A esa hora, en Cabril, don Alonso de Lara, con los ojos abiertos de
pasmo y de terror, escudriñaba todas las calles, cuarteles y sombras de
su jardín.
Cuando al amanecer, luego de abierta la puerta de la cámara en que
había encerrado a doña Leonor, descendió sutilmente al jardín y no
encontró debajo del balcón, pegando a la escalera, como deliciosamente
se prometía, el cuerpo de don Ruy de Cárdenas, tuvo por cierto que el
odiado hombre, al caer, aún con un hilo débil de vida, se arrastraría
sangrando, con el intento de alcanzar el caballo y escapar de Cabril...
Mas con aquella recia daga que por tres veces enterrara en su pecho,
y que en el pecho había dejado, no se arrastraría el villano muchos
metros, y en algún sitio de aquellos debía de yacer estirado y frío.
Rebuscó entonces cada calle, cada sombra, cada macizo de arbustos. Y
--¡caso maravilloso!--, ¡no descubría el cuerpo, ni pisadas, ni tierra
que hubiese sido removida, ni siquiera rastro de sangre sobre la
tierra! Y, sin embargo, ¡mano certera y hambrienta de venganza, tres
veces le clavara la daga en el pecho y en el pecho se la dejara!
¡Y era Ruy de Cárdenas el muerto, que bien lo había conocido desde
el fondo del cuarto donde espiaba, cuando a la claridad de la luna
atravesó la terraza, confiado, ligero, con la mano en la cintura, la
faz risueñamente erguida y la pluma del sombrero balanceándose en
triunfo! ¿Cómo podría suceder una cosa tan rara, un cuerpo mortal
sobreviviendo a un hierro que tres veces le atraviesa el corazón y
en el corazón le queda clavado? ¡Y la mayor rareza era que ni en el
suelo, debajo de la ventana, señalábase el vestigio de aquel cuerpo
fuerte, caído pesadamente como un fardo! ¡Ni una flor machucada;
todas derechas, erguidas, frescas, con leves gotas de rocío sobre
las corolas! Inmóvil de espanto, casi de terror, don Alonso de Lara
detúvose allí, considerando el balcón, midiendo la altura de la
escalera, contemplando con ojos espantados los alhelíes derechos,
frescos, sin un tallo u hoja doblada. Después comenzó a correr
locamente por la terraza, por la avenida, por la calle de los bojes,
todavía con la esperanza de hallar una pisada, un tallo roto, alguna
gota de sangre sobre la finísima arena.
¡Nada! Todo el jardín ofrecía un desusado arreglo y limpieza, como
si sobre él nunca hubiese pasado el viento que deshoja ni el sol que
mustia.
Entonces, al atardecer, devorado por la incertidumbre y el misterio,
tomó un caballo y, sin escudero ni caballerizo, partió para Segovia.
Curvado y escondidamente, como un forajido, penetró en su palacio
por la puerta del pomar, y su primer cuidado fue correr la galería
abovedada, desatrancar las maderas de las ventanas y espiar ávidamente
la casa de don Ruy de Cárdenas. Todos los miradores de la vieja morada
del arcediano estaban abiertos, respirando la frescura de la noche;
y a la puerta, sentado en un banco de piedra, un mozo de caballeriza
afinaba perezosamente la bandurria.
Don Alonso de Lara descendió a su cámara, lívido, pensando que no
acontecía de seguro desgracia en casa donde todas las ventanas se abren
para recibir el fresco, y en la puerta de la calle tocan y se divierten
los mozos. Batió las palmas, pidiendo furiosamente la cena. Y apenas
sentado al extremo de la mesa, en su alta silla de cuero labrado,
mandó llamar al intendente, a quien en seguida ofreció, con extraña
familiaridad, una copa de vino añejo. En tanto el hombre, en pie, bebía
respetuosamente, don Alonso, metiendo los dedos por la maraña de las
barbas y forzando su sombría faz para sacarle una sonrisa, preguntaba
por las nuevas acontecidas en Segovia. Durante los días de su estancia
en Cabril ¿nada espantoso o digno de murmuración había ocurrido en
la ciudad?... El intendente limpió los labios para afirmar que nada
espantoso murmurábase en Segovia, a no ser que la hija del señor don
Gutierre, tan joven y rica heredera, tomaba el hábito de las Carmelitas
Descalzas. Don Alonso insistía mirando vorazmente al intendente. ¿Y no
se trabara una gran lucha, no se encontrara herido en la carretera de
Cabril un caballero joven, muy conocido?... El intendente encogía los
hombros: nada decían por la ciudad de luchas y caballeros heridos. Con
un acento desabrido, don Alonso lo despidió de su presencia.
Apenas terminada la parca cena, volvió a la galería para espiar de
nuevo las ventanas de don Ruy. Ahora estaban cerradas; en la última de
la esquina percibíase tenue claridad.
Pasó en vigilia la noche, removiendo incansablemente el mismo espanto.
¿Cómo pudo escapar aquel hombre con una daga atravesada en el corazón?
¿Cómo?... Al amanecer tomó una capa, un largo sombrero, y descendió
al atrio, todo embozado y cubierto, y quedó rondando por delante de
la casa de don Ruy. Las campanas tocaban a maitines. Los mercaderes,
con los jubones mal abotonados, salían a levantar las persianas de las
puertas, a colgar el muestrario. Ya los hortelanos, picando los burros
cargados de costales, lanzaban los pregones anunciando la hortaliza
fresca, y los frailes descalzos, con la alforja al hombro, pedían
limosna y bendecían a las mozas.
Beatas embozadas, con gruesos rosarios negros, enfilaban golosamente
para la iglesia. Después el pregonero de la ciudad, parado en un
extremo del atrio, tocó una bocina, y con una voz tremenda comenzó a
leer un edicto.
El señor de Lara parárase junto a la fuente, pasmado, como embebecido
en el canto de los chorros. De repente pensó que aquel edicto, leído
por el pregonero de la ciudad, debíase referir a don Ruy, acaso a su
desaparición... Corrió a la esquina del atrio; pero ya el hombre, con
el papel enrollado, abríase paso, batiendo en las losas con su vara
descomunal. Y cuando se volvió para espiar de nuevo la casa, he aquí
que sus ojos, atónitos, tropiezan a don Ruy, ¡a don Ruy, su víctima,
que venía caminando para la iglesia de Nuestra Señora, ligero, airoso,
la faz risueña y erguida en el fresco aire de la mañana, de jubón
claro, con plumas claras, con una de las manos posada en el cinto, la
otra meneando distraídamente un bastón con borlas de torzal de oro!
Don Alonso recogiose entonces a su casa con pasos arrastrados y
envejecidos. En lo alto de la escalera de piedra halló a su viejo
capellán, que venía a saludarle y que, penetrando con él en la
antecámara, después de pedir, con reverencia, nuevas de la señora doña
Leonor, le habló de un prodigioso caso que había llenado a la ciudad
de espanto y murmuración. ¡En la víspera, por la tarde, yendo el
corregidor a visitar el Cerro de las Horcas, pues se acercaba la fiesta
de los Santos Apóstoles, descubriera, con mucho pasmo y escándalo, que
uno de las ahorcados tenía una daga clavada en el pecho! ¿Era gracia
de algún pícaro siniestro? ¿Venganza que la muerte no saciara?... ¡Y
para mayor prodigio aún, el cuerpo había sido descolgado del madero,
arrastrado en huerta o jardín (pues que presas a los viejos harapos
se encontraron hojas tiernas) y después nuevamente ahorcado y con una
cuerda nueva!... ¡Así iba la turbulencia de los tiempos, que ni los
muertos se privaban de tamaños ultrajes!
Don Alonso escuchaba temblando, con el pelo horripilado.
Inmediatamente, con una ansiosa agitación, bramando, tropezando
contra las puertas, quiso partir y convencerse con sus propios ojos
de la fúnebre profanación. En dos mulas enjaezadas de prisa, ambos
salieron para el Cerro de los Ahorcados, él y el capellán, arrastrado y
aturdido. Un gran golpe de vecinos de Segovia, reuniérase en el Cerro,
poseídos todos de un horror maravilloso ante ¡el muerto que fuera
muerto!... Todos se arremolinaron en torno del noble señor de Lara,
que permanecía desmadejado y lívido, mirando al ahorcado y a la daga
que le atravesaba el pecho. Era su daga: ¡fuera él quien había matado
al muerto!
Galopó empavorecido para Cabril. Y allí se encerró con su secreto,
comenzando a palidecer, a adelgazar, siempre alejado de la señora
doña Leonor, escondido por las calles sombrías del jardín, murmurando
palabras al viento, hasta que en la madrugada de San Juan, una criada,
que volvía de la fuente con su cántaro, lo encontró muerto, bajo el
balcón de piedra, estirado en el suelo, con los dedos clavados en el
bancal de alhelíes, donde parecía haber excavado largamente la tierra,
buscando algo...
V
Para huir de tan lamentables memorias, la señora doña Leonor, heredera
de todos los bienes de la casa de Lara, recogiose a su palacio de
Segovia. Pero como ahora sabía que el señor don Ruy de Cárdenas había
escapado milagrosamente de la emboscada de Cabril, y, como día por
día, acechando por entre las rejas, lo seguía con ojos húmedos, jamás
satisfechos, cuando el caballero cruzaba el atrio para entrar en la
iglesia, no quiso ella, con recelo de las prisas e impaciencia de su
corazón, visitar a la Señora del Pilar mientras durase el luto. Más
tarde, una mañana de domingo, cuando, en vez de crespones negros,
se pudo cubrir de sedas rojas, descendió la escalera de su palacio,
pálida, por efecto de una emoción nueva y divina, pisó las losas del
atrio y traspuso las puertas de la iglesia. Don Ruy de Cárdenas estaba
arrodillado delante del altar, en donde había colocado su votivo ramo
de claveles blancos y amarillos. Al rumor de las finas sedas, irguió
los ojos con una esperanza purísima, hecha de gracia celeste, como si
un ángel le hubiese llamado. Doña Leonor arrodillose, arqueado el pecho
por la impresión, tan pálida y tan feliz, que la cera de las hachas
no era más pálida, ni más felices las golondrinas que batían sus alas
libres por las ojivas de la vieja iglesia.
Ante ese altar, y de rodillas en esas losas, ambos fueron casados por
el obispo de Segovia, don Martiño, en el otoño del año de gracia de
1475, siendo ya reyes de Castilla Isabel y Fernando, muy poderosos y
muy católicos, por quien Dios operó grandes hechos sobre la tierra y
sobre el mar.
[Ilustración]