Macario me contó lo que le determinara más precisamente en aquella
resolución profunda y perpetua. Fue un beso. Mas ese suceso, casto
y sencillo, yo lo callo, porque el único testigo fue una imagen en
estampa de la Virgen, que estaba colgada en su cuadrito de madera,
en la sala oscura que abría a la escalera... Un beso fugitivo,
superficial, efímero. Y bastó eso a su espíritu recto y severo para
obligarlo a tomarla como esposa, y darle una fe inmutable y la posesión
de su vida. Tales fueron sus esponsales. Aquella simpática sombra de
las ventanas vecinas tórnase para él un destino, el fin moral de su
vida, y toda la idea dominante de su trabajo. Esta historia toma, desde
luego, un alto carácter de santidad y de tristeza.
Macario me habló largamente del carácter y de la figura del tío
Francisco: su aventajada estatura, sus lentes de oro, su barba
grisácea, en collar, por debajo del mentón, un tic nervioso que
tenía en una ventana de la nariz, la dureza de su voz, su austera
y majestuosa tranquilidad, sus principios antiguos, autoritarios y
tiránicos, y la brevedad telegráfica de sus palabras.
Cuando Macario le dijo una mañana, durante el almuerzo, brutalmente,
sin transiciones emolientes: «Pídole permiso para casarme», el tío
Francisco, que echaba azúcar en su café, quedó callado, revolviendo
con la cucharilla, despacio, majestuoso y terrible; y cuando acabó de
sorber los restos del platillo, con gran ruido, sacó del cuello la
servilleta, la dobló, afiló con el cuchillo un mondadientes, se lo puso
en la boca y salió: mas a la puerta del comedor paró, y volviéndose
hacia Macario, que estaba en pie, junto a la mesa, dijo secamente:
--No.
--¡Perdón, tío Francisco!
--No.
--Mas oiga, tío Francisco...
--No.
Macario sintiose poseído de una gran cólera.
--En ese caso, lo hago sin permiso.
--Despedido de casa.
--Saldré. No lo dude.
--Hoy.
--Hoy.
El tío Francisco iba a cerrar la puerta, mas volviéndose:
--¡Oye! --dijo a Macario, que estaba exasperado, apoplético, arañando
en los cristales de la ventana.
Macario volviose con una esperanza.
--Deme de ahí la caja del rapé --dijo el tío Francisco.
¡Habíasele olvidado la caja! Así que estaba perturbado.
--Tío Francisco... --comenzó Macario.
--Basta. Estamos a 12. Recibirá usted el sueldo del mes entero.
Las educaciones antiguas producían estas situaciones insensatas. Era
brutal e idiota. Macario me afirmó que era así.
Y por la tarde, hallábase Macario en el cuarto de un hospedaje en la
plaza de la Figueira, con seis monedas de oro, un baúl de ropa blanca
y su pasión. Estaba tranquilo; sin embargo, sentía su destino lleno
de apuros. Tenía relaciones y amistades en el comercio. Conocíasele
ventajosamente: la nitidez de su trabajo, su honra tradicional, el
nombre de la familia, su tacto comercial, su bella letra cursiva,
inglesa, abríanle de par en par, respetuosamente, todas las puertas
de los escritorios. Al otro día fue a ver alegremente al negociante
Falleiro, antigua relación comercial de su casa.
--Con mucho gusto, amigo mío --me dijo--. ¡Quién me lo diera aquí! Mas
si lo recibo, quedo mal con su tío, mi viejo amigo de veinte años. Me
lo declaró categóricamente. Ya ve usted. Fuerza mayor. Yo lo siento;
pero...
Todos los que Macario visitó, confiado en relaciones sólidas, recelaban
_quedar mal con su tío, viejo amigo de veinte años_.
Y todos lo _sentían; pero_...
Entonces dirigiose Macario a negociantes nuevos, extraños a su casa y
a su familia, y sobre todo a los extranjeros: esperaba encontrar gente
libre de la amistad de veinte años del tío. Para esos, Macario era
desconocido, y asimismo desconocidos su dignidad y su hábil trabajo.
Si tomaban informes, sabían que había sido despedido repentinamente de
casa de su tío, por causa de una señorita rubia, vestida de muselina.
Esta circunstancia restaba a Macario la simpatía. El comercio evita
el tenedor de libros sentimental. De suerte, que Macario comenzó a
sentirse en un momento agudo. Pretendiendo, pidiendo, rebuscando,
pasaba el tiempo, sorbiendo, poco a poco, sus seis monedas.
Se mudó a un hospedaje barato, y continuó olfateando. Mas como fuera
siempre de temperamento recogido, no había creado amigos. De modo que
se encontraba desamparado y solitario, y la vida aparecíasele como un
descampado.
Las monedas terminaron. Macario entró, paso a paso, en la antigua
tradición de la miseria, la cual tiene solemnidades fatales y
establecidas; comenzó por empeñar; después, vendió. Reloj, anillos,
levita azul, cadena, paletó de alamares, todo fue yendo poco a poco,
rebujado debajo del chal, a una vieja seca y llena de asma.
Entretanto, veía a Luisa, de noche, en la salita oscura que daba a la
escalera; una lamparilla ardía encima de la mesa. Era feliz allí, en
aquella penumbra, sentado castamente al lado de Luisa, en un rincón de
un viejo canapé de paja. No la veía de día, porque traía ya la ropa
usada, las botas torcidas, y no le gustaba mostrar a la fresca Luisa,
tan mimosa en su cambray aseado, su miseria remendada; allí, a aquella
luz tenue, exhalaba su gran pasión y escondía su traje decadente.
Era muy singular el temperamento de Luisa, según me dijo Macario.
Tenía el carácter rubio como el cabello, si es cierto que el rubio
es un color lánguido y deslucido: hablaba poco, sonreía siempre con
sus blancos dientecillos; decía a todo _¿sí?_; era muy simple, casi
indiferente, llena de transigencias.
Seguramente amaba a Macario, mas con todo el amor que podía dar su
naturaleza débil, agotada, nula. Era como un copo de lino, hilábase
como se quería; y, a las veces, en aquellos encuentros nocturnos, tenía
sueño.
Un día, Macario la encontró excitada: estaba impaciente, el chal
arrebozado de cualquier manera, mirando siempre hacia la puerta
interior.
--¿Te vio mamá? --dijo ella.
Contole que la madre desconfiaba, impertinente y áspera, y que de
seguro presentía aquel proyecto nupcial, tramado como una conjuración.
--¿Por qué no vienes a pedir mi mano?
--¡Pero, hija, si yo no puedo! No tengo acomodo ninguno. Espera. Un mes
acaso. Tengo ahora un negocio en buen camino. Nos moriríamos de hambre.
Luisa callose, torciendo la punta del chal, con los ojos bajos.
--Por lo menos --dijo ella-- hasta que yo no te haga seña desde la
ventana, no subas más, ¿sí?
Macario rompió a llorar; los sollozos estallaban violentos y
desesperados.
--¡Chist! --decíale Luisa--. ¡No llores alto!...
Macario me contó la noche que pasó, por las calles, al acaso, rumiando
febrilmente su dolor, bajo el frío de enero, en su levita corta.
No durmió, y luego, por la mañana, al otro día, entró como una ráfaga
en el cuarto del tío Francisco y díjole brutalmente, secamente:
--Es todo lo que tengo --y mostrábale unas perras--. Ropa, estoy sin
ella. Vendí todo; dentro de poco tendré hambre.
El tío Francisco, que se estaba afeitando junto a la ventana, con el
pañuelo de la India amarrado en la cabeza, volviose, y poniéndose los
lentes, le miró:
--Su pupitre allí está. Quede --y añadió, con un gesto decisivo--
soltero.
--¡Tío Francisco, óigame!...
--Soltero, he dicho --continuó el tío Francisco, mientras suavizaba la
navaja en el asentador.
--No puedo.
--¡Entonces, a la calle!
Macario obedeció aturdido. Llegó a su casa, acostose, lloró y se quedó
dormido. Cuando salió, al anochecer, no tenía resolución, ni idea.
Estaba como una esponja saturada. Dejábase ir.
De repente, una voz gritó desde dentro de una tienda:
--¡Eh! ¡Pchs! ¡Oiga!
Era el amigo del sombrero de paja; abrió los brazos ampliamente:
--¡Qué diablo! ¡Toda la mañana te anduve buscando!
Y le contó que había llegado de la provincia, supiera su crisis y le
traía un desenlace.
--¿Quieres?
--Todo.
Una casa comercial necesitaba un hombre hábil, resuelto y duro, para ir
con una comisión difícil y de grandes ganancias, a Cabo Verde.
--¡Dispuesto! --dijo Macario--. ¡Pronto! Mañana.
Y fue corriendo a escribir a Luisa, pidiéndola una despedida, un
último encuentro, aquel en que a los brazos desolados y vehementes
cuesta tanto desenlazarse. Fue. Encontrola toda arrebujada en su chal,
tiritando de frío. Macario lloró. Ella, con su pasiva y rubia dulzura,
díjole:
--Haces bien. Tal vez te hagas rico.
Y al otro día, Macario partió.
Conoció las jornadas trabajosas en los mares enemigos, el mareo
monótono en un camarote ahogado, las duras costumbres de las colonias,
la brutalidad tiránica de los hacendados ricos, el peso de los fardos
humillantes, las dilaceraciones de la ausencia, los viajes al interior
de las tierras negras y la melancolía de las caravanas que orillan en
violentas noches, durante días y días, los tranquilos ríos, de donde se
exhala la muerte.
Volvió.
Y a seguida, en la misma tarde, la vio, a ella, Luisa, clara, fresca,
reposada, serena, acodada al antepecho del balcón, con su abanico
chinés. Y al otro día, ávidamente, fue a pedírsela a la madre. Macario
había hecho un gran negocio, y la Villaça madre abriole sus brazos
amigos llena de exclamaciones. El casamiento acordose para dentro de un
año.
--¿Por qué? --pregunté yo a Macario.
Y me explicó que las ganancias de Cabo Verde no podían constituir un
capital definitivo; eran apenas un capital de habilitación. Traía de
Cabo Verde elementos de poderosos negocios; durante un año, trabajaría
sin descanso, y al final, podría, sosegadamente, crear una familia.
Trabajó de firme: puso en aquel trabajo la fuerza creadora de su
pasión. Levantábase de madrugada, comía de prisa, hablaba muy poco. A
la tardecita iba a visitar a Luisa. Después, volvía impacientemente al
trabajo, como un avaro a su cofre.
Estaba grueso, fuerte, duro, fiero; con el mismo ímpetu servíase de
las ideas y de los músculos; vivía en una tempestad de cifras. A las
veces, Luisa, al pasar, entraba en su almacén: aquel posar de ave
fugitiva dábale alegría, fe, confortamiento para todo un mes totalmente
trabajado.
Por entonces el amigo del sombrero de paja vino a pedir a Macario que
fuese su fiador por una gran cantidad que pidiera para establecer un
bazar de quincalla en grande. Macario, que estaba en el vigor de su
crédito, accedió con alegría. El amigo del sombrero de paja es quien
le había facilitado el negocio providencial de Cabo Verde. En aquella
sazón faltaban dos meses para la boda. Macario sentía, en ciertos
momentos, subírsele al rostro los febriles rubores de la esperanza.
Ya comenzara a tratar de las proclamas. Estando en esto, un día, el
amigo del sombrero de paja desaparece con la mujer de un alférez. Su
establecimiento estaba en los comienzos. Era una aventura muy confusa.
Nunca se pudo precisar nítidamente aquel embrollo doloroso. Lo positivo
era que Macario le fiara; Macario debía reembolsar. Cuando lo supo,
empalideció, y dijo sencillamente:
--¡Liquido y pago!
Y cuando liquidó, quedó otra vez pobre. Como el desastre tuviera una
gran publicidad y su honra estaba santificada en la opinión, al punto
la casa Peres y Compañía, que lo mandara a Cabo Verde, le propuso otro
viaje y otros negocios.
--¡Volver a Cabo Verde otra vez!
--¡Hace otra vez fortuna, hombre! ¡Usted es el diablo! --dijo el señor
Eleuterio Peres.
En viéndose así, solo y pobre, Macario estalló en llanto. ¡Todo estaba
perdido, acabado, extinto! ¡Era necesario recomenzar pacientemente
la vida, volver a las largas miserias de Cabo Verde, tornar a las
pasadas desesperanzas, sudar los antiguos sudores! ¿Y Luisa? Macario
le escribió. Luego rasgó la carta. Fue a casa de ella: las ventanas
tenían luz; subió hasta el primer piso, mas allí le tomó una gran
aflicción, una cobardía de revelar el desastre, el pavor trémulo de
una separación, el terror de que ella se negase, rehusase, vacilara...
¿Querría ella esperar más? No se atrevió a hablar, a explicar, a pedir;
descendió las escaleras. Era de noche. Anduvo a la ventura por las
calles; había un sereno y silencioso lunar. Iba sin saber adónde; de
pronto oyó, por dentro de una ventana iluminada, un violín que tocaba
la _xácara mourisca_. Acordose del tiempo en que conociera a Luisa, del
dulce sol claro que había entonces, y del vestido de ella, de muselina,
con lunares azules. Era en la calle en donde estaban los almacenes del
tío. Fue caminando. Púsose a mirar su antigua casa. La ventana del
escritorio estaba cerrada. Desde allí, ¡cuántas veces viera a Luisa
y el blando movimiento de su abanico chinés! Pero una ventana, en el
segundo piso, tenía luz; era el cuarto del tío. Macario fue a observar
desde más lejos; dentro, por detrás de las ventanas, estaba arrimada
una figura: era el tío Francisco. Vínole una saudade de todo su pasado
simple, retirado, plácido. Recordaba su cuarto, y la vieja cartera con
cerradura de plata, y la miniatura de su madre, que pendía encima de
la barra de la cama; el comedor y su viejo aparador de madera negra, y
el jarro del agua, cuya asa era una serpiente irritada... Decidiose, e
impelido por un instinto, llamó a la puerta. Llamó otra vez. Sintió
abrir la ventana y preguntar al tío:
--¿Quién es?
--Soy yo, tío Francisco; soy yo. Vengo a decirle adiós.
Cerrose la ventana, y a poco se abrió la puerta con un gran ruido de
cerrojos. El tío Francisco tenía un candelero de aceite en la mano.
Macario le halló flaco, más viejo. Besole la mano.
--Suba --dijo el tío.
Macario iba callado, cosido al pasamano.
En llegando al cuarto, el tío Francisco posó el candelero sobre una
larga mesa de palosanto, y en pie, con las manos en los bolsillos,
esperó.
Macario permanecía callado, mesándose la barba.
--¿Qué quiere? --gritole el tío.
--Venía a decirle adiós. Vuelvo para Cabo Verde.
--Buen viaje.
Y el tío Francisco, volviéndole la espalda, fue a redoblar con los
dedos en la vidriera.
Macario quedó inmóvil; dio dos pasos en el cuarto, todo irritado, y se
dispuso a salir.
--¿Adónde va, estúpido? --le gritó el tío.
--Me voy.
--¡Siéntese ahí!
Y el tío Francisco continuó, dando grandes pasos por la habitación:
--¡Su amigo de usted es un canalla! ¡Bazar de quincalla! ¡No está mal!
Usted es un hombre de bien. Estúpido, pero hombre de bien. ¡Siéntese
allí! ¡Siéntese! ¡Su amigo es un canalla! ¡Usted es un hombre de bien!
¡Fue a Cabo Verde, ya lo sé! ¡Pagó todo! ¡Es natural! ¡También lo sé!
Mañana hágame el favor de ir a sentarse a su pupitre, allá abajo. Mande
que le pongan asiento nuevo al sillón. Haga el favor de poner en las
facturas: «Macario & Sobrino.» Y cásese. ¡Cásese, y que le aproveche!
Tome dinero. Usted precisa ropa blanca y mobiliario. Tome dinero, y
póngalo en mi cuenta. Su cama está hecha.
Macario, aturdido, radioso, con las lágrimas en los ojos, quería
abrazarlo:
--Bueno, bueno. ¡Adiós!
Macario iba a salir.
--¡Oh, burro! ¿pues quiere irse de su casa?
Yendo a un pequeño armario, trajo jalea, un platillo de dulce, una
botella antigua de Oporto, y bizcochos.
--¡Coma!
Y sentándose junto a él y volviendo a llamarle estúpido, corríale una
lágrima por entre las arrugas de la piel.
De suerte que la boda fue decidida para de allí a un mes, y Luisa
comenzó a disponer su equipo.
Macario estaba entonces en la plenitud del amor y de la alegría.
Veía el fin de su vida, lleno, completo, feliz. Pasaba casi todo el
tiempo en casa de la novia, y un día, acompañándola en sus compras por
las tiendas, quiso hacerle un pequeño regalo. La madre quedárase en
casa de una modista, en un primer piso de la calle del Oro, y ellos
habían bajado alegremente, riendo, a la tienda de un platero que había
abajo, en la misma casa.
Era un día de invierno, claro, fino, frío, con un gran cielo azul
turquí, profundo, luminoso, consolador.
--¡Qué lindo día! --dijo Macario.
Y con la novia del brazo, caminó un poco a lo largo del paseo.
--¡Muy lindo! --dijo ella--. Mas pueden reparar: nosotros solos...
--Deja. ¡Se va tan bien así!...
--No, no.
Y Luisa lo arrastró blandamente hacia la tienda del platero. No había
más que un dependiente, moreno, de cabello hirsuto. Macario díjole:
--Quería ver sortijas.
--Con piedras --dijo Luisa--. Lo más bonito.
--Sí, con piedras --dijo Macario--. Amatista, granate... En fin, lo
mejor.
Luisa iba examinando los estuches forrados de terciopelo azul, en los
cuales relucían las gruesas pulseras guarnecidas, las cadenas, los
collares de camafeos, las sortijas, las finas alianzas, frágiles como
el amor, y todo el centelleo de la pesada orfebrería.
--Mira, Luisa --dijo Macario.
El dependiente había esparcido en la otra extremidad del mostrador,
encima del cristal de la vitrina, una gran cantidad de anillos de oro,
con piedras, labrados, esmaltados; y Luisa, tomándolos y dejándolos con
las puntas de los dedos, iba apartándolos y diciendo:
--Es feo... Es pesado... Es largo...
--Mira este --le dijo Macario.
Era un anillo con unas perlas.
--Es bonito --respondió ella--. ¡Es muy lindo!
--Deja ver si te sirve --añadió Macario.
Y tomándole la mano, metiole el anillo despacito, dulcemente, en el
dedo, mientras ella reía con sus blancos dientecitos finos, todos
esmaltados.
--Es muy grande --dijo Macario--. ¡Qué pena!
--Puede reducirse, si usted quiere. Se deja a la medida. Mañana está
listo.
--Buena idea --dijo Macario--; sí, señor. Porque es muy bonito,
¿no es verdad? Las perlas muy iguales, muy claras. ¡Muy bonito! ¿Y
estos pendientes? --preguntó, yendo al fin del mostrador, al otro
escaparate--. ¿Estos pendientes con una concha?
--Diez monedas, dijo el dependiente.
Entre tanto, Luisa continuaba examinando los anillos, probándoselos en
todos los dedos, revolviendo aquel delicado mostrador, resplandeciente
y precioso.
Mas de improviso, el dependiente se pone muy pálido y mira a Luisa, que
va llevando distraídamente la mano por la cara.
--Bien --dice Macario aproximándose--; entonces, mañana tendremos el
anillo. ¿A qué hora?
El dependiente no respondió y comenzó a mirar fijamente a Macario.
--¿A qué hora?
--Al mediodía.
Iban a salir. Luisa traía un vestido de lana azul que arrastraba
un poco, dando una ondulación melodiosa a su paso, y sus manos,
pequeñitas, estaban ocultas en un manguito blanco.
--¡Perdón! --dijo de repente el joyero.
Volviose Macario.
--El señor no ha pagado...
Macario le miró gravemente:
--Naturalmente. Mañana vengo a buscar el anillo y pago.
--¡Perdón! --insistió el dependiente--. Mas el otro...
--¿Cuál? --exclamó Macario con una voz sorprendida, avanzando hacia el
mostrador.
--Esa señora sabe --afirmó--. Esa señora sabe...
Macario sacó la cartera lentamente.
--Perdón, si hay una cuenta antigua...
El dependiente abrió el mostrador, y con un aspecto resuelto:
--Nada, mi querido señor; es de ahora. Es un anillo con dos brillantes
que lleva esa señora.
--¡Yo! --dijo Luisa en voz baja, toda enrojecida.
--¿Qué es? ¿Qué está diciendo?
Macario, pálido, con los dientes cerrados, contraído, miraba al joyero
coléricamente.
Este dijo entonces:
--Esa señora cogió de ahí un anillo.
Macario quedó inmóvil, encarándolo.
--Un anillo con dos brillantes --continuó el muchacho--. Lo vi
perfectamente.
El dependiente estaba tan excitado, que su voz tartamudeaba, prendíase
espesamente.
--Esa señora no sé quién es. Pero cogió el anillo. Lo cogió de allí...
Macario, maquinalmente, lo agarró por un brazo, y volviéndose a Luisa,
con la palabra sofocada, corriéndole el sudor por la frente, lívido:
--Luisa, di...
Se le cortó la voz.
--Yo... --balbució ella, trémula, asombrada, pálida, descompuesta. Dejó
caer el manguito en el suelo.
Macario vino hacia ella, agarrola un pulso, mirándola; su aspecto era
tan resuelto y tan imperioso, que ella metió la mano en el bolso,
bruscamente empavorecida, y mostrando la sortija:
--¡No me haga daño! --suplicó, encogiéndose toda.
Macario quedó con los brazos caídos, el aire abstracto, los labios
blancos; mas de repente, dando un tirón a la levita, recuperándose,
dijo al joyero:
--Tiene razón. Era distracción... ¡Es natural! Esta señora se había
olvidado. Es la sortija. Sí, señor, evidentemente... Tiene la bondad.
Toma hija, toma. Deja estar, que la envuelva. ¿Cuánto cuesta?
Abrió la cartera y pagó.
Después recogió el manguito, lo sacudió blandamente, limpió los labios
con el pañuelo, dio el brazo a Luisa, y diciendo al joyero: disculpe,
disculpe, la arrastró inerte, pasiva, aterrada, semi-muerta.
Echaron a andar por la calle, que el sol iluminaba intensamente; los
coches cruzábanse, rodando; figuras risueñas paseaban conversando; los
pregones subían con gritos alegres; un caballero con calzón de ante
hacía cabriolar a su caballo, adornado de rosetas; y la calle estaba
llena, ruidosa, viva, feliz y cubierta de sol.
Macario iba maquinalmente, como en el fondo de un sueño. Detúvose en
una esquina. Tenía el brazo de Luisa colgado del suyo, y veíale la mano
pendiente, su linda mano de cera, con sus venas dulcemente azuladas,
los dedos finos y amorosos; era la mano derecha, ¡y aquella mano era
la de su novia! Instintivamente leyó el cartel que anunciaba para la
noche: _Palafox en Zaragoza_.
En esto, soltando el brazo de Luisa, díjole en voz baja:
--Vete.
--¡Oye! --rogó ella, con la cabeza toda inclinada.
--Vete. --Y con la voz asfixiada y terrible--: Vete. Mira que llamo. Te
mando al Aljube. Vete.
--¡Mas oye!
--Vete. Hizo un gesto con el puño cerrado.
--¡Por el amor de Dios, no me pegues aquí! --dijo ella sofocada.
--Vete. Pueden vernos. No llores. Mira que viene gente. ¡Vete! Y
acercándose más a ella, murmuró:
--¡Eres una ladrona!
Volviose de espaldas y echó a andar, despacio, rayando el suelo con el
bastón.
Cuando había dado algunos pasos, volvió de pronto; aún vio entre los
bultos su vestido azul.
Y habiendo partido en aquella misma tarde para la provincia, no volvió
a saber más de aquella señorita rubia.
[Ilustración]