I
Comenzó por decirme que su caso era natural, y que se llamaba Macario.
Debo contar que conocí a este hombre en un hospedaje del Miño. Era
alto y grueso; tenía una calva larga, lúcida y lisa, con pelos raros y
finos que se le erizaban en derredor; y sus ojos negros, con la piel
en torno arrugada y amarillenta, y ojeras papudas, tenían una singular
claridad y rectitud, por detrás de sus anteojos redondos con aros de
concha. Tenía la barba rapada, el mentón saliente y resuelto. Traía una
corbata de raso negro, apretada por detrás con una hebilla; una levita
larga color de piñón, con las mangas estrechas y justas y bocamangas
de veludillo. Por la larga abertura de su chaleco de seda, en donde
relucía una cadena antigua, asomaban los blandos pliegues de una camisa
bordada.
Era esto en septiembre; ya anochecía más pronto, con una frialdad fina
y seca y una oscuridad espantosa. Yo me había apeado de la diligencia,
fatigado, hambriento, arrebozado en un cobertor de listas escarlata.
Venía de atravesar la sierra y sus perspectivas pardas y desiertas.
Eran las ocho de la noche. El cielo estaba pesado y sucio. Y, o fuese
un cierto adormecimiento cerebral producido por el rodar monótono de
la diligencia, o la influencia del paisaje escarpado y árido, bajo
el cóncavo silencio nocturno, o la opresión de la electricidad, que
henchía las alturas, el hecho es que yo --que soy naturalmente positivo
y realista-- había venido tiranizado por la imaginación y por las
quimeras. Existe, en el fondo de cada uno de nosotros, por fríamente
educados que seamos, un resto de misticismo; y basta, a las veces, un
paisaje lúgubre, el viejo muro de un cementerio, un yermo ascético,
las emolientes blancuras de un lunar, para que ese fondo místico,
suba, se alargue como una neblina, llene el alma, la sensación y la
idea, y quede así el más matemático o el más crítico, tan triste, tan
visionario, tan idealista, como un viejo monje poeta.
A mí, lo que me lanzó en la quimera y en el sueño, fue el aspecto
del monasterio de Rastello, que yo había visto, a la claridad suave
y otoñal de la tarde, en su dulce colina. Mientras iba anocheciendo,
y la diligencia rodaba continuamente al trote flaco de sus magros
caballos blancos, y el cochero, con el capuchón del gabán enterrado en
la cabeza, rumiaba su pipa, yo me puse, elegíacamente, ridículamente, a
considerar la esterilidad de la vida; y deseaba ser un monje, estar en
un tranquilo convento, entre arbolados, o en la murmuradora concavidad
de un valle, y en tanto el agua canta sonoramente en las tazas de
piedra, leer la _Imitación_, y oyendo a los ruiseñores en los laureles,
tener saudades del cielo. No se puede ser más estúpido.
Pero yo sentía así, y atribuyo a esta disposición visionaria la falta
de espíritu --la sensación-- que me hizo la historia de aquel hombre de
las bocamangas de veludillo.
Mi curiosidad comenzó durante la cena, cuando yo deshacía el pecho
de una gallina ahogada en arroz blanco, con rebanadas escarlata de
salchichón, y la criada, gorda y llena de pecas, hacía espumar el vino
verde en la copa, dejándolo caer de alto de una colodra vidriada. El
hombre estaba enfrente de mí, comiendo tranquilamente su jalea: le
pregunté, con la boca llena, y mi servilleta de lino de Guimarães
suspendida en los dedos, si él era de Villa Real.
--Vivo allí hace muchos años --respondió.
--Tierra de mujeres bonitas, según me consta --dije.
El hombre se calló.
--¿Eh? --torné.
El hombre arrebujose en un silencio completo. Hasta entonces estuviera
alegre, riendo dilatadamente, locuaz y lleno de simplicidad; y de
pronto inmovilizó su fina sonrisa.
Comprendí que había tocado la carne viva de un recuerdo. De seguro
había un _mujer_ en el destino de aquel viejo. Ahí estaba su melodrama
o su farsa, porque inconscientemente me determiné en la idea de que el
_hecho_, el _caso_ de aquel hombre, tendría que ser grotesco y exhalar
escarnio.
Así que le dije:
--A mí me han asegurado que las mujeres de Villa Real son las más
bonitas del Norte. Para ojos negros, Guimarães; para cuerpos, San
Alejo; para cabellos, los Arcos; allí es en donde se ven los cabellos
claros color de trigo.
El hombre seguía callado, comiendo, con los ojos bajos.
--Para cinturas finas, Viana; para buenos cutis, Amarante; y para todo
esto, Villa Real. Yo tengo un amigo que se vino a casar a Villa Real.
Tal vez le conozca. Peixoto, uno alto, de barba rubia, bachiller.
--Peixoto, sí --murmuró, mirándome gravemente.
--Vino a casarse a Villa Real, como antiguamente se iban a casar a
Andalucía --cuestión de arreglar la fina flor de la perfección--. A su
salud.
Evidentemente le molestaba, porque se levantó, fue a la ventana con un
paso pesado, y entonces reparé en sus gruesos zapatos de cachemir con
suela fuerte y cordones de cuero. Y salió.
Cuando pedí mi candelero, la criada trájome un velón de latón lustroso
y antiguo, y dijo:
--El señor está con otro. El número 3. En los hospedajes del Miño, a
las veces, cada cuarto es un dormitorio independiente.
--Bien --dije yo.
--El número 3 era en el fondo del corredor. A las puertas de los
lados, los huéspedes habían puesto su calzado para limpiar: veíanse
unas gruesas botas de montar, enfangadas, con espuelas de correa;
los zapatos blancos de un cazador; botas de propietario, de altas
cañas bermejas; las botas de un cura, altas, con su borla de seda;
los botines de becerro de un estudiante; y en una de las puertas, el
número 15, había unas botinas de mujer, de raso, pequeñitas y finas, y
al lado, las botinitas de un niño, todas rotas y gastadas, y sus cañas
de paño forradas de pieles caíanle para los lados, con los cordones
desatados. Todos dormían. Frente al número 3, estaban los zapatos de
cachemir con correas; y cuando abrí la puerta vi al hombre de las
bocamangas de veludillo que amarraba en la cabeza un pañuelo de seda;
tenía una chaqueta corta de ramajes, unas medias de lana, gruesas y
altas, y los pies metidos en unas chinelas de orillo.
--No repare usted --me dijo.
--Libertad completa --y para establecer la intimidad, me saqué la
chaqueta.
No diré los motivos, por los cuales de allí a poco, ya acostado, me
relató su historia. Hay un proverbio eslavo de Galicia, que dice: «lo
que no cuentas a tu mujer, lo que no cuentas a tu amigo, cuéntaselo
a un extraño en el hospedaje». Mas él tuvo rabias inesperadas y
dominantes en el ínterin de su larga y sentida confidencia. Fue a
propósito de mi amigo Peixoto, que se había ido a casar a Villa Real.
¡Le vi llorar, a aquel viejo de casi sesenta años! Tal vez la historia
se juzgue trivial; a mí, que en esa noche estaba nervioso y sensible,
me pareció terrorífica; mas cuéntola apenas como un accidente singular
de la vida amorosa...
Comenzó, pues, por decirme, que su caso era natural, y que se llamaba
Macario.
Le pregunté yo entonces si era de una familia que yo conociera, que
tenía el apellido de _Macario_; y como él me respondiese que era
primo de esos tales, aventuré a seguida una idea muy simpática de
su carácter, porque los Macarios eran una antigua familia, casi una
dinastía de comerciantes, que mantenían con una severidad religiosa
su vieja tradición de honra y de escrúpulo. Díjome Macario que en ese
tiempo, en 1823 o 33, en su mocedad, su tío Francisco tenía en Lisboa,
un almacén de paños, y que él era uno de los dependientes. Al cabo de
un tiempo, el tío compenetrábase de ciertos instintos inteligentes y
del talento práctico y aritmético de Macario, y le dio el escritorio.
Macario tornose su tenedor de libros.
Díjome que siendo naturalmente linfático, y tímido, su vida tenía en
ese tiempo una gran concentración. Un trabajo escrupuloso y fiel,
algunas raras meriendas en el campo, un esmero distinto en el traje
y en la ropa blanca, era todo el interés de su vida. La existencia
en aquel entonces era casera y estrecha. Una gran simplicidad social
aclaraba las costumbres; los espíritus eran más ingenuos, los
sentimientos menos complicados.
Comer alegremente en una huerta, bajo los parrales, viendo correr el
agua de las riegas, llorar con los melodramas que rugían entre los
bastidores del Salitre, alumbrados con cera, eran contentamientos que
bastaban a la burguesía cautelosa. Demás de eso, los tiempos eran
confusos y revolucionarios; y nada torna al hombre recogido, amigo del
hogar, simple y fácilmente feliz, como la guerra. La paz, dando vagar a
la imaginación, causa las impaciencias del deseo.
A los veintidós años, Macario, como le decía una vieja tía que fuera
querida del magistrado Curvo Semedo, aún no había _sentido a Venus_.
Mas por ese tiempo vino a morar enfrente del almacén de los Macarios,
en un tercer piso, una mujer de cuarenta años, vestida de luto, con una
piel blanca y descolorida, el busto bien hecho y un aspecto deseable.
Macario tenía su pupitre en el primer piso, encima del almacén, al
borde de un balcón, y desde allí vio una mañana a aquella mujer
con el cabello negro suelto y ensortijado, una blusa blanca y los
brazos desnudos, llegarse al antepecho de una ventana para sacudir un
vestido. Macario fijó en ella su mirada, y sin más intención, díjose
mentalmente que aquella mujer, a los veinte años debía haber sido una
persona cautivante y llena de dominio; porque sus cabellos, violentos
y ásperos, las cejas espesas, el labio fuerte, el perfil aquilino y
firme, revelaban un temperamento activo e imaginaciones apasionadas.
En tanto, continuó serenamente alineando sus cifras. Mas por la noche,
estaba fumando, sentado a la vera de la ventana de su cuarto, que
abría sobre el patio; era una noche de julio y la atmósfera, eléctrica
y amorosa; el violín de un vecino gemía una _jácara_ morisca de un
melodrama que entonces sensibilizaba; el cuarto hallábase sumido en
una penumbra dulce y llena de misterio, y Macario, que calzaba unas
chinelas, de improviso se acordó de aquellos cabellos negros y fuertes
y de aquellos brazos que tenían el color de los mármoles pálidos;
desperezose, bamboleó mórbidamente la cabeza por el respaldo del sillón
de mimbre, como los gatos sensibles, que se estregan, y decidió,
bostezando, que su vida era monótona. Y al otro día, aún impresionado,
sentose ante su pupitre con la ventana abierta y mirando a la casa
frontera en donde vivían aquellos largos cabellos, comenzó a recortar
lentamente su pluma de madera. No se asomó nadie al balcón de antepecho
con persianas verdes. Macario estaba hastiado, pesado, y el trabajo
fue lento. ¡Pareciole que había en la calle un sol alegre y que en los
campos las sombras debían ser mimosas y que se hallaría bien viendo
el palpitar de las mariposas blancas en las madreselvas! Cuando cerró
el pupitre, sintió que se abrían las maderas de los ventanales de
enfrente: eran de seguro los cabellos negros. Aparecieron unos cabellos
rubios. ¡Oh! Macario salió a seguida, descaradamente al balcón,
afilando un lápiz. Era una señorita de unos veinte años, fina, fresca,
rubia como una viñeta inglesa; la blancura de la piel tenía algo de
la transparencia de las viejas porcelanas, y había en su perfil una
línea pura como de una medalla antigua. Los viejos poetas pintorescos
habríanla llamado paloma, armiño, nieve y oro.
Macario se dijo:
--Es hija.
La otra vestía de luto, y esta, la rubia, traía un vestido de muselina
con lunares azules, una pañoleta de Cambray cruzada sobre el pecho, las
mangas con encajes, y todo era aseado, mozo, fresco, flexible y tierno.
Por entonces Macario era rubio, con la barba corta, el pelo rizado, y
su figura debía tener aquel aire seco y nervioso que después del siglo
XVIII y de la revolución, fue tan vulgar en las razas plebeyas.
La señorita rubia reparó naturalmente en Macario y naturalmente cerró
las maderas, corriendo por detrás una cortina de muselina bordada.
Estas pequeñas cortinas datan de Goethe y tienen en la vida amorosa un
interesante destino: revelan. Levantarles una punta y espiar, fruncirla
suavemente, revela un fin; correrla, sujetar en ella una flor,
agitarla, haciendo sentir que por dentro un rostro atento se mueve y
espera, son viejas maneras con que en la realidad y en el arte comienza
la novela. La cortina irguiose despacito y el rostro rubio avizoró.
Macario no me contó por palpitaciones la historia minuciosa de su
corazón. Dijo sencillamente que de allí a cinco días _estaba loco por
ella_. Su trabajo tornose luego perezoso e infiel, y su bella letra
cursiva inglesa, firme y larga, adquirió curvas, ganchos, rabos, en
donde estaba toda la novela impaciente de sus nervios. No la podía ver
por la mañana; el sol mordiente de julio batía y abrasaba la ventana.
Solo por la tarde se fruncía la cortina, se abrían las maderas, y
ella, extendiendo una almohadilla en el borde del antepecho, venía
a acodarse, mimosa y fresca, con un abanico en la mano. Abanico que
preocupó a Macario: era chinés, redondo, de seda blanca, con dragones
escarlata bordados a pluma, una armazón de pluma azul, fina y trémula
como un plumón, y su cabo de marfil, del cual pendían dos borlas de
hilo de oro, tenía incrustaciones de nácar a la manera persa.
Un abanico magnífico y, en aquel tiempo, inesperado, en las manos
plebeyas de una señorita vestida de muselina. Mas como ella era rubia y
la madre tan meridional, Macario, con esa intuición interpretativa de
los enamorados, respondió a su curiosidad: _será hija de un inglés_.
El inglés va a la China, a Persia, a Ormuz, a Australia y viene lleno
de aquellas joyas de los lujos exóticos, y ni Macario sabía por qué
le preocupaba así aquel abanico de mandarina: mas según él me dijo,
_aquello le agradó_.
Transcurriera una semana, cuando un día Macario vio, desde su mesa, que
la rubia salía con la madre, porque se acostumbrara a considerar madre
a aquella magnífica señora magníficamente pálida y vestida de luto.
Macario fue a la ventana y las vio atravesar la calle y entrar en el
almacén. ¡En su almacén! Descendió corriendo, trémulo, impaciente,
apasionado y con palpitaciones. Ya estaban apoyadas en el mostrador,
y un dependiente desdoblábales cachemires negros. Esto conmovió a
Macario; él mismo me lo dijo:
--Porque, en fin, querido, no era natural que ellas fuesen a comprar
cachemires negros.
No; ellas no usaban _amazonas_; no querrían ciertamente tapizar
sillas con cachemir negro: no había hombres en su casa; de suerte,
que aquella venida al almacén era un medio delicado para verle de
cerca y hablarle, y tenía todo el encanto penetrante de una mentira
sentimental. Yo advertí a Macario que, siendo así, él debía extrañar
aquel movimiento amoroso, porque denotaba una complicidad equívoca
en la madre. Él me confesó que _ni pensaba en tal_. Lo que hizo fue
acercarse al mostrador y decir estúpidamente:
--Sí, señor; van bien servidas: este cachemir no encoge.
La rubia irguió hacia él su mirar azul, y Macario quedó como si se
sintiese envuelto en la dulzura de un cielo.
Y cuando iba a decirle una palabra reveladora y vehemente, apareció en
el fondo del almacén el tío Francisco, con su larga levita color de
piñón y botones amarillos. Como era singular y desusado hallarse al
señor tenedor de libros vendiendo en el mostrador, y el tío Francisco,
con su crítica estrecha y célibe, podía escandalizarse, Macario comenzó
a subir lentamente la escalera en caracol que llevaba al escritorio, y
aún oyó la voz delicada de la rubia decir blandamente:
--Ahora querría ver telas de la India.
El dependiente fue a buscar un pequeño paquete de aquellas telas,
apiladas y apretadas con una tira de papel dorado.
Macario, que había adivinado en aquella visita una revelación de amor,
casi una _declaración_, estuvo todo el día entregado a las amargas
impaciencias de la pasión.
Anduvo distraído, absorto, pueril; no dio la menor atención al
escritorio; comió callado, sin escuchar al tío Francisco, que exaltaba
las albóndigas; apenas reparó en su sueldo, que le fue satisfecho en
plata, a las tres, y no entendió bien las recomendaciones del tío y la
preocupación de los dependientes sobre la desaparición de un paquete de
pañuelos de la India.
--Es la costumbre de dejar entrar pobres en el almacén --había dicho
el tío Francisco, en su laconismo majestuoso--. Son doce duros de
pañuelos. Lance a mi cuenta.
En tanto, Macario rumiaba secretamente una carta; mas sucedió que al
otro día, estando él en el balcón, la madre, la de los cabellos negros,
vino a apoyarse en el antepecho, y en ese momento pasaba por la calle
un muchacho amigo de Macario, que al ver a aquella señora se paró y
le sacó, con una cortesía risueña, su sombrero de paja. Macario quedó
radiante. Aquella noche buscó a su amigo, y, brutalmente, sin medias
tintas:
--¿Quién es aquella mujer que saludaste hoy frente al almacén?
--Es la Villaça. Bella mujer.
--¿Y la hija?
--¡La hija!
--Sí; una rubia clara, con un abanico chinés.
--¡Ah! sí. Es hija.
--Es lo que yo decía.
--¿Sí? ¿Y qué?
--Es bonita.
--¡Es bonita!
--Es gente de bien, ¿eh?
--Sí; gente de bien.
--Está bien. ¿Tú las conoces mucho?
--Las conozco. Mucho, no. Las encontraba antes en casa de doña Claudia.
--Bien; oye.
Y Macario, contando la historia de su corazón despertado y exigente, y
hablando del amor con las exaltaciones de entonces, pidiole, como la
gloria de su vida, que _hallase un medio de encajarlo allí_. No era
difícil. Las Villaças acostumbraban ir los sábados a casa de un notario
muy rico, en la calle de los Calafates; eran reuniones sencillas y
pacatas, en donde se cantaban motetes con música de clavicordio, se
glosaban motes y había juegos de prendas del tiempo de la señora doña
María I, y a las nueve, la criada servía horchata. Bien. El primer
sábado, Macario, de casaca azul, calzas de Nankin con presillas de
metal, corbata de raso rojo, curvábase delante de la esposa del
notario, la señora doña María de la Gracia, persona seca y ahilada,
con un vestido bordado a matiz, una nariz corva, un enorme anteojo de
concha y una pluma de _marabout_ en sus cabellos grises. En un rincón
de la sala, entre un _frou-frou_ de vestidos enormes, estaba la pequeña
Villaça, la rubia, vestida de blanco, sencilla, fresca, con su aire
de grabado en color. La madre, la soberbia mujer pálida, cuchicheaba
con un magistrado de figura apoplética. El notario era hombre letrado,
latinista y amigo de las musas; escribía en un periódico de entonces,
_La alcoba de las damas_, porque era, sobre todo, galante, y él mismo
se intitulaba, en una oda pintoresca, _mozo escudero de Venus_. Así,
sus reuniones eran ocupadas por las bellas artes, y en esa noche,
un poeta del tiempo debía leer un poemita intitulado _¡Elmira, o la
venganza del veneciano!_...
Comenzaban entonces a aparecer las primeras audacias románticas.
Las revoluciones de Grecia principiaban a atraer a los espíritus
románticos y salidos de la mitología hacia los países maravillosos de
Oriente. Por dondequiera se hablaba del pachá de Janina. La poesía
apoderábase vorazmente de este mundo nuevo y virginal de minaretes,
serrallos, sultanas color de ámbar, piratas del Archipiélago y salas
tapizadas, llenas de perfume del áloe, en donde pachás decrépitos
acarician leones. De suerte que la curiosidad era grande; y cuando el
poeta apareció con los cabellos largos, la nariz aquilina y fatal, el
pescuezo embarazado en la alta gola de su frac a la Restauración y un
canuto de lata en la mano, Macario fue el único que no experimentó
sensación alguna, porque estaba todo embebecido hablando con la niña de
Villaça. Decíale afablemente:
--¿Y entonces, el otro día, le gustó el cachemir?
--Mucho --dijo ella en voz baja.
Desde ese momento, envolvioles un destino nupcial.
Entretanto, en el amplio salón, pasábase la noche espiritualmente.
Macario no me pudo dar todos los pormenores históricos y
característicos de aquella asamblea. Recordaba apenas que un corregidor
de Leiria recitaba el _Madrigal a Lidia_; leíalo de pie, con una lupa
redonda aplicada sobre el papel, la pierna derecha adelantada, la
mano en la abertura del chaleco blanco de gola alta. Y a la redonda,
formando círculo, las damas, con vestidos de ramazón, cubiertas de
plumas, las mangas estrechas terminadas en vuelos fofos de encaje,
mitones de seda negra llenos del centelleo de los anillos, tenían
sonrisas tiernas, cuchicheos, dulces murmuraciones, risitas y un blando
palpitar de abanicos recamados de lentejuelas.
--¡Muy bonito --decían--, muy bonito!
--Y el corregidor, desviando el lente, cumplimentaba sonriendo y
veíasele un diente podrido.
Luego, la preciosa doña Jerónima de la Piedad y Sande, sentándose con
maneras conmovidas ante el clavicordio, cantó con su voz gangosa la
antigua aria de Lully:
¡Oh, Ricardo!; ¡oh, mi rey!
El mundo te abandona,
lo que obligó al terrible Gaudencio, demócrata del 20 y admirador de
Robespierre, a murmurar rencorosamente junto a Macario:
--¡Reyes!... ¡Víboras!
Después, el canónigo Saavedra cantó una romanza de Pernambuco, muy
usada en el tiempo del señor Don Juan VI: _lindas mozas, lindas mozas_.
Así fue corriendo la noche, literaria, pachorrienta, erudita,
requintada y toda llena de musas.
Ocho días después, Macario era recibido en casa de la Villaça, en un
domingo. Convidáralo la madre, diciéndole:
--Espero que el vecino honre aquella choza.
El magistrado apoplético, que estaba al lado, exclamó:
--¿Choza? Diga alcázar, hermosa dama.
En esta noche hallábanse allí el amigo del sombrero de paja, un viejo
caballero de Malta, renco, estúpido y sordo, un beneficiado de la
catedral, ilustre por su voz de tiple, y las hermanas Hilarias, de
las cuales, la más vieja, habiendo asistido, como aya de una señora
de la casa de la Mina, a la torada de Salvatierra, en que murió el
conde de los Arcos, nunca dejaba de narrar los pintorescos episodios
de aquella tarde; la figura del conde de los Arcos, de cara rapada y
una cinta de raso escarlata en la coleta; el soneto que un magro poeta,
parásito de la casa de Vimioso, recitó cuando el conde entró, haciendo
ladear su caballo negro, enjaezado a la española, con una gualdrapa
en donde figuraban sus armas labradas en plata; el tumbo que en ese
momento dio un fraile de San Francisco desde las gradas más altas, y
la hilaridad de la corte, que hasta la condesa de Pavolide se llevaba
las manos a los costados; después, el rey, el señor Don José I, vestido
de terciopelo escarlata, recamado de oro, acodado en el borde de su
palco y haciendo girar entre dos dedos su caja de rapé guarnecida, y
por detrás, inmóviles, el médico Lourenço y el fraile, su confesor;
después, el rico aspecto de la plaza llena de gente de Salvatierra,
mayorales, frailes, lacayos y el grito que hubo, cuando Don José I
entró: ¡Viva el rey, nuestro señor! Y el pueblo se arrodilló y el rey
habíase sentado, y comía dulces que le ofreció un criado, en una bolsa
de terciopelo.
Luego, la muerte del conde de los Arcos, los desmayos, y hasta el rey,
todo inclinado, batiendo con la mano en el antepecho, gritando en la
confusión; y el capellán de la casa de los Arcos, que había salido
corriendo desaladamente a buscar la extremaunción. Ella, Hilaria,
quedara aterrada de pavor; sentía los mugidos de los bueyes, gritos
agudos de mujeres, los aullidos de los flatos, y viera entonces a un
viejo, todo vestido de terciopelo negro, con la fina espada en la mano,
debatirse entre hidalgos y damas que lo sujetaban, y querer tirarse a
la plaza, bramando de rabia. «Es el padre del conde», explicaban en
torno. Ella desmayárase en los brazos de un padre de la Congregación.
Al volver en sí, hallose junto a la plaza; a la puerta estaba la
berlina real, con los postillones emplumados, los machos llenos de
cascabeles, y, al frente, los batidores a caballo; veíase allá dentro
al rey, escondido en el fondo, pálido, sorbiendo febrilmente rapé,
todo encogido, con el confesor, y par a par, con una de las manos
apoyadas en el alto bastón, hombrachón, fuerte, el aspecto melancólico,
el marqués de Pombal hablaba despacito e íntimamente, gesticulando
con el lente. Los batidores picaron, resonaron los estallidos de los
postillones, y la berlina partió al galope, mientras el pueblo gritaba:
¡Viva el rey, nuestro señor! ¡Y la campana de la capilla del palacio
tocaba a difuntos! Era una honra que concedía el rey a la casa de los
Arcos.
En el punto en que doña Hilaria acabó de contar, suspirando, estas
desgracias pasadas, comenzose a jugar. Macario no recordaba lo que se
había jugado en esa noche radiosa, lo cual parece singular. Solo se
acordaba de que había quedado al lado de la pequeña de Villaça (que se
llamaba Luisa), que reparara mucho en su fina piel rosada, embebida
en luz, y en la dulce y amorosa pequeñez de su mano con las uñas más
pulidas que el marfil de Dieppe. Se acordaba también de un accidente
excéntrico, que le había hecho determinarse, desde ese día, a sentir
una gran hostilidad al clero de la catedral. Macario estaba sentado
a la mesa, y a su lado Luisa, la cual habíase vuelto hacia él, con
una de las manos sosteniendo su fina cabecita rubia y amorosa, y la
otra descansando en el regazo. El beneficiado sentárase enfrente,
con su bonete negro, sus anteojos en la punta aguda de la nariz, el
tono azulado de la fuerte barba rapada, y sus dos grandes orejas,
complicadas y llenas de pelo, separadas del cráneo como dos postigos
abiertos. En esto, como era necesario al final del juego pagar unos
tantos al caballero de Malta, que cayera al lado del beneficiado,
Macario sacó del bolsillo una moneda y en tanto el caballero, todo
curvado y bizqueando un ojo, hacía la suma de los tantos en el dorso de
un as, Macario conversaba con Luisa, haciendo girar sobre el paño verde
su moneda de oro, como un bolillo o un peón. Era una moneda nueva que
relucía, chispeaba, rodando, y hería la vista como una bola de nieve
iluminada. Luisa sonreía viéndola girar, girar, y le parecía a Macario
que todo el cielo, la pureza, la bondad de las flores y la castidad de
las estrellas estaban en aquella clara sonrisa distraída, espiritual,
arcangélica, con que ella seguía el giro fulgurante de la moneda nueva
de oro. De repente, la pieza, corriendo hasta el borde de la mesa, cayó
hacia el lado del regazo de Luisa y desapareció sin que se oyese en el
suelo de madera su sonido metálico. El beneficiado inclinose en seguida
cortésmente; Macario apartó la silla, mirando por debajo de la mesa; la
Villaça madre alumbró con un candelabro, y Luisa irguiose y sacudió con
un levísimo golpe su vestido de muselina. La moneda no pareció.
--¡Es célebre! --dijo el amigo del sombrero de paja--, yo no la oí
sonar en el suelo.
--¡Ni yo, ni yo! --dijeron.
El beneficiado, curvado, buscaba tenazmente, y la Hilaria más joven,
murmuraba el responso de San Antonio.
--Pues la casa no tiene agujeros --decía la Villaça, madre.
--¡Desaparecer así! --refunfuñaba el beneficiado.
Macario exhalábase en exclamaciones desinteresadas:
--¡Por el amor de Dios! ¡No busquen más! ¡Qué más da! ¡Mañana parecerá!
¡Tengan la bondad! ¡Háganme el favor! ¡Doña Luisa! ¡Por el amor de
Dios! ¡No vale nada!
Pero mentalmente estableció que hubiera una sustracción, y se la
atribuyó al beneficiado. La pieza rodara, seguramente hasta junto
de él, sin ruido: pusiérale encima su vasto zapato eclesiástico y
tachuelado; y, después, en el movimiento brusco y corto que había
hecho, aprehendiérala vilmente. Cuando salieron, el beneficiado,
todo embozado en su amplia capa de camelote, decía a Macario por la
escalera:
--¿Mire usted que la desaparición de la moneda, eh? ¡Qué broma!
--¿Le parece a usted, señor beneficiado? --dijo Macario, deteniéndose,
pasmado de la impudencia.
--¿Que si me parece? ¡Si le parece! ¡Una moneda de oro! ¡Solo si usted
las siembra!... ¡Porra! ¡Yo me volvía loco!
Macario sintió tedio de aquella astucia fría. No le respondió. El
beneficiado, añadió:
--¡Mande allá mañana por la mañana, hombre! ¡Qué diablo!... ¡Dios me
perdone! ¡Qué diablo! Una moneda no se pierde así. ¡Qué mala suerte, eh!
Macario sentía ganas de pegarle. Estando en esto fue cuando Macario me
dijo con su voz singularmente sensible:
--En fin, amigo mío, para abreviar razones, resolví casarme con ella.
--¿Y la moneda?
--¡No pensé más en eso! ¡Iba a pensar yo entonces en la moneda!
¡Resolví casarme con ella!