II

A seguida que cerró sus ojos carnales, un Grande Ángel penetró

diáfanamente en el corral y tomó en los brazos el alma de Fray Genebro.

Durante un momento, en la fina luz de la madrugada, deslizose por sobre

el frontero prado, tan levemente, que ni rozaba las puntas rociadas del

alto césped. Después, abriendo las alas, radiantes y níveas, traspuso

en un vuelo sereno, las nubes, los astros, todo el cielo que los

hombres conocen.

Anidada en sus brazos, como en la dulzura de una cuna, el alma de

Genebro conservaba la forma del cuerpo que sobre la tierra quedara;

aún la cubría el hábito franciscano, con un resto de polvo de ceniza

en los rudos pliegues, y con un mirar nuevo, que ahora todo traspasaba

y todo comprendía, contemplaba, en un deslumbramiento, aquella

región en que el Ángel luciera alto, más allá de los universos

transitorios y de todos los rumores siderales. Era un espacio sin

límite, sin contorno y sin color. Por encima comenzaba una claridad,

subiendo desparramada a la manera de una aurora cada vez más blanca

y más luciente y más radiante, hasta que resplandecía en un fulgor

tan sublime, que en ella un sol corruscante sería como una mancha

pardusca. Y por abajo extendíase una sombra cada vez más deslucida, más

oscura, más cenicienta, hasta que formaba como un espeso crepúsculo

de profunda, insondable tristeza. Entre esa refulgencia ascendente y

la oscuridad inferior, permaneciera el Ángel inmóvil, esperando, con

las alas cerradas. También el alma de Genebro sentía perfectamente que

estaba allí, esperando, entre el Purgatorio y el Paraíso. En esto,

súbitamente, en las alturas, aparecieron los dos inmensos platos de

una balanza; uno que rebrillaba como diamante y estaba reservado a

sus Buenas Obras; otro, más negro que el carbón, para recibir el

peso de sus Obras Malas. En los brazos del Ángel, el alma de Genebro

estremeciose... El plato diamantino comenzó a descender lentamente.

¡Oh, contentamiento y gloria! Cargado con sus Buenas Obras, descendía,

calmo y majestuoso, esparciendo claridad. Tan pesado venía, que sus

gruesas cuerdas rechinaban, crujían, y entre ellas, formando como una

montaña de nieve, resaltaban magníficamente sus virtudes evangélicas.

Allí aparecían las incontables limosnas que sembrara en el mundo, ahora

desabotonadas en blancas flores, llenas de aroma y de luz.

Su humildad era una cumbre, aureolada por un resplandor. Y cada una de

sus penitencias centelleaba más límpidamente que cristales purísimos.

Su perenne oración subía y enroscábase en torno de las cuerdas, a la

manera de una deslumbrante niebla de oro.

Sereno, con la majestad de un astro, el plato de las Buenas Obras

paró, finalmente, con su carga preciosa. El otro, allá arriba, no se

movía, negro, del color del carbón; inútil, olvidado, vacío. Ya de las

profundidades, sonoros bandos de Serafines volaban, balanceando palmas

verdes. El pobre franciscano iba a entrar triunfalmente en el Paraíso,

y aquella era la milicia divina que le acompañaría cantando. Un temblor

de alegría pasó en la luz del Paraíso, que un santo nuevo enriquecía,

y el alma de Genebro pregustó las delicias de la Bienaventuranza. ¡Y

estando así, súbitamente, en lo alto, el plato negro osciló como a

un peso inesperado que sobre él cayese! Comenzó a descender, duro,

temeroso, haciendo una sombra doliente a través de la celestial

claridad. ¡Qué mala acción de Genebro traía tan menuda que ni se dejaba

ver, tan pesada que forzaba el plato luminoso a subir, remontarse

ligeramente, como si la montaña de las Buenas Acciones que en él

transbordaban, fuesen un humo mentiroso! ¡Oh, dolor! ¡Oh, desesperanza!

Retrocedían los Serafines con las alas temblantes. En el alma de Fray

Genebro corrió un calofrío inmenso de terror. El negro plato descendía,

firme, inexorable, con las cuerdas tirantes, y en la región que se

hallaba bajo los pies del Ángel, cenicienta, de inconsolable tristeza,

una masa de sombra, muellemente y sin rumor, palpitó, creció, rodó,

como la onda de una marea devoradora.

El plato, más triste que la noche, detuviérase, parara en pavoroso

equilibrio con el plato que rebrillaba. Y los Serafines, Genebro, el

Ángel que le trajera, descubrieron, en el fondo de aquel plato que

inutilizaba a un Santo, un cerdo, un pobre lechoncillo con una pierna

bárbaramente mutilada, revolcándose, al morir, en una poza de sangre...

¡El animal mutilado pesaba tanto en la balanza de la justicia como la

montaña luminosa de perfectas virtudes!

En aquel punto, de las alturas surgió una vasta mano, abriendo los

dedos que chispeaban. Era la mano de Dios, su mano derecha, que ya se

le apareciera a Genebro en la escalera de Santa María de los Ángeles,

y que ahora supremamente se extendía para acogerle o para repelerle.

Toda la luz y toda la sombra, desde el Paraíso fulgente al Purgatorio

crepuscular, se contrajeran en un recogimiento de indecible amor y

terror. En la extática mudez, la vasta mano, a través de las alturas,

lanzó un gesto que repelía... y el Ángel, bajando la faz compadecida,

alargó los brazos y dejó caer el alma de Fray Genebro en la oscuridad

del Purgatorio.

[Ilustración]

Adán y Eva en el paraíso · 第 20 / 45 题