La vieja aya, de ojos más abiertos y duros que los de una lechuza,
no tardó en contar al señor de Lara que, un mozo audaz, de gentil
parecer, nuevo morador en las viejas casas del arcediano, se atravesaba
constantemente en el atrio y apostábase delante de la iglesia para
tirar del corazón por los ojos a la señora doña Leonor. Bien lo sabía
ya el celoso hidalgo, porque cuando desde su ventana espiaba como
un halcón los pasos de doña Leonor camino de la iglesia, observara
las vueltas, las esperas y las miradas dardeantes de aquel mozo
galanteador, y se tiraba de las barbas con rabia. Desde entonces, a la
verdad, su más intensa preocupación era odiar a don Ruy, el impudente
sobrino del sacerdote que osaba levantar sus bajos deseos hasta la
alta señora de Lara. Constantemente le tenía vigilado por un criado y
conocía sus pasos, y sus descansos, y los amigos con quienes holgaba y
cazaba, y hasta quien le cortaba sus jubones, y hasta quien le pulía
la espada, y cada hora de su vivir. Y aún vigilaba más a doña Leonor;
todos sus movimientos, sus modos más fugitivos, sus silencios, la
plática con las ayas, las distracciones sobre el bordado, el gesto
soñador sobre los árboles del jardín, y el aire y el color con que
volvía de la iglesia... Pero tan serena en el sosiego de su corazón se
mostraba la señora, que ni el celoso más imaginador de culpas podría
hallar manchas en aquella pura nieve. Redoblose entonces el rencor de
don Alonso contra el señor de Cárdenas por haber apetecido aquella
pureza y aquellos cabellos color de sol claro, y aquel cuello de garza
real, que eran solo suyos, para espléndido gusto de su vida. Y cuando
paseaba por la triste galería del solar, sonora y abovedada, enfundado
en su zamarra orlada de pieles, con el pico de la barba grisácea echada
hacia delante, la cabellera crespa, erizada para atrás, y los puños
cerrados, iba siempre removiendo la misma hiel.
--Tentó contra su virtud y contra mi honra... ¡Culpado por dos delitos,
merece dos muertes!
Mas a su furor se mezcló el terror cuando supo que don Ruy ya no
esperaba en el atrio a doña Leonor, ni rondaba amorosamente las tapias
del palacio, ni penetraba en la iglesia mientras ella la visitaba; y
que tan enteramente refugiábase de su vista, que una mañana, hallándose
cerca de la arcada y habiendo sentido cómo se abría la puerta por la
cual la señora iba a aparecer, quedose vuelto de espaldas, sin moverse,
riendo con un caballero gordo que le leía un pergamino. ¡Tan bien
afectada indiferencia solo servía (pensó don Alonso) para esconder
alguna intención dañina! ¿Qué tramaba el diestro engañador? Todo se
exacerbó en el desabrido hidalgo: celos, rencor, vigilancia, a pesar de
su edad fea y grisácea. En el sosiego de doña Leonor, sospechó maña y
fingimiento; e inmediatamente quedaron prohibidas las visitas a Nuestra
Señora del Pilar.
En las mañanas de domingo corría él a la iglesia para rezar el rosario
y llevar las disculpas de la esposa --_¡que no puede venir_ (murmuraba
curvado delante del altar) _por lo que sabéis, Virgen purísima!_--.
Cuidadosamente visitó y reforzó todos los negros cerrojos de las
puertas de su solar.
De noche soltaba dos mastines en las sombras del jardín murado.
A la cabecera del vasto lecho, junto a la mesa en donde quedaba la
lámpara, un relicario y un vaso de vino caliente con canela y clavo
para retemperar sus fuerzas, lucía siempre una gran espada desnuda. A
pesar de tantas seguridades no dormía, y a cada instante se levantaba
sobresaltado de entre las almohadas, agarrando a doña Leonor con mano
brutal y ansiosa, que le oprimía el cuello para rugir muy bajo, preso
de terribles ansias: «¡Di que me quieres solo a mí!» Después, en cuanto
amanecía, iba a espiar, como un halcón, las ventanas de don Ruy. Nunca
le echaba la vista encima; ahora, ni a la puerta de la iglesia, en
las horas de misa, ni recogiéndose del campo, a caballo, al toque del
Avemaría.
Y por verle así, lejos de los sitios y giros acostumbrados, más lo
sospechaba dentro del corazón de doña Leonor.
En fin, una noche, después de recorrer mil veces el pavimento de la
galería, removiendo sordamente odios y desconfianzas, gritó por el
intendente y ordenó que se preparasen las ropas y cabalgaduras.
¡Temprano, de madrugada, partiría con la señora doña Leonor, para
su heredad de Cabril, a dos leguas de Segovia! La partida no fue
de madrugada, como huida de avariento que va a esconder su tesoro;
realizose con todo aparato y demora, quedando la litera delante de
la arcada largas horas, con las cortinas abiertas, entretanto un
caballerizo paseaba por el atrio la mula blanca del hidalgo, enjaezada
a la morisca, y del lado del jardín la recua de machos, cargados de
baúles, presos a las argollas, bajo el sol y la mosca, aturdían la
ciudad con el tintinear de los cascabeles. Así supo don Ruy la jornada
del señor de Lara, y así lo supo toda la ciudad.
Fue un gran contento para doña Leonor la noticia del viaje; gustaba
ella de Cabril, de sus sotos y pomares, de los jardines, para donde
abrían rasgadamente, sin rejas ni gradas, las ventanas de sus claros
aposentos; allí, por lo menos, tenía aire y sol y plantas que regar,
un vivero de pájaros y tantas y tantas calles de árboles que la
significaban casi la libertad. Luego, que esperaba que en el campo se
aligerasen aquellos cuidados que traían, durante los últimos tiempos,
tan arrugado y taciturno a su marido y señor.
Mas no logró esta esperanza, porque al cabo de una semana aún no se
desvaneciera la faz de don Alonso, ni de seguro había frescura de
arbolado, susurro de agua corriente o espesos aromas de rosales en flor
que calmasen agitación tan amarga y honda. Como en Segovia, en esotra
galería abovedada, paseaba sin descanso, enterrado en su zamarra, el
pico de la barba echado hacia delante, la melena erizada para atrás y
un terrible rictus en los labios, como si meditase maldades, gozando
de antemano su sabor acre y picante. Y todo el interés de su vida
concentrárase en un criado que galopaba de continuo entre Segovia y
Cabril y que esperaba a las veces en el comienzo de la aldea, junto al
crucero, atento para escuchar al hombre que se desmontaba, sofocado,
para contarle las nuevas recogidas.
Una noche en que doña Leonor, en su cuarto, rezaba el trisagio con
las ayas, a la luz de un hachón de cera, el señor de Lara entró
pausadamente, trayendo en la mano una hoja de pergamino y una pluma
enterrada en el tintero de hueso. Con rudo acento despidió a las ayas,
que le temían como a un lobo. Y empujando un escabel, volviéndose a
doña Leonor, con cara tranquila, como si apenas viniese a tratar con
ella de cosas fáciles y naturales:
--Señora --dijo--, quiero que me escribáis una carta que me conviene
mucho escribir...
Tan fácil era a la sumisión, que, sin otro reparo o curiosidad, luego
de ir a colgar en la barra de la cama el rosario con que rezara, se
acomodó sobre el escabel, y aplicando sus dedos finos para que la letra
fuese esmerada y clara, trazó la primera línea que el señor de Lara
le dictó: «Caballero.» Mas cuando le dictó la siguiente, y de un modo
amargo, doña Leonor arrojó la pluma como si le escaldase las manos y,
apartándose de la mesa, gritó con aflicción:
--Señor, ¿a quién le conviene que yo escriba semejantes falsedades?
En un brusco movimiento de furor, el señor de Lara echó mano al cinto
y, poniéndole el puñal junto a la cara, rugió sordamente:
--¡O escribís lo que os mando, porque a mí me conviene, o por Dios, que
os vuelco el corazón!...
Más blanca que la cera de la vela que los alumbraba, con la carne
sobrecogida ante aquel hierro brillante, en un terror supremo y que
todo aceptaba, doña Leonor murmuró:
--¡Por la Virgen María, no me hagáis mal!... No os irritéis, señor, que
yo vivo para serviros. Mandad, que yo escribiré.
Entonces, con los puños cerrados en el borde de la mesa, en donde
dejara el puñal, estrechando a la frágil y desdichada mujer con una
mirada que la amenazaba, el señor de Lara dictó una carta que decía,
una vez conclusa, en letra trémula e incierta:
«Caballero: Muy mal me habéis comprendido, o mal pagáis el amor que
os tengo y que no os pude nunca, en Segovia, mostrar claramente...
Ahora estoy aquí, en Cabril, ardiendo por veros, y si vuestro deseo
corresponde al mío, bien fácilmente lo podéis realizar, puesto que mi
marido se halla ausente de la heredad. Venid esta noche; entrad por la
puerta del jardín del lado del camino, pasando el estanque, hasta la
terraza. Allí veréis una escalera apoyada en una ventana, que es la de
mi cuarto, en donde seréis dulcemente agasajado por quien con tanta
ansia os espera...»
--Ahora, señora, firmad con vuestro nombre, que es lo que más importa.
Doña Leonor trazó muy despacito su nombre, con la faz tan roja como si
la desnudasen delante de una multitud.
--Y ahora --ordenó el marido sordamente--, dirigidla a don Ruy de
Cárdenas.
Osó levantar los ojos ante la sorpresa que le causaba aquel nombre
desconocido.
--¡Pronto!... ¡A don Ruy de Cárdenas! --gritó el hombre sombrío.
Don Alonso metió el pergamino en el cinto, junto al puñal, ya
envainado, y salió en silencio, con la barba tiesa, apagando el rumor
de los pasos en las losas del corredor.
Quedó doña Leonor sobre el escabel, las manos cansadas y caídas en el
regazo, en un infinito espanto, la mirada perdida en la oscuridad de
la noche silenciosa. ¡Menos oscura le parecía la muerte que esa oscura
aventura en que la habían envuelto! ¿Quién era ese don Ruy de Cárdenas,
de quien nunca oyera hablar, que no había tropezado en su vida, tan
quieta, tan poco poblada de hombres y de recuerdos? Él, seguramente, la
conocería, la habría seguido, cuando menos con los ojos, pues que era
cosa natural y bien ligada recibir una carta de ella de tanta pasión y
promesas tantas.
¿Y así, un hombre, joven acaso, bien nacido, tal vez gentil, penetraba
en su destino, bruscamente, traído por la mano de su esposo? ¡Y lo
hacía de una manera tan íntima, que ya se le abrían de noche las
puertas del jardín y se le colocaba una escalera para que subiese a
su cuarto!... Y era su marido el que abría la puerta y colocaba la
escalera... ¿Para qué?
Entonces, de repente, doña Leonor comprendió la verdad, la vergonzosa
verdad, que la arrancó un grito de angustia. ¡Era una celada! ¡El señor
de Lara atraía a Cabril, a ese don Ruy, con una promesa magnífica, para
apoderarse de él y matarlo, indefenso y solitario! Y ella, su amor, su
cuerpo, eran las promesas que se hacían brillar ante los ojos seducidos
del pobre galán. ¡Su marido usaba de su belleza y de su lecho, como red
de oro en que debía caer aquella presa enloquecida! ¿Dónde habría mayor
ofensa? ¡Y cuánta imprudencia! ¡Bien podía ese don Ruy de Cárdenas
desconfiar, no acceder a convite semejante, y después, mostrar por
Segovia, triunfador y gozoso, aquella carta en que se le hacía oferta
del lecho y del cuerpo de la mujer de don Alonso de Lara! ¡Pero, no;
el desventurado correría a Cabril, para morir, y morir miserablemente,
en el negro silencio de la noche, sin sacerdote ni sacramentos, con el
alma encharcada en el pecado de amor! Para morir, de seguro, porque
jamás el señor de Lara consentiría que viviese el hombre portador de
aquella carta. ¡De modo que, aquel joven, moría de amor por ella, y por
un amor que, sin haberle valido nunca un gusto, le llevaba a seguida a
la muerte! De amor por ella, puesto que el odio del señor de Lara, odio
que con tanta deslealtad y villanía se cebaba solo pudo nacer de celos,
que le nublaban los más puros deberes de cristiano y caballero. Sin
duda sorprendiera miradas, paseos, intenciones de ese señor don Ruy,
poco cauteloso como bien enamorado.
Pero, ¿cómo? ¿cuándo? Confusamente se acordaba de aquel joven, que un
domingo la cruzara en el atrio, esperándola luego en el portal de la
iglesia, con un manojo de claveles en la mano... ¿Sería ese? Era de
noble parecer, pálido, con grandes ojos negros y ardientes... Ella
pasara, indiferente... Los claveles que retenía en la mano eran rojos y
amarillos... ¿A quién se los llevaba?... ¡Ah, si lo pudiese avisar, muy
temprano, de madrugada!
¿Cómo, si no habría en Cabril criado o aya de quien fiarse? ¡Pero iba a
dejar que una espada innoble volcase aquel corazón, que venía lleno de
ella, palpitando por ella, todo lleno de sus esperanzas!
¡Oh, la ardiente correría de don Ruy, de Segovia a Cabril, con la
promesa del jardín abierto, de la escalera apoyada en la ventana,
bajo la desnudez y protección de la noche! ¿Mandaría el señor de Lara
colocar la escalera en la ventana?
Sí, de seguro, para matar con mayor facilidad al pobre, dulce e
inocente mozo, cuando subiese confiado, con las manos embarazadas y la
espada durmiendo en la vaina... ¡De modo que, en la noche siguiente,
frente a su lecho, estaría abierta la ventana, y habría una escalera
erguida contra el muro, esperando a un hombre! Su marido, emboscado en
la sombra del cuarto, mataría a ese hombre...
¿Y si el señor de Lara lo esperase fuera de los muros de la quinta,
para asaltarlo brutalmente en algún sendero, y, o por menos diestro,
o por menos fuerte, en lucha de armas, cayese él traspasado, sin que
el otro conociese a quién mataba? Y ella, allí, en su cuarto, sin
saber nada, con las puertas abiertas y la escalera erguida; y el
hombre aquel asomado a la ventana, en la sombra de la noche tibia,
mientras el marido, que debía defenderla, quedaba muerto en el fondo
de una barranquera... ¿Qué hacer, Virgen Santísima? ¡Oh, rechazaría
soberbiamente al imprudente! Pero, ¿y el espanto de él y la cólera de
su deseo engañado? «¡Me habéis llamado, señora!» Y allí traía, sobre
el corazón, una carta con su firma. ¿Cómo le podría contar la terrible
emboscada y el engaño?
¡Era tan largo de explicar, en aquel silencio y solitud de la noche,
mientras sus ojos, húmedos y negros, la estuviesen suplicando y
traspasando!... ¡Desgraciada de ella si el señor de Lara muriese y la
dejara sola, sin defensa, en aquel caserón abierto! ¡Cuán desgraciada
también si aquel joven, llamado por ella, que la amaba y que por ese
amor venía corriendo deslumbrante, encontrase la muerte en el sitio
de su ilusión, y muerto, en pleno pecado, rodase para la eterna
desesperación...!
Tendría unos veinticinco años si era aquel joven airoso y pálido, con
un jubón de terciopelo rojo y un ramo de claveles negros, que estaba a
la puerta de la iglesia, en Segovia...
Saltaron las lágrimas de los cansados ojos de doña Leonor. Y doblando
las rodillas, el alma puesta en los cielos, donde la luna se comenzaba
a levantar, murmuró con una infinita amargura:
--¡Oh, Virgen del Pilar, Señora mía; vela por los dos, por todos
nosotros!...