sin rozar una
rama, malpisando la arena. Un leve hilo de agua susurraba en el césped.
Por los troncos subían rosales trepadores, que desprendían dulce aroma.
El corazón de don Ruy recomenzó a batir con una esperanza de amor.
--¡Chist! --hizo el ahorcado.
Y don Ruy casi tropezó con el siniestro hombre estancado, con los
brazos abiertos, como las trancas de una cancilla.
Delante de ellos, cuatro pasos de escalera de piedra subían a una
terraza, en la cual la claridad era amplia y libre. Agachados, treparon
los escalones, y al fondo de un jardín sin árboles, todo en cuarteles
de flores bien recortados, orlados de boj corto, avistaron un lado de
la casa, batido por la luna llena. En el centro, entre las ventanas
cerradas, un balcón de piedra, conservaba de par en par abiertas las
maderas de los ventanales. El cuarto dentro, apagado, era como un
agujero de tiniebla en la claridad de la fachada, que bañaba el lunar.
Y, arrimada contra el balcón, estaba una escalera con los tramos de
cuerda.
El ahorcado empujó a don Ruy para la oscuridad de la avenida. Y allí,
con un gesto preciso, dominando al caballero, exclamó:
--¡Señor, ahora conviene que me deis la capa y el sombrero! Quedaos
aquí, en la oscuridad de estos árboles. Voy a subir la escalera para
observar lo que pasa dentro de aquel cuarto... Si es lo que deseáis,
aquí volveré, y que Dios os haga muy feliz...
¡Don Ruy echose atrás con el horror de que tal criatura subiese a la
ventana! Luego murmuró sordamente:
--¡No, por Dios!
Pero la mano del ahorcado, lívida en la oscuridad, bruscamente le
arrancó el sombrero de la cabeza y la capa de entre los brazos. Y se
cubría, se embozaba, murmurando en una súplica ansiosa:
--¡No me lo neguéis, señor, que por haceros este servicio ganaré una
gran merced!
Y subió de nuevo los escalones; estaba en la larga y alumbrada terraza.
Don Ruy subió, atontado, y espió. ¡Oh maravilla! Era él, don Ruy, de
la cabeza a los pies, en la figura y en el modo, aquel hombre que, por
entre los cuarteles y el boj cortado, avanzaba, airoso y leve, con la
mano en la cintura, la faz erguida risueñamente hacia la ventana, la
larga pluma escarlata del sombrero balanceándose triunfal. El hombre
avanzaba bajo la claridad espléndida. El cuarto amoroso aguardaba
abierto y negro. ¡El hombre hallábase al pie de la escalera; desembozó
la capa y asentó el pie en el primer tramo! --«¡Oh, allá va, ya sube
el maldito!»-- rugió don Ruy. El ahorcado subía. Ya la alta figura,
que era él, el propio don Ruy, estaba a mitad de la escalera, toda
negra contra la blanca pared. Detúvose... ¡No, no; subía, llegaba,
posaba la rodilla cautelosa sobre el borde de baranda! Mirábalo don
Ruy desesperadamente con los ojos, con el alma, con todo su ser. Y
he ahí que, de repente, del cuarto negro surge un negro bulto, una
furiosa voz: «¡Villano, villano!» Y una lámina de daga brilla y cae, y
otra vez se levanta y brilla y vuelve a caer, y aún refulge y torna a
hundirse... Como un fardo, de lo alto de la escalera, pesadamente, el
ahorcado cae sobre la tierra muelle. Vidrieras y ventanas se cierran a
seguida, con fragor. Y no hubo más, sino el silencio, la oscuridad y la
luna alta y redonda en el cielo de verano.
Al comprender don Ruy la traición, desenvainó la espada, ganando la
oscuridad de la avenida, cuando, ¡oh milagro!, corriendo por la terraza
aparece el ahorcado, que le agarra por la manga y le grita:
--¡A caballo, señor, volando; que el encuentro no era de amor, sino de
muerte!...
Ambos descienden a toda prisa la avenida, costean el estanque bajo
el refugio de los arbustos en flor, métense por la calle estrecha
orlada de tejos, abren la puerta y, de pronto, páranse, sofocados, en
la carretera, donde la luna, más refulgente, más llena, simulaba la
claridad del sol.
¡Y entonces, solo entonces, don Ruy descubrió que el ahorcado
conservaba clavada en el pecho, hasta los pomos, la daga, cuya punta le
salía por la espalda, lúcida y limpia!... Pero ya el pavoroso hombre le
empujaba nuevamente:
--¡A caballo, señor, volando; que aún tenemos encima la traición!
Horrorizado, con un ansia de terminar aventura tan llena de espanto
y de milagro, don Ruy cogió las riendas y comenzó a cabalgar
sufridamente. Y luego, con gran prisa, el ahorcado saltó también a
grupas del caballo fiel. Encogiose el buen caballero al sentir en sus
espaldas el roce de aquel cuerpo muerto, desprendido de un patíbulo,
atravesado por una daga. ¡Con qué desesperación galopó entonces por
la carretera interminable! Y don Ruy a cada momento sentía un frío
mayor que le helaba los hombros, como si llevase sobre ellos un enorme
costal de nieve. Al pasar por el crucero, murmuró: «¡Valedme, señor!» Y
más allá, estremeciose de repente, con el quimérico miedo de que tan
fúnebre camarada le fuese acompañando para siempre, y se tornase su
destino galopar a través del mundo, en una noche eterna, llevando un
muerto a grupas de su caballo... Y no se contuvo, gritó para atrás, en
el viento de la carrera que los zahería:
--¿En dónde queréis que os deje?
El ahorcado, acercando tanto el cuerpo a don Ruy, que le tocó con el
pomo de la daga, repuso:
--¡Señor, conviene que me dejéis en el cerro!
Dulce e infinito alivio para el buen caballero, pues el cerro estaba
cerca, y ya se distinguían en la claridad desmayada los pilares y los
travesaños negros. A poco detuvo el caballo, que temblaba blanco de
espuma.
El ahorcado, sin rumor, descendió de la silla, asegurando, como
buen servicial, el estribo de don Ruy. Y con la calavera erguida,
y la lengua negra pendiente entre los dientes blancos, murmuró una
respetuosa súplica:
--¡Hacedme ahora el gran servicio de volverme a colgar otra vez!
Don Ruy estremeciose de horror.
--¡Por Dios! ¿Que os ahorque yo?
El hombre suspiró, abriendo los brazos, en un triste ademán:
--¡Señor, por voluntad de Dios es, y por voluntad de Aquella que le es
más grata a Dios!
Resignado, sumiso a los mandatos de lo Alto, apeose don Ruy y comenzó a
seguir al hombre, que caminaba hacia el cerro pensativamente, doblando
el dorso, del cual salía, clavada y limpia, la punta de la daga.
Paráronse ante el suplicio vacío. En torno de los otros pendían los
otros tres esqueletos. El silencio era más triste y hondo que los otros
silencios de la tierra. El agua de la laguna ennegreciérase. La luna
descendía rápida y desfallecía.
Don Ruy examinó el madero en donde quedaba el pedazo de cuerda cortada
con la espada.
--¿Cómo queréis que os cuelgue? --exclamó--. No llego con la mano al
otro pedazo de cuerda; yo solo no basto para izaros.
--Señor --respondió el hombre--, ahí, al lado, debe de haber un
rollo de cuerda. Una punta me la ataréis a este nudo que tengo en el
pescuezo; la otra punta la echaréis por encima del madero, y, tirando
después, fuerte como sois, conseguiremos nuestro objeto.
Curvados ambos con pasos lentos, buscaron el rollo de cuerda. Lo
encontró el ahorcado, y él mismo lo desenrolló... Entonces don Ruy
descalzose los guantes. Y enseñado por él (que tan bien lo aprendiera
del verdugo), ató una punta al lazo que el hombre conservaba en el
pescuezo, y tiró con fuerza la otra, que ondeó en el aire, pasó sobre
el madero y quedó pendiente cerca del suelo. Y el robusto caballero,
afianzando los pies, retesando los brazos, tiró de la cuerda e izó el
hombre hasta dejarlo suspenso, negro, en el aire, como un ahorcado
natural, entre los demás ahorcados.
--¿Estás bien así?
Lenta y sumisa vino la voz del muerto:
--Señor, estoy como debo.
Don Ruy, entonces, enrolló la cuerda al pilar de piedra. Y el
sombrero en la mano, limpiándose con la otra el sudor que le corría a
cántaros, contempló a su siniestro y milagroso compañero. Estaba ya
rígido como antes, con la faz pendiente bajo las melenas caídas, los
pies enderezados, todo carcomido como un viejo tronco. En el pecho
conservaba la daga clavada. Por cima, dos cuervos dormían quietos.
--Y ahora, ¿qué más quieres? --preguntó don Ruy comenzando a ponerse
los guantes.
Desde lo alto, el ahorcado murmuró:
--¡Señor, con toda el alma os ruego que, al llegar a Segovia, le
contéis el suceso a Nuestra Señora del Pilar, vuestra madrina, que de
ella espero gran merced para mi salvación eterna por este servicio,
que, por su mandato, os hizo mi cuerpo!
Todo lo comprendió don Ruy de Cárdenas entonces, y arrodillándose
devotamente sobre el suelo de dolor y muerte, rezó una larga oración
por aquel buen ahorcado.
Después galopó para Segovia. Clareaba la mañana cuando traspasó la
puerta de San Mauro. Sonaban las campanas en el aire claro. Y entrando
en la iglesia de Nuestra Señora del Pilar, aun en el desaliño de su
terrible jornada, don Ruy, ante el altar, narró a su celestial madrina
la ruin tentación que le llevara a Cabril, el socorro que del cielo
había recibido, y con lágrimas de arrepentimiento y gratitud, juró que
nunca más pondría deseo en donde hubiese pecado, ni en su corazón daría
entrada a pensamiento que viniese del Mundo y del Mal.