II

Calmo, magníficamente fecundo, corría el noble río del Paraíso, por

entre las islas, casi cubiertas bajo el peso del arbolado, todas

fragantes y atronadas por el clamor de las cacatúas. Adán, trotando

pesadamente por la orilla baja, ya siente la atracción de las aguas

disciplinadas que andan y viven, esa atracción que será tan fuerte

en sus hijos, cuando descubran en el río al servidor que sosiega,

abona, riega, muele y acarrea. ¡Pero cuántos terrores especiales le

horripilan aún, haciéndole correr con despavoridos saltos para detrás

de las zarzas y de los chopos! En otras islas, de arena fina y rosada,

reposan pedregosos cocodrilos, achatados sobre el vientre, que palpita

muellemente, abriendo las hondas bocas en la tibia pereza de la tarde,

absorbiendo todo el aire con un perfume de almizcle. Por entre los

cañaverales, colean y refulgen gordas culebras, de cuello erguido, que

miran a Adán con furor, dardeando y silbando. A nuestro Padre, que

nunca las viera, es de creer que habían de figurársele pavorosas las

inmensas tortugas del comienzo del mundo, pastando, con arrastrada

mansedumbre, de la hierba de los prados nuevos. De improviso, una

curiosidad le atrae, y casi resbala en la orilla lodosa, donde el agua

roza y se agita. En la largueza del río explayado, una negra fila de

aurocos, serenamente, con los cuernos altos y la espesa barba flotando,

nada hacia la otra margen, campiña cubierta de rubias mieses, en la

cual tal vez maduran ya las urbanas espigas de centeno y de maíz.

Nuestro Padre venerable mira la fila lenta, mira el río lustroso,

concibe el anublado deseo de atravesar también hacia aquellas lejanías

en que las hierbas rebrillan, arriesga la mano en la corriente, la

cual se la empuja para atrás, como para atraerle e iniciarle. Entonces

gruñe, retira la mano, y sigue, con ásperas patadas, aplastando,

sin percibir siquiera el perfume, las frescas fresas silvestres que

ensangrientan el césped...

Al cabo de un tiempo detiénese, considerando un bando de aves perchadas

en un peñasco todo cubierto de guano, que acechan, con el pico atento,

hacia abajo, en donde hierven las aguas apretadas. ¿Qué espían las

blancas garzas? Un bando de lindos peces, que rompen contra la

corriente, y saltan, centelleando en la clara espuma. De pronto, en un

desabrido sacudir de alas blancas, una garza, luego otra, hiende el

alto cielo, llevando, atravesado en el pico, un pez que se retuerce

y reluce. Nuestro Padre venerable se rasca el costado. Ante aquella

abundancia del río, su crasa gula también apetece una presa; y lanza la

garza, y coge, en su vuelo sonante, coriáceos insectos que olfatea y

muerde. Aunque nada ciertamente asombró al Primer Hombre como un grueso

tronco de árbol medio podrido, que boyaba, descendía en la corriente,

llevando sentados en una punta, con seguridad y gracia, dos bichos

sedosos, rubios, de hocico experto, y fofas colas vanidosas. Corrió

ansiosamente, enorme y descoyuntado, para seguirlos y observarlos;

sus ojos brillaban como si ya comprendiese la malicia de aquellos dos

bichos, embarcados en un tronco de árbol, y viajando, bajo la suave

frescura de la tarde, en el río del Paraíso.

Entretanto, el agua que iba orillando hacíase más baja, turbia y

tarda. En su extensión, no verdean islas, ni se mojan los patos en

ella. Allá, ilimitadas casi, fundidas en las neblinas, adivínanse

descampadas soledades, de donde sopla un viento lento y húmedo. Nuestro

Padre venerable enterraba las patas en tierras blandas, a través de

aluviones, de inmundicie silvestre, en la cual, para su intenso horror,

chapoteaban enormes ranas, croando furiosamente. A poco, perdiose

el río en una vasta laguna, oscura y desolada, resto de las grandes

aguas sobre las que flotara el Espíritu de Jehová. Una humana tristeza

oprimió el corazón de nuestro Padre. Del centro de gruesas burbujas,

que se hinchaban en la tranquila lisura del agua triste, constantemente

brotaban horrendas trombas, escurriendo algas verdes, que bufaban

ruidosamente y hundíanse luego, como empujadas por el lodo viscoso.

Cuando aconteció que de entre los altos y negros cañaverales, manchando

la pureza del cielo de la tarde, se elevó, alargándose por encima de

él, una nube estridente de moscardones voraces. Adán huye, atolondrado,

surca arenales pegajosos, rasga el pelo en la aspereza de los cardos

blancos que el viento retuerce, resbala por una vertiente de cascajo y

guijarros, y para en una playa de arena fina. Jadea: sus largas orejas

tiemblan, escuchando hacia en del lado de allá de las dunas, un vasto

rumor que rueda, abate y retumba... Es el mar. ¡Nuestro Padre traspone

las pálidas dunas, y delante de él está el Mar!

* * * * *

Entonces fue el pavor supremo. De un salto, batiendo convulsamente los

puños contra el pecho, retrocede hasta en donde tres pinos, muertos

y sin rama, le ofrecen el refugio hereditario. ¿Por qué avanzan así,

hacia él, sin cesar, en una hinchada amenaza, aquellos rollos verdes,

con su crin de espuma, y se arrojan, se despedazan, hierven y babosean

rudamente la arena? El resto de la vasta agua permanece inmóvil, como

muerta, con una gran mancha de sangre que palpita. De seguro que toda

esa sangre cayó de la herida del sol, redonda y bermeja, sangrando

encima, en un cielo dilacerado por hondos golpes ya rojos. Más allá

de la niebla lechosa que cubre las lagunas de los charcos salados,

adonde la marea aún llega y se explaya lejos, un monte flamea y humea.

Y siempre delante de Adán, contra Adán, los verdes rollos de verdes

ondas avanzan, y retumban, y tienden la playa de algas, de conchas, de

gelatinas que albean lívidamente.

¡Mas he ahí que todo el mar se puebla! Encogido contra el pino, nuestro

Padre venerable vuelve los ojos inquietos y trémulos, aquí y acullá, a

las rocas cubiertas de sargazo, en donde gordísimas focas bamboléanse

majestuosamente; hacia los chorros de agua, que brotan a lo alto, hasta

las nubes rojas y recaen en una lluvia ardiente; a una linda flota de

conchas, inmensas conchas blancas y nacaradas, bogando de bolina,

circundando las peñas, con maniobra elegante... Adán se asombra sin

saber que estas son las Amonites, y que ningún otro hombre, después

de él, verá la lucida y rósea armada singlando en los mares de este

mundo. ¡Él la admira, quizá con la impresión inicial de la belleza de

las cosas, cuando bruscamente, en un temblor de surcos blancos, toda la

maravillosa flota zozobra! Con el mismo salto muelle, las focas caen

en las aguas profundas. Pasa un terror, un terror levantado del mar,

tan intenso que un bando de albatros muy seguro sobre una escarpadura,

bate, con irritados gritos, el vuelo despavorido.

Nuestro Padre venerable aferra la mano a un vástago de pino, y sonda,

horrorizado, la inmensidad desierta. Y estando así, a lo lejos, bajo

el pálido resplandor del sol que se esconde, lentamente, un inmenso

dorso sale de las aguas, como una larga colina, toda espetada de

negras, agudas astillas de roca. ¡Y avanza! Precediéndolo un tumulto de

burbujas se remolina y revienta; y de entre ellas emerge, por último,

respirando hondamente, una tromba disforme de fauces entreabiertas,

donde centellean y se sumen bancos de peces que sus sorbos vienen

tragando...

¡Es un monstruo, un pavoroso monstruo marino! Es de suponer que

nuestro Padre, olvidando toda su dignidad humana (aún reciente), trepó

desesperadamente por el pino hasta donde las ramas terminaban. Pero

hasta en aquel abrigo, sus poderosas quijadas temblaban, en un miedo

convulso, ante el horrendo ser surgido de las profundidades. Con un

sonido raspante, despedazando conchas, guijarros y corales, el monstruo

cae en la arena, que cava profundamente, y sobre la cual retesa las

dos patas, más gordas que troncos de teca, con las uñas enrolladas de

algas marinas. De la caverna de sus fauces, a través de los dientes

terríficos, que las algas y musgos verdean, sopla un vaho espeso de

fatiga y de furor, tan fuerte, que hace girar las algas secas y las

conchas ligeras. Entre la corteza pedregosa que le cubre la frente,

negrean dos cuernos cortos y romos. Sus ojos lívidos y vítreos, son

como dos enormes lunas muertas. La inmensa cola dentada arrastra por el

mar distante, y a cada coletazo levanta una tempestad.

Por estas facciones, poco amables, ya reconocísteis al Ictiosaurio,

el más horrendo de los cetáceos concebidos por Jehová. ¡Era él!,

tal vez el último que duró en las tinieblas oceánicas hasta este

memorable día de 28 de agosto, a fin de que nuestro Padre entreviese

los orígenes de la Vida. Está enfrente de Adán, ligando los tiempos

viejos a los tiempos nuevos, y con las escamas del dorso enfurecidas

muge devastadoramente. Enroscado en el tronco alto, nuestro Padre

venerable aúlla de vivo horror... Y he aquí que, del lado de los

charcos anublados, un silbo hiende los cielos, silbado y lanzado,

como el de un áspero viento en una garganta de serranía. ¿Qué es?

¿Otro monstruo? Sí, el Plesiosaurio. Es también el último Plesiosaurio

que corre del fondo de los pantanos. Y ahora se traba de nuevo para

asombro del primer Hombre (y gusto de los Paleontólogos), el combate

que fue la desolación de los pre-humanos días de la Tierra. Allí

aparece la fabulosa cabeza de Plesio, terminada en pico de ave, pico

de dos brazas, más agudo que el dardo más agudo, erguida sobre un

larguísimo y fino pescuezo, que ondula, arquea, hiere y silba con

pavorosa elegancia. Dos aletas de incomparable rigidez vienen moviendo

su disforme cuerpo, muelle, glutinoso, todo en arrugas, manchado por

una lepra de hongos verdosos. Tan inmenso es así, arrastrándose, con el

pescuezo empinado que, delante de la duna donde se levantan los pinos,

en los cuales se refugia Adán, parece otra duna negra sustentando un

pino solitario. Avanza furiosamente. Y de repente, ármase un horroroso

tumulto de mugidos y silbidos y choques retumbantes y torbellinos de

arena y gruesos mares brotando. Nuestro Padre venerable salta de un

pino a otro, temblando tanto, que con él tiemblan los troncos. Cuando

se arriesga a espiar, en punto en que aumentan los bramidos, solo

percibe en la enrollada masa de los dos monstruos, a través de una

niebla de espuma que los chorros de sangre enrojecen, el pico de Plesio

enterrado en el vientre muelle de Ictio, cuya cola, erguida se retuerce

furiosamente en la palidez de los cielos espantados. ¡Nuestro Padre

venerable esconde otra vez la faz! Un gemido de monstruosa agonía rueda

por la playa. Las pálidas dunas se estremecen, resuenan las cavernas

lúgubres. Sucede luego una paz muy larga, en que el ruido del mar

Océano no es más que un consolado murmurio de alivio.

Adán espía refugiado entre las ramas... El Plesio retrocediera herido

hacia la tibia cama de un pantano. Sobre la playa yace muerto el Ictio,

como una colina en donde las olas de la tarde se quiebran.

En esto, nuestro Padre venerable deslízase cautelosamente de su pino

y se acerca al monstruo. La arena, en derredor, está horriblemente

revuelta; y por toda ella, en lentos surcos, en pozas oscuras, humea la

sangre, mal chupada. Tan montañoso es el Ictio, que Adán, irguiendo la

faz asombrada, ni alcanza a ver las púas del monstruo, erizadas a lo

largo de aquel escarpado espinazo, al cual el pico de Plesio arrancó

escamas más pesadas que piedras. Delante de las manos trémulas del

Hombre, están los rasgones del vientre muelle, por donde chorrea la

sangre, y salen las grasas, e inmensas tripas escurren, y penden fibras

desgarradas de carne rosada... Las chatas ventanas de la nariz de

nuestro Padre venerable se alargan y olfatean.

En toda aquella tarde caminara, desde la Floresta, a través del

Paraíso, chupando bayas, royendo raíces, comiendo los insectos de

cáscara picante.

Mas ahora el sol penetró en el mar, y Adán tiene hambre, en ese arenal

estéril, donde solo albean cardos que el viento retuerce. ¡Oh, aquella

carne roja, sangrienta, aún viva, que exhala un olor tan fresco y

salino! Sus romas mandíbulas se abren ruidosamente en un bostezo

disgustado y famélico... El Océano oscila, como adormecido... Entonces,

irresistiblemente, Adán entierra en una de las heridas del saurio los

dedos que lame y rechupa, blandos de grasas y sangre. El espanto de

un sabor nuevo inmoviliza al hombre frugal que viene de las hierbas

y de las frutas. Luego, con un salto, arremete contra las montañas de

la abundancia, y arranca una fibra que parte y traga, gruñendo, con

un furor y una prisa, en que hay el gozo y hay el miedo de la primera

carne comida.

* * * * *

En habiendo cenado así, tajadas crudas de un monstruo marino, nuestro

Padre venerable siente una gran sed. Los pozos que rebrillan en la

arena son salados. Con los labios empastados de grasa y de sangre,

pesado y triste, bajo el callado crepúsculo, Adán, atraviesa las

dunas, reentra en las tierras, rebuscando desaladamente agua dulce.

En aquellos tiempos de universal humedad, por todo el césped, huía y

murmuraba un arroyo. Al cabo de un tiempo, extendido en una orilla

lodosa, Adán bebió consoladamente, en sorbos profundos, bajo el vuelo

espantado de moscas fosforescentes que se le prendían en la melena.

Era junto a un bosque de encinas y hayas. La noche, que ya se

adensara, ennegrecía una llanura cubierta de plantas, donde la malva

se recostaba a la menta y el perejil al hongo ligero. En ese fresco

espacio, penetró nuestro Padre venerable, cansado por la marcha y

los espantos de aquella tarde del Paraíso; y apenas se extendiera

en la alfombra olorosa, con la hirsuta faz posada sobre las palmas

unidas, las rodillas encogidas contra el vientre distendido como un

tambor, se sumergió en un sueño como jamás lo había tenido, todo

poblado de sombras movientes, que eran aves construyendo una casa,

patas de insectos tejiendo una tela, dos bichos bogando en las aguas

arrolladoras.

Cuenta la leyenda que entonces, en torno del Primer Hombre adormecido,

comenzaron a surgir, por entre las matas bajas, hocicos olfateantes,

finas orejas tiesas, ojitos reluciendo como botones de azabache, y

espinazos inquietos que la emoción arqueaba, en tanto que, de las

cumbres de las encinas y de las hayas, en un apagado estremecimiento

de alas, se tendían picos curvos, picos retesos, picos bravíos, picos

pensativos, todos albeando en la claridad tenue de la luna, que subía

por detrás de los montes y bañaba las altas frondas. Después apareció

una hiena, cojeando, maullando con lástima, en el borde del claro.

A través de la campiña trotaron dos lobos flacos, famélicos, con

los verdes ojos encendidos. No tardaron los leones, con las reales

faces erguidas, soberanamente arrugadas, en una profusión de melenas

flotantes. En confusa manada, que llegaba bufando, los cuernos de los

aurocos entrechocaban con impaciencia los retoños palmares de las

renas. Todos los pelos se erizaron cuando el tigre y la pantera negra,

ondulando callada y aterciopeladamente, resbalaran, con las lenguas

pendientes y bermejas como coágulos de sangre. De los valles, de las

sierras, de las rocas, acudían otros, con una prisa tan ansiosa, que

los horrendos caballos primitivos se empinaban por encima de los

canguros y la trompa del hipopótamo, escurriendo algas, empujaba las

ancas lentas del dromedario. Entre las patas y los cascos apiñados

coleaban en alianza el hurón, la lagartija, la comadreja, la culebra

fulgente que engulle a la comadreja, y la alegre mangosta que asesina

a la culebra. Un bando de gacelas tropezaba, lastimándose las piernas

finas contra la costra de los cocodrilos, que subían en fila del borde

de las lagunas, con las bocas preparadas y gimiendo. Toda la planicie

palpitaba, bajo la luna, en el muelle movimiento de dorsos apretados,

del cual se erguía, ora el pescuezo de la jirafa, ora el cuerpo del

boa, como mástiles náufragos balanceados entre olas. Y, en fin,

conmoviendo el suelo, llenando el cielo, con la trompa enrollada entre

los dientes curvos, asomó el rugoso mastodonte.

Era toda la Animalidad del Paraíso que, sabiendo que el Primer Hombre

hallábase dormido, sin defensa, en un bosque desierto, corría con la

inmensa esperanza de destruirlo y eliminar de la tierra la Fuerza

Inteligente, destinada a someter a la Fuerza Bruta. Sin embargo, en

aquella pavorosa turba que humeaba, se atropellaba al borde del claro,

en donde Adán dormía sobre la menta y la malva, ninguna fiera avanzaba.

Relucían los fieros dientes, fieramente amenazadores; todos los cuernos

acometían; cada garra salida despedazaba con ansia la tierra blanda;

y los picos, desde lo alto de las ramas, atravesaban los hilos de

la luna con picotazos hambrientos... Mas ni ave descendía, ni fiera

avanzaba, porque al lado de Adán velaba una Figura seria y blanca, de

blancas alas cerradas, los cabellos sujetos con un aro de estrellas, el

pecho guardado por una coraza de diamante, y las dos refulgentes manos

apoyadas en el puño de una espada que era de lumbre, y vivía.

Despuntó la aurora con ardiente pompa, comunicando a la tierra alegre,

a la tierra bravíamente alegre, a la tierra aún sin andrajos, a la

tierra aún sin sepulturas, una alegría superior, más grave, religiosa y

nupcial. Adán despertó; y restregándose los párpados, en la sorpresa de

su despertar humano, sintió sobre el costado un peso dulce y suave. En

aquel terror, que desde los árboles no desamparaba su corazón, saltó,

y con tan ruidoso salto, que por la selva, los mirlos, los ruiseñores,

las currucas, todos los pajaritos de fiesta y de amor, despertaron

y rompieron en un canto de congratulaciones y de esperanzas. Y ¡oh

maravilla! delante de Adán, y como despegado de él, estaba otro ser,

a él semejante, pero más esbelto, suavemente cubierto de un pelo más

sedoso, que lo contemplaba con grandes ojos lustrosos y líquidos. Una

cabellera rubia, de un rubio tostado, caía en espesas ondas hasta sus

caderas redondeadas, en una plenitud armoniosa y fecunda. De entre

los brazos, que cruzara, surgían abundantes y erguidos los dos pechos

de color de madroño, con un vello crespo orlando la mamila, que se

enristraba entumecida. Y rozando, con un rozar lento, con un rozar muy

dulce, las rodillas peladas, todo aquel sedoso y tierno ser ofrecíase

con una sumisión embelesada y lasciva. Era Eva... ¡Eras tú, madre

venerable!

Adán y Eva en el paraíso · 第 8 / 45 题