A seguida que cerró sus ojos carnales, un Grande Ángel penetró
diáfanamente en el corral y tomó en los brazos el alma de Fray Genebro.
Durante un momento, en la fina luz de la madrugada, deslizose por sobre
el frontero prado, tan levemente, que ni rozaba las puntas rociadas del
alto césped. Después, abriendo las alas, radiantes y níveas, traspuso
en un vuelo sereno, las nubes, los astros, todo el cielo que los
hombres conocen.
Anidada en sus brazos, como en la dulzura de una cuna, el alma de
Genebro conservaba la forma del cuerpo que sobre la tierra quedara;
aún la cubría el hábito franciscano, con un resto de polvo de ceniza
en los rudos pliegues, y con un mirar nuevo, que ahora todo traspasaba
y todo comprendía, contemplaba, en un deslumbramiento, aquella
región en que el Ángel luciera alto, más allá de los universos
transitorios y de todos los rumores siderales. Era un espacio sin
límite, sin contorno y sin color. Por encima comenzaba una claridad,
subiendo desparramada a la manera de una aurora cada vez más blanca
y más luciente y más radiante, hasta que resplandecía en un fulgor
tan sublime, que en ella un sol corruscante sería como una mancha
pardusca. Y por abajo extendíase una sombra cada vez más deslucida, más
oscura, más cenicienta, hasta que formaba como un espeso crepúsculo
de profunda, insondable tristeza. Entre esa refulgencia ascendente y
la oscuridad inferior, permaneciera el Ángel inmóvil, esperando, con
las alas cerradas. También el alma de Genebro sentía perfectamente que
estaba allí, esperando, entre el Purgatorio y el Paraíso. En esto,
súbitamente, en las alturas, aparecieron los dos inmensos platos de
una balanza; uno que rebrillaba como diamante y estaba reservado a
sus Buenas Obras; otro, más negro que el carbón, para recibir el
peso de sus Obras Malas. En los brazos del Ángel, el alma de Genebro
estremeciose... El plato diamantino comenzó a descender lentamente.
¡Oh, contentamiento y gloria! Cargado con sus Buenas Obras, descendía,
calmo y majestuoso, esparciendo claridad. Tan pesado venía, que sus
gruesas cuerdas rechinaban, crujían, y entre ellas, formando como una
montaña de nieve, resaltaban magníficamente sus virtudes evangélicas.
Allí aparecían las incontables limosnas que sembrara en el mundo, ahora
desabotonadas en blancas flores, llenas de aroma y de luz.
Su humildad era una cumbre, aureolada por un resplandor. Y cada una de
sus penitencias centelleaba más límpidamente que cristales purísimos.
Su perenne oración subía y enroscábase en torno de las cuerdas, a la
manera de una deslumbrante niebla de oro.
Sereno, con la majestad de un astro, el plato de las Buenas Obras
paró, finalmente, con su carga preciosa. El otro, allá arriba, no se
movía, negro, del color del carbón; inútil, olvidado, vacío. Ya de las
profundidades, sonoros bandos de Serafines volaban, balanceando palmas
verdes. El pobre franciscano iba a entrar triunfalmente en el Paraíso,
y aquella era la milicia divina que le acompañaría cantando. Un temblor
de alegría pasó en la luz del Paraíso, que un santo nuevo enriquecía,
y el alma de Genebro pregustó las delicias de la Bienaventuranza. ¡Y
estando así, súbitamente, en lo alto, el plato negro osciló como a
un peso inesperado que sobre él cayese! Comenzó a descender, duro,
temeroso, haciendo una sombra doliente a través de la celestial
claridad. ¡Qué mala acción de Genebro traía tan menuda que ni se dejaba
ver, tan pesada que forzaba el plato luminoso a subir, remontarse
ligeramente, como si la montaña de las Buenas Acciones que en él
transbordaban, fuesen un humo mentiroso! ¡Oh, dolor! ¡Oh, desesperanza!
Retrocedían los Serafines con las alas temblantes. En el alma de Fray
Genebro corrió un calofrío inmenso de terror. El negro plato descendía,
firme, inexorable, con las cuerdas tirantes, y en la región que se
hallaba bajo los pies del Ángel, cenicienta, de inconsolable tristeza,
una masa de sombra, muellemente y sin rumor, palpitó, creció, rodó,
como la onda de una marea devoradora.
El plato, más triste que la noche, detuviérase, parara en pavoroso
equilibrio con el plato que rebrillaba. Y los Serafines, Genebro, el
Ángel que le trajera, descubrieron, en el fondo de aquel plato que
inutilizaba a un Santo, un cerdo, un pobre lechoncillo con una pierna
bárbaramente mutilada, revolcándose, al morir, en una poza de sangre...
¡El animal mutilado pesaba tanto en la balanza de la justicia como la
montaña luminosa de perfectas virtudes!
En aquel punto, de las alturas surgió una vasta mano, abriendo los
dedos que chispeaban. Era la mano de Dios, su mano derecha, que ya se
le apareciera a Genebro en la escalera de Santa María de los Ángeles,
y que ahora supremamente se extendía para acogerle o para repelerle.
Toda la luz y toda la sombra, desde el Paraíso fulgente al Purgatorio
crepuscular, se contrajeran en un recogimiento de indecible amor y
terror. En la extática mudez, la vasta mano, a través de las alturas,
lanzó un gesto que repelía... y el Ángel, bajando la faz compadecida,
alargó los brazos y dejó caer el alma de Fray Genebro en la oscuridad
del Purgatorio.
[Ilustración]