III

¡Ya eran de él, solo de él, las tres llaves del cofre!... Y Ruy,

alargando los brazos, respiró deliciosamente. ¡Apenas la noche

descendiese, con el oro metido en las alforjas, guiando la reata de

yeguas por los atajos de la sierra, subiría a Medranhos y enterraría en

la bodega su tesoro! Y después, cuando allá en la fuente, y allá junto

a los zarzales, solo quedasen, bajo las nieves de diciembre, algunos

huesos sin nombre, él sería el magnífico señor de Medranhos, y en la

nueva capilla del solar renacido mandaría decir ricas misas por sus dos

hermanos muertos... ¿Muertos cómo? Como deben morir los de Medranhos:

¡peleando contra el Turco!

Abrió las tres cerraduras, cogió un puñado de doblones, que hizo sonar

sobre las piedras. ¡Qué puro oro, de fino quilate! Después fue a

examinar la capacidad de las alforjas, y, encontrando las dos botellas

de vino y un gordo capón asado, sintió inmensa hambre. Desde la víspera

solo había comido un pedacito de pescado seco. ¡Cuánto tiempo que no

probaba capón! ¡Con qué delicia se sentó en el césped, con las piernas

abiertas, y entre ellas el ave amarilla y el vino color de ámbar!

¡Ah! Guannes había sido excelente mayordomo; ni se le olvidaron

las aceitunas. Mas, ¿por qué trajera solo dos botellas para tres

convidados? Rasgó un ala del capón; devoraba a grandes dentelladas.

Caía la tarde, pensativa y dulce, con nubecitas de color de rosa.

Allá, en la vereda, un bando de cuervos graznaba. Las yeguas, hartas,

dormitaban con el hocico pendido. Cantaba la fuente, lavando al muerto.

Ruy alzó a la luz la botella de vino. Con aquel color viejo y caliente,

no habría costado menos de tres maravedises. Y poniendo el cuello a la

boca, bebió en sorbos lentos, que le hacían ondular el peludo pescuezo.

¡Oh, vino bendito, que tan prontamente hacía olvidar la sangre! Tiró la

botella vacía; destapó otra. Mas, como era avisado, no bebió, porque

la jornada a la sierra, con el tesoro, requería firmeza y acierto.

Descansando, tendido sobre el codo, pensaba en Medranhos cubierto de

teja nueva, en las altas llamas de la chimenea en noches de nieve, y en

su lecho con brocados, en donde tendría siempre mujeres...

De repente, tomado de una gran ansiedad, sintió prisa de cargar las

alforjas. Ya se adensaba la sombra entre los árboles. Trajo una de las

yeguas para junto del cofre, levantó la tapa, tomó un puñado de oro...

Mas osciló, soltando los doblones, que resonaron en el suelo, y llevó

las dos manos afligidas al pecho. ¿Qué es, don Ruy? ¡Rayos de Dios! Era

un fuego, un fuego vivo que se le encendiera dentro y le subía hasta

la garganta. Rasgose el jubón y echó a andar con pasos inciertos, y

encorvado, con la lengua pendiente, limpiándose las gruesas gotas de

un sudor horrendo que le helaba como nieve. ¡Oh, Virgen Madre! ¡Otra

vez el fuego, más fuerte, que ascendía, le roía! Gritó:

--¡Socorro! ¡Alguien! ¡Guannes! ¡Rostabal!

Sus brazos torcidos movíanse en el aire desesperadamente. Y la llama,

dentro, subía; sentía los huesos estallando, como las maderas de una

casa ardiendo.

Renqueó hasta la fuente para apagar aquella llama; tropezó con

Rostabal, y, con la rodilla apoyada en el muerto, arañando la roca,

entre gritos, buscaba el hilo de agua que recibía sobre los ojos, por

los cabellos. Pero el agua lo quemaba más, como si fuese un metal

derretido. Volviose, cayó encima de la hierba, que arrancaba a puñados,

y que mordía, mordiendo los dedos para chuparles la frescura. Levantose

aún con una baba densa que se le escurría por las barbas; y de repente,

abriendo pavorosamente los ojos, como si comprendiese, en fin, la

traición, todo el horror:

--¡Es veneno!

¡Oh! ¡Don Ruy, el avisado, era veneno! Porque Guannes, no bien llegara

a Retortilho, antes de comprar las alforjas, corrió cantando a una

callejuela, que hay detrás de la catedral, a comprar al viejo droguista

judío el veneno que, mezclado al vino, le haría a él, a él solamente,

dueño de todo el tesoro.

Anocheció. Dos cuervos de entre el bando que graznaba, ya se habían

posado sobre el cuerpo de Guannes. La fuente, cantando, lavaba al otro

muerto.

Medio enterrada en la hierba negra, toda la cara de Ruy volviérase

negra. Una estrellita lucía en el cielo.

El tesoro aún está allí, en el bosque de Roquelanes.

[Ilustración]

Adán y Eva en el paraíso · 第 18 / 45 题