FRAY GENEBRO

I

En aquel tiempo aún vivía en su soledad de las montañas de la Umbría el

divino Francisco de Asís, y ya por toda Italia se loaba la santidad de

fray Genebro, su amigo y su discípulo.

Fray Genebro, en verdad, completaba la perfección en todas las

virtudes evangélicas. Por la abundancia y perpetuidad de la Oración,

arrancaba de su alma las raíces más menudas del pecado y tornábala

limpia y cándida como uno de esos celestes jardines en que el suelo

anda regado por el Señor, y en donde solo pueden brotar azucenas. Su

penitencia durante veinte años de claustro fue tan dura y alta, que ya

no temía al Tentador; y ahora, solo con sacudir la manga del hábito,

rechazaba las tentaciones, las más pavorosas o las más deliciosas,

como si fuesen apenas moscas importunas. Benéfica y universal a la

manera de un orvallo de verano, su caridad no se derramaba únicamente

sobre las miserias del pobre; más sobre las melancolías del rico. En

su humildísima humildad no se consideraba ni el igual de un gusano.

Los bravíos barones cuyas negras torres asombraban a Italia, acogíanle

reverentemente y curvaban la cabeza ante este franciscano descalzo y

mal remendado que les diseñaba la mansedumbre. En Roma, en San Juan

de Letrán, el Papa Honorio besó las heridas de cadenas que le habían

quedado en los pulsos del año en que en la Mourama por amor de los

esclavos, padeciera esclavitud. Y como en esas edades los ángeles aún

viajaban por la tierra con las alas escondidas, arrimados a un bordón,

muchas veces, trillando un viejo camino pagano o atravesando una selva,

encontrábase un mozo de inefable hermosura que le sonreía y murmuraba:

--¡Buenos días, hermano Genebro!

Un día, yendo este admirable mendicante de Spoleto para Terni, y viendo

en el azul y en el sol de la mañana, sobre una colina cubierta de

encinas, las ruinas del castillo de Otofrid, pensó en su amigo Egidio,

antiguo novicio como él en el convento de Santa María de los Ángeles,

que se retiró a aquel desierto para avecinarse más de Dios, y allí

habitaba una cabaña de rastrojos, junto a las murallas derrocadas,

cantando y regando las lechugas de su huerto, porque su virtud era

amena. Y como ya habían pasado más de tres años desde que visitara

al buen Egidio, dejó el camino, pasó, abajo, en el valle, sobre las

piedras, el riachuelo que huía por entre los laureles en flor, y

comenzó a subir lentamente la frondosa colina.

Después de la polvareda y ardor del camino de Spoleto, era dulce

la larga sombra de los castaños y el césped que le refrescaba los

doloridos pies. A la mitad de la cuesta, en una roca en donde se

embrollaban zarzas, susurraba y lucía un hilo de agua. Extendido al

lado, en las hierbas húmedas, dormía, resonando consoladamente, un

hombre que de cierto guardaba cerdos por allí, porque vestía un grueso

zurrón de cuero y traía pendiente del cinto una bocina de porquero.

El buen fraile bebió ligero, ahuyentó los moscardones que zumbaban

sobre la ruda cara adormecida y continuó trepando por la colina con

su alforja y su cayado, agradeciendo al Señor aquella agua, aquella

sombra, aquella frescura, tantos bienes inesperados. Pronto pudo echar

de ver, en efecto, el rebaño de puercos diseminados bajo las frondas,

roncando y hozando las raíces: unos, magros y agudos, de cerdas

duras; otros, redondos, con el hocico corto ahogado en gordura, y los

lechones, corriendo en torno a las tetas de las madres, lúcidos y color

de rosa.

Fray Genebro pensó en los lobos y lamentó el sueño del pastor

descuidado. Al fin del matorral comenzaba la roca donde los restos del

castillo lombardo se erguían, revestidos de hiedra, conservando aún

alguna saetera agujereada sobre el cielo, o, en una esquina de torre,

un caño que, extendiendo el cuello de dragón, acechaba por medio de las

selvas bravas.

La cabaña del ermitaño, tejada de choza que unos pedazos de piedra

aseguraban, apenas se percibía entre aquellos oscuros granitos, por la

huerta que enfrente verdeaba, con sus tajos de col y estacas de habas

entre espliego oloroso. Egidio no andaría muy lejos, porque sobre

el muro de piedra suelta quedara su cántaro, su podón y su azada.

Dulcemente, para no importunarle por si a aquella hora de siesta

estuviese recogido y orando, fray Genebro empujó la puerta de tablas

viejas, que no tenía cerrojo para ser más hospitalaria:

--¡Hermano Egidio!

Del fondo de la ruda choza, que más parecía cueva de algún bicho, vino

un lento gemido:

--¿Quién me llama? Aquí, en este rincón, ¡en este rincón de muerte!...

De muerte, ¡hermano!

Fray Genebro acudió, y encontró al buen ermitaño estirado en un monte

de hojas secas, encogido entre harapos, y tan delgado, que su cara, en

otro tiempo harta y rosada, era como un pedacito de viejo pergamino muy

arrugado, perdido entre los rizos de las barbas blancas. Con infinita

caridad y dulzura le abrazó:

--¿Y ha cuánto tiempo, ha cuánto tiempo en este abandono, hermano

Egidio?

¡Loado Dios, desde la víspera! Aún en la víspera, a la tarde, después

de mirar por última vez para el sol y para su huerto, viniera a

extenderse en aquel rincón, para acabar... Mas hacía meses que le había

tomado un cansancio, que ni le permitía asegurar la cántara llena al

volver de la fuente.

--Y decidme, hermano Egidio, pues que el Señor me trajo, ¿qué puedo yo

hacer por vuestro cuerpo? Por el cuerpo, digo; que por el alma bastante

tenéis hecho en la virtud de esta soledad.

Gimiendo, arrebañando para el pecho las hojas secas en que yacía, como

si fueren pliegues de una sábana, el pobre ermitaño murmuró:

--Mi buen fray Genebro, no sé si es pecado; mas toda esta noche, en

verdad, os confieso, me apeteció comer un pedazo de carne, un pedazo de

puerco asado... ¿Será pecado?

Fray Genebro, con su inmensa misericordia, le tranquilizó. ¿Pecado? No,

ciertamente. Aquel que por tortura recusa a su cuerpo un contentamiento

honesto, desagrada al Señor. ¿No ordenaba Él a sus discípulos que

comieran las buenas cosas de la tierra? El cuerpo es siervo; y está en

la voluntad divina que sus fuerzas sean sustentadas para que preste

al espíritu, su amo, bueno y leal servicio. Cuando fray Silvestre,

ya enfermito, sintió aquel largo deseo de uvas moscateles, el buen

Francisco de Asís le condujo a la viña, y por sus manos le cogió los

mejores racimos, después de bendecirlos, para que fuesen más jugosas y

más dulces...

--¿Es un pedazo de puerco asado lo que apetecéis? --exclamó

risueñamente el buen fray Genebro, acariciando las manos transparentes

del ermitaño--. Pues, sosegad, hermano querido, que ya sé cómo os voy a

contentar.

E inmediatamente, con los ojos relucientes de caridad y de amor,

tomó el afilado podón que había visto sobre el muro del huerto.

Recogiendo las mangas del hábito, y más ligero que un gamo, ya que

era aquel un servicio del Señor, encaminose por la colina hasta los

densos castañales donde encontrara el rebaño de puercos. Y en llegando

allí, andando subrepticiamente, por entre los troncos, sorprendió

un lechoncito abandonado que hozaba en las bellotas, se echó sobre

él y, en tanto le sofocaba el hocico y los gritos, descepó, con dos

golpes certeros de podón, la pierna por donde lo agarrara. Después,

con las manos salpicadas de sangre, la pierna de puerco bien alta y

goteando sangre, dejando la res jadeando en una poza de sangre, el

piadoso hombre trepó la colina, corrió a la cabaña, gritó hacia dentro

alegremente:

--Hermano Egidio, la pieza de carne ya el Señor la dio; y yo, en santa

María de los Ángeles, era buen cocinero.

En el huerto del ermitaño arrancó una estaca de las habas, que con

el podón sangriento, apuntó en espeto. Entre dos piedras, encendió

una hoguera. Con celoso cariño asó la pierna de puerco. Era tanta su

caridad, que para dar a Egidio todos los gustos anticipados de aquel

banquete raro en tierra de mortificación, anunciaba con voces festivas

y de buena promesa:

--¡Ya se va dorando el porquiño, hermano Egidio! ¡La piel se va

tostando, santo!

Y por fin entró en la choza, triunfalmente, con el asado que humeaba

y exhalaba, cercado de frescas hojas de lechuga. Tiernamente ayudó a

sentar al viejo, que temblaba y se babeaba de gula. Apartole de las

pobres mejillas maceradas los cabellos que el sudor de la flaqueza

empastara. Y, para que el buen Egidio no se vejase con su voracidad y

tan carnal apetito, afirmábale en cuanto le partía las fibras gordas,

que también él hubiese comido regaladamente de aquel excelente puerco,

si no hubiera almorzado de sobra en la _Locanda de los Tres Caminos_.

--Mas ni bocado me podría entrar ahora, hermano; ¡me papé una gallina

entera! ¡Y después una fritada de huevos! ¡Y un cuartillo de vino

blanco!

El santo hombre mentía santamente, porque desde la madrugada no había

probado más que un magro caldo de hierbas, recibido por limosna en la

cancela de una granja.

Harto, consolado, Egidio dio un suspiro, y recayó en su lecho de hoja

seca. ¡Qué bien le hiciera, qué bien le hiciera! ¡El Señor, en su

justicia, pagase a su hermano Genebro aquel pedazo de puerco! Hasta

sentía el alma más fuerte para emprender la temerosa jornada... Y el

ermitaño con las manos alzadas, Genebro arrodillado, ambos loaron,

ardientemente, al Señor, que a toda necesidad solitaria, manda de allá

lejos el socorro.

Entonces, habiendo cubierto a Egidio con un pedazo de manta y puesto a

su lado la cántara llena de agua fresca, y tapado, contra el aire de la

tarde, la luz de la cabaña, fray Genebro, inclinado sobre él, murmuró:

--Mi buen hermano, vos no podéis quedar en este abandono... Yo voy

llevado por obra de Jesús, que no admite tardanza, mas pasaré por el

convento de Sambricena y daré recado para que venga un novicio y os

cuide con amor en vuestro trance. ¡Dios os vele entretanto, hermano!

¡Dios os sosiegue y os ampare con su mano derecha!

Mas Egidio cerrara los ojos; no se movió, o porque adormeciera, o

porque su espíritu, habiendo pagado aquel último salario al cuerpo,

como a un buen servidor, para siempre partiera, terminada su obra en

la tierra. Fray Genebro bendijo al viejo, tomó su bordón y descendió

a la colina de las grandes encinas. Bajo la fronda, hacia los lados

donde andaba el rebaño, la bocina del porquero resonaba ahora en un

toque de alarma y de furor. De cierto despertara; descubriera el lechón

mutilado. Apurando el paso, fray Genebro pensaba cuán magnánimo es el

Señor en permitir que el hombre, hecho a su imagen augusta, reciba tan

fácil consuelo de una pierna de cerdo asada entre dos piedras.

Retomó el camino, marchando para Terni. Desde ese día fue prodigiosa la

actividad de su virtud. A través de toda Italia, sin descanso, predicó

el Evangelio Eterno, endulzando la aspereza de los ricos, alargando la

esperanza de los pobres. Su inmenso amor iba aún más allá de los que

sufren, hasta a aquellos que pecan, ofreciendo un alivio a cada dolor,

extendiendo un perdón a cada culpa; y con la misma caridad con que

trataba los leprosos, convertía a los bandidos. Durante las invernadas

y la nieve, innumerables veces daba a los mendigos su túnica, sus

alpargatas; los abades de los monasterios ricos, las damas devotas

vestíanle de nuevo, para evitar el escándalo de su desnudez a su paso

por las ciudades; pero él, sin demora, en la primera esquina, ante

cualquier desarrapado, desvestíase otra vez sonriendo. Para redimir

siervos que sufrían bajo un amo fiero, penetraba en las iglesias y

arrancaba del altar los candelabros de plata, afirmando, jovialmente,

que más grato le era a Dios un alma liberta que una vela encendida.

Cercado de viudas, de criaturas famélicas, invadía las panaderías, las

carnicerías, hasta las tiendas de cambio, y reclamaba imperiosamente

en nombre de Dios la parte de los desheredados. Sufrir, sentir la

humillación, eran para él las únicas alegrías completas: nada le

deleitaba más que llegar de noche, mojado, hambriento, tiritando, a

una opulenta abadía feudal, y ser repelido de la portería como un

mal vagabundo; solo entonces, agachado en un rincón, lleno de lodo,

masticando un puñado de hierbas crudas, reconocíase verdaderamente

hermano de Jesús, que ni siquiera había tenido, como tienen los bichos

del monte, un cubil para abrigarse. Cuando en una ocasión en Perusa las

cofradías salieron a su encuentro, con festivas banderas, al repique

de las campanas, él echó a correr hacia un monte de estiércol, en

donde se revolcó y se ensució todo para que de aquellos que venían

a engrandecerle, solo pudiera recibir compasión y escarnio. En los

claustros, en los descampados, en medio de las multitudes, durante las

lides más pesadas, oraba constantemente, no por obligación, sino porque

en la plegaria encontraba un deleite adorable. Deleite mayor, sin

embargo, era para el franciscano, enseñar y servir.

Así, largos años, erró entre los hombres, vertiendo su corazón como

el agua de un río, ofreciendo sus brazos como incansables palancas; y

tan pronto, en una desierta ladera, aliviaba a una pobre vieja de su

carga de leña, como en una ciudad revuelta, donde reluciesen armas,

adelantábase con el pecho abierto, y amansaba las discordias.

En fin, una tarde, en víspera de Pascua, hallándose sentado,

descansando en los escalones de Santa María de los Ángeles, vio de

repente, en el aire liso y blanco, una vasta mano luminosa que sobre él

se abría y chispeaba. Pensativo, murmuró:

--He ahí la mano de Dios, su mano derecha, que se extiende para

acogerme o para repelerme.

Dio luego a un pobre, que allí rezaba el Ave María, con su alforja

debajo de las rodillas, todo lo que en el mundo le restaba, que era

un volumen del Evangelio, muy usado y manchado de sus lágrimas. El

Domingo, en la iglesia, al alzar la hostia, se desmayó; sintiendo

entonces que iba a terminar su jornada terrestre, quiso que le llevasen

para un corral y le acostaran sobre una camada de cenizas.

En santa obediencia al guardián del convento, consintió que le

limpiasen de sus trapos, le vistiesen un hábito nuevo; mas con los

ojos inundados de ternura, imploró que le enterrasen en un sepulcro

prestado, como fuera el de Jesús, su señor.

Y, suspirando, solo se quejaba de no sufrir:

--Oh, Señor, que tanto sufrió, ¿por qué no me manda a mí el

padecimiento bendito?

Al amanecer pidió que abriesen el portón del corral.

Contempló el cielo, que clareaba, escuchó las golondrinas que, en la

frescura y silencio, comenzaban a cantar sobre el borde del tejado,

y, sonriendo, recordó una mañana, así de silenciosa y fresca, en que,

andando con Francisco de Asís a la orilla del lado de Perusa, el

maestro incomparable detuviérase ante un árbol lleno de pájaros, y

paternalmente les recomendara que loasen siempre al Señor. «¡Hermanos

míos, hermanos pajaritos, cantad bien a vuestro Creador, que os dio

ese árbol para que en él habitéis, y toda esta limpia agua para en

ella beber, y esas plumas bien calientes para abrigaros vosotros, y

vuestros hijitos!» Luego, besando humildemente la manga del monje que

lo amparaba, Fray Genebro murió.

Adán y Eva en el paraíso · 第 19 / 45 题