En un prado, enfrente de la mata que encubría el tesoro (y que los
tres habían devastado a cuchilladas), un hilo de agua, brotando entre
rocas, caía sobre una vasta piedra excavada, en donde hacía como un
estanque, claro y quieto, antes de escurrirse hacia el césped; y al
lado, en la sombra de una haya, yacía un viejo pilar de granito,
tumbado y musgoso. Allí vinieron a sentarse Ruy y Rostabal, con sus
tremendos espadones entre las rodillas. Las dos yeguas pastaban la
fresca hierba, pintarrajeada de amapolas y botones de oro. Por entre el
ramaje volaba un mirlo silbando. Un olor errante de violetas endulzaba
el aire luminoso. Rostabal, mirando al sol, bostezó con hambre.
En esto, Ruy, que sacara el sombrero y le arreglaba las viejas plumas
rojas, comenzó a considerar, en su manso y avisado lenguaje, que
Guannes, aquella mañana, no había querido bajar con ellos al bosque
de Roquelanes. ¡Así era la suerte ruin! Porque si Guannes se hubiese
quedado en Medranhos, ellos, los dos, habrían descubierto el cofre, y
solo entre los dos se partiría el oro. ¡Qué pena! Tanto más, que la
parte de Guannes sería en seguida disipada, con rufianes, a los dados,
por las tabernas.
--¡Ah, Rostabal, Rostabal! Si Guannes, viniendo por aquí solito,
hubiese hallado este oro, no partiría con nosotros, Rostabal.
El otro murmuró sordamente y con furor, dando un tirón a las barbas
negras:
--¡No, mil rayos! Guannes es un avaro. ¡Cuando el año pasado le ganó
los cien ducados al espadero de Fresno, no me quiso prestar tres para
comprar un jubón nuevo! ¿No te acuerdas?
--¿Ves tú? --gritó Ruy, resplandeciendo.
Entrambos se habían levantado del pilar de granito, como llevados por
la misma idea, que los deslumbraba. A través de sus largos pasos, las
altas hierbas silbaban.
--¿Y para qué? --proseguía Ruy--. ¿Para qué le sirve a él todo el oro
que nos lleva? ¿No le oyes, de noche, cómo tose? ¡Alrededor de la paja
en que duerme, todo el suelo está lleno de sangre, que saliva! ¡Hasta
las otras nieves no dura, Rostabal! Mas hasta allá habrá disipado los
buenos doblones que debían ser nuestros, para levantar la casa, y para
que tu puedas tener jinetes, y armas, y trajes nobles, y tu tercio de
solariegos, como compete a quien es, como tú, el más viejo de los de
Medranhos...
--Pues que muera, y muera hoy --gritó Rostabal.
--¿Quieres?
Vivamente, Ruy tomó de un brazo al hermano y le apuntó hacia la vereda
de olmos, por donde Guannes partiera cantando.
--Más adelante, al fin del camino, hay un sitio bueno, en los zarzales;
y has de ser tú, Rostabal, que eres el más fuerte y el más diestro. Un
golpe de punta por la espalda. Y hasta es justicia de Dios que seas tú,
que muchas veces, en las tabernas, sin ningún pudor, Guannes te trataba
de _cerdo_ y de torpe, por no saber leer ni contar.
--¡Malvado!
--¡Ven!
Fueron. Emboscáronse por detrás de un zarzal, que dominaba el atajo,
estrecho y pedregoso como un lecho de torrente. Rostabal, asomado
en la zanja, tenía ya la espada desnuda. Un viento leve remolinó en
la pendiente las hojas de los álamos, y sintieron el repique de las
campanas de Retortilho. Ruy, mesándose la barba, calculaba las horas
por el sol, que ya se inclinaba hacia las sierras. Pasó un bando de
cuervos graznando sobre ellos. Rostabal, que les había seguido el
vuelo, recomenzó a bostezar con hambre, pensando en las empanadas y en
el vino que el otro traía en las alforjas.
¡En fin! ¡Alerta! En la vereda oíase la cántica doliente y ronca,
lanzada a las ramas:
¡Olé! ¡Olé!
Sale la cruz de la iglesia,
toda vestida de negro...
Ruy murmuró:
--¡En el costado! ¡Así que pase!
El trote de la yegua batió el cascajo; una pluma en un sombrero rojeó
por sobre la punta de las selvas. Rostabal rompió de entre la zarza
por una brecha, tiró el brazo, la larga espada, --y toda la hoja se
embebió muellemente en el costado de Guannes, cuando al rumor, de
improviso, se volvió en la silla. Cayó de lado, con un sordo quejido,
sobre las piedras. Ya Ruy se abalanzaba a los frenos de la yegua;
Rostabal, cayendo sobre Guannes, que suspiraba aún, de nuevo le enterró
la espada, agarrada por la hoja como un puñal, en el pecho y en la
garganta.
--¡La llave! --gritó Ruy.
Arrancada la llave del cofre al pecho del muerto, ambos echaron a
andar por la vereda. Rostabal delante, huyendo, con la pluma del
sombrero quebrada y torcida, la espada, aún desnuda, apretada bajo
al brazo, todo encogido, horripilado con el sabor de la sangre que
le saltara a la boca; Ruy, atrás, tirando desesperadamente de las
bridas de la yegua, que con las patas hincadas en el suelo pedregoso,
mostrando la larga dentadura amarilla, no quería dejar a su amo allí
estirado, abandonado, a lo largo de las sebes.
Tuvo necesidad de picarle las ancas con la punta de la espada, y de
ir corriendo detrás de ella con la espada en alto, como si fuese
persiguiendo a un moro, hasta que desembocó en el prado, donde el sol
ya no doraba las hojas. Rostabal arrojó a la hierba el sombrero y la
espada, y de bruces sobre la losa excavada en estanque, con las mangas
arremangadas, lavábase ruidosamente la cara y las barbas.
La yegua recomenzó a pastar, cargada con las nuevas alforjas que
Guannes comprara en Retortilho. De la más larga, abarrotada,
desbordaban los cuellos de dos botellas. En esto, Ruy sacó, lentamente,
del cinto su larga navaja. Sin un rumor en la espesa hierba, deslizose
hasta Rostabal, que resoplaba con las largas barbas chorreando. Y
serenamente, como si clavase una estaca en un bancal, le enterró toda
la hoja en el largo dorso doblado, certera sobre el corazón.
Rostabal cayó sobre el estanque, sin un gemido, con la cara en el agua,
los largos cabellos flotando en el agua. Su vieja escarcela de cuero
quedara sujeta debajo del muslo. Para sacar de dentro de ella la
tercera llave del cofre, Ruy levantó el cuerpo, y un chorro de sangre
más espesa corrió, escurrió por el borde del estanque, humeando.