Calmo, magníficamente fecundo, corría el noble río del Paraíso, por
entre las islas, casi cubiertas bajo el peso del arbolado, todas
fragantes y atronadas por el clamor de las cacatúas. Adán, trotando
pesadamente por la orilla baja, ya siente la atracción de las aguas
disciplinadas que andan y viven, esa atracción que será tan fuerte
en sus hijos, cuando descubran en el río al servidor que sosiega,
abona, riega, muele y acarrea. ¡Pero cuántos terrores especiales le
horripilan aún, haciéndole correr con despavoridos saltos para detrás
de las zarzas y de los chopos! En otras islas, de arena fina y rosada,
reposan pedregosos cocodrilos, achatados sobre el vientre, que palpita
muellemente, abriendo las hondas bocas en la tibia pereza de la tarde,
absorbiendo todo el aire con un perfume de almizcle. Por entre los
cañaverales, colean y refulgen gordas culebras, de cuello erguido, que
miran a Adán con furor, dardeando y silbando. A nuestro Padre, que
nunca las viera, es de creer que habían de figurársele pavorosas las
inmensas tortugas del comienzo del mundo, pastando, con arrastrada
mansedumbre, de la hierba de los prados nuevos. De improviso, una
curiosidad le atrae, y casi resbala en la orilla lodosa, donde el agua
roza y se agita. En la largueza del río explayado, una negra fila de
aurocos, serenamente, con los cuernos altos y la espesa barba flotando,
nada hacia la otra margen, campiña cubierta de rubias mieses, en la
cual tal vez maduran ya las urbanas espigas de centeno y de maíz.
Nuestro Padre venerable mira la fila lenta, mira el río lustroso,
concibe el anublado deseo de atravesar también hacia aquellas lejanías
en que las hierbas rebrillan, arriesga la mano en la corriente, la
cual se la empuja para atrás, como para atraerle e iniciarle. Entonces
gruñe, retira la mano, y sigue, con ásperas patadas, aplastando,
sin percibir siquiera el perfume, las frescas fresas silvestres que
ensangrientan el césped...
Al cabo de un tiempo detiénese, considerando un bando de aves perchadas
en un peñasco todo cubierto de guano, que acechan, con el pico atento,
hacia abajo, en donde hierven las aguas apretadas. ¿Qué espían las
blancas garzas? Un bando de lindos peces, que rompen contra la
corriente, y saltan, centelleando en la clara espuma. De pronto, en un
desabrido sacudir de alas blancas, una garza, luego otra, hiende el
alto cielo, llevando, atravesado en el pico, un pez que se retuerce
y reluce. Nuestro Padre venerable se rasca el costado. Ante aquella
abundancia del río, su crasa gula también apetece una presa; y lanza la
garza, y coge, en su vuelo sonante, coriáceos insectos que olfatea y
muerde. Aunque nada ciertamente asombró al Primer Hombre como un grueso
tronco de árbol medio podrido, que boyaba, descendía en la corriente,
llevando sentados en una punta, con seguridad y gracia, dos bichos
sedosos, rubios, de hocico experto, y fofas colas vanidosas. Corrió
ansiosamente, enorme y descoyuntado, para seguirlos y observarlos;
sus ojos brillaban como si ya comprendiese la malicia de aquellos dos
bichos, embarcados en un tronco de árbol, y viajando, bajo la suave
frescura de la tarde, en el río del Paraíso.
Entretanto, el agua que iba orillando hacíase más baja, turbia y
tarda. En su extensión, no verdean islas, ni se mojan los patos en
ella. Allá, ilimitadas casi, fundidas en las neblinas, adivínanse
descampadas soledades, de donde sopla un viento lento y húmedo. Nuestro
Padre venerable enterraba las patas en tierras blandas, a través de
aluviones, de inmundicie silvestre, en la cual, para su intenso horror,
chapoteaban enormes ranas, croando furiosamente. A poco, perdiose
el río en una vasta laguna, oscura y desolada, resto de las grandes
aguas sobre las que flotara el Espíritu de Jehová. Una humana tristeza
oprimió el corazón de nuestro Padre. Del centro de gruesas burbujas,
que se hinchaban en la tranquila lisura del agua triste, constantemente
brotaban horrendas trombas, escurriendo algas verdes, que bufaban
ruidosamente y hundíanse luego, como empujadas por el lodo viscoso.
Cuando aconteció que de entre los altos y negros cañaverales, manchando
la pureza del cielo de la tarde, se elevó, alargándose por encima de
él, una nube estridente de moscardones voraces. Adán huye, atolondrado,
surca arenales pegajosos, rasga el pelo en la aspereza de los cardos
blancos que el viento retuerce, resbala por una vertiente de cascajo y
guijarros, y para en una playa de arena fina. Jadea: sus largas orejas
tiemblan, escuchando hacia en del lado de allá de las dunas, un vasto
rumor que rueda, abate y retumba... Es el mar. ¡Nuestro Padre traspone
las pálidas dunas, y delante de él está el Mar!
* * * * *
Entonces fue el pavor supremo. De un salto, batiendo convulsamente los
puños contra el pecho, retrocede hasta en donde tres pinos, muertos
y sin rama, le ofrecen el refugio hereditario. ¿Por qué avanzan así,
hacia él, sin cesar, en una hinchada amenaza, aquellos rollos verdes,
con su crin de espuma, y se arrojan, se despedazan, hierven y babosean
rudamente la arena? El resto de la vasta agua permanece inmóvil, como
muerta, con una gran mancha de sangre que palpita. De seguro que toda
esa sangre cayó de la herida del sol, redonda y bermeja, sangrando
encima, en un cielo dilacerado por hondos golpes ya rojos. Más allá
de la niebla lechosa que cubre las lagunas de los charcos salados,
adonde la marea aún llega y se explaya lejos, un monte flamea y humea.
Y siempre delante de Adán, contra Adán, los verdes rollos de verdes
ondas avanzan, y retumban, y tienden la playa de algas, de conchas, de
gelatinas que albean lívidamente.
¡Mas he ahí que todo el mar se puebla! Encogido contra el pino, nuestro
Padre venerable vuelve los ojos inquietos y trémulos, aquí y acullá, a
las rocas cubiertas de sargazo, en donde gordísimas focas bamboléanse
majestuosamente; hacia los chorros de agua, que brotan a lo alto, hasta
las nubes rojas y recaen en una lluvia ardiente; a una linda flota de
conchas, inmensas conchas blancas y nacaradas, bogando de bolina,
circundando las peñas, con maniobra elegante... Adán se asombra sin
saber que estas son las Amonites, y que ningún otro hombre, después
de él, verá la lucida y rósea armada singlando en los mares de este
mundo. ¡Él la admira, quizá con la impresión inicial de la belleza de
las cosas, cuando bruscamente, en un temblor de surcos blancos, toda la
maravillosa flota zozobra! Con el mismo salto muelle, las focas caen
en las aguas profundas. Pasa un terror, un terror levantado del mar,
tan intenso que un bando de albatros muy seguro sobre una escarpadura,
bate, con irritados gritos, el vuelo despavorido.
Nuestro Padre venerable aferra la mano a un vástago de pino, y sonda,
horrorizado, la inmensidad desierta. Y estando así, a lo lejos, bajo
el pálido resplandor del sol que se esconde, lentamente, un inmenso
dorso sale de las aguas, como una larga colina, toda espetada de
negras, agudas astillas de roca. ¡Y avanza! Precediéndolo un tumulto de
burbujas se remolina y revienta; y de entre ellas emerge, por último,
respirando hondamente, una tromba disforme de fauces entreabiertas,
donde centellean y se sumen bancos de peces que sus sorbos vienen
tragando...
¡Es un monstruo, un pavoroso monstruo marino! Es de suponer que
nuestro Padre, olvidando toda su dignidad humana (aún reciente), trepó
desesperadamente por el pino hasta donde las ramas terminaban. Pero
hasta en aquel abrigo, sus poderosas quijadas temblaban, en un miedo
convulso, ante el horrendo ser surgido de las profundidades. Con un
sonido raspante, despedazando conchas, guijarros y corales, el monstruo
cae en la arena, que cava profundamente, y sobre la cual retesa las
dos patas, más gordas que troncos de teca, con las uñas enrolladas de
algas marinas. De la caverna de sus fauces, a través de los dientes
terríficos, que las algas y musgos verdean, sopla un vaho espeso de
fatiga y de furor, tan fuerte, que hace girar las algas secas y las
conchas ligeras. Entre la corteza pedregosa que le cubre la frente,
negrean dos cuernos cortos y romos. Sus ojos lívidos y vítreos, son
como dos enormes lunas muertas. La inmensa cola dentada arrastra por el
mar distante, y a cada coletazo levanta una tempestad.
Por estas facciones, poco amables, ya reconocísteis al Ictiosaurio,
el más horrendo de los cetáceos concebidos por Jehová. ¡Era él!,
tal vez el último que duró en las tinieblas oceánicas hasta este
memorable día de 28 de agosto, a fin de que nuestro Padre entreviese
los orígenes de la Vida. Está enfrente de Adán, ligando los tiempos
viejos a los tiempos nuevos, y con las escamas del dorso enfurecidas
muge devastadoramente. Enroscado en el tronco alto, nuestro Padre
venerable aúlla de vivo horror... Y he aquí que, del lado de los
charcos anublados, un silbo hiende los cielos, silbado y lanzado,
como el de un áspero viento en una garganta de serranía. ¿Qué es?
¿Otro monstruo? Sí, el Plesiosaurio. Es también el último Plesiosaurio
que corre del fondo de los pantanos. Y ahora se traba de nuevo para
asombro del primer Hombre (y gusto de los Paleontólogos), el combate
que fue la desolación de los pre-humanos días de la Tierra. Allí
aparece la fabulosa cabeza de Plesio, terminada en pico de ave, pico
de dos brazas, más agudo que el dardo más agudo, erguida sobre un
larguísimo y fino pescuezo, que ondula, arquea, hiere y silba con
pavorosa elegancia. Dos aletas de incomparable rigidez vienen moviendo
su disforme cuerpo, muelle, glutinoso, todo en arrugas, manchado por
una lepra de hongos verdosos. Tan inmenso es así, arrastrándose, con el
pescuezo empinado que, delante de la duna donde se levantan los pinos,
en los cuales se refugia Adán, parece otra duna negra sustentando un
pino solitario. Avanza furiosamente. Y de repente, ármase un horroroso
tumulto de mugidos y silbidos y choques retumbantes y torbellinos de
arena y gruesos mares brotando. Nuestro Padre venerable salta de un
pino a otro, temblando tanto, que con él tiemblan los troncos. Cuando
se arriesga a espiar, en punto en que aumentan los bramidos, solo
percibe en la enrollada masa de los dos monstruos, a través de una
niebla de espuma que los chorros de sangre enrojecen, el pico de Plesio
enterrado en el vientre muelle de Ictio, cuya cola, erguida se retuerce
furiosamente en la palidez de los cielos espantados. ¡Nuestro Padre
venerable esconde otra vez la faz! Un gemido de monstruosa agonía rueda
por la playa. Las pálidas dunas se estremecen, resuenan las cavernas
lúgubres. Sucede luego una paz muy larga, en que el ruido del mar
Océano no es más que un consolado murmurio de alivio.
Adán espía refugiado entre las ramas... El Plesio retrocediera herido
hacia la tibia cama de un pantano. Sobre la playa yace muerto el Ictio,
como una colina en donde las olas de la tarde se quiebran.
En esto, nuestro Padre venerable deslízase cautelosamente de su pino
y se acerca al monstruo. La arena, en derredor, está horriblemente
revuelta; y por toda ella, en lentos surcos, en pozas oscuras, humea la
sangre, mal chupada. Tan montañoso es el Ictio, que Adán, irguiendo la
faz asombrada, ni alcanza a ver las púas del monstruo, erizadas a lo
largo de aquel escarpado espinazo, al cual el pico de Plesio arrancó
escamas más pesadas que piedras. Delante de las manos trémulas del
Hombre, están los rasgones del vientre muelle, por donde chorrea la
sangre, y salen las grasas, e inmensas tripas escurren, y penden fibras
desgarradas de carne rosada... Las chatas ventanas de la nariz de
nuestro Padre venerable se alargan y olfatean.
En toda aquella tarde caminara, desde la Floresta, a través del
Paraíso, chupando bayas, royendo raíces, comiendo los insectos de
cáscara picante.
Mas ahora el sol penetró en el mar, y Adán tiene hambre, en ese arenal
estéril, donde solo albean cardos que el viento retuerce. ¡Oh, aquella
carne roja, sangrienta, aún viva, que exhala un olor tan fresco y
salino! Sus romas mandíbulas se abren ruidosamente en un bostezo
disgustado y famélico... El Océano oscila, como adormecido... Entonces,
irresistiblemente, Adán entierra en una de las heridas del saurio los
dedos que lame y rechupa, blandos de grasas y sangre. El espanto de
un sabor nuevo inmoviliza al hombre frugal que viene de las hierbas
y de las frutas. Luego, con un salto, arremete contra las montañas de
la abundancia, y arranca una fibra que parte y traga, gruñendo, con
un furor y una prisa, en que hay el gozo y hay el miedo de la primera
carne comida.
* * * * *
En habiendo cenado así, tajadas crudas de un monstruo marino, nuestro
Padre venerable siente una gran sed. Los pozos que rebrillan en la
arena son salados. Con los labios empastados de grasa y de sangre,
pesado y triste, bajo el callado crepúsculo, Adán, atraviesa las
dunas, reentra en las tierras, rebuscando desaladamente agua dulce.
En aquellos tiempos de universal humedad, por todo el césped, huía y
murmuraba un arroyo. Al cabo de un tiempo, extendido en una orilla
lodosa, Adán bebió consoladamente, en sorbos profundos, bajo el vuelo
espantado de moscas fosforescentes que se le prendían en la melena.
Era junto a un bosque de encinas y hayas. La noche, que ya se
adensara, ennegrecía una llanura cubierta de plantas, donde la malva
se recostaba a la menta y el perejil al hongo ligero. En ese fresco
espacio, penetró nuestro Padre venerable, cansado por la marcha y
los espantos de aquella tarde del Paraíso; y apenas se extendiera
en la alfombra olorosa, con la hirsuta faz posada sobre las palmas
unidas, las rodillas encogidas contra el vientre distendido como un
tambor, se sumergió en un sueño como jamás lo había tenido, todo
poblado de sombras movientes, que eran aves construyendo una casa,
patas de insectos tejiendo una tela, dos bichos bogando en las aguas
arrolladoras.
Cuenta la leyenda que entonces, en torno del Primer Hombre adormecido,
comenzaron a surgir, por entre las matas bajas, hocicos olfateantes,
finas orejas tiesas, ojitos reluciendo como botones de azabache, y
espinazos inquietos que la emoción arqueaba, en tanto que, de las
cumbres de las encinas y de las hayas, en un apagado estremecimiento
de alas, se tendían picos curvos, picos retesos, picos bravíos, picos
pensativos, todos albeando en la claridad tenue de la luna, que subía
por detrás de los montes y bañaba las altas frondas. Después apareció
una hiena, cojeando, maullando con lástima, en el borde del claro.
A través de la campiña trotaron dos lobos flacos, famélicos, con
los verdes ojos encendidos. No tardaron los leones, con las reales
faces erguidas, soberanamente arrugadas, en una profusión de melenas
flotantes. En confusa manada, que llegaba bufando, los cuernos de los
aurocos entrechocaban con impaciencia los retoños palmares de las
renas. Todos los pelos se erizaron cuando el tigre y la pantera negra,
ondulando callada y aterciopeladamente, resbalaran, con las lenguas
pendientes y bermejas como coágulos de sangre. De los valles, de las
sierras, de las rocas, acudían otros, con una prisa tan ansiosa, que
los horrendos caballos primitivos se empinaban por encima de los
canguros y la trompa del hipopótamo, escurriendo algas, empujaba las
ancas lentas del dromedario. Entre las patas y los cascos apiñados
coleaban en alianza el hurón, la lagartija, la comadreja, la culebra
fulgente que engulle a la comadreja, y la alegre mangosta que asesina
a la culebra. Un bando de gacelas tropezaba, lastimándose las piernas
finas contra la costra de los cocodrilos, que subían en fila del borde
de las lagunas, con las bocas preparadas y gimiendo. Toda la planicie
palpitaba, bajo la luna, en el muelle movimiento de dorsos apretados,
del cual se erguía, ora el pescuezo de la jirafa, ora el cuerpo del
boa, como mástiles náufragos balanceados entre olas. Y, en fin,
conmoviendo el suelo, llenando el cielo, con la trompa enrollada entre
los dientes curvos, asomó el rugoso mastodonte.
Era toda la Animalidad del Paraíso que, sabiendo que el Primer Hombre
hallábase dormido, sin defensa, en un bosque desierto, corría con la
inmensa esperanza de destruirlo y eliminar de la tierra la Fuerza
Inteligente, destinada a someter a la Fuerza Bruta. Sin embargo, en
aquella pavorosa turba que humeaba, se atropellaba al borde del claro,
en donde Adán dormía sobre la menta y la malva, ninguna fiera avanzaba.
Relucían los fieros dientes, fieramente amenazadores; todos los cuernos
acometían; cada garra salida despedazaba con ansia la tierra blanda;
y los picos, desde lo alto de las ramas, atravesaban los hilos de
la luna con picotazos hambrientos... Mas ni ave descendía, ni fiera
avanzaba, porque al lado de Adán velaba una Figura seria y blanca, de
blancas alas cerradas, los cabellos sujetos con un aro de estrellas, el
pecho guardado por una coraza de diamante, y las dos refulgentes manos
apoyadas en el puño de una espada que era de lumbre, y vivía.
Despuntó la aurora con ardiente pompa, comunicando a la tierra alegre,
a la tierra bravíamente alegre, a la tierra aún sin andrajos, a la
tierra aún sin sepulturas, una alegría superior, más grave, religiosa y
nupcial. Adán despertó; y restregándose los párpados, en la sorpresa de
su despertar humano, sintió sobre el costado un peso dulce y suave. En
aquel terror, que desde los árboles no desamparaba su corazón, saltó,
y con tan ruidoso salto, que por la selva, los mirlos, los ruiseñores,
las currucas, todos los pajaritos de fiesta y de amor, despertaron
y rompieron en un canto de congratulaciones y de esperanzas. Y ¡oh
maravilla! delante de Adán, y como despegado de él, estaba otro ser,
a él semejante, pero más esbelto, suavemente cubierto de un pelo más
sedoso, que lo contemplaba con grandes ojos lustrosos y líquidos. Una
cabellera rubia, de un rubio tostado, caía en espesas ondas hasta sus
caderas redondeadas, en una plenitud armoniosa y fecunda. De entre
los brazos, que cruzara, surgían abundantes y erguidos los dos pechos
de color de madroño, con un vello crespo orlando la mamila, que se
enristraba entumecida. Y rozando, con un rozar lento, con un rozar muy
dulce, las rodillas peladas, todo aquel sedoso y tierno ser ofrecíase
con una sumisión embelesada y lasciva. Era Eva... ¡Eras tú, madre
venerable!