IV

A esa hora, en Cabril, don Alonso de Lara, con los ojos abiertos de

pasmo y de terror, escudriñaba todas las calles, cuarteles y sombras de

su jardín.

Cuando al amanecer, luego de abierta la puerta de la cámara en que

había encerrado a doña Leonor, descendió sutilmente al jardín y no

encontró debajo del balcón, pegando a la escalera, como deliciosamente

se prometía, el cuerpo de don Ruy de Cárdenas, tuvo por cierto que el

odiado hombre, al caer, aún con un hilo débil de vida, se arrastraría

sangrando, con el intento de alcanzar el caballo y escapar de Cabril...

Mas con aquella recia daga que por tres veces enterrara en su pecho,

y que en el pecho había dejado, no se arrastraría el villano muchos

metros, y en algún sitio de aquellos debía de yacer estirado y frío.

Rebuscó entonces cada calle, cada sombra, cada macizo de arbustos. Y

--¡caso maravilloso!--, ¡no descubría el cuerpo, ni pisadas, ni tierra

que hubiese sido removida, ni siquiera rastro de sangre sobre la

tierra! Y, sin embargo, ¡mano certera y hambrienta de venganza, tres

veces le clavara la daga en el pecho y en el pecho se la dejara!

¡Y era Ruy de Cárdenas el muerto, que bien lo había conocido desde

el fondo del cuarto donde espiaba, cuando a la claridad de la luna

atravesó la terraza, confiado, ligero, con la mano en la cintura, la

faz risueñamente erguida y la pluma del sombrero balanceándose en

triunfo! ¿Cómo podría suceder una cosa tan rara, un cuerpo mortal

sobreviviendo a un hierro que tres veces le atraviesa el corazón y

en el corazón le queda clavado? ¡Y la mayor rareza era que ni en el

suelo, debajo de la ventana, señalábase el vestigio de aquel cuerpo

fuerte, caído pesadamente como un fardo! ¡Ni una flor machucada;

todas derechas, erguidas, frescas, con leves gotas de rocío sobre

las corolas! Inmóvil de espanto, casi de terror, don Alonso de Lara

detúvose allí, considerando el balcón, midiendo la altura de la

escalera, contemplando con ojos espantados los alhelíes derechos,

frescos, sin un tallo u hoja doblada. Después comenzó a correr

locamente por la terraza, por la avenida, por la calle de los bojes,

todavía con la esperanza de hallar una pisada, un tallo roto, alguna

gota de sangre sobre la finísima arena.

¡Nada! Todo el jardín ofrecía un desusado arreglo y limpieza, como

si sobre él nunca hubiese pasado el viento que deshoja ni el sol que

mustia.

Entonces, al atardecer, devorado por la incertidumbre y el misterio,

tomó un caballo y, sin escudero ni caballerizo, partió para Segovia.

Curvado y escondidamente, como un forajido, penetró en su palacio

por la puerta del pomar, y su primer cuidado fue correr la galería

abovedada, desatrancar las maderas de las ventanas y espiar ávidamente

la casa de don Ruy de Cárdenas. Todos los miradores de la vieja morada

del arcediano estaban abiertos, respirando la frescura de la noche;

y a la puerta, sentado en un banco de piedra, un mozo de caballeriza

afinaba perezosamente la bandurria.

Don Alonso de Lara descendió a su cámara, lívido, pensando que no

acontecía de seguro desgracia en casa donde todas las ventanas se abren

para recibir el fresco, y en la puerta de la calle tocan y se divierten

los mozos. Batió las palmas, pidiendo furiosamente la cena. Y apenas

sentado al extremo de la mesa, en su alta silla de cuero labrado,

mandó llamar al intendente, a quien en seguida ofreció, con extraña

familiaridad, una copa de vino añejo. En tanto el hombre, en pie, bebía

respetuosamente, don Alonso, metiendo los dedos por la maraña de las

barbas y forzando su sombría faz para sacarle una sonrisa, preguntaba

por las nuevas acontecidas en Segovia. Durante los días de su estancia

en Cabril ¿nada espantoso o digno de murmuración había ocurrido en

la ciudad?... El intendente limpió los labios para afirmar que nada

espantoso murmurábase en Segovia, a no ser que la hija del señor don

Gutierre, tan joven y rica heredera, tomaba el hábito de las Carmelitas

Descalzas. Don Alonso insistía mirando vorazmente al intendente. ¿Y no

se trabara una gran lucha, no se encontrara herido en la carretera de

Cabril un caballero joven, muy conocido?... El intendente encogía los

hombros: nada decían por la ciudad de luchas y caballeros heridos. Con

un acento desabrido, don Alonso lo despidió de su presencia.

Apenas terminada la parca cena, volvió a la galería para espiar de

nuevo las ventanas de don Ruy. Ahora estaban cerradas; en la última de

la esquina percibíase tenue claridad.

Pasó en vigilia la noche, removiendo incansablemente el mismo espanto.

¿Cómo pudo escapar aquel hombre con una daga atravesada en el corazón?

¿Cómo?... Al amanecer tomó una capa, un largo sombrero, y descendió

al atrio, todo embozado y cubierto, y quedó rondando por delante de

la casa de don Ruy. Las campanas tocaban a maitines. Los mercaderes,

con los jubones mal abotonados, salían a levantar las persianas de las

puertas, a colgar el muestrario. Ya los hortelanos, picando los burros

cargados de costales, lanzaban los pregones anunciando la hortaliza

fresca, y los frailes descalzos, con la alforja al hombro, pedían

limosna y bendecían a las mozas.

Beatas embozadas, con gruesos rosarios negros, enfilaban golosamente

para la iglesia. Después el pregonero de la ciudad, parado en un

extremo del atrio, tocó una bocina, y con una voz tremenda comenzó a

leer un edicto.

El señor de Lara parárase junto a la fuente, pasmado, como embebecido

en el canto de los chorros. De repente pensó que aquel edicto, leído

por el pregonero de la ciudad, debíase referir a don Ruy, acaso a su

desaparición... Corrió a la esquina del atrio; pero ya el hombre, con

el papel enrollado, abríase paso, batiendo en las losas con su vara

descomunal. Y cuando se volvió para espiar de nuevo la casa, he aquí

que sus ojos, atónitos, tropiezan a don Ruy, ¡a don Ruy, su víctima,

que venía caminando para la iglesia de Nuestra Señora, ligero, airoso,

la faz risueña y erguida en el fresco aire de la mañana, de jubón

claro, con plumas claras, con una de las manos posada en el cinto, la

otra meneando distraídamente un bastón con borlas de torzal de oro!

Don Alonso recogiose entonces a su casa con pasos arrastrados y

envejecidos. En lo alto de la escalera de piedra halló a su viejo

capellán, que venía a saludarle y que, penetrando con él en la

antecámara, después de pedir, con reverencia, nuevas de la señora doña

Leonor, le habló de un prodigioso caso que había llenado a la ciudad

de espanto y murmuración. ¡En la víspera, por la tarde, yendo el

corregidor a visitar el Cerro de las Horcas, pues se acercaba la fiesta

de los Santos Apóstoles, descubriera, con mucho pasmo y escándalo, que

uno de las ahorcados tenía una daga clavada en el pecho! ¿Era gracia

de algún pícaro siniestro? ¿Venganza que la muerte no saciara?... ¡Y

para mayor prodigio aún, el cuerpo había sido descolgado del madero,

arrastrado en huerta o jardín (pues que presas a los viejos harapos

se encontraron hojas tiernas) y después nuevamente ahorcado y con una

cuerda nueva!... ¡Así iba la turbulencia de los tiempos, que ni los

muertos se privaban de tamaños ultrajes!

Don Alonso escuchaba temblando, con el pelo horripilado.

Inmediatamente, con una ansiosa agitación, bramando, tropezando

contra las puertas, quiso partir y convencerse con sus propios ojos

de la fúnebre profanación. En dos mulas enjaezadas de prisa, ambos

salieron para el Cerro de los Ahorcados, él y el capellán, arrastrado y

aturdido. Un gran golpe de vecinos de Segovia, reuniérase en el Cerro,

poseídos todos de un horror maravilloso ante ¡el muerto que fuera

muerto!... Todos se arremolinaron en torno del noble señor de Lara,

que permanecía desmadejado y lívido, mirando al ahorcado y a la daga

que le atravesaba el pecho. Era su daga: ¡fuera él quien había matado

al muerto!

Galopó empavorecido para Cabril. Y allí se encerró con su secreto,

comenzando a palidecer, a adelgazar, siempre alejado de la señora

doña Leonor, escondido por las calles sombrías del jardín, murmurando

palabras al viento, hasta que en la madrugada de San Juan, una criada,

que volvía de la fuente con su cántaro, lo encontró muerto, bajo el

balcón de piedra, estirado en el suelo, con los dedos clavados en el

bancal de alhelíes, donde parecía haber excavado largamente la tierra,

buscando algo...

V

Para huir de tan lamentables memorias, la señora doña Leonor, heredera

de todos los bienes de la casa de Lara, recogiose a su palacio de

Segovia. Pero como ahora sabía que el señor don Ruy de Cárdenas había

escapado milagrosamente de la emboscada de Cabril, y, como día por

día, acechando por entre las rejas, lo seguía con ojos húmedos, jamás

satisfechos, cuando el caballero cruzaba el atrio para entrar en la

iglesia, no quiso ella, con recelo de las prisas e impaciencia de su

corazón, visitar a la Señora del Pilar mientras durase el luto. Más

tarde, una mañana de domingo, cuando, en vez de crespones negros,

se pudo cubrir de sedas rojas, descendió la escalera de su palacio,

pálida, por efecto de una emoción nueva y divina, pisó las losas del

atrio y traspuso las puertas de la iglesia. Don Ruy de Cárdenas estaba

arrodillado delante del altar, en donde había colocado su votivo ramo

de claveles blancos y amarillos. Al rumor de las finas sedas, irguió

los ojos con una esperanza purísima, hecha de gracia celeste, como si

un ángel le hubiese llamado. Doña Leonor arrodillose, arqueado el pecho

por la impresión, tan pálida y tan feliz, que la cera de las hachas

no era más pálida, ni más felices las golondrinas que batían sus alas

libres por las ojivas de la vieja iglesia.

Ante ese altar, y de rodillas en esas losas, ambos fueron casados por

el obispo de Segovia, don Martiño, en el otoño del año de gracia de

1475, siendo ya reyes de Castilla Isabel y Fernando, muy poderosos y

muy católicos, por quien Dios operó grandes hechos sobre la tierra y

sobre el mar.

[Ilustración]

Adán y Eva en el paraíso · 第 27 / 45 题