EL TESORO

I

Los tres hermanos de Medranhos, Ruy, Guannes y Rostabal, eran entonces,

en todo el Reino de las Asturias, los hidalgos más hambrientos y los

más remendados.

En los Pazos de Medranhos, a que el viento de la sierra llevara vidrios

y teja, pasaban ellos las tardes de ese invierno, enovillados en sus

abrigos de camelote, batiendo las suelas rotas sobre las losas de la

cocina, delante del vasto lar negro, en donde desde ya mucho antes no

estallaba fuego, ni hervía nada en el puchero de hierro. Al oscurecer

devoraban una corteza de pan negro, refregada con ajo. Luego, sin

candil, a través del patio, hundiendo la nieve, iban a dormir a la

cuadra, para aprovechar el calor de las tres yeguas leprosas que, tan

famélicas como ellos, roían las tablas del pesebre. La miseria hiciera

a estos señores más bravíos que lobos.

Un día, en primavera, en una silenciosa mañana de domingo, yendo los

tres por el bosque de Roquelanes acechando pisadas de caza y cogiendo

hongos entre los robles, en tanto las tres yeguas pastaban la hierba

nueva de abril, los hermanos de Medranhos encontraron, por detrás de

una mata de espinos, en una cueva de roca, un viejo cofre de hierro.

Como si lo resguardase una torre segura, conservaba sus tres llaves

en sus tres cerraduras; sobre la tapa, mal descifrable, a través del

herrumbre, corría un dístico en letras árabes. ¡Y dentro, hasta los

bordes, estaba lleno de doblones de oro!

En el terror y esplendor de la emoción, los tres señores quedaron

más lívidos que cirios. Después, zambullendo furiosamente las manos

en el oro, rompieron a reír, con unas risotadas tan sonoras, que las

hojas tiernas de los olmos, en torno, temblaban... Retrocedieron,

bruscamente se encararon, con los ojos flameando, en una desconfianza

tan desabrida, que Guannes y Rostabal palparon en los cintos los mangos

de las grandes facas. Entonces Ruy, que era gordo y rubio y el más

avisado, levantó los brazos, como un árbitro, y comenzó por decidir que

el tesoro, o viniese de Dios o del demonio, pertenecía a los tres, y

entre ellos se repartiría rígidamente, pesándose el oro en balanzas.

Mas ¿cómo podrían llevar a Medranhos, hasta la cima de la sierra,

aquel cofre tan lleno? No era conveniente que salieran con su bien

del bosque antes que anocheciese. Así que él entendía que el hermano

Guannes, como más leve, debía partir trotando hacia la vecina villa de

Retortilho, con el oro necesario en la bolsa, a fin de comprar tres

alforjas de cuero, tres maquilas de cebada, tres empanadas de carne

y tres botellas de vino. El vino y la carne eran para ellos, que no

comían desde la víspera; la cebada, para las yeguas. Rehechos, señores

y cabalgaduras, esconderían el oro en las alforjas y subirían camino de

Medranhos, bajo la seguridad de la noche sin luna.

--¡Bien tramado! --gritó Rostabal, hombre más alto que un pino, de

larga melena, y con una barba que le caía desde los ojos rayados de

sangre hasta la hebilla del cinturón.

Mas Guannes no se apartaba del cofre, desconfiado, arrugando entre los

dedos la negra piel de grulla de su pescuezo, y al fin, brutalmente:

--¡Hermanos! El cofre tiene tres llaves... ¡Yo quiero cerrar mi

cerradura y llevar mi llave!

--¡También yo quiero la mía, mil rayos! --rugió a seguida Rostabal.

Ruy sonrió. ¡Cierto, cierto! A cada dueño del oro pertenecía una de

las llaves que lo guardaban. Y uno por uno, en silencio, agachado ante

el cofre, cerró su cerradura con fuerza. Guannes, serenado, saltó en

la yegua, y metiose por la vereda de los olmos, camino de Retortilho,

echando a los ramos su cántica acostumbrada y doliente:

¡Olé! ¡Olé!

Sale la cruz de la iglesia,

vestida de negro luto...

Adán y Eva en el paraíso · 第 16 / 45 题